Part 16
Movido de tu aliento y tu belleza, Hoy á las dos pretendo Desvanecer y enamorar, haciendo La Idolatría alarde de mis glorias, Cuando la Vanidad de mis victorias. De aquel soberbio Nabuco, A cuyo valor y á cuya Majestad obedecieron Hado, poder y fortuna; De aquel rayo de Caldea, Que, desde la esfera suya Flechado, Jerusalen Llora su abrasada injuria; De aquel que á cautividad Redujo la sangre justa De Israel, transmigracion Que hoy en Babilonia dura; De aquel que robó del templo Vasos y riquezas sumas, Despojo sagrado ya De mi majestad augusta; De aquel, en fin, que á los campos Pació la esmeralda bruta, Medio hombre, medio fiera, Monstruo de vello y de pluma, Hijo soy, deidades bellas; Y porque le sostituya, Como en el reino, en la fama, Como en la fama, en la furia, Los altos dioses que adoro De tal condicion me ilustran, Que no dudo que en mi pecho O se repita ó se infunda Su espíritu, y que heredada El alma, tambien se infunda En mi cuerpo, si es que dos Pudieron vivir con una. No el sér, pues, rey soberano De cuanto el Tígris circunda, De cuanto el Eufrates baña Y de cuanto el sol alumbra Por tantas provincias, que A sólo verlas madruga (Porque no se cumpla el dia Sin que la tarea se cumpla), La sed de tanta ambicion O satisface ó apura; Y sólo me desvanece, Sea valor ó sea locura, Tener sobre aquestos montes Jurisdiccion absoluta, Porque éstos son de Senar Aquella campaña ruda Que entre la tierra y el cielo Vió tan estupenda lucha, Cuando los hombres osados, Con valor y sin cordura, Armaron contra los dioses Fábricas que al sol encumbran. Y para que sepas tú, Vanidad, de cuánto triunfas, Y cuánto tú, Idolatría, Vienes á mandar, escucha: Estaba el mundo gozando En tranquila edad segura La pompa de su armonía, La paz de su compostura, Considerando entre sí Que de una masa confusa (Que ha llamado la Poesía Cáos, y nada la Escritura) Salió á ver la faz serena De esta azul campaña pura Del cielo, desenvolviendo, Con lid rigurosa y dura, De las luces y las sombras La vanidad con que se aunan, De la tierra y de las aguas El nudo con que anudan, Dividiendo y apartando Las cosas, que cada una Son un mucho de por sí, Y eran nada todas juntas. Consideraba que halló La tierra, que ántes inculta É informe estuvo, cubierta De flores que la dibujan; El vago viento poblado De las aves que le cruzan; El agua hermosa habitada De los peces que la surcan; Y el fuego con estas dos Antorchas, el sol y luna, Lámparas del dia y la noche, Ya solar, y ya nocturna; Que se halló, en fin, con el hombre, Que es de las bellas criaturas Que Dios, por mayor milagro, Hizo á semejanza suya. Con esta hermosura vano, No hay ley á que le reduzca: ¡Tan antiguo es en el mundo El ser vana la hermosura! Vano y hermoso, en efecto, Eterna mansion se juzga, Sin parecerle que haya, Por castigo de sus culpas, Guardado un universal Diluvio que le destruya; Y con esta confianza, En solo vicios se ocupan Los hombres, mal poseidos De la soberbia y la gula, De la envidia y la avaricia, Ira, pereza y lujuria. Enojados, pues, los dioses, A quien nada hay que se encubra, Trataron de deshacer El mundo, como á su hechura. No á diluvios, pues, de rayos Se vió la cólera suya Fiada, á incendios sí de agua, Porque la majestad suma Tal vez con nieve fulmina, Y tal vez con fuego inunda. Cubrióse el cielo de nubes Densas, opacas y turbias; Que