Si yo fuera rico! Novela original
Part 6
Con profundo silencio se oyeron las breves razones de Lucía. Doña Bernarda quiso protestar, sin embargo, y hasta empezó á decir:
--Con todo..., repara, sobrina...
--D. Juan querrá tan sólo mi bien--prosiguió ésta con entonación resuelta--y yo, como debo, me allano en todo á su gusto.
--Pero, Lucía..., mi amor...--dijo Ramiro.
--Su amor de usted tendrá la amabilidad de esperar como el mío. Y en cuanto á mi mano, crea usted que se la tenderé con gusto, con mucho gusto, el día que mi padrino se la conceda á usted solemnemente.
No había nada que contestar á una decisión manifestada tan enérgicamente, y como si la casualidad quisiera concluir de hecho aquella conferencia que había concluído de derecho por sí misma, vióse venir á lo lejos á D. Juan Puig, que bajaba por la calle con dirección á la fábrica.
--Ya vuelve--dijo Bernarda dando la señal de alarma.
--Ramiro, cada cual á su puesto. Ustedes, señoras, se quedan aquí: nosotros al escritorio; aquí no ha pasado nada.
Eso dijo Benito con rapidez, y sin hablar más palabra salieron los dos hombres del gabinete.
* * * * *
Cuando Puig entró en el escritorio estaba todo el mundo en su sitio como si efectivamente no hubiera pasado nada.
Volvía el principal un poco más pálido que de costumbre, pero tranquilo y sereno al parecer: atravesó el escritorio, pieza grande y algo destartalada, y sin detenerse en el sitio que acostumbraba en el testero de la mesa donde escribía Ramiro, abrió la mampara que daba á su despachito particular y entró en él, más pensativo que de costumbre. D. Benito y Ramiro le observaban con el rabillo del ojo, fingiendo estar ocupadísimos. La mampara quedó abierta y pudieron ver que Puig dejaba en un rincón su bastón y su sombrero y se ponía á escribir sobre su mesa con verdadero encarnizamiento.
Rispall, el furibundo demagogo, penetró en el escritorio, y con el énfasis peculiar de su oratoria, dijo á D. Benito, casi á gritos:
--El corresponsal de Olot ha venido ya dos veces para decir que se remitan hoy mismo los veinte fardos que ha pedido.
--¿Y por qué no has avisado antes?--dijo D. Juan desde su despacho.
--Porque he tenido otras cosas que hacer--respondió Rispall.--No puede uno estar en todo, por más que quiera.
--Bien, bien--dijo Benito, tratando de apaciguar los ánimos,--no hay más que hablar: dile que se le complacerá en seguida.
--Ya debía eso estar hecho--dijo D. Juan, saliendo del escritorio;--desde ayer tiene Rispall la orden de avisarte.
--Se habrá distraído el pobre; pero nada hay perdido.
--Hay perdido el tiempo que emplea cada uno en no cumplir con su deber. ¡Esto es ya de todo punto insostenible!
--Pero, Juan, me parece que yo siempre cumplo con el mío.
--Nada de esto va contigo... Me refiero á Rispall...
--El infeliz habrá querido hacerlo seguramente; pero una distracción la tiene cualquiera, y... se habrá distraído.
--Eso es, me había distraído..., y no es culpa tan grande.
--¡Basta!--dijo Puig.
--Yo te ruego que le perdones...
--¡Siempre defendiendo á todo el que falta á su obligación! ¡Te has hecho abogado perpetuo de holgazanes y de perdidos!
--Y no creo ofenderte con eso... Mi corazón es bueno.
--No creo que el mío sea malo; pero siendo el tuyo tan superior al mío, bien podías emplearle más en mi provecho y en mi servicio.
--Me parece que en cuanto á cumplir mi obligación...
--Tu obligación primera es mirar por mis intereses, que después de todo son también los tuyos, puesto que de ellos vivimos ambos.
--Yo protesto de tus palabras...
--Dejemos eso: vete á despachar ese asunto, y usted, Sr. Rispall, aguárdese.
Salió Benito cariacontecido del escritorio, y no menos aturdido que su defensor se quedó el criado adivinando el giro que iba tomando el asunto.
