Si yo fuera rico! Novela original

Part 5

Chapter 54,052 wordsPublic domain

--Peor me tratáis vosotros, y ya es hora de que yo me queje... Sucede que con vuestros rostros huraños, con vuestras palabras ofensivas y con vuestras suposiciones infames pagáis mi constante y bien probado afecto. Que todos vosotros, en vez de mirar en mí un padre, un hermano y un amigo cariñoso, os gozáis en interpretar de mala manera todos mis actos, y que no hay forma de merecer vuestra aprobación en nada de cuanto haga ó diga, aunque sea sólo en provecho vuestro. ¿Lo entiendes ahora? Pues eso es lo que pasa hace ya mucho tiempo. ¿Crees que no comprendo los eternos suspiros, las malévolas insinuaciones y los aires de víctima sacrificada de tu ridícula hermana? ¿Crees que no me desespera el aire de timidez y la reserva incomprensible de tu hija, siempre que á ella me dirijo? ¿Acaso te figuras que no te oigo cuando te quedas solo en el escritorio y alzando los ojos al cielo exclamas con plañidero acento: «¡Si yo fuera rico!»? ¿Qué harías, pobre necio, si fueras rico, con una familia como la tuya y un carácter como el tuyo?

--Hombre, hombre, me parece que te excedes...

--¡Déjale que nos befe y nos insulte!...

--Hoy es día de verdades, y han de salir todas de mis labios. Vamos á ver, deja esa apatía y respóndeme sin rodeos. ¿Qué quejas tienes de mí?... Respóndeme: ¿cuál es tu conducta para conmigo en pago de la mía?

--¿Mi conducta? La más correcta, la más exacta en el cumplimiento de todos mis deberes. Me levanto siempre al ser de día, doy una vuelta por los talleres, examino los almacenes, vengo al escritorio, en él estoy sin levantar cabeza seis ó siete horas... Mi adhesión hacia ti y mi interés por los negocios de la casa no tienen límites; y en cuanto á exactitud en mis cuentas..., ahí tienes los libros; examínalos despacio...

--¡Cuentas!... De tu corazón te las pido, que no de tus libros. ¿Cuándo ni cómo he dudado yo de tu honradez?

--¡Pues sólo faltaba eso!--se atrevió á decir todavía doña Bernarda.

--Yo te ruego que las confrontes... desde el último arqueo...

--¡Vete al infierno con tu arqueo y tus números! Ya te he dicho que no se trata de tu probidad comercial, de tu conducta como cajero, ó como empleado, ó como dependiente ó como quieras, sino de tu amistad para conmigo. Estos no son negocios de dinero, ¿lo entiendes?, sino de alma.

--Pero vamos á ver..., ¿qué ha pasado aquí? ¡Á ver si nos entendemos!

--Nada más sencillo...: que le hemos hablado de la boda de tu hija...

--¡Ah, vamos, ya lo comprendo! ¿Y quién os ha metido á vosotros en semejante cosa? ¿No quedamos en que yo sería el que le hablara de tan delicado asunto? Incontinencia de mujeres, Juan...

--Y parece que ese plan no le acomoda hoy á tu amigo. ¡Puede que no vayan bien sus negocios! Y como prometió dotar á tu hija, nada tiene de particular que nosotros hayamos pensado...

--¿La oyes? ¡Pero no la oyes! ¡Si parece que la inspira Satanás!

--No, no, en eso tiene razón, amigo mío. Y si te opones á esa boda por el dinero que haya de costarte..., yo desde ahora...

--¡Vamos! ¡Dios me dé paciencia!--dijo Puig, reprimiéndose.

--Si no quieres ó no puedes darla hoy lo que la has prometido...

--¡Benito!...

--Tú eres el amo..., y nosotros no hemos de pedirte nada. Hartos favores te debemos. ¡El pan que comemos es tuyo!

--¡Si cuanto más me explico, más estúpidos se vuelven!--le respondió D. Juan sin poder ya contenerse.

--No es necesario para eso que nos insulte usted. No le hemos faltado en nada y no merecemos trato tan indigno...

--Y si es que quieres echarnos de tu casa..., lo dices claro...

--¡Esto ya no puede sufrirse!...--decía Puig desesperado.

--Y nos iremos sin despegar los labios, ¿lo entiende usted?

