Si yo fuera rico! Novela original
Part 7
»Veamos su proyecto. Ante todo y como base de sus ulteriores resoluciones, era preciso conquistar el amor de Pilar, empresa que él juzgaba, y con razón, no muy difícil, dados los antecedentes de la joven y la diferencia que para una muchacha de poco austeros principios había de existir entre el honrado comerciante esclavo del trabajo, siempre ocupado en los negocios y desconocedor de las superficiales, pero agradables pequeñeces del amor, y el hombre corrido en conquistas amorosas, dueño de todo su tiempo, y práctico en manejar las ventajas que la ociosidad, el trato de gentes y el conocimiento de las flaquezas humanas pueden dar á un hombre sobre una mujer superficial y amiga de los placeres materiales. Si Joaquín Bernaregui, sencillo, serio, rico y desconocedor del corazón femenino, era el bello ideal del marido, Miguel, calavera, elegante, audaz y apasionado, era el modelo de los amantes. Claro es que si éste se hubiera presentado á Pilar como aspirante á su mano, no era ella tan necia ni estaba tan desprovista de sentido práctico que le hubiese preferido á su futuro esposo; entre los dos hermanos la elección no era dudosa. Aplicando á los hombres la clasificación que Dumas hace de las mujeres, Joaquín era el hombre del hogar, Miguel el de la calle, y Pilar tenía bastante pervertido el corazón para no contentarse con el primero y para dejar de ver con agrado al segundo. Podía ser al mismo tiempo, si las circunstancias la empujaban á tal extremidad, amante del segundo y esposa del primero. No se equivocó Miguel en sus juicios, ni vió fallidos sus proyectos. La tierra era á propósito para la semilla que él pensó echar en ella, y la cosecha no había de tardar en ser recogida.
»No tuvo necesidad de emplear todos sus recursos para aquella conquista. Dos ó tres conferencias á solas, algunos obsequios insignificantes y oportunamente ofrecidos, y más que nada una pasión vehemente, perfectamente fingida, y una audacia repulsiva para las jóvenes pudorosas y embriagadora é irresistible para casi todas las mujeres que ya han conocido el placer de los sentidos, hicieron al seductor dueño de aquella linda joven, elegida por Joaquín para ser la guardiana de su honrado nombre y la sacerdotisa de su hogar.
»¿Cómo había de imaginar nunca el leal, el noble corazón de Joaquín, que su propio hermano, el que le debía cuanto era y cuanto pudiera ser en el mundo, y la mujer que iba á cambiar su posición modestísima, casi miserable, por la consideración pública y la fortuna santamente adquirida, se burlaban, le ofendían y encontraban en su santo propósito la salvaguardia de su crimen y la impunidad de su delito?
»Bien podían los infames saborear á mansalva todos los goces de su pasión criminal; bien podían entregarse á todos los extremos de un amor indigno: más seguros estaban aún por la cándida honradez del ofendido que por sus bien pensadas precauciones. Hasta el cambio de conducta que al parecer se efectuaba en Miguel era un nuevo lazo en el que cayó Joaquín. De Pilar nada hay que decir: para mujeres como ella el fingimiento es cosa baladí, y tanto cuanto mayor sea la ofensa que hacen al hombre á quien engañan, tanta mayor es la habilidad para fingirle cariño, ternura y simpatía. Nunca fué más feliz el burlado Joaquín, nunca estuvo más seguro de su dicha en la tierra, que durante aquellos pocos meses que habían de preceder á su matrimonio. Dios, compadecido sin duda de sus anteriores sufrimientos y premiando su laboriosidad, sus hermosos pensamientos y su alma bellísima, le daba ya en la tierra el premio que pocas veces concede al bueno antes de abrirle las doradas puertas de su cielo perdurable.
