Chapter 6
--Ya lo creo, como que fue una cosa muy particular--respondió el señor Macey inclinando la cabeza hacia un costado--. El señor Drumlow... yo lo quería mucho al pobre viejo señor, a pesar de que tenía la cabeza algo confusa, tanto a causa de su edad como a que tomaba un trago de algo caliente cuando el oficio de la mañana tenía lugar haciendo tiempo frío... y el joven señor Lammeter quiso a todo trance casarse en enero, mes que es, sin duda, poco razonable escoger, porque el casamiento no es como un bautismo o un entierro que no se puede aplazar. Ahora bien, cuando el señor Drumlow... el pobre viejo señor, yo lo quería... cuando el viejo señor Drumlow llegó a las preguntas, las hizo en sentido contrario, por así decirlo. Dijo: «¿Queréis tomar a este hombre por vuestra mujer legítima?» En seguida preguntó: «¿Queréis tomar esta mujer por vuestro legítimo marido?» Pero, lo mejor del caso, es que sólo yo me di cuenta de aquello, y que los novios contestaron en seguida «sí» como si yo mismo hubiera dicho amén cuando debía, sin haber escuchado lo que precedía.
--Pero vos sabíais bien lo que estaba pasando, ¿verdad, señor Macey? ¿Vos no hacíais oídos sordos, no es cierto?--dijo el carnicero.
--¡Dios mío!--prosiguió el señor Macey, haciendo una pausa y sonriendo al ver la pobre imaginación de su auditorio--; yo estaba tembloroso; yo estaba, por así decirlo, como una levita tirada por los dos faldones, porque no podía detener al pastor, no podía echarme encima esa responsabilidad. Sin embargo, pensaba, ¿y si no estuvieran bien casados, porque las palabras han sido dichas al revés? Después mi cabeza se puso a trabajar como un molino, porque siempre ha sido extraordinaria para volver y revolver las cosas, y encaminarlas por todos sus costados. En seguida me dije: «¿No será más bien el espíritu que las palabras lo que hace el matrimonio indisoluble?» En efecto, el pastor procedía de buena fe, y el novio y la novia también. Y entonces, cuando me puse a reflexionar, vi que el espíritu significaba bien poca cosa en la mayor parte de los hechos, puesto que vos queréis poder pegar varios objetos juntos y la cola ser mala, y en ese caso, ¿qué resulta? Entonces llegué a esta conclusión: «No es el espíritu lo que vale, es la cola». Y me sentía tan atormentado como si tuviera tres campanas echadas a vuelo en mi cabeza cuando pasamos a la sacristía, y se comenzó a firmar. ¿Pero para qué sirven tantas palabras? Vosotros no podéis imaginaros lo que pasa en el espíritu de un hombre inteligente.
--Sin embargo, ¿os contuvisteis a pesar de todo?, señor Macey, ¿no es cierto?--dijo el tabernero.
--Sí, me contuve por completo, hasta que me encontré solo con el señor Drumlow. Entonces se lo dije todo, respetuosamente, sin embargo, como siempre. El pastor tomó la cosa ligeramente, y dijo: «¡Bah! ¡bah! Macey, tranquilizaos; no es el espíritu ni la letra lo que vale: es el registro del casamiento lo que resuelve el caso; ésa es la cola.» De modo que ya veis que resolvió el caso fácilmente. Los pastores y los doctores lo saben todo, por decirlo así, de memoria, y no los mortifica la preocupación de distinguir los lados buenos y malos de las cosas, como a mí me ha sucedido tantas veces. Y de lo que no cabe duda es que el casamiento resultó feliz. Lo malo es que la pobre señora Lammeter, antes señorita Osgood, murió antes de que sus hijos fueran grandes. Sea como fuera, en lo que concierne a la prosperidad de todo lo que es honorable, no hay familia que sea más considerada que ésa.
Todo el auditorio del señor Macey había oído aquella historia repetidas veces. Sin embargo, la oyeron como quien escucha un aire favorito, y en ciertos pasajes dejaron un momento de fumar las pipas, a fin de consagrar toda su atención a las palabras que esperaban. Pero no había concluido aún aquello, porque el señor Snell hizo a tiempo la pregunta que debía motivar la continuación del relato.
