Teatro selecto, tomo 1 de 4

Part 4

Chapter 43,809 wordsPublic domain

Desechados por lo comun tales recursos, no quedaba otro que la alegoría, y á él acudieron nuestros poetas. Ora entraron á saco por las historias del Antiguo Testamento, en que todo es anuncio, sombra y prefiguracion de la Ley Nueva, como es de ver en los autos intitulados _La Zarza de Moisés_, _La cena de Baltasar_, _La primer flor del Carmelo_, _El vellon de Gedeon_, etc., en muchos de los cuales hay doble y áun triple alegoría; ora se aprovecharon de los ejemplos y parábolas del Evangelio; ora, y ya con más violencia, torcieron y aplicaron á su propósito hechos bien dispares de la historia antigua y moderna. Y no paró en esto la manía alegórica, sino que constreñidos los poetas por aquella especie de pié forzado, y por la necesidad de escribir anualmente dos ó más autos, hicieron, ó bien obras puramente abstractas, en que sólo por incidencia intervienen séres humanos, siendo todo lo restante del discurso entre los elementos, las ciencias, las virtudes, los atributos de Dios, los sentidos y las potencias del alma, personificadas; ó bien dramas mitológicos como el _Divino Orfeo_ y el _Sacro Parnaso_, en que los dioses del Politeismo helénico venian á ser símbolo del mismo Redentor y á dar testimonio de los misterios de nuestra fe; ó bien _sermones de circunstancias_ (al modo de los predicadores gerundianos) y donde todo el artificio dramático y la alegoría consiste ó en una cacería del Rey, ó en una informacion de limpieza de sangre, ó en unas conclusiones de universidad, ó en el tumulto de una posada ó de un hospital de locos; que de todas estas extravagancias y otras inauditas pueden hallarse muestras en Calderon ó en sus discípulos. A veces se parodiaban los títulos, los argumentos y hasta escenas y versos de las comedias más en boga, no de otra manera que el maestro Valdivielso daba á sus _ensaladillas_ y _chanzonetas_ al Santísimo Sacramento el tono y la música de las canciones picarescas que más andaban en boca de las gentes.

Hay, pues, en Calderon un simbolismo, ya sublime, ya pueril, pero enderezado todo por sano y cristianísimo intento á la magnificacion y loor del _Verdadero Dios Pan_ (título de un auto). Este simbolismo lo abraza todo, hasta las fábulas de la gentilidad, donde nuestro poeta descubre siempre huellas y vestigios alterados de la tradicion primitiva y un como anuncio y preparacion evangélica, llegando á poner en cotejo los libros teogónicos de los antiguos con la narracion del _Génesis_.

La riqueza lírica es grande en los _Autos_. Exórnanlos trozos traducidos ó imitados de las Escrituras, paráfrasis de himnos y fragmentos del rezo eclesiástico. El diálogo, ya de suyo frio y monótono por las condiciones del género, suele además estar deslustrado por las formas secas del razonamiento silogístico. Así y todo, puede decirse que Calderon en ninguna de sus obras dió tan brillantes muestras de poeta lírico como en los _Autos_, á pesar de las antítesis, frases simétricas, metáforas descomunales y vano lujo de palabrería _bombástica_ y altisonante. ¿Y quién le negará el lauro de gran poeta, cuando en medio de esas dobles y triples alegorías, confusa y abigarrada mezcla de teología, de historia y de mitología, acierte á descubrir la raíz de ese maravilloso simbolismo, que de un modo más ó ménos claro y poético abraza y expone las relaciones de Dios con la naturaleza, las del cuerpo con el espíritu, las de los sentidos con las potencias del alma?

