Part 8
¡Cómo pierden su hermosura los objetos mirados por los ojos de la tristeza! Carlota al restituirse a Bellavista miraba con indiferencia aquellos mismos campos, fértiles y hermosos, que tan grata impresión le causaran tres días antes, admirándolos con Enrique.
Iba a estar ocho días separada de aquel objeto de toda su ternura, y su tristeza era tanto mayor cuanto que una vaga inquietud, un indefinible temor atormentaban por primera vez su imaginación.
En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con cierta confusión; cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada, pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado corazón.--No me ama tanto como yo le amo, se atrevió Carlota a confesarse a sí misma; alguna cosa le aflige que no se atreve a confiarme.
¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí que le he entregado mi alma toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!
Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de Enrique, y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza y frialdad de su amante?... Si un desgraciado instinto se lo hubiese revelado, Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera podido vivir.
Melancólica y preocupada, llegó al anochecer a aquel ingenio del cual saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; don Carlos siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al Correo, y las niñas, fatigadas, no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la habían olvidado y hallóse sola enteramente. Levantóse entonces de la butaca en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volvióse muy despacio a su silla.--¡No hay duda!--dijo en voz baja:--¡He oído sus sollozos! ¡Carlota! ¿Qué puede afligirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman! ¡Todos desean tu amor!... ¡Deja lágrimas para la pobre huérfana sin riquezas, sin hermosura, a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!
Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda meditación, que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba ya próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a ella. ¡Las diez!--exclamó:--¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy aquí sola!--Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y que permanecía cerrada todavía, y por último fijó los ojos en la vela expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.--Así un corazón gastado por los pesares,--dijo tristemente,--arroja aún de tiempo en tiempo destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: así mi pobre corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama criminal y terrible!
La luz arrojó en aquel momento una ráfaga más viva que las anteriores; pero fué la última: Teresa quedó en profunda oscuridad, y oyóse entonces su voz proferir con acento más triste:
--Así te extinguirás, desgraciado fuego de mi corazón, así te extinguirás también por falta de pábulo y de esperanza.
--¡No, Teresa! ¡Aún hay para vuestro amor una esperanza! Aún podéis ser dichosa,--respondió otra voz no menos sombría, que Teresa escuchó casi en su mismo oído. Lanzó ella un ligero grito, que al parecer fué sofocado por una mano colocada oportunamente sobre su boca.--¡Silencio!--repitió la misma voz,--silencio si no queréis perdernos a ambos. Teresa, yo os debo mucho y acaso puedo pagaros; vos habéis adivinado mi secreto y yo en cambio poseo el vuestro. Es preciso que haya una explicación entre nosotros: es preciso que me oigáis. ¿Lo entendéis, Teresa? Esta noche, cuando el reloj que hace un momento mirabais, haya sonado las doce, os aguardo en las orillas del río a espaldas de los cañaverales del Sur. Mañana debo partir y es forzoso que me oigáis antes, porque esta conferencia, yo os lo juro, decidirá de mi suerte y la vuestra. ¡Acaso también de la suerte de otros! ¿Juráis
acudir a la cita, que os pido en nombre de todo lo que más amáis?
--Sab,--respondió Teresa con voz trémula y asustada:--¿qué quieres decir? soy una desgraciada a quien debes compadecer.
--Y a la que quiero y puedo hacer dichosa,--repuso con vivacidad su interlocutor.--¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre, Teresa! dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso depende de esta condescendencia.
--¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante!--observó en voz baja la doncella.
--¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?
--No,--respondió ella con voz más segura:--¡Sab! yo te lo prometo, acudiré a la cita.
--¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! a las doce, a orillas del río, a espaldas de los cañaverales del Sur.
--Allí me hallarás.
--¿Lo juras, Teresa?
--¡Lo juro!
A este diálogo habido en las tinieblas sucedió en la sala un silencio profundo, y cuando tres minutos después salió don Carlos de su escritorio llamando a Sab, para entregarle las cartas que debía llevar a la ciudad, encontró a Teresa en la misma butaca en la que la había visto al dejar la sala y al parecer profundamente dormida. A las voces del señor de B...., y al ruido de la puerta del cuarto de Carlota, que se abrió casi al mismo tiempo, despertó de su sueño, y oyó esperezándose la dulce voz de su amiga que la decía abrazándola.
--Teresa mía, perdona el que te haya dejado sola por tanto tiempo.!Tenía tanto que escribir!--Y al momento, como si se arrepintiese de ser poco sincera con su amiga, añadió más bajo:--¡Tenía tanta necesidad de estar sola!
