Part 7
La vieja miró fijamente a Teresa, cuyos ojos distraídos recorrían el reducido recinto de la pequeña sala en que se hallaba, y luego desviando lentamente su mirada la detuvo en Carlota, que se sonreía encendida como la grana. Los ojos de la india (pues no pretendemos disputarla este nombre) se encontraron con los de linda criolla.
--Esta es,--exclamó al momento Martina,--esta es Carlota de B..., he conocido esa mirada... sólo esos ojos podrían....--y se detuvo como turbada, añadiendo luego con viveza:--Solamente ella puede ser tan hermosa.
Carlota se mortificó de un elogio que le pareció poco atento en presencia de su amiga, mas Teresa no atendía a la conversación y tenía fijos los ojos en aquel momento en un objeto extraño y lastimoso, en cual aun no había reparado nadie sino ella.
En una especie de tarima de cedro, sobre una estera de guano yacía acurrucada en un rincón oscuro de la sala una criatura humana, que al pronto apenas podía reconocerse por tal. Mirándole con más detención, notábase que era niño, pero la horrible enfermedad que le consumía había casi del todo contrahecho su figura. Su cabeza voluminosa, cubierta por cabellos pobres y ásperos, se sostenía con trabajo sobre un cuello tan delgado, que parecía quebrantado por su peso, y sus ojos pequeños y hundidos aparecían rodeados de una aureola cárdena, que se extendía hasta sus pálidas mejillas. Sonreía el infeliz y se entretenía con un perrillo que estaba tendido entre sus dos flacas piernecitas, reclinada su cabeza en el abultado vientre del niño.
Las miradas de Teresa habían dirigido hacia aquel sitio las de todos los individuos de la compañía, y Martina, observándolo, exclamó con tristeza:
--¡Es mi nieto, mi único nieto!... Nada más me queda en el mundo... Mi hijo, mi nuera, mis dos nietecitos, tan lindos y tan robustos...., todos han muerto! Esta pobre criatura raquítica es lo único que me queda...., es la última hoja marchita que se desprenderá de este viejo tronco.
Don Carlos y sus hijos conmovidos se aproximaron al pequeño enfermo, pero divisando a Sab en aquel momento, arrojó el niño un grito penetrante de alegría, y el perro saltó, ahullando también. Arrastrábase el niño fuera de la tarima para acercarse al mulato, brillando en sus apagados ojos una vislumbre de felicidad, y el perro saltaba moviendo la cola y ahullando, y mirando alternativamente al niño y al mulato, como si quisiera indicar a éste que debía aproximarse a aquél. Hízolo Sab y al momento la pobre criatura se colgó de su cuello y el animal redoblando sus ahullidos, como si celebrase tan tierna escena, corría en torno de los dos, y se levantaba ora poniendo sus manos sobre los muslos del mulato, ora sobre la espalda del niño.
Martina contemplaba aquel cuadro con visible emoción; la ridícula gravedad con que se presentara a sus huéspedes había desaparecido y volviendo a don Carlos sus negros ojos, en los que temblaba una lágrima:
--Ya lo véis,--le dijo,--su cuerpo está casi muerto, pero aun hay vida en su corazón. ¡Pobre desgraciado!, vive todavía para amar: ama a Sab, a su perro y a mí, a las únicas criaturas que pueden apreciar y corresponder su cariño. ¡Pobre desgraciado! Y enjugó con su delantal la lágrima que ya había resbalado por su mejilla.
--Martina,--le dijo don Carlos,--habéis sido muy desgraciada, lo sé.
--Aun pude serlo más,--respondió ella,--vi expirar en mis brazos, uno tras otro, mis hijos y mis nietos; quedábame uno solo.... ¡Este! un incendio consumió mi casa y hubiera perecido entre las llamas mi pobre único nieto sin el valor, la humanidad....
Martina se detuvo repentinamente. El mulato, que acababa de desprenderse del niño y del perro, habíase puesto de pie frente a ella y su mirada imperiosa ahogó en sus labios las palabras que iba a proferir. Don Carlos y sus hijos la invitaron en vano a continuar su comenzada relación. Martina varió de objeto y preguntó a don Carlos si quería que se les sirviese la comida. Luego que Sab se alejó para prepararla, volvióse la anciana a sus huéspedes y con voz baja y cautelosa, y acento más conmovido, prosiguió:
--Sí, él fué, él quien salvó a mi pobre Luis, pero no se puede hablar de ello en su presencia: oféndele la expresión de mi gratitud. Mas ¡ah! ¿por qué había yo de ahogarla? ¿por qué?...., me es tan dulce repetir: ¡A él debo la vida de mi último nieto!