--Y ahora mismo, si tal es tu deseo...

--Papá..., tía..., ¡por Dios!

--¡Tu hermana está loca... y tú eres un tonto!

Y sin decir ni escuchar más palabra, Puig salió del escritorio.

Había acumulado durante tanto tiempo en lo más profundo de su corazón tal cantidad de desencanto y de pena, que se sintió aliviado de su peso con el esfuerzo que acababa de hacer. Su carácter reconcentrado, su calma habitual no habían bastado á contenerle en el límite de las conveniencias sociales, y es que lo que más subleva al hombre, por resignación que tenga y por sangre fría que atesore, es la injusticia.

Al ver mal interpretadas sus mejores intenciones, al escuchar las ruines sospechas de aquellos desagradecidos, al sentirse herido por los injustos dardos de la ingratitud y de la envidia, dejó de ser el hombre reflexivo y el espíritu tranquilo que estaba acostumbrado á desdeñar las pequeñeces humanas. Había gritado, vociferado, insultado á sus falsos amigos, y al recordar la triste escena, sentía haberse dejado arrastrar por la ira, pero experimentaba al mismo tiempo el dulce bienestar de una necesidad satisfecha, la de la defensa propia.

Pero volvió á poco rato la calma á triunfar de su razón. Entró en su cuarto de vestir, cogió el sombrero y se lanzó á la calle, necesitado de aire puro para respirar á sus anchas y de movimiento para distender sus nervios.

Los que encuentran en las obras dramáticas inverosímiles los monólogos, y fundan su equivocado juicio en que en el mundo real sólo hablan solos los locos, están en uno de los errores más crasos de la inteligencia humana.

El teatro es una copia de la vida, y el autor dramático sólo usa de la licencia de hacer hablar alto al que piensa, para poner de manifiesto al público sus ideas y su pensamiento; pero el hombre monologuiza en todas las situaciones graves de la vida. Cuando la pasión se pone en lucha con el raciocinio, cuando un vasto proyecto necesita del cálculo para su completa elaboración, el hombre habla solo, aunque no sea en voz alta, y muchas veces, muchas, sorprendemos en la calle, en los paseos, hasta en las reuniones públicas, á hombres y mujeres que en medio de su abstracción profunda lanzan palabras sueltas ó suspiros entrecortados ó carcajadas expansivas, y aquellos hombres y mujeres no están ni más ni menos locos que el resto de los humanos.

En esa situación de ánimo estaba Puig al encontrarse sin saber cómo, y llevado inconscientemente por sus pies distraídos, en el paseo de Gracia.

«Todo es inútil--pensaba y se decía á sí mismo;--ni la bondad, ni la tolerancia, ni el amor pueden conseguir que nos perdonen la riqueza los que se creen con más derecho á ella que nosotros. Yo procuro ser bueno, generoso, justo con todos los que me rodean, y sólo recojo de mi siembra de beneficios cosecha de ingratitudes y de odios mal encubiertos. ¡Oh envidia del bien ajeno! ¡Oh codicia de los bienes de fortuna, tan inútiles para conquistar corazones! ¿Qué extraño es que el hombre busque por todos los medios la posesión del oro, si ese metal codiciado es la piedra de toque de todos los afectos humanos?

»Mi amigo Benito, á quien hoy juzgan todos bueno, sensible, humilde, generoso, ¿sería juzgado del mismo modo si poseyera mi fortuna? ¿No se deja decir á boca llena que, _si él fuera rico_, nadie padecería á su lado y que sólo emplearía su fortuna en hacer dichosos? ¿Y no quiero yo hacer lo mismo que él pretende y sólo consigo su desdicha y la mía?

»¿Si seré yo el injusto y el desconsiderado, y tendrán todos razón contra mí, que me creo el único sensato y razonable? ¿Quién sabe si el dinero me habrá hecho adusto, tiránico, despótico, y lo que yo creo razón, justicia, derecho, no son más que palabras mentidas con las que el egoísmo y el amor propio pretenden disfrazar mis defectos y mis vicios?

»Con esta duda es con la que no puedo vivir. Esta es la verdadera causa de mi tristeza continua; esta desconfianza de mí propio es la que me condena á perpetua melancolía. Ó ellos ó yo nos equivocamos, y yo quiero salir de esta incertidumbre. He vacilado mucho, pero hoy estoy resuelto... ¡Ayúdeme Dios y dé con su eterna sabiduría razón al que la tenga!»