Teresa, sin prestar atención a esta excusa, miró alrededor de sí, como si después de un tan largo sueño apenas recordase el sitio en que se hallaba.--¿Qué hora es?--preguntó seguidamente.
--Mira el reloj,--respondió Carlota,--son las diez dadas y creo justo nos recojamos, tanto más cuanto parece estás muy dispuesta a volver a dormirte. Pero he aquí a Sab que recibe órdenes y cartas; mañana al amanecer marcha a la ciudad; voy a darle dos cartas que he escrito para nuestras amigas. ¿No tienes tú nada que encargar a Puerto Príncipe?
--Nada,--contestó Teresa, levantándose y dirigiéndose hacia el dormitorio, al cual la siguió Carlota después de poner en manos del mulato sus dos cartas, y de recibir un beso y una bendición de su padre.
--Te habrás fastidiado mucho, mi buena Teresa,--dijo cariñosamente a su compañera, después de cerrar la puerta y mientras se desnudaba para acostarse:--¡tan sola como estabas! ¿Qué has hecho?
--Dormir, ya lo has visto,--respondió Teresa, que ya estaba en la cama y al parecer muy próxima a volver a dormirse.
--He sentido mucho dejarte sola,--repuso Carlota;--pero mira: ¡tenía tanta necesidad de soledad y silencio! ¡Estaba tan triste! ¡Tan agitada!
--Estabas triste, ¿qué tenías, pues?--dijo Teresa incorporándose un poco en la almohada.
--Tenía... ¿qué sé yo? ¡Una opresión del corazón!... Necesitaba llorar, lloré mucho y ya me siento aliviada.
--¿Has llorado?--repitió Teresa alargándola una mano, con más ternura en su voz y en sus miradas que la que Carlota estaba acostumbrada a ver en ella. Conmovida en aquel momento, a vista de este inesperado interés, arrojóse la pobre niña en los brazos de su amiga y renovó su llanto. Poco tuvo que insistir Teresa para arrancarla una entera confesión de los motivos de su tristeza. No acostumbrada al dolor, pero dotada de un alma capaz de recibirlo en toda su plenitud, Carlota había padecido tanto aquella noche con sus cavilaciones e inquietudes, que sentía una necesidad de pedir consuelo y compasión. Por otra parte, aunque Teresa con su sequedad genial recibiese sus confianzas por lo común con muestras de poco interés, Carlota había adquirido el hábito de hacérselas, y reprochábala su corazón, como una falta, la reserva que en aquella ocasión había tenido con su amiga. Así pues, abrazada de su cuello y llenos los ojos de lágrimas, refirióle con candor y exactitud todas las quejas que formaba de Enrique. Teresa la escuchaba con atención, y luego que hubo concluído:
--¡Pobre Carlota!--la dijo:--¡Cómo te forjas tú misma motivos de inquietud!
--¡Pues qué!--exclamó con ansiedad de temor y de esperanza,--¿piensas tú que soy injusta?
--Lo eres indudablemente,--repuso Teresa.
--¿Piensas que me ama lo mismo que antes?
--Y ¿por qué no te amaría más cada día, querida Carlota? ¡Eres tan buena, tan hermosa!
--¿Me adulas, Teresa?--preguntó Carlota, que a las primeras palabras de su amiga había levantado su linda cabeza, enjugando sus lágrimas y conteniendo sus sollozos, para oirla mejor.
--No ciertamente, eres amada y mereces serlo. ¿Por qué interpretas en tu daño lo que puede ser, y es indudablemente, efecto de ese mismo amor del cual dudas? ¿Es acaso extraño que Enrique esté triste y de mal humor, cuando, acostumbrado a verte diariamente por espacio de tres meses, y con la esperanza de verte en breve sin cesar, se halla sin embargo al presente forzado por enojosos asuntos de comercio a dejarte con frecuencia y a pasar semanas enteras lejos de ti? Esa frialdad de que te quejas es una aprensión tuya, y además, ¿quieres que un hombre abrumado de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies? ¡Oh! eres injusta, no lo dudes Carlota: Enrique no merece las sospechas de tu suspicaz ternura.
