Part 11
Si el valor, Que el noble pecho acompaña, Señor, y si la experiencia Que te han dado honrosas canas, En la desdicha presente No te niega ó no te falta, Exámen será el valor De tu ánimo.
CURCIO.
¿Qué causa Te obliga á que así interrumpas Mi razon?
ARMINDA.
Señor...
CURCIO.
Acaba; Que más la duda me ofende.
JULIA.
¿Por qué te suspendes? Habla.
ARMINDA.
No quisiera ser la voz De mi pena y tu desgracia.
CURCIO.
No temas decirla tú, Pues yo no temo escucharla.
ARMINDA.
A Lisardo, mi señor...
EUSEBIO.
Esto sólo me faltaba.
ARMINDA.
Bañado en su sangre traen, En una silla por andas, Cuatro rústicos pastores, Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas; Mas ya á tu presencia llega: No le veas.
CURCIO.
¡Cielos! ¿Tantas Penas para un desdichado? ¡Ay de mí!
ESCENA X.
GIL, MENGA, TIRSO, BRAS Y TORIBIO, _que traen á_ LISARDO _muerto en una silla_.—DICHOS.
JULIA.
Pues ¿qué inhumana Fuerza ensangrentó la ira En su pecho? ¿Qué tirana Mano se bañó en mi sangre, Contra su inocencia airada? ¡Ay de mí!
ARMINDA.
Mira, señora...
BRAS.
No llegues á verle.
CURCIO.
Aparta.
TIRSO.
Detente, señor.
CURCIO.
Amigos, No puede sufrirlo el alma. Dejadme ver ese cadáver frio, Depósito infeliz de heladas venas, Ruina del tiempo, estrago del impío Hado, teatro funesto de mis penas. ¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!) Trágico monumento en las arenas Construyó, porque hiciese en quejas vanas Mortaja triste de mis blancas canas? ¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida De un hijo, en cuya vida yo animaba?
MENGA.
Gil lo dirá, que, al verle dar la herida, Oculto entre unos árboles estaba.
CURCIO.
Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida?
GIL.
Yo solo sé que Eusebio se llamaba Cuando con él reñia.
CURCIO.
¿Hay más deshonra? Eusebio me ha quitado vida y honra.
_(A Julia.)_
Disculpa agora tú de sus crueles Deseos la ambicion; dí que concibe Casto amor, pues, á falta de papeles, Lascivos gustos con tu sangre escribe.
JULIA.
Señor...
CURCIO.
No me respondas como sueles: A tomar hoy estado te apercibe, O apercibe tambien á tu hermosura, Con Lisardo temprana sepultura. Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo, En este dia sepultar concierta, El muerto al mundo, en mi memoria vivo, Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta. Y en tanto que el entierro os apercibo, Porque no huyas cerraré esta puerta. Queda con él, porque de aquesta suerte, Lecciones al morir te dé su muerte. _(Vanse.)_
ESCENA XI.
JULIA; LISARDO, _muerto_; EUSEBIO.
JULIA.