como estaba enojado, Por no revocar la justa Sentencia, no quiso ver De su venganza sañuda Su mismo rigor; y así, Entre tinieblas se oculta, Entre nubes se enmaraña, Porque áun Dios, con ser Dios, busca, Para mostrar su rigor, Ocasion, si no disculpa. El principio fué un rocío De los que á la aurora enjuga Con cendales de oro el sol; Luego una apacible lluvia De las que á la tierra dan El riego con que se pula; Luego fueron lanzas de agua, Que nubes y montes juntan, Teniendo el cuento en los montes, Cuando en las nubes las puntas; Luego fueron desatados Arroyos; creció la furia; Luego fueron rios; luégo Mares de mares. ¡Oh suma Sabiduría, tú sabes Los castigos que procuras! Bebiendo sin sed el orbe, Hecho balsas y lagunas, Padeció tormento de agua Por bocas y por roturas; Los bostezos de la tierra, Que por entre abiertas grutas Suspiran, cerrado ya En prision ciega y oscura Tuvieron al aire; y él, Que por dónde salir busca, Brama encerrado, y al fiero Latido que dentro pulsa, Las montañas se estremecen Y los peñascos caducan. Aqueste freno de arena, Que pára á raya la furia De ese marino caballo, Siempre argentado de espuma, Le soltó todas las riendas, Y él, desbocado, procura, Corriendo alentado siempre, No parar cobarde nunca. Las fieras, desalojadas De sus estancias incultas, Ya en las regiones del aire, No es mucho que se presuman Aves; las aves, nadando, No es mucho que se introduzcan A ser peces; y los peces, Viviendo las espeluncas, No es mucho que piensen ser Fieras, porque se confundan Las especies; de manera Que en la deshecha fortuna, Entre dos aguas (que así Se dice que está el que duda), El pez, el bruto y el ave Discurren, sin que discurran, Dónde tiene su mansion La piel, la escama y la pluma. Ya al último parasismo El mundo se desahucia, Y en fragmentos desatados Se parte y se descoyunta; Y como aquel que se ahoga, A brazo partido lucha Con las ondas, y ellas hacen Que aquí salga, allí se hunda; Así el mundo, agonizando, Entre sus ánsias se ayuda. Aquí un edificio postra, Allí descubre una punta, Hasta que rendido ya Entre lástimas y angustias, De cuarenta codos de agua No hay parte que no se cubra, Siendo á su inmenso cadáver Todo el mar pequeña tumba. Cuarenta auroras á mal Echó el sol, porque se enlutan Las nubes y luz, á exequias Desta máquina difunta. Sólo aquella primer nave, A todo embate segura, Elevada sobre el agua, A todas partes fluctúa, Tan vecina á las estrellas, Y á los luceros tan junta, Que fué alguno su farol, Y su linterna fué alguna. En ésta, pues, las reliquias Del mundo salvó la industria De Noé, depositando Todas sus especies juntas; Hasta que el mar reducido A la obediencia que jura, Se vió otra vez, y otra vez La tierra pálida y mustia, Desmelenada la greña, Llena de grietas y arrugas, La faz de la luz apénas Tocada, pero no enjuta, Asomó entre ovas y lamas La disforme catadura, Y en retórico silencio, Agradecida, saluda Del arco de paz la seña, Pajiza, leonada y rubia. Segundo Adan de los hombres, Con generacion segunda, El mundo volvió á poblar De animales y criaturas. Nembroth, hijo de Canaan, Que las maldiciones suyas Heredó (estirpe, en efecto, Aborrecida y injusta), Las provincias de Caldea Con sus familias ocupa Y sus hijos, cada uno De tan disforme estatura, Que era un monte organizado De miembros y de medulas. Estos, pues, viendo que un arca