Part 13
CURCIO.
Mi gente victoriosa Viene á buscarme, cuando temerosa La tuya vuelve huyendo. Darte vida pretendo; Escóndete, que en vano Defenderé el enojo vengativo De un escuadron villano, Y solo tú, imposible es quedar vivo.
EUSEBIO.
Yo, Curcio, nunca huyo De otro poder, aunque he temido el tuyo; Que si mi mano aquesta espada cobra, Verás, cuanto valor en tí me falta, Que en tu gente me sobra.
ESCENA X.
OCTAVIO, GIL, BRAS _y los demas_ VILLANOS.—DICHOS.
OCTAVIO.
Desde el más hondo valle á la más alta Cumbre de aqueste monte, no ha quedado Alguno vivo; solo se ha escapado Eusebio, porque huyendo aquesta tarde...
EUSEBIO.
Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde.
TODOS.
¿Aquí está Eusebio? ¡Muera!
EUSEBIO.
¡Llegad, villanos!
CURCIO.
¡Tente, Octavio, espera!
OCTAVIO.
¿Pues tú, señor, que habias De animarnos, agora desconfías?
BRAS.
¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra Introdujo el acero y la deshonra?
GIL.
¿A un hombre, que atrevido Toda aquesta montaña ha destruido? A quien en el aldea no ha dejado Melon, doncella que él no haya catado, Y á quien tantos ha muerto, ¿Cómo así le defiendes?
OCTAVIO.
¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes?
CURCIO.
Esperad, escuchad (¡triste suceso!): ¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso? Dáte á prision, Eusebio; que prometo, Y como noble juro, de ampararte, Siendo abogado tuyo, aunque soy parte.
EUSEBIO.
Como á Curcio no más, yo me rindiera; Mas como á juez, no puedo; Porque aquél es respeto, y éste es miedo.
OCTAVIO.
¡Muera Eusebio!
CURCIO.
Advertid...
OCTAVIO.
Pues qué, ¿tú quieres Defenderle? ¿A la patria traidor eres?
CURCIO.
¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte, Perdona, Eusebio, porque yo el primero Tengo de ser en darte triste muerte.
EUSEBIO.
Quítate de delante, Señor, porque tu vista no me espante; Que viéndote, no dudo Que te tenga tu gente por escudo.
_(Vanse todos peleando con él.)_
CURCIO.
Apretándole van. ¡Oh quién pudiera Darte agora la vida, Eusebio, aunque la suya misma diera! En el monte se ha entrado, Por mil partes herido: Retirándose baja despeñado Al valle. Voy volando, Que aquella sangre fria, Que con tímida voz me está llamando, Algo tiene de mia; Que sangre, que no fuera Propia, ni me llamara, ni la oyera. _(Vase.)_
ESCENA XI.
EUSEBIO, _que baja despeñado_.
Cuando, de la vida incierto, Me despeña la más alta Cumbre, veo que me falta Tierra donde caiga muerto: Pero si mi culpa advierto, Al alma reconocida, No el ver la vida perdida La atormenta, sino el ver Cómo ha de satisfacer Tantas culpas una vida. Ya me vuelve á perseguir Este escuadron vengativo; Pues no puedo quedar vivo, He de matar ó morir: Aunque mejor será ir Donde al cielo perdon pida; Pero mis pasos impida La Cruz, porque desta suerte Ellos me den breve muerte, Y ella me dé eterna vida. Arbol, donde el cielo quiso Dar el fruto verdadero Contra el bocado primero, Flor del nuevo paraíso, Arco de luz, cuyo aviso En piélago más profundo La paz publicó del mundo, Planta hermosa, fértil vid, Arpa del nuevo David, Tabla del Moisés segundo: Pecador soy, tus favores Pido por justicia yo; Pues Dios en tí padeció Sólo por los pecadores. A mí me debes tus lôres; Que por mí sólo muriera Dios, si más mundo no hubiera: Luego eres tú Cruz por mí, Que Dios no muriera en tí Si yo pecador no fuera. Mi natural devocion Siempre os pidió con fe tanta, No permitieseis, Cruz santa, Muriese sin confesion. No seré el primer ladron Que en vos se confiese á Dios. Y pues que ya somos dos, Y yo no lo he de negar, Tampoco me ha de faltar Redencion que se obró en vos. Lisardo, cuando en mis brazos Pude ofendido matarte, Lugar dí de confesarte, Ántes que en tan breves plazos Se desatasen los lazos Mortales. Y agora advierto En aquel viejo, aunque muerto: Piedad de los dos aguardo. ¡Mira que muero, Lisardo; Mira que te llamo, Alberto!
