Teatro selecto, tomo 1 de 4

Part 2

Chapter 23,738 wordsPublic domain

Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la _Hija del aire_, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron, corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de _El Mágico prodigioso_.

En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é inquisitorial de los poetas. _La devocion de la Cruz_, que extasiaba á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de _El Mágico prodigioso_, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema las semejanzas entre la obra que analiza y el primer _Fausto_ de Goethe.

De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos acerca de Calderon: el de Schack en su _Historia del teatro español_, y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857 (en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y algunos de sus autos.

En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal.

Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como _El Tetrarca de Jerusalem_. Los mismos críticos de la escuela dominante acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la _Coleccion general de comedias escogidas_, impresa en Madrid por los años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más.

Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez ayudó D. Alberto Lista (en sus _Lecciones de literatura dramática_ pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos coleccionados hoy con el título de _Ensayos literarios_) contribuyó á restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente, en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la _Biblioteca de Autores Españoles_, el teatro de Calderon, si bien este texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores. El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado de otros comentadores.

De los _Autos sacramentales_ disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza.

Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr. D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha, limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren acerca de Calderon.

Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda esta labor crítica.

II.—El hombre, la época y el arte.

Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria, y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un _tour de force_, un libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el estudio profundo de la época.

Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar de palabras: así la _Fama Póstuma_ de Vera Tássis, como el _Obelisco fúnebre_ de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su familia puede rastrearse en la _Genealogía de la casa de Calderon_, que ordenó el P. Gándara, ó en los _Hijos de Madrid_ de Álvarez Baena; pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al personaje mismo.

Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (_quem honoris causa nomino_), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida, en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero. Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman, el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le dejó escrito de su mano.

Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso, vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español, logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple!

Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia de _El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola_. Pero que en sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su teología tan ponderada de los _Autos sacramentales_, tampoco excede el nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede calificarse de teología _para uso de las gentes de mundo_, inferior de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez.

Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma que ya entónces _tenía ilustrados los teatros de España_. No sólo Lope sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro, mereciendo elogios de Lope en el _Laurel de Apolo_, y de Montalban en el _Para-Todos_.

Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629 tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr. Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en el siglo XVII), vengóse Calderon en el _Príncipe Constante_, llamando _sermones de Berbería_ á los suyos, de lo cual resultaron quejas y reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta.

Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una _Memoria de la Biblioteca Nacional_, y Molins en su libro de _La sepultura de Cervántes_, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis, á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del Sargento, de Rebolledo y de la Chispa.

Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion de su comedia _Certámen de amor y celos_, (que habia de representarse en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes, con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision, nada literaria, relativa al cange de prisioneros.

Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon, por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid, dieron norte y empleo á su portentoso númen.

En 1651 se ordenó de sacerdote, y sin duda con vocacion sana y entera (digna corona de tan honrada vida), pues así como de Lope sabemos despues livianas aventuras, en el nombre de Calderon jamás acertó á poner mancha el odio de sus más encarnizados enemigos.

Calderon sacerdote tuvo ciertos escrúpulos de seguir dando culto á las musas dramáticas, y no escribió más que para los teatros públicos; pero halló él, ó escogitaron sus admiradores, una ingeniosa capitulacion de conciencia: el mandato real, que le obligaba á escribir para sus fiestas y solemnidades palacianas. Así _honestó_ (son sus palabras) _los decoros de su nuevo estado_, aunque ciertos devotos le murmurasen, y esta murmuracion le perjudicara para nuevos adelantos en su carrera eclesiástica. «Si esto es bueno (decia Calderon), no me obste; y si es malo no se me mande.»

Con todo eso, Calderon llegó á ser capellan de honor de Palacio y capellan de los Reyes Nuevos de Toledo, sin otras mercedes de menor cuantía. Y tranquilo y respetado por todos, se durmió tranquilamente en el Señor el 25 de Mayo de 1681, dejando por heredera á la venerable Congregacion de Presbíteros naturales de Madrid, que en la iglesia de Salvador instituyó aniversario perpétuo por su alma.