Y diciendo estas últimas palabras casi en voz alta, como en monólogo de teatro, apresuró el paso y se dirigió á una casa de la rambla del Centro. En el portal y grabado en una placa dorada se leía este letrero: _Ortiz de Llauder, Notario_.

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CAPÍTULO V

CONCILIÁBULO DE FAMILIA

Á lo menos D. Juan Puig había tenido el buen acuerdo de salir á la calle á tomar el fresco, logrando disipar con la impresión del aire libre sobre su frente la excitación de su cerebro. Los dos hermanos Bonet y Lucía y Ramiro se habían quedado asombrados de sí mismos y aturdidos aún de la terrible escena de que habían sido autores é intérpretes al mismo tiempo.

Su primer y simultáneo movimiento fué mirarse unos á otros como para cerciorarse de que era verdad cuanto había pasado, y el segundo acuerdo, tan lógico y natural como el primero, fué echarse la culpa unos á otros de todo lo ocurrido.

¿Cómo una señora de juicio, tan buena cristiana como doña Bernarda, había abrigado en su alma tan malos pensamientos respecto al prójimo, y lo que es peor y más torpe, había increpado en voz alta á Puig, sin pruebas y sólo por sospechas, de que éste pensaba guardar en sus arcas el dinero del dote que había ofrecido á su sobrina?

¿Cómo el justo, el sensato, el angelical D. Benito había supuesto que su amigo de toda la vida, por rico que fuese, por tiránico que se mostrase con sus empleados y dependientes, quisiera echar á la calle á él y á su familia, y á quién sino á un tonto podía ocurrírsele apuntar semejante idea, para que el otro pudiera aprovecharla el día menos pensado y sumirlos en la desesperación y en la miseria?

¿Por qué el tal Ramirito, que no servía para nada, en vez de ponerse en la disputa al lado de su principal y darse por muy contento con los ofrecimientos de éste, había tratado de exigir su cumplimiento á plazo fijo, ayudando en su rebeldía á su futuro suegro y á su tía política, desconociendo que éstos debían á Puig respeto, consideración y cariño?

Y aquel diablo de chiquilla, siempre dispuesta á defender á su padrino en todas las pequeñísimas discusiones que á diario estallaban entre unos y otros, ¿por qué no había encontrado aquella mañana, en una situación más grave que las demás, acentos conmovedores y aun lágrimas oportunas que hubieran podido calmar la tormenta y hasta aumentar quizá la cantidad desconocida, que Puig había prometido entregarla como dote el día de su casamiento?

Esto pensaba de los demás cada uno de los quejosos, que á su vez estaban dispuestos á jurar, si llegaba el caso, que ninguno de ellos tenía la culpa de lo ocurrido y que sólo los otros tres eran con su imprevisión y su incontinencia de palabra culpables del suceso.

Pero el tiempo transcurría, al escritorio iban llegando los otros dependientes, por los corredores de la casa iban y venían mozos y comisionistas, y allí no se podía hablar en secreto, ni cambiarse impresiones, ni tomar determinación ninguna. Y la situación era grave, y podía serlo más, si al regresar Puig á la fábrica los encontraba indefensos y sin haber convenido en su plan de ataque ó por lo menos de defensa. Tan sentida fué por todos esta necesidad, que á una seña casi imperceptible de doña Bernarda los conspiradores echaron á andar detrás de ella, y fingiéndose los distraídos y adoptando el aire más indiferente del mundo, dieron con sus cuerpos en el gabinete-tocador de la señora que los precedía, situado como todas las habitaciones de la familia Bonet en el piso segundo del edificio.

Entrar todos y cerrar la puerta por dentro doña Bernarda fué una misma cosa. El cuarto era pequeño; los muebles modestos y viejos, sin llegar á ser antiguos, pero veíase en el arreglo y lustre de todos ellos el solícito cuidado y la constante limpieza de su propietaria. Un retrato fotográfico de Lucía, más parecido que artístico, y un _Eccehomo_ al óleo, ni artístico ni parecido, eran los dos únicos cuadros que adornaban las paredes. Separaban el gabinetito de la alcoba unas colgaduras de yute sencillas y chillonas, y sobre un velador ovalado aparecían en correcto legajo los últimos veinte ó treinta números de _El Siglo Futuro_, órgano político de doña Bernarda.