Al mundo salvó, procuran Con fábrica más heroica Con máquina más segura, Hacer contra los enojos Del cielo una fuerza, cuya Majestad en los diluvios Los guarde y los restituya. Ya para la excelsa torre Montes sobre montes juntan. Y la cerviz de la tierra, De tan pesada coyunda Oprimida, la hacen que Tanta pesadumbre sufra, Bien que con el peso gima, Bien que con la carga cruja. Crece la máquina, y crece La admiracion, que la ayuda A ser dos veces mayor, Pues no hay gentes que no acudan A su edificio, hasta ver Que la inmensa torre suba A ser támbico pilar, A ser dórica columna, Embarazo de los vientos Y lisonja de la luna. Ya con la empinada frente La esfera abolla cerúlea, Y con el cuerpo en el aire, Tanto estorba como abulta; Pero en medio desta pompa, Deste aplauso, esta ventura, La cortó el cielo los pasos, Porque el mirar le disgusta Escalar de sus esferas La sagrada arquitectura; Y porque no por asalto Ganarle el hombre presuma, Quiere que en los que la labran Tal variedad se introduzca De lenguas, que nadie entienda Aun lo mismo que articula. Suenan en todos á un tiempo Destempladas y confusas Voces, que el sentido humano Hasta entónces no oyó nunca. Ni este sabe lo que dice, Ni aquel sabe lo que escucha; Porque desta suerte el órden, O se pierda, ó se confunda. Setenta y dos lenguas fueron Las que los hombres pronuncian En un instante, que tantas Quiere el cielo que se infundan. En setenta y dos idiomas Repetido se divulga El eco, y desesperados Los hombres ya, sin que arguyan La causa, huyen de sí mismos, Si hay álguien que de sí huya. Cesa el asalto, porque No quede memoria alguna De tan glorioso edificio, De fábrica tan augusta. Preñada nube á este tiempo, Para que más le confunda, Hace herida, que su vientre Humo exhale y fuego escupa, Siendo de su atrevimiento Ella misma sepultura, Haciendo de sus ruïnas Pira, monumento y urna. Yo, pues, viendo que mi pecho La fama á Nembroth le hurta, Creo que quedar entónces Tantas cenizas caducas, Fué porque yo la acabase, Pues en mí á un tiempo se juntan Vanidad y Idolatría, Con que á tantos rayos luzca. Pues si tú me das aliento Con que al imperio suba, Si tú me aplacas los dioses, Si tú, Vanidad, me ayudas, Si tú, Idolatría, me amparas, ¿Quién duda, decid, quién duda Que atrevido, y no postrado, Tan grande promesa cumpla? Y así quiero que las dos Reineis en mi pecho juntas: Idólatra á tu belleza, Y vano con tu hermosura, Sacrificando á tus dioses, Mereciendo tus fortunas, Adorando tus altares, Logrando tus aventuras, En láminas de oro y plata, Que caracteres esculpan, Vivirá mi nombre eterno A las edades futuras.
IDOLAT.
A tus piés verás que estoy Siempre firme y siempre amante.
VANIDAD.
Siempre, Baltasar, constante Luz de tus discursos soy.
IDOLAT.
Y si á los dioses te igualas, Yo por dios te haré adorar.
VANIDAD.
Yo, porque puedas volar Daré á tu ambicion mis alas.
IDOLAT.
Sobre la deidad más suma Coronaré tu arrebol.
VANIDAD.
Yo, para subir al sol, Te haré una escala de pluma.
IDOLAT.
Estatuas te labraré, Que repitan tu persona.
VANIDAD.
Yo al laurel de tu corona Más hojas añadiré.
BALTAS.
Dadme las manos las dos; ¿Quién de tan dulces abrazos Podrá las redes y lazos Romper?
DANIEL.
¡La mano de Dios! _(Adelantándose.)_
BALTAS.
¿Quién tan atrevido aquí A mis voces respondió?
PENSAM.
Yo no he sido.
BALTAS.
Pues ¿quién?
DANIEL.
Yo.
BALTAS.