Fué Calderon fecundísimo escritor, como casi todos nuestros ingenios del siglo XVII. Además de sus ciento veinte comedias (punto más ó punto ménos) y de sus ochenta _Autos sacramentales_ (tambien en número redondo) y de sus entremeses y piezas cortas (que no es fácil reducir á número, porque de la mayor parte ni áun quedan los títulos), compuso un tratado _en defensa de la nobleza de la Pintura_, otro _en defensa de la comedia_, un poema sobre el Diluvio universal, un _Discurso de los cuatro Novísimos_ (todo ello perdido) y algunas poesías líricas, de las cuales la más notable es un romance impreso en los _Avisos para la muerte_, no siendo tampoco indigno de memoria el Discurso poético sobre la inscripcion _Psalle et sile_ del coro de la catedral de Toledo. Tambien es de Calderon, aunque estampada á nombre de D. Lorenzo Ramirez de Prado, la relacion de la entrada de la Reina Doña Mariana de Austria en Madrid, el año 1649.

Para la posteridad, Calderon sólo vive como dramático. Su misma genialidad lírica, que era poderosa, se derramó casi exclusivamente en sus obras teatrales. Por desgracia, nunca formó coleccion de ellas, y aunque la mayor parte han llegado á nosotros, mucho es de lamentar el verlas tan desfiguradas. Y gracias que sabemos con certeza, por declaracion del mismo poeta en carta al Duque de Veragua, las que realmente son suyas y las que malamente se le atribuyeron. Los títulos de las que él dió por legítimas pueden verse á continuacion de esta advertencia, donde asimismo cuidaremos de advertir las que faltan en la coleccion de Vera Tássis, las que éste añadió y las que figuran sólo en la edicion del Sr. Hartzenbusch. Como muestra de la poca confianza que todos los textos hoy conocidos infunden, baste decir que Calderon no revisó (segun parece) ninguno de ellos, ni siquiera los de algun tomo de _Comedias escogidas de varios autores_ de que fué aprobante, y que su hermano D. José y su amigo Vera Tássis cuidaron de lo restante, siguiéndoles ciegamente Apontes y Keil. Los _Autos_ se imprimieron con más esmero, porque poseia los originales la villa de Madrid, y hay de ellos dos tolerables y no raras ediciones de 1717 y de 1759.

Tan escasos datos, que además hemos compendiado en todo lo posible, bastan á dar idea de la fisonomía moral del poeta, mostrándole español á toda ley, cristiano fervoroso hasta parar en el sacerdocio, caballero por sangre y por educacion, bizarro soldado en sus floridos abriles, algo estudiante, y por cifra de todo, poeta palaciano y poeta popular á la vez, favorito de los reyes y de la muchedumbre: amalgama imposible de lograr en otro estado social que no hubiera sido el de España en el siglo XVII.

En aquella sociedad, heredera fiel de las tradiciones y de los impulsos del siglo anterior, sobre el principio monárquico, sobre el principio aristocrático, sobre toda consideracion terrena y toda grandeza de este mundo, se alzaba puro é inmaculado el principio religioso, libre de toda mezcla de herejías y novedades. Él sólo servia de lazo entre gentes divididas en todo lo demas, por raza, lengua, fueros y costumbres. A todos los unia y congregaba aquel ardiente catolicismo español que, al espirar la Edad Media, aún tenía el brazo teñido en sangre mora y acababa de expulsar á los judíos. Y cuando llegó la pseudo-reforma, terrible protesta del espíritu germánico contra la Unidad latina, España se convirtió en adalid de la Europa meridional, y luchó, no por sus intereses temporales, sino en contra de ellos, en Flándes, en Alemania y en los mares de Inglaterra, cuándo con próspera, cuándo con adversa fortuna, pero haciendo retroceder siempre la oleada septentrional dentro de los diques que desde entónces no ha traspasado, y salvando las dos penínsulas hespéricas, y á Francia misma, del contagio luterano. Verdad es que quedamos pobres, desangrados y casi inermes; pero sólo un criterio bajamente utilitario puede juzgar por el éxito las grandes hazañas históricas, y la verdad es que no hay ejemplo de mayor abnegacion ni de más heroico sacrificio por una idea, que el que entónces hicieron nuestros padres. Ríanse en buen hora los políticos y economistas; pero entre las grandezas marítimas de Inglaterra bajo el cetro de la Reina Vírgen, y el lento martirio y empobrecimiento de nuestra raza, que tan desinteresadamente fué brazo de la Iglesia durante dos siglos, toda alma que sienta el entusiasmo de lo bello y de lo noble no dudará en conceder la palma á los nuestros. Verdad es que en todos aquellos épicos y caballerescos alardes se mezcló algo de orgullo nacional, ciego y exclusivo; pero áun éste nacia de noble orígen, puesto que no nos creíamos raza predestinada á mandar ni teníamos á los demas por siervos nacidos á obedecer, sino que todo lo referíamos á Dios como á su orígen y principio, reduciéndose toda nuestra jactancia nacional á pensar que Dios, en recompensa de nuestra fe, nos habia elegido, como en otro tiempo al pueblo de Israel, para ser su espada en las batallas y el instrumento de su justicia y de su venganza contra apóstatas y sacrílegos, por donde cada uno de nuestros soldados, en el hecho de ser católico y español, venía á creerse un Júdas Macabeo. Este sentimiento anima algunas de las más bellas inspiraciones líricas del buen siglo, desde aquel valentísimo soneto de Hernando de Acuña:

