Silas Marner

Chapter 5

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La influencia del hábito tenía que ser necesariamente poderosa en un hombre cuya vida era tan monótona como la de Marner. No viendo a nuevas gentes, y no oyendo hablar de ningún acontecimiento, no había nada que mantuviera despierto en él la idea de lo inesperado y del cambio. Eso explica también de una manera bastante sencilla por qué su espíritu podía estar tranquilo, aunque hubiera dejado su casa y su tesoro más expuestos que de costumbre.

Silas pensaba en su cena con doble satisfacción: en primer lugar sería caliente y sabrosa; en segundo lugar, no le costaba nada. En efecto, el pequeño trozo de cerdo era un regalo de la excelente dueña de casa, la señorita Priscila Lammeter, a quien había ido a llevar aquella tarde una linda pieza de hilo, y era sólo en tales circunstancias que Marner se permitía comer carne asada. La cena era su comida favorita, porque coincidía con la hora deliciosa para él en que le alegraba su contemplado tesoro.

Toda vez que llegaba a tener carne que asar, la reservaba para la comida. Pero esa tarde, apenas hubo terminado la operación consistente en anudar fuertemente una cuerda alrededor del trozo de puerco, arrollar a aquélla, según las reglas, en la llave de la puerta, pasarla a través del anillo y atarla al gancho de la chimenea, cuando se acordó de que le era indispensable un ovillo de cordoné muy fino para comenzar una pieza en el telar, al día siguiente muy temprano. Se había olvidado de eso porque al volver de casa del señor Lammeter no había tenido que atravesar la aldea; en cuanto a salir a hacer compras por la mañana no había que pensar. La niebla estaba muy fea para salir; pero había cosas que Silas prefería a sus comodidades. Subió, pues, el trozo de puerco a la extremidad del gancho, y luego, armándose de una linterna y de una bolsa vieja, se marchó a hacer aquella compra olvidada, que, con buen tiempo, sólo le hubiera tomado un cuarto de hora. No hubiera podido cerrar la puerta sin desatar la cuerda bien anudada y retrasar de ese modo la cena; no había para qué hacer ese sacrificio. ¿Qué ladrón tomaría el camino de las canteras con semejante noche, y por qué había de hacerlo precisamente esa noche, cuando no le había sucedido eso nunca en los quince años precedentes? Estas preguntas no se presentaban claramente al espíritu de Marner. Sólo sirven para indicar que vagamente se daba cuenta de las razones que tenía para estar exento de inquietud.

Muy contento con haber hecho la diligencia de la compra, llegó a su puerta y la abrió. Para sus ojos miopes todo estaba en el estado en que lo había dejado, a no ser que el fuego despedía una mayor y bien venida cantidad de calor. Caminaba hacia una parte y otra del suelo, a la vez que se iba desprendiendo de la linterna, del sombrero y de la bolsa vieja; así es que sus zapatos herrados borraron las huellas que los pies de Dunstan habían dejado en la arena. En seguida bajó el trozo de cerdo cerca del fuego, y se sentó para proceder a la ocupación agradable de cuidar el asado y a la vez calentarse. Cualquiera que lo hubiese observado mientras que la luz rojiza brillaba en su rostro pálido, en sus ojos extraños y dilatados y sobre su cuerpo flaco, hubiera quizá comprendido la mezcla de piedad desdeñosa, de temor y de sospecha con que era mirado por sus vecinos de Raveloe. Sin embargo, pocos hombres podía haber más inofensivos que el padre Marner. En su alma ingenua y sincera, ni aun la avaricia creciente y el culto de oro eran capaces de engendrar un solo vicio capaz de perjudicar directamente a nadie. Habiéndose apagado la luz de su fe, y habiendo agotado sus afectos, se había apegado con todas las fuerzas de su naturaleza a su trabajo y a su dinero; y, como todos los objetos a que el hombre se consagra, esas cosas lo habían plasmado para adaptarlo a ellas. Su telar, en el que trabajaba sin reposo, había reaccionado sobre él, fortificando a su corazón el deseo de oír la repuesta de su ruido monótono. Y su tesoro, mientras estaba inclinado sobre él y lo veía crecer, conjuraría en su alma la facultad de amar, la endurecía y la aislaba como las monedas de metal que lo componían.