Pues, hebreo, ¿cómo así Os atreveis vos, que fuisteis En Jerusalen cautivo? ¿Vos, que humilde y fugitivo En Babilonia vivisteis... Vos, mísero y pobre, vos, Así me turbais? ¿Así? ¿Quién ya libraros de mí Podrá? _(Va á sacar la daga.)_
DANIEL.
La mano de Dios.
BALTAS.
¡Tanto puede una voz, tanto, Que de oirla me retiro! De mi paciencia me admiro; De mi cólera me espanto. Enigma somos los dos; Cuando tu muerte pretende Mi furor, ¿quién te defiende, Daniel?
DANIEL.
La mano de Dios.
PENSAM.
¡Lo que en la mano porfía!
VANIDAD.
_(A Baltasar.)_ Déjale; que su humildad Desluce mi vanidad.
IDOLAT.
Y su fe mi idolatría.
BALTAS.
Vida tienes por las dos.— Y que viva me conviene, Porque vea que no tiene Fuerza la mano de Dios.
_(Vase con la Vanidad y la Idolatría.)_
ESCENA III.
DANIEL, EL PENSAMIENTO.
PENSAM.
De buena os habeis librado, Y yo estimo la leccion, Pues en cualquiera ocasion En que me vea apretado, Sé cómo me he de librar, Pues sin qué ni para qué, «La mano de Dios» diré, Y á todos haré temblar; Y pues de mano los dos Solamente nos ganamos, Mano á mano nos partamos: Id á la mano de Dios. _(Vase.)_
ESCENA IV.
DANIEL; _luégo_ LA MUERTE.
DANIEL.
¿Quién sufrirá tus inmensas Injurias, Autor del dia? Vanidad y Idolatría Solicitan tus ofensas. ¿Quién podrá, quién (de mi fe En esta justa esperanza), Tomar por vos la venganza Deste agravio?
_(Sale la Muerte con espada y daga, de galan, con un manto lleno de muertes.)_
MUERTE.
Yo podré.
DANIEL.
Fuerte aprension, ¿qué me quieres, Que entre fantasmas y sombras, Me atemorizas y asombras? Nunca te he visto; ¿quién eres?
MUERTE.
Yo, divino profeta Daniel, De todo lo nacido soy el fin; Del pecado y la envidia hijo cruel, Abortado por áspid de un jardin. La puerta para el mundo me dió Abel, Mas quien me abrió la puerta fué Cain, Donde mi horror introducido ya, Ministro es de las iras de Jehová. Del pecado y la envidia, pues, nací, Porque dos furias en mi pecho estén: Por la envidia caduca muerte di A cuantos de la vida la luz ven; Por el pecado muerte eterna fuí Del alma, pues que muere ella tambien; Si de la vida es muerte el espirar, La muerte, así, del alma es el pecar. Si _Juicio_, pues, _de Dios_ tu nombre fué, Y del juicio de Dios rayo fatal Soy yo, que á mi furor postrar se ve Vegetable, sensible y racional, ¿Por qué te asombras tú de mí? ¿Por qué La porcion se estremece en tí mortal? Cóbrate, pues, y hagamos hoy los dos, De Dios tú el juicio, y yo el poder de Dios. Aunque no es mucho que te asombres, no, Aun cuando fueras Dios, de verme á mí; Pues cuando él de la flor de Jericó Clavel naciera en campos de alhelí, Al mismo Dios le estremeciera yo La parte humana, y al rendirse á mí, Turbaran las estrellas su arrebol, Su faz la luna y su semblante el sol. Titubeara esa fábrica infeliz, Y temblara esa forma inferior; La tierra desmayara su cerviz, Luchando piedra á piedra y flor á flor; A media tarde, jóven infeliz, Espirara el dia el resplandor, Y la noche su lóbrego capuz Vistiera por la muerte de la luz. Mas hoy sólo me toca obedecer, A tí, Sabiduría, prevenir; Manda pues; que no