Part 7
El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino también a los sentidos por medio de la belleza: “_He de amar y temer a Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor, arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable unión_”[117].
Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la naturaleza de lo infinito.
La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron en lo grotesco.
Véase, si no, cómo cierto compilador del _Talmud_ quiso representar la inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara, cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].
Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de lo infinito.
Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único, no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].
Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el sueño de la contemplación más abstracta”.
Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:
“--¿Qué concepto ha de formarse de Dios?
“--Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras, podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas y que en todas partes está presente.”
Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo: es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].
Fray Luis de León dice: “Dios está junto con nuestro ser, aunque muy lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hiciésemos algún nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama _enigmática_[122]...” Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro entendimiento, no nos representa toda junta aquella grandeza, sino como en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio, esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz...”[123].
Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.
Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el _Ser infinito_ supone estar en todas partes; mas la idea de _estar_ supone, asimismo, _ocupar una porción del espacio, tener extensión_, y, como ésta es incompatible con la idea de Dios, se añade que _está en todas partes, pero fuera de ellas_.
El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia, ha de contentarse con la idea por él concebida.
“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.
Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.
San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas lacónicas pero expresivas palabras: “_Con plenitud y perfecta posesión de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno_...[124]. _Dios es principio y fin de todas las cosas_...[125]. _Es justo..., misericordioso..., sabio y santo_...[126]. _Creador y Señor de los hombres_...[127]. _Rey de gloria inmortal y eterno_...[128]. _Dios infinita sabiduría..., infinito poder..., infinita santidad y justicia..., bondad por esencia_”[129].
¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro que dan perfecta idea del Ser Supremo?
Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía, sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.
Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes, pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al propio tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más de la divinidad.
Ya lo dijo San Pablo: “_Habetis fructum vestrum in santificationem, finem vero vitam æternam_”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].
Y el Santo filósofo nos aconseja: “_Hacer la voluntad de Dios en presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios_”[131].
De este modo nos demuestra, además, cómo una criatura imperfecta presiente y aspira a la perfección y da lugar a que el ingenio la embellezca, aproximándonosla al fin que ella, por sí propia, se inclina: “_Así el poder que hay en mí, corto y limitado, es participación de un poder infinito, mi justicia de su justicia y lo mismo mi bondad, misericordia y demás._”
_De esta verdad tan importante me serviré ahora y siempre para hacer escala de las perfecciones creadas y subir, por ellas, a la contemplación de las divinas... para amar a Dios como Bien sumo y por sí mismo_[132].
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Son las verdades psicológicas como el vehículo que conduce a la mente humana por los derroteros de la verdad, pues establecen una gradación entre sí para llegar a un término: el raciocinio.
Porque así como no puede haber efecto sin causa, así tampoco puede llegarse al raciocinio sin que hayan precedido la razón, la reflexión, la comparación, el juicio, y se hayan desarrollado todas con entera libertad.
Cree Laromiguière[133] que con la atención, que sirve para adquirir ideas exactas de las cosas con la comparación, que descubre las relaciones, y con el raciocinio, que ya nos eleva a los principios, hay lo suficiente para darse cumplida cuenta de todas las obras de la mente humana.
Así vemos que Benjamín Constant tuvo motivo bastante para establecer como un principio inconcuso que el sentimiento religioso es inherente al corazón humano, con sólo observar y conocer las costumbres de varios pueblos antiguos y modernos y parangonar unos con otros.
Y es que la idea es un verdadero juicio, puesto que nace de una relación de distinción.
Cardaillac opina que la idea ha sido formada por el juicio; mas a éste ha precedido la comparación, que, al decir de Damiron, es una cosa muy sencilla, puesto que no es sino poner unos objetos junto a otros, viendo sus semejanzas o diferencias y así quedan comparados, formándose después el juicio que cada uno le merezca, bien entendido que a estas operaciones han de asistir la razón y la reflexión para que lleven toda la cohorte de seguridades y conduzcan al verdadero enjuiciamiento libre y natural, como acto humano que es.
Por las verdades psicológicas se ve, pues, cómo la mente, al ir analizando todas las cosas que se hallan fuera de sí, va desenvolviendo esas madejas que habremos de llamar razonamientos, hasta dar con el verdadero y definitivo juicio de todos y cada uno de los actos del hombre.
Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables, únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.
Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el libro de los _Ejercicios Espirituales_ hay verdades psicológicas cuya fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio decimos: razón, reflexión, comparación y juicio, formando así las ideas y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más fundamentales.
¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los culpables?
Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la memoria, suplicio del entendimiento y suplicio de la voluntad[134], dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal, sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad del _yo_, único modo de explicar cómo nos hallamos _uno idéntico_ en medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de ánimo producen.
Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del alma; porque si ésta no fuera más--según muchos pensadores--que una serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.
Con la substancialidad del alma, en cambio, se explican los fenómenos de la unidad y continuidad de la conciencia.
Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia, ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente--al decir del insigne Balmes--y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].
San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones, de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad también perfecta por responder a diversas sensaciones.
El alma es el centro de todas las operaciones espirituales--nos viene a decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes--y aun intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.
Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es, no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario, robusteciéndola, confirmándola.
¡Y cómo nos demuestra nuestro Santo el libre albedrío del hombre cuando dice que Dios da al hombre el conocimiento perfecto del bien y del mal, del pecado y de la virtud, para que él escoja, y poniendo en su conocimiento cuál es el premio a la virtud y al bien obrar y el castigo al pecado y al vicio!
Además, expone las ideas superiores al orden sensible para que, conociéndolas, las amemos y amándolas las sigamos.
Claro es que, cuántas veces sucede que, estando inclinados por el sentimiento a un acto, procedemos de modo contrarío, como cuando cumplimos con nuestro deber, a pesar del impulso de la pasión, de la pereza, etcétera.
Y que la voluntad racional es libre, también nos lo dice el autor de los _Ejercicios_, ya que da a entender que la libertad es no sólo la ausencia de toda coacción, sino también de toda necesidad intrínseca, y para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce en lo exterior, sino que es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad intrínseca que nos impulse a obrar o querer de una manera determinada.
Y esta libertad que excluye, no sólo la violencia, sino también la necesidad intrínseca, se llama libertad de albedrío.
El hombre goza de libertad omnímoda para todos sus actos y de un libre albedrío absoluto, y, por ende, puede escoger la senda de la virtud o el camino del pecado.
Bien es verdad que hay en nosotros una necesidad intrínseca--que es la que nos pone de manifiesto al hablar del Juicio particular y del universal--, la de dar cuenta de nuestros actos al Soberano Juez: mas ello no nos cohibe en nada para nuestro modo de proceder, ya que nos dió un alma, una conciencia y un corazón, para pensar, sentir y amar.
Por todo ello, bien claro se ve cuán grande fuerza tienen y cuán fecundas son las verdades psicológicas de nuestro Santo filósofo, pues, con tanta sencillez como falta de conocimientos científicos, supo poner los jalones de una ciencia que todos la reputan como difícil, cuando en realidad es la más fácil, si se atiende a lo que es el raciocinio y al análisis, como es la Filosofía.
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Es la abstracción aquella facultad por la cual vemos lo general en lo particular, es decir, el acto por el que la mente percibe la ley constante a través de los fenómenos variables.
El filósofo entiende por abstraer una idea, adquirirla de cuantas cosas ve fuera de sí y la toma como un principio de la multiplicidad que sus sentidos le ofrecen, llevándole a la unidad que solamente la humana inteligencia es capaz de comprender.
Hay que tener en cuenta que el lenguaje filosófico y su nomenclatura es tan vario porque responde a los distintos aspectos en que se estudian y consideran las facultades del intelecto.
La abstracción no es patrimonio de un solo sentido, sino de todos, según asegura Laromiguière[137], pues cada uno de ellos abstrae de los cuerpos la cualidad que le corresponde, y así vemos cómo los ojos perciben el color; los oídos, el sonido, y el tacto, el calor y el frío, etc., sin que ninguno de ellos pueda darnos más cualidades que las que le corresponden.
De esta manera obran de por sí, y el hombre puede distribuír en cinco especies todos los objetos sensibles, llegándose a decir, según esas premisas, que el cuerpo humano es una máquina para abstraer, y, realmente, así es.