ESCENA XII.
CURCIO.—EUSEBIO.
CURCIO.
Hácia aquesta parte está.
EUSEBIO.
Si es que venís á matarme, Muy poco hareis en quitarme Vida que no tengo ya.
CURCIO.
¡Qué bronce no ablandará Tanta sangre derramada! Eusebio, rinde la espada.
EUSEBIO.
¿A quién?
CURCIO.
A Curcio.
EUSEBIO.
Esta es. _(Dásela.)_ Y yo tambien á tus piés, De aquella ofensa pasada Te pido perdon. No puedo Hablar más, porque una herida Quita el aliento á la vida, Cubriendo de horror y miedo Al alma.
CURCIO.
Confuso quedo. ¿Será en ella de provecho Remedio humano?
EUSEBIO.
Sospecho Que la mejor medicina Para el alma es la divina.
CURCIO.
¿Dónde es la herida?
EUSEBIO.
En el pecho.
CURCIO.
Déjame poner en ella La mano, á ver si resiste El aliento. ¡Ay de mí triste!
_(Registra la herida, y ve la Cruz.)_
¿Qué señal divina y bella Es esta, que al conocella Toda el alma se turbó?
EUSEBIO.
Son las armas que me dió Esta Cruz, á cuyo pié Nací; porque más no sé De mi nacimiento yo. Mi padre, á quien no señalo, Aun la cuna me negó; Que sin duda imaginó Que habia de ser tan malo. Aquí nací.
CURCIO.
Y aquí igualo El dolor con el contento, Con el gusto el sentimiento, Efectos de un hado impío Y agradable. ¡Ay, hijo mio! Pena y gloria en verte siento. Tú eres, Eusebio, mi hijo, Si tantas señas advierto, Que, para llorarte muerto, Ya justamente me aflijo. De tus razones colijo Lo que el alma adivinó. Tu madre aquí te dejó En el lugar que te he hallado; Donde cometí el pecado, El cielo me castigó. Ya aqueste lugar previene Informacion de mi error; ¿Pero cuál seña mayor Que aquesta Cruz, que conviene Con otra que Julia tiene? Que no sin misterio el cielo Os señaló, porque al suelo Fuerais prodigio los dos.
EUSEBIO.
No puedo hablar, padre, ¡adios! Porque ya de un mortal velo Se cubre el cuerpo, y la muerte Niega, pasando veloz, Para responderte voz, Vida para conocerte, Y alma para obedecerte. Ya llega el golpe más fuerte, Ya llega el trance más cierto. ¡Alberto!
CURCIO.
¡Que llore muerto A quien aborrecí vivo!
EUSEBIO.
¡Ven, Alberto!
CURCIO.
¡Oh trance esquivo! ¡Guerra injusta!
EUSEBIO.
¡Alberto! ¡Alberto! _(Muere.)_
CURCIO.
Ya al golpe más violento Rindió el último aliento: Paguen mis blancas canas Tanto dolor. _(Tírase de los cabellos.)_
ESCENA XIII.
BRAS, _y luego_ OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, _muerto_.
BRAS.
Ya son tus quejas vanas. ¿Cuándo puso inconstante la fortuna En tu valor extremos?
CURCIO.
En ninguna Llegó el rigor á tanto. Abrasen mis enojos Este monte con llanto, Puesto que es fuego el llanto de mis ojos. ¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte! ¡Oh atrevido dolor!
