Part 4
Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa poco la cruda realidad de dos descocadas _artistas_ y de un célebre autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento _Boule de Suif_, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.
Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta divagadora, de improviso:
--¿Conoce usted Buenos Aires?
--No.
--Dicen que es una ciudad hermosa.
--Creo que sí.
--¿Lleva usted ganas de llegar?
--No. ¿Y usted?
Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:
--Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.
A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su _calma deliciosa_.
Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P. Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa, logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.
Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale. Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del _Kempis_; yo también dejo caer mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto fraternal.
Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas hermanas que se lo dicen todo sin recelo.
Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis padres,--que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.
Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:
--Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.--«O porque para decirlas, si hay á quién decirlas--comentó--, hagan falta además estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»--Y enjugándose los ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual, lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas. Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.--Por eso mira ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.
No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras viva, y después la clausura de un convento.
Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á Dios las purezas de su alma.
Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece--puesto que no va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios..., sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!
Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado á tocar _El conde de Luxemburgo_...
Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches. Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque, minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi sobresalto.
Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el rostro, que ella me pregunta:
--¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?
Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para contestarla debiese declarar sus cobardías.
--¿Qué tiene usted, Adamar?
Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para responderla debiese desvelarla sus engaños.
Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar confesándole á Rocío que... soy casado.
Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión; y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha establecido el derecho á ellas con las suyas.
E interroga á su vez el farsante en el sincero:
--Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas de su infancia, de su padre, del colegio?
--Tal vez.
--Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros, ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un corazón.
--El de usted.
--El mío.
Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me incita á proseguir, diciendo:
--Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal modo!
--Tan grande--insisto--, que aquel desastre, que únicamente pudo ser contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre destino.
Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo:
--Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.
Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:
--¿Demasiado pura!...
--Sí--contesto decisivo--; y con tanto miedo temía eso el que conocía, toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin quererlo, incluso infame.
--¡Oh!--exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.
Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:
--¡No comprendo!
Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de indefinible modo:
--¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!
¡Ah!
¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de retirarla.
--Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.
Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos irrecogible.
No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:
--Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella, no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo, taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así, ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.
Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.
Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano, gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.
--¿Me cree usted ahora?
--¡Sí!
--¿Y me comprende usted ahora?
--¡Sí!... Prosiga su evocación.
La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.
--Iba á ser el Carnaval--digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de martirio--y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio. A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente, sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.
--¡Oh!--hace leve Rocío en un lamento que es sollozo--. ¿Y ella?
--Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con sus racimos de _pierrots_; las carrozas avanzando lentas con su carga de locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso vals de _El conde de Luxemburgo_, á la sazón de moda, muchas murgas de ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían, seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa, en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le arrojaba serpentinas á otro coche.
Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no me fuese más que prometida:
--Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible, horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos minutos..., y... cuando se perdió...
La pena me interrumpe. Rocío me excita:
--¿Qué?
--¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura habían puesto las ansias de mi vida todo eso.
Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos á callar Lambea, que se nos acerca.
Es la hora de comer.
El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el mundo.
Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.
Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del fumadero.
Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...
Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión se la librado de un gran peso el mundo elegante del _Victoria Eugenia_. Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia, haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la horca.
VII
Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración satélica que anticípase á esperarla.
Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.
¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes, la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme, y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo, como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu, llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso, deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y agotárselo sin tocarla.
¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!
Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana. Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser sobre la tierra.
La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata... Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de donde mora la nobleza...
Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el éxtasis de paz.