Part 10
Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas, nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos, sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario augusto que se llama la verdad cristiana.
Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.
Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no aparentes: _argumentum non aparentum_; es decir, que no son susceptibles de evidencia o certidumbre intuitiva.
“Ahora bien--argumenta Proudhon--; las cosas que no aparecen constituyen la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el espíritu”[238].
En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un decreto, ni la Filosofía sin su criterio.
El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente manifiestas ya en palabras de Cristo, consignadas en las Sagradas Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la Iglesia, única autoridad docente.
De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:
Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia, es verdadera.
Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia, es falsa.
Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la Iglesia, es indiferente.
Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa antorcha de la fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las inteligencias que a ella se acogen.
¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres, tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de los _Ejercicios Espirituales_, de San Ignacio, y os encontraréis con que la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable, inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.
Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío para escoger el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas, parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los que nunca se entienden.
¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos _razón_?
El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia, conocimiento, _episteme_, _gnosis_, o bajo el más moderno de _filosofía_, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella sentencia _fides ex auditu_, sino por medio de una contemplación directa, _sicuti e facie ad faciem_; es decir, cara a cara. Ver la verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es, evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un criterio”.
Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse que es una cualidad _sine qua non_ que puede estar en la Filosofía.
Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación, suele ocurrir que se convierte en un ególatra.
Lutero despreciaba la razón, y tuvo aquel rasgo de soberbia luzbélica de erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo, intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.
Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.
Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos, dificultades; mas, ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?
De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que, por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, _mater omnium scientiarum_, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.
No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en ella pudo posarse.
Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más esclarecidos, de _los_ más _grandes filósofos españoles_.
Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de él, expresó este acertadísimo juicio:
“Aquel hidalgo vascongado, herido por Dios, como Israel, a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los _Ejercicios espirituales_, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para todos los corazones”.
CAPÍTULO IV
LA VERDADERA CIENCIA DIMANA DE DIOS.--INFLUENCIA DE LA FILOSOFÍA DE LOS «EJERCICIOS» EN EL MUNDO.--TEORÍA DE LA GRACIA.--SÍNTESIS DE LA DOCTRINA FILOSÓFICA QUE SE ENCIERRA EN LOS «EJERCICIOS».
Pobre es en demasía el mundo del humano saber para dar al genio la magnífica limosna de la verdad, que le pide con ansias devoradoras. Entretiénele con migajas que le arroja, alardeando de esplendidez, las cuales, en modo alguno, bastan a saciarle.
Esa rica limosna pidió también Ignacio, cuando, ya en los años de madurez, asistía a las aulas y sentía en su inteligencia y en su corazón un vacío y el estímulo nobilísimo hacia la Verdad, ese ídolo que él había creído abrazar muchas veces y se le había tornado en sombra desvanecida, le aguijoneaba fuertemente, para buscarla en su realidad pura, fuera del mundo de las ilusiones engañosas; allá, donde únicamente existe, donde la buscó Salomón, donde la buscó Agustín, en la cima del Monte Santo, en el piélago de la luz increada, en las reverberaciones de lo inmutable y lo inmenso, en Dios, fuente eterna de la Verdad.
La luz de la divina gracia iluminó aquella inteligencia, llenando su vacío con el rico, inefable don de la inspiración y de la sabiduría; desaparecen entonces a los ojos del capitán Iñigo los espejismos de la falsa ciencia, las negruras de la ignorancia; y, desvanecidas las nubes de la pasión pujante, que empañaba el sol limplio y esplendoroso de la Verdad, contemplando, de hito en hito, con mirada de águila, y queda tan prendado de sus hechizos y soberana belleza, que rompe en aquella sublime exclamación que siglos atrás la pronunciara el converso Casiano: “¡Tarde llegué a amarte, ¡oh!, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Tarde te hice entrega de mis amores!”[242].
Nos cuentan los sagrados libros que, al descender Moisés de las cumbres del Sinaí, apareció circundado de luz deslumbradora, recibida en presencia de la Divinidad. Parecía que de su rostro salía fuego sagrado, y fué esto lo bastante para infundir el terror en el pueblo versátil, entregado a la degradación y al abominable culto del becerro de oro.
También Ignacio, bañado en torrentes de luz celestial, empapado en la Ley de Dios, en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos Padres, irradia de sí, cual otro Moisés, resplandores de doctrina sobrehumana; y de la caldeada fragua de su mente salen los rayos de su palabra, ora enérgica, acerada y penetrante[243], como espada de dos filos, para combatir los errores de su tiempo y los enemigos de la Religión; ora plácida y dulce[244], para enfervorizar a las almas buenas; ora profunda y amena[245], para adoctrinar y persuadir; pero siempre impregnada del suave bálsamo, del celo amoroso, siempre embelesadora, discreta y sentenciosa, eco fiel de su inspiración divina, y tan varia, tan rica y tan fecunda, que apenas es suficiente la vida de un hombre para saborear, ejercitar y cumplir cuanto en los _Ejercicios_ expone.
