Part 9
Por último: “_¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la condescendencia del alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno_[193]. Mas ya no hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la terrible sentencia: “APARTAOS DE MÍ, MALDITOS, AL FUEGO ETERNO”. _¿Qué pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado_”[194].
¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela cirenaica?
Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden, igualmente, la teoría del placer.
¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo Dios es el fuego, cuya alma es una centella de ese fuego, sin libertad ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios filosóficos?
Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.
Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e _irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es pecado_, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas, Cainitas y Adamitas.
Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación secreta que, en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de _alumbrados_ y _dexados_, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e idiotas.
El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.
He aquí sus errores principales:
Afirmaban que no había infierno.
Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.
Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues era una imperfección... Las obras que se hacen con fe, esperanza y caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma humana que a la hostia consagrada; que la suma perfección no estaba en servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia, y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido el Hijo de Dios.
Para todas tuvo argumentos, a todas combatió y de todas salió victorioso, pues que su doctrina ha irradiado por doquier iluminando al mundo, a las inteligencias y moviendo a los corazones todos.
San Ignacio, más que con su ciencia, con su inspiración; más que con razonamientos, con su vida ejemplar y santa; más que con su pluma misma, con escribir al dictado de lo alto[196] nos presenta este gran monumento literario, religioso y filosófico, esta _gran obra_ llamada _Ejercicios Espirituales_, con la que rebate valiente y certeramente _el sensualismo_ de Hobbes y Locke, la _moral independiente_ de Gassendo; _el ateísmo_ de Condillac, Voltaire, de la Maitre, Diderot, Darwin y otros; el _socialismo_ y _panteísmo_ de Zola, Tolstoy y Gorki, así como el _enciclopedismo_ y la _indiferencia religiosa_ de nuestros tiempos.
Dijérase que, cual otro Elías, empuña su espada de fuego y con ella defiende la causa de Dios y arremete contra sus enemigos, o bien toma la de Saulo para, convertido en otro Apóstol, erigirse en capitán y mandar esa _Compañía de Jesús_ que tanto se afana y trabaja para conseguir la MAYOR GLORIA DE DIOS[197].
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Como prueba inequívoca de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor, quiso Dios dotar al alma humana de otras tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad, que, filosóficamente hablando, se denominan la sensibilidad externa, la imaginación; la sensibilidad interna o facultad del sentimiento y la inteligencia.
Aunque bien conocido de todos el alcance de estas facultades, creemos, sin embargo, conveniente dar una ligera idea de ellas para conocimiento de todos.
La sensibilidad externa es aquella que ejercitamos por medio de los cinco sentidos, es decir, que se extiende a todos nuestros actos externos.
Con la imaginación reproducimos en nuestro interior las impresiones de los sentidos, sin que éstos tengan dependencia alguna de aquéllos.
Por sensibilidad interna entendemos aquella delicadísima facultad que nos pone en relación directa con los objetos, bien que independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa, de la imaginación y del conocimiento, es lo que llamamos vulgarmente _sentimiento_.
La inteligencia es la facultad de conocer las cosas[198].
Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el verdadero conocimiento de todo.
Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir bien, incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.
Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.
Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo, esto es, por los filósofos.
Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos, dice García Luna.
Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese orden tan admirable que reina en todo el Universo. Porque si la Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la criatura en que más resplandece su sabiduría?
De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos propongamos o el fin a que aspiremos.
Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza inherentes a nuestro corazón, contribuyendo eficazmente a buscar la belleza como perfección del bien.
Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye al Todopoderoso.
Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las meditaciones de los _Ejercicios_ porque no sean tan palpables; sino, por el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más, ejercitarlas con más intensidad.
Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente conmovidos cuando consideran a la grandeza, sabiduría y omnipotencia de Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida, Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su vuelta, arrepentido de su pasado[207].
O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de arrepentimiento de sus pecados[209]; de temor al castigo eterno[210]; de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].
Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos constantes de estas facultades que integran nuestra alma, hacen latir los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien ve descrito en las meditaciones.
“El entusiasmo--ha dicho una escritora--es para la conciencia un estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].
Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el hombre tiene para con Él[219].
Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo que hemos recibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda en la propia naturaleza del hombre.
Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos, por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las afecciones propias[220].
Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado, según aquello de _memorare novissima tua et in æternum non peccabis_; excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante ha de comprender los daños del pecado y los bienes de la virtud, según el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico: nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del sentimiento: _nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu_.
Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se conoce: _nihil volitum quim præcognitum_.
Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último fin[225].
Así el autor de los _Ejercicios_ ha sabido llenar este importante punto filosófico, demostrando cómo las facultades del alma influyen en las operaciones humanas.
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Estos razonamientos nos hacen comprender las miras elevadas de nuestro Escritor filósofo. Las concepciones que, si bien ocasionadas por los hechos exteriores, aspiran a lo infinito, muestran, a su vez, que el hombre participa, en algún modo, de la naturaleza divina de su Creador, puesto que las especulaciones más sublimes de la Filosofía coinciden en este punto con las verdades reveladas: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza: _fatiamus hominein ad imaginem et similitudinem nostram_; y la razón humana, después de divagar en el vasto campo de las suposiciones, después de querer rebajarse a la condición de los brutos, viene, al cabo, a reconocer la verdad más importante de todas las verdades, encerrada en esas sencillas palabras del Génesis.
Por eso Bacon llegó a decir que “era menester atender las facultades del entendimiento y hacerse apto para penetrar en las
obscuridades de la naturaleza y caminar por sus más escarpadas sendas... Porque, si las ideas son vagas y mal concebidas, todo el edificio de nuestra inteligencia se desmorona”[226], y el célebre lord Verulamio sostenía que “la especie de culto idolátrico que suelen los hombres tributar a su inteligencia, hace que abandonen la contemplación y el estudio de la Naturaleza, para envolverse de algún modo en sus propias meditaciones y en las ficciones de su espíritu[227]; mas, para adquirir los conocimientos humanos, es preciso “separarse totalmente de la vida seguida hasta ahora... abandonar las teorías, opiniones e ideas recibidas, y que la inteligencia, libre y como una tabla rasa, comience el estudio de los hechos particulares”[228].
Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece todo raciocinio espiritual.
En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la historia natural del hombre”[229].
El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de los movimientos que suceden en nuestros órganos...; nuestras percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los movimientos sucedidos en nuestros órganos...; la acción de sentir es un efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].
Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron Berkeley y Hume.
Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía propia de la mente tiene en la formación de éstas.
Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones habían de ser completamente estériles y que _su entendimiento_ era el verdadero cadáver de su inteligencia.
Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.
¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será tan sólo un factor para producir toda clase de fechorías y maldades, ya que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.
Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina simplicísima de la reflexión moral.
Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así, natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia, de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa eficiente, de toda obra existente[232].
Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y de sentir, de amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando, con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre, espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su voluntad[233].
Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].
Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa como término a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae, que la subyuga, que la enamora.
De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a nada sería accesible.
La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos, pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en nuestro propio perfeccionamiento.
Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir. Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto imposible no sólo nuestra educación, sino hasta nuestra existencia racional y menos moral”[236].
Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente pasiva.
“La vida del hombre--ha dicho el Santo Job--es una constante lucha consigo mismo: _militia est vita hominis super terram_; y, como el Cielo le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos sentimientos y afectos.”
La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.
Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el dolor, cuándo debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia, cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad, la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos propios.
A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la siguiente manera: “Todas las cosas criadas _de suyo_ son indiferentes, puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni _buenas_ ni _malas_, sino _adiáfora_, indiferentes. Y, siendo esto así, nada, ciertamente, más puesto en razón y más oportuno en orden a nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría, que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo. En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las cosas _per se_ son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o _buenas_ o _malas_, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”
Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que quiere o no quiere Dios.
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