tiene que temer Matar el que no tiene que morir. Mio es el brazo, tuyo es el poder; Mio el obrar, si tuyo es el decir; Harta de vidas sed tan singular, Que no apagó la cólera del mar. El más soberbio alcázar, que ambicion, Si no lisonja, de los vientos es; El muro más feliz, que oposicion, Si no defensa, de las bombas es, Fáciles triunfos de mis manos son, Despojos son humildes de mis piés. Si el alcázar y muro he dicho ya, ¿Qué será la cabaña? ¿Qué será? La hermosura, el ingenio y el poder A mi voz no se pueden resistir, De cuantos empezaron á nacer, Obligacion me hicieron de morir; Todas están aquí, ¿cuál ha de ser La que hoy, juicio de Dios, mandas cumplir? Que el concepto empezado más veloz No acabará de articular la voz. Entre aquella vital respiracion Que desde el corazon al labio hay, Pararé el movimiento y el accion, Al artificio que un suspiro tray; Cadáver de sí mismo el corazon, Verás, rotos los ejes, cómo cay, Sepulcro ya la silla en que era rey, Justo decreto de precisa ley. Yo abrasaré los campos de Nembroth, Yo alteraré las gentes de Babel, Yo infundiré los sueños de Behemot, Yo verteré las plagas de Israel, Yo teñiré la viña de Naboé, Y humillaré la frente á Jezabel, Yo mancharé las mesas de Absalon Con la caliente púrpura de Amon; Yo postraré la majestad de Acab, Arrastrado en su carro de rubí; Yo con las torpes hijas de Moab Profanaré las tiendas de Zambrí; Yo tiraré los chuzos de Joab; Y si mayor aplauso fías de mí, Yo inundaré los campos de Senar Con la sangre infeliz de Baltasar.
DANIEL.
Severo y justo ministro De las cóleras de Dios, Cuya vara de justicia Es una guadaña atroz; Ya que el tribunal divino Representamos los dos, No quiera, no, que el decreto Del libro, que es en rigor _De acuerdo_, aunque ya en los hombres Es _libro de olvido_ hoy, Ejecutes, sin que ántes Le hagas con piadosa voz Los justos requirimientos, Que pide la ejecucion. Baltasar quiere decir _Tesoro escondido_, y yo Sé que en los hombres las almas Tesoro escondido son. Ganarle quiero; y así, Sólo licencia te doy Para que á Baltasar hagas Una notificacion. Recuérdale que es mortal, Que la cólera mayor Antes empuña la espada Que la desnuda; así yo Que la empuñes te permito, Mas que la desnudes, no. _(Vase.)_
ESCENA V.
LA MUERTE.
MUERTE.
¡Ay de mí! ¡Qué grave yugo Sobre mi cerviz cayó! Sobre mis manos, ¡qué hielo! Sobre mis piés, ¡qué prision! De tus preceptos atado, ¡Oh inmenso Juicio de Dios! La Muerte está sin aliento, La cólera sin razon. Para acordarle no más Que es mortal, de mi rigor Sola una vislumbre basta, De mi mal sola una voz.—
ESCENA VI.
LA MUERTE, EL PENSAMIENTO.
PENSAM.
¿Quién me llama?
MUERTE.
Yo soy Quien te llamo.
PENSAM.
Y yo Soy quien quisiera en mi vida No ser llamado de vos.
MUERTE.
Pues ¿qué es lo que tienes?
PENSAM.
Miedo.
MUERTE.
¿Qué es miedo?
PENSAM.
Miedo es temor.
MUERTE.
¿Qué es temor?
PENSAM.
¿Temor? Espanto.
MUERTE.
¿Qué es espanto?
PENSAM.
¿Espanto? Horror.
MUERTE.
Nada deso sé lo que es; Que jamás lo tuve yo.
PENSAM.
Pues ¿lo que no teneis dais?
MUERTE.
Por no tenerle le doy. ¿Adónde está Baltasar?