En la imposibilidad de conceder demasiado espacio á los _Autos sacramentales_, hemos incluido en esta coleccion tres de los que tenemos por mejores: _La vida es sueño_, donde, además de estar contenido en cifra y de un modo abstracto el pensamiento del más celebrado drama del poeta, es de admirar el vigor de condensacion con que el autor recorre la historia humana, desde el _Fiat_ creador hasta la caida del hombre, y desde ésta hasta su Regeneracion, con símbolos más transparentes y de mejor ley estética que los que usa en otros autos: _La cena de Baltasar_, como muestra de los autos más dramáticos y en que mejor se acomodan al fin y propósito del teatro sacramental las historias del Antiguo Testamento, sin salir enteramente de las condiciones dramáticas ordinarias, realzándolo todo hermosos trozos de poesía lírica, v. gr., las primeras y las últimas octavas en agudos, tan famosas y conocidas: y finalmente _A Dios por razon de Estado_, como ejemplo de los autos en que predominan los conceptos puros y las discusiones teológicas.

IV.—Dramas religiosos.

Género es este tan rico en nuestra literatura como el de los _Autos sacramentales_. Incluyo en este segundo miembro de la clasificacion, no sólo las comedias llamadas _devotas de santos_ ó _á lo divino_, sino las que versan sobre asuntos del Antiguo Testamento.

Algunas de las obras piadosas de Calderon se han perdido: así, v. gr., _La Vírgen de la Almudena_, _La Vírgen de los Remedios_, _El carro del cielo_ y _El Triunfo de la Cruz_, dado caso que sea obra distinta de _La Exaltacion_. Tampoco parece el _San Francisco de Borja_, aunque pueden hallarse felices reminiscencias de ella en _El Fénix de España_ del jesuita Diego Calleja.

Descartadas éstas y alguna otra que tampoco ha llegado á nuestros dias, quedan unas quince, muy diversas en asunto y en mérito. De gran parte de ellas puede prescindirse sin menoscabo de la gloria del poeta. Sobre historias de la ley antigua versan _Los cabellos de Absalon_ (mera refundicion, con un acto entero igual, de _La venganza de Tamar_, valentísima tragedia del maestro Tirso de Molina, siquiera la deslustre lo repugnante de algunas situaciones); _La Sibila del Oriente_, refundicion de un auto sacramental, _El árbol del mejor fruto_, y obra de las peor escritas é imaginadas de Calderon, llena de absurdos geográficos é históricos, como hablar Joab de las cuatro partes del mundo y de los enemigos que habia derrotado junto al Danubio; y _Júdas Macabeo_, donde se hace uso de pólvora y arcabuces. _Las cadenas del demonio_ es la evangelizacion de Armenia por San Bartolomé, y _La Aurora en Copacabana_ la aparicion de una imágen de la Vírgen en el Perú: obras las dos de escaso mérito. De la _Exaltacion de la Cruz_ sólo quedan en la memoria de las gentes tres hermosísimos versos en que el autor llama al sagrado madero de la cruz:

Iris de paz, que se puso Entre las iras del cielo Y los delitos del mundo,

versos que por sí solos, y prescindiendo de la paranomasia de _Iris_ é _iras_, valen tanto como un largo poema. _La Vírgen del Sagrario_ es una crónica dramática que dura siglos y enlaza toda la historia de España con el orígen, pérdida y restauracion de una imágen: son de notar en ella algunas escenas episódicas, como el bizarrísimo desafío entre el montañes y el muzárabe sobre la admision del rito romano.

Descartadas estas obras, quedan aún seis de Calderon, pertenecientes al género devoto. Tres de ellas forman un grupo y tienen cierta unidad de pensamiento, y áun escenas muy semejantes: _El José de las mujeres_, _Los dos amantes del cielo_ y _El Mágico prodigioso_. En las tres los protagonistas son catecúmenos, y en las tres empiezan á salir de las tinieblas del paganismo por medio de la lectura de algun texto sagrado ó profano: el de Plinio en _El Mágico_, el principio del Evangelio de San Juan en _Los dos amantes del cielo_, y un lugar de la _Epístola á los corintios_ en _El José de las mujeres_. En las tres combaten los protagonistas, ayudados por la divina gracia, contra los halagos del amor profano y contra todas las artes diabólicas, puestas en juego por el mismo príncipe de los abismos, que es personaje muy principal en ellas. Y en las tres, finalmente, reciben victoriosos la palma triunfal del martirio. Abundan en todos estos dramas, lo mismo que en los autos, las discusiones teológicas.

