Part 2
Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la palabra a quien mejor puede hacer uso de ella, por ser la más exacta y la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es, con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.
“Los hombres--nos dice en su primera encíclica[13]--, las clases sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan tremenda guerra.
“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha alejado de nosotros.
“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.
“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y sacudida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo, industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.
“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias hicieron ricos, pero no mejores.
“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana, sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad nacional y del valor de la persona humana, con el solo fin de gozar más y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se destrozan individuos y pueblos.”
¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?
La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.
Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola, y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con sus prójimos, para consigo mismo.
Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por la vida sin rumbo, sin brújula, sin ideales, sin creencias, sin ciencia ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse, porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.
Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca; éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso vivir que les atormenta.
Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy orgulloso cuál es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará, tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia, juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales, sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.
De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio y al leer las páginas de sus _Ejercicios_ nos sintamos animados, alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al fondo de su conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él, hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la inteligencia.
* * * * *
Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad, ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en que debe desenvolver su existencia.
Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés, Byron: _La ciencia es el dolor_; y remedándola, podríamos decir: “La verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia voluntad; y al través de esa predicación se comprende que aquellas palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso, hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.
Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].
He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre la base sólida en religión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.
La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.
Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.
El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su vista y a su atención, sin que puedan conocerse de otro modo que por lo esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia, pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios, principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso, también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación de las vulgares supersticiones.
No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.
* * * * *
Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan; pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y, llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración; corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].
Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de la Humanidad.
La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es bella, admirable y sublime.
“En pocas partes--dice Menéndez y Pelayo[16]--puede aprenderse tan bien como en el libro de los _Ejercicios_, de San Ignacio, la diferencia entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.”
Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes admirables de verdad, de belleza y de sublimidad no se deslizan de su pluma!
Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas, encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.
Las rayos del sol--dice un ilustre teólogo--, al atravesar un prisma, o ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.
Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.
Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.
En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”
Madrid, 19-III-XXII.
BIOGRAFÍA
PARTE PRIMERA
BIOGRAFÍA
DE LOS
«EJERCICIOS ESPIRITUALES»
DE
SAN IGNACIO DE LOYOLA
PREÁMBULO
CARACTERÍSTICAS O PARTICULARIDADES DEL LIBRO DE LOS «EJERCICIOS ESPIRITUALES» DE SAN IGNACIO.--ARGUMENTO.--NEXO DEL LIBRO.--OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO.--LA IGLESIA Y LOS ÚLTIMOS PAPAS.--FUENTES INTERNAS Y EXTERNAS EN QUE SE INSPIRÓ SAN IGNACIO PARA HACER ESTE LIBRO.
En esta sección del libro, y siguiendo la norma que nos trazamos desde el primer tomo, daríamos una ligera biografía de nuestro escritor-filósofo; mas como sería alardear de dotes que no tenemos y de recursos bibliófilos de que carecemos, el hacer una biografía aportando datos y noticias nuevas acerca de su vida, siendo esto más reprochable, cuando San Ignacio ha tenido tantos y tan grandes varones sabios que le han dado todo el relieve a su figura insigne y universalmente conocida, al escribir con su pluma esas obras tan bellas y admirables como las del Padre Ribadeneira, Padre Mir, etc., renunciamos a hacerlo.
Por otra parte, como ni nada nuevo podíamos añadir, ni podíamos escribir mejor que ellos, hemos creído lo más acertado no dar esta reseña biográfica, remitiendo al lector a aquellos varios autores de los que damos, en su lugar, extensa reseña, lo más exacta que nos ha sido posible.
Así, pues, nos ocupamos de la biografía del libro inmortal _Ejercicios Espirituales_, base de todo nuestro trabajo, y en la que hemos recogido datos bien interesantes y que no serán conocidos, pues, si están publicados en el _Monumenta_, como su lenguaje es el latino, no habrá llegado a muchos, aun devotos y amantes de saber estas cosas.
De ahí también que hayamos querido completar esta sección, y creemos que será del agrado del lector, de por sí siempre, y naturalmente, curioso.
BIOGRAFÍA DE LOS “EJERCICIOS”
En dos partes, pues, hemos dividido esta sección: en la primera analizamos las características o particularidades del libro de los _Ejercicios_; en la segunda damos a conocer los biógrafos y comentaristas de este libro del Santo Fundador y Filósofo.
De esta manera se completará la biografía que nos proponemos hacer y que queremos sea lo más perfecta posible.
PARTE PRIMERA
En todo libro bien escrito han de encontrarse tres partes; a saber: introducción o argumentación, nexo o cuerpo de doctrina y apéndices o ampliaciones en el desarrollo de las teorías que se exponen para su mejor esclarecimiento.
En el libro de San Ignacio se ven claramente estas divisiones, cuales son: prefacio, cuerpo y apéndices.
En el prefacio se hace una cumplida explicación de cómo deben hacerse los Ejercicios y da reglas, por las que han de guiarse director y ejercitando para sacar mayor provecho espiritual de ellos.
En el cuerpo están las meditaciones todas, que se hallan subdivididas en cuatro semanas; y en los apéndices se exponen los tres modos de orar; los misterios de la vida de Cristo[17]; las reglas para distribuír mejor las limosnas, para conocer y desechar los escrúpulos, para distinguir si nos guía el espíritu bueno o el malo, y, en fin, para sentir y obrar conforme desea la Santa Madre Iglesia.
