Part 10
SEGISM.
Pues porque Estrella No quede desconsolada, Viendo que príncipe pierde De tanto valor y fama, De mi propia mano yo Con esposo he de casarla Que en méritos y fortuna, Si no le excede, le iguala. Dáme la mano.
ESTREL.
Yo gano En merecer dicha tanta.
SEGISM.
A Clotaldo, que leal Sirvió á mi padre, le aguardan Mis brazos, con las mercedes Que él pidiere que le haga.
SOLDADO.
Si así á quien no te ha servido Honras, ¿á mí que fuí causa Del alboroto del reino, Y de la torre en que estabas Te saqué, qué me darás?
SEGISM.
La torre; y porque no salgas Della nunca, hasta morir Has de estar allí con guardas; Que el traidor no es menester Siendo la traicion pasada.
BASILIO.
Tu ingenio á todos admira.
ASTOLFO.
¡Qué condicion tan mudada!
ROSAURA.
¡Qué discreto y qué prudente!
SEGISM.
¿Qué os admira? ¿qué os espanta, Si fué mi maestro un sueño, Y estoy temiendo en mis ánsias Que he de dispertar y hallarme Otra vez en mi cerrada Prision? Y cuando no sea, El soñarlo sólo basta; Pues así llegué á saber Que toda la dicha humana En fin pasa como un sueño, Y quiero hoy aprovecharla El tiempo que me durare: Pidiendo de nuestras faltas Perdon, pues de pechos nobles Es tan propio el perdonarlas.
LA DEVOCION DE LA CRUZ.
PERSONAS.
EUSEBIO. CURCIO, _viejo_. LISARDO. OCTAVIO. ALBERTO, _sacerdote_. CELIO. } RICARDO. } _Bandoleros._ CHILINDRINA. } GIL, _villano gracioso_. BRAS. } TIRSO. } _Villanos._ TORIBIO. } JULIA, _dama_. ARMINDA, _criada_. MENGA, _villana graciosa_. _Bandoleros._ _Villanos._ _Soldados._
La accion es en Sena y en sus contornos.
JORNADA PRIMERA.
_Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena._
ESCENA PRIMERA.
MENGA, GIL.
MENGA.
_(Dentro.)_ ¡Verá por dó va la burra!
GIL.
_(Dentro.)_ Jo, dimuño; jo mohina.
MENGA.
Ya verá por dó camina: Arre acá.
GIL.
¡El diabro te aburra! ¿No hay quien una cola tenga, Pudiendo tenella mil? _(Salen.)_
MENGA.
¡Buena hacienda has hecho, Gil!
GIL.
¡Buena hacienda has hecho, Menga, Pues tú la culpa tuviste! Que como ibas caballera, Que en el hoyo se metiera Al oido la dijiste, Por hacerme regañar.
MENGA.
Por verme caer á mí, Se lo dijiste, eso sí.
GIL.
¿Cómo la hemos de sacar?
MENGA.
¿Pues en el lodo la dejas?
GIL.
No puede mi fuerza sola.
MENGA.
Yo tiraré de la cola, Tira tú de las orejas.
GIL.
Mejor remedio sería Hacer el que aprovechó A un coche, que se atascó En la corte esotro dia. Este coche, Dios delante, Que arrastrado de dos potros, Parecia entre los otros Pobre coche vergonzante; Y por maldicion muy cierta De sus padres (¡hado esquivo!) Iba de estribo en estribo, Ya que no de puerta en puerta; En un arroyo atascado, Con ruegos el caballero, Con azotes el cochero, Ya por fuerza, ya por grado, Ya por gusto, ya por miedo, Que saliesen procuraban: Por recio que lo mandaban, Mi coche quedo que quedo. Viendo que no importan nada Cuantos remedios hicieron, Delante el coche pusieron Un harnero de cebada. Los caballos, por comer, De tal manera tiraron, Que tosieron y arrancaron; Y esto podemos hacer.
MENGA.