_(Sale Octavio.)_
OCTAVIO.
Hoy, Curcio, advierte La fortuna en los males de tu estado, Cuántos puede sufrir un desdichado. El cielo sabe cuánto hablarte siento.
CURCIO.
¿Qué ha sido?
OCTAVIO.
Julia falta del convento.
CURCIO.
El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera Con el discurso hallar pena tan fiera, Que es mi desdicha airada, Sucedida, áun mayor que imaginada? Este cadáver frio, Este que ves, Octavio, es hijo mio. Mira si basta en confusion tan fuerte Cualquiera pena destas á una muerte. Dadme paciencia, cielos, Ó quitadme la vida, Agora perseguida De tormentos tan fieros.
ESCENA XIV.
GIL, TIRSO, VILLANOS.—DICHOS.
GIL.
¡Señor!
CURCIO.
¿Hay más dolor?
GIL.
Los bandoleros, Que huyeron castigados, En busca tuya vuelven, animados De un demonio de un hombre, Que encubre dellos mismos rostro y nombre.
CURCIO.
Agora que mis penas fueron tales, Que son lisonjas los mayores males. El cuerpo se retire lastimoso De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso A sus cenizas da mi desventura.
TIRSO.
¿Pues cómo piensas darle sepultura Hoy en lugar sagrado, Cuando sabes que ha muerto excomulgado?
BRAS.
Quien desta suerte ha muerto, Digno sepulcro sea este desierto.
CURCIO.
¡Oh villana venganza! ¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza, Que pasas desta suerte, Los últimos umbrales de la muerte?
_(Vase llorando.)_
BRAS.
Sea en penas tan graves, Su sepulcro las fieras y las aves.
OTRO.
Del monte despeñado Caiga, por más rigor, despedazado.
TIRSO.
Mejor es darle agora Rústica sepultura entre estos ramos.
_(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)_
Pues ya la noche baja, Envuelta en esa lóbrega mortaja; Aquí en el monte, Gil, con él te queda, Porque sola tu voz avisar pueda, Si algunas gentes vienen De las que huyeron. _(Vanse.)_
GIL.
¡Linda flema tienen! A Eusebio han enterrado Allí, y á mí aquí solo me han dejado. Señor Eusebio, acuérdese, le digo, Que un tiempo fuí su amigo. ¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo, O mil personas á esta parte veo.
ESCENA XV.
ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, _muerto_.
ALBERTO.
Viniendo agora de Roma, Con la muda suspension De la noche, en este monte Perdido otra vez estoy. Aquesta es la parte adonde La vida Eusebio me dió, Y de sus soldados temo Que en grande peligro estoy.
EUSEBIO.
¡Alberto!
ALBERTO.
¿Qué aliento es este De una temerosa voz, Que repitiendo mi nombre En mis oidos sonó?
EUSEBIO.
¡Alberto!
ALBERTO.
Otra vez pronuncia Mi nombre, y me pareció Que es á esta parte; yo quiero Ir llegando.
GIL.
¡Santo Dios! Eusebio es, y ya es mi miedo De los miedos el mayor.
EUSEBIO.
¡Alberto!
ALBERTO.
Más cerca suena. Voz, que discurres veloz El viento, y mi nombre dices, ¿Quién eres?
EUSEBIO.
Eusebio soy; Llega, Alberto, hácia esta parte, Adonde enterrado estoy; Llega y levanta estos ramos. No temas.
ALBERTO.
No temo yo.
GIL.
Yo sí. _(Alberto le descubre.)_
ALBERTO.
Ya estás descubierto. Díme de parte de Dios, ¿Qué me quieres?
EUSEBIO.
De su parte, Mi fe, Alberto, te llamó, Para que, ántes de morir, Me oyeses en confesion. Rato há que hubiera muerto; Pero libre se quedó Del espíritu el cadáver; Que de la muerte el feroz Golpe le privó del uso, Pero no le dividió. _(Levántase.)_ Ven adonde mis pecados Confiese, Alberto, que son Más que del mar las arenas Y los átomos del sol. ¡Tanto con el cielo puede De la Cruz la devocion!