--A propósito, ¿no se ha dicho que el viejo señor Lammeter poseía una bonita fortuna cuando vino a este país?
--Sí, es exacto--repuso el señor Macey--; pero el señor Lammeter, actualmente existente, no ha podido hacer otra cosa que conservarla intacta, según creo. Siempre se ha dicho que nadie podía enriquecerse en las Gazaperas. Y, sin embargo, arrienda la propiedad barata, porque es lo que se llama un bien de fundación.
--Sí; hay pocas personas que sepan tan exactamente como vos cómo se volvió esa tierra un bien de fundación, ¿no es cierto, señor Macey?--dijo el carnicero.
--¿Y cómo lo sabrían?--replicó el viejo chantre con cierto desprecio--. Pero mi abuelo hizo la librea de los _grooms_ de ese señor Cliff que vino a edificar las caballerizas de las Gazaperas. Son caballerizas cuatro veces más grandes que las del squire Cass, porque Cliff sólo pensaba en caballos y en cacerías. Era un sastre de Londres que, según decían algunas personas, se había vuelto loco a fuerza de engañar a la gente. No podía montar a caballo. Pretenden que no podía apretar el caballo, como si sus piernas fueran tenacillas. Mi abuelo le oyó contar eso al viejo squire Cass repetidas veces. Sin embargo, quería andar a caballo a todo trance, como si lo impulsara el demonio. Tenía un hijo, un mozo de diez y seis años, y su padre no quería que hiciera otra cosa más que entregarse continuamente a la equitación, bien que, según refieren, a ese joven lo asustara la equitación.
Todos decían que el padre quería quitarle al hijo todo lo que tenía éste de sastre, para convertirlo en un gentilhombre a fuerza de hacerlo montar a caballo. «No es porque sea sastre; pero, considerando que Dios me ha colocado en esta condición, estoy orgulloso de ello, porque las palabras «Macey, sastre», fueron inscriptas encima de nuestra puerta, antes de que la efigie de la reina Ana desapareciera de los chelines. En cuanto a Cliff, tenía vergüenza de que lo llamaran sastre. Además, lo mortificaba cruelmente que se burlaran de su manera de montar, y ninguna persona de distinción de la vecindad lo podía soportar. Entretanto, su pobre hijo cayó enfermo y murió. El padre no le sobrevivió mucho. Se había puesto más extravagante que nunca. Cuentan que iba a sus caballerizas a altas horas de la noche, provisto con una linterna y que colocaba en ellas muchas velas encendidas. Había llegado a no poder dormir, y se lo pasaba allí, haciendo chasquear el látigo y mirando los caballos. También se ha dicho que es un milagro que las caballerizas no quedaran reducidas a escombros, con los pobres animales encerrados en ellas. Pero, por fin, murió delirando, y se encontró que había dejado sus propiedades--las Gazaperas y el resto--a una fundación de Londres. Así fue cómo las Gazaperas se volvieron un bien de fundación. Sin embargo, por lo que concierne a las caballerizas, el señor Lammeter no las ha usado nunca porque son de proporciones exorbitantes. ¡Dios mío! Si hiciera golpear las puertas habría en la mitad de la parroquia un estruendo igual al del trueno.
--Sí; pero en esas caballerizas pasan más cosas que las que pasan en pleno día, ¿no es cierto, señor Macey?--dijo el tabernero.
--Sí, sí, pasad por allí una noche obscura--dijo el señor Macey parpadeando misteriosamente los ojos--, y después haced creer, si queréis, que no habéis visto luces en las caballerizas y que no habéis oído el piafar de los caballos ni el chasquear del látigo, ni aullidos, cuando empieza a clarear el día. Desde mi infancia, siempre oí decir que eso era la «licencia de Cliff», pues ciertas personas pretendían que, por decirlo así, ése era el momento en que el demonio dejaba de asarlo. Eso es lo que me contó mi padre, que era un hombre de buen sentido, bien que ahora haya personas que sepan lo que pasó antes que ellas nacieran mejor de lo que entienden sus negocios.
