San Ignacio de Loyola

Part 6

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CERTAMEN poético con motivo de la canonización de San Ignacio, en Gerona; 1622.

RELACIÓN de lo que se hizo en Roma en la canonización del Santo fundador Ignacio de Loyola.

AUTORES LATINOS

LONGOBARDIS (Fr. Franciscus): _Ignatii æscriptio apparatus quo in festu Sancti celebravit Collegiunm Romanum_.

DIRECTORIUM in exertitia spiritualia (P. N.)

PEARSON: _Ignatii vindictæ epistolarum S. J._

Y no anotamos más, por no hacer prolija esta relación, pues tan sólo estos estudios, que son los más notables, hemos recogido, para dar una fiel idea de la universalidad de este libro, y, además, en otra sección nos hemos ocupado de los autores que han estudiado a nuestro Santo, en su _Vida_.

Insistir más en este punto sería fatigar demasiado al lector, y no es nuestro ánimo otro que el de presentarle todas las fuentes en que puede apagar su sed de verdad y satisfacer su anhelos de conocimientos biobibliográficos.

DOCTRINAS FILOSÓFICAS

QUE SE ENCIERRAN EN EL LIBRO DE LOS

“EJERCICIOS ESPIRITUALES”

DE

SAN IGNACIO DE LOYOLA

CAPÍTULO PRIMERO

EL SIGLO XVI.--ASPECTO RELIGIOSO.--ASPECTO CIENTÍFICO Y PRODIGIOSO.--PORTAE INFERI NON PRAEBALEBUNT.--LA FIGURA DE SAN IGNACIO.

En todos los tomos hemos creído necesario estudiar los aspectos que afectaban a nuestros autores, y así en el de Valles (el Divino) estudiamos la Filosofía, y en el de Santa Teresa, a España.

En éste hemos de exponer una idea general de lo que fué aquel siglo llamado de _oro_ por antonomasia, pues desde cualquier punto que se le mire fué grande y único en la Historia del Mundo.

Por lo que hace a la parte religiosa, diremos, con Cretineau-Joli[90], que parecían haber terminado las luchas a mano armada contra la religión del Crucificado, pues la Iglesia, protegida hasta entonces por la energía de los Pontífices, y por la veneración de los pueblos a sus Reyes, se hacía respetar.

Mas, al llegar este siglo, se ve surgir una generación de enemigos, cediendo la espada a la pluma y a la palabra.

Por todo ello, lo que necesitaba la Iglesia no eran soldados, sino doctores, y tanto las Ordenes militares, que habían terminado el fin para que fueron creadas, como las monásticas, que cumplían la misión que sus fundadores les señalaran, eran impotentes para hacer frente a la tempestad que se iniciaba con visos de una gran batuda, pues rugía por doquier en las ideas, en los ánimos y en los corazones, que, impulsados por un desenfreno de pasiones, por una orgía y por una impudicia rayanas en la bacanal, buscaban en la independencia el camino más apropiado a las innovaciones.

Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.

Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la hoguera.

No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos, gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.

A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas, propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.

De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba una antorcha brillante en los Estados de Europa.

Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una energía brutal, de una avalancha avasalladora.

* * * * *

Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz, que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales; Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra en el Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio transmite su nombre a regiones que no descubriera.

Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier, Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi, Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto, astrónomo y escultores. respectivamente.

Kempis lega al mundo cristiano la _Imitación de Cristo_; Maso inventa el arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola, Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion, Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores; Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela de Pintur; el Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer; Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.

* * * * *

Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros, con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el cañón.

Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se cumplirá la profecía de su Divino Fundador: _et portae inferi non prae, valebunt_; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].

Cierto que se batirán contra ella e

intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas, dictadas por León X.

Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón, que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto de todas sus dinastías.

Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su _Jerusalén Libertada_. Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de doctrinas divinizadas.

Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica, vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las doctrinas ortodoxas.