ALBERTO.
Pues yo cuantas penitencias Hice hasta agora, te doy, Para que en tu culpa sirvan De alguna satisfaccion.
_(Vanse Eusebio y Alberto.)_
GIL.
¡Por Dios, que va por su pié! Y para verlo mejor, El sol descubre sus rayos. A decirlo á todos voy.
ESCENA XVI.
JULIA, _algunos_ BANDOLEROS; _despues_ CURCIO Y VILLANOS.—GIL.
JULIA.
Agora, que descuidados La victoria los dejó Entre los brazos del sueño, Nos dan bastante ocasion.
UNO.
Si has de salirles al paso, Por esta parte es mejor; Que ellos vienen por aquí.
_(Salen Curcio y villanos.)_
CURCIO.
Sin duda que inmortal soy En los males que me matan, Pues no me mata el dolor.
GIL.
A todas partes hay gente; Sepan todos de mi voz El más admirable caso Que jamás el mundo vió. De donde enterrado estaba Eusebio, se levantó, Llamando á un clérigo á voces. Mas ¿para qué os cuento yo Lo que todos podeis ver? Mirad con la devocion Que está puesto de rodillas.
CURCIO.
¡Mi hijo es! ¡Divino Dios! ¿Qué maravillas son estas?
JULIA.
¿Quién vió prodigio mayor?
CURCIO.
Así como el santo anciano Hizo de la absolucion La forma, segunda vez Muerto á sus plantas cayó.
ESCENA XVII.
ALBERTO.—DICHOS.
ALBERTO.
Entre sus grandezas tantas, Sepa el mundo la mayor Maravilla de las suyas, Porque la ensalce mi voz. Despues de haber muerto Eusebio, El cielo depositó Su espíritu en su cadáver, Hasta que se confesó; Que tanto con Dios alcanza De la Cruz la devocion.
CURCIO.
¡Ay, hijo del alma mia! No fué desdichado, no, Quien en su trágica muerte Tantas glorias mereció. Así Julia conociera Sus culpas.
JULIA.
¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que estoy escuchando? ¿Qué prodigio es este? ¿Yo Soy la que á Eusebio pretende, Y hermana de Eusebio soy? Pues sepa Curcio, mi padre, Sepa el mundo y todos hoy Mis graves culpas: yo misma, Asombrada á tanto horror, Daré voces: sepan todos Cuantos hoy viven, que yo Soy Julia, en número infame De las malas la peor. Mas ya que ha sido comun Mi pecado, desde hoy Lo será mi penitencia; Pidiendo humilde perdon Al mundo del mal ejemplo, De la mala vida á Dios.
CURCIO.
¡Oh asombro de las maldades! Con mis propias manos yo Te mataré, porque sea Tu vida y tu muerte atroz.
JULIA.
Valedme vos, Cruz divina; Que yo mi palabra os doy, De hacer, volviendo al convento, Penitencia de mi error.
_(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el sepulcro de Eusebio, y vuela.)_
ALBERTO.
¡Gran milagro!
CURCIO.
Y con el fin De tan grande admiracion, La _Devocion de la Cruz_ Felice acaba su autor.
EL MÁGICO PRODIGIOSO.
PERSONAS.
CIPRIANO. EL DEMONIO. FLORO. LELIO. MOSCON. JUSTINA, _dama_. LIVIA, _criada_. LISANDRO, _viejo_. EL GOBERNADOR DE ANTIOQUÍA. FABIO, _criado_. CLARIN. UN CRIADO. UN SOLDADO. _Soldados._ _Gente._
La escena es en Antioquía y extramuros.
JORNADA PRIMERA.
_Bosque cercano á Antioquía._
ESCENA PRIMERA.
CIPRIANO, _vestido de estudiante_; CLARIN Y MOSCON, _de gorrones, con unos libros_.
CIPRIAN.
