Sí sé por qué: Novela

Part 5

Chapter 53,935 wordsPublic domain

Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que es Laura mi mujer?»...

Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien, únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los designios del ultraje.

Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de las inocentes candorosas.

Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente. Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me brinda los tesoros de su espíritu.

Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da vergüenza.

Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja, rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo; pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes, porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó: «--Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...--Cuando me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados..., cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en el peldaño.

Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas, y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.--«Es usted bueno, Alvaro»--me acarició.--«Es usted buena, Rocío»--la devolví. Y contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.

Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar, porque está perfumada, la medalla de _la vida_ de Rocío--aroma á la vez de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien duros á que puede ascender el valor de la medalla.

Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.

Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.

--¡Hola!--me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es una jaula de balcón sobre las aguas.

--¡Hola!--la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo pedazo mío que vuelve á mí.

Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí, cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.

--No sé por qué no habrá pintores de albas--susurrábame Rocío cuando la hechicería de luz la tiene lleno el ser--; pintores que no pintasen más que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.

No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios, me quedo contemplándola.

En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla limosnas de piedad y de salvación.

--Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna felicidad?

Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.

--¿No es usted feliz?

--Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de delicia--; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una existencia venturosa.

--¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?

--Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí misma.

Suspira.

--Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea mucho en la Virgen, lo primero.

--¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares aptitudes de la tierra.

--¿Cuáles?

--La música, el piano, por ejemplo.

--Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.

--Pinto algo, también, y sé la fotografía.

--Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso pintar albas.

--Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.

Estamos charlando como en afable broma.

--Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de saber formarse un poco de ventura?

--No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el mundo.

Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me esquiva en sutil condescendencia.

Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos infortunios:

--¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de aquella Laura?

Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (_Loló_, para Placer--que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de Enriqueta.

Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.

--Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí--digo--; Laura constituyó el fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos que me mancharon de crimen y de infamia.

Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.

--¡De crimen y de infamia!--ha repetido, crispada y lúgubre, como ya otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.

No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á ponérsela completamente al descubierto.

--Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla--empiezo á hablar--, ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes, me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame, Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la pureza de una Virgen de la Vida?

Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera, y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis recuerdos.

Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido relato de mis crímenes--tanto más horrendos cuanto que son los mismos que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad de asesinatos.

De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente. Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes, cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y situarme frente al «provocador»--el cual intentó en seguida mi castigo, y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de _honor_. El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al día siguiente consintieron que _por la grave ofensa_ de un escupitajo de su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma: una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de locura entre el amor triste de dos niños.

--Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones de las gentes.

Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos, mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final el cáliz de lo inmundo.

Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos la aparente belleza de un guiñapo.

Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío. Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la lejanía de la cubierta.

Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.

Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de muerto galvanizado por una póstuma amargura.

Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la sagrada soledad del alba para tocar su _extradivarius_ donde nadie pueda oirle--y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil... ¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el _extradivarius_ y en la rosa?

Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.

¡Ah! ¡Horrible!

Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la furia espumosa de la estela...

Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión. Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve, y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento con mi aliento.

--¡Rocío! ¡Rocío!

No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida con su nombre.

--¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...

Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo alarido de espanto y de dolor...

La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo en contraria dirección.

Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el _Victoria Eugenia_ se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora, presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.

Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.

* * * * *

El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.

¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...

Por la tarde, continúa recluída con su madre.

Por la noche, el médico de á bordo la visita.

--¡Nada--me dice cuando trato de informarme--; la impresión de la chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.

* * * * *

Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!

Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro, y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo. Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.

Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.

Me inclino y dígola al oído:

--Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.

--¡Oh!--suspira resignada en halagos inefables.

--¿Me perdona usted, Rocío?

--¡Oh!--vuelve á suspirar.

No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.

--Son nuestras almas demasiado hermanas--añado--para que en el supremo dolor no puedan acariciarse sus purezas.

Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.

Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las palabras, no la digo más.

VIII

Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida. Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de los vestidos sin enaguas.

Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y baile; á las tres, _lunch_ de emparedados y champaña..., brindis, canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á traspiés...

Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le quedan, para después del nuevo _lunch_ de la noche, el concierto y la comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P. Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la confinación del comedor.