Puig se paseaba de un extremo á otro de la habitación, como siempre que tenía que resolver un negocio grave, y parándose de pronto frente á Rispall, le dijo:
--Y tú, desde este mismo instante, puedes ahorrarte todo trabajo y á mí el disgusto de tener que sufrirte...
--En eso estamos de acuerdo. Las elecciones municipales se aproximan, y estoy resuelto á presentar mi candidatura para concejal... ¿Quién sabe si antes de dos años vendrá Ruiz Zorrilla y seré gobernador ó director de contribuciones?
--Tú serás siempre un imbécil, y lo único que debes hacer es aprovechar la lástima que te tengo y comer en la fábrica de limosna, sin robar un salario que desde hoy tendrá en mi casa quien me sirva mejor.
--¿Cómo? ¿Me despide usted de su casa?
--Debía hacerlo por holgazán y por inútil; pero ¿dónde has de ir, infeliz?
--Vamos: ¡si en eso había de venir á parar la antipatía que usted me ha tenido siempre! Claro, ¡como que he sido cantonal!
--Lo que tú has sido y serás toda tu vida es tonto de capirote.
--¡No me trataría usted de este modo si hubiesen triunfado las Cortes el 3 de enero! Pavía es el que tiene la culpa de lo que á mí me pasa.
--Bueno, pues quéjate á Pavía y quédate á comer y á dormir en mi casa hasta que encuentres quien te admita en la suya, pero sin obligación ni cargo alguno. Así podré á lo menos estar servido á gusto.
--¡No se concibe ingratitud semejante!
--¿De veras? Me gusta la palabra.
--Sí, señor, ¡ingratitud y despotismo! ¡Al fin conservador, ó constitucional, que para mí es lo mismo!
--¡Ven aquí, animal!--dijo Puig ya fuera de sí, cogiendo al criado por la solapa de la americana y zarandeándole con sus manos de hierro.--Si otro que yo fuera aquí el amo, ¿crees que te hubiera soportado un solo mes? ¿Te figuras que se puede servir á nadie con tus negligencias y tus barbaridades? ¿Conque soy un tirano y un desagradecido? ¡Vete, quítate de mi presencia inmediatamente, y si cambias de amo, ya me echarás de menos algún día!
--Esa es su opinión de usted--dijo entre dientes Rispall, desasiéndose de las garras del principal.
--¡Vete, te digo! ¡Que no vuelva yo á verte más!
--¡Ya me voy, ya me voy!--dijo el criado, saliendo á escape del escritorio y murmurando por el corredor: «¡Si es peor que Calomarde! ¡Si es infinitamente peor que el Chaperón que pinta Pérez Galdós en el _Terror de 1824_!»
Los escribientes en general y Ramiro en particular habían presenciado la escena sin tomar la menor parte en ella. El día seguía tan tormentoso como había empezado, y lo mejor era apartarse de la nube. Mirólos á todos Puig, como ansiando que alguien le contradijera, y no encontrando en aquellas fisonomías la menor señal de protesta, volvió á su despachito, dejando otra vez abierta la mampara, cosa que le sucedía raras veces, cuando se abstraía en algún trabajo particular que exigía el silencio y la soledad. Diríase por esto, y por las señales de impaciencia que se observaban en su semblante de cuando en cuando, que esperaba algo ó á alguien con interés profundo.
Á los pocos momentos volvió á aparecer Benito por la puerta del corredor con unas facturas; se las entregó á Ramiro y pasó á su mesa á escribir, no sin haber echado antes una mirada escudriñadora al despacho de Juan. Éste permanecía sentado en su sillón, con la frente apoyada en su mano derecha. ¿Pensaba ó sufría?
No era tanta la calma y el silencio en el gabinete de doña Bernarda. Ésta, que había visto derribarse su castillo de naipes de escándalo y de reyerta con la atinada y enérgica decisión de su sobrina, la emprendió con ella en cuanto se quedaron solas, y con burlas primero, con indirectas después y con insultos por último, obligó á Lucía á defenderse de sus injustas acusaciones y de sus malos juicios.