En la amena soledad De aquesta apacible estancia, Bellísimo laberinto De árboles, flores y plantas, Podeis dejarme, dejando Conmigo (que ellos me bastan Por compañía) los libros Que os mandé sacar de casa; Que yo, en tanto que Antioquía Celebra con fiestas tantas La fábrica dese templo Que hoy á Júpiter consagra, Y su translacion, llevando Públicamente su estatua Adonde con más decoro Y honor esté colocada; Huyendo del gran bullicio Que hay en sus calles y plazas, Pasar estudiando quiero La edad que al dia le falta. Idos los dos á Antioquía, Gozad de sus fiestas várias, Y volved por mí á este sitio Cuando el sol cayendo vaya A sepultarse en las ondas, Que entre oscuras nubes pardas Al gran cadáver de oro Son monumentos de plata. Aquí me hallaréis.
MOSCON.
No puedo, Aunque tengo mucha gana De ver las fiestas, dejar De decir, ántes que vaya A verlas, señor, siquiera Cuatro ó cinco mil palabras. ¿Es posible que en un dia De tanto gusto, de tanta Festividad y contento, Con cuatro libros te salgas Al campo solo, volviendo A su aplauso las espaldas?
CLARIN.
Hace mi señor muy bien; Que no hay cosa más cansada Que un dia de procesion Entre cofrades y danzas.
MOSCON.
En fin, Clarin, y en principio, Viviendo con arte y maña, Eres un temporalazo Lisonjero, pues alabas Lo que hace, y nunca dices Lo que sientes.
CLARIN.
Tú te engañas (Que es el mentís más cortés Que se dice cara á cara, Y yo digo lo que siento).
CIPRIAN.
Ya basta, Moscon, ya basta, Clarin. ¡Que siempre los dos Habeis con vuestra ignorancia De estar porfiando, y tomando Uno de otro la contraria! Idos de aquí, y (como digo) Me buscaréis cuando caiga La noche, envolviendo en sombras Esta fábrica gallarda Del universo.
MOSCON.
¿Qué va, Que aunque defendido hayas Que es bueno no ver las fiestas, Que vas á verlas?
CLARIN.
Es clara Consecuencia: nadie hace Lo que aconseja que hagan Los otros.
MOSCON.
_(Ap.)_ Por ver á Livia, Vestirme quisiera de alas. _(Vase.)_
CLARIN.
_(Ap.)_ Aunque, si digo verdad, Livia es la que me arrebata Los sentidos. Pues ya tienes Más de la mitad andada Del camino; llega, _Livia_, Al _na_, y sé, Livia, _liviana_. _(Vase.)_
ESCENA II.
CIPRIANO.
Ya estoy solo, ya podré, Si tanto mi ingenio alcanza, Estudiar esta cuestion Que me trae suspensa el alma, Desde que en Plinio leí Con misteriosas palabras La difinicion de Dios; Porque mi ingenio no halla Ese Dios en quien convengan Misterios ni señas tantas. Esta verdad escondida He de apurar. _(Pónese á leer.)_
ESCENA III.
EL DEMONIO, _vestido de gala_.—CIPRIANO.
DEMONIO.
_(Ap.)_ Aunque hagas Más discursos, Ciprïano, No has de llegar á alcanzarla, Que yo te la esconderé.
CIPRIAN.
Ruido siento en estas ramas. ¿Quién va? ¿quién es?
DEMONIO.
Caballero, Un forastero es, que anda En este monte perdido Desde toda esta mañana, Tanto que rendido ya El caballo, en la esmeralda Que es tapete destos montes, A un tiempo pace y descansa. A Antioquía es el camino A negocios de importancia; Y apartándome de toda La gente que me acompaña, Divertido en mis cuidados (Caudal que á ninguno falta), Perdí el camino y perdí Criados y camaradas.
CIPRIAN.
Mucho me espanto de que Tan á vista de las altas Torres de Antioquía, así Perdido andeis. No hay de cuantas Veredas á aqueste monte Ó le linean ó le pautan, Una que á dar en sus muros, Como en su centro, no vaya: Por cualquiera que tomeis, Vais bien.