Así que sintió calor, se puso a pensar que sería muy largo esperar el fin de la comida para sacar sus guineas, y que le agradaría verlas en la mesa mientras que se diera aquel regalo insólito; porque la alegría es el mejor de los vinos, y las guineas de Marner eran un vino de esa especie.

Se levantó y colocó la vela en el suelo, cerca del telar, no sospechando nada; después quitó la arena sin advertir ningún cambio, y sacó los ladrillos.

La vista del agujero vacío hizo latir su corazón con violencia; pero la convicción de que su oro ya no estaba allí, no la tuvo de inmediato; sólo sintió terror. Pasó la mano trémula por el escondite, tratando de imaginarse que era posible que sus ojos lo hubiesen engañado; después metió la vela en el agujero e hizo una inspección minuciosa, temblando cada vez más. Por fin su agitación fue tan violenta que dejó caer la vela y se llevó las manos a la cabeza, tratando de sostenerla, con el fin de poder pensar. ¿Acaso, por una determinación brusca, había puesto su tesoro en otra parte la noche precedente y, después lo había olvidado?

El hombre que cae en aguas tenebrosas, trata momentáneamente de hacer pie hasta sobre las piedras resbaladizas, y Silas, procediendo como si creyera en falsas esperanzas, aplazaba el momento de la desaparición. Buscó por todos los rincones, deshizo su cama, la sacudió y la palpó toda, después miró en el horno de ladrillo donde ponía a secar la leña. Cuando no quedó ningún otro sitio que visitar, se arrodilló de nuevo y registró otra vez el agujero. No le quedaba ya ningún refugio inexplorado que lo protegiera un momento más contra la terrible verdad.

Sí, le quedaba una especie de refugio que se presenta siempre cuando el pensamiento sucumbe bajo una pasión que lo abisma: era esa espera de las imposibilidades, esa creencia en las imágenes contradictorias que es, sin embargo, distinta de la locura, porque la realidad del hecho exterior puede hacerla desaparecer. Silas se irguió trémulo sobre las rodillas y miró alrededor de la mesa; ¿no estaría allí su oro, al fin y al cabo? La mesa estaba vacía. Entonces miró atrás suyo, recorrió con la vista toda la pieza, pareciendo dilatar sus pupilas negras para ver si, por casualidad, las bolsas, no aparecían en los sitios en que las había buscado en vano. Podía distinguir todos los objetos de su choza, pero su oro no estaba allí.

Se llevó de nuevo las manos trémulas a la cabeza y lanzó un grito salvaje y estrepitoso, el grito de la desesperación. Después, durante algunos momentos, permaneció inmóvil; pero aquel grito lo había librado de la primera opresión de la verdad, opresión que lo sofocaba, se volvió, adelantó vacilante hasta su telar y se sentó en el banco en que trabajaba habitualmente, buscando instintivamente aquel sitio, porque era para él la más grande certidumbre de la realidad.

Ahora que todas aquellas falsas esperanzas se habían desvanecido, y que la primera certidumbre había pasado, la idea de un ladrón comenzó a presentarse a su espíritu. La acogió rápidamente, puesto que era posible atrapar al ladrón y hacerle devolver el dinero. Aquel pensamiento le dio nuevas fuerzas. Se precipitó de su telar a la puerta. Al abrirla lo azotó una lluvia violenta, porque estaba lloviendo con fuerza cada vez mayor. No había que pensar en seguir la huella de los pasos con semejante noche. ¡Huellas de pasos! Pero, ¿cuándo había estado allí el ladrón? Durante la ausencia de Silas, en el día, la puerta había permanecido cerrada con llave, y, cuando volvió antes de la noche, no había señales de fracción. También todo estaba como lo había dejado cuando regresó de comprar el cordoné. La arena y los ladrillos no parecían haber sido movidos. ¿Era realmente un ladrón el que había sacado los talegos? ¿o era una potencia cruel, que ninguna mano podría alcanzar, que se había deleitado en sumirle por segunda vez en la desesperación? Retrocedió ante este terror más vago, e hizo un violento esfuerzo para confirmarse en la idea de que era un ladrón con manos, y que las manos pueden agarrar.