Lo que menos se le ocurrió decir á la irascible solterona fué que su sobrina, más atenta á adular á su padrino para que aumentara su dote, que á velar por la dignidad y el decoro de su padre, hacía causa común con el enemigo de todos, poniendo á su familia en ridículo y á su novio en una situación desairadísima. La pronosticó, como siempre que alguien destruía sus planes de venganza y de ira, que Dios la castigaría por su desobediencia y su egoísmo y que ya tendría algún día que arrepentirse de la conducta que había observado con su padre en aquella hora memorable.
Ni D. Juan la dotaba, ni la dotaría nunca. Pasarían años; Ramiro se cansaría de esperar, ó si se iba fuera de Barcelona la olvidaría por otra; ella seguiría solterona y desesperada, y pobre, abandonada y huérfana, porque su padre y su tía se morirían de los disgustos que les daba, quedaría á merced del avaro y del infame D. Juan, que la tendría siempre hecha una fregona ó que quizá pretendería hacer de ella su vergonzosa concubina.
Tales horrores causaron, como era natural, en la muchacha una verdadera desesperación que terminó en un mar de lágrimas, mientras su tía, más enojada aún con el llanto que con las palabras, daba golpazos sobre los muebles y llamaba á Dios y á los santos para que castigaran la desobediencia de su sobrina. Allí las dejaremos para mejor ocasión, puesto que nos llama en el escritorio un acontecimiento desacostumbrado.
* * * * *
Vestido correctamente de negro, con un pliego sellado y lacrado en la mano y con unas gafas de oro sobre su nariz aguileña, se acercó á la mesa donde Benito escribía el notario D. Ramón Ortiz de Llauder, persona apreciabilísima y uno de los más considerados de Barcelona. Expuso á Benito la urgente necesidad que tenía de hablar á Puig, y le rogó que le pasara recado, suplicándole diera de mano á sus ocupaciones, por importantes que fuesen, toda vez que tenía que hablarle en el acto de una cosa más importante que todas las que podían referirse á la casa de comercio.
Extrañando Benito, no tanto la presencia de Llauder como sus palabras, se levantó rápidamente de su silla y entró en el despacho de su amigo y jefe. Éste, que parecía no haber reparado en la entrada del notario en el escritorio, alzó los ojos y miró á Benito fijamente.
Diríase que pretendía rebuscar con su mirada el fondo de la conciencia de su amigo.
--¿Qué traes? ¿Ocurre algo de particular?--le dijo.
--¿Estás ya de mejor humor que esta mañana?
--No le teníamos todos muy bueno--contestó Puig sonriendo.
--Me parece que el tuyo sobrepujaba al de todos; pero en fin, tú eres el amo y puedes tener el que te acomode.
--Esa no es una razón; y si te ofendí en algo, te ruego que lo olvides y me perdones.
--No hay nada que perdonar. Esas son libertades que puede tomarse la amistad cuando es tan antigua como la nuestra.
--Así lo creo y te agradezco tus palabras. Ahora, ¿qué ocurre?
--D. Ramón Ortiz de Llauder, el notario de Bernaregui y creo que sigue siéndolo tuyo, desea hablarte inmediatamente para un asunto muy grave.
--¡Buscarme aquí y no citarme para su casa! Sin duda es negocio de excepcional importancia. ¿Dónde está?
--En el escritorio; desde aquí puedes verle.
--Dile que pase inmediatamente..., ó mejor, se lo diré yo mismo. Sr. de Llauder, pase usted, pase usted por aquí; para usted no estoy yo nunca ocupado. No tiene usted nunca necesidad de quien le anuncie.
Y uniendo la acción á la palabra, tomó de la mano al notario y entró con él en su despacho. Viendo que Benito se disponía á cerrar la mampara y á dejarlos solos, empujó suavemente á su amigo dentro de su despacho y le dijo:
--Cierra tú la puerta por dentro y quédate con nosotros. Para ti no hay ni debe haber nunca secretos en mi casa.
--Te doy gracias: pero quizás se trate de algún asunto en que yo no deba intervenir, y me retiro.
--No sólo lo permito--respondió el notario,--sino que yo mismo iba á suplicar á usted que permaneciese con nosotros. Su presencia de usted es no sólo conveniente en nuestra entrevista, sino que es absolutamente necesaria.