¡Que nunca valen dos cuartos Tus cuentos!
GIL.
Menga, yo siento Ver un animal hambriento, Donde hay animales hartos.
MENGA.
Voy al camino á mirar Si pasa de nuestra aldea Gente, cualquiera que sea, Porque te venga á ayudar, Pues te das tan pocas mañas.
GIL.
¿Vuelves, Menga, á tu porfía?
MENGA.
¡Ay burra del alma mia! _(Vase.)_
ESCENA II.
GIL.
¡Ay burra de mis entrañas! Tú fuiste la más honrada Burra de toda la aldea; Que no ha habido quien te vea Nunca mal acompañada. No eres nada callejera: De mijor gana te estabas En tu pesebre, que andabas Cuando te llevaban fuera. Pues ¿altanera y liviana? Bien me atrevo á jurar yo Que ningun burro la vió Asomada á la ventana. Yo sé que no merecia Su lengua desdicha tal; Pues jamás por habrar mal Dijo: Aquesta boca es mia. Pues como á ella la sobre De lo que comiendo está, Luego al punto se lo da A alguna borrica pobre. _(Ruido dentro.)_ Mas ¿qué ruido es este? Allí De dos caballos se apean Dos hombres, y hácia mí vienen, Despues que atados los dejan. ¡Descoloridos, y al campo De mañana! Cosa es cierta Que comen barro, ó están Opilados. Mas ¿si fueran Bandoleros? ¡Aquí es ello! Pero lo que fuere sea, Aquí me escondo: que andan, Que corren, que salen, que entran.
_(Escóndese.)_
ESCENA III.
EUSEBIO, LISARDO.—GIL, _escondido_.
LISARDO.
No pasemos adelante, Porque esta estancia encubierta Y apartada del camino, Es para mi intento buena. Sacad, Eusebio, la espada; Que yo de aquesta manera, A los hombres como vos Saco á reñir.
EUSEBIO.
Aunque tenga Bastante causa en haber Llegado al campo, quisiera Saber lo que á vos os mueve. Decid, Lisardo, la queja Que de mí teneis.
LISARDO.
Son tantas, Que falta voz á la lengua, Razones á la razon, Y al sufrimiento paciencia. Quisiera, Eusebio, callarlas, Y áun olvidarlas quisiera; Porque cuando se repiten, Hacen de nuevo la ofensa. ¿Conoceis estos papeles?
EUSEBIO.
Arrojadlos en la tierra, Y los alzaré.
LISARDO.
Tomad. ¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera?
EUSEBIO.
¡Mal haya el hombre, mal haya Mil veces aquel que entrega Sus secretos á un papel! Porque es disparada piedra Que se sabe quién la tira, Y no se sabe á quién llega.
LISARDO.
¿Habeislos ya conocido?
EUSEBIO.
Todos están de mi letra, Que no la puedo negar.
LISARDO.