En un relámpago, el pensamiento de Marner recorrió a todos los vecinos que le habían hecho observaciones o preguntas que pudieran ser ahora interpretadas como motivos de sospecha.

Allí estaba Jacobo Rodney, cazador furtivo bien conocido, y que no gozaba de buena reputación, bajo otros respectos; se había encontrado a menudo con Marner, cuando éste tenía que hacer algunas diligencias atravesando campos y le había hecho algunas bromas respecto del dinero.

Además, había irritado a Marner un día, que habiendo entrado a su choza para encender la pipa, se había demorado cerca del fuego, en vez de ir a sus tareas. Jacobo Rodney era el ladrón; aquella idea le daba algún alivio. Se podía encontrar a Jacobo y hacerle devolver el dinero. Marner no quería castigarle, pero sí sólo recuperar el oro que se había llevado consigo, dejando su alma en un aislamiento parecido al del viajero extraviado en un desierto desconocido. Había que poner la mano sobre el ladrón. Las ideas de Marner eran confusas; sin embargo, comprendía que debía ir a denunciar el robo, y los grandes personajes de la aldea--el pastor, el condestable y el squire Cass--le harían devolver a Jacobo Rodney o a cualquiera otra persona el dinero robado.

Estimulado por la esperanza salió afuera, olvidando de cubrirse la cabeza y sin preocuparse de cerrar la puerta, pues le parecía que ya no tenía nada que perder. Corrió rápidamente hasta que la falta de respiración lo obligó a acortar el paso al entrar en la aldea, en la vuelta del camino, cerca de la taberna del _Arco Iris_.

El _Arco Iris_, para los ojos de Marner, era un sitio suntuoso de reunión para los maridos opulentos y corpulentos, cuyas esposas tenían superfluas provisiones de lencería. Era el sitio en que tenía que encontrar probablemente a las autoridades y a los dignatarios de Raveloe; donde podría anunciar con mayor rapidez el robo de que había sido objeto.

Llegó a la puerta, abrió el pestillo y entró a la derecha en una taberna, especie de cocina brillantemente iluminada, en que los clientes menos considerados de la casa tenían la costumbre de reunirse. La pieza particular de la izquierda estaba reservada a la sociedad escogida, y allí el squire Cass gozaba con frecuencia el doble placer de la buena compañía y de la condescendencia. Pero aquella pieza estaba a obscuras porque los principales personajes que constituían el ornamento del círculo asistían todos--como Godfrey Cass--al baile dado por la señora Osgood.

De ahí resultaba que el grupo sentado en los bancos de alto respaldar de la taberna era más numeroso que de costumbre. Varios notables que, a no ser aquella circunstancia, hubiesen sido admitidos a los honores del gabinete particular y hubieran proporcionado la mejor ocasión a los que eran de un rango más elevado de echárselas de señores y tomar aires protectores, se contentaban con variar de placer tomando grogs, allí donde ellos mismos podían darse importancia y mostrarse afables, en la sociedad de simples bebedores de cerveza.

VI

La conversación, que era en extremo animada cuando Silas llegó al _Arco Iris_, había sido como de costumbre lánguida e intermitente al empezar a formarse la reunión.

Los clientes habituales habían comenzado por ponerse a fumar sus pipas en un silencio rayano en la gravedad. Los más importantes de ellos, los que bebían alcoholes y estaban sentados más cerca del fuego, se miraban los unos a los otros, como si hubieran apostado al que primero cerraría los ojos.

En cuanto a los bebedores de cerveza, gentes vestidas en su mayor parte con sacos de fustán o blancos, permanecían con los párpado cerrados y se pasaban la mano por la boca. Se hubiera dicho que absorber sus tragos de cerveza constituía para ellos un deber fúnebre, que desempeñaban con afligente tristeza.