La ventana, orientada al Norte, daba á la calle, y por la disposición del edificio, desde ella se veía forzosamente á todo ser humano que en él penetrara: por eso había elegido doña Bernarda su gabinete, en un arranque de previsión, para celebrar aquella magna conferencia que iba sin duda á decidir de la suerte de todos. Desde aquella ventana, verdadero observatorio, verían volver á Puig á su domicilio, y tendrían tiempo, antes de que él penetrara en la fábrica, de ocupar cada uno su puesto y fingirse abstraídos en el cumplimiento de sus respectivos deberes.

Ya hemos indicado que doña Bernarda, como casi todas las neocatólicas españolas de pocos alcances, y según describe la ilustre Pardo Bazán á la doña Benigna de su admirable novela _Una Cristiana_, tenía como concepción religiosa arraigada la de un Dios airado, rencoroso é implacable: el Dios bíblico que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Creía buenamente que Dios lo castiga todo á raja tabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales estaba el Señor dispuestísimo á ejercerlas contra todos los que la molestasen á ella, Bernarda Bonet[1], por cualquier causa ó en cualquier asunto. Gracias á aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo á la Divinidad; así es que las primeras palabras que pronunció, al ver reunidos á los conspiradores en su gabinete-tocador, fueron casi las mismas que la habitante de la Ullosa:

[1] Benigna Unceta, en _Una Cristiana_.

--¡Ya verán ustedes como Dios castiga á ese hombre, sin palo ni piedra! Ya lo verán..., dejen correr al tiempo. ¡No se escapa! La que á mí me ha hecho, ¡ya se la tomará Dios en cuenta!

--¡Y á mí que me ha llamado tonto! ¡Á mí que me está siempre calificando de débil, de apocado, de rutinario! Ya se ve..., como que no soy nadie; como que mis escasos medios no me permiten tener grandes ideas. Si yo fuera rico, no sólo no me insultaría, sino que todo lo que yo pensara ó dijera lo tendría por sublime, por acertado, por inmejorable.

--¿Qué quiere usted, amigo D. Benito? ¡Ese es el mundo! ¡Poderoso caballero es don dinero!..., que dijo el poeta; sin él todos somos unos necios: con él todos seríamos unos grandes hombres.--Y creyendo haber dicho una gran cosa, Ramiro buscó su aplauso en los ojos de Lucía, que no estaban en aquel momento para aplaudir á nadie.

--De todo esto resulta, sobrina--dijo doña Bernarda, queriendo sentar conclusiones que sirvieran de base á la conferencia,--que se aguó tu casamiento y que nuestro plan era tiempo perdido.

--¿Y por qué hemos de dar por desbaratado el matrimonio?--contestó Ramiro con ademán resuelto, decidido á afrontar la situación.--Yo sé trabajar: no soy un holgazán ni un ser inútil, y si las puertas de esta casa se me cierran, yo sabré encontrar trabajo en cualquiera otra. En Barcelona, y fuera de ella, lo que sobran son casas de comercio ó de banca, fábricas ó empresas industriales que necesitan hombres honrados é inteligentes..., y trabajando en cualquier escritorio como trabajo en éste, seré mejor recompensado.

--Pero, hombre, la cosa no es para tanto, ¿ni quién le ha dicho á usted que está de más en esta casa? Ni Juan ha extremado su oposición á la boda de mi hija, á lo menos delante de mí, ni le ha dado á entender que le eran innecesarios los servicios que usted le presta.

--No me lo ha dicho claro, pero quizá me lo haya querido dar á entender; y yo no estoy en el caso de tolerar que nadie me falte. Hoy he sido prudente; pero, si se propasa otra vez, no respondo de mí.

--Hombre, á mí me parece que con usted no se ha propasado. En medio de todo hay que hacerle justicia... Juan es bueno..., muy bueno...

--¡Bonísimo!--dijo doña Bernarda, con su sonrisa irónica habitual,--¡inmejorable! Tú sí que eres el bueno, el santo, el infeliz, y por eso le defiendes sin cesar y á todo propósito. ¡Ya le ajustará Dios las cuentas!