Pero aquí se detienen las semejanzas, porque el mérito de los tres dramas es muy desigual. El que ménos vale es _El José de las mujeres_, donde la heroína Eugenia, filósofa alejandrina (trasunto de Hipatia) acaba por convertirse al cristianismo y retirarse á las soledades de la Tebaida, de donde vuelve á Alejandría para derribar las estatuas que, creyéndola muerta, le habian sido levantadas durante su ausencia. El pensamiento capital de _Los dos amantes del cielo_ (obra bastante conocida en Alemania por una traduccion de Schack) merece no escasa loa: una mujer que sólo quiere conceder su amor á quien haya muerto por ella, y que se hace cristiana movida por la consideracion del entrañable amor de un Dios que se hizo carne por los pecados del mundo; un catecúmeno cristiano que resiste y lucha contra todas las seducciones del arte y de los sentidos, y entabla una especie de duelo teológico con la mujer que adora, hasta convertirla. De todo esto podia haber resultado una accion interesante, y, sin embargo, no resulta más que una comedia de enredo con acompañamiento de teología y de sabrosos cuentos de un gracioso.

De _El Mágico_ poco hay que decir, puesto que pasa universalmente por una de las obras maestras del poeta, y Rosenkranz llegó á compararle con el _Fausto_, aunque la semejanza se reduce á intervenir en ambas obras pacto diabólico por alcanzar un sabio la posesion de una mujer. Y este es elemento vulgarísimo, no sólo de la leyenda de _Fausto_ y de la de _El Mágico_, sino de la de Teófilo y otras infinitas.

Lo mejor de _El Mágico_ son los datos fundamentales que Calderon tomó de las actas de San Cipriano de Antioquía, escritas en griego por Simeon Metaphrastes, y traducidas al latin por Lipomano. En lo demas, pienso que la ejecucion es inferior á la grandeza del pensamiento y á la severa teología de las primeras escenas. Cuando no hablan Cipriano y el Demonio, _El Mágico_ (aunque la accion pase en Antioquía y en los primeros siglos de nuestra era) es una de tantas comedias de capa y espada, con dos galanes celosos, y chistes de criados, y cuchilladas y escondites. Los caracteres son débiles: el demonio tiene mucho de ergotista y de leguleyo, y algo de prestidigitador hábil en escamoteos. Justina es tipo vulgar y pálido, hasta que llega la escena admirable en que el tentador agota sus recursos para infundir en ella el ánsia del placer, y acaba por confesar su derrota, exclamando:

Venciste, mujer, venciste Con no dejarte vencer.

En esta escena y en la que sigue á la aparicion del esqueleto está el verdadero drama. Lo demas es un embrollo amoroso, que oscurece y rebaja la alta concepcion de esta obra, en que el autor se propuso mostrar cómo la especulacion racional es preparacion para la fe, y cómo el libre albedrío ayudado por la gracia triunfa de todas las sugestiones diabólicas.

_La Devocion de la Cruz_ y _El Purgatorio de San Patricio_ tienen entre sí bastante analogía. El _Eusebio_ de la primera y el _Ludovico Enio_ pertenecen á una galería muy rica en nuestro teatro: la de bandoleros y facinerosos, que jamás pierden la fe y llegan á convertirse á la hora de la muerte. Así, el _Enrico_ de _El condenado por desconfiado_, el _Leonido_ de la _Fianza satisfecha_ y el _D. Gil_ de _El esclavo del demonio_. Se ha tachado á estos dramas de anticristianos y de mal ejemplo: hasta se les ha querido encontrar parentesco con la doctrina luterana de la fe que justifica sin las obras. Error indisculpable que demuestra mala fe ó poca lectura, pues ninguno de estos criminales se salva por la fe sola, sino por verdadero y sincerísimo arrepentimiento de sus culpas, acompañado de firme propósito de la enmienda, y ninguno de ellos trata de disculpar sus pecados atenuando los fueros del libre albedrío. Fuera de que alguno de ellos, v. gr., Ludovico, hace áun en esta vida asperísima penitencia. La doctrina es enteramente católica: lo heterodoxo, á la vez que irracional y de mal ejemplo, sería que tales delincuentes, sinceramente arrepentidos, no hallasen perdon ni misericordia. ¡Cuán horrible y desesperado drama resultaria!

