San Ignacio de Loyola

Part 8

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San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos _hacer de la necesidad virtud_, para mejor vivir, no sea que _con el espanto del morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad_[142], sacando como consecuencia y resolución franca y generosa _la de entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo ad patrem meum_. No se puede exigir ni más abstracción, ni más claridad en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese libro de oro.

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Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que, por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más vehemencia.

A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino: “_Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores del sol, velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía._”[143].

La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con detenimiento las contemplamos.

Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el espectáculo de las miserias ajenas despertase en nosotros el sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.

E igualmente quiso unir las inteligencias, como había unido los corazones, de lo que se deduce que el designio de la Providencia fué que el linaje humano formase una sola familia, unida por los vínculos de la fraternidad: _ecce quam bonum et quan jucundum habitare fratres in unum_, y a manera que los pueblos caminan por la senda del progreso y de la cultura, se aumenta la necesidad de valerse unos a otros.

Nos enseña el Santo Evangelio que todos somos hijos de un mismo Padre y que en el amor que nos profesamos unos a otros está el cumplimiento de la Ley que nuestro Padre celestial vino a enseñarnos; y como la luz de la inteligencia proviene de Dios, no puede conducirnos a términos distintos de aquel que el mismo Dios reveló a los hombres.

La razón nos dice también que la caridad cristiana es el grado supremo de la perfectibilidad humana.

San Pablo dice: “Aunque posea todas las riquezas de la tierra, si no poseo la caridad, nada soy.”

Por eso dice un notable escritor que tan cierto es que el verdadero saber y la religión no están reñidos, que el mayor progreso del entendimiento es acercarse a cumplir los preceptos evangélicos.

Y Bacon dice: “_La poca filosofía aparta del ánimo la religión; la mucha filosofía hace que a ella nos acerquemos._”

Y esto lo vemos confirmado en nuestro Santo filósofo.

Mientras careció de intuición filosófica, su vida caminó por derroteros bien distintos y separado de la Religión por sus pasiones y sus vicios; mas cuando fué penetrando por su inteligencia la luz viva de la Filosofía moral, entonces caminó bien de prisa, y sobre seguro, por la senda del bien, guiado por la antorcha de la fe, símbolo de la Religión, y así llegó no sólo a comprender, sí que también a transmitir aquellas verdades psicológicas y morales que son como las fuentes de la felicidad humana, puesto que, sentada como base de vida la virtud y el bien, fácilmente se llega a la consecución del medio ideal cristiano y del anhelo exclusivo de conquistar el Reino de Dios.

Porque _son siervos de Dios y siguen a Cristo, los que, por parecerse más a Él, siendo igual gloria de Dios, eligen antes pobreza que riqueza, trabajos y penas, que descanso, deshonras y desprecios, que honores, etc., y tienen el corazón totalmente desprendido de todas las cosas del mundo, por amar y parecerse más a Jesús_[145].

Y estas verdades, que ha transmitido de generación en generación, y de pueblo en pueblo, no han sido acogidas por todos aquéllos con gran complacencia, sin que hayan padecido los progresos de la civilización, sino que, por el contrario, muchos de éstos se han robustecido y afianzado por ir precedidos sus defensores de esta pátina de Religión cristiana, que es como una salvaguardia y un gran baluarte para resistir los embates de las contrariedades.

Nuestro Fundador supo hacer compatible la doctrina de sus _Ejercicios_ con todos los progresos de la Ciencia y de la civilización, puesto que subsisten integérrimas, puras, impolutas, frescas y fortificantes, cual las aguas cristalinas de la fuente de la gruta de Manresa, y a ellas han de acudir para apagar su sed todos los hombres que quieran poseer la verdad y quieran seguir por el camino del bien, que es el único progreso digno de adquirirse, de seguirse y de poseerse, porque, al decir del Apóstol, _quid prodest homini mundum universum lucretur anima, vero, grave detrimnetum patiatur?_; ¿qué aprovecha al hombre haber conquistado todo el mundo, si pierde su alma? El Eclesiastés ya ha dicho lo bastante: _Vanitas vanitatum et omnia vanitas, nisi servire Deum_[146]: Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el servir a Dios; sentencias que han cruzado los espacios y han llegado a todos los oídos, sin que los progresos de la civilización hayan logrado desmentirlas ni sustituírlas por otras más verdaderas, más racionales, más fuertes.

