San Ignacio de Loyola

Part 3

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Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que nos revele su opinión.

El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios _Escuela de celestial sabiduría_.

El P. Luis de Estrada, español y general de los cistercienses, dice: “Y si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias... sólo a sus feligreses procuran de informar en la vida espiritual...; pero si miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo cristiano, que vienen a sus casas. Tan de propósito ponen en razón el ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado, procurando encerrarlos en noviciaría...”

Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].

Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales, quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en sí mismo[36].

De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la Universidad de Würzburg (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].

Cuánto renombre ha alcanzado este libro lo dice aquella frase conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].

* * * * *

Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios, aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.

Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.

Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en exercicios espirituales... y aun offrecistes de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo, tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.

Y, poco después, añade:

“Dos y tres y otras quantas vezes puedo, os pido por servicio de Dios N. S. lo que hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su Divina Majestad por qué no os pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender assi para el hombre poderse aprovechar así mesmo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos”[40].

De donde, claramente, se deduce de sus últimas palabras la fe que tiene en que su obra es provechosa, en el camino de la vida espiritual, a todos los hombres.

Mas si estas opiniones no fueran lo bastante para convencer, de la excelencia de este libro, aun a los más despreocupados, aportaremos lo que entendemos culmina en un elogio, que es la autoridad de la Iglesia, cuya opinión está expuesta en los documentos pontificios, en el Derecho Canónico y en las pastorales de todos los prelados.

Aducidas en otro lugar las aprobaciones de todos los Papas desde la sanción de los _Ejercicios_, hemos tan sólo de fijarnos en los elogios que los han prodigado los últimos Pontífices.

El inmortal León XIII, en una carta dirigida al Clero de Carpintero decía: “Mucho he procurado hacer por el bien de mi país natal; pero de todo lo que he hecho, lo más saludable y lo que más me llena el alma de consuelo, es el haber facilitado al Clero la práctica de los _Ejercicios Espirituales_.

“Yo mismo, en otros tiempos, yendo en busca de un alimento sólido, para mi alma, recorrí gran número de libros, sin que ninguno llenara mis deseos. Por fin, hallando entre mis manos el libro de los _Ejercicios Espirituales_, de San Ignacio, no pude menos de exclamar al conocerlo: He aquí el alimento que deseaba para mi alma; y desde entonces no me he separado de aquel libro. La meditación del fin del hombre bastaría para renovar todo el orden social”[41].

El Papa Pío X, en una carta que dirigió al P. Carlos Criquilión, el 8 de diciembre de 1904, decía:

“Exercitiorum spiritualium consuetudinem qualem praesertim caelesti, prorsus consilia Sanctus Ignatius, legifer, Pater vester induxit, semper nos magni fecimus, utpote in qua ad emendandos mores et christianos refovendos spiritus mirifica quaedan insit efficacitas. Nunc autem eum in hoc apostolatus fastigio collocati sumus, eo clarius apparet nobis quantum adjumenti affere possit consuetudo ejusmodi ad propositum, quod habemus, instaurandi omnia in Christo”[42].

Y el propio Pío X incluyó en el Derecho Canónico[43], como ley, las letras de la Sagrada Congregación del Concilio, publicadas con autoridad del Papa Clemente XII[44], en las que se dispensa a los eclesiásticos, obligados a residencia y coro, de ambas cosas y hacen suyos los frutos de los _Ejercicios_.

He aquí el texto de esta disposición ya canónica: “_Parochos insuper per idem tempus semel tantum in anno exercitiis hujusmodi vacantes a residentia absolvit; quod ipsum servari vult quad canónicos, beneficiatos aliosque personali residencia obstrictos et chori servicio mancipatos, quos nihilhominus lucrari decernit integros fructus et quotidianas morum respective canonicatuum et beneficiorum distributiones quascumque, aliaque emolumento, per inde ac si choro divinisque oficiis personaliter interessent; dummodo tamen eadem exercitia peragant, obtenta prius ab ordinario licencia a quo nullatenus concedenda erit Adventus et Quadragesima temporibus, ac in solemnioribus festivitatibus, nec unquam omnibus simul canonicis aliisque choro insirvientibus; sed ea adhibita circunspectione, ut chori servitium nequaquam inttermitatus; et quoad parochos, idoneis prius subragatis œcónomis ab ipsomet ordinario approbandis, qui interim animarum cura recte administrent_”.