Veámoslo: No pueden los ojos sino hacer abstracción de los colores, y, para que esto no sucediese, menester sería que los viera confundidos con los sonidos y los sabores.
Autores hay, sin embargo, que sostienen que es la mente la que _siempre abstrae_, aunque, en casos como el que hemos mencionado, se valga de los órganos de la sensibilidad, lo que podemos denominar _análisis_.
El tantas veces citado Laromiguière encarece las ventajas de la abstracción, diciendo que “si la aplicamos con tino a las varias cualidades de los objetos, lograremos conocerlas, y, al mismo tiempo, el orden que en ellas reina, esto es, que llegaremos a conocer los objetos tales como existen en la realidad, y la abstracción se convertirá en análisis”[138].
Evidente es, desde luego, que la disposición de nuestros sentidos responde a que cada uno de ellos se adapte al conocimiento de una cualidad especial, puesto que no es posible que la mente se fije, a un mismo tiempo, en todos los objetos, por ser limitada, teniendo que separar unas cualidades de otras para mejor conocer todas y cada una de ellas.
Y así lo vemos en las ciencias, por ejemplo; pues la Geometría estudia tan sólo la extensión, y no los colores ni los sonidos; la Óptica aprecia los colores y las leyes de la luz; la Acústica se ocupa de los sonidos; la Psicología estudia al hombre en los fenómenos de su vida intelectual; la Medicina, en su vida orgánica, etc., etc.
De ahí que se haya dicho, y con bien de razón, que el hombre es un ser tan complejo, que, para estudiar el origen de su naturaleza, ha menester reunir todas las ciencias y formar una verdadera enciclopedia.
La abstracción, en fin, lejos de creer que es origen de confusiones, de obscuridad y de rodeos; es fuente de luz, espejo de claridad, modelo de rectitud y principio necesario para suplir lo que falta a la mente de extensión y capacidad.
El fin que con esto nos proponemos es averiguar los medios de conocer qué debimos al Creador; por tanto, cuantas investigaciones en este sentido realicemos traeránnos gran provecho.
La experiencia nos demuestra que es tan difícil la función de la abstracción, que ha sido concedida a muy pocos; y es que los grandes talentos que han dejado las inequívocas señales de su saber en la Historia, no ocuparían muchas páginas; porque esos talentos privilegiados, unas veces por lo limitado de la vida, por la escasa duración de las facultades humanas otras, sólo pudieron observar (abstraer) un escaso número de los fenómenos que explicaron.
Para mejor conocer estos hechos, sería menester reproducir aquí la historia completa de la formación de los conocimientos humanos, trazar una enciclopedia, en que se viese siempre el ser inteligente, adivinar la ley general de que sólo pudieron ver algunos hechos.
El genio consiste, a nuestro juicio, en aquella facultad poderosa y especial de elevarse de lo particular a lo general; porque, si todos pueden observar, si todos pueden hacer abstracciones, son muy pocos los que aciertan a consignar los efectos visibles a las causas de que dimanan.
Quien observa a un individuo, y, por la expresión de su semblante, conoce el estado de su ánimo, es que ve en aquel fenómeno particular la reproducción de la ley general que él conocía o bien la descubre entonces.
El genio adivina siempre la ley que se presenta con las apariencias de los fenómenos.
San Ignacio de Loyola nos demuestra este don de la abstracción, para exponer, con mayor claridad, todas aquellas doctrinas que nos presenta en su hermoso libro.
Porque, ¿quién no ve, cuando nos habla _del fin del hombre_, hacer abstracción de toda la grandeza que encierra la Creación, de todo el poder y amor de Dios para con los hombres, para ponernos en claro que, siendo Él nuestro criador, es también nuestro único fin?
¿Quién no admira ese don de abstracción al tratar del _fin de las criaturas_, en el que nos pone de manifiesto cómo _hízolas todas primero, y cuando ya estaba el mundo lleno y provisto de tantas como son y tan diferentes, útiles y hermosas, crió al hombre y le dió de todas el señorío_[139], para probarnos _cómo todas nos están diciendo que existe Dios, descubren sus perfecciones, poder, sabiduría, bondad y providencia_?
¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e inmanentes?
¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos, de premios y mercedes, lo que es la eternidad?
¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne, padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].
¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante el padecer y morir por nosotros?