--Yo no puedo olvidar nunca que cuanto tenemos y cuanto somos se lo debemos á él, á él exclusivamente. Bueno, muy bueno era Bernaregui: mucho me debía, y sin embargo, si no hubiera sido por Puig..., su heredero universal, no sé qué hubiera sido de nosotros. Pediríamos limosna á estas horas.

--Ni tanto, ni tan calvo. Cajero eres en esta casa, pues cajero hubieras sido en otra: yo trabajo aquí hasta echar el alma por la boca, pues lo mismo hubiera trabajado en otra parte; en una palabra, si él no nos debe nada á nosotros, nosotros no le debemos nada á él, y no estamos en el caso de sufrir siempre en silencio sus tiranías y sus palabrotas.

--En eso no tienes razón. Juan no es hombre de malas palabras.

--Si el llamarme á mí estúpida, y á ti tonto, y á Ramiro chiquilicuatro, te parecen elogios y dulces frases, ya no hay más que hablar: con tu pan te lo comas y buen provecho te haga. Pero yo, por mi parte, no estoy dispuesta á tolerárselos por más tiempo, y por eso he querido que nos reuniéramos aquí inmediatamente, para resolver lo que hemos de hacer y para llevar á cabo nuestras determinaciones desde este momento.

--Nada de precipitaciones, Bernarda: tú tendrás razón en ciertos detalles, pero aquí hay que considerar el fondo de las cosas. Esta casa es como nuestra, puesto que en ella vivimos y comemos, sin costarnos un céntimo. Yo puedo guardar todo mi sueldo, como le guardo efectivamente, y no un sueldo de tres mil pesetas, que es el que tuvo aquí siempre Puig cuando vivía Bernaregui, sino de cinco mil. Tú puedes también economizar imponiendo en la caja de ahorros, como le impones, todo tu salario de ama de llaves ó de gobierno, y de ese modo...

--¡Mi salario! ¡Ahí tienes su mayor infamia! Ama de llaves..., ese es el humillante puesto que yo desempeño aquí. ¡Yo que tenía derecho á esperar que me ofrecería el primero, el único que me corresponde!...

--En cuanto á eso, yo creo que á él no se le ha pasado jamás por la imaginación la idea de casarse, y por lo tanto...

--¿Y por qué no se le ha ocurrido semejante idea? ¿No podía haber comprendido que una mujer casadera podía y debía esperar de un amigo de toda la vida otra situación más definida, más digna y más decente?

--Pero, hermana, si tus quejas no tienen más razones que tus propios deseos, no creo que estés en lo justo al acusarle.

Como se ve, aquella conferencia, que parecía haberse empezado á celebrar para el bien general, tomaba el carácter de una situación particular, y no siendo muy edificante por cierto para los castos oídos de una doncella, obligó á Lucía á refugiarse en el quicio de la ventana y á separarse en cierto modo del grupo beligerante de los dos hermanos. Por prudencia, ó por deseo de aprovechar la ocasión de cambiar impresiones con su amada, Ramiro se acercó á ella y casi se desentendió de la conversación de los dos hermanos que continuaron del siguiente modo:

--¿Y hubiera hecho algo de más ese hombre en ofrecerme su mano? Hasta por el bien parecer, puesto que todos vivimos bajo el mismo techo, ¿no hubiera sido más natural y más decente que me hubiera hecho su esposa?

--Hombre, eso no pasa de ser una opinión tuya.

--¿También vas á defenderle en ese terreno?

--¡Yo no! Pero hay circunstancias..., tu mismo carácter...

--Cuando no era rico, cuando él y tú erais dos dependientes, y no otra cosa, de Bernaregui, bastantes bromas me daba y bastantes veces me dió á entender, con sus miradas y con su silencio, que no le parecía yo tan desprovista de mérito ni tan insignificante como ahora.

--¿Qué me cuentas? Pues te juro que nunca me dijo á mí la menor palabra sobre tal asunto...

--Me parece que con indicármelo á mí tenía bastante. «¡Qué buena está usted, vecina!,» me decía á menudo; «¡qué colores de rosa se ha traído usted esta mañana!; ha dicho usted eso con mucha gracia; ¡qué cutis tiene usted tan suave, Bernardita!» y siempre cosas por el estilo. Pero desde que se vió amo y señor de la casa, desde que nos vinimos á vivir con él por expresa voluntad suya: «Tome usted el dinero del mes; cuatro y cuatro ocho, y nueve diez y siete, y cuatro veintiuno; tome usted por junto el bacalao; el aceite ha subido...» ¡y eso es todo! Ni me mira, ni me escucha, ni atiende casi á mis observaciones. ¡Está visto que para ese hombre ni tengo ya frescura, ni gracia, ni cutis!

