Part 9
--Era puro mi amor como el primer rayo del sol en un día de primavera, puro como el objeto que le inspiraba, pero ya era para mi un tormento insoportable. Cuando Carlota se presentaba en el paseo o en el templo y yo iba en su seguimiento, observaba todos los ojos fijarse sobre ella y seguía con ansiedad la dirección de los suyos. Si un momento los paraba en algún blanco y gentil caballero, yo suspenso, convulso, quería penetrar a su corazón, sorprender en él un secreto de amor y morir. Si la veía en casa melancólica y pensativa dejar caer el libro que leía, o el pañuelo que bordaba; si revelaba el movimiento desigual de su pecho una secreta emoción, mil dolores desgarraban el mío, y me decía con furor: Ella siente la necesidad de amar; ella amará y no será á mí.
No pude sufrir mucho tiempo aquel estado de agonía; conocí la necesidad de huir de Carlota y ocultar en la soledad de mi amor, mis celos y mi desesperación. Vos lo sabéis, Teresa, solicité venir a este ingenio, y hace dos años que me he sepultado en él, volviendo a ver raras veces aquella casa en que pasé días de tanta felicidad y de tanta amargura, y aquel objeto adorable, que ha sido mi único amor sobre la tierra; pero lo que no podéis saber ni yo podré deciros, es cuánto he padecido en estos dos años de voluntaria ausencia. ¡Preguntádselo a esos montes, a este río, a estas peñas! Sobre ellas he derramado mis lágrimas que el río arrastraba en su corriente. ¡Oh Teresa! preguntádselo también a este cielo que ostenta sobre nosotros sus bóvedas eternas; él sabe cuántas veces le rogué me descargase del peso de una existencia que no le había pedido, ni podía agradecerle; pero siempre había un muro de bronce interpuesto entre él y yo, y el eco de la montaña me volvía los lamentos de dolor, que el cielo no se dignaba acoger.
Una gruesa y ardiente lágrima se desprendió de los ojos de Sab, cayendo sobre la mano de Teresa, que aun retenía en las suyas; y otra lágrima cayó también al mismo tiempo y resbaló por la frente del mulato; esta lágrima era de Teresa, que inclinada hacia él, le fijaba una mirada de simpatía y compasión.
--¡Pobre mujer!--dijo él--¡Vos también habéis padecido! lo sé; los hombres al ver vuestro aspecto frío y vuestro rostro siempre sereno, han creído que ocultábais un corazón insensible, y han dicho acaso: ¡Qué feliz es! pero yo, Teresa, yo os he hecho justicia; porque conozco que para ahogar el llanto y disfrazar bajo una frente serena el dolor que despedaza el corazón, es preciso haber sufrido mucho.
Siguió a estas palabras un nuevo intervalo de silencio y luego prosiguió:
--Bajo un cielo de fuego, con un corazón de fuego, y condenado a no ser jamás amado, he visto pasar muchos días de mi estéril y triste juventud. En vano quería apartar a Carlota de mi imaginación, y apagar la llama insana que me consumía; en todas partes encontraba la misma imagen, a todas llevaba el mismo pensamiento. Si en las auroras de la primavera quería respirar el aire puro de los campos y despertar con toda la naturaleza a la luz primera de un nuevo día, a Carlota veía en la aurora y en el campo: la brisa era su aliento, la luz su mirar, su sonrisa el cielo. De amor me hablaban las aves que cantaban en los bosques, de amor el arroyo que murmuraba a mis pies, y de amor el gran principio de vida que anima el universo.
Si, cansado del trabajo venía a la caída del sol a reposar mis miembros a orillas de este río, aquí también me aguardaban las mismas ilusiones; porque aquella hora de la tarde, cuando el sinsonte canta girando en torno de su nido, cuando la oscuridad va robando por grados la luz y el color a los campos, aquella hora, Teresa, es la hora de la melancolía y de los recuerdos. Todos los objetos inspiran una indefinible ternura, y al suspiro de la brisa se mezcla involuntariamente el suspiro del corazón. Entonces veía yo a Carlota aérea y pura vagar por las nubes que doraba el sol en sus últimos rayos, y creía beber en los aromas de la noche el aliento de su boca. ¡Oh! cuántas veces, en mi ciego delirio, he tendido los brazos a aquel fantasma hechicero y le he pedido una palabra de amor, aun cuando a esta palabra hubiese de desplomarse el cielo sobre mi cabeza, o hundirse la tierra debajo de mis plantas!