»Y he aquí las dos soluciones previstas por Miguel al llevar á cabo con tanta facilidad como perversión la conquista de su futura cuñada. Si la casualidad ó el propósito deliberado hacían descubrir á su hermano los criminales amores y la traición inaudita de los que le ofendían, la puñalada moral estaba dada. ¿Sería bastante eficaz el golpe para arrastrar á Joaquín al suicidio ó á la muerte natural, como lógico resultado de uno de los más horribles desengaños de la existencia? Y en caso afirmativo, lo que después de todo no era sino una presunción verosímil, ¿no sería posible, y aun tan lógico como el hecho mismo, que el herido de muerte, la víctima en fin de tan odiosos manejos, desoyendo los consejos de su resignación cristiana, se vengara de sus asesinos desheredándolos á la hora de su muerte, y legando toda su fortuna al primer extraño, ó á los establecimientos piadosos, echando por tierra su inicuo plan y sus infames cálculos? Esta solución, pues, fué desechada de común acuerdo por los dos amantes, que extremaron sus precauciones para que por entonces quedara secretamente envuelto en el más profundo misterio su culpable amor.
»La otra solución, si de término más largo, de más seguro éxito en vida y luego en la muerte posible de Joaquín, era revestir con caracteres de perpetuidad aquellas relaciones. Si el matrimonio tenía hijos, hijos legales habían de ser siempre del marido, y por lo tanto herederos de toda su fortuna, si grande entonces, mayor de seguro en el porvenir. Si no los tenía, todo dependía de la maña, del engaño, de la hipocresía de Pilar. ¿Quién con más derecho á la herencia del esposo que la esposa fiel, tierna y cariñosa?
»No contaron, sin embargo, con lo que más tarde llamaron casualidad imprevista y no era sino resultado lógico de sus actos. La vida ofrece perpetuamente ejemplos de casos análogos. Lo mismo los criminales, que los grandes pensadores, que los hombres de Estado, incurren en torpezas totalmente indisculpables hasta á los ojos de los tontos, de los locos y de los niños. En sus vastos proyectos, en sus científicas lucubraciones, en sus cálculos profundos, miden y pesan todas las dificultades, combinan todos los elementos, prevén todas las eventualidades, atan en fin, como se dice vulgarmente, todos los cabos, y dejan suelto el más sencillo, el más natural, el que antes que ningún otro debía haber sido previsto y calculado.
»Y por eso el amor propio humano, que jamás quiere declararse vencido y menos convencerse de su efímero acierto, apela para su tardía y estéril defensa á la mudable suerte, y llama golpes de azar y fatalidad de las circunstancias á lo que debía reconocer como torpeza propia y como loca instabilidad y certidumbre de los cálculos humanos. Por eso la fatalidad es la diosa de los soberbios y la Providencia el Dios de los humildes. Por eso los que no conciben que su talento sea tan torpe y su saber tan inútil, llaman á sus errores el libro del destino; y los que no se fían de sí propios para acertar en los cálculos á que dan lugar los acontecimientos de la vida, ven en todos los resultados de sus equivocados juicios el dedo de Dios.
»¿Cómo no habían previsto los dos amantes, á pesar de todos sus cálculos previsores, á pesar de todas las combinaciones de su infernal proyecto, que abrazaba tan distintas y tan múltiples probabilidades, la más sencilla, la más natural, la más fácil de evitar de todas? ¡Ceguedad humana incomprensible, que había de comprometer el éxito de todos sus planes y echar por tierra en un momento sus laboriosas maquinaciones!
»Pilar estaba encinta. Si la boda no se celebraba con rapidez, la solución del compromiso era, si no imposible, dificilísima. Retardar con fingidos motivos el matrimonio y apelar al recurso de una enfermedad para buscar, con el pretexto de necesitar los aires nativos y la higiénica vida del campo, un hogar seguro donde dejar ocultamente en poder de sus parientes la prueba de su deshonra, era también expuesto á mil peripecias. Aquellos parientes, que no eran después de todo más que un primo de la madre de Pilar y su esposa, no podían tener gran cariño á la que voluntariamente se había eximido de sus consejos y de su tutela moral, viviendo á su gusto, libre y no con excesivo recato, desde la edad de diez y seis años; es decir, desde la época en que más necesitaba la protección y la vigilancia de unos parientes honrados. Si las noticias que de su sobrina llegaban á sus oídos no eran para tranquilizar los escrúpulos de unas gentes morigeradas en sus costumbres y firmes en sus creencias, y ellas habían motivado la frialdad de aquel afecto de familia hasta el punto de que una y otros sólo se escribieran en las solemnidades de pascuas y celebración de natalicios, ¿cómo recibirían á la huéspeda y cómo iba ésta á hacerlos cómplices discretos de su deshonor y de su infamia?