_El Purgatorio de San Patricio_ está fundado en la vulgarísima leyenda de aquella cueva ó _necromanteion_ irlandes, tal como la habia popularizado en España el doctor Juan Perez de Montalban. Aunque obra irregular y desconcertada, encierra el drama calderoniano primores de buena ley: trozos de vigor dantesco en la pintura de las regiones infernales, y algunos rasgos felices en el carácter de Ludovico, que el autor ha echado á perder, sin embargo, hasta hacer de él un monstruo casi increible de perversidad. La grandeza de los personajes áun en lo malo no se logra sumando enormidades, las cuales son en el carácter una falsedad equivalente al énfasis y á la hipérbole en la expresion. Yago será siempre más negro y odioso que todos los malvados de melodrama, sin necesidad de haber cometido ningun incesto ni parricidio.

_La devocion de la Cruz_ es interesantísima leyenda, y como obra de las mocedades de Calderon, está escrita con más frescura y sencillez y con ménos afectacion que otras obras de su edad madura. Los caracteres de Eusebio y del viejo Lisardo son buenos, sin ser de primer órden. Julia no es carácter, y el mayor defecto que yo encuentro á la obra es la súbita transformacion de aquella monja en mujer facinerosa y bandolera. Que Julia por amor de Eusebio huya del convento y corra á los brazos de su amante, entra en la verosimilitud dramática; pero que una doncella tímida y recatada que áun despues de haber saltado las tapias del monasterio, siente impulsos de volver á él, cometa inmediatamente, y sin necesidad ni explicacion alguna, tantos homicidios y atropellos, no es humano, ni racional, ni interesante. Algunas escenas de este drama estan admirablemente concebidas: así, v. gr., el diálogo de Julia y Eusebio junto al cadáver del hijo de Lisardo.

Superior á todos los dramas religiosos de Calderon me parece _El Príncipe constante_, donde el autor ha logrado hacer interesante en la escena á un varon justo, integérrimo, dechado de santidad y perfeccion. Sabido es que los _piadosos_ Eneas y Godofredos son personajes de poco juego en el teatro, que vive de la lucha de pasiones y de afectos. Con todo eso, el infante mártir de Portugal, Don Fernando, resulta interesante y simpático, además de admirable. El autor ha hecho de él una especie de Régulo cristiano, mucho más heroico que el de Roma, porque no le mueve sólo el amor patrio ni la palabra empeñada, sino el sentimiento religioso aterrado ante la idea de ver convertidos en mezquitas los templos de Cristo.

—¿Por qué no me das á Ceuta? —Porque es de Dios y no es mia.

Esta sublime expresion da por sí sola el espíritu del drama. Y Don Fernando llega á interesar porque, aunque perfecto é invencible, es hombre al cabo, y se lamenta de la desnudez y del frio y del hambre, que reciamente combaten su enérgica determinacion.

Contra lo que suele pasar en Calderon, los personajes episódicos no estorban, y el bizarro tipo de Muley y sus amores con la hermosa Fénix contribuyen á dar apacible variedad y colorido al drama, y á hacerle más humano. Hay en él trozos líricos de los mejores de Calderon, sobre todo la escena en que admirablemente se glosa aquel romance de Góngora:

Entre los sueltos caballos De los vencidos Zenétes,

cuyo efecto debia ser portentoso en un público que le sabía de memoria y que le acompañaba en coro: y el hermosísimo soneto:

Estas que fueron pompa y alegría,

uno de los pocos sonetos nuestros del buen tiempo en que los tercetos no decaen de la entonacion de los cuartetos, y uno de los pocos tambien en que la idea y la forma corren parejas y se compenetran fácil y armoniosamente.

V.—Comedias filosóficas.

Son las mismas que D. Alberto Lista llamó _ideales_, incluyendo malamente entre ellas algunas como _Saber del mal y del bien_, _Gustos y disgustos son no más que imaginacion_, cuya filosofía se reduce á las vulgarísimas máximas de su título, siendo por lo demas comedias de enredo ó comedias palacianas semejantes á tantas otras. Por consiguiente (salvo mejor parecer) creo que sólo dos obras calderonianas deben incluirse en este grupo: _En esta vida todo es verdad y todo es mentira_, y _La vida es sueño_.