PENSAM.
En un jardin con las dos Deidades que adora.
MUERTE.
Ponme Con él; llévame veloz A su presencia.
PENSAM.
Sí haré, Porque no tengo valor Para negarlo.
MUERTE.
¡Qué bien, Justo precepto de Dios, A hacerle de mí memoria En su pensamiento voy! _(Vanse los dos.)_
ESCENA VII.
_Salen_ BALTASAR, IDOLATRÍA Y VANIDAD.
IDOLAT.
Señor, ¿qué grave tristeza...
VANIDAD.
¿Qué grave pena, señor...
IDOLAT.
Tu discurso desvanece?
VANIDAD.
Turba tu imaginacion?
BALTAS.
No sé qué pena es la mia...
ESCENA VIII.
DICHOS.—EL PENSAMIENTO Y LA MUERTE.
PENSAM.
_(A la Muerte.)_ Llega; que allí está.
BALTAS.
Que estoy Pensando en las amenazas De aquella mano de Dios, Cuál ha de ser el castigo Que me ha prometido.
_(Vase retirando el Pensamiento, y deja ver tras sí á la Muerte.)_
MUERTE.
Yo.
BALTAS.
¿Qué es esto que miro, cielos? Sombra, fantasma ó vision, Que voz y cuerpo me finges, Sin que tengas cuerpo y voz, ¿Cómo has entrado hasta aquí?
MUERTE.
¿Cómo? Si es la luz el sol, Yo soy la sombra, y si él La vida del mundo, yo Del mundo la Muerte. Así, Entro yo como él entró, Porque de luces á sombras Esté igual la posesion.
IDOLAT.
_(Ap.)_ ¿Quién es este, que el miralle Le retira de los dos?
BALTAS.
¿Cómo á cada paso tuyo Vuelve atras mi presuncion?
MUERTE.
Porque das tú atras los pasos, Que yo hácia adelante doy.
PENSAM.
_(Ap.)_ La culpa tuve en traerle; Que soy un traidor traedor.
BALTAS.
¿Qué me quieres y quién eres, O luz ó sombra?
MUERTE.
Yo soy Un acreedor tuyo, y quiero Pedirte como acreedor.
BALTAS.
¿Qué te debo? ¿qué te debo?
MUERTE.
Aquí está la obligacion, En un libro de memorias.
_(Saca un libro de memorias.)_
BALTAS.
Éste es engaño, es traicion, Porque esta memoria es mia; A mí, á mí se me perdió.
MUERTE.
Es verdad, mas las memorias Que tú pierdes, hallo yo.— Lee.
BALTAS.
«Yo el gran Baltasar, De Nabucodonosor Hijo, confieso que el dia Que el vientre me concibió De mi madre, fué en pecado, Y recibí (¡helado estoy!) Una vida, que á la Muerte He de pagar (¡qué rigor!) Cada y cuando que la pida; Cuya escritura pasó Ante Moisés, los testigos Siendo Adan, David y Job.»— Yo lo confieso, es verdad; Mas no me ejecutes, no; Dáme más plazo á la vida.
MUERTE.
Liberal contigo soy, Porque áun no está declarada Hoy la justicia de Dios; Y para que se te acuerde Ser, Baltasar, mi deudor, De la gran Sabiduría Este memorial te doy.
_(Vase, dándole un papel.)_
ESCENA IX.
BALTASAR, LA IDOLATRÍA, LA VANIDAD, EL PENSAMIENTO.
BALTAS.
(_Abre el papel y lee._) «Así habla en un proverbio Del espíritu la voz: _Polvo fuiste, y polvo eres,_ _Y polvo has de ser_.»—¿Yo, yo Polvo fuí, siendo inmortal? ¿Siendo eterno, polvo soy? ¿Polvo he de ser, siendo inmenso? Es engaño, es ilusion.
_(Anda el Pensamiento alrededor de Baltasar.)_
PENSAM.