»Si al tener noticia, por ella misma, del próximo casamiento de su sobrina con el honrado y rico Bernaregui, se habían atrevido á contestarla que antes de darle su mano le confesara todas sus imprudencias ó ligerezas que podían haber comprometido su nombre, y jurara en manos de su futuro esposo el firme propósito de la enmienda, no suponiéndola, sin embargo, culpable de completos y trascendentales errores, sino de coqueterías y noviazgos repetidos, ¿cómo contar con ellos para que en su honrado hogar cayera aquel borrón indeleble, y más aún, para que ocultando al mundo entero la falta de su sobrina, la ayudaran á engañar villanamente al hombre digno que la recibiría después en los altares como doncella honrada y esposa digna de llevar su nombre?
»Esto era imposible, absurdo, irrealizable. Y ¿cómo teniendo familia ó personas de ella que pudieran acompañarla en otro viaje á más lejanos climas, había de inventar la prescripción médica de ese plan curativo, si carecía de los medios de realizarle sola, y no era natural que su futuro cuñado la acompañase? ¿Y si Bernaregui se resolvía á abandonar su fábrica con el objeto de acompañar á su prometida, para ver por sí mismo cómo se curaba de aquella enfermedad tan repentina é incomprensible?
»Decididamente, lo mejor, lo más oportuno para conjurar todos los peligros de aquella terrible situación, era obligar á Bernaregui á acelerar la boda. ¿En qué fundar aquel deseo, poco disculpable en una joven honrada? ¿Por qué medios conseguir que fuera el mismo novio quien propusiera á Pilar la rápida celebración del matrimonio acordado para algunos meses después, y para el que, creyéndole relativamente lejano, no había nada dispuesto?
»Esta era la cuestión difícil, y los cómplices apelaron para resolverla á un recurso ingenioso. Se escribieron dos anónimos, uno dirigido á Bernaregui y otro á Pilar. Claro es que la redacción de ambos corrió á cargo de Miguel, y que en ellos se encontraron después las pruebas de su culpable connivencia.
»El dirigido al novio estaba concebido en estos términos:»
Al decir estas palabras el notario sacó de su bolsillo una cartera y de ella dos cartas, que demostraban por su color y la señal de sus dobleces que habían sido leídas con frecuencia. Desdobló la primera y leyó lo siguiente:
«SR. D. JOAQUÍN BERNAREGUI.
«Un leal amigo, que debe á usted muchos favores y se interesa como es justo por su felicidad, le avisa que hay quien pretende arrebatar á usted el amor de su prometida; que reune atractivos de juventud y riqueza, y emplea todo su tiempo, que le tiene de sobra, para hacer valer sus méritos personales, y que si usted por apatía ó demasiada confianza retarda alcanzar la dicha que espera, es posible que cuando se decida usted á reclamar las promesas de la mujer que adora, sea ya tarde para conseguirla.»
»El segundo anónimo era de otro género, y debía dar margen, caso de que Bernaregui no diese importancia al primero, á una resolución sensata y digna al parecer por parte de la novia.
»Este era el segundo.»