Goza la primera de cierta celebridad en Europa desde los tiempos de Voltaire que descubrió en ella el original del _Heraclio_, de Corneille: lo cual han negado luégo Viguier y Philarète Chasles, promoviendo una embrollada cuestion de originalidad. Pero aunque sea cierto que de la comedia _En esta vida todo es verdad y todo es mentira_ no descubrió Hartzenbusch edicion anterior á 1664, miéntras que el _Heraclio_ aparece impreso en 1647, tambien lo es:

1.º Que Calderon no sabía frances, como lo prueban ciertos personajes grotescos de sus entremeses, á quienes pretende hacer hablar en aquella lengua.

2.º Que la historia literaria presenta cien casos de imitaciones de obras españolas por dramáticos franceses del siglo XVII (testigos _El Cid_, _El Mentiroso_ y muchos más), y un solo caso de imitacion francesa en España, y es _El Honrador de su padre_, de Diamante.

3.º Que se han perdido casi todas las ediciones príncipes de nuestras comedias, ya sueltas, ya en tomos de varios. Y áun suponiendo que _En esta vida_... no se imprimiera hasta 1664, pudo llegar á Francia manuscrita, como otras comedias nuestras que actores españoles representaron allí, y cuyos manuscritos se conservan.

4.º Que el verdadero original de la comedia de Calderon es _La rueda de la fortuna_, de Mira de Amescua, impresa desde 1616.

Esto sin otros argumentos más menudos, que ya esforzó el Sr. Hartzenbusch.

Lo que Corneille tomó del drama de Calderon es la excelente situacion trágica del primer acto, en que Heraclio y Leonido se disputan la gloria de ser hijos del muerto emperador Mauricio, y el viejo Astolfo que los habia criado se niega á revelar cuál de los dos es hijo del tirano y cuál lo es de su enemigo. Todo el primer acto de _En esta vida_ es (fuera de algunas manchas de diccion) una exposicion admirable. Desde el segundo acto, la obra degenera en comedia de magia, confusa y embrollada, y hecha más para prestigio de los ojos que para solaz del entendimiento.

_La vida es sueño_ pasa por la obra maestra del poeta, y lo es sin duda, si se atiende al vigor de la concepcion. No hay pensamiento tan grande en ningun teatro del mundo. No sólo una sino várias tésis están allí revestidas de forma dramática: primera, el poder del libre albedrío que vence al influjo de las estrellas; segunda, la vanidad de las pompas y grandezas humanas, y cierta manera de escepticismo en cuanto á los fenómenos y apariencias sensibles; tercera, la victoria de la razon, iluminada por el desengaño, sobre las pasiones desencadenadas y los apetitos feroces del hombre en su estado natural y salvaje. _La vida es sueño_ es cifra de la historia humana en general, y de la de cada uno de los hombres en particular. Segismundo es lo que debia ser, dado el propósito del autor, no un carácter, sino un símbolo. No es escéptico como Hamlet: la tésis escéptica no es aquí más que provisional, y cede ante una tésis dogmática más alta. La razon doma á la concupiscencia; la fe aclara y resuelve el enigma de la vida humana. El Segismundo bárbaro de la primera jornada _reprime_ (un poco deprisa, es verdad, pero ya se sabe que el desarrollo artístico en Calderon peca de atropellado) su fiera y brava condicion, hasta convertirse en el héroe cristiano de la tercera jornada. El mismo autor nos dió la clave del simbolismo en un auto titulado tambien _La vida es sueño_, donde se generaliza y toma carácter universal y abstracto la accion de la comedia. El protagonista es el hombre que con su libre albedrío despeña al entendimiento, y cae en el pecado original, regenerándose luégo por los méritos de la sangre de Cristo y por el valor de sus propias obras ayudadas por la divina gracia.