Benito oyó sorprendido á Llauder; corrió el pestillo de la mampara, y tomando asiento enfrente de Puig, se preparó á enterarse del urgente é interesante asunto que, según le parecía, no había de importarle maldita de Dios la cosa.
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CAPÍTULO VI
ABEL Y CAÍN
«Ustedes, que durante tantos años--dijo después de una breve pausa el notario--fueron amigos, y más que amigos aún, compañeros inseparables de Bernaregui: ustedes que con su laboriosidad, inteligencia y entrañable afecto le ayudaron á labrar su fortuna y conocían tanto como él mismo los negocios de la casa y el próspero estado de su fábrica de tejidos, recordarán que me honraba con su amistad y que tenía puesta en mí toda su confianza, seguro de que yo no había jamás, por nada ni por nadie, de faltar á ella.»
--Es cierto--contestó Puig;--siempre le oí hablar de usted en los términos más respetuosos y siempre le oí elogiar su acrisolada honradez y la benéfica influencia que los consejos de usted y su práctica en los negocios habían ejercido en la mayor parte de sus especulaciones y proyectos.
Una señal de asentimiento de Benito y un movimiento de gracias del notario respondieron simultáneamente á la interrupción de Puig.
«No extrañarán ustedes--prosiguió el depositario de la fe pública--que así por las funciones de mi ministerio, como por la verdadera y desinteresada amistad que con Bernaregui me unía, esté yo mucho más enterado que ustedes mismos de algunas circunstancias de su vida y de la marcha de un asunto completamente privado que fió á mi honradez y á mi silencio.
»No fué hijo único Bernaregui de sus honrados padres, pero sí era el primogénito, y si aquéllos hubiesen poseído una fortuna, á él exclusivamente le hubiese correspondido con arreglo á nuestra legislación regional. Pero aquellos padres, que querían á Joaquín con delirio y que eran quizá algo injustos con Miguel, su hijo segundo, no dejaron al morir á los dos hermanos más que lo necesario para enterrar á sus padres con decencia y para vestir por su muerte el luto reglamentario.
»Diez y siete años contaba Joaquín y quince Miguel cuando quedaron huérfanos; pero tal era la diferencia de sus caracteres, de sus aficiones y hasta de sus fisonomías, que nadie, á no saberlo, los hubiera tenido por hermanos. Como Joaquín conocía y lamentaba la preferencia que con él habían tenido sus padres respecto á su hermano, y achacaba á esta injusta desigualdad casi todos los defectos de Miguel, todo su empeño y su único afán fué hacerse perdonar de éste aquellos errores paternales y lograr con su cariño y sus eternos sacrificios conquistar aquel corazón que siempre había permanecido cerrado al amor fraternal. Dióle á elegir carrera, pagóle maestros particulares, vistióle con lujo, le rodeó de comodidades, satisfizo todos sus caprichos, y mientras él economizaba el último céntimo y vivía miserablemente matándose á trabajar sin tregua ni descanso, su hermano vivía en la holganza, adquiría vicios, contraía deudas, se hacía camorrista, jugador y tramposo, y sordo á los consejos y ciego á los ejemplos, amenazaba ser con el tiempo un criminal, un bandido.
»Decir á ustedes la pena de Joaquín Bernaregui; referirles las veces que, sacándole de manos de tahures y busconas, esperó en sus propósitos de enmienda y desesperó al ver su constante reincidencia, sería el cuento de nunca acabar. Baste decirles que un día desapareció Miguel sin participar á su hermano el lugar donde iba á fijar su residencia y sin dejarle siquiera dos palabras que expresaran su gratitud y su cariño, y que esta desgracia fué para Joaquín, á pesar suyo, la base de su fortuna y el origen de su eterna desdicha.»
--De su eterna dicha habrá usted querido decir--exclamó Benito, interrumpiendo al notario.