Terminemos, pues, con palabras de Balmes: “La Filosofía no muere, ni se debilita por estar a la sombra de la Religión; antes bien, se vivifica y fortalece... Salvo los grandes principios, que no pueden negarse ni en Religión ni en Filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en qué coarta la fe el vuelo de la inteligencia... Jamás entre los antiguos se elevó la Filosofía al alto grado a que ha llegado después de la aparición del Cristianismo..., y es que en las regiones de la metafísica y de la moral, el espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto más participa de la influencia del Cristianismo.”[147].

CAPÍTULO III

DE LA FILOSOFÍA ESCOLÁSTICA EN LOS «EJERCICIOS ESPIRITUALES».--ERRORES DE OTROS FILÓSOFOS QUE SE REFUTAN.--LAS FACULTADES EN LAS OPERACIONES HUMANAS.--SAN IGNACIO FRENTE A LOS FILÓSOFOS MATERIALISTAS.--LA FE Y LA RAZÓN, ANTORCHAS DE LA VERDAD CRISTIANA.

Al referirnos, en este capítulo, a la Filosofía escolástica de los _Ejercicios_, no es para estudiar concretamente aquel sistema que dominó a Europa durante cuatro siglos, y que tuvo varias ramificaciones, sino las distintas escuelas filosóficas; porque sin tener ideas claras y exactas de ellas, no es fácil entender a muchos de nuestros escritores, ni compenetrarnos con ellos.

Sabido es que nuestro Santo, como varios ilustres doctores de la Iglesia, aun distinguiéndose por su saber en materias filosóficas, puede decirse que no fundó ninguna escuela, puesto que tampoco lo había intentado, como no intentó crear un sistema filosófico.

La tesis filosófica de sus _Ejercicios_ se desprende _per se_, espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su Filosofía: natural, científica.

Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: _Dios, el hombre y el mundo_, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por la inspiración superior.

Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio, queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su Iglesia con la fe, columna y único firme sostén de la verdad católica.

Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en llamar su Filosofía escolástica.

Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del hombre, remeda la frase socrática: _Sólo sé que no sé nada_, con aquella otra del Apóstol: _Hazte ignorante, para ser sabio_[148]; porque si el único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?

Además, los que se burlan de Dios[149], de la Religión y de la Moral, encuentran un freno y una gran lección en los _Ejercicios_, como la encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.

Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.

Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de manifiesto cómo se debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los Santos _Ejercicios_, o de una confesión general, y ateniéndose después a las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el premio de las buenas acciones[154].

Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva fantasía y reflexión profunda.

San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su libro de los _Ejercicios_, era asistido por el Divino numen, pues ya hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los tesoros de bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para nuestra alma[159].

San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte Santo, trae entre las manos la _Ley_ de Dios, y envuelto en resplandores asombró al pueblo hebreo.

Porque, ¿qué son los _Ejercicios_ sino la explicación clara, sintética y filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de regirse los hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].

¿Y no irradian los resplandores de esta _obra_ por todo el mundo y alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que nos hablan los sagrados libros?

El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.

Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también, predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.

Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el _Maestro_ les enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que, hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido, sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y sus propias pasiones[162].

Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del Maestro Supremo: _opéribus crédite_, que tan sólo en el bien obrar y en dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].

“_De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser castigado para siempre_[170]; mas si hiciere penitencia, _¡cuan dulces son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia_[171]. Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el camino”[173].