Por último, aduciremos el testimonio del actual Pontífice, que siendo prefecto de la Biblioteca Vaticana publicó la gran obra titulada “_San Carlos Borromeo nel terzo centenario de la canonizzazione_”, de la que hizo una traducción al francés el P. Watrigant, S. J.[45], y en ella dice el cardenal Ratti lo siguiente: “Bien puede decirse que San Carlos debió su conversión a la práctica de los _Ejercicios Espirituales_, y todos sus biógrafos están conformes en atestiguar que el Santo tenía la piadosa costumbre de practicar los _Ejercicios_, no una, sino dos veces al año, y estos ejercicios los hacía siguiendo fielmente el método de San Ignacio, sin que se pueda dudar de esto, ya que le dirigió en ellos el P. Ribera, de la Compañía de Jesús”[46].

Más adelante extracta de las cartas inéditas de San Carlos al cardenal Paleotti lo siguiente:

“Por lo que respecta a los ejercicios espirituales que hacen los ordenandos antes de recibir las Ordenes Sagradas, el tiempo determinado por el visitador apostólico y nuestro Concilio provincial era de un mes, aproximadamente; pero, en la práctica, era de unos quince días... Después, en cuanto a la forma, se intentó imitar a los padres jesuítas y tomar algunas de sus reglas, las cuales todavía tienen una cierta forma del Padre Ignacio, impresa en aquel librito que a Vuestra Señoría Ilustrísima debe ser conocidísimo. Pero de ello, seguramente, tendrá pleno conocimiento”[47].

Más adelante añade: “También, después de su conversión, San Carlos se complacía en tomar por guía en sus ejercicios espirituales a los hijos de aquel que había sido el providencial inventor”[48].

Y transcritas las cartas inéditas del mismo San Carlos, el cardenal Pallotti extracta lo siguiente: “El prudentísimo Carlos se había hecho un maestro no sólo en practicar los ejercicios, sino en darlos, y se le agregó al directorio formado para esto. De tal directorio es el ilustrísimo Ratti el primero en dar la noticia, y para formar este directorio se valió San Carlos de aquellas notas que Ignacio tomó de muchos libros y las puso en el suyo, las cuales no cabe duda que tienen gran mérito para este directorio”.

A este propósito dice el cardenal Ratti:

“Nuestro San Carlos dirigió la mano y la vista de aquel primer directorio ignaciano, y, recogiendo los dispersos elementos y coordinándolos e iluminándolos a veces con títulos y didascalias, llegó a componer un cuerpo solo. Coincidiendo con el título que la misma mano de San Carlos escribiera a la cabeza del Código, hallamos recogidos todos, y solamente aquellos signos, aquellas reglas y notas que se refieren al oficio y la labor del director, y omite todos los demás. Los diversos textos están tomados y transcritos textualmente del volumen”: _Exercitia spiritualia a R. admodum in Christo Patre Nostro M. Ignatio de Loyola, Societatis Jesu, institutore. et. primo, generali, praeposito auctore._ Vianae Austriae in aedibus Caesareicollegii dictae Societatis. Ano Domini 1563[49].

Habla después el cardenal Ratti de otro manuscrito encontrado, del cual hace un nuevo argumento sobre el juicio anterior, diciendo:

“De ahí el amor y el estudio que él (San Carlos) había hecho de los ejercicios de San Ignacio, y el método a que se sometía su aplicación. Por lo demás, era bien natural, por no decir felizmente inevitable, que tal ocurriese. Un libro como los _Ejercicios_, de San Ignacio, que casi de repente se afirmó e impuso como el más sabio y universal código de gobierno espiritual de las almas, surgiendo inagotablemente de la piedad más profunda, a la vez que más sólida, que era estímulo irresistible y guía segurísima para las conversiones y para la más alta espiritualidad y percepciones; un libro así no podía dejarse de colocarse en primera fila entre los predilectos de nuestro Santo, en el cual revelaba el genio característico, sus más nobles aspiraciones, y, en una palabra, todo un espíritu”[50].