DEMONIO.
Esa es la ignorancia, Á la vista de las ciencias, No saber aprovecharlas. Y supuesto que no es bien Que entre yo en ciudad extraña, Donde no soy conocido, Solo y preguntando, hasta Que la noche venza al dia, Aquí estaré lo que falta; Que en el traje y en los libros Que os divierten y acompañan, Juzgo que debeis de ser Grande estudiante, y el alma Esta inclinacion me lleva De los que en estudios tratan. _(Siéntase.)_
CIPRIAN.
¿Habeis estudiado?
DEMONIO.
No; Pero sé lo que me basta Para no ser ignorante.
CIPRIAN.
Pues ¿qué ciencias sabeis?
DEMONIO.
Hartas.
CIPRIAN.
Aun estudiándose una Mucho tiempo, no se alcanza, ¿Y vos (¡grande vanidad!) Sin estudiar sabeis tantas?
DEMONIO.
Sí, que de una patria soy Donde las ciencias más altas Sin estudiarse se saben.
CIPRIAN.
¡Oh quién fuera de esa patria! Que acá miéntras más se estudia, Más se ignora.
DEMONIO.
Verdad tanta Es esta, que sin estudios Tuve tan grande arrogancia Que á la cátedra de prima Me opuse, y pensé llevarla, Porque tuve muchos votos; Y aunque la perdí, me basta Haberlo intentado; que hay Pérdidas con alabanza. Si no lo quereis creer, Decid qué estudiais, y vaya De argumento; que aunque no Sé la opinion que os agrada, Y ella sea la segura, Yo tomaré la contraria.
CIPRIAN.
Mucho me huelgo de que A eso vuestro ingenio salga. Un lugar de Plinio es El que me trae con mil ánsias De entenderle, por saber Quién es el Dios de quien habla.
DEMONIO.
Ese es un lugar que dice (Bien me acuerdo) estas palabras: «Dios es una bondad suma Una esencia, una sustancia, Todo vista, todo manos.»
CIPRIAN.
Es verdad.
DEMONIO.
¿Qué repugnancia Hallais en esto?
CIPRIAN.
No hallar El Dios de quien Plinio trata; Que si ha de ser bondad suma, Aun á Júpiter le falta Suma bondad, pues le vemos Que es pecaminoso en tantas Ocasiones: Dánae hable Rendida, Europa robada. Pues ¿cómo en suma bondad, Cuyas acciones sagradas Habian de ser divinas, Caben pasiones humanas?
DEMONIO.
Esas son falsas historias En que las letras profanas Con los nombres de los dioses Entendieron disfrazada La moral filosofía.
CIPRIAN.
Esa respuesta no basta, Pues el decoro de Dios Debiera ser tal, que osadas No llegaran á su nombre Las culpas, áun siendo falsas. Y apurando más el caso, Si suma bondad se llaman Los dioses, siempre es forzoso Que á querer lo mejor vayan; Pues ¿cómo unos quieren uno, Y otros otro? Esto se halla En las dudosas respuestas Que suelen dar sus estatuas. Porque no digais despues Que alegué letras profanas... Á dos ejércitos, dos ídolos una batalla Aseguraron, y el uno La perdió: ¿no es cosa clara La consecuencia de que Dos voluntades contrarias No pueden á un mismo fin Ir? Luego yendo encontradas, Es fuerza, si la una es buena, Que la otra ha de ser mala. Mala voluntad en Dios Implica el imaginarla: Luego no hay suma bondad En ellos, si union les falta.
DEMONIO.
Niego la mayor, porque Aquesas respuestas dadas Así, convienen á fines Que nuestro ingenio no alcanza, Que es la providencia; y más Debió importar la batalla Al que la perdió el perderla, Que al que la ganó el ganarla.
CIPRIAN.