Mil veces procuro hablarte, Tirano Eusebio, y mil veces El alma duda, el aliento Falta, y la lengua enmudece. No sé, no sé cómo pueda Hablar; porque á un tiempo vienen Envueltas iras piadosas Entre piedades crueles. Quisiera cerrar los ojos A aquesta sangre inocente, Que está pidiendo venganza, Desperdiciando claveles: Y quisiera hallar disculpa En las lágrimas que viertes; Que al fin heridas y ojos Son bocas que nunca mienten. Y en una mano el amor, Y en otra el rigor presente, A un mismo tiempo quisiera Castigarte y defenderte; Y entre ciegas confusiones De pensamientos tan fuertes, La clemencia me combate, Y el sentimiento me vence. ¿Desta suerte solicitas Obligarme? ¿Desta suerte, Eusebio, en vez de finezas, Con crueldades me pretendes? Cuando de mi boda el dia Resuelta esperaba, ¡quieres Que en vez de apacibles bodas, Tristes obsequias celebre! Cuando por tu gusto era Á mi padre inobediente, ¡Lutos funestos me das En vez de galas alegres! Cuando, arriesgando mi vida, Hice posible el quererte, ¡En vez de tálamo (¡ay cielos!) Un sepulcro me previenes! Y cuando mi mano ofrezco, Despreciando inconvenientes De honor, ¡la tuya bañada En mi sangre me la ofreces! ¿Qué gusto tendré en tus brazos, Si para llegar á verme Dando vida á nuestro amor, Voy tropezando en la muerte? ¿Qué dirá el mundo de mí, Sabiendo que tengo siempre, Si no presente el agravio, Quien le cometió presente? Pues cuando quiera el olvido Sepultarle, sólo el verte Entre mis brazos, será Memoria con que me acuerde. Yo entónces, yo, aunque te adore, Los amorosos placeres Trocaré en iras, pidiendo Venganzas; pues ¿cómo quieres Que viva sujeta un alma A efectos tan diferentes, Que esté esperando el castigo Y deseando que no llegue? Basta, por lo que te quise, Perdonarte, sin que esperes Verme en tu vida, ni hablarme. Esa ventana, que tiene Salida al jardin, podrá Darte paso; por ahí puedes Escaparte; huye el peligro, Porque, si mi padre viene, No te halle aquí. Véte, Eusebio, Y mira que no te acuerdes De mí; que hoy me pierdes tú Porque quisiste perderme. Véte, y vive tan dichoso, Que tengas felicemente Bienes, sin que á los pesares Pagues pension de los bienes. Que yo haré para mi vida Una celda prision breve, Si no sepulcro, pues ya Mi padre enterrarme quiere. Allí lloraré desdichas De un hado tan inclemente, De una fortuna tan fiera, De una inclinacion tan fuerte, De un planeta tan opuesto, De una estrella tan rebelde, De un amor tan desdichado, De una mano tan aleve, Que me ha quitado la vida Y no me ha dado la muerte, Porque entre tantos pesares Siempre viva y muera siempre.
EUSEBIO.
Si acaso más que tus voces Son ya tus manos crueles Para tomar la venganza, Rendido á tus piés me tienes. Preso me trae mi delito, Tu amor es la cárcel fuerte, Las cadenas son mis yerros, Prisiones que el alma teme, Verdugo es mi pensamiento; Si son tus ojos los jueces, Y ellos me dan la sentencia, Por fuerza será de muerte. Mas dirá entónces la fama En su pregon: «Este muere Porque quiso,» pues que solo Es mi delito quererte. No pienso darte disculpa; No parezca que la tiene Tan grande error; sólo quiero Que me mates y te vengues. Toma esta daga, y con ella Rompe un pecho que te ofende, Saca un alma que te adora, Y tu misma sangre vierte. Y si no quieres matarme, Para que á vengarse llegue Tu padre, diré que estoy En tu aposento.
JULIA.
¡Detente! Y por última razon, Que he de hablarte eternamente, Has de hacer lo que te digo.
EUSEBIO.
Yo lo concedo.
JULIA.
Pues véte Adonde guardes tu vida. Hacienda tienes, y gente Que te podrá defender.
EUSEBIO.
Mejor será que yo quede Sin ella; porque si vivo, Será imposible que deje De adorarte, y no has de estar, Aunque un convento te encierre, Segura.
JULIA.
Guárdate tú, Que yo sabré defenderme.
EUSEBIO.
¿Volveré yo á verte?
JULIA.
No.
EUSEBIO.
¿No hay remedio?
JULIA.
No le esperes.
EUSEBIO.
¿Que al fin me aborreces ya?
JULIA.
Haré por aborrecerte.
EUSEBIO.
¿Olvidarásme?
JULIA.
No sé.
EUSEBIO.
¿Veréte yo?
JULIA.
Eternamente.
EUSEBIO.
Pues ¿aquel pasado amor...?
JULIA.
Pues ¿esta sangre presente...?— La puerta abren: véte Eusebio.
EUSEBIO.