Ya se acerca, Señor, ó ya es llegada La edad dichosa en que promete el cielo Una grey y un pastor sólo en el suelo, Por suerte á nuestros tiempos reservada:

Ya tan alto principio en tal jornada Nos muestra el fin de vuestro santo celo, Y anuncia al mundo para más consuelo Un monarca, un imperio y una espada...

hasta las hermosas octavas del capitan Francisco de Aldana:

¡Diestra, diestra de Dios! ¡ay, cómo aguardas, Multiplicando en ira lo que tardas!

Y el sentimiento católico es el alma de toda nuestra cultura y de nuestras grandezas en aquel período, y no sólo daba aliento á los héroes que sucumbian en las marismas de Holanda, ó que daban caza á los piratas ingleses, sino á aquellos otros conquistadores que en América y en Asia y en Oceanía domeñaban razas incógnitas y bárbaras, y á los frailes que entre ellas difundian la luz de la fe y la ciencia de nuestras escuelas, y á los teólogos que en Trento eran valladar fortísimo contra las pretensiones de los reformistas, y á los que en Inglaterra restauraban el culto católico y reformaban las Universidades bajo los auspicios de la buena reina María, y á los que dentro de nuestra casa escogitaban (en oposicion al impío _predestinacionismo_ calvinista) el sistema teológico más favorable á la libertad humana entre cuantos se han imaginado para explicar las relaciones entre la gracia y el humano albedrío; y á los que creaban y organizaban sobre la amplísima base del orígen divino del poder el derecho natural y de gentes, matando el cesarismo pagano de los leguleyos; y á los místicos y ascéticos que con toda la opulencia de la lengua castellana penetraban en los arcanos de la ontología y de la psicología, y de otra ciencia más alta y soberana que se ha atrevido á explicar en lengua terrena cómo el hombre llega casi _á ser Dios por participacion_; y á los reformadores de las órdenes religiosas, y á los fundadores de otras nuevas, y á los inquisidores que con serenidad de conciencia fulminaban sentencia contra los heresiarcas, y al pueblo que acudia gustoso y en tropel á los autos de fe, sin que la más leve sombra de duda enturbiase aquellas conciencias, y á los poetas que en romanceros y cancioneros sagrados daban voz y cuerpo y formas, graciosísimas y variadas, á la devocion popular, y que en los _Autos sacramentales_ llegaban, por caso único en todas las literaturas del mundo, á crear un drama exclusivamente teológico, nuevo y peregrino testimonio de ardiente devocion al adorable misterio de la presencia sacramental, bárbaramente negado por Carlostadio y demas herejes del Norte.

Quien entienda de otro modo la historia española del siglo XVI y quiera explicarla por mezquinos intereses humanos, perderá lastimosamente su tiempo. Era España un pueblo, no ya de católicos, sino de teólogos, y esto es la sola clave para penetrar en el embrollado laberinto de aquellos gloriosos anales y trabar racionalmente los hechos.