--¿Qué decís de esto, eh, Dowlas?--dijo el tabernero, volviéndose hacia el herrador que ardía de impaciencia por tomar la palabra--. Ahí tenéis un buen problema para vos.
El señor Dowlas era el espíritu escéptico de la reunión, y estaba orgulloso de ese título.
--¿Lo que digo? Digo lo que diría un hombre de buen sentido que no cerrara los ojos para mirar un poste indicador, si tuviera necesidad de averiguar su camino; digo que estoy dispuesto a apostar diez libras esterlinas con toda persona que quiera ir junto conmigo, durante cualquier noche que haga buen tiempo, a los terrenos que quedan frente a las caballerizas de las Gazaperas, y digo que no veremos luces y que no oiremos más ruidos que el soplar de nuestras narices. Eso es lo que digo, y he dicho muchas veces. Pero no hay nadie que quiera arriesgar un billete de diez libras por esos fantasmas de que se habla con tanta seguridad.
--Pero, Dowlas, no es muy ingenioso en verdad hacer una apuesta en tales condiciones--dijo Ben Winthrop--. Lo mismo podríais apostar con un hombre que no atrapará un romadizo, si pasa la noche metido en el charco, con el agua hasta el pescuezo, durante un tiempo glacial. Tendría gracia que alguien se expusiera a morir por ganar una apuesta. Las gentes que creen en la licencia de Cliff, no se atreverán jamás a acercarse a aquel lugar por diez libras esterlinas.
--Si el señor Dowlas quiere conocer la verdad sobre este asunto--dijo el señor Macey con sonrisa sarcástica, golpeándose los pulgares el uno contra el otro--, no tiene para qué hacer apuestas; que vaya allá solo, nadie se lo impedirá. Entonces podrá decirles a los vecinos de la parroquia que están equivocados.
--¡Gracias! le quedo agradecido--dijo el herrador con un gruñido de desprecio--. Si las gentes son tontas, no es cosa mía. Yo no tengo necesidad de averiguar la verdad sobre los aparecidos; ya lo sé. Pero no me opongo a una apuesta, con tal de que todo sea leal y sincero. Que apuesten conmigo diez libras esterlinas a si voy a ver la licencia de Cliff, e iré a estar allá solo. No necesito compañía. Y lo haría con tanta facilidad como cargo mi pipa.
--¿Pero quién os vigilará, Dowlas, para confirmar que estáis allá? La apuesta no sería leal.
--¿La apuesta no sería leal?--replicó el señor Dowlas con cólera--. Quisiera, que se presentara alguien que dijese que quiero apostar deslealmente. Vamos, vamos, maese Lundy, quisiera oíros decir eso.
--Muy probablemente lo querríais--dijo el carnicero--. Eso no es cuenta mía. No tengo que hacer tratos con vos, y no voy a tratar de que me hagáis una rebaja. Si alguien desea haceros una oferta igual a vuestra estimación, que lo haga. Yo estoy por la paz y la tranquilidad, eso es.
--Sí, eso es lo que desea todo, perro que ladra así que se le amenaza con el palo--dijo el herrador--. Pero yo no tengo miedo ni de un hombre ni de un fantasma, y estoy pronto a apostar lealmente. Yo no soy un gozquijo que dispara.
--Sí, pero ved lo que sucede, Dowlas--dijo el tabernero con una voz llena de candor y de tolerancia--. Hay gentes, a mi entender, que no pueden ver un fantasma, aunque éstos se los pongan por delante como un poste. Y esto tiene su razón de ser. Por ejemplo, ahí tenéis a mi mujer que no huele nada, aunque le pongáis bajo las narices el queso más fuerte. Yo nunca he visto fantasmas; pero entonces me digo: «Muy probablemente tú no tienes el olfato necesario.» Es decir, que pongo el fantasma en lugar de un olor y viceversa. Por eso es que estoy por las dos opiniones. Como siempre digo, la verdad está entre los dos. Si Dowlas fuese a pasar la noche delante de las caballerizas y viniese a decirnos que no ha visto el menor rastro de la licencia de Cliff, yo estaría con él; pero si alguien me dijese que, a pesar de ello, la licencia de Cliff existe realmente, yo también estaría con él, porque el olfato es lo que me guía.