Iré por obedecerte. ¡Que no he de volverte á ver!
JULIA.
¡Que no has de volver á verme!
_(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos criados.)_
JORNADA SEGUNDA.
_Monte._
ESCENA PRIMERA.
RICARDO, CELIO, EUSEBIO, _en traje de bandoleros, con arcabuces_.
_(Suena un tiro dentro.)_
RICARDO.
Pasó el plomo violento Su pecho.
CELIO.
Y hace el golpe más sangriento, Que con su sangre la tragedia imprima En tierna flor.
EUSEBIO.
Ponle una cruz encima, Y perdónele Dios.
RICARDO.
Las devociones Nunca faltan del todo á los ladrones.
_(Vanse Ricardo y Celio)_
EUSEBIO.
Y pues mis hados fieros Me traen á capitan de bandoleros, Llegarán mis delitos A ser, como mis penas, infinitos. Como si diera muerte A Lisardo á traicion, de aquesta suerte Mi patria me persigue, Porque su furia y mi despecho obligue A que guarde una vida, Siendo de tantas bárbaro homicida. Mi hacienda me han quitado, Mis villas confiscado, Y á tanto rigor llegan, Que el sustento me niegan. No toque pasajero El término del monte, si primero No rinde hacienda y vida.
ESCENA II.
RICARDO, BANDOLEROS; ALBERTO, _preso_.—EUSEBIO.
RICARDO.
Llegando á ver la boca de la herida, Escucha, capitan, el más extraño Suceso.
EUSEBIO.
Ya deseo el desengaño.
RICARDO.
Hallé el plomo deshecho En este libro que tenía en el pecho, Sin haber penetrado, Y al caminante solo desmayado: Vesle aquí sano y bueno.
EUSEBIO.
De espanto estoy y admiraciones lleno. ¿Quién eres, venerable Caduco, á quien los cielos, admirable Han hecho con prodigio milagroso?
ALBERTO.
Yo soy, oh capitan, el más dichoso De cuantos hombres hay; que he merecido Ser sacerdote indigno, y he leido En Bolonia sagrada teología Cuarenta y cuatro años con desvelo. Dióme Su Santidad, por este celo, De Trento el obispado Premiando mis estudios; y admirado Yo de ver que tenía Cuenta de tantas almas, Y que apénas la daba de la mia, Los laureles dejé, dejé las palmas, Y huyendo sus engaños, Vengo á buscar seguros desengaños En estas soledades, Donde viven desnudas las verdades. Paso á Roma á que el Papa me conceda Licencia, capitan, para que pueda Fundar un órden santo de eremitas; Mas tu saña atrevida Quita el hilo á mi suerte y á la vida.
EUSEBIO.
¿Qué libro es este, dí?
ALBERTO.
Este es el fruto, Que rinde á mis estudios el tributo De tantos años.
EUSEBIO.
¿Qué es lo que contiene?
ALBERTO.
Él trata del orígen verdadero De aquel divino y celestial madero En que animoso y fuerte, Muriendo, triunfó Cristo de la muerte. El libro, en fin, se llama «Milagros de la Cruz.»
EUSEBIO.
¡Qué bien la llama De aquel plomo inclemente, Más que la cera, se mostró obediente! ¡Pluguiera á Dios, mi mano, Ántes que blanco su papel hiciera De aquel golpe tirano, Entre su fuego ardiera! Lleva ropa y dinero Y la vida; sólo este libro quiero. Y vosotros salidle acompañando Hasta dejarle libre.
ALBERTO.
Iré rogando Al Señor te dé luz para que veas El error en que vives.
EUSEBIO.
Si deseas Mi bien, pídele á Dios que no permita Muera sin confesion.
ALBERTO.
Yo te prometo Seré ministro en tan piadoso efeto, Y te doy mi palabra (Tanto en mi pecho tu clemencia labra) Que si me llamas en cualquiera parte, Dejaré mi desierto Por ir á confesarte: Un sacerdote soy; mi nombre Alberto.
EUSEBIO.