Por fin, el señor Snell, el tabernero, hombre dispuesto a ser neutral y acostumbrado a permanecer alejado de las desinteligencias humanas, como inherentes a seres que tenían todos a igual título necesidad de beber, rompió el silencio diciéndole con tono indeciso a su primo el carnicero:

--¿Hay gentes que dirían que es un lindo animal el que trajisteis ayer, Bob?

El carnicero, hombre alegre, sonriente, de cabellos rojos, no era capaz de responder inconsiderablemente. Lanzó algunas bocanadas antes de escupir y dijo:

--No se engañarían en mucho, Juan.

Después de esta débil e ilusoria tentativa de romper el hielo, el silencio volvió a ser tan riguroso como antes.

--¿Era una vaca colorada de Durham?--dijo el herrador, reanudando el hilo del discurso después de varios minutos.

El herrador miró al tabernero y el tabernero miró al carnicero, como que era la persona que debía asumir la responsabilidad de la respuesta.

--¿Era colorada--dijo el carnicero, con una voz de falsete alegre, pero ronca--y era sin duda una vaca de Durham?

--Entonces no tenéis para qué decirme a mí a quién la habéis comprado--dijo el herrador mirando a su rededor con cierto aire de triunfo--, conozco a las personas que tienen vacas coloradas de Durham en las inmediaciones. ¿Apostaría dos peniques que tenía una estrella blanca en la frente?

El herrador se inclinó hacia adelante, con las manos en las rodillas, al hacer aquella pregunta, y sus ojos parpadearon con viveza.

--Pues bien, sí, es posible--dijo el carnicero con lentitud, considerando que hacía resueltamente una respuesta afirmativa--. No digo lo contrario.

--Estaba seguro--dijo el herrador con tono provocativo, echándose para atrás--, si yo no conociera las vacas del señor Lammeter, quisiera saber quién las conocería, nada más. Y en cuanto a la vaca que habéis comprado, barata o no, yo estaba allí cuando la purgaron; que me contradiga el que quiera.

El herrador tenía un aire amenazador, y el calor apacible que el carnicero ponía en la conversación, se animó un poco.

--Yo no soy hombre que contradiga a nadie, estoy por la paz y la tranquilidad. Hay personas que prefieren cortar las costillas largas. Por mi parte, soy de los que las cortan cortas; pero yo no me disputo con esas personas. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y sólo al verlo a cualquier persona razonable se le llenan los ojos de lágrimas.

--Pues es la vaca que yo purgué, sea como sea--prosiguió el herrador colérico--, y era la del señor Lammeter; si no es así, habéis mentido al decir que era una vaca colorada de Durham.

--No miento--dijo el carnicero con la misma voz apacible y ronca de antes--, y no contradigo a nadie. Ni aunque un hombre se pusiera azul de cólera, no lo contradeciría; no le compro carne; no hago negocios con él. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y mantengo mi palabra; pero no quiero pelear con nadie.

--¡No, realmente--dijo el herrador con amargo sarcasmo, echando una mirada general sobre los circunstantes--, y puede que no seáis testarudo como una mula, y puede que no hayáis dicho que la vaca no era una Durham colorada, y puede que no hayáis dicho que tenía una estrella blanca en la frente! Sostened ahora eso, ya que estáis bien dispuesto.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo el tabernero--, dejad a esa vaca tranquila. Los dos tenéis razón y los dos estáis equivocados, esto es lo que sostengo siempre. Y en cuanto a que la vaca fuera del señor Lammeter, no digo nada; pero lo que sostengo, y que es preciso se recuerde, es que el _Arco Iris_ es el _Arco Iris_. Y para volver al asunto, si la conversación ha de referirse a los Lammeter, vos, señor Macey, sois el que mejor conocéis ese capítulo, ¿no es cierto? ¿Recordáis la época en que el señor Lammeter vino a este paraje y arrendó las Gazaperas?