Escuchaba estas palabras Carlota con inexpresable alegría. Es tan fácil persuadirnos de aquello que deseamos, y tan dulce esta persuasión, que la apasionada joven no necesitó más que aquellas pocas palabras de Teresa, para disipar todas sus inquietudes; y si aun no se mostró convencida fué por el placer de que su amiga le repitiese que era injusta y que Enrique la amaba. ¡Cuánto bien hacían a su corazón aquellas palabras! ¡Cómo se aplaudía de haber confiado a Teresa sus penas, reconviniéndose de no haberlo hecho antes! Teresa la parecía aquella noche adorable, elocuente, sublime. Persuadíase con placer que era mil veces más justa, más sensata que ella, y lloró entonces haber ofendido a su amante con infundados recelos.
--He sido ciertamente muy injusta,--dijo entre sonrisas y lágrimas;--pero merezco perdón. ¡Le amo tánto! Una palabra, una mirada de Enrique es para mi corazón la vida o la muerte, la felicidad o la desesperación. Tú no comprendes esto, Teresa, porque nunca has amado.
Teresa se sonrió tristemente.
--Estás tan poco acostumbrada a padecer,--la dijo después,--que el menor contratiempo, hallando indefenso tu corazón, se posesiona y le oprime. ¡Oh Carlota! aun cuando la desgracia que sin razón has temido llegase a realizarse, ¿deberías abandonarte así cobardemente al dolor? Si Enrique fuese mudable, pérfido, ¿no tendrías bastante orgullo y fortaleza para despreciarle, juzgando poco digna de tus lágrimas la pérdida de un corazón inconstante?
Carlota desenlazó sus brazos de los de Teresa con un movimiento convulsivo, y pintóse en sus ojos un triste sobresalto.
--¡Qué! ¿Intentas acaso prepararme? ¿Me has engañado al asegurarme que me amaba? ¿Has conocido tú también su mudanza? ¿La sabes? dímelo ¡oh! en nombre del cielo, dímelo, cruel!
--No, pobre niña,--exclamó Teresa,--¡no! no he conocido otra cosa sino que serás desgraciada, no obstante tu hermosura y tus gracias, no obstante el amor de tu esposo y de cuantos te conocen. Serás desgraciada si no moderas esa sensibilidad pronta siempre a alarmarse.
--Sí,--respondió Carlota, con un hondo suspiro, mientras se sentaba tristemente y con aire pensativo sobre su cama:--Sí, seré desgraciada; no sé qué voz secreta me lo dice sin cesar; pero al menos la desgracia contra la cual quieres prepararme, no será la que yo llore más largo tiempo. Si Enrique fuese pérfido, ingrato...., entonces todo habría concluído....; yo no sería ya desgraciada. No son los más temibles aquellos males a los que hay la certeza de no poder sobrevivir.
Concluyendo estas palabras dejóse caer con abatimiento sobre la almohada, y Teresa fijó los ojos en ella con profunda emoción. Miraba con cierta sorpresa, y con la más tierna piedad, impreso el dolor en aquella frente tan joven y tan pura, en la que ni el tiempo ni las pasiones habían grabado hasta entonces su dolorosa huella, y reconveníase por haber turbado un momento su deliciosa serenidad.--Desgracia para aquellos, decía interiormente, que derraman la primera gota de hiel en un alma dichosa. ¿Quiénes son los que, surcado el rostro por las arrugas, que les han impreso los años o los dolores, se acercan atrevidos a la juventud confiada y feliz, para arrebatarle sus ilusiones inocentes y brillantes? Seres fríos y duros, almas sin compasión que pretenden hacer un bien cuando anticipan el momento fatal del desengaño: cuando ofrecen una triste realidad al que despojan de sus dulces quimeras. Hombres crueles, que hielan la sonrisa en los labios inocentes, que rasgan el velo brillante que cubre a los ojos inexpertos, y que al decir: esta es la verdad, destruyen en un momento la felicidad de toda una existencia.
¡Oh vosotros, los que ya lo habéis visto todo, los que todo lo habéis comprendido y juzgado, vosotros los que ya conocéis la vida y os adelantáis a su último término, guiados por la desconfianza! Respetad esas frentes puras, en las que el desengaño no ha estampado su sello; respetad esas almas ricas de esperanzas y poderosas por su juventud....; dejadles sus errores...., menos mal les harán que esa fatal previsión que queréis darles.
Teresa, haciendo estas reflexiones, se había inclinado hacia su prima y la apretaba en sus brazos con no usada ternura. Carlota recibía sus caricias sin devolverlas--tan preocupada estaba--hasta que Teresa renovando la conversación procuró tranquilizarla repitiéndola, con acento de convicción, que Enrique la amaba, que la amaría siempre y que le ultrajaba en dudar un momento de su sinceridad y constancia.