* * * * *

Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92], humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura; gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración, por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios, que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había atesorado en su bendita alma.”

¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa, intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y _concluído_ sin armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.

Y en otro lugar dice:

“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las cruzadas de Europa.”

De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu Santo e insigne en el don de la sabiduría”.

Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador, teniendo por divisa: _Ad Majorem Dei Gloriam_, y cuya misión principal fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más relevantes de aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le llamó _de Oro_.

Pero Ignacio escribió el libro de los _Ejercicios Espirituales_, libro que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes resultados.

Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante, en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los grandes filósofos españoles.

CAPÍTULO II

POR QUÉ ES FILÓSOFO SAN IGNACIO.--SU INTUICIÓN DE LA BELLEZA INTELECTUAL Y MORAL.--FECUNDIDAD DE SUS VERDADES PSICOLÓGICAS.--ABSTRAE PARA SER MÁS CLARO.--LA DOCTRINA EVANGÉLICA, COMPATIBLE CON LOS PROGRESOS DE LA CIVILIZACIÓN.

Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre, y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron ya el raciocinio a los sucesos que referían; por fin, la idea de averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel y Shlegel”[95].

Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los fenómenos que las producen.

Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.

Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea de las cosas, a saber: _Dios_, el _mundo_ y el _hombre_, que tan ligados están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la empresa de explicarlos conjuntamente[96].

La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que es la de inquirir cuál es _el principio que explica las observaciones_ y empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.

Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los gobernantes.

Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.

Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que _era filósofo_.

“Entonces--repuso el Rey--, ¿en qué se diferencian los filósofos de los demás hombres?”

A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:

--Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en Grecia para los juegos públicos.

--¿Quieres decirme qué sucede?--repuso el Rey.

--Que acuden muchos a ellas--dijo Pitágoras--por el deseo de merecer coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores y a _reflexionar_ sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta, buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los _filósofos, los amantes de la sabiduría_, y en el mundo no hay profesión más bella que el estudio y el conocimiento de todas las cosas.

Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios! ¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos; tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las costumbres y de las disciplinas”[97].

Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se contentan con sentir.

Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].

Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las verdades le pertenecen”[99].

Cicerón la define: _La ciencia de los principios y de las cosas divinos y humanos y sus causas_[100].

La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].

Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra naturaleza..., que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente aplicada a la investigación de las causas por cuyo medio pueden ser conocidos los fenómenos”[102].

Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que existió la Filosofía... inseparable de la mente; por eso es en el mundo de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.

Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la lógica, la moral y la historia”[103].

Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación de los principios primeros”[104].

Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.

San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente, ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma verdad, el _verdadero filósofo es el que ama a Dios_ (porque no son, ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman filósofos)”[106].

Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza su fin[109].

Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según Proudhon, enseñando al hombre en los _Ejercicios Espirituales_ el camino de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la superstición, el vicio, el pecado[113].

Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué para que le ayuden a conseguir su fin.

Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.

Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre _un cuerpo y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno, enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un necio_.

Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la de su propio individuo.

¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí, que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran? Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas, pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo niega rotundamente.

El _monoteísmo_ cree en un Dios; el _politeísmo_, en muchos dioses; el _panteísmo_ dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el _mahometismo_ opina que no hay más que un Dios, y el _cristianismo_ cree en un sólo Dios, con tres personas; el _magismo_ supone dos personas o hipóstasis en Dios; el _gnosticismo_, en fin, defiende que hay cuatro, siete, diez, etc., personas en Dios.

Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse; creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a boca, sumidos en un caos.

Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque, aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir derroteros nada propicios para dar con ella.

He aquí por qué San Ignacio es filósofo.

Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable y única fuente de la sabiduría.

Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega, en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos filósofos han llegado; al _summum_ de la sabiduría, que es conocer, amar y poseer a Dios.

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Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es complemento de aquélla.