El señor Macey era sastre y chantre de la parroquia. Sus reumatismos lo habían obligado hacía poco a compartir esta última función con un joven de facciones delicadas que estaba sentado frente a él. Inclinando su cabeza blanca hacia un costado y haciendo girar sus pulgares con un aire de satisfacción ligeramente acentuada con una pizca de crítica, sonrió con compasión en respuesta a la interpelación del tabernero y dijo:

--Sí, sí; es cierto, es cierto; pero dejo hablar a los demás. Ahora estoy retirado de los negocios y he cedido el puesto a los jóvenes. Dirigid vuestras preguntas a los que han ido a la escuela de Tarley: han aprendido la buena pronunciación: eso se ha puesto de moda hace poco tiempo.

--Si es a mí a quien aludís, señor Macey--dijo el chantre suplente con expresión de meticulosa urbanidad--, responderé que no soy hombre que hable cuando no debo. Como dice el salmo:

Yo sé lo que es justo; eso no basta, Practico también lo que sé.

--Pues bien, entonces, me gustaría que no os salierais del tono cuando se os lo apunta. Si sois de los que practican, me gustaría veros practicar eso--dijo un hombre gordo y jovial, excelente carretonero de oficio toda la semana, pero director del coro de la iglesia los domingos.

Al mismo tiempo que hablaba hizo señas con los ojos a dos personas de la reunión, que eran conocidos oficialmente con los nombres de «trombón» y «clarinete», con la seguridad de que expresaban la opinión del cuerpo musical de Raveloe.

El señor Tookey, el chantre suplente, que compartía la impopularidad común a los suplentes, se enrojeció mucho, pero repitió con moderación discreta:

--Señor Winthrop, si queréis decirme que lo hago mal, no soy hombre capaz de decir que no cambiaré. Pero hay personas que creen tener orejas infalibles, y que esperan que el coro entero tome a sus personas por modelo. Me parece que puede haber dos opiniones.

--Sí, sí--dijo el señor Macey, muy contento con aquel ataque a la juventud presuntuosa--, estáis en lo cierto, Tookey; siempre hay dos opiniones: hay la opinión que un hombre tiene de sí mismo y la opinión que los demás tienen de él. Habría dos opiniones sobre una campana rajada si ésta pudiera oírse a sí misma.

--Pero, señor Macey--dijo el pobre Tookey, que había permanecido serio en medio de la hilaridad general--, yo me he comprometido a llenar en parte las funciones del chantre de la parroquia a pedido del señor Crackenthorp, toda vez que vuestras molestias os incapaciten, y uno de los privilegios de esas funciones es cantar en el coro; y, si no, ¿por qué no hicisteis vos otro tanto?

--¡Ah! pero el señor Macey y vos son dos cosas muy distintas--dijo Ben Winthrop--. El señor tiene un don natural. Mirad, el squire tenía la costumbre de invitarlo a tomar una copa solamente para oírle cantar el «Corsario rojo»; ¿no es cierto, señor Macey? Es un don natural. Si su amiguito Aarón tiene también un don natural, puede cantaros un aire cualquiera sin vacilar, como una alondra. Pero en cuanto a vos, maese Tookey, haríais bien en limitaros a vuestro amén. Vuestra voz no es mala cuando la guardáis en la nariz. Es vuestro interior el que está mal dispuesto para la música: no vale más que el hueco de un zueco.

Esta especie de franqueza inflexible era la forma de broma más picante ante los ojos de la sociedad del _Arco Iris_, y el insulto de Ben Winthrop fue considerado por todos como superior al epigrama del señor Macey.

--Ya veo claramente de qué se trata--dijo el señor Tookey, incapaz de permanecer tranquilo durante más tiempo--. Hay una conspiración para echarme del coro, a fin de que no perciba mi parte del dinero de Navidad. Eso es. Pero le hablaré al señor Crackenthorp; no permitiré que nadie se burle de mí.