Carlota a estas palabras aproximó su silla a la de Martina, escuchándola con vivísimo interés. El mismo Enrique le prestaba atención; sólo Teresa manteníase algo desviada y como distraída. Martina prosiguió:
--Una feliz casualidad trajo a Sab a esta aldea algunos días antes del fatal incendio que me redujo a la indigencia. Visitábame a menudo y yo le amaba, porque él había asistido en sus últimos momentos a mi hijo, porque él fué nuestro consolador cuando había otros séres que participasen mis dolores. Luego que los perdí, todavía estuvo él junto a mí y lloramos juntos. El acompañó a su última morada a mis dos nietecitos, y el día en que enterró al último de ellos, volviendo a casa traía los ojos llenos de lágrimas y me abrazó gimiendo. Sab,--le dije en mi dolor señalando a mi pobre Luis,--ya no tengo más que a él en el mundo...., no me queda otro hijo.--Aun tenéis otro, madre mía,--exclamó uniendo sus lágrimas a las mías y con un acento que me parece estar oyendo todavía;--yo soy también un pobre huérfano: nunca di a ningún hombre el dulce y santo título de padre, y mi desgraciada madre murió en mis brazos: soy también huérfano como Luis, sed mi madre, admitidme por vuestro hijo.
--Sí, yo te admito,--le respondí levantando al cielo mis trémulas manos.--El se arrodilló a mis pies y en presencia del cielo le adopté desde aquel momento por mi hijo.
Martina se detuvo para enjugar las lágrimas que hilo a hilo caían de sus ojos; Carlota lloraba también; don Carlos tosía para disimular su conmoción, y aun Enrique se mostraba enternecido. Teresa verosímilmente no atendía a lo que se hablaba, entretenida al parecer en limpiar con su pañuelo un pedazo de piedra muy hermosa, que había cogido en las grutas.
--Sab estaba en Cubitas cuando el incendio de mi casa,--prosiguió Martina,--de aquella casa que yo debía a vuestra bondad, señor don Carlos, y a la eficacia de mi hijo adoptivo. El incendio consumía mi morada y yo medio desmayada en brazos de algunos vecinos atraídos por la compasión, o la curiosidad, veía los rápidos progresos del fuego y gritaba en vano con todas mis fuerzas:--¡Mi nieto! ¡Mi Luis!--Porque el niño, abandonado por mí en el primer instante de susto y sorpresa, iba a ser devorado por las llamas, que ya veía yo avanzar hacia el lado en que se encontraba el infeliz. Dejadme ir,--gritaba yo,--dejadme salvarle o morir con él. Pero me agarraban estorbando mi desesperado intento, y aunque penetrados de compasión todos, ninguno se atrevía a exponer su vida por salvar la de un pobre niño enfermo.
--¡Y Sab le salvó!--exclamó con viveza y emoción la señorita de B...--¿No lo habéis dicho así, buena Martina?
--¡Sab le salvó, sí!--respondió la anciana olvidando su cautela y levantando la voz en el exceso de su entusiasta gratitud.--¡Sab le salvó! Por entre las llamas y quemados los pies y ensangrentadas las manos, sofocado por el humo y el calor cayó exánime a mis pies, al poner en mis brazos a Luis y a Leal..., a este perro que entonces era pequeñito y dormía en la cama de mi nieto. ¡Sab los salvó a ambos! Sí, su humanidad se extendió hasta el pobre animalito.
Y Martina acariciaba con mano trémula al perrillo, que al oir su nombre había corrido a echarse a sus pies.
Carlota lloraba todavía y todavía tosía don Carlos, pero Enrique se había distraído de la relación de la anciana con la piedra que limpiaba Teresa y de la cual ambos admiraban el brillo extraordinario.
--¡Es hermosa!--decía Enrique.
--¡Oh! sí, ¡es hermosa!--repetía Martina que no echara de ver la distracción de dos de sus oyentes.--¡Es hermosa el alma de ese pobre Sab, muy hermosa! Luego que quedé sin casa, sin más bienes que mi nieto enfermo y su perro, no hallé otro asilo que esas cuevas, morada algunas veces de los negros cimarrones y siempre de los cernícalos y murciélagos.