El argumento analógico del tabernero no fue bien aceptado por el herrador, que era un hombre fundamentalmente opuesto a los términos medios.
--¡Bah! ¡bah! ¡bah!--dijo con nueva irritación, dejando el vaso--, ¿qué tiene que ver aquí el olfato? ¿Un fantasma le ha puesto nunca a nadie negro el ojo? Eso es lo que desearía saber. Si los fantasmas quieren que crea en ellos, que se dejen de deslizarse furtivamente en los sitios obscuros y solitarios; que vengan a donde hay gente y luz.
--¡Como si a los aparecidos les importara que crea en ellos un hombre tan ignorante como vos!--dijo el señor Macey, profundamente desalentado de ver en el herrador aquella grosera incapacidad para comprender la naturaleza de los fenómenos concercientes a los fantasmas.
VII
Un momento después, sin embargo, pareció que los fantasmas fueran de naturaleza más condescendiente que lo que pretendía el señor Macey, porque de pronto se vio la figura pálida y flaca de Silas Marner. De pie entre la luz cálida de la pieza, no profería palabra, pero giraba por la asamblea la mirada de sus ojos extraños y sobrenaturales. Las largas pipas hicieron un movimiento simultáneo, como el de las arterias de insectos asustados. Todos los presentes, sin exceptuar al escéptico herrador, tuvieron la impresión de que veían a un aparecido y no a Silas Marner en carne y hueso. En efecto, la puerta por que había entrado Silas estaba oculta por los bancos de alto respaldar, y nadie había advertido su llegada.
Se podría suponer que el señor Macey, sentado muy lejos del aparecido, gozaba con el triunfo de sus argumentos, triunfos que debían tender a neutralizar su parte en la alarma general. ¿No había dicho siempre que cada vez que Silas Marner tenía un extraño éxtasis, su alma se libraba de su cuerpo? La prueba estaba allí. Sin embargo, todo bien considerado, no hubiera estado menos satisfecho sin la aparición. Durante algunos instantes reinó un silencio de muerte: el cansancio y el jadeo no le dejaban hablar a Marner. El tabernero, impulsado por el sentimiento que constantemente le animaba, que era su deber de tener casa abierta para todos y confiando en la protección de su inconmovible neutralidad, tomó al fin sobre sí la tarea de conjurar el espíritu.
--Maese Marner--dijo con tono conciliador--, ¿qué queréis? ¿qué venís a traer aquí?
--¡Robado!--respondió Silas, jadeante--. ¡He sido robado! Busco al constable... y al juez... y al squire Cass... y al señor Crackenthorp.
--Sujetadlo, Jacobo Rodney--prosiguió el tabernero, en quien se disipaba la idea del fantasma--. Me parece que ha perdido la cabeza; está empapado hasta los huesos.
Jacobo Rodney, sentado muy cerca de la entrada de la pieza, estaba al alcance del sitio en que Marner seguía de pie; pero negó sus servicios.
--Venid a sujetarlo vos mismo, señor Snell, si se os ocurre--respondió Jacobo con bastante mal humor--. Ha sido robado y asesinado también a lo que parece--agregó en voz baja.
--¡Jacobo Rodney!--dijo Silas, volviéndose hacia él y clavando sus ojos extraños en el hombre que sospechaba.
--¿Qué hay, maese Marner, qué me queréis?--replicó Jacobo, temblando un poco y asiendo su jarro a manera de arma defensiva.
--Si sois vos quien me ha robado mi dinero--dijo juntando sus manos suplicantes, y alzando la voz hasta gritar--, devolvédmelo y os... daré una guinea.
--¡Yo... robado su dinero!--replicó Jacobo, colérico--; os voy a tirar este jarro a las narices si decís que soy... yo, el que ha robado vuestro dinero.
--Vamos, vamos, maese Marner--dijo el tabernero, poniéndose de pie entonces con aire resuelto y tomando a Marner por un hombro--; si tenéis que hacer alguna denuncia, hacedla de un modo razonable y demostrad que estáis en vuestro buen sentido; de otro modo nadie os escuchará. Estáis empapado como una rata ahogada. Sentaos, secad vuestra ropa y hablad con franqueza.