¿Tal palabra me das?
ALBERTO.
Y la confieso Con la mano.
EUSEBIO.
Otra vez tus plantas beso.
_(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)_
ESCENA III.
CHILINDRINA.—EUSEBIO.
CHILIND.
Hasta venir á hablarte, El monte atravesé de parte á parte.
EUSEBIO.
¿Qué hay, amigo?
CHILIND.
Dos nuevas harto malas.
EUSEBIO.
Á mi temor el sentimiento igualas. ¿Qué son?
CHILIND.
Es la primera (Decirla no quisiera), Que al padre de Lisardo Han dado...
EUSEBIO.
Acaba, que el efecto aguardo.
CHILIND.
Comision de prenderte ó de matarte.
EUSEBIO.
Esotra nueva temo Mas, porque en un confuso extremo, Al corazon parece que camina Toda el alma, adivina De algun futuro daño. ¿Qué ha sucedido?
CHILIND.
Á Julia...
EUSEBIO.
No me engaño En prevenir tristezas, Si para ver mi mal, por Julia empiezas. ¿Julia no me dijiste? Pues eso basta para verme triste. ¡Mal haya amén la rigurosa estrella Que me obligó á querella! En fin, Julia... prosigue.
CHILIND.
En un convento, Seglar está.
EUSEBIO.
¡Ya falta el sufrimiento! ¡Que el cielo me castigue Con tan grandes venganzas, De perdidos deseos, De muertas esperanzas. Que de los mismos cielos, Por quien me deja, vengo á tener celos! Mas ya tan atrevido, Que viviendo matando. Me sustento robando, No puedo ser peor de lo que he sido. Despéñese el intento, Pues ya se ha despeñado el pensamiento. Llama á Celio y Ricardo. (_Ap._ ¡Amando muero!)
CHILIND.
Voy por ellos. _(Vase.)_
EUSEBIO.
Vé, y diles que aquí espero.— Asaltaré el convento que la guarda. Ningun grave castigo me acobarda; Que por verme señor de su hermosura, Tirano amor me fuerza Á acometer la fuerza, Á romper la clausura, Y á violar el sagrado; Que ya del todo estoy desesperado. Pues si no me pusiera Amor en tales puntos, Solamente lo hiciera Por cometer tantos delitos juntos.
ESCENA IV.
GIL, MENGA.—EUSEBIO.
MENGA.
¿Mas que encontramos con él, Segun mezquina nací?
GIL.
Menga, yo ¿no voy aquí? No temas ese cruel Capitan de buñuleros, Ni el hallarlo te alborote; Que honda llevo yo y garrote.
MENGA.
Temo, Gil, sus hechos fieros; Si no, á Silvia á mirar ponte, Cuando aquí la acometió; Que doncella al monte entró, Y dueña salió del monte, Que no es peligro pequeño.
GIL.
Conmigo fuera cruel, Que tambien entro doncel, Y pudiera salir dueño. _(Reparan en Eusebio.)_
MENGA.
_(A Eusebio.)_ ¡Ah señor! que va perdido, Que anda Eusebio por aquí.
GIL.
No eche, señor, por ahí.
EUSEBIO.
_(Ap.)_ Estos no me han conocido, Y quiero disimular.
GIL.
¿Quiere que aquese ladron Le mate?
EUSEBIO.
(_Ap._ Villanos son.) ¿Con qué podré yo pagar Este aviso?
GIL.
Con huir De ese bellaco.
MENGA.
Si os coge, Señor, aunque no le enoje Ni vuestro hacer ni decir, Luego os matará; y creed Que con poner tras la ofensa Una cruz encima, piensa Que os hace mucha merced.
ESCENA V.
RICARDO, CELIO.—DICHOS.
RICARDO.
¿Dónde le dejaste?
CELIO.
Aquí.
GIL.
_(A Eusebio.)_ Es un ladron, no le esperes.
RICARDO.
Eusebio, ¿qué es lo que quieres?
GIL.
¿Eusebio le llamó?
MENGA.
Sí.
EUSEBIO.