Concedo; pero debiera Aquel Dios, pues que no engañan Los dioses, no asegurar La victoria; que bastaba La pérdida permitir Allí, sin asegurarla. Luego si Dios todo es vista, Cualquiera Dios viera clara Y distintamente el fin; Y al verle, no asegurara El que no habia de ser: luego Aunque sea deidad tanta, Distinta en personas, debe En la menor circunstancia Ser una sola en esencia.
DEMONIO.
Importó para esa causa Mover así los afectos Con su voz.
CIPRIAN.
Cuando importara El moverlos, genios hay (Que buenos y malos llaman Todos los doctos), que son Unos espíritus que andan Entre nosotros, dictando Las obras buenas y malas, Argumento que asegura La inmortalidad del alma: Y bien pudiera ese Dios, Con ellos, sin que llegara Á mostrar que mentir sabe, Mover afectos.
DEMONIO.
Repara En que esas contrariedades No implican al ser las sacras Deidades una, supuesto Que en las cosas de importancia Nunca disonaron. Bien En la fábrica gallarda Del hombre se ve, pues fué Solo un concepto al obrarla.
CIPRIAN.
Luego si ese fué un solo, Ese tiene más ventaja A los otros; y si son Iguales, puesto que hallas Que se pueden oponer (Esta no puedes negarla) En algo; al hacer el hombre, Cuando el uno lo intentara, Pudiera decir el otro: «No quiero yo que se haga.» Luego si Dios todo es manos, Cuando el uno le criara, El otro le deshiciera. Pues eran manos entrambas Iguales en el poder, Desiguales en la instancia, ¿Quién venciera destos dos?
DEMONIO.
Sobre imposibles y falsas Proposiciones, no hay Argumento. Dí, ¿qué sacas Deso?
CIPRIAN.
Pensar que hay un Dios, Suma bondad, suma gracia, Todo vista, todo manos, Infalible, que no engaña, Superior, que no compite, Dios á quien ninguno iguala, Un principio sin principio, Una esencia, una sustancia, Un poder y un querer solo; Y cuando como éste haya Una, dos ó más personas, Una deidad soberana Ha de ser sola en esencia, Causa de todas las causas.
DEMONIO.
¿Cómo te puedo negar _(Levántase.)_ Una evidencia tan clara?
CIPRIAN.
¿Tanto lo sentís?
DEMONIO.
¿Quién deja De sentir que otro le haga Competencia en el ingenio? Y aunque responder no falta, Dejo de hacerlo, porque Gente en este monte anda, Y es hora de que prosiga A la ciudad mi jornada.
CIPRIAN.
Id en paz.
DEMONIO.
Quedad en paz. (_Ap._ Pues tanto tu estudio alcanza, Yo haré que el estudio olvides, Suspendido en una rara Beldad. Pues tengo licencia De perseguir con mi rabia A Justina, sacaré De un efecto dos venganzas.) _(Vase.)_
CIPRIAN.
No ví hombre tan notable. Mas pues mis criados tardan, Volver á repasar quiero De tanta duda la causa.
_(Vuelve á leer, sin reparar en los que vienen.)_
ESCENA IV.
LELIO, FLORO.—CIPRIANO.
LELIO.
No pasemos adelante; Que estas peñas, estas ramas Tan intrincadas, que al mismo Sol le defienden la entrada, Solo pueden ser testigos De nuestro duelo.
FLORO.
La espada Sacad; que aquí son las obras, Si allá fuéron las palabras.
LELIO.
Ya sé que en el campo, muda La lengua, el acero habla Desta suerte. _(Riñen.)_
CIPRIANO.
¿Qué es aquesto? Lelio, tente; Floro, aparta, Que basta que esté yo en medio, Aunque esté en medio sin armas.
LELIO.
¿De dónde, dí, Ciprïano, A embarazar mi venganza Has salido?
FLORO.
¿Eres aborto Destos troncos y estas ramas?
ESCENA V.
MOSCON, CLARIN.—DICHOS.
MOSCON.
Corre, que con mi señor Han sido las cuchilladas.
CLARIN.
Para acercarme á esas cosas No suelo yo correr nada; Mas para apartarme, sí.
MOSCON Y CLARIN.