--¿Habéis oído, viejo?--continuó el herrador, que comenzó a darse cuenta de que no se había portado de una manera digna de él y a la altura de la situación--. No sigáis mirando fijamente a las personas y no gritéis más, porque, si no, vamos a haceros maniatar como a un insensato. Por eso fue que no hablé en seguida, diciéndome: este buen hombre está loco.
--Sí, sí, hacedlo sentar--dijeron en coro varios de los asistentes, muy contentos con que la existencia de los aparecidos quedara sin resolver.
El tabernero le obligó a Marner a quitarse el saco, y después a sentarse en una silla en medio de un círculo de modo que, apartado de las personas, recibiera directamente el calor de la chimenea.
El tejedor, demasiado abatido para tener más propósito claro que el de conseguir auxilio, a fin de recuperar su dinero, se sometió sin resistencias. Los temores pasajeros de la reunión habían desaparecido, sucediéndoles un vivo sentimiento de curiosidad, y todas las fisonomías estaban hacia Silas, cuando el tabernero, después de volverse a sentar, habló de nuevo.
--Bueno, veamos, maese Marner, qué es lo que tenéis que decir... decís que os han robado. Explicaos claramente.
--¡Haría bien en no volver a decir que soy yo quien lo ha robado!--exclamó Jacobo Rodney con energía--. ¿Qué habría hecho con su dinero? También hubiera podido robar la sobrepelliz del pastor y ponerla encima.
--Contened vuestra legua, Jacobo, y escuchemos lo que tiene que decir--prosiguió el tabernero--. Vamos, hablad, maese Marner.
Entonces Silas contó lo que le pasaba, y fue frecuentemente interrumpido por las preguntas a medida que el carácter misterioso del robo se volvía evidente.
Aquella situación extraña y nueva para él de tener que exponer sus cuitas a los vecinos de Raveloe, de estar sentado al calor de un hogar que no era el suyo, y de sentirse en presencia de fisonomías y de voces que hacían nacer en él las primeras esperanzas de socorro, ejerció sin duda alguna cierta influencia sobre Marner, a pesar de la viva preocupación que le causaba el infortunio. Nuestra conciencia no percibe el principio de un desarrollo moral, como no percibe un desarrollo de la naturaleza; la savia ha circulado ya muchas veces antes de que descubramos el menor signo de un brote.
La ligera sospecha con que sus oyentes le habían escuchado al principio, se disipó gradualmente ante la sencillez convincente de su desgracia. Les era imposible a aquellos vecinos dudar de la veracidad de Marner. No podían, a decir verdad, basándose en la naturaleza de los hechos relatados por él, afirmar inmediatamente que no tenía motivos para exponerlos con fealdad; pero, como lo hizo observar el señor Macey, no es probable que personas que tienen al diablo en su favor, se abatieran tanto como el pobre Silas. Más bien, dada la circunstancia extraña de que el ladrón no había dejado rastro y había sabido el momento oportuno en que Silas había salido sin cerrar la puerta, momentos que un oyente mortal no hubiera podido calcular de ningún modo, la conclusión más natural que podía sacar parecía ser que la intimidad poco honorable del tejedor con el diablo, si es que había existido nunca, debía estar destruida. Por lo tanto, aquel mal golpe le había sido hecho a Marner por alguien a quien en balde perseguiría el constable. Qué motivo habría tenido el ladrón sobrenatural para verse obligado necesariamente a esperar que Silas se olvidara de cerrar la puerta con llave, no se le ocurrió a nadie.
--No ha sido Jacobo Rodney quien ha hecho eso, maese Marner--dijo el tabernero--. No hay por qué sospechar del pobre Jacobo. Quizá hubiera que arreglar una cuentecita con él a propósito de una lucha o dos, si uno hubiera de estar siempre con los ojos bien abiertos y no cerrarlos nunca. Pero Jacobo ha estado toda la tarde bebiendo aquí su jarro de cerveza, como la persona más honorable de la parroquia. Ya estaba aquí antes de la hora en que, según vuestra declaración, salisteis de vuestra casa, maese Marner.