El Maestro de la Escuela socrática, sin consignar principios generales, sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que aprendía.

San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y raciocina.

Excita y dirige la reflexión del ejercitante hasta conducirle a la verdad deseada y procura herir el amor propio, para que, conociendo su pequeñez y su maldad, reciba el don de la gracia, que es la verdadera doctrina y experimente la complacencia de ver cómo se ilumina su mente y su corazón con la luz de la sabiduría increada.

--_¿Quién podrá conocer tu malicia? Para eso sería necesario saber lo que Dios es. Dios es Dios_[177].

_Párate un poco a considerarlo y temblarás sólo de ponerlo en boca su santo nombre y de acordarte que le has ofendido_[178].

_Ahora lo conozco y, con toda el alma, deseo volver a Vos_[179].

Y así como la Filosofía griega recibió en la escuela de Sócrates un impulso tan grande que la levantó a una altura a la que no había podido llegar ningún país; así San Ignacio, con sus _Ejercicios_, da al mundo católico un impulso, como casi lo había dado ningún Santo Padre, puesto que ningún libro (fuera de la _Biblia_ y el _Kempis_) _se han leído_ ni meditado tanto como éste, y, por consiguiente, ninguno ha producido tan grandes beneficios a la Iglesia, ni tanto provecho a las almas, ni tanta gloria a Dios.

Y si de la escuela del Maestro pasamos a su discípulo predilecto Platón, llamado (el Divino), veremos que San Ignacio tiene también puntos de contacto con aquél, quien sostenía la inmortalidad del alma, con calor y elocuencia[180], la sanción de la conciencia y de su origen divino, señalando premios y castigos en la vida futura, haciendo constar que nada existiría, nada sería ininteligible, nada posible, si no existiera Dios[181].

Porque si buscamos plenitud de ser, allí le encontraremos; si buscamos una inteligencia infinita. Él es; si buscamos unidad donde se halle el principio, origen y vínculo de todas las verdades, allí están.

La virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios.

¿Y no encontramos en los _Ejercicios_ todos estos temas desarrollados con una admirable claridad de exposición, con una expresión bien sencilla y con unos razonamientos inconfundibles e irrebatibles?

He aquí cómo se expresa al tratar de la sanción de la conciencia:

“_¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de su justicia, no me han exterminado?... El sol, ¿cómo no me abrasa con sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al infierno mi alma?_”[182].

Repetidas veces hemos aludido a las meditaciones del infierno y de la gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las cosas.

Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo demuestra en todos los _Ejercicios_, y especialmente en el lema que le sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado PARA ALABAR, HACER REVERENCIA Y SERVIR A DIOS, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.

Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.

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Mas no sólo entra en nuestro ánimo presentar al Santo Escritor asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones de Moral y de Religión.

Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185], pues así como el número--razonaba--se compone de partes tenuísimas, así el mundo fué compuesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”. Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se engendra todo[186].

Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.

Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos, que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo, consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la creación y hasta la producción[187].

También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso en el terreno de las cavilaciones.

Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo es uno; todo es uno porque no hay variedad.

Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.

Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “_Dios sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo, prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espiritual a imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de barro_”[188], y como _ab æterno es infinitamente felis_, el alma también es eterna.

Como refuta el _ex nihilo nihil fit_ de la nada, nada se hace de los epicúreos[189].

Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro filósofo.

Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “_La misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios_”[190].

Y en otro lugar dice: “_El alma del condenado tendrá presente los bienes y delicias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo le afligirá... Todo pasó para mí, exclamará_...[191]. _¿De qué me han aprovechado?_ ¿Quid nobis profuerunt? _Me he condenado por cosas que nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los deseos de mi corazón. Ergo errávimus._ Me he equivocado.”

Y más adelante: “_De todas las acciones, de todas las palabras, de todos los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de la vida... ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada virtud!... ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!... Pasó la vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de caber_”[192].