«He querido decir, señores, lo que he dicho. El pobre Bernaregui fué siempre desventurado, y si ustedes recuerdan bien los detalles de su carácter, y si no se han explicado su profunda melancolía y no han sabido darse cuenta de la verdadera enfermedad que le quitó la vida, hoy, por necesidad triste para mí y por las circunstancias que á ello me obligan, descorreré el velo que cubría, aun á los ojos de ustedes, sus verdaderos y únicos amigos, aquella existencia tan desdichada.
»Diez años son generalmente plazo brevísimo para los hombres inactivos ó perezosos que no saben aprovecharlos; pero para una naturaleza activa, para un carácter emprendedor, para un alma vehemente y perseverante al par, cualidades que rara vez se ven juntas, diez años son casi una vida. En ellos, y gracias á la suerte que ayudó en esta ocasión al inteligente trabajo de Bernaregui, vióse éste dueño de la fábrica que aún hoy lleva su nombre, querido de cuantos le trataban, considerado en el comercio y citado en Barcelona como modelo de honradez, laboriosidad y acierto en sus empresas. Contaba entonces treinta años, y al cumplirlos y al verse dueño de una fortuna modesta, pensó por primera vez en compartirla con una mujer honrada que llevara dignamente su nombre, que fuera su amante compañera y á quien querer como mitad de su propio corazón y como madre de sus hijos.
»Poco puede entender de achaques femeninos quien consagra su vida á la constante labor del trabajo. Requiere el amor, como tirano egoísta, la abstracción completa de ocupaciones y pensamientos, y no suele dar su confianza, ni abrir la llave de sus secretos y de sus placeres, sino al que renuncia por él y para él á toda otra pasión, otro empleo y otro objetivo. Las mujeres sólo se apasionan de los que dedican á ellas casi por completo su tiempo y sus energías, y el honrado Joaquín había ya empleado la tercera parte de su vida en la lucha material y moral por la existencia sin saber lo que era el amor y sin conocer á la mitad del género humano que le inspira. Ese fué su primer error. Quiso encontrar, á la primera exploración por aquel mundo desconocido para él, una mujer buena, leal, honrada y amante, y adornó en su imaginación con todas esas cualidades á la primera cara bonita que encontró en su camino.
»Ignorante por completo del mundo moral en todo cuanto se relaciona con la vida recíproca de los dos sexos, no había tenido tiempo para conocer siquiera, no ya para estudiarlo, el problema que acerca del matrimonio existía ya antes de que Dumas hijo le hiciera suyo, y la clasificación que de las mujeres habían hecho los filósofos de todos los países y de todos los tiempos antes de darla á la estampa el autor del _Divorcio_. Joaquín no sabía que las mujeres se dividen en tres categorías:
»Mujeres del templo.
»Mujeres del hogar.
»Mujeres de la calle.
»Y que equivocar unas con otras, y elegir para compañera una de las que han nacido para no tener compañero, ó de las que arrastran su vida siéndolo de todos, es un error que como no puede enmendarse sino con la muerte, en los países católicos, lleva consigo la desdicha del hombre, la destrucción de un hogar y la ruina de una familia.
»Aquel hombre de treinta años, cuyo corazón, virgen al amor, comenzaba á latir con tanta mayor violencia cuanto más tiempo había vivido limitado á desempeñar sus funciones fisiológicas de músculo cardíaco; cuya robustez se había desarrollado en la gimnasia higiénica del trabajo y la continencia; cuya imaginación no había roto sino en sueños la valla que separa la práctica cotidiana de la vida, de la ilusión fantasmagórica de lo desconocido; aquel hombre, en fin, en la plenitud de su fuerza, de sus sensaciones y de sus deseos; aquel comerciante honrado, metódico y deseoso del bien, se enamoró con todas las fuerzas de su corazón y de su espíritu de una linda joven, sin bienes de fortuna y cuyos antecedentes, si no escandalosos y probadamente perversos, no eran tan limpios de sospecha como merecía la inocente sencillez de su enamorado.
»Pero ¿quién se atreve á descorrer la venda del amor, y á acusar sin pruebas tan claras como la luz del sol á la que es objeto de adoración, y á la que, conociendo su decisiva influencia sobre un corazón enamorado, ha de tener de sobra medios y recursos para salir victoriosa, y para convertir en enemigo mortal del hombre que la adora al que se atreve á indicarla como poco digna de merecer la estimación pública y de legitimar su pasión con el santo sacramento del matrimonio?