Y la conciencia de Dios, alcázar suntuoso alzado por Ignacio, forma una ciudadela hermosa de ciencia filosófica y de santidad, y la une con puente de oro al alcázar de la fe.
* * * * *
Nuestro Santo parece que, con maravillosa intuición, se adelantó a su siglo, y en el libro de los _Ejercicios_ dejó fuertemente asegurado ese puente de oro y establecida la armonía entre la fe y la ciencia, hijas ambas de Dios, que es la Verdad, e incapaces, por tanto, como hermanas, de vivir en pugna y contradicción, y se anticipó a los días de aparatoso saber que hemos alcanzado, en que sabios, neciamente orgullosos, crean soñados conflictos entre el dogma y la ciencia, entre la gracia y la libertad humana, afirmando que, para creer, _es necesario dar garrote a la razón_, y haciendo del hombre una máquina inconsciente e irresponsable de sus actos; nueva generación de curanderos sociales, que quieren sanar las llagas de la decaída humanidad prescindiendo de la única medicina salvadora, que prestan de consuno la fe y la cristiana filosofía, y acudiendo al empleo de una farmacopea de desatinos y delirios[246].
¿Y cómo no engarzar a esa corona el monumento más duradero que el bronce, _aere perennis_, y semejante a las colosales pirámides de Egipto, las cuales permanecen, a través de los siglos, incólumes e impertérritas, desafiando las tempestades de los tiempos y los trastornos profundos de las generaciones y de las razas?
En él está echado el cimiento de la verdadera Filosofía, pues en él se demuestra la necesidad de la Providencia; cómo ésta dirige los acontecimientos, sin coartar en nada el libre albedrío del hombre, por lo cual puede obrar a su antojo y con plena responsabilidad de sus actos, ya que sabe que a Él le debe cuanto es, que de Él depende y a Él ha de dar cuenta de sus obras, para el triunfo del Bien, de la Verdad y de la Justicia[247].
Los que siguen la voz del Eterno Padre y de su Unigénito Jesucristo irán al “Reino de Cristo” y pertenecerán a “la bandera de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán”; los que se apartan de sus celestiales enseñanzas, es que se alistan en la “bandera de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”[248], y, por ende, merecerán “las penas del infierno”. Pero aun estos mismos, sin darse cuenta de ello, trabajan por la realización de los fines providenciales del Señor, como sucedió, en el Oriente, a Babilonia, para el conocimiento de la Ley Antigua, y en el Occidente, a Roma, para la difusión del Cristianismo.
En este libro admirable se han empapado las Teresas de Jesús, las Marías Magdalenas de Pazzis, los Felipe Neris, y sirvió de norma a los Franciscos de Sales, Borromeos, Paúles, Blosios, de Avila; Granadas, Leones y multitud de hombres; bebiendo en él sus preciosas teorías incontable número de personas que a él debieron su salvación.
En ese libro, en fin, se hallan refutados, victoriosamente, todos los sistemas heterodoxos de Filosofía; lo mismo el psicológico del napolitano Vico, que el psicológico panteísta de Hegel; que los fatalistas de Herder y Condorcet, que el panteísmo de Krausse y el ecléctico de Víctor Coussin.
¡Honor, pues, a la ciencia y al genio, y venga el arte a realzar esa corona así entretejida, haciéndola más bella con _el esplendor del orden_[249], corona del talento del hombre privilegiado a quien el Señor dotó de sabiduría y prudencia grande; del hombre cuyas frases llenan de hondo sentido y de una cuotidiana realidad, por sentencias y apotegmas; del hombre que impone veneración y respeto al mundo docto; del hombre que ha recibido las aclamaciones universales de la Iglesia Santa[250] al supremo magisterio del cual sometió siempre con humildad los dictámenes de su razón poderosa; del _Santo_, en fin, en cuyo espíritu han cincelado el suyo innúmeros habitantes del Empíreo[251].
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En los _Ejercicios_ nos expone también la teoría de la gracia[252].
¡Y cuan admirable y divina es esta teoría!
Entre el hombre y su Dios abrió la fe un abismo en fuerza de empujar hasta lo infinito la limitación y relatividad de la vida: en un Dios infinito, inmutable, único, eterno, inmenso y dueño de sí mismo consagró, de una manera gráfica y viva, la protesta de su impotencia ante la tiranía y el fragor rudo y estrepitoso de la existencia, su ambición suprema de dominar la vida.