Pues yo soy Lisardo, en Sena, Hijo de Lisardo Curcio. Bien excusadas grandezas De mi padre consumieron En breve tiempo la hacienda Que los suyos le dejaron; Que no sabe cuánto yerra Quien, por excesivos gastos, Pobres á sus hijos deja. Pero la necesidad, Aunque ultraje la nobleza, No excusa de obligaciones A los que nacen con ellas. Julia, pues (¡saben los cielos Cuánto el nombrarla me pesa!), Ó no supo conservarlas, Ó no llegó á conocerlas. Pero al fin, Julia es mi hermana; ¡Pluguiera á Dios no lo fuera! Y advertid que no se sirven Las mujeres de sus prendas Con amorosos papeles, Con razones lisonjeras, Con ilícitos recados, Ni con infames terceras. No os culpo en el todo á vos; Que yo confieso que hiciera Lo mismo, á darme una dama Para servirla licencia. Pero cúlpôs en la parte De ser mi amigo, y en esta Con más culpa os comprehende La culpa que tuvo ella. Si mi hermana os agradó Para mujer (que no era Posible, ni yo lo creo Que os atrevierais á verla Con otro fin, ni áun con este; Pues ¡vive Dios! que quisiera, Ántes que con vos casada, Mirarla á mis manos muerta): En fin, si vos la elegisteis Para mujer, justo fuera Descubrir vuestros deseos Á mi padre, ántes que á ella. Este era término justo, Y entónces mi padre viera Si le estaba bien el darla, Que pienso que no os la diera; Porque un caballero pobre, Cuando en cosas como estas No puede medir iguales La calidad y la hacienda, Por no deslucir su sangre Con una hija doncella, Hace sagrado un convento; Que es delito la pobreza. Aqueste á Julia mi hermana Con tanta prisa la espera, Que mañana ha de ser monja, Por voluntad ó por fuerza. Y porque no será bien Que una religiosa tenga Prendas de tan loco amor Y de voluntad tan necia, Á vuestras manos las vuelvo, Con resolucion tan ciega, Que no sólo he de quitarlas, Mas tambien la causa dellas. Sacad la espada, y aquí El uno de los dos muera, Vos, porque no la sirvais, Ó yo, porque no lo vea.
EUSEBIO.
Tened, Lisardo, la espada, Y pues yo he tenido flema Para oir desprecios mios, Escuchadme la respuesta. Y aunque el discurso sea largo De mi suceso, y parezca Que, estando solos los dos, Es demasiada paciencia; Pues que ya es fuerza reñir, Y morir el uno es fuerza; Por si los cielos permiten Que yo el infelice sea, Oid prodigios que admiran Y maravillas que elevan; Que no es bien que con mi muerte Eterno silencio tengan. Yo no sé quién fué mi padre; Pero sé que la primera Cuna fué el pié de una Cruz, Y el primer lecho una piedra. Raro fué mi nacimiento, Segun los pastores cuentan, Que desta suerte me hallaron En la falda de esas sierras. Tres dias dicen que oyeron Mi llanto, y que á la aspereza Donde estaba, no llegaron Por el temor de las fieras, Sin que alguna me ofendiese; Pero ¿quién duda que era Por respeto de la Cruz, Que tenía en mi defensa? Hallóme un pastor, que acaso Buscó una perdida oveja En la aspereza del monte, Y trayéndome á la aldea De Eusebio, que no sin causa Estaba entónces en ella, Le contó mi prodigioso Nacimiento, y la clemencia Del cielo asistió á la suya. Mandó en fin que me trajeran A su casa, y como á hijo Me dió la crianza en ella. Eusebio soy de la Cruz, Por su nombre, y por aquella Que fué mi primera guía, Y fué mi guarda primera. Tomé por gusto las armas, Por pasatiempo las letras; Murió Eusebio, y yo quedé Heredero de su hacienda. Si fué prodigioso el parto, No lo fué ménos la estrella Que enemiga me amenaza, Y piadosa me reserva. Tierno infante era en los brazos Del ama, cuando mi fiera Condicion, bárbara en todo, Dió de sus rigores muestra; Pues con solas las encías, No sin diabólica fuerza, Partí el pecho de quien tuve El dulce alimento; y ella, Del dolor desesperada, Y de la cólera ciega, En un pozo me arrojó, Sin que ninguno supiera De mí. Oyéndome reir, Bajaron á él, y cuentan Que estaba sobre las aguas, Y que con las manos tiernas