Y, para dar término a tan valiosos testimonios, habremos de aportar como broche de oro, el _Breve_, publicado por el ya Pontífice Pío XI (antes cardenal Ratti), en el que declara a San Ignacio de Loyola patrono de los _Ejercicios Espirituales_, fuente y perfección, y que tantas almas han ganado a Cristo de los que de Él vivían alejados y a otros les ha hecho subir a las cumbres de la Santidad:

“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar, con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la perfección cristiana.

“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar principalísimo los _Ejercicios Espirituales_, que introdujo en la Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.

“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo; sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él mismo _Ejercicios Espirituales_, comenzó a enseñar cierto método y manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del cual método fuesen maravillosamente ayudados los fieles a detestar sus pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro Señor.

“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor, de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de tres siglos..., y por el testimonio de todos los varones que más han florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en santidad de costumbres[50a].

“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su virtud de esta como fuente de los _Ejercicios_, plácenos recordar, por lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente a los ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.

“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar almas para Dios.

“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente “admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole sucesivamente con nuevas alabanzas.

“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes seculares, como entre los seglares y--cosa digna de singular mención, principalmente en nuestro tiempo--aun entre los mismos obreros, deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.

“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando, pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica, _declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono de todos los Ejercicios Espirituales_, y, por tanto, de las fundaciones, cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que practican los Ejercicios Espirituales.

“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes, válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.

“Dado en Roma y en San Pedro el año del Señor 1922, el día 25 del mes de julio, en el año primero de Nuestro Pontificado.

“Pío XI.”

DE LAS FUENTES DE LOS “EJERCICIOS”

No podemos sustraernos a tratar de esta importante cuestión, ya que son muchos los autores que divagan sobre el particular.

De dos clases pueden considerarse las fuentes de donde tomó San Ignacio la doctrina y las materias que incluyó en su libro: las internas y las externas.

En cuanto a las primeras, no cabe dudar que fueron la inspiración de Dios, la unción del Espíritu Santo, al decir del Padre Polanco, de la lectura de la Sagrada Escritura y de una intensa, aunque corta, vida espiritual, según el Papa Paulo III[54].

Por lo que hace a las segundas, recogeremos las opiniones más autorizadas, a fin de no errar en cuestión tan importante.

El P. Yepes afirma lo siguiente: “Comunicóle los Ejercicios que escribió Fray García de Cisneros, y éstos llevó consigo el Padre Ignacio a Manresa; en ellos se ejercitaba los primeros años de su conversión, y éstos enseñaba a los que al principio le comunicaban, y destos se aprovechó en los años de adelante, cuando habiendo oído arte y Teología compuso aquel tan docto y provechoso de los _Ejercicios_”[55].

Y más adelante dice: “Después, cuando ya vino a ser hombre perfecto y consumado, docto en artes y Teología, hombre de grande espíritu, poderoso en obras, palabras y escritos, puso, quitó y añadió muchas cosas en el Ejercitatorio que le habían dado en Monserrate, y acomodóle a su instinto y modo de vivir con que hizo tanto provecho en el mundo, y con sus hijos y discípulos hacen tan extraordinarios efectos”.

El propio Santo dice que en Manresa recibió grandes beneficios de Dios.

“Una vez--añade--yua por su deuoçion a una yglesia, que estaua poco mas de una milla de Manrresa, que creo yo que se llama Sant Pablo, y el camino va junto al río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empeçaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustraçion, que le pareçian todas las cosas nueuas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que reciuió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas aya tenido de Dios, y todas cuantas cosas a sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le pareçe aber alcançado tanto, como de aquella voz sola”[56].

Por lo que hace a la experiencia de la vida espiritual, el P. Palma sacó de los escritos del P. Ribadeneyra lo siguiente: “Quien considere la oración que tenía nuestro Padre en este tiempo, las penitencias que hacía (habla de cuando estaba en Manresa), la mortificación en que se ejercitaba, las tentaciones que había padecido y las victorias que había alcanzado, y las consolaciones e ilustraciones con que Nuestro Señor le visitaba, hallará que todo esto era tanto y en tan alto grado, que no solamente pudo escribir un libro tal como decimos, sino que, habiendo de escribir, no podía ser sino que el libro de este género fuese muy acabado y perfecto”[57].