¡Vientos abrasadores del Sur! cuando habéis acudido a mis desesperados clamores, trayendo en vuestras alas la tempestades del cielo, también vosotros me habéis visto salir a recibiros, y mezclar mis gritos a los bramidos del huracán y mis lágrimas a las aguas de la tormenta! He implorado al rayo y le he atraído en vano sobre mi cabeza: junto a mí ha caído, tronchada por él, la altiva palma, reina de los campos, y ha quedado en pie el hijo del infortunio! Y ha pasado la tempestad de la naturaleza y no ha pasado nunca la de su corazón!
--¡Oh Sab, pobre Sab! ¡Cuánto has padecido!--exclamó conmovida Teresa,--¡Cuán digno es de mejor suerte un corazón que sabe amar como el tuyo!
--Soy muy desgraciado, es verdad,--respondióla con voz sombría;--vos no lo sabéis todo; no sabéis que ha habido momentos en que la desesperación ha podido hacerme criminal. Sí, vos no sabéis qué culpables deseos he formado, qué sueños de cruel felicidad han salido de mi cabeza abrasada.... arrebatar a Carlota de los brazos de su padre, arrancarla de esa sociedad que se interpone entre los dos, huir a los desiertos llevando en mis brazos a ese ángel de inocencia y de amor.... ¡Oh, no es esto todo! He pensado también en armar contra nuestros opresores, los brazos encadenados de sus víctimas; arrojar en medio de ellos el terrible grito de libertad y venganza; bañarme en sangre de blancos; hollar con mis pies sus cadáveres y sus leyes y perecer yo mismo entre sus ruinas, con tal de llevar a Carlota a mi sepulcro; porque la vida o la muerte, el cielo o el infierno.... todo era igual para mí, si ella estaba conmigo.
Otro nuevo intervalo de silencio sucedió a estas palabras. Sab parecía haber caído en profundo enajenamiento, y Teresa, fijos en él los ojos, sentía en su corazón nuevas y extraordinarias sensaciones. Teresa, que jamás había oído de la boca de un hombre la declaración de una pasión vehemente, hallábase entonces como fascinada por el poder de aquel amor inmenso, incontrastable, cuya fogosa expresión acababa de oir. Había algo de contagioso en las pasiones terribles del hombre con quien se hallaba; acaso el aire que respiraba saliendo encendido de su pecho, se extendía quemando cuanto encontraba. Teresa temblaba, y una sensación muy extraordinaria se apoderó entonces de su corazón; olvidaba el color y la clase de Sab; veía sus ojos llenos del fuego que le devoraba; oía su acento que salía del corazón trémulo, ardiente, penetrante, y acaso no envidió ya tanto a Carlota su hermosura y la felicidad de ser esposa de Enrique, como la gloria de haber inspirado una pasión como aquella. Parecióle también que ella era capaz de amar del mismo modo y que un corazón como el de Sab era aquel que el suyo necesitaba.
El mulato, que absorto en sus pensamientos apenas atendía a ella, levantó por fin la cabeza y tomó otra vez la palabra, con más tranquilidad.
--En las pocas veces que iba a Puerto Príncipe, apenas veía a Carlota, pero interrogaba a todas sus criadas con mal disimulada ansiedad, deseando saber el estado de su corazón y temblando siempre de conseguirlo; pero mis temores quedaban desvanecidos. Belén, su esclava favorita como sabéis, me decía que aunque Carlota era el objeto de mil obsequios y pretensiones, no concedía a ningún hombre la más ligera preferencia; solía añadir que a su joven ama repugnaba el matrimonio y no escuchaba sin llorar la menor insinuación que respecto a esto le dirigía su padre. Tantas veces me fueron repetidas estas dulces palabras, que mis inquietudes se disipaban por fin poco a poco y.... ¿osaré confesarlo, Teresa? Sólo a vos, a vos únicamente podía hacer la penosa confesión de mi insensato orgullo. ¡Me atreví a formar absurdas suposiciones! Osé creer que aquella mujer cuya alma era tan pura, tan apasionada, no encontraría en ningún hombre el alma que fuese digna de la suya; me persuadí que un secreto instinto, revelándole que no existía en todo el universo más que una que fuese capaz de amarla y comprenderla, la había también instruído de que se encerraba en el cuerpo de un sér degradado, proscripto por la sociedad, envilecido por los hombres.... y Carlota, condenada a no amar sobre la tierra, guardaba su alma virgen para el cielo. ¡Para aquella otra vida donde el amor es eterno y la felicidad inmensa! Donde hay igualdad y justicia, y donde las almas que en la tierra fueron separadas por los hombres, se reunirán en el seno de Dios por toda la eternidad.
¡Oh delirio de un corazón abrasado! ¡a ti debo los únicos momentos de felicidad que después de cuatro años haya experimentado!
Una de las veces que estuve en la ciudad, no pude ver a Carlota, aunque permanecí tres días con este objeto. Belén me dijo que la señorita apenas salía de su cuarto; que se hallaba ligeramente indispuesta y muy triste, y rehusaba recibir hasta vuestras visitas, Teresa, y las de sus parientes. Según me ha confesado después, nadie ignoraba en la casa el motivo de su tristeza: su mano había sido rehusada a Enrique Otway; pero entonces nadie me comunicó estas noticias. A pesar de lo impenetrable que yo creía mi secreto, Belén lo había adivinado, y según me ha dicho después, ella rogó a las esclavas no hablar en mi presencia de los amores de la señorita. Inquieto con lo que se me decía de su poca salud y no logrando verla, pasaba las noches pegado a la ventana de su cuarto que da sobre el patio, y allí me encontraba la aurora, contento si en el silencio de la noche había podido percibir un suspiro, un movimiento de Carlota.
La última noche que pasé en la ciudad, estando más atento que nunca al más leve rumor que se sentía en aquella habitación querida, ya avanzada la noche creí oir andar a Carlota, y poco después aproximarse a la ventana contra la cual estaba apoyado; redoblé entonces mi atención y oí distintamente su dulce voz. Sabiendo que dormía sola, causóme admiración y poniendo toda mi alma en el oído, para entender lo que decía, conocí en breve que estaba leyendo. Era sin duda el libro de los evangelios el que ocupaba su atención, pues después de haber leído algunos minutos en voz baja, que no permitía oir distintamente las palabras, profirió por fin más alto: “Venid a mí los que estéis cargados y fatigados, y yo os aliviaré”[23]. Después de estas tiernas y consoladoras palabras, que repitió dos veces, dejé de oir la argentina voz y sólo pude percibir algunos suspiros. Trémulo, conmovido hasta lo más profundo del alma, repetía yo interiormente las palabras de consuelo que había oído y parecíame ¡insensato! que a mí habían sido dirigidas. Súbitamente sentí descorrer el cerrojo de la ventana, y apenas tuve tiempo de ocultarme detrás del rosal que la da sombra, cuando apareció Carlota. A pesar de ser la noche una de las más frescas del mes de noviembre, no tenía abrigo ninguno en la cabeza, cuyos hermosos cabellos flotaban en multitud de rizos sobre su pecho y espalda. Su traje era una bata blanquísima, y la palidez de su rostro y el brillo de sus ojos humedecidos, daban a toda su figura algo de aéreo y sobrenatural. La luna en su plenitud colgaba del azul mate del firmamento, como una lámpara circular, y rielaban sus rayos entonces sobre la frente virginal de aquella melancólica hermosura.
Yo me arrastré por tierra hasta colocarme otra vez junto a la ventana, y de pecho contra el suelo mis ojos y mi corazón se fijaron en Carlota. También ella parecía agitada, y un minuto después la vi caer de rodillas junto a la reja; entonces estábamos tan cerca, que pude besar un canto de la cinta que ceñía la bata a su cintura, y que colgaba fuera de la reja, mientras apoyaba en ella sus dos hermosos brazos y su cabeza de ángel. Permaneció un momento en esta postura, durante el cual yo sentía mi corazón que me ahogaba, y abría mis secos labios para recoger ávidamente el aire que ella respiraba. Luego levantó lentamente la cabeza y sus ojos llenos de lágrimas tomaron naturalmente la dirección del cielo. ¡Paréceme verla aún! Sus manos desprendiéndose de la reja se elevaron también y la luz de la luna, que bañaba su frente, parecía formar en torno suyo una aureola celestial. ¡Jamás se ha ofrecido a las miradas de los hombres tan divina hermosura! Nada había de terrestre y mortal en aquella figura: era un ángel que iba a volar al cielo abierto ya para recibirle, y estuve próximo a gritarle: ¡Detente, aguárdame! Dejaré sobre la tierra esta vil corteza y mi alma te seguirá.
La voz de Carlota, que sonó en mis oídos más dulce, más aérea que la voz de los querubines, ahogó en mis labios esta imprudente exclamación:--¡Oh tú, decía ella; tú, que has dicho:--Venid a mí todos los que estéis fatigados y yo os aliviaré!--recibe mi alma que se dirige a ti, para que la descargues del dolor que la oprime.--Yo uní mis preces a las suyas, Teresa, y en lo íntimo de mi corazón repetí con ella: Recibe mi alma que se dirige a ti. Yo creía sin duda que ambos íbamos a morir en aquel momento y a presentarnos juntos ante el Dios de amor y de misericordia. Un sentimiento confuso de felicidad vaga, indefinible, celestial, llenó mi alma, elevándola a un éxtasis sublime de amor divino y de amor humano; a un éxtasis inexplicable en el que Dios y Carlota se confundían en mi alma.
Sacóme de él el ruido estrepitoso de un cerrojo; busqué a Carlota y ya no la ví; la ventana estaba cerrada, y el cielo y el ángel habían desaparecido. ¡Volví a encontrar solamente al miserable esclavo, apretando contra la tierra un corazón abrasado de amor, celos y desesperación!
CAPITULO II
¿Qué haré? qué medio hallaré donde no ha de hallarse medio? Mas si el morir es remedio, remedio en morir tendré. LOPE DE VEGA.
--¡Pobre Sab!--exclamó Teresa--cuánto habrás padecido al saber que ese ángel de tus ilusiones quería entregarse a un mortal!
--¡Indigno de ella!--añadió con tristeza el mulato.--Si, Teresa, cien veces más indigno que yo, no obstante su tez de nieve y su cabello de oro. Si no lo fuese, si ese hombre mereciese el amor de Carlota, creedme, el corazón que se encierra en este pecho sería bastante generoso para no aborrecerle. ¡Hazla feliz! le diría yo, y moriría de celos bendiciendo a aquel hombre. Pero no, él no es digno de ella: ella no puede ser dichosa con Enrique Otway.... ¡Ved aquí el motivo de mi desesperación! Carlota en brazos de un hombre era un dolor...., un dolor terrible! pero yo hubiera hallado en mi alma fuerzas para soportarlo. Mas Carlota entregada a un miserable.... ¡Oh Dios! ¡Dios terrible!.... ¡Esto es demasiado! Había aceptado el cáliz con resignación y tú quisiste empozoñar su hiel.
No volví a la ciudad hasta el mes anterior al pasado. Hacía ya cerca de dos que estaba decidido el casamiento de Carlota, pero nada se me dijo de él y no habiendo estado sino tres días en la ciudad, siempre ocupado en asuntos de mi amo, no vi nunca a Otway y volví a Bellavista sin sospechar que se preparaba la señorita de B.... a un lazo indisoluble. Ni mi amo, ni Belén, ni vos, señora.... nadie me dijo que Carlota sería en breve la esposa de un extranjero. ¡El destino quiso que recibiese el golpe de la mano aborrecida!
Sab refirió entonces su primer encuentro con Enrique y, como si el recuerdo de aquella tarde fatal fuese de un peso mayor que todos sus otros dolores, quedó después de dicha relación sumido en un profundo abatimiento.
--¡Sab,--díjole Teresa con acento conmovido--yo te compadezco, tú lo conoces, pero ¡ah! ¿qué puedo hacer por ti?....
--Mucho,--respondió levantando su frente, animada súbitamente de una expresión enérgica;--mucho, Teresa: vos podéis impedir que caiga Carlota en los brazos de ese inglés, y supuesto que vos le amáis sed su esposa.
--¡Yo! ¿Qué estás diciendo, pobre joven? ¡Yo puedo ser la esposa del amante de Carlota.
--¡Su amante!--repitió él con sardónica sonrisa--os engañáis, señora, Enrique Otway no ama Carlota.
--¡No la ama! ¿Y por qué pues ha solicitado su mano?
--Porque entonces la señorita de B.... era rica;--respondió el mulato con acento de íntima convicción--porque todavía no había perdido su padre el pleito que le despoja de una gran parte de su fortuna; porque aun no había sido desheredada por su tío. ¿Me entendéis ahora, Teresa?
--Te entiendo,--dijo ella,--y te creo injusto.
--No,--repuso Sab,--no escucho ni a mis celos ni a mi aborrecimiento al juzgar a ese extranjero. Yo he sido la sombra que por espacio de muchos días ha seguido constantemente sus pasos; yo el que ha estudiado a todas horas su conducta, sus miradas, sus pensamientos....; yo quien ha sorprendido las palabras que se le escapaban cuando se creía solo y aun las que profería en sus ensueños, cuando dormía; yo quien ha ganado a sus esclavos para saber de ellos las conversaciones que se suscitaban entre padre e hijo, conversaciones que rara vez se escapan a un doméstico interior, cuando quiere oirlas. ¡No era preciso tanto, sin embargo! Desde la primera vez que examiné a ese extranjero, conocí que el alma que se encerraba en tan hermoso cuerpo era huésped mezquino de un soberbio alojamiento.
--Sab,--dijo Teresa,--me dejas atónita; luego tú crees....
El mulato no la dejó concluir. Creo,--respondió,--que Enrique está arrepentido del compromiso que lo liga a una mujer que no es ya más que un partido adocenado; creo que el padre no consentirá gustoso en esa unión, sobre todo si se presenta a su hijo una boda más ventajosa; creo, Teresa, que vos sois ese partido que el joven y el viejo aceptarán sin vacilar.
Teresa creyó que soñaba.--¡Yo!--repitió por tres veces.
--Vos misma,--respondió el mulato.--Jorge Otway preferirá una dote en dinero contante (yo mismo se lo he oído decir), a todas las tierras que puede llevar a su hijo la señorita de B.... y vos podéis ofrecer a Enrique con vuestra mano una dote de cuarenta mil duros en onzas de oro.
--¡Sab!--exclamó con amargura la doncella,--no te está bien ciertamente burlarte de una infeliz que te ha compadecido, llorando tus desgracias aunque no llora las suyas.
--No me burlo de vos, señora,--respondió él con solemnidad.--Decidme ¿no tenéis un billete de la lotería? le tenéis, yo lo sé: he visto en vuestro escritorio dos billetes que guardáis; el uno tiene vuestro nombre y el otro el de Carlota, ambos escritos por vuestra mano. Ella, demasiado ocupada de su amor, apenas se acuerda de esos billetes, pero vos los conserváis cuidadosamente, porque sin duda pensáis, siendo rica, sería hermosa, sería feliz.... siendo rica, ninguna mujer deja de ser amada.
--¡Y bien!--exclamó Teresa con ansiedad,--es verdad.... tengo un billete de la lotería....
--Yo tengo otro.
--¡Y bien!
--La fortuna puede dar a uno de los dos cuarenta mil duros.
--Y esperas....
--Que ellos sean la dote que llevéis a Enrique. Ved aquí mi billete,--añadió sacando de su cinturón un papel,--es el número 8014, y el 8014 ha obtenido cuarenta mil duros. Tomad este billete y rasgad el vuestro. Cuando dentro de algunas horas venga yo de Puerto Príncipe, el señor de B.... recibirá la lista de los números premiados, y Enrique sabrá que ya sois más rica que Carlota. Ya veis que no os he engañado cuando os dije que había para vuestro amor una esperanza, ya veis que aun podéis ser dichosa; ¿consentís en ello, Teresa?
Teresa no respondió; una sola palabra, no salió de sus labios. Pero no eran necesarias las palabras. Sus ojos habían tomado súbitamente aquella enérgica expresión que tan rara vez los animaba. Sab la miró y no exigió otra contestación; bajó la cabeza avergonzado y un largo intervalo de silencio reinó entre los dos. Sab lo rompió por fin con voz turbada.
--Perdonadme, Teresa,--la dijo,--ya lo sé... nunca compraréis con oro un corazón envilecido, ni legaréis la posesión del vuestro a un hombre mezquino. Enrique es tan indigno de vos como de ella. ¡Lo conozco! Pero, Teresa, no podéis aparentar algunos días que os halláis dispuesta a otorgarle vuestra dote y vuestra mano?, y cuando vencido por el atractivo del oro, que es su Dios, caiga el miserable a vuestros pies, cuando conozca Carlota la bajeza del hombre a quien ha entregado su alma, entonces abrúmenle vuestros desprecios y los suyos, entonces alejad de vosotras a ese hombre indigno de miraros. ¿Consentís Teresa? Yo os lo pido de rodillas, en nombre de vuestra amiga, de la hija de vuestros bienhechores.... ¡De esa Carlota fascinada que merece vuestra compasión! No consintáis en que caiga en los brazos de un miserable ese ángel de inocencia y de ternura... no lo consintáis Teresa.
--En este corazón alimentado de amargura por tantos años,--respondió ella,--no se ha sofocado, sin embargo, el sentimiento sagrado de la gratitud; no, Sab, no he olvidado a la angélica mujer que protegió a la desvalida huérfana, ni soy ingrata a las bondades de mi digno bienhechor, que es padre de Carlota. ¡De Carlota, a quien yo he envidiado en la amargura de mi corazón, y cuya felicidad que me hace padecer, sería un deber mío comprar a costa de toda mi sangre. Pero ¡ay!... ¿Es la felicidad la que quieres darla?... Triste felicidad la que se funde sobre las ruinas de todas las ilusiones! Tú te engañas, pobre joven, o yo conozco mejor que tú el alma de Carlota. Aquella alma tierna y apasionada se ha entregado toda entera; su amor es su existencia, quitarle el uno es quitarle la otra. Enrique, vil, interesado, no sería ya, es verdad, el ídolo de un corazón tan puro y tan generoso; pero ¿cómo arrancar ese ídolo indigno sin despedazar aquel noble corazón?
Sab cayó a sus pies como herido de un rayo.--¡Pues qué!--gritó con voz ahogada,--¿ama tanto Carlota a ese hombre?
--Tanto,--respondió Teresa,--que acaso no sobrevivirá a la pérdida de su amor. ¡Sab!--prosiguió con voz llena y firme,--si es cierto que amas a Carlota con ese amor santo, inmenso, que me has pintado; si tu corazón es verdaderamente capaz de sentirlo, desecha para siempre un pensamiento inspirado únicamente por los celos y el egoísmo. ¡Bárbaro!... ¿Quién te da el derecho de arrancarla sus ilusiones, de privarla de los momentos de felicidad que ellas pueden proporcionarla? ¿Qué habrás logrado cuando la despiertes de ese sueño de amor, que es su única existencia? ¿Qué le darás en cambio de las esperanzas que le robes? ¡Oh! ¡desgraciado el hombre que anticipa a otro el terrible día del desengaño!
Detúvose un momento y viendo que Sab la escuchaba inmóvil, añadió con más dulzura: Tu corazón es noble y generoso, si las pasiones le extravían un momento, él debe volverse más recto y grande. Al presente eres libre y rico; la suerte, justa esta vez, te ha dado los medios de elevar tu destino a la altura de tu alma. El bienhechor de Martina tiene oro para repartir entre los desgraciados, y la dicha de la virtud le aguarda a él mismo, al término de la senda que le abre la Providencia.
Sab miró a Teresa con ojos extraviados y como si saliese de un penoso sueño.
--¡Dónde estoy!--exclamó.--¿Qué hacéis aquí? ¿A qué habéis venido?
--A consolarte,--respondió conmovida la doncella.--¡Sab! querido Sab... vuelve en ti.