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Part 7

Chapter 74,073 wordsPublic domain

Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad, escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos timoratos.

Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron, fielmente.

Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la calle Estados Unidos, de Buenos Aires.

Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.

Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.

Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una frase de expansión o de confianza.

Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren. Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y respetable.

Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su pieza, por librarse de la gente.

Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que siempre merecí calabazas en inglés.

Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.

No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.

Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente dormido en la eternidad.

El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.

Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.

Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín, en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de cierto poema que pensaba escribir.

Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el patio.

Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho, ahogando el ruido, como habrá de verse luego.

Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la cabecera contra la pared del fondo.

Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una Biblia y algunos libros ingleses.

Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.

¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!

¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!

Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.

Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.

Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme decisión de voluntad.

De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore se habían abierto...

¿Sería posible?...

Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.

Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos y sombras.

Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!

Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.

En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante, absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso, que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.

Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante, fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...

Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en abanico!

¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin, rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie junto a la cama!

¡No pude más!

Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.

Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese oído el ruido.

Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie acudió.

¡Mi delito quedaba impune para siempre!

Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.

Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme."

IV

HUMORISMOS Y FILOSOFIAS

TEDIO

Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de los que no trabajan.

La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.

¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos hastían y nos hartan?

El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios pueriles.

Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.

Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo está su figura. ¡Y cómo ha de estar!

--Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.

¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.

Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando una apoplegía.

Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.

¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?

¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos, que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?

¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un vaso de _vermouth_!

Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del sol.

La naturaleza nos reconcilia con la vida.

LA TRISTEZA

Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra, que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_. Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.

He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas, las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que parece que _algo está ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada, en medio del infinito devenir.

Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside, más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre. Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada, de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos a veces en los seres y en las cosas.

La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.

AMOR DE ARAÑAS

En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón; la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad voluntaria y consciente.

En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima, porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio. En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado, maté las hormigas con agua hirviendo.

Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco, en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno, después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el número.

No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los _araños_. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón, un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de escamas de plata.

Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y, teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día, mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche. Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con la tenacidad propia de los enamorados.

¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado. Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.

EL SAPO

El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a la calle, ante la puerta de una casa.

Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros, asimilado a las piedras pardas.

Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato arrojado al basural.

A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.

¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas, revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!

Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el sapo espera.

Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se acerca al bicho, y ¡zás!

El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a dos manos, empujando la presa hasta el estómago.

Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner la cara fea!

PASEOS ZOOLOGICOS

Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas.

Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.

Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La constancia es la primera virtud del naturalista.

En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.

En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y vivaz. En seguida fué al tubo.

En esta época,--fin del otoño--la mayor parte de los insectos han muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos, encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales, son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple, bulliciosa, policroma.

El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores, desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y crespa, como un festón de encajes.

BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS

Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición, el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de observación original, individual de sus alumnos.

Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no sin ironía, la comodidad del profesor.

"Amigos míos--objetó éste:--no es preciso trepar al cerro para hallar bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso. Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle, previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida microscópica. Pues la vida _macroscópica_ no es menos abundante en la avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas; las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.

Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números. Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las concepciones más abstractas".

Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio. Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna que emergía del centro de la fuente.

Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las narices con sus manos metálicas.

Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce zumo de la pequeña isla alimenticia.