Y poco más adelante dice:

“Tenía ya experiencia del consuelo interior y del desconsuelo, de la devoción y de la sequedad, de la alegría del espíritu en el ejercicio de la penitencia y mortificación, y de la contradicción y repugnancia de la carne, y, finalmente, había probado los malos espíritus que como vientos turbian el corazón del hombre; y en una borrasca, nacida de los escrúpulos, se había visto en punto de anegarse, y, con la gracia de Dios, había salido bien de todo y había cobrado ánimo y destreza de buen marinero y piloto experimentado para gobernar su navío entre estas olas y tempestades, hasta ponerle en puerto seguro por medio de la fe y confianza y conformidad con la voluntad de Dios.”

Hizo San Ignacio los _Ejercicios_ teniendo a Dios por principal maestro, y así lo confesaba él a Consalvio de Cámara, cuando decía: “En Manresa no tuve a otro maestro que a Dios, pues no tuve otra persona que me enseñara”.

Esto los autores lo llaman con varios nombres:

Nadal: “Beneficio e instinto de Dios”[58]. Polanco: “Doctrina recibida de Dios y ungida por el Espíritu Santo”[59]. Suárez: “Gran auxilio de Dios[60], rayos de luz divina[61] y unción del Espíritu Santo”[62]. Y los jueces de la Rota, Ludovico, Manzanedo y Panfilio: “Conocimiento y luz sobrenatural infusa”[63]. Y, más adelante[64], dicen: “Estos _Ejercicios_ están llenos de piedad y santidad y fueron hechos en aquel tiempo en que el B. Padre carecía de instrucción, por lo cual se ve que más fué conocimiento e inspiración sobrenatural infusa que adquirida por los estudios”.

El P. Debuchy dice: “Sans cette grace la composicion des _Exercices_ reste un mystéree”, y el P. Ludovico Pastor dice que es admirable que un hombre guerrero, que tan sólo aprendió a leer y escribir, haya podido hacer esta obra, en la que presenta con tanta claridad, con tan alta doctrina y con tan gran fuerza, los distintos estados del alma. Añade que el propio San Ignacio y sus primeros alumnos se ve que fueron inspirados por el Espíritu Santo[65].

El P. Ludovico de Palma, aunque dice que no quiso Dios enseñar de súbito a Ignacio, ni le infundió por revelación la doctrina de los _Ejercicios_, afirma, sin embargo, que tuvo por maestro a Dios, pero fué aprendiendo no súbita, sino paulatinamente,

instruyéndose durante el tiempo que estuvo en Manresa, y procuró salir un gran maestro[66].

DE LA AYUDA QUE LA SANTÍSIMA VIRGEN LE PRESTÓ PARA ESCRIBIR LOS “EJERCICIOS”

Son muchos los autores que afirman que San Ignacio recibió, durante el tiempo que estuvo en Manresa, las visitas de la Virgen, y que le dictaba los _Ejercicios_.

Sin embargo de esto, en la gran obra _Monumenta Ignaciana_ se dice que esta doctrina se tiene como probable, pero no nos atrevemos a tomarla como segura[67], aunque esta tradición ha venido creyéndose durante cuatro siglos y hasta se han hecho pinturas y esculturas en las que se representa a San Ignacio escribiendo sobre una roca y la Virgen, teniendo sobre sus rodillas al niño Jesús y asido con sus divinas manos por debajo de los sobacos, en actitud de dictar a San Ignacio.

Ningún documento fehaciente que acredite esto dejó San Ignacio, y el único testimonio, que algunos autores atribuyeron a Laynio, no se ha encontrado aún[68].

Únicamente ha llegado hasta nosotros una narración del P. Gonzalo de Cámara, que afirma oyó de labios de San Ignacio, y que racionalmente se ha venido admitiendo, los siguientes extremos:

“Primero. Que Dios enseñaba a San Ignacio como un maestro enseña a su discípulo, porque no tenía quien le enseñase.

“Segundo. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Xpo.

“Tercero. A Nuestra Señora también a visto en símil forma.

“Cuarto. Estas cosas que a visto le confirmaron entonces (cuando se encontraba en Manresa) y le dieron tanta confirmaçion siempre de fe, que muchas veçes a pensado consigo etc.”[69].