Bien se advierte que esta doctrina no fué inventada por San Ignacio, sino que es tan antigua como la Iglesia Católica, y bien lo da a entender el sabio jesuíta P. Suárez, cuando dice que todos los autores cristianos han sostenido, defendido y aceptado estos sistemas y estos principios[18].
El P. Alfonso Rodríguez, S. J., tomó no pocos pasajes de los _Ejercicios_[19] e igual hizo el P. Luis de Palma en sus obras, _Camino espiritual, de la manera que lo enseña el bienaventurado Padre San Ignacio_ y _Tractatus de examine conscientiæ secundum doctrinam S. P. N. Ignatii_[20].
Otros autores modernos han tratado también del examen de conciencia, entre los que encontramos al P. H. Watrigant, que escribió una obra titulada _La meditation fondamente evant Saint-Ignace_[21], y otra, que llamó _De examine conscientiæ juxta Æclesia Patres Sanctum Thomam et fratres vitæ communis_.
En ambas aduce testimonios de infinitos autores, que trataron, como fundamento capital, de la doctrina católica, el examen de conciencia.
Y no sólo en lo que hace a este punto, sino en otras materias de que tratan los _Ejercicios_, nos encontramos con igual doctrina, expuesta por muchos Santos Padres, especialmente San Atanasio, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio el Magno, y así lo dice el P. Pedro Vogt, S. J., cuando trata de los _Ejercicios_, en sus obras _Die Grundwahrheiten del Exercitien des heiligen Ignatius ausführlich dargeleg in Aussprüchen der heiligen Kirchenvater_[22] y _Die Exercitien de heiligien Ignatius ausführlich dargelegt in Ausprüchen der heiligen Kirchenvater_[23].
Claro es que San Ignacio no podía inventar ni el fin del hombre ni otros dogmas de la fe, pues todo esto es común a cuantos caminan con la luz de la razón y con la revelación que Dios da a los hombres.
Lo que hizo San Ignacio fué seleccionar, escoger, adoptar estas doctrinas y acoplarlas para dar unidad, cohesión y viabilidad a la forma en que habían de hacerse los ejercicios, bajo un plan fijo, con reglas concretas, con normas seguras, a fin de poder obtener los frutos espirituales para los ejercitantes, según él lo ideaba.
En esto estriba el mérito intrínseco de este libro.
DEL NEXO DE LOS “EJERCICIOS”
Para que mejor se conozca, no sólo la unidad que el autor quiso dar a la obra, si que también la unidad de tiempo[24] en ella invertido, apuntaremos algo que pueda ser interesante al lector.
Ya hemos dicho que el pensamiento de San Ignacio fué--según el Padre Suárez[25]--abarcar todas aquellas cosas, todos aquellos conceptos, todas aquellas reglas que pudieran contribuír o conducir a la instrucción espiritual de los hombres en lo exterior y a la eterna salvación del alma en lo interior; porque no ignoraba que para alcanzar una vida espiritual se requieren dos cosas principales, a saber: la corrección de las costumbres y la unión con Dios.
Para conseguir la primera se hace preciso purgar los pecados pasados, con una frecuente confesión, y curando así poco a poco la conciencia.
Para lo segundo es menester la meditación frecuente, la oración y el ejercicio de las virtudes.
Y con estos dos elementos se puede llegar a una elección de vida recta y se instruye perfectamente el hombre en los ejercicios.
San Ignacio establece, además, los dos exámenes de conciencia, el general y el particular para mejor llegar a la perfección de vida y que deben hacerse no sólo durante los ejercicios para adquirir el hábito, sino también después, para quitar los defectos que se noten o adquirir las virtudes que se necesitan, haciendo ver cómo el examen de conciencia es siempre el mejor medio para cuidar bien del alma.
Después, para explicar cómo han de unirse las cuatro semanas, por medio de las correlativas meditaciones, pone como principio de nuestra perfección y salud espiritual la Vida de Cristo, la que hemos de procurar imitar, estableciendo grados, y, después, ir considerando los misterios sacratísimos y su vida, ya común o privada, ya pública y perfectísima, procurando imitar sus excelsas virtudes, por medio de la constante meditación y el ejercicio de aquéllas, en orden a las tres clases de humildad, y, por tanto, de los tres grados de virtud que hay en el hombre, pudiendo, de este modo, llegar a la elección o reforma de la vida.
Esto es lo que quiso exponer el autor en su gran libro de los _Ejercicios_ y éste es su nexo, su cuerpo, su entraña.
OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO
Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el testimonio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para demostrar, además, su grandeza y su universalidad.
Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.
El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a ellos. “Se ha de saber--añade--que el propio Juan Knax, príncipe de los herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda por estar vendido”.
Cierto pastor de la Iglesia Anglicana, llamado Orby Shipley, hizo una edición de los _Ejercicios_, para uso de los anglicanos[27], y en el prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón se llegue a tan profundos conocimientos[28].
Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el milagro de un admirable equilibrio moral”[29].
El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban a la propia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los _Ejercicios_, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].
Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no afectos a la ortodoxia católica.
Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos harán comprender las excelencias de este libro.
El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián, S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años, porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos ha enseñado el camino de la razón y de la verdadera vida”[32].
Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para gloria suya y bien universal del mundo”.
No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia, Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud; conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun familiaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].
Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.