Yo, como loco, en efecto, Vueltas y más vueltas doy.
BALTAS.
¿No es deidad la Idolatría?
PENSAM.
_(A la Idolatría.)_ Acá me vengo con vos.
BALTAS.
¿La Vanidad no es deidad?
PENSAM.
(A la Vanidad.) Ahora con vos estoy.
_(Anda alrededor de las dos.)_
BALTAS.
¡Cuál anda mi pensamiento Vacilando entre las dos!
IDOLAT.
_(A la Vanidad.)_ ¿Qué contendrá aquel papel, Que tanto le divirtió De nosotras?
_(Quítale la Vanidad el memorial.)_
VANIDAD.
Desta suerte Lo veremos.
PENSAM.
¡Noble accion! La memoria de la Muerte La Vanidad le quitó.
BALTAS.
¿Qué es lo que pasa por mí?
VANIDAD.
Hojas que inútiles son, El viento juegue con ellas.
_(Hace pedazos el papel y lo arroja.)_
BALTAS.
¿Aquí estábades las dos?
IDOLAT.
¿Qué ha sido esto?
BALTAS.
No lo sé; Una sombra, una ilusion, Que ocupó mi fantasía, Que mi discurso ocupó; Pero ya se fué la sombra, Desvaneciendo su horror. ¿Qué mucho que temerosa La noche huyese, si vió Que en vuestros ojos divinos Madrugaba el claro sol? Y no á los mios, parece Que solamente salió Esa luz que me ilumina, Que me alumbra ese esplendor, Sino á todo el jardin; pues Obscuro el rubio arrebol Del sol estaba hasta veros, Y viéndoos amaneció Segunda vez, porque como Dos soles y auroras sois, Él no se atrevió á salir Sin licencia de las dos.
VANIDAD.
Sí, soles somos y auroras, Por su antigua adoracion; El sol es la Idolatría, Yo la aurora, que inferior Soy á los rayos; y así, A ella debe el resplandor El valle que goza, pues Cuando entre sombras durmió, No la despertó la aurora; Que otro sol la despertó.
IDOLAT.
Concedo que aurora seas, Y concédote que soy Yo el sol, por rendirme á tí; Porque al hermoso candor De la aurora el sol le debe Todo el primero arrebol; Y así, siendo la primera, Su luz, que le iluminó, La luz del aurora ha sido Más bella que la del sol, Pues salió primero al valle, Y ántes que él amaneció.
PENSAM.
La hermosura y el ingenio Se compiten en las dos, Y pues convida el jardin Con la dulce emulacion De las flores y las fuentes, Sobre el lecho que tejió Para sí la primavera Os sentad. Lisonjas son Los pájaros y las ramas, Haciendo blando rumor Al aire, que travesea Entre las hojas veloz, Donde aromas de cristal Y pastillas de ámbar son Las fuentecillas risueñas Y el prado lleno de olor.
_(Siéntanse todos, y en medio Baltasar, y la Idolatría le quita el sombrero y con el penacho le hace aire.)_
IDOLAT.
Yo con el bello penacho De las plumas que tejió La Vanidad, escogidas De la rueda del pavon, Te haré aire.
PENSAM.
Pues ¿conmigo No fuera mucho mejor, Que soy sutil abanillo Del pensamiento? Aunque no; Que más parezco en la cara Abanillo del Japon.
VANIDAD.
Yo con músicos cantando, Pararé el aire á mi voz.
BALTAS.
La música del aurora No me sonará mejor, Cuando saludando al dia Entre uno y otro arrebol Le daban la bienvenida, Perla á perla y flor á flor.
VANIDAD.
_(Cantando.)_ _Ya Baltasar es deidad,_ _Pues le rinde en este dia_ _Estatuas la Idolatría,_ _Y templos la Vanidad._
ESCENA X.
DICHOS.—LA MUERTE.
MUERTE.