--No, no, Tookey--dijo Ben Winthrop--. Os daremos vuestra parte para que os retiréis, eso es lo que haremos. Hay otras cosas que la mugre, que la gente pagaría de buena gana para verse libre de ellas.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo el tabernero, que comprendía que pagar a la gente por su ausencia era un principio social peligroso--; una broma es una broma. Todos los que estamos aquí somos buenos amigos, me parece. Debemos dar para recibir. Los dos tenéis razón y los dos estáis equivocados; eso es lo que sostengo siempre. Yo opino como el señor Macey que hay dos opiniones, y si me pidieran la mía, yo diría que él y Winthrop los dos tienen razón. Tookey tiene razón y Winthrop también; no tienen más que cortar la pera en dos para estar de acuerdo.

El herrador fumaba su pipa con aire bastante hosco, con un cierto desdén por aquella discusión trivial. El tampoco tenía oído para la música, y no iba nunca a la iglesia porque pertenecía al cuerpo médico, y podía ser requerido para las vacas en estado delicado. Pero el carnicero, que era músico en el alma, había escuchado la discusión haciendo a la vez votos por la derrota de Tookey y la conservación de la paz.

--Seguramente--dijo, entrando en las vistas conciliadoras del tabernero--que queremos a nuestro viejo chantre. Cantaba antes muy bien y tiene un hermano que goza fama de ser el mejor menestral de los alrededores. ¡Ah! es muy sensible que Salomón no viva en nuestro pueblo, y que no pueda tocar alguna pieza cuando lo deseamos, ¿no es cierto, señor Macey? Le daría hígado y bofes de ternera gratis, palabra de honor.

--Sí, sí--dijo el señor Macey, en el colmo de la satisfacción--. En nuestra familia tenemos fama de músicos desde la época más remota. Pero estas cosas se van, como yo le digo a Salomón todas las veces que aparece por aquí; ya no hay voces como antaño, y nadie se acuerda de lo que nosotros nos acordamos, excepto de los viejos cuervos.

--Sí, os acordáis del tiempo en que el padre del señor Lammeter vino a establecerse aquí, ¿verdad, señor Macey?--dijo el tabernero.

--Ya lo creo--repuso el viejo chantre, que ahora había pasado por la serie de halagos necesarios para llevarle a comenzar su narración--. Era un lindo viejo, tan guapo, o quizás más, que el señor Lammeter existente actualmente. Venía de un punto cercano, del lado del norte, según pude saber. Pero nadie conoce nada positivo acerca de esa región; pero su pueblo no debía estar muy al norte, y no debía sin duda ser muy distinto de éste, porque el señor Lammeter trajo consigo una linda raza de carneros, de modo que en aquella región había ciertamente apriscos y todo lo que es razonable encontrar. Hemos oído decir que había vendido sus propias tierras para venir a arrendar las Gazaperas. Eso parecía raro por parte de un hombre que tenía propiedades suyas, que viniese a alquilar una granja en un país que no conocía. Pero se dijo que era a causa de la muerte de su mujer, bien que haya en las cosas razones que nadie conoce. Eso es más o menos lo que pude saber. Pero hay personas tan instruidas que encontrarían en el acto cincuenta motivos imaginarios. Mientras tanto, la verdadera razón está ahí rompiéndoles los ojos, y, sin embargo, no la ven. En fin, pronto nos dimos cuenta de que había un nuevo vecino que estaba al cabo de las cosas, tenía una casa bien puesta y era muy estimado de todos. Y el joven--es decir, el señor Lammeter, existente actualmente, y que nunca tuvo hermana--se puso en seguida a festejar a la señorita Osgood, es decir, la hermana del señor Osgood actualmente existente. Era una joven tan bonita como no podríais formaros idea. Pretenden que su joven hija se le parece; pero de ese modo piensan las personas que no saben las cosas que pasaron antes de que ellos nacieran. En cuanto a mí, debo saberlo bien, porque ayudé al viejo pastor señor Drumlow.

Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa. Despachaba su relato por entregas, haciendo pausas para ser interrogado, según la costumbre.

--Sí, y ocurrió una cosa particular. ¿No es cierto? De modo que vos, señor Macey, es probable que os acordéis de ese matrimonio--dijo el tabernero en tono halagador.