--Sí, sí--prosiguió el señor Macey--; no acusemos al inocente. Eso es contrario a la ley. Es preciso que haya personas que juren que un hombre es culpable, antes que pueda ser detenido. No acusemos al inocente, maese Marner.
La memoria de Silas no estaba tan dormida, que no fuera capaz de despertar al oír aquellas palabras. Bajo la influencia de un movimiento de arrepentimiento, tan nuevo y extraño para él como lo hubiera sido cualquiera otra cosa en la hora en que acababa de transcurrir, se alzó de su silla y se acercó a Jacobo para ver claramente la expresión de su fisonomía.
--He hecho mal--le dijo--, sí, sí... debí reflexionar. No hay ninguna prueba contra vos, Jacobo. Pero vos sois la persona que más ha entrado en mi casa. Por eso fue que os recordé. No os acuso. No quiero acusar a nadie. Solamente--agregó con su ofuscación desesperada, tomándose la cabeza entre las manos y volviéndose a mirar a los presentes--me esfuerzo... me esfuerzo por imaginar dónde están mis guineas.
--¡Ah, ah! han ido a donde hace bastante calor para fundirlas, creo--dijo el señor Macey.
--¡Vamos!--repuso el herrador.
Y preguntó entonces con el aire de un juez que le hace al testigo preguntas capciosas:
--¿Cuánto dinero podía haber en los talegos, maese Marner?
--Doscientas setenta y dos libras esterlinas, doce chelines y medio chelín, había ayer noche cuando las conté--dijo Silas exhalando un suspiro y volviéndose a sentar.
--¡Bah! No era tan pesado de cargar. Entró el vagabundo, y se las llevó. En cuanto a la ausencia de pasos, y a los ladrillos y la arena que no habían sido removidos, vuestros ojos son bastante parecidos a los de un insecto, maese Marner; estáis obligado a mirar de tan cerca, que no podéis ver muchas cosas a la vez. Me parece que si hubiese estado en vuestro lugar, o vos en el mío--pues viene a ser lo mismo--, no os habríais imaginado que todo estaba como lo habíais dejado. He aquí lo que propongo: que dos hombres de los más sensatos aquí presentes vayan con vos a casa del señor Kench, el constable--está enfermo en cama, según he oído--, para pedirle que nombre a uno de nosotros su suplente; porque esa es la ley, y no creo que nadie piense en contradecirme sobre este punto. No queda muy lejos de aquí lo del señor Kench. Entonces, si soy yo el nombrado suplente, iré con vos, maese Marner, y examinaré el sitio. En caso de que alguien quiera contradecir esto, le agradeceré que se ponga de pie y lo diga con franqueza.
Con este discurso importante, el herrador había recuperado su propia estima, y esperaba que se le designara como uno de los hombres más sensatos.
--Veamos, entretanto, qué tiempo hace--dijo el tabernero, que se consideraba como personalmente interesado en aquella proposición--. ¡Pero si, sigue lloviendo a cántaros!--agregó en seguida de abrir la puerta.
--Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia--dijo el herrador--. Hará mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos nada para atenderla.
El tabernero fue de la misma opinión, y después de haber pedido el asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una pequeña ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de «Nolo episcopari» (no quiero ser obispo), consintió en aceptar el refrigerante honor de ir a casa del señor Kench. Pero, con gran espanto del herrador, la proposición que él hiciera de ser suplente de constable levantó una objeción de parte del señor Macey. Aquel viejo oráculo, que pretendía conocer la ley, declaró que ningún médico podía ser constable, que ese hecho le había sido transmitido por su padre.
--Y usted es médico, me parece, aunque no sea usted más que médico veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un tábano--dijo para terminar el señor Macey, algo maravillado por su sagacidad.
Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por supuesto, no quería renunciar a su título de médico, pero sostenía que un médico podía ser constable si quería, que el sentido de la ley era sencillamente que no se le podía obligar a ser constable si no lo deseaba. El señor Macey consideró esta interpretación como un absurdo, visto que la ley no podía tener más diferencias con los médicos que con las demás personas. Agregó que si estaba en la naturaleza de los médicos el desear menos que los demás mortales el ser constable, ¿cómo era que el señor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?