--Yo ignoraba todo eso; pero, hija, nada tiene de extraño semejante cambio. Es difícil que el hombre pueda sobreponerse á su mudanza de fortuna.

--Pero cuando un hombre es bueno, como tú dices que lo es Puig, cuando se tiene buen corazón, aunque la cabeza se desvanezca algo con la fortuna, no se debe hacer sufrir á los seres que nos rodean. ¿No opinan ustedes lo mismo, niños?--concluyó Bernarda, dirigiéndose á los dos amantes, que discretos y distraídos consigo mismos se habían enfrascado en una conversación íntima.

--Indudablemente, señora--respondió Ramiro sin saber de lo que se trataba.

--¡Ya lo creo, tía!--añadió Lucía, retirándose un poco de la ventana y dispuesta á tomar parte en la conversación, si se generalizaba. Precisamente tenía muchos deseos de dar su opinión clara y resuelta, apenas se la pidieran.

--¡Pues qué!--continuó doña Bernarda, dirigiéndose á Benito,--si tú hubieras sido el heredero universal de Bernaregui, ¿harías lo que él hace? ¿Serías lo que él es? ¿No nos hubieras hecho felices á todos? ¡Habla, hombre, habla!

--Hermana mía, Dios lo ha dispuesto de otro modo, y tú mejor que nadie sabes que hay que conformarse con sus designios.

--La verdad es que sólo por ser sus juicios incomprensibles se pueden comprender ciertas cosas.

--No por mí, os lo juro, sino por el prójimo, hubiera querido ser rico. Yo soy un hombre de modestas aspiraciones, de constante amor al trabajo y de conformidad cristiana para soportar todas las penalidades y escaseces. Pero quisiera haber heredado esa gran fortuna sólo por no ver á mi lado ninguna tristeza ni ninguna escasez. No por mí, lo repito, sino por mi hija, por mi hermana, por esos desdichados obreros de la fábrica que ganan su mísero jornal con tantos sudores, por usted mismo, Ramiro, tan digno de mejor suerte, echo de menos los millones de Puig. No por ambición, sino por filantropía, por deseos de hacer dichosos á todos los que me rodean, incluso al mismo Puig, exclamo á todas horas: «¡Si yo fuera rico!»

--De seguro que entonces no habría ni un desgraciado en la fábrica--dijo Ramiro, que de algún modo había de corresponder á los buenos deseos de su futuro suegro.

--¡De seguro! Lo primero que haría era casaros y arreglar en la casa habitaciones á propósito para la nueva familia. ¡Todos juntos, siempre!

--Y en cuanto á Puig, á ese señor que nos trata con tanto despego hoy y que nos considera como esclavos suyos...--dijo Bernarda.

--¡Oh!, á ése yo le aturdiría á beneficios. Por lo pronto, y que quieras que no, le casaba contigo inmediatamente.

--Respecto á mi boda con su bellísima hija de usted, no es necesario que usted sea rico para celebrarla en seguida. Yo la amo con delirio, ella paga mi amor, y estoy resuelto, suceda lo que suceda, á llevarla al altar inmediatamente. Si usted no quiere esperar á que D. Juan señale la fecha que le agrade, aquí me tiene. Disponga lo que se le antoje y déjeme darle pronto el nombre de padre.

--¡Eso es hablar!... Y si mi hija opina como usted...

--Yo tengo el sentimiento de no opinar como Ramiro. Le amo, ¿á qué negarlo?; deseo, como es natural en toda muchacha soltera, casarme con el hombre que mi corazón ha elegido; pero basta que mi padrino desee retardar esa boda, por motivos que á él le parecen acertados, para que yo no le contradiga y me resigne á seguir sus consejos y aun á respetar sus órdenes, si como órdenes quiere imponerme sus opiniones. Esta es mi resolución, que no creo debe desagradar á ustedes y que de positivo nos ahorrará á todos serios disgustos, y quizá una ruptura, de que todos tendríamos que arrepentirnos.