Luego que la vió menos agitada, rogóla procurase dormir y ella misma aparentó necesidad de reposo. Imposible fué sin embargo a Carlota dormirse en algún tiempo; bien que sosegada de sus temores, sentíase sobradamente conmovida, y ya Teresa dormía al parecer profundamente, hacía más de media hora, cuando ella aun daba vueltas en su cama sin poder sosegar. Por fin, después de esta agitación, el deseado sueño descendió a sus ojos, y Carlota se quedó dormida al mismo tiempo que el reloj sonaba distintamente las doce.
SEGUNDA PARTE
CAPITULO I
Escúchame que no seré largo; la historia de un corazón apasionado es siempre muy sencilla. ALFREDO DE VIGNY.
Cinq-Mars.--Una conspiración.
Era una de aquellas hermosas noches de los trópicos: el firmamento relucía recamado de estrellas, la brisa susurraba entre los inmensos cañaverales, y un sinnúmero de cocuyos resaltaban entre el verde oscuro de los árboles y volaban sobre la tierra, abiertos sus senos brillantes como un foco de luz. Sólo interrumpía el silencio solemne de la medianoche el murmullo melancólico que formaban las corrientes del Tínima, que se deslizaba a espaldas de los cañaverales entre azules y blancas piedras, para regar las flores silvestres que adornaban sus márgenes solitarias.
En aquella hora una mujer sola, vestida de blanco, atravesaba con paso rápido y cauteloso los grandes cañaverales de Bellavista, y se adelantaba guiada por el ruido de las aguas, hacia las orillas del río. Al ligero rumor de sus pisadas, que en el silencio de la noche se percibía claramente, levantóse de improviso de entre las piedras del río la figura de un hombre de aventajada talla, y se oyó distintamente esta exclamación, proferida al mismo tiempo por los dos individuos que mutuamente se reconocían:--¡Teresa!--¡Sab! El mulato la tomó por la mano y haciéndola sentar sobre las piedras de que acababa de levantarse, postróse de rodillas delante de ella.--¡Bendita seáis Teresa! Habéis venido como un ángel de salvación a dar la vida a un infeliz que os imploraba; pero yo también puedo daros en cambio esperanza y consuelo: nuestros destinos se tocan y una misma será la ventura de ambos.
--No te comprendo, Sab,--contestó Teresa;--he venido a este sitio porque me has dicho que dependía de ello tu felicidad, y acaso la de otros; respecto a la mía, no la deseo ni la espero ya sobre la tierra.
--Sin embargo, al hacer mi dicha haréis también la vuestra,--la interrumpió el mulato;--un acaso singular ha enlazado nuestros destinos. ¡Teresa! vos amáis a Enrique y yo adoro a Carlota; vos podéis ser la esposa de ese hombre, y yo quedaré contento con tal que no lo sea Carlota. ¿Me entendéis ahora?
--Sab,--repuso con melancólica sonrisa la doncella,--tú deliras seguramente.--¿Yo puedo ser, dices tú, la esposa de Enrique?
--Sí, vos podéis serlo, y soy yo quien puede daros los medios para conseguirlo.
Teresa le miró con temor y lástima; sin duda creyó que estaba loco.--¡Pobre Sab!--dijo ella desviándose involuntariamente;--cálmate en nombre del cielo; no estás en tu juicio cuando crees....
--Escuchadme,--interrumpió con viveza Sab, sin darla tiempo de concluir la frase que había comenzado.--Escuchadme. ¡Aquí, en presencia del cielo y de esta magnífica naturaleza, voy a descubriros mi corazón todo entero! Una sola cosa exijo de vos: prometedme que no saldrá de vuestros labios una sola palabra de cuantas esta noche me escucharéis....
--Te lo prometo.
--¡Teresa!--prosiguió él, sentándose a sus pies--vos sabéis que este desventurado se atreve a amar a aquella cuya huella no es digno de besar; pero lo que no podéis saber es cuán inmensa, cuán pura es esta pasión insensata. ¡Dios mismo no desdeñaría un culto semejante!
Yo he mecido la cuna de Carlota: sobre mis rodillas aprendió a pronunciar--te amo--y a mí dirigieron por primera vez sus angélicos labios esta divina palabra. Vos lo sabéis, Teresa: junto a ella he pasado los días de mi niñez y los primeros de mi juventud; dichoso con verla, con oirla, con adorarla, no pensaba en mi esclavitud y en mi oprobio, y me consideraba superior a un monarca cuando ella me decía: “te amo”.