Allí hubiera acabado miserablemente mis tristes días sin el ángel protector de mi vida. Sab, el mismo Sab ha levantado para su vieja madre adoptiva esta choza, en que tengo el honor de recibiros; él ha trabajado con sus manos los toscos muebles que me eran necesarios; él me ha dado todos sus ahorros de muchos años para aliviar mi miseria; él con su cariño, con su bondad, ha hecho renacer en este viejo y lacerado corazón las emociones deliciosas del placer y la gratitud. Sí, todavía palpita este pecho cuando le veo atravesar el umbral de mi humilde morada; todavía vierten estos ojos lágrimas de enternecimiento y alegría cuando le oigo llamarme su madre, su querida madre. ¡Oh Dios mío, Dios mío!--añadió elevando al cielo sus manos descarnadas:--¿Por qué ha de ser desgraciado siendo tan bueno?
En aquel momento Sab se presentó trayendo una mesita de cedro, que estaba destinada a la comida, y su presencia aumentó la conmoción que el relato de Martina había producido. Don Carlos, olvidando que se le había confiado a escondidas del mulato la historia de sus buenas acciones, alargóle la mano y haciéndole aproximar a su silla: Sab,--le dijo,--Sab,--repitió cada vez con más viva expresión,--¡eres un excelente mozo!
El mulato pareció adivinar de lo que se trataba y arrojó a Martina una mirada de reconvención.
--Sí, hijo mío,--exclamó la vieja,--sí, puedes reconvenirme porque he faltado a la promesa que me exigiste; pero ¿por qué quieres Sab, querido Sab, por qué quieres privar a tu vieja madre del placer de bendecirte, y de decir a todos los corazones buenos y generosos: mi hijo se os parece? Sab, amigo mío, perdóname, pero yo no puedo, no puedo complacerte.
Carlota redobló su llanto, y cubrió su lindo rostro con sus manos, como para ocultar el exceso de su emoción; pero Sab había ya visto correr sus lágrimas y cayó de rodillas.
--Madre mía,--prorrumpió con trémula y enternecida voz;--sí, yo os perdono y os doy gracias; yo os debo las lágrimas de Carlota, añadió, pero estas últimas palabras fueron proferidas tan débilmente que nadie, excepto Martina, pudo percibirlas.
--Sab,--dijo el señor de B...., levantándole y abrazándole con extrema bondad:--yo me envanezco de tu bello corazón; sabes que eres libre y desde hoy te ofrezco proporcionarte los medios de seguir los generosos impulsos de tu caritativo corazón. Sab, continuarás siendo mayoral de Bellavista, y yo te señalaré gajes proporcionados a tus trabajos, con los cuales puedas tú mismo irte formando una existencia independiente. Respecto a Martina corren de mi cuenta ella, su nieto y su buen Leal. Quiero que al marcharme de Cubitas quede instalada en la mejor de mis estancias y la señalaré una pensión vitalicia, que recibirá anualmente por tu mano.
Sab volvió a arrojarse a los pies de su amo, cuya mano cubrió de besos y lágrimas. Carlota se colgó de su cuello besando también la frente y los cabellos del buen papá, y su vestido rozando en aquel momento con el rostro del mulato fué asido tímidamente, y también recibió un beso y una lágrima. ¿Y quién no lloraría con tan tierna escena? ¡Teresa, únicamente Teresa! Aquella criatura singular se había alejado fríamente del cuadro patético que se presentaba a sus miradas, y parecía entonces ocupada en examinar de cerca la figura deforme del pobre niño. Enrique, menos frío que ella, miraba conmovido ora a don Carlos, ora a su querida, y luego dando un golpecito en el hombro de Sab, que aun permanecía arrodillado:--Levántate, buen muchacho,--le dijo,--levántate que has procedido bien y quiero yo también recompensarte. Diciendo esto puso en su mano una moneda de oro, pero la mano se quedó abierta y la moneda cayó en tierra.
--Sab,--dijo Carlota con tierno acento,--Enrique quiere sin duda que des esa moneda, en nombre suyo, al pequeño Luis.