Yo soy Eusebio; ¿que os mueve Contra mí? ¿No hay quien responda?
MENGA.
Gil, ¿tienes garrote y honda?
GIL.
Tengo el diablo que te lleve.
CELIO.
Por los apacibles llanos Que hace del monte la falda, A quien guarda el mar la espalda, Ví un escuadron de villanos Que armado contra tí viene, Y pienso que se avecina; Que así Curcio determina La venganza que previene. Mira qué piensas hacer: Junta tu gente, y partamos.
EUSEBIO.
Mejor es que agora huyamos, Que esta noche hay más que hacer. Venid conmigo los dos, De quien justamente fío La opinion y el honor mio.
RICARDO.
Muy bien puedes, que por Dios Que he de morir á tu lado.
EUSEBIO.
Villanos, vida teneis, Sólo porque le lleveis A mi enemigo un recado. Decid á Curcio que yo Con tanta gente atrevida Solo defiendo la vida, Pero que le busco no. Y que no tiene ocasion De buscarme de esta suerte, Pues no dí á Lisardo muerte Con engaño ó con traicion. Cuerpo á cuerpo le maté, Sin ventaja conocida, Y ántes de acabar la vida, En mis brazos le llevé Adonde se confesó, Digna accion para estimarse; Mas que si quiere vengarse, Que he de defenderme yo.— Y agora porque no vean
_(A los bandoleros.)_
Aquestos por dónde vamos, Atadlos entre estos ramos: Vendados sus ojos sean, Porque no avisen.
RICARDO.
Aquí Hay cordel.
CELIO.
Pues llega presto.
GIL.
De San Sebastian me han puesto.
MENGA.
De San Sebastian á mí. Mas ate cuando quisiere, Señor, como no me mate.
GIL.
Oye, señor, no me ate, Y puto sea yo si huyere. Jura tú, Menga, tambien Este mismo juramento.
CELIO.
Ya están atados.
EUSEBIO.
Mi intento Se va ejecutando bien. La noche amenaza oscura Tendiendo su negro velo. Julia, aunque te guarde el cielo, He de gozar tu hermosura. _(Vanse.)_
ESCENA VI.
GIL, MENGA, _atados_.
GIL.
¿Quién habrá que ahora nos vea, Menga, aunque caro nos cueste, Que no diga que es aqueste Peralvillo de la aldea?
MENGA.
Véte llegando hácia aquí, Gil, que yo no puedo andar.
GIL.
Menga, vénme á desatar, Y te desataré á tí Luégo al punto.
MENGA.
Ven primero Tú, que ya estás importuno.
GIL.
¿Es decir, que vendrá alguno? Pondré que falta un arriero Las tres ánades cantando, Un caminante pidiendo, Un estudiante comiendo, Una santera rezando, Hoy en aqueste camino, Lo que á ninguno faltó; Mas la culpa tengo yo.
_Una voz._
_(Dentro.)_ Hácia esta parte imagino Que oigo voces; llegad presto.
GIL.
Señor, en buen hora acuda A desatar una duda, En que ha rato que estoy puesto.
MENGA.
Si acaso buscais, señor, Por el monte algun cordel, Yo os puedo servir con él.
GIL.
Este es más gordo y mijor.
MENGA.
Yo, por ser mujer, espero Remedio en las ánsias mias.
GIL.
No repare en cortesías, Desáteme á mí primero.
ESCENA VII.
CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, SOLDADOS.—GIL, MENGA.
TIRSO.
Hácia aquesta parte suena La voz.
GIL.
¡Que te quemas!
TIRSO.
Gil, ¿Qué es esto?
GIL.
El diablo es sutil; Desata, Tirso, y mi pena Te diré despues.
CURCIO.
¿Qué es esto?
MENGA.
Venga en buen hora, señor, A castigar un traidor.
CURCIO.
¿Quién desta suerte os ha puesto?
GIL.
¿Quién? Eusebio, que en efeto Dice... Pero ¿qué sé yo Lo que dice? Él nos dejó Aquí en semejante aprieto.