El mulato, cuya voz fué sofocada por la conmoción, guardó un instante de silencio y Teresa le dijo:
--Ya lo sé Sab: sé que te has criado junto a Carlota; sé que tu corazón no se ha entregado voluntariamente a una pasión insensata, y que sólo debe culparse a aquellos que te expusieron a los peligros de semejante intimidad.
--¡Los peligros!--repitió tristemente el mulato;--ellos no los preveían, porque no sospecharon nunca que el pobre esclavo tuviera un corazón de hombre; ellos no creyeron que Carlota fuese a mis ojos sino un objeto de veneración y de culto. En efecto, cuando yo consideraba aquella niña tan pura, tan bella, que junto a mí constantemente, me dirigía una mirada inefable, parecíame que era el ángel custodio que el cielo me había destinado, y que su misión sobre la tierra era conducir y salvar mi alma. Los primeros sonidos de aquella voz argentina y pura; aquellos sonidos que me parecían un eco de la eterna melodía del cielo, no me fueron desconocidos: imaginaba haberlos oído en otra parte, en otro mundo anterior, y que el alma que les exhalaba se había comunicado con la mía por los mismos sonidos, antes de que una y otra descendieran a la tierra.
Así la amaba yo, la adoraba desde el primer momento en que la vi reciennacida, mecida sobre las rodillas de su madre.
Luego la niña creció a mi vista y la hechicera criatura convirtióse en la más hermosa de las vírgenes. Yo no osaba ya recibir una mirada de sus ojos, ni una sonrisa de sus labios: trémulo delante de ella, un sudor frío cubría mi frente, mientras circulaba por mis venas ardiente lava que me consumía. Durmiendo, aun la veía niña y ángel descansar junto a mí, o elevarse lentamente hacia los cielos de donde había venido, animándome a seguirla con la sonrisa divina y la mirada inefable que tantas veces me había dirigido. Pero cuando despertaba, era la mujer y no el ángel la que veían mis ojos y amaba mi corazón. La mujer más bella, más adorable que pudo hacer palpitar jamás el corazón de un hombre: era Carlota con su tez de azucena, sus grandes ojos que han robado su fuego al sol de Cuba; Carlota con su talle de palma, su cuello de cisne, su frente de quince años...., y al contemplarla tan hermosa pensaba que era imposible verla sin amarla; que entre tantos como la ofrecerían un corazón encontraría ella uno que hiciese palpitar el suyo, y que para él serían únicamente todos los latidos de aquel hermoso seno, todas las miradas de aquellos ojos divinos y las sonrisas de aquellos labios de miel.
¡Teresa!--añadió bajando la voz que había sido hasta entonces llena, sonora y clara, y que fué luego tomando gradualmente un acento más triste y sombrío.--¡Teresa! ¡Entonces recordé también que era vástago de una raza envilecida! ¡Entonces recordé que era mulato y esclavo....! Entonces mi corazón, abrasado de amor y de celos, palpitó por primera vez de indignación, y maldije a la naturaleza que me condenó a una existencia de nulidad y oprobio; pero yo era injusto, Teresa, porque la naturaleza no ha sido menos nuestra madre que la vuestra. ¿Rehusa el sol su luz a las regiones en que habita el negro salvaje? ¿Sécanse los arroyos para no apagar su sed? ¿No tienen para él conciertos las aves, ni perfumes las flores?.... Pero la sociedad de los hombres no ha imitado la equidad de la madre común, que en vano les ha dicho: ¡Sois hermanos! Imbécil sociedad, que nos ha reducido a la necesidad de aborrecerla, y fundar nuestra dicha en su total ruina!
Calló un momento, y Teresa vió brillar sus ojos con un fuego siniestro.
--¡Sab!--dijo entonces con trémula voz:--¿me habrás llamado a este sitio para descubrirme algún proyecto de conjuración de los negros? ¿Qué peligro nos amenaza? ¿Serás tú uno de los....
--No,--la interrumpió él con amarga sonrisa:--tranquilizaos, Teresa, ningún peligro os amenaza; los esclavos arrastran pacientemente su cadena; acaso sólo necesitan para romperla oir una voz que les grite: ¡Sois hombres! pero esa voz no será la mía, podéis creerlo.--Teresa alargó su mano a Sab, con alguna emoción; él fijó en ella sus ojos y prosiguió con tristeza más tranquila: