Salta

Part 6

Chapter 64,031 wordsPublic domain

De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome de paso, desapareció con un débil chillido.

La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite, se pusiese a chillar.

Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.

Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.

Ya no pensaba en nada. Solamente oía.

Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el corazón en desórden.

Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló contra una pared y se dobló con ruido desigual.

¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!

Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el patio y avanzó en dirección a mi cuarto.

¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media habitación!

Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían ser de gente!

Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré: ¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me observaba, rumiando con espantosa impavidez.

Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia, asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció en la sombra.

Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad, escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta de casa de la panadería.

Por la mañana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche.

EL SUICIDIO DE BURELA

El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del cerro, que conduce al Redentor.

Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez.

He aquí el caso:

Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.

No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla.

--¡Hola, Dávalos!--me dijo.--¿Qué andás haciendo?

Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por un agujero apical del incoloro chamberguito.

Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un monstruoso "acullico" de coca.

Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.

Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada inseparable y vecino de barrio.

Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de _Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.

Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente; con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.

--Yo voy allá arriba--le contesté.--Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?

Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:

--Soy socio de Vago Hermanos y Cía...

Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que, sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.

--No tengo casa en el pueblo--añadió.--Van dos meses que vivo aquí en el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.

Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del pantalón:

--Estoy dispuesto a no sufrir más--me dijo, hablando con calma.--Ayer traje esta piola para ahorcarme...

Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un sollozo harto húmedo.

Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias, uñas negras y crecidas.

--¡Cáspita!--exclamé.--¿Y porqué no te ahorcaste ayer?

--No quiero morir de noche,--contestó con melancolía.

Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me rozó el cerebro, como una ala negra.

--Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!

Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.

--Ahora a buscar un árbol.

--¡Allí!--respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.

Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.

El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el chamberguito barranca abajo.

Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida y prenda de gratitud.

Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por roldana, saltó al aire.

Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta a la eterna vida.

Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.

El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.

Yo había cumplido un deber de amistad.

EL CASO DEL ESQUELETO

¿Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias raras, o en ciertos anormales estados psíquicos?

¿Hay, fuera del mundo material, más allá de lo que nuestra inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo distinto, un diferente aspecto de lo real?

El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos escapa, por ejemplo, las líneas laterales de los peces, parecería, desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas.

Por otra parte, a veces, iguales órganos, en un tipo zoológico, presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeño de una misma función. Así, mientras algunos mamíferos son sordos, o poco menos, las mulas poseen una agudeza de oído muy superior a la del caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye, de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido, correspondiente a un orden desconocido de la energía cósmica.

Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres, puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en la lucha por la vida, tengo por indudable que después de la puesta del sol entran efectivamente en acción aquellas fuerzas.

Fué a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mío, muy mansa, no se dejó quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una hora después caía muerto en la cocina de los peones... ¿Qué vió la mula en la cara del hombre, o qué olió en él, o qué sintió?...

Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos aparatos.

Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la influencia inquietante de la noche.

Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y caer vertiginosamente, boca arriba.

¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de _algo_ que no es _alguien_, pero que existe, que _es_! ¿Acaso la condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?...

¡Qué sé yo!...

Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.

Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor.

En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara desde medio día.

(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en el que suelo estudiar.)

En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien... Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo.

Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba colgado el esqueleto.

Encendí la vela.

Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite.

Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa se ha movido.

Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa: "Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a estos industriales el material....

Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro, quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el esqueleto había pertenecido a un asesino.

Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica permanecía trasparente entre las costillas.

Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del hecho inexplicable.

Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil la teoría.

Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa. ¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si podéis, una carcajada, os lo ruego.

--¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!--le grité al esqueleto.

Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues iba de lo contrario a enloquecerme.

Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón, y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del gatillo.

Retrocedí un paso para contemplarlo.

Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo, vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!...

Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico, abrazado a una chimenea.

LA COLA DE GATO

Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato.

Su vida es simple y redundante, como el rodar monótono de los días provincianos, o bien como la marcha circular y pacífica de un macho de noria.

La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre sí por un acontecimiento trascendental que dejó en su espíritu una perplejidad perdurable.

La primera etapa comprende su juventud, los diez años que pasó de dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa comprende su madurez, sus veinte años de empleado público.

Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo, Don Roque Pérez cuenta su caso a un grupo de oficinistas.

Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de Sarratea ocupaba una vieja casuca que todavía existe en una esquina de la plaza.

El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los estantes, y aguardaba al patrón que se presentaba a las ocho.

Sarratea despachaba personalmente, detrás del mostrador; pero si había que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el dependiente se encaramaba por ella.

A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del barrio, guardábase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa. Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba su rosario y se metía en cama.

Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió la vista al techo, y vió que colgaba una cola de gato por una rotura del cañizo.

El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de gato apuntaba, naturalmente, a sus narices.

--¿Qué será eso?--pensó el dependiente.--¿Qué será?...

Apagó la vela y se durmió.

Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver lo que es... Y apagaba la vela y se dormía.

Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera.

Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato debía ser _algo_. Para saber qué era, había tiempo.

Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!... El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca.

Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se contrató en la tienda de enfrente.

A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que llegara a Salta con su mujer.

Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la limpieza del chirivitil, para instalar su botica.

Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario, ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al techo, y se trepó.

Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando el pesado fardo, bajó al suelo.

--Bueno,--dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una monedita.--Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.

Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo, dice:

--Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado público.

EL SALTO ATRAS

--Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,--le dije al ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes adecuados.

El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas, el alcohol y demás cosas necesarias.

--Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a contraluz.

En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.

--¡Es singular!--objeté,--pues ayer mismo la estuve mirando en el fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?

--_¡Non signore!_

--Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.

La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.

Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche que lo encontré por una calle haciendo eses.

No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo saltar del Colegio.

Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de tristeza en la mirada.

Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y experimentado.

Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.

Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves, entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.

Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.

--Tenga usted más cuidado, Escalandrini--, le dije al ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.

Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de _crótalus_, que sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse desgarrados.

--Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque dil_ gabinete--, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras; circunstancia que no dejó de impresionarme.

Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.

Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.

Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se entraría de noche, y con vela.

No pregunté nada.

En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo, buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,--se conocía--, con sumo cuidado.

Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...

Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga, a develar el misterio de un temperamento.

En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó de través, y el hombre quedó manco.

Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública y allí le contuvieron la hemorragia.

Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano. Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín, pero no la hallaron. La mano se había extraviado.

Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios perros que olfateaban la sangre...

Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:

--Parece que un perro se la ha comido...

* * * * *

La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros, llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...

Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.

De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo mayor.

El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de alcohol y de gula bestial.

Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada le cercenó el abdómen.

* * * * *

Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta a los trogloditas antropófagos.

Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelandés educado en Londres, que se comió viva a una niña de cinco años.

LA MUERTE DEL MUERTO

La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el estigma de mi existencia.

¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.