Tenía una Cruz formada Y sobre los labios puesta. Un dia que se abrasaba La casa, y la llama fiera Cerraba el paso á la huida, Y á la salida la puerta, Entre las llamas estuve Libre, sin que me ofendieran: Y advertí despues, dudando Que haya en el fuego clemencia, Que era dia de la Cruz. Tres lustros contaba apénas, Cuando por el mar fuí á Roma, Y en una brava tormenta, Desesperada mi nave Chocó en una oculta peña: En pedazos dividida, Por los costados abierta; Abrazado de un madero Salí venturoso á tierra, Y este madero tenía Forma de Cruz. Por las sierras De esos montes caminaba Con otro hombre, y en la senda Que dos caminos partia, Una Cruz estaba puesta. En tanto que me quedé Haciendo oracion en ella, Se adelantó el compañero; Y despues dándome priesa Para alcanzarle, le hallé Muerto á las manos sangrientas De bandoleros. Un dia, Riñendo en una pendencia, De una estocada caí, Sin que hiciese resistencia, En la tierra; y cuando todos Pensaron hallarla ajena De remedio, sólo hallaron Señal de la punta fiera En una Cruz que traia Al cuello, que en mi defensa Recibió el golpe. Cazando Una vez por la aspereza Deste monte, se cubrió El cielo de nubes negras, Y publicando con truenos Al mundo espantosa guerra, Lanzas arrojaba en agua, Balas disparaba en piedras. Todos hicieron las hojas Contra las nubes defensa, Siendo ya tiendas de campo Las más ocultas malezas; Y un rayo, que fué en el viento Caliginoso cometa, Volvió en ceniza á los dos Que de mí estaban más cerca. Ciego, turbado y confuso Vuelvo á mirar lo que era, Y hallé á mi lado una Cruz, Que yo pienso que es la mesma Que asistió á mi nacimiento, Y la que yo tengo impresa En los pechos; pues los cielos Me han señalado con ella, Para públicos efectos De alguna causa secreta. Pero aunque no sé quién soy, Tal espíritu me alienta, Tal inclinacion me anima, Y tal ánimo me fuerza, Que por mí me da valor Para que á Julia merezca; Porque no es más la heredada, Que la adquirida nobleza. Este soy, y aunque conozco La razon, y aunque pudiera Dar satisfaccion bastante A vuestro agravio, me ciega Tanto la pasion de veros Hablando de esa manera, Que ni os quiero dar disculpa, Ni os quiero admitir la queja; Y pues quereis estorbar Que yo su marido sea; Aunque su casa la guarde, Aunque un convento la tenga, De mí no ha de estar segura; Y la que no ha sido buena Para mujer, lo será Para dama: así desea, Desesperado mi amor Y ofendida mi paciencia, Castigar vuestro desprecio, Y satisfacer mi afrenta.
LISARDO.
Eusebio, donde el acero Ha de hablar, calle la lengua.
_(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando levantarse, torna á caer.)_
¡Herido estoy!
EUSEBIO.
¿Y no muerto?
LISARDO.
No, que en los brazos me queda Aliento para... ¡Ay de mí! Faltó á mis plantas la tierra.
EUSEBIO.
Y falte á tu voz la vida.
LISARDO.
No me permitas que muera Sin confesion.
EUSEBIO.
¡Muere, infame!
LISARDO.
No me mates, por aquella Cruz en que Cristo murió.
EUSEBIO.
Aquesa voz te defienda De la muerte. Alza del suelo; Que cuando por ella ruegas, Falta rigor á la ira, Y falta á los brazos fuerza. Alza del suelo.
LISARDO.
No puedo; Porque ya en mi sangre envuelta Voy despreciando la vida, Y el alma pienso que espera Á salir, porque entre tantas No sabe cuál es la puerta.
EUSEBIO.
Pues fíate de mis brazos, Y anímate; que aquí cerca De unos penitentes monjes Hay una ermita pequeña, Donde podrás confesarte Si vivo á sus puertas llegas.
LISARDO.
Pues yo te doy mi palabra, Por esa piedad que muestras, Que si yo merezco verme En la divina presencia De Dios, pediré que tú Sin confesarte no mueras.
_(Llévale Eusebio en brazos.)_
GIL.
¡Han visto lo que le debe! La caridad está buena; Pero yo se la perdono. ¡Matarle y llevarle á cuestas!
ESCENA IV.
BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL.
TORIBIO.
¿Aquí dices que quedaba?
MENGA.