El mulato levantó entonces la moneda y la llevó al niño que la tomó con alegría. Teresa estaba sentada en la misma tarima de Luis, y Sab creyó al mirarla que tenía los ojos humedecidos; pero sin duda era una ilusión porque el rostro de Teresa no revelaba ninguna especie de emoción.
Martina quiso dar las gracias al señor de B.... por su caritativa promesa, pero éste, que deseaba cortar una conversación que le había causado ya demasiado enternecimiento, mandó traer la comida, rogando a Martina no se ocupase por entonces sino en hacer dignamente los honores de la casa. Servida la comida, el señor de B.... quiso absolutamente que se sentasen con ellos no solamente Martina sino también Sab. La vieja india, que pasado el primer momento del entusiasmo de su gratitud había recobrado su aire ridículamente majestuoso, y tal cual ella creía convenir a la descendiente de un cacique, ocupó sin hacerse de rogar una cabecera de la mesa, y Sab se vió precisado por su amo a colocarse en un frente, en medio a la mayor de sus niñas y de Teresa. Martina aprovechó la ocasión que le dieron algunas preguntas de Carlota para repetir los maravillosos cuentos que ya mil veces había contado, de la muerte de Camagüey y las apariciones de su alma en aquellos alrededores. Las niñas la escuchaban abriendo sus grandes ojos con muestras de vivo interés y admiración, sin cuidarse ya de comer. Enrique no parecía tampoco con gran apetito y se notaba en su aire cierto descontento, acaso por un pueril sentimiento de vanidad, que le hacía no aprobar la excesiva bondad de don Carlos, en sentar a su mesa a un mulato que quince días antes aun era su esclavo. Ninguna vanidad tan ridículamente, susceptible como la de aquellos hombres de la nada que se ven repentinamente, por un capricho de la suerte, elevados a la fortuna.
Carlota, por el contrario, estaba radiante de placer y agradecía a su padre la ligera distinción que concedía al libertador de Luis y bienhechor de Martina. Ella era siempre la que se adelantaba a ofrecer al confuso mulato, ya de este ya de aquel plato; ella la que le dirigía la palabra con acento más dulce y afectuoso, y la que, con exquisita delicadeza, evitaba que en la conversación general se escapase una sola palabra que pudiese herir la sensibilidad o la modestia de aquel excelente joven, cuyo corazón merecía tantos miramientos; hizo ella misma el plato destinado a Luis, y no olvidó tampoco a Leal. Mirábala de rato en rato Martina, aunque no cesase de relatar sus sempiternos cuentos, y luego miraba también a Sab. Una vez después de estas miradas suspiró profundamente y sus ojos se cargaron de lágrimas: era precisamente cuando refería la triste historia del cacique Camagüey, y nadie extrañó su conmoción.
Era necesario regresar a la estancia de don Carlos, pues se iba haciendo tarde; al despedirse de Martina dejóle éste su bolsillo lleno de dinero, y la vieja lo colmó de bendiciones. Enrique le dió cariñosos adioses, y Carlota la abrazó con las lágrimas en los ojos, e igualmente al pequeño Luis; luego acarició a Leal recomendándoselo al niño y salió a juntarse con el resto de la compañía, que la aguardaba para partir.
La despedida de Sab fué más larga: tres veces le abrazó Martina y otras tantas tornó a abrazarle con mayor afecto. Luego Luis, colgado de su cuello, parecía reanimado por el cariño que su hermano adoptivo le inspiraba. Sab iba por último a arrancarse de sus brazos, dándole con paternal afecto el último beso, cuando el niño, reteniéndole con extraña tenacidad,--escucha,--le dijo,--tengo que pedirte una cosa, una cosa muy bonita que me han dado para ti; pero que tú, que eres tan bueno, querrás dejarme. El mulato oyó la voz de su amo que le llamaba para partir, y apartándose de Luis,--Sí,--le contestó, sin atender al objeto que excitaba los deseos del niño y éste apretaba en su mano derecha, cerrada con fuerza:--sí, yo te la regalo.
--Ya lo sabía yo,--exclamó con pueril regocijo el enfermo.--¡Ah! qué bueno eres: ya lo sabía yo desde que me dió este regalo aquella señora, que lloraba al dármelo para ti; pero tú no lloras porque se lo das a tu hermano; tú eres mejor que ella.