»Yo mismo, á cuya noticia habían llegado algunas primeras aventuras de Pilar Suárez, que así se llamaba la novia de Joaquín Bernaregui, me atreví un día á rogarle que procurase refrenar su pasión, y dedicara algún tiempo á examinar el breve pasado de aquella mujer que no contaba aún veinte años y de la que no todos cuantos la conocían hablaban con respeto. Hasta me atreví á indicarle que, viviendo los parientes de Pilar en un pueblecito de la costa de Levante y habiéndole ella manifestado muchas veces que sólo la separaban de ellos incompatibilidad de caracteres, convenía que él mismo fuese á hablar con ellos, sin noticiárselo á la interesada, y adquirir allí datos fidedignos sobre su vida y sus costumbres. Rechazó mis consejos, desoyó cuantas advertencias más ó menos embozadas le hicieron algunos compañeros, y decidió resueltamente dar su mano á la amada de su corazón por ser la única mujer que le había comprendido, que le había amado entrañablemente y que podía hacerle dichoso..., ¡á él, pobre neófito en pasiones amorosas y que oía sin duda por primera vez pronunciar semejantes palabras de labios femeniles!
»Así las cosas, reapareció un día en Barcelona Miguel Bernaregui, sin avisar su regreso, como no había avisado su partida: se enteró de cuanto á Joaquín se refería, supo el estado de su fortuna, sus relaciones amorosas con Pilar, el proyectado enlace de ambos, y sin darse, no ya por ofendido, sino casi por enterado de tales acontecimientos, se presentó en casa de su hermano como el hijo pródigo, pidiéndole perdón de sus pasados extravíos y prometiéndole una enmienda que había de hacer la felicidad de todos.
»Pero el hijo pródigo de la Biblia era falsificado. Quizá entre los harapos de su miseria, en los horribles crepúsculos de mil días sin pan, entre las brumas mortíferas de aquella América donde había arrastrado los diez años de su estéril juventud, sintió brotar en su corazón la chispa del remordimiento y el anhelo de la paz de la conciencia y del bienestar del cuerpo. Es posible y aun probable que, al desembarcar en su patria, aquellas ideas llegaran á querer apoderarse de su cerebro; pero un hecho triste, brutal, aterrador, le había vuelto á sumir en la perversidad de su pasado. Su hermano, aquel que iba á perdonarle, á abrirle sus brazos, á instalarle en su propia casa, á darle participación en sus trabajos y en sus alegrías, el que había de dejarle al morir toda su fortuna, tenía resuelto casarse; había ya elegido la madre de sus hijos, y éstos y ella misma le desheredarían á _él_, al único heredero, al legítimo sucesor del comerciante rico y célibe. Volvía á escuchar, después de veintiocho años de lucha, la terrible maldición que había presidido á su nacimiento. Era el _segundón_, el paria, el mendigo eterno; y ahora sin esperanza, sin probabilidades, sin enmienda en el _Mane_, _Texel_, _Phares_, de su destino.
»Su consternación fué terrible, su resolución rápida y sublime para el genio del mal que se la dictaba. Si hubiera poseído la cualidad del valor, que no suele faltar á los grandes criminales, la muerte de su hermano hubiese sido decretada y llevada á cabo con el puñal ó el veneno; pero práctico en los lados horribles de la existencia, pensó que las puñaladas morales son tan seguras como las que pueden hacerse con una hoja de Albacete, y no se corre con ellas el peligro del código y el castigo de la justicia humana.
»Esto en el caso de que el herido se dé cuenta de la mano que le hiere, cosa que no sucede siempre, pues las circunstancias que rodean al crimen y la destreza é hipocresía del criminal pueden alejar de la víctima hasta la menor sospecha de quién puede haber sido su verdugo.
»En el plan que concibió Miguel se presentaban dos soluciones, y ambas, calculadas con la frialdad perversa de un odio inveterado, le aseguraban el porvenir de una impunidad perpetua y la posesión de la fortuna del desdichado inocente que abrigaba con el calor de su seno á la víbora que debía matarle con su incurable veneno.