Aquí se quedó con ella.
TIRSO.
Mírale allí embelesado.
MENGA.
Gil, ¿qué mirabas?
GIL.
¡Ay Menga!
TIRSO.
¿Qué te ha sucedido?
GIL.
¡Ay Tirso!
TORIBIO.
¿Qué viste? Dános respuesta.
GIL.
¡Ay Toribio!
BRAS.
Dí, ¿qué tienes, Gil, ó de qué te lamentas?
GIL.
¡Ay Bras, ay amigos mios! No lo sé más que una bestia. Matóle y cargó con él, Sin duda á salar le lleva.
MENGA.
¿Quién le mató?
GIL.
¿Qué sé yo?
TIRSO.
¿Quién murió?
GIL.
No sé quién era.
TORIBIO.
¿Quién cargó?
GIL.
¿Qué sé yo quién?
BRAS.
¿Y quién le llevó?
GIL.
Quienquiera. Pero porque lo sepais, Venid todos.
TIRSO.
¿Dó nos llevas?
GIL.
No lo sé, pero venid, Que los dos van aquí cerca. _(Vanse.)_
* * * * *
_Sala en casa de Curcio, en Sena._
ESCENA V.
JULIA, ARMINDA.
JULIA.
Déjame, Arminda, llorar Una libertad perdida, Pues donde acaba la vida, Tambien acaba el pesar. ¿Nunca has visto de una fuente Bajar un arroyo manso, Siendo apacible descanso El valle de su corriente; Y cuando le juzgan falto De fuerza las flores bellas, Pasa por encima dellas Rompiendo por lo más alto? Pues mis penas, mis enojos La misma experiencia han hecho; Detuviéronse en el pecho, Y salieron por los ojos. Deja que llore el rigor De un padre.
ARMINDA.
Señora, advierte...
JULIA.
¿Qué más venturosa suerte Hay, que morir de dolor? Pena que deja vencida La vida, ser gloria ordena; Que no es muy grande la pena Que no acaba con la vida.
ARMINDA.
¿Que novedad obligó Tu llanto?
JULIA.
¡Ay, Arminda mia! Cuantos papeles tenía De Eusebio, Lisardo halló En mi escritorio.
ARMINDA.
¿Pues él Supo que estaban allí?
JULIA.
Como aqueso contra mí Hará mi estrella cruel. Yo (¡ay de mí!) cuando le vía El cuidado con que andaba, Pensó que lo sospechaba, Pero no que lo sabía. Llegó á mí descolorido, Y entre apacible y airado, Me dijo que habia jugado, Arminda, y que habia perdido: Que una joya le prestase Para volver á jugar. Por presto que la iba á dar, No aguardó á que la sacase: Tomó él la llave y abrió Con una cólera inquieta, Y en la primera naveta Los papeles encontró. Miróme y volvió á cerrar. Y sin decir nada (¡ay Dios!) Buscó á mi padre, y los dos (¿Quién duda es para tratar Mi muerte?) gran rato hablaron Cerrados en su aposento; Salieron, y hácia el convento Los dos sus pasos guiaron, Segun Octavio me dijo. Y si lo que está tratado Ya mi padre ha efectuado, Con justa causa me aflijo; Porque si de aquesta suerte Que olvide á Eusebio desea, Ántes que monja me vea, Yo misma me daré muerte.
ESCENA VI.
EUSEBIO.—DICHAS.
EUSEBIO.
(_Ap._ Ninguno tan atrevido, Si no tan desesperado, Viene á tomar por sagrado La casa del ofendido. Ántes que sepa la muerte De Lisardo Julia bella, Hablar quisiera con ella, Porque á mi tirana suerte Algun remedio consigo Si, ignorado mi rigor, Puede obligarla el amor Á que se vaya conmigo; Y cuando llegue á saber De Lisardo el hado injusto, Hará de la fuerza gusto Mirándose en mi poder.) Hermosa Julia.
JULIA.