TIRSO.
No llores, pues, que no ha estado Hoy muy poco liberal Contigo.
BRAS.
No lo ha hecho mal, Pues á Menga te ha dejado.
GIL.
¡Ay Tirso! no lloro yo Porque piadoso no fué.
TIRSO.
Pues ¿por qué lloras?
GIL.
¿Por qué? Porque á Menga me dejó. La de Anton llevó, y al cabo De seis, que no parecia, Halló á su mujer un dia; Hicimos un baile bravo De hallazgo, y gastó cien reales.
BRAS.
¿Bartolo no se casó Con Catalina, y parió A seis meses no cabales? Y andaba con gran placer Diciendo: ¡Si tú lo vieses! Lo que otra hace en nueve meses, Hace en cinco mi mujer.
TIRSO.
Ello no hay honra segura.
CURCIO.
¿Que esto llegue á escuchar yo Deste tirano? ¿quién vió Tan notable desventura?
MENGA.
Cómo destruirle piensa; Que hasta las mismas mujeres Tomaremos, si tú quieres, Las armas para su ofensa.
GIL.
Que aquí acude es lo más cierto; Y toda esta procesion De cruces que miras, son, Señor, por hombres que ha muerto.
OCTAVIO.
Es aquí lo más secreto De todo el monte.
CURCIO.
_(Ap.)_ Y aquí Fué ¡cielos! donde yo ví Aquel milagroso efeto De inocencia y castidad, Cuya beldad atrevido Tantas veces he ofendido Con dudas, siendo verdad Un milagro tan patente.
OCTAVIO.
Señor, ¿qué nueva pasion Causa tu imaginacion?
CURCIO.
Rigores que el alma siente Son, Octavio; y mis enojos, Para publicar mi mengua, Como los niego á la lengua, Me van saliendo á los ojos. Haz, Octavio, que me deje Solo esa gente que sigo, Porque aquí de mí y conmigo Hoy á los cielos me queje.
OCTAVIO.
Ea, soldados, despejad.
BRAS.
¿Qué decís?
TIRSO.
¿Qué pretendeis?
GIL.
Despiojad, ¿no lo entendeis? Que nos vamos á espulgar.
_(Vanse todos, ménos Curcio.)_
ESCENA VIII.
CURCIO.
¿A quién no habrá sucedido, Tal vez lleno de pesares, Descansar consigo á solas Por no descubrirse á nadie? Yo, á quien tantos pensamientos A un tiempo afligen, que hacen Con lágrimas y suspiros Competencia al mar y al aire, Compañero de mí mismo En las mudas soledades, Con la pension de mis bienes Quiero divertir mis males. Ni las aves, ni las fuentes Sean testigos bastantes: Que al fin las fuentes murmuran, Y tienen lengua las aves. No quiero más compañía Que aquestos rústicos sauces; Pues quien escucha y no aprende, Será fuerza que no hable. Teatro este monte fué Del suceso más notable, Que entre prodigios de celos Cuentan las antigüedades, De una inocente verdad. Pero ¿quién podrá librarse De sospechas, en quien son Mentirosas las verdades? Muerte de amor son los celos, Que no perdonan á nadie, Ni por humilde le dejan, Ni le respetan por grave. Aquí pues, donde yo digo, Rosmira y yo... De acordarme, No es mucho que el alma tiemble, No es mucho que la voz falte; Que no hay flor que no me asombre, No hay hoja que no me espante, No hay piedra que no me admire, Tronco que no me acobarde, Peñasco que no me oprima, Monte que no me amenace; Porque todos son testigos De una hazaña tan infame. Saqué al fin la espada, y ella, Sin temerme y sin turbarse, Porque en riesgos de amor nunca El inocente es cobarde: «Esposo, dijo, detente; No digo que no me mates, Si es tu gusto, porque yo ¿Cómo he de poder negarte La misma vida que es tuya? Solo te pido que ántes Me digas por lo que muero, Y déjame que te abrace.» Yo la dije: «En tus entrañas, Como