El notario abrió otra carta y la leyó:
«Adorable Pilar: Soy demasiado hombre de mundo para caer en el lazo que ha tendido usted á los necios, creyendo en la anunciada boda de usted con Bernaregui. Los amores de ustedes son demasiado públicos, y sus continuas entrevistas demasiado secretas, para no descubrir su verdadera significación. Y como la irresistible belleza de usted y sus naturales aspiraciones la hacen digna de posición mucho más brillante y de porvenir más positivo que el que puede ofrecerla un modesto comerciante, me apresuro á confesarla mi pasión amorosa. Soy sumamente rico, libre, joven, y poseo un título nobiliario. No tengo familia á quien dar cuenta de mis actos; mis inmensas posesiones en Francia é Italia la ofrecen á usted seguro y fastuoso asilo en nuestra luna de miel, y de ellas puede usted elegir la que más le agrade como regalo _de boda_. Si un día, lo que no es creíble, usted ó yo nos convenciéramos de que no podíamos ser felices prolongando nuestra unión, siempre le quedaría á usted, en cambio de un amante aborrecible, una fortuna soberbia, constituída legalmente en dote el día antes de ponernos en camino.
»Una maceta de flores colocada mañana en su balcón me indicará que acepta usted en principio mis proposiciones, y me autorizará para pedir á usted una entrevista con los testigos que usted elija, para que en ella, y escuchando de viva voz el inmenso amor que la profeso, decida usted de su suerte y de la mía.»
»Entre las dos cartas habían de mediar cuatro días: no era posible esperar más; el tiempo urgía, y antes de tomar otra determinación extrema, convenía ver el resultado de los dos anónimos.
»El que recibió Bernaregui no dió solución al asunto. El comerciante se guardó muy bien de leérsele á Pilar, y sólo la manifestó que convendría fijara ella misma la fecha de su matrimonio, dentro de tres ó cuatro meses. Desde luego empezarían á elegir telas para el _trousseau_, se encargarían los muebles que Pilar deseara tener para su tocador, y nada más. Del anónimo ni una palabra. Era demasiado noble el corazón de Bernaregui para concebir la menor sospecha respecto al desinteresado y fiel amor de su futura; y si por desdicha hubiera abrigado una duda ofensiva respecto de ella, su castigo era devorarla en silencio y no ofender á una mujer honrada con infames sospechas.
»El que recibió Pilar no hubiera quizá producido tampoco efecto alguno, á ser entregado por ésta á su futuro; pero tomó otro camino que, aunque más largo, debía llevar más pronto al término deseado.
»Pilar, que no frecuentaba asiduamente el confesonario, iba á él sin embargo en el tiempo que marca como máximum el padre Ripalda, y no debía cumplir muy bien con los preceptos del sacramento de la penitencia cuando, contando á su confesor, la misma mañana que recibió el anónimo, toda su falsa vida y ocultándole la verdadera, le pidió consejo en aquella tribulación. Juró y protestó que era honrada y por nada ni por nadie quería dejar de serlo: que amaba á Bernaregui y de él sólo quería ser esposa; pero que la duración de sus castas relaciones, la soledad en que vivía y quizá la diferencia de fortuna de ambos novios daba lugar á los malos juicios de las gentes ociosas ó mal pensadas. En situación tan delicada y expuesta para su honra, puesto que autorizaba al primer atrevido á faltarla al respeto y á la consideración que se merece la virtud, por modesta y humilde que sea, lo que convenía era acelerar el matrimonio, llevarle á cabo en seguida, y dejarse de _trousseaux_ y muebles para después de celebrado, y acabar así de repente y para siempre con la maledicencia y la audacia. Ella no debía hacerlo por decoro, pero un sacerdote no estaba en ese caso y podía y debía proponerlo en bien de todos.
»El confesor cayó en el lazo: aprobó la discreta y cristiana resolución de su penitente, secó sus lágrimas, y resuelto á cumplir con los deberes de su ministerio, calificó de urgente el asunto y se dirigió con paso rápido á casa de Bernaregui.»
[Ilustración]
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CAPÍTULO VII
CATÁSTROFE DICHOSA
«No hay drama ó novela que no contenga alguna situación tachada por el público de inverosímil. Y sin embargo, vemos continuamente en la vida actos humanos y hechos que serían estimados de imposibles si no sucedieran continuamente. No hay causa célebre, no hay crimen misterioso que no contenga algún detalle absurdo, suficiente para el descubrimiento del delito.