La misma fe que lo abrió, salva su abismo, que parecía no poderse vadear.
Ignacio nos pone de manifiesto cómo con la gracia se diviniza el hombre, se eleva a la dignidad de hijo de Dios, destinado a participar de la misma vida divina; real y verdaderamente en otra vida mejor[253], en la consumación de nuestros destinos por medio de la visión beatífica y del amor bienaventurado; y en esta vida de una manera imperfecta e incoada por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Y es que el Santo filósofo vió el pecado en el remordimiento, en la ruptura de la armonía interior de nuestra alma, en la ansiedad, en el temor, en la turbación y palpitación violentas del corazón, que son, en definitiva, los afectos y sentimientos de que hablan los filósofos[254].
Vió, también, Ignacio el dolor y la muerte sentados sus reales sobre la haz de la tierra; vió al hombre sujeto al sufrimiento, al trabajo rudo, a la esclavitud de sus brutales instintos y aviesas inclinaciones, a la muerte, en fin, y vió a la naturaleza toda gimiendo bajo el peso de la vanidad e inestabilidad y pidiendo a voces su liberación y redención; en frase de San Pablo dijo: _la naturaleza está manchada con el pecado_, y como lo vió nos lo presenta, con los vivos colores, al hablar de _los tres pecados_.
Pero continúa exponiéndonos el remedio de salvación y nos muestra cómo el Verbo eterno encarnó[255], sufrió y murió en la cruz, redimiendo de esos pecados al género humano[256], quedando el hombre y la naturaleza rehabilitados en la esperanza _spé salvi facti sumus_[257], que dice el Apóstol. Sí; somos salvos en la fe, en la esperanza y en la caridad: he ahí los tres vértices del triángulo divino que ha de redimir la humanidad, que más bien se funden en uno solo como Dios (la fe), bajo esos tres aspectos.
Por eso nos pone de manifiesto que la fe, en lo que antes de la redención vió el castigo y consecuencias del pecado, en las penalidades, en el dolor, en la muerte, vió, después de efectuada aquélla, el estímulo de nuestro perfeccionamiento, el medio de prueba, el instrumento y agente de la rehabilitación[258].
Que la esperanza columbra en lontananza, al través de las negruras y cerrazón del horizonte de la vida, el día venturoso, purificante y glorificador[259].
Y que la caridad hace del dolor y del sufrimiento fuente de aguas vivas, que en colosal surtidor salta hasta la vida eterna, fuente de inefable placer, de indecible satisfacción; verdadera ave fénix que hace surgir la vida de la muerte, porque posee a fondo y domina el sentido real de la vida, y lo acepta resignada, lo abraza gustosa en perspectiva de sus fecundos y gloriosos resultados.
Uno y mismo es el espíritu que informa a estas tres manifestaciones de la religión; pero en la caridad desenvuelve toda su virtud y eficacia[260].
En la fe da forma concreta al ideal; en la esperanza se promete su definitiva y cabal realización al fin de los tiempos; en la caridad anticipa ese día venturoso, se engolfa en las delicias, en el torrente de voluptuosidad de la bienaventuranza, agranda, agiganta, empuja hasta lo infinito la satisfacción que produce el cumplimiento del deber, y, al través de ella, contempla extasiada, acaricia el conocimiento pleno y acabado de la verdad, la fecundidad y fertilidad infinita del amor, el escalonamiento, progresión y difusión definitivo de los momentos de la vida.
Ese ideal, la felicidad eterna de nuestro ser, ante la que mudas se postraron la fe y la esperanza, el amor lo arrebata, lo asimila, se abraza y funde con él, y, en ese estrecho abrazo, le da el último toque de viva realidad, le da toda la significación, virtualidad y alcance que tiene.
El Santo filósofo nos dice cómo con la fe mira el hombre a Dios como irradiando en su entendimiento los fulgores de su infinita sabiduría; cómo en la esperanza le ve recompensar nuestros méritos y ceñir nuestras sienes con la corona del triunfo, y cómo en la caridad se aboca cara a cara con Dios mismo y se siente capaz y ganoso de poseerle.
_Amamos a Dios_--nos dice--_porque es digno de ser amado, porque es el océano infinito de todas las perfecciones, porque es dueño de sí mismo_[261].
Tan ardiente debe ser nuestra aspiración hacia Dios, que debemos despojarnos de toda traba, de todo temor, de todo lo que no sea objeto de nuestro amor y, olvidándonos de nosotros mismos, lleguemos a confundirnos con Dios y descansando en Él.