¿Qué es esto? ¿Tú en esta casa?
EUSEBIO.
El rigor De mi desdicha y tu amor En tal peligro me ha puesto.
JULIA.
Pues ¿cómo has entrado aquí Y emprendes tan loco extremo?
EUSEBIO.
Como la muerte no temo.
JULIA.
¿Qué es lo que intentas así?
EUSEBIO.
Hoy obligarte deseo, Julia, porque agradecida Des á mi amor nueva vida, Nueva gloria á mi deseo. Yo he sabido cuánto ofende Á tu padre mi cuidado: Que á su noticia ha llegado Nuestro amor, y que pretende Que tú recibas mañana El estado que desea, Para que mi dicha sea, Como mi esperanza, vana. Si ha sido gusto, si ha sido Amor el que me has mostrado, Si es verdad que me has amado, Si es cierto que me has querido, Vente conmigo; pues ves Que no tiene resistencia De tu padre la obediencia, Deja tu casa; y despues Que habrá mil remedios piensa; Pues ya en mi poder, es justo Que haga de la fuerza gusto, Y obligacion de la ofensa. Villas tengo en que guardarte, Gente con que defenderte, Hacienda para ofrecerte Y un alma para adorarte. Si darme vida deseas, Si es verdadero tu amor, Atrévete, ó el dolor Hará que mi muerte veas.
JULIA.
Oye, Eusebio.
ARMINDA.
Mi señor Viene, señora.
JULIA.
¡Ay de mí!
EUSEBIO.
¿Pudiera hallar contra mí La fortuna más rigor?
JULIA.
¿Podrá salir?
ARMINDA.
No es posible Que se vaya; porque ya Llamando á la puerta está.
JULIA.
¡Grave mal!
EUSEBIO.
¡Pena terrible! ¿Qué haré?
JULIA.
Esconderte es forzoso.
EUSEBIO.
¿Dónde?
JULIA.
En aquese aposento.
ARMINDA.
Presto, que sus pasos siento.
_(Escóndese Eusebio.)_
ESCENA VII.
CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, _escondido_.
CURCIO.
Hija, si por el dichoso Estado que tú codicias, Y que ya seguro tienes, No das á mis parabienes La vida y alma en albricias, Del deseo que he tenido No agradeces el cuidado. Todo queda efectuado, Y todo tan prevenido, Que sólo falta ponerte La más bizarra y hermosa, Para ser de Cristo esposa: Mira ¡qué dichosa suerte! Hoy aventajas á todas Cuantas se ven envidiar, Pues te verán celebrar Aquestas divinas bodas. ¿Qué dices?
JULIA.
_(Ap.)_ ¿Qué puedo hacer?
EUSEBIO.
_(Ap.)_ Yo me doy la muerte aquí, Si ella le dice que sí.
JULIA.
(_Ap._ No sé cómo responder.) Bien, señor, la autoridad De padre, que es preferida, Imperio tiene en la vida; Pero no en la libertad. ¿Pues que supiera ántes yo Tu intento, no fuera bien? ¿Y que tú, señor, tambien Supieras mi gusto?
CURCIO.
No, Que sola mi voluntad En lo justo, ó en lo injusto, Has de tener tú por gusto.
JULIA.
Sólo tiene libertad Un hijo para escoger Estado; que el hado impío No fuerza el libre albedrío. Déjame pensar y ver Despacio eso; y no te espante Ver que término te pida; Que el estado de una vida No se toma en un instante.
CURCIO.
Basta que yo lo he mirado, Y yo por tí he dado el sí.
JULIA.
Pues si tú vives por mí, Toma tambien por mí estado.
CURCIO.
¡Calla, infame! ¡calla, loca! Que haré de aquese cabello Un lazo para tu cuello, Ó sacaré de tu boca Con mis manos la atrevida Lengua, que de oir me ofendo.
JULIA.