la víbora, traes A quien te ha de dar la muerte. Indicio ha sido bastante El parto infame que esperas. Mas no le verás, que ántes Dándote muerte, seré Verdugo tuyo y de un ángel.» «Si acaso, me dijo entónces, Si acaso, esposo, llegaste A creer flaquezas mias, Justo será que me mates. Mas á esta Cruz abrazada, A esta que estaba delante, Prosiguió, doy por testigo De que no supe agraviarte Ni ofenderte; que ella sola Será justo que me ampare.» Bien quisiera entónces yo, Arrepentido, arrojarme A sus piés, porque se vía Su inocencia en su semblante. El que una traicion intenta, Ántes mire lo que hace; Porque una vez declarado, Aunque procure enmendarse, Por decir que tuvo causa, Lo ha de llevar adelante. Yo, pues, no porque dudaba Ser la disculpa bastante, Sino porque mi delito Más amparado quedase, El brazo levanté airado, Tirando por várias partes Mil heridas; pero solo Las ejecuté en el aire. Por muerta al pié de la Cruz Quedó, y queriendo escaparme A casa llegué, y halléla Con más belleza que sale El alba, cuando en sus brazos Nos presenta el sol infante. Ella en sus brazos tenía A Julia, divina imágen De hermosura y discrecion: (¿Qué gloria pudo igualarse A la mia?) que su parto Habia sido aquella tarde Al mismo pié de la Cruz; Y por divinas señales, Con que al mundo descubria Dios un milagro tan grande, La niña que habia parido, Dichosa con señas tales, Tenía en el pecho una Cruz Labrada de fuego y sangre. Pero ¡ay! que tanta ventura Templaba el que se quedase Otra criatura en el monte: Que ella, entre penas tan graves, Sintió haber parido dos; Y yo entónces...
ESCENA IX.
OCTAVIO.—CURCIO.
OCTAVIO.
Por el valle Atraviesa un escuadron De bandoleros; y ántes Que cierre la noche triste, Será bien, señor, que bajes A buscarlos, no oscurezca; Porque ellos el monte saben, Y nosotros no.
CURCIO.
Pues junta La gente vaya adelante; Que no hay gloria para mí, Hasta llegar á vengarme. _(Vanse)_
* * * * *
_Vista exterior de un convento._
ESCENA X.
EUSEBIO, RICARDO, CELIO, _con una escala_.
RICARDO.
Llega con silencio, y pon A esa parte las escalas.
EUSEBIO.
Icaro seré sin alas, Sin fuego seré Faeton: Escalar al sol intento, Y si me quiere ayudar La luz, tengo de pasar Mas allá del firmamento. Amor ser tirano enseña. En subiendo yo, quitad Esa escala, y esperad Hasta que os haga una seña. Quien subiendo se despeña, Suba hoy y baje ofendido, En cenizas convertido; Que la pena del bajar, No será parte á quitar La gloria de haber subido.
RICARDO.
¿Qué esperas?
CELIO.
Pues ¿qué rigor Tu altivo orgullo embaraza?
EUSEBIO.
¿No veis cómo me amenaza Un vivo fuego?
RICARDO.
Señor. Fantasmas son del temor.
EUSEBIO.
¿Yo temor?
CELIO.
Sube.
EUSEBIO.
Ya llego. Aunque á tantos rayos ciego, Por las llamas he de entrar; Que no lo podrá estorbar De todo el infierno el fuego. _(Sube y entra.)_
CELIO.
Ya entró.
RICARDO.
Alguna fantasía De su mismo horror fundada, En la idea acreditada, O alguna ilusion sería.
CELIO.
Quita la escala.
RICARDO.
Hasta el dia Aquí le hemos de esperar.
CELIO.
Atrevimiento fué entrar, Aunque yo de mejor gana Me fuera con mi villana; Mas despues habrá lugar. _(Vanse.)_
* * * * *
_Celda de Julia_
ESCENA XI.
EUSEBIO; JULIA, _en el lecho_.
EUSEBIO.