Por eso el Apóstol de las Indias hubo de exclamar así, endiosado:
Muéveme tú, mi Dios, y en tal manera, que aunque no hubiera Cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Sublime paradoja, que es la mejor fórmula de la caridad humana.
Y esta caridad no es temor a la pena, no es respeto a la autoridad, no es utilidad calculada, ni gratitud, ni placer.
Y, sin embargo, es todo eso de una manera más profunda y sublime siendo el amor cristiano un impulso libre y desinteresado que nos mueve a realizar el ideal de lo bueno y de lo perfecto por la satisfacción y el placer que en ello encontramos, es el desbordamiento de un corazón que rebosa generosidad e intensidad de vida, es el altruísmo cristiano, cuyo primer prójimo es Dios mismo.
* * * * *
Los _Ejercicios_ de San Ignacio son, pues, como la luz que guía a las inteligencias, como el faro de un puerto que descubre al piloto el término de su viaje[262] y el lugar de su descanso[263], advirtiendo bien a las claras que cuantos esperan la completa felicidad en este mundo, pegan demasiado su corazón a la tierra, y claro es que su mirada, aun extendida y dilatada, no ve más allá de la tumba nada que les atraiga y deleite; mientras que quienes no confían en esta felicidad, ni descansan hasta obtenerla en la eternidad, conocen perfectamente lo que son, apercibiéndose de que su permanencia en el mundo es transitoria, que el estado presente de la humanidad no es definitivo, hecho observado ya por Cicerón y otros pensadores; por lo cual preciso se hace poner la conciencia delante de todos los actos, como la estrella de los Magos, para moderar nuestros deseos de estabilidad, incompatible con nuestro estado de peregrinos.
Allí nos pone de manifiesto también cómo el amor cristiano, subiendo a la Divinidad, se depura y embalsama, para caer como celestial rocío sobre sus semejantes, con esa igualdad que se encierra en la fórmula _ama al prójimo como a ti mismo_, principio de tal fuerza moral y filosófica que la han aceptado cuantos en el templo de la Filosofía han entrado a orar, no a hurtar; a satisfacerse, no a farisear.
Nuestro Santo y filósofo se muestra a sus hermanos extendidos los brazos, como su modelo Jesucristo, y, con solo esto, consigue que sus hijos puedan penetrar en las espesuras de los desiertos, sin más objeto que abrasarlas con fuego inextinguible y convertir las fieras en hombres y los bosques en fértiles campiñas, como decía San Francisco Xavier.
Como un gran filósofo, Ignacio nos resuelve aquellos tres grandes problemas que ponían espanto a los gobernantes y a los filósofos de su época y aun vienen preocupando a los modernos enciclopedistas.
Estos tres problemas son: _libertad_, _igualdad_ y _fraternidad_, y dice: ¿Queréis libertad verdadera? _Mandata Dei servate._ Respetad, temed a Dios y observad sus mandamientos. Amad a vuestros hermanos, dando a cada uno su derecho y renunciando al vuestro, si es menester, con generosidad y desprendimiento, procurando la paz para todos[264].
Si esto se llevara a cabo veríamos a los legisladores cambiar sus tronos y sillas de marfil por el bufete de administradores de sus conciudadanos.
¿Queréis la igualdad? _Quod superest date elemosinam._ No se puede pedir una igualdad absoluta, porque no existe[265], pero sabed que los bienes de que gozáis sólo es a título de administradores, pero con la condición de aliviar y socorrer a los desgraciados y desvalidos, que son genuinos representantes de Cristo Jesús; y si olvidáis este deber, tendréis que escuchar aquella voz aterradora que os dirá: “_Porque hiciste mal uso de los talentos que te di, caerás al fuego como madero seco, para arder eternamente en la Justicia Divina_”[266].
¿Queréis fraternidad? _Diligite inimicos vestros._ Amad a vuestros enemigos, que también son hermanos vuestros, y amadlos más precisamente porque el error les ciega, la ira les domina, el vicio les tiene encenagados, y, por tanto, habéis de procurar atraerlos al buen camino[267].
¿No son éstas las reglas de la moral filosófica y cristiana más sublimes, más prácticas, más necesarias, porque quizá sean las que estén más olvidadas o, por lo menos, más inaplicadas?
¡Ah! Si siguiéramos el rumbo trazado por esta moral, si nos acercáramos a su cumplimiento, veríamos práctica y palpablemente cómo nos íbamos aproximando a la perfección que deseaba llevar San Ignacio con su libro a cuantos en él estudiaran y meditaran seriamente.