La libertad te defiendo, Señor, pero no la vida. Acaba su curso triste, Y acabará tu pesar; Que mal te puedo negar La vida que tú me diste: La libertad que me dió El cielo, es la que te niego.
CURCIO.
En este punto á crêr llego Lo que el alma sospechó, Que no fué buena tu madre, Y manchó mi honor alguno; Pues hoy tu error importuno Ofende el honor de un padre, A quien el sol no igualó, En resplandor y belleza, Sangre, honor, lustre y nobleza.
JULIA.
Eso no he entendido yo, Por eso no he respondido.
CURCIO.
Arminda, salte allá fuera. _(Vase.)_
ESCENA VIII.
CURCIO, JULIA.
CURCIO.
Y ya que mi pena fiera Tantos años he tenido Secreta, de mis enojos La ciega pasion obliga A que la lengua te diga Lo que te han dicho los ojos. La señoría de Sena, Por dar á mi sangre fama, En su nombre me envió A dar la obediencia al papa Urbano Tercio. Tu madre, Que con opinion de santa Fué en Sena comun ejemplo De las matronas romanas, Y áun de las nuestras (no sé Cómo mi lengua la agravia; Mas ¡ay infelice! tanto La satisfaccion engaña), En Sena quedó, y yo estuve En Roma con la embajada Ocho meses; porque entónces Por concierto se trataba Que esta señoría fuese Del pontífice: Dios haga Lo que á su estado convenga, Que aquí importa poco ó nada. Volví á Sena, y hallé en ella... Aquí el aliento me falta, Aquí la lengua enmudece, Y aquí el ánimo desmaya. Hallé (¡ay injusto temor!) A tu madre tan preñada, Que para el infeliz parto Cumplia las nueve faltas. Ya me habia prevenido Por sus mentirosas cartas Esta desdicha, diciendo Que, cuando me fuí, quedaba Con sospecha; y yo la tuve De mi deshonra tan clara, Que discurriendo mi agravio, Imaginé mi desgracia. No digo que verdad sea; Mas quien tiene sangre hidalga, No ha de aguardar á creer, Quel imaginar le basta. ¿Qué importa que un noble sea Desdichado (¡oh ley tirana De honor! ¡oh bárbaro fuero Del mundo!) si la ignorancia Le disculpa? Mienten, mienten Las leyes; porque no alcanza Los misterios al efecto Quien no previene la causa. ¿Qué ley culpa á un inocente? ¿Qué opinion á un libre agravia? Miente otra vez; que no es Deshonra, sino desgracia. ¡Bueno es que en leyes de honor Le comprenda tanta infamia Al Mercurio que le roba, Como al Argos que le guarda! ¿Qué deja el mundo, qué deja, Si así al inocente infama, De deshonra, para aquel Que lo sabe y que lo calla? Yo entre tantos pensamientos, Yo entre confusiones tantas, Ni ví regalo en la mesa, Ni hice descanso en la cama. Tan desabrido conmigo Estuve, que me trataba Como ajeno el corazon, Y como á tirano el alma. Y aunque á veces discurria En su abono, y aunque hallaba Verisímil la disculpa, Pudo en mí tanto la instancia Del temer que me ofendia, Que con saber que fué casta, Tomé de mis pensamientos, No de sus culpas, venganza. Y porque con más secreto Fuese, previne una caza Fingida, porque á un celoso Ficciones sólo le agradan. Al monte fuí, y cuando todos Entretenidos estaban En su alegre regocijo, Con amorosas palabras (¡Qué bien las dice quien miente! ¡Qué bien las cree quien ama!) Llevé á Rosmira, tu madre, Por una senda apartada Del camino, y divertida Llegó á una secreta estancia Deste monte, á cuyo albergue El sol ignoró la entrada, Porque se la defendian Rústicamente enlazadas, Por no decir que amorosas, Árboles, hojas y ramas. Aquí, pues, adonde apénas Huella imprimió mortal planta, Solos los dos...
ESCENA IX.
ARMINDA.—DICHOS.
ARMINDA.