--¡Cómo! ¿Una señora te dió ese regalo para mí?--exclamó el mulato volviendo a arrodillarse sobre la tarima de Luis.
--Sí, una de esas que han estado hoy en casa, y me dijo que tú le amarías mucho: ¡ya la creo! ¡es tan bonito! pero tú amas más a tu hermano y por eso se lo has dado,--y el niño acariciaba la cabeza de Sab, pero éste no atendía ya a sus halagos.
--¡Una de estas señoras te lo ha dado! ¡Para mí! ¡Oh! ¡dámelo, dámelo!--y arrancó de la mano del niño, que defendía su tesoro con todas sus fuerzas, aquel objeto que excitaba ya su más ardiente anhelo.
--¡No me lo quites; tú me lo has dado! ¡es mío, es mío!--gritaba llorando Luis, y Sab precipitándose junto a la mesa, donde ardía una bugía, devoraba con los ojos aquel presente misterioso. Era un brazalete de cabellos castaños de singular hermosura, y el broche lo formaba, un pequeño retrato en miniatura.
--¡Es mío! ¡Dámelo!--repetía el niño tendiendo sus descarnados brazos y sus manitas transparentes.
--¡Es ella!--exclamaba sin oirlo el mulato.--¡Es su retrato! ¡Su pelo! ¡Dios mío, es ella!
Volvió a caer de rodillas junto a la tarima del enfermo y enajenado, convulso, fuera de sí, apretaba el brazalete y al niño sobre su pecho, gritando siempre:--¡Es ella! ¡Es ella!--El niño casi sofocado entre sus brazos procuraba desasirse sin dejar de repetir:--¡Es mío! ¡Es mío!
--En nombre del cielo,--le dice Sab,--en nombre del cielo repíteme lo que me has dicho. Luis, dímelo otra vez, dime que fué ella quien te ha dado esto para mí.
--Sí, pero tú me lo has regalado,--decía la pobre criatura.
--¡Oh! yo te daré mi vida, mi alma, todo lo que quieras, Luis, pero dímelo: ¿fué ella? Y oprimía entre las suyas las delicadas manos del niño.
--¡Me haces mal!--gritó amedrentado de los arrebatos de su hermano adoptivo:--¡Sab, déjame! No te pediré! No te pediré más esa cosa tan bonita. ¡Suéltame! Ay! Me rompes las manos.--Lloraba el niño y Sab era insensible a su llanto.
--¡Fué ella! ¡Fué ella!--repetía cada vez más enajenado.
--Sí, ella,--respondió balbuceando Luis,--esa señora, la más chica de las dos grandes, esa de los ojos verdes, y....
--¡Oh! ¡Teresa! ¡Teresa!--le interrumpió tristemente Sab, soltando las manos del niño:--¡Teresa ha sido!
--Mira, me le dió envuelto en este papelito y yo le saqué para mirarle. Toma el papel, y dame eso, dámelo querido Sab, tú me lo ofreciste.
Sab tomó el papel en el cual escritas con lápiz leyó estas palabras: «Luis ofrece al que ha salvado dos veces la vida de Enrique Otway esta prenda, en compensación de los beneficios que le debe.»
--¡Teresa! ¡Teresa!--exclamó Sab;--tú has penetrado, pues, en este corazón, tú conoces todos sus secretos, tú sabes cuánto aborrezco esa vida que he salvado dos veces y comprendes todo el precio de mi generosidad. ¡Oh Teresa! Este presente tuyo es lo más precioso que podías darme; pero acaso pueda yo pagarte muy en breve: sí, lo haré, lo haré y te bendeciré mientras palpite este corazón, del cual no se apartará jamás el inestimable tesoro que me has creído digno de poseer.
La voz del señor de B...., impaciente ya con la tardanza del mulato, se oyó en aquel momento, llamándole para partir. Sab ocultó en su pecho el precioso brazalete y arrancándose de los brazos del niño, que aun le repetía:--¡Dámelo!,--lanzóse fuera de la sala. Encontróse a Martina que entraba a buscarle; todos los viajeros estaban ya a caballo y sólo por él se aguardaba.
Sab, todo turbado, murmuró una excusa insignificante y tomando su jaco se adelantó a paso largo sirviendo de guía a los viajeros.
CAPITULO XI
¿Cuál es vuestro designio? ¿Qué significa ese lenguaje misterioso? SHAKESPEARE. Macbeth.