»Absurdo, increíble es que Pilar y Miguel no previeran en la forma de llevar adelante su plan lo más natural, lo más sencillo. Los dos anónimos estaban escritos con la misma mano. Un mismo amanuense los había copiado; y cuando el confesor de Pilar, después de hablar largo rato con Bernaregui, le mostró la carta que su penitenta había recibido, éste sacó de su bolsillo la otra misiva, comparó las dos y devolvió ambas al sacerdote para que las confrontara y examinara detenidamente.
»La sorpresa de ambos concluyó con un parecer unánime. Aquello era una farsa, un proyecto, cuyo objeto era preciso desentrañar y cuyos autores era necesario conocer. ¿Á quién podía interesar la rápida celebración del matrimonio sino á Pilar? Y para que ésta pusiera en juego tales medios con el objeto de conseguir tal fin, ¿cuáles podían ser sus motivos? De deducción en deducción ambos supusieron la verdad, pero siempre como el último término á que podían llegar sus sospechas. Quizá Pilar temía que Bernaregui no estuviera bastante enamorado de ella para cumplir su mil veces repetida promesa de matrimonio: tal vez las necesidades de la vida obligaban á la pobre muchacha á desear su inmediato casamiento para mejorar de posición y favorecer á su familia, si ésta necesitaba de su amparo y protección. Con estas ideas trataban de atenuar el comerciante y el sacerdote la gravedad del caso; pero el golpe estaba dado; la duda había nacido en sus corazones, y el alma cándida, leal y honrada de Bernaregui había recibido un golpe mortal. La que iba á ser compañera de su vida, la que iba á recibir con su mano un tesoro de honradez inmaculada, patrimonio más rico aún que el de su fortuna, no merecía ya su confianza. Fuera el que fuera el motivo que la había impulsado á recabar de Bernaregui una resolución contraria á su deseo, los medios que había empleado para conseguirlo eran reprobables y repulsivos. El anónimo, arma siempre vil y traidora, el engaño llevado hasta el pie del mismo confesonario, demostraban un alma fría y un espíritu calculador é irreligioso, cualidades todas de mal pronóstico en una esposa cristiana y en una honrada madre de familia.
»De todos modos, y mientras cada uno ponía en juego sus recursos de sagacidad y prudencia para averiguar toda la verdad del caso, ambos decidieron que convenía dar largas al asunto y engañar, si era posible, á la que ó á los que habían tratado de engañarlos. Bernaregui pretextaría y llevaría á cabo un viaje fuera de España con el fin ostensible de realizar la fusión de su fábrica con otra de más importancia, negocio gravísimo que podía duplicar su capital en corto número de años: á su regreso de aquel viaje se celebraría el matrimonio. Durante su ausencia, el sacerdote vigilaría y visitaría á menudo á Pilar, fingiendo la mayor confianza en ella, y ó conseguiría quizá descubrir el misterio, si misterio había, ó provocar tal vez la confesión espontánea y minuciosa de su bella penitenta.
»De los anónimos nada se hablaría. El confesor, sin devolver el suyo á Pilar, la diría que Bernaregui le había roto en el acto, así como otro que había recibido algunos días antes, pues tenía la costumbre de romper sin leerlas todas las cartas que recibía sin firma. Además, que el anónimo dirigido á Pilar sería sin duda obra de un chistoso desocupado, ó fruto de alguna apuesta entre muchachos de buen humor, para ver si la joven caía en el lazo y colocaba una maceta con flores en su balcón y excitaba de ese modo la burla de cuantos estuviesen en el secreto. Con no hacer caso de la misiva, continuar su vida modesta y retirada, y esperar con calma y tranquilidad el regreso de su futuro, todo estaba arreglado. Así se hizo en efecto, y así Pilar y Miguel quedaron confundidos viendo el poco fruto de su conspiración, pero no sospechando ni por asomo que su intención había sido descubierta. Achacaron á mala suerte lo que había sido impremeditación suya al escribir las cartas, y no cayeron en el verdadero motivo que había destruído su bien combinado plan.
