Teatro selecto, tomo 1 de 4

Part 3

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Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico, pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV, sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus panegiristas mayor gloria que la de ser _en los concilios presidente_, cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse (al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas.

Pero _del Rey abajo, ninguno_. En aquella sociedad apénas habia clases, y más que monarquía debia llamarse _democracia frailuna_. A ello contribuian la sencillez cenobítica y austera de que los mismos reyes, sobre todo Felipe II, dieron larga muestra; el modo de vivir áspero y duro: la general pobreza; la anulacion absoluta de la aristocracia desde que el cardenal Tavera la arrojó de las córtes de Toledo; el predominio de la Iglesia, que abriendo sus puertas á todo el mundo, lo igualaba todo; y aquella profusion de conventos y universidades, de donde los más humildes y plebeyos llegaban, en fuerza de sus letras y de su teología y cánones, á las mitras y á las togas, y al confesonario y á los consejos del Rey. Por otra parte, expulsados los judíos y los moros, y triunfantes los anticristianos estatutos de limpieza, todo cristiano viejo se creia, por serlo, igual al más encopetado magnate. La hidalguía era patrimonio comun, y provincias enteras del Norte de España se jactaban de poseerla. En la Edad Media se ganaba á lanzadas contra los moros. En el siglo XVI fué uso conquistarla lidiando contra turcos y luteranos, ó conquistando fabulosos imperios y descubriendo y cristianizando regiones incógnitas en América.

Siempre andan en el mundo revueltos los bienes con los males, y así este mismo espíritu aventurero y heroico y esta misma igualdad, cristiana en su raíz y fundamento, nos hizo mirar con menosprecio, y á veces con odio, las artes mecánicas y la industria y el comercio, dejó abandonados y silenciosos nuestros talleres y nuestras lonjas, y nos hizo súbditos de mercaderes extraños, á quienes fué á enriquecer, sin provecho nuestro, el oro de las vírgenes entrañas del Nuevo-Mundo. Toda riqueza fué aquí pasajera y advenediza: faltó clase media, y aquel vivir al acaso y fiarlo todo de la fortuna, puso en más de una ocasion al caballero á dos dedos del pícaro, aventurero tambien y conquistador á su modo.

Pero con todos sus lunares (¿y qué época no los ha tenido?), ¿quién dudará de las grandezas de aquella civilizacion? Hasta el nivel intelectual estaba muy alto, si no por lo que toca á la exacta comprension de las leyes de la naturaleza y á las ciencias basadas en el cálculo y en la experimentacion, por lo ménos en la teología dogmática y en la filosofía, que no eran patrimonio exclusivo de gente curtida en las aulas, sino alimento cotidiano del vulgo, espectador de los Autos Sacramentales, que nutria su entendimiento y apacentaba su fantasía con aquel sublime y complicado simbolismo, con aquella cristiana armonía, con las continuas reminiscencias de sucesos y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la historia eclesiástica y profana, de la mitología y de los clásicos, con extrañas sutilezas, distinciones y silogismos, y con públicas discusiones acerca de la gracia y el libre albedrío, la predestinacion y el valor de las obras.