El gérmen de la comedia, es decir, el sueño de Segismundo, está en un cuento muy sabido de _Las mil y una noches_, pero sin alcance ni significacion trascendente de ningun género. Todas las bellezas de la obra de Calderon le pertenecen á él sólo. ¿A qué apuntar los pocos lunares que la afean? Sobran sin duda las aventuras de la doncella andante que va á Polonia á vengarse de un agravio; y no son modelo de diccion las famosas décimas, aunque lo sean algunos de los monólogos de Segismundo.

VI.—Dramas trágicos.

Seccion riquísima en las obras de nuestro poeta, y la más abundante en joyas de alto precio.

Prescindamos de _La niña de Gomez Arias_, cuyo argumento es más propio de la novela, donde todo cabe, hasta las aberraciones morales y los casos patológicos, que del drama, en que siempre será repugnante espectáculo el de un galan que por vil interes vende su dama á los musulmanes. Además, esta obra es refundicion de otra de Luis Velez de Guevara, y Calderon ha aprovechado escenas enteras de la comedia primitiva.

_El Alcalde de Zalamea_ no sólo es la obra más popular de Calderon entre españoles, sino la más perfecta y artística de todas las suyas. Pueden encontrársela analogías con ciertas obras de Lope, verbi gracia, _El mejor Alcalde el Rey_, _Fuente Ovejuna_, _Peribáñez y el Comendador de Ocaña_, pero sólo á Calderon pertenecen el desarrollo y los caracteres, que al reves de lo que sucede en otras obras suyas, son vivos, personales, enérgicos y hasta ricos y complejos, dignos del mismo Shakespeare. Y esto se diga no sólo del singularísimo D. Lope de Figueroa (que más que tipo de fantasía, es valentísimo retrato), caudillo viejo, jurador, impaciente y colérico, lleno de preocupaciones militares, y á la vez noble, generoso, recto, caballero y hasta afectuoso; no sólo del alcalde labrador Pedro Crespo, en quien se aunan por arte maravilloso el sentimiento de la justicia y el sentimiento vindicativo de la propia ofensa, sino hasta de los personajes más secundarios, de los villanos, soldados y vivanderas, de Rebolledo y la Chispa. La vida y la animacion corren á torrentes en este drama, donde hay hasta despilfarro de poder característico. Y junto con ésto la expresion suele ser sencilla, natural y _única_, de tal suerte que el drama llegaria á los últimos lindes de la perfeccion, si no fuera por aquella malhadada escena del bosque. ¿Pero quién no olvida tan leve mácula, cuando ve á Pedro Crespo en la escena más admirable que trazó Calderon, deponer la vara, y postrarse á los piés del capitan, demandándole la reparacion de su honor, y cuando ve perdida toda esperanza de concordia, levantarse como justicia y prenderle y agarrotarle, confundiendo en uno el desagravio de la ley moral y el desagravio de su sangre?

Rasgos trágicos de primer órden brillan en _Amar despues de la muerte_ ó _El Tuzaní de la Alpujarra_, cuyo argumento está tomado de las _Guerras civiles de Granada_, de Ginés Perez de Hita. Interrogacion digna de Shakespeare es la del Tuzaní cuando exclama, al oir jactarse de su infame accion al asesino de Clara: «¿Fué como ésta la puñalada?» Y todo su carácter, vengativo, celoso, reconcentrado y profundo, es de purísima estirpe africana, y de sombría y vehemente inspiracion. Como se trata de un asunto histórico casi contemporáneo, es grande el color local, sobre todo en las escenas de la rebelion de los moriscos.

Nada ménos que cuatro dramas de Calderon versan sobre la pasion de los celos, quizá la más dramática de todas y la más rica en contrastes, agitaciones, antinomias y luchas. Calderon la ha descrito en su máximo grado de exaltacion: no la ha analizado pacientemente y fibra á fibra, y sin duda por eso quedan sus celosos inferiores á Otelo, y la misma pasion resulta ó idealizada hasta el delirio como en el Tetrarca, ó subordinada á rencores como en don Juan de Roca, ó á móviles de honra como en don Gutierre de Solís: nunca tan humana como en el moro de Venecia, en quien despues de todo no son los celos más que exaltacion y quinta esencia del amor.