En efecto, aquel brazalete tejido con cabellos de la hermosa hija de don Carlos, y cuyo broche era retrato de ésta, fué regalado a Teresa por su amiga hacía algunos años y desde entonces pocas veces dejaba de llevarlo, pues si su carácter, seco y huraño, la hacía poco afectuosa con Carlota, su corazón, noble y agradecido, sabía apreciar dignamente la preciosa prenda de una amistad tan sincera como aquella que debía a su interesante compañera.
Sab, poseedor de tan inestimable joya, apretábala a su seno mil y mil veces, bendecía a Teresa y buscaba sus miradas deseoso de que leyera en las suyas la inmensa gratitud de su corazón. Pero eran vanos sus esfuerzos. Durante el camino Teresa, sepultada en el fondo del carruaje, no levantó los ojos de un libro que al parecer leía, y llegaron de noche a la estancia sin que Sab hubiese podido dirigirla ni una mirada de agradecimiento.
Inútilmente buscó después proporción de hablarla un momento. Teresa lo evitó con tanto cuidado que le fué imposible conseguirlo.
Dos días más pasaron en Cubitas nuestros viajeros, empleados por don Carlos en hacer conocer a su futuro yerno todas las tierras que le pertenecían, y en mostrar a las señoritas otras curiosidades naturales del país. Entre ellas el río Máximo, llamado de los Cangilones, cuyas límpidas aguas corren mansamente por medio de dos simétricas paredes de hermosas piedras, y en cuyas márgenes pintorescas florecen las clavellinas, y una infinidad de plantas raras y preciosas. Sab les hizo ver también los Paredones, cerros elevados y pedregosos por medio de los cuales se extiende un camino de doce o catorce varas de ancho. El viajero que transita por dicho camino no puede levantar la vista hacia la altura sin sentir vértigos y cierto espanto, al aspecto imponente de aquellas grandes moles, paralelas y de admirable igualdad, que no ha levantado ninguna mano mortal.
Carlota hubiera deseado aguardar en Cubitas la vuelta de su amante, que se veía obligado a ir por algunos días a Guanaja; pero el señor de B.... había determinado de antemano regresar a Bellavista el mismo día que Otway partiese a Guanaja. Estaba impaciente el buen caballero por enviar a Sab a Puerto Príncipe y acercarse él mismo a aquella ciudad, a fin de tener más presto las noticias que deseaba. En el último correo de la Habana no había tenido carta de su hijo ni de sus preceptores. Sab, que había ido a la ciudad, como sabe el lector, llevando entre otros el encargo de sacar las cartas del Correo, había declarado al llegar (el día en que partieron para Cubitas), que no había carta ninguna para el señor de B.... Extraño era este silencio de su hijo que no dejaba de escribirle un solo correo, y extraño también que su corresponsal de negocios no le mandase, como acostumbraba, los periódicos de la Habana, mayormente cuando debían contener la noticia del sorteo de la gran lotería; que ya sabía don Carlos por Enrique haber caído el premio mayor en Puerto Príncipe. Deseaba, pues, con toda la impaciencia de que era susceptible su carácter, tener noticias de su hijo, cuyo silencio le inquietaba, y saber cuál era el número premiado. Aunque, como ya hemos dicho, no era don Carlos codicioso, ni diese demasiada importancia a las riquezas, no dejaba de conocer con dolor cuánto las suyas estaban desmembradas, y cuán bello golpe de fortuna sería, para él sacar 40,000 duros a la lotería. Por tanto, al saber que este premio cayera en Puerto Príncipe, latió su corazón de esperanza y acordándose que tenía dos billetes, y Teresa y Carlota cada una otro;--¿Quién sabe,--dijo,--si uno de estos cuatro billetes será el premiado? ¡Oh! ¡Si fuese el de Carlota! ¡Qué felicidad!--Pero, no,--añadió prontamente el generoso caballero;--más bien deseo que sea el de Teresa; ella lo necesita más. ¡Pobre huérfana, que no ha heredado más que un mezquino patrimonio! Carlota será sin la lotería bastante rica, mayormente casándose con Enrique Otway.
Enrique partió para Guanaja pasados tres días en Cubitas y la familia de B.... para Bellavista, después de dejar instalada a Martina en su nuevo domicilio, colmándola de regalos y recibiendo en cambio sus bendiciones.