El arte que á tales impulsos respondia era el arte popular por excelencia, el arte dramático, antiquísimo y glorioso en España. Vémosle nacer á la sombra del templo ó en el templo mismo, y su primer vagido es una representacion devota, el _Misterio de los Reyes Magos_, descubierto en un códice de la Biblioteca Toledana. En toda la Edad Media continúa en auge el teatro litúrgico, y aunque escaseen los monumentos escritos, acreditan la existencia de tales representaciones los registros de los cabildos y los libros de cuentas de las catedrales, juntamente con las leyes que, al discernir las representaciones que los clérigos pueden hacer y aquellas otras de que deben abstenerse, acreditan que al lado del drama religioso comenzaba á surgir otro profano y satírico, los _juegos de escarnio_, de que ya se habian valido en mengua y depresion del estado eclesiástico, y como fácil vehículo para la propaganda de sus heréticas doctrinas, los Albigenses de Leon: de lo cual bien amargamente se queja el Tudense. Con los albores del Renacimiento asoma la imitacion de las formas y de los asuntos clásicos, primero en Cataluña, luégo en Castilla. Ciérrase la Edad Media con un monumento singular y admirable, en que la verdad humana, así en lo trágico y apasionado como en lo cómico y groseramente realista, se ostenta con tal vigor y crudeza y con tal variedad de tonos y con tan estupendo poder característico, que en vano fuera buscar otro mayor ejemplo ántes de Shakespeare. Pero la incomparable _Celestina_, espejo de lengua castellana, no influyó, en parte por su perfeccion misma, en parte por sus condiciones de obra irrepresentable, tan directamente como hubiera podido creerse, en los progresos del teatro; dado que no bastan maravillas aisladas para invertir el órden natural y graduado desarrollo de una literatura. Así es que nuestra dramática, áun despues de aquel gigantesco esfuerzo, continuó balbuciendo pastoriles coloquios en las _Églogas_ de Juan del Encina, y sólo por intervalos alcanzó en Lúcas Fernandez (insigne en la pintura de costumbres villanescas ó en donaires de ermitaños y santeros) la enérgica inspiracion y el delicado sentimiento que abrillantan algunas escenas del _Auto de la Pasion_. Más variedad y riqueza hay en Gil Vicente, que alguna vez, en sus obras portuguesas, v. gr., en la _Farsa de Inés Pereira_, presentó verdaderos esbozos de comedia de carácter, y que ensayó además el drama novelesco con asuntos tomados de los libros de caballerías. Dieron alimento y estímulo los dramáticos italianos al extremeño Torres Naharro, verdadero padre de la comedia de capa y espada en la _Himenea_ y en la _Serafina_, facilísimo dialoguista en la _Tinelaria_ y en la _Soldadesca_, que sin argumento propiamente dicho, y siendo rosarios de escenas sueltas, empeñan sabrosamente la atencion: tal es el desenfado, movimiento y sal mordicante de algunos pedazos. Siguen con ménos talento las huellas de Torres Naharro, Jaime de Huete y otros muchos, á la vez que se multiplican las imitaciones de la _Celestina_, todas inferiores á su modelo. El teatro religioso se seculariza hasta cierto punto, y sale del templo á la plaza: sus creaciones eclipsan á las del naciente teatro profano: nada más delicado que la _Representacion_ del encuentro de Jesus con los discípulos que iban al castillo de Emaus, compuesta por Pedro Altamirando: nada más delicado que el _Auto de las Donas_, el de _la Oveja perdida_ y el de los _Desposorios de Cristo_. Ni valen ménos las _representaciones_ de Sebastian de Horozco, y la _Obra del Pecador_ de Bartolomé Aparicio. En aquella mezcla y confusion de elementos, que luégo habian de armonizarse en el genuino teatro español, unos se inclinan á la imitacion de la tragedia clásica, otros refunden comedias italianas, aderezándolas con pasos é intermedios jocosos de propia invencion y de costumbres nacionales, en cuyos arreglos fueron insignes Lope de Rueda y Juan de Timoneda: otros, los ménos, buscan con poderoso instinto naturalista una forma de tragedia moderna, áun tratando asuntos de la historia ó de la Biblia. Así llegó Micael de Carvajal, en algunos pedazos de la _Tragedia Josephina_, á la expresion verdadera y sencilla de los afectos, sin menoscabo de la elevacion poética. Todo se habia ensayado en esta primera época de nuestro teatro, si hemos de creer al Sr. Cañete, que la ha investigado y que la conoce como nadie. «Desde la tragedia al entremes, pasando por los diferentes matices de la comedia, moral, política, urbana; desde la ideal personificacion de vicios y virtudes hasta el retrato de figuras tocadas del más grosero realismo.» Como embrion informe del drama de Lope pueden considerarse los abigarrados é incoherentes ensayos de Juan de la Cueva y de Cristóbal de Virués, donde se mezclan en modo confuso resabios clásicos (como los que inspiran la tragedia de _Ayax de Telamon_ y la de _Elisa Dido_), reminiscencias italianas, novelería desenfrenada y atisbos de comedia nacional. Más que ninguno de ellos se levantó el divino ingenio de Miguel de Cervántes en aquella su ruda _Numancia_, tan épica en medio de su desaliño, y tal, que retrae á la memoria la férrea poesía del viejo Esquilo en _Los siete sobre Tébas_.

Al fin vino Lope de Vega, precedido ó ayudado por los poetas valencianos, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica. Ingenio más lozano y fácil no le han visto los siglos; más fecundo creador de argumentos y de situaciones dramáticas, tampoco: en la pintura del amor y de los caracteres femeninos vence á todos los nuestros: cuando quiere, llega á lo trágico y á lo patético: en lo cómico sólo le excede Tirso: amenas, discretas y fáciles de leer son siempre sus comedias, cuya variedad de tonos aún asombra y maravilla más que su número. No sólo abrió el camino á todos los restantes, sino que lo probó, tanteó y recorrió en todas direcciones, dejando rastros de luz donde quiera, de tal suerte que apénas es posible descubrir en Moreto, en Calderon ó en Rojas forma, asunto, carácter, intriga ó recurso escénico que no tenga en alguna comedia de Lope su modelo, patron y fundamento. Lope lo invadió todo: la comedia italiana libre y desvergonzada; la pastoral al modo del _Aminta_ ó de _El Pastor Fido_; la comedia de costumbres villanescas y populares sin falso bucolismo; la de costumbres áulicas; la de capa y espada; la de rufianes, pícaros y Celestinas; el drama histórico, el trágico, el religioso y simbólico; el mitológico; el caballeresco; el alegórico; el auto sacramental; el entremes. Con Lope ha sido injusta la fama más que con ninguno de nuestros dramáticos: pocos han tenido valor para internarse en su repertorio: á Lope le ha ahogado la inmensa balumba de sus obras. Muy de ligero se le ha declarado inferior á Calderon, sin reparar que aquel arte desordenado, hijo de la improvisacion, y en que los aciertos, con ser tantos, parecen casuales, está, por eso mismo, más exento de trabas y convenciones, y encierra un fondo de verdad humana y una generosa poesía áun no viciada ni enturbiada, sino en raras ocasiones, por el falso lirismo que ahoga, como planta parásita, las mejores concepciones de Calderon y de Rojas.

El drama español, tal como Lope le fijó y le trasmitió á sus sucesores, tiene ante todo carácter nacional y popular, y sin ir declaradamente en contra de los preceptos clásicos, prescinde de ellos, y se regula por los instintos y por el modo de sentir y de pensar del público que habia de oirle. Sus asuntos son todos los asuntos, pero vestidos y disfrazados á la castellana; su forma, la de una novela rápida y de mucho movimiento, más atenta al enredo que á los caracteres; sus fuentes de inspiracion, el sentimiento religioso, el orgullo nacional, el amor, el punto de honra; sus límites en cuanto á tiempo y lugar, ningunos; los accesorios líricos, frecuentes.

Pero ha sido error extremar las semejanzas entre nuestros dramáticos, hasta negar á cada uno sus condiciones propias y geniales. Sobre todos se levanta Tirso, el primero á toda ley de los nuestros en lo cómico, el primero tambien en la creacion de caracteres, uno de los cuales, D. Juan, logra vida tan universal y duradera como los héroes de Shakespeare, y ha dejado en el mundo más larga progenie que ninguno de ellos. Añádase á todo esto la soberana idea de _El condenado por desconfiado_ (joya de nuestro teatro teológico), el hermosísimo carácter de Doña María de Molina en _La prudencia en la mujer_, crónica dramática superior á cualquiera de las de Shakespeare; los rasgos de estupenda poesía histórica y fantástica que abrillantan el _Infanzon de Illescas_, y finalmente aquel sinnúmero de comedias palacianas de tan hechicero y maligno discreteo, y de comedias villanescas tan primaverales y desenfadadas... ¿Quién dudará en conceder á Tirso la palma del arte entre los nuestros, y despues de él á Alarcon, maestro de la comedia terenciana, ménos pedagógico y ménos seco que Molière? Ni fuera justo relegar á tanto olvido y declarar tan de ligero autores de segundo órden á Guillen de Castro, en cuyas _Mocedades del Cid_ revivió el poderoso aliento épico de nuestros romances; á Mira de Amescua, gran imaginador de argumentos, que otros aprovecharon luégo, eximio versificador y á veces poeta de tan enérgica inspiracion como lo acredita _El esclavo del demonio_ (hermano menor de _El Condenado_), y á Luis Velez de Guevara, de quien heredó Calderon el argumento y escenas enteras de _La Niña de Gomez Arias_.

Tal y tan floreciente era el estado de nuestro teatro cuando Calderon vino á apoderarse de él, como en otro tiempo Lope.

III.—Autos Sacramentales.

La primera y más numerosa seccion de las obras calderonianas abraza las representaciones eucarísticas en un acto, compuestas para ser representadas en la fiesta del Córpus. Este género españolísimo y singular se llama _Auto sacramental_.

Sus orígenes son oscuros: para indagarlos puede ver mi lector el prólogo de Pedroso al tomo de _Autos_, que compiló para la Biblioteca de Rivadeneyra. La fiesta del Córpus, aunque en muchas iglesias particulares se celebraba ántes, sólo en tiempo de Urbano IV (1263) fué extendida á la Iglesia universal. En España sabemos que la introdujo Berenguer de Palaciolo (que murió en 1314). Desde el principio, á todos los regocijos con que se celebraba esta festividad, verdaderamente de alegría, á todas las solemnidades religiosas, á las ceremonias litúrgicas, se añadieron ya ciertos gérmenes de representacion dramática, por lo ménos en algunas catedrales de la corona de Aragon. En Castilla hubieron de ser poco frecuentes tales espectáculos, puesto que nada dicen de ellos las leyes de Partida, que mencionan otras representaciones de la Natividad, de la Adoracion, etc. Ni los cánones del concilio de Aranda ni los del Hispalense, encaminados á atajar los abusos que empezaban á introducirse en el teatro lírico, hacen memoria de los autos del Córpus; de donde hemos de inferir que si hubo (como parece verosímil) representaciones en tal dia, debieron de tener poca relacion, á lo ménos directa, con el misterio que se celebraba. Y así como en Gerona solian representarse en tal dia el sacrificio de Isaac, la venta de José y otras historias del Antiguo Testamento; así en Portugal la primera obra de que con certeza sepamos haber sido destinada á una funcion sacramental, el _Auto de San Martinho_ de Gil Vicente, no contiene otra cosa que la sabida leyenda de la capa de San Martin.

En el siglo XVI, las representaciones eucarísticas, como todo género de drama sagrado, se secularizan hasta cierto punto, saliendo del templo á la plaza pública, y de manos de actores clérigos á las de histriones pagados y alquilados. Ni ha de verse en tan grave transformacion indicio alguno de entibiamiento de las creencias, puesto que nunca fueron más enérgicas ni nunca estalló con más violencia la protesta española contra la herejía, sino que la devocion se hizo en sus formas más grave y solemne, y desterró del templo (para no dar asidero á las detracciones de los luteranos) muchos de aquellos antiguos y candorosos regocijos, sin que por eso fueran ménos católicos ni de ménos provechoso ejemplo y enseñanza los nuevos autos que los antiguos.

El teatro religioso del siglo XVI, en cualquiera de sus formas, suele valer más que el teatro profano, y no fuera difícil empresa entresacar del grueso volúmen de autos viejos de la Biblioteca Nacional obras de tan grato perfume de sencillez y sentimiento como el auto de _Las Donas_, ó tan ingeniosos como el de la _Residencia del hombre_. Y nunca fué tan poeta Juan de Timoneda (aunque casi siempre refundiendo y aprovechando obras anteriores) como en la _Oveja Perdida_ y en los _Desposorios de Cristo_. La accion dramática en estos primeros ensayos es sencillísima, por no decir nula: la ciencia teológica de los autores, en general muy escasa, aunque su fe los salva, y rara vez tropiezan: la poesía lírica no es tan rica y pródiga como en los de Valdivielso y Calderon, y vano fuera buscar en Timoneda ó en el tundidor Juan de Pedrosa las encumbradas síntesis y la armonía condensadora de los autos del último período. Pero en esas primeras y modestas flores de nuestra dramática halagan suavemente el ánimo ingenuos y no aprendidos acentos de ternura y de verdad humana, que compensan la pobreza y tosquedad del artificio.

Lope se enseñoreó de este género como de los restantes, y derramó en él tesoros de fantasía. Véanse sobre todo el _Auto de la siega_ y el _de los Cantares_. Siguiéronle con igual fortuna Tirso y Valdivielso, facílisimo aunque desigual poeta este último, y verdadero cantor del cielo, puesto que nunca dedicó su pluma más que á asuntos sagrados, así en lo dramático como en lo épico y lírico.

Pero el auto _tipo_, la perfeccion del género, sólo se halla en las obras calderonianas. Ya no es posible tratar de ellas con el intolerante menosprecio que afectó la crítica del siglo pasado. Téngaselos en buen hora por una excepcion estética, por un teatro singular entre todos los del mundo; pero si el género hubiera sido tan radicalmente absurdo como le declararon sus censores, ¿se concibe que obtuviera aquel grado de popularidad (superior al de toda composicion profana), siendo, como era, por su índole misma un teatro teológico y didáctico, desprovisto de cuantos recursos pueden interesar en la escena? Algo de esta popularidad de los autos puede atribuirse al aparato y á la tramoya, á la mayor ostentacion del arte histriónico, á las apariencias, pompas y carros. Pero por mucho que concedamos al placer de los ojos y por muy buena fe que en los espectadores supongamos para deslumbrarse con tan rudos medios de producir ilusion, ¿qué auditorio del mundo, á no ser el de España en el siglo XVII, preparado á ello por una educacion escolástica y teológica, que tanto habia penetrado en las costumbres y en la vida, hubiera escuchado, no ya con entusiasmo sino con paciencia, un poema dialogado, sin accion, ni movimiento, ni pasiones humanas, en que eran interlocutores la Fe y la Esperanza, el Ingenio humano y el Albedrío, la Sinagoga y el Gentilismo, el Agua, el Aire y el Fuego y otros de la misma especie, y donde todo el interes se concentraba en los misterios de la Trinidad y de la Encarnacion y en el dogma de la presencia sacramental?

Semejante drama teológico no tiene igual ni parecido en ningun teatro. Apénas se le pueden encontrar remotas semejanzas con el _Prometeo encadenado_, donde Esquilo simbolizó, no (como se ha dicho) las luchas y dolores de la humanidad, sino la derrota de los dioses de estirpe titánica por otros dioses nuevos.

Ajeno de este lugar sería discutir, con ocasion de los _Autos sacramentales_, si en el arte tienen cabida lo sobrenatural y lo invisible, así como las abstracciones, las personificaciones, las ideas puras, las virtudes y los vicios. Si la belleza, áun en el sentido de la Estética hegeliana, es la manifestacion sensible y el resplandor de la idea en la forma, claro es que no puede limitarse á lo humano, ni ménos á lo plástico y figurativo. No sólo la belleza física, sino la intelectual y la moral, pueden y deben entrar en la creacion artística. Claro que los conceptos intelectuales, las ideas puras no caben como tales ideas ni en su desarrollo dialéctico, pero sí en cuanto se revisten de forma sensible y adecuada al arte.

Pero ¿caben en la dramática? Me atrevo casi á decir que no. El drama, tal como ha sido entendido por todas las escuelas y ejecutado por todos los pueblos, vive de pasiones, de afectos y de caracteres humanos: no es más que la vida humana en accion. Un drama con personajes simbólicos ó abstractos es un verdadero _tour de force_, y engendra inevitable monotonía y frialdad. Así y todo, no me atrevo á condenar los _Autos_. Además de ser fruto natural del tiempo y tener cumplida justificacion histórica, en ellos derramaron nuestros poetas, sobre todo Calderon, no sólo tesoros de poesía lírica, sino verdaderos primores dramáticos, aunque accidentales y accesorios.

El auto sacramental exige, más que ninguna otra composicion dramática, exacta noticia é inteligencia de las condiciones materiales de su representacion. Yo no la daré, porque ya lo hizo Pedroso trazando un admirable cuadro de época; pero séame lícito decir que el drama eucarístico no se concibe aprisionado entre los bastidores de un teatro moderno, sino á la luz del sol, en medio del dia, en la Plaza Mayor ó en la Plaza de la Villa, ante aquel auditorio tan extraño y abigarrado, pero tan uno en creencias y afectos, que comprendia desde el Rey y los magnates y los Consejos hasta la ínfima plebe, con la escena ideal y fantástica de los carros, y con toda aquella pompa y lujo de estridentes armonías y colores. Acordémonos un poco de la tragedia griega, y otro poco de la ópera moderna, y algo de las representaciones italianas al aire libre, y mucho de las conclusiones de las escuelas: añadamos á todo esto la fe ardentísima de grandes y pequeños, y sólo así comprenderemos la grandeza de aquel extraordinario espectáculo.

Tema obligado de él era la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, pero no recuerdo obra alguna en que el acto de la institucion del Sacramento haya sido presentado en su forma directa é histórica. El mismo fervor de los poetas impedia aquella manera de profanacion. Necesario fué tratar el asunto de soslayo, y encerrarle en condiciones análogas á las del arte dramático. Escogitáronse para esto varios medios más ó ménos ingeniosos: al principio largos diálogos en que dos ó más personas discurren sobre la Sagrada Cena; luégo vidas de los santos más insignes por su especial devocion al Santísimo Sacramento. Lo primero no era dramático: lo segundo asimilaba los autos á cualquier otro género de comedias devotas y humanas, idénticas en su desarrollo á las comedias profanas.