»Quince días después salía Bernaregui de Barcelona con dirección á Marsella, y quedaba el sacerdote fingiendo una cándida buena fe, que estaba muy lejos de tener, en las palabras y en la pena de Pilar. Miguel quedaba al frente de la fábrica en cuanto á su dirección material, pero respecto á la marcha administrativa de la casa de comercio, cobros, pagos y operaciones mercantiles de la misma, tenía el cajero amplios y exclusivos poderes del principal.
»Pasaron tres meses con dilaciones intermitentes respecto al regreso de éste y con quejas repetidas del cajero respecto á la conducta de Miguel en la fábrica, verdaderamente abandonada por su continuo descuido. Tres meses que aprovecharon los amantes para gozar imprudentemente de la libertad en que los dejaban, y que sirvieron para que el confesor de Pilar, tomando informes de la vecindad, inquiriendo los antecedentes de la joven y poniéndose en comunicación con la familia de la misma, adquiriera el convencimiento de su culpabilidad y averiguase mucho más de lo que podía haber sospechado. Una indisposición repentina de la novia de Bernaregui la obligó á llamar á un médico, que la visitó cuatro ó seis días. Éste hubiera guardado el secreto propio de su profesión á tratarse de un caso indiferente y con personas entrometidas é indiscretas; pero ante la gravedad de las circunstancias y el carácter sacerdotal del que le expuso las excepcionales consecuencias que podría tener su silencio, le manifestó toda la verdad.
»Aterrado el buen sacerdote con la gravedad de la noticia, y convencido, por los juramentos que Bernaregui le había hecho de la pureza de sus relaciones con Pilar, de que otro era el amante de la joven, y explicándose ahora la intención de los anónimos, escribió al ausente todo lo que ocurría, pero sin atreverse aún á estampar la sospecha de quién podía ser el seductor de la joven, á pesar de estar ya seguro de la complicidad de Miguel, espiado por él muchas veces y señalado por todos los vecinos como continuo visitador de la joven.
»Llegó Bernaregui, no á su casa, sino á la del sacerdote, sin dar noticia á nadie de su regreso á Barcelona, y sólo Dios sabe lo que aquellas dos almas honradas, lo que aquellos corazones rectos sufrirían en tan solemne entrevista.
»El dolor de Bernaregui, sobre todo, no tuvo límites cuando escuchó de labios de su amigo las razones en que se fundaba para sospechar de su hermano. El desengaño era tan horrible, la ingratitud tan infame, que aun la resignación cristiana y los sabios y elevados consuelos del sacerdote fueron inútiles para sobreponerse á ellos. Cayó enfermo Bernaregui, y sólo después de un mes de sufrimientos y de lágrimas pudo abandonar el lecho hospitalario que el sacerdote le brindó en su misma casa, conservando para todo el mundo el secreto de su permanencia en ella.
»De aquel mes de lucha entre sus justos deseos de venganza y los benéficos consuelos de la religión, salió aún más depurada la lealtad del alma de Bernaregui, formada sin duda por el Creador para el sufrimiento y el martirio. Aquel hombre de bien sólo pensó ya en apartar del crimen á los dos pecadores; en ofrecer un porvenir y un nombre al ser inocente que iba á nacer entre la infamia y la deshonra, y en dar posición, esposo y fortuna á la mujer que le había engañado miserablemente y había querido manchar su honrada vida con los extravíos de su conducta y la falsedad de sus sentimientos.
»Él mismo hablaría á Pilar y Miguel: dotaría á ambos, los casaría inmediatamente, y renunciando para siempre al matrimonio y á la dicha que el cielo le había negado, instituiría por universal heredero de sus bienes al niño que iba á nacer, fruto de la falta de sus padres.