Part 6
--Así,--pensaba él,--así saltaba a mi cuello Carlota hace diez años cuando me veía después de una corta ausencia. Así sus labios de rosa estampaban alguna vez en mi frente un beso fraternal, y su lindo rostro de alabastro se inclinaba sobre mi rostro moreno; como la blanca cavellina que se dobla sobre la parda peña del arroyo.
Y abrazaba Sab a las niñas, y una lágrima, deslizándose lentamente por su mejilla, cayó sobre la cabeza de ángel de la más joven y más linda de las cuatro hermanas.
Carlota se presentó en aquel momento. Un traje de montar, a la inglesa, daba cierta majestad a su airoso talle, y se escapaban del sombrerillo de castor que cubría su cabeza algunos rizos ligeros, que sombreaban su rostro, embellecido con la expresión de una apacible alegría. Subió al semblante de Sab un fuego que secó en su mejilla la huella reciente de su llanto, y presentó temblando a Carlota el hermoso caballo blanco dispuesto para ella.
Todos los viajeros se reunieron en torno de la linda criolla, y Sab les manifestó entonces su plan de marcha. Iba,--dijo,--a conducirlos a Cubitas, no por el camino real, sino por una senda poco conocida, que aunque algo más dilatada, les ofrecería puntos de vista más agradables. Aprobada por unanimidad la proposición, sólo se trató de partir.
Había dos volantes (nombre que se daba a la especie de carruajes más usados en Cuba en aquella época), y el señor de B... ocupó una de ellas con las dos niñas mayores, tomando la otra Teresa con las más pequeñas. Carlota, Enrique y Sab montaron a caballo. Así partió la caravana entre los alegres gritos de las niñas y el relincho de los caballos.
Sin reglas de equitación, las damas principeñas son generalmente admirables jinetes; pero Carlota sobresalía entre todas por la gracia y nobleza de su aire cuando montaba. Galopaba aquella tarde junto a su amante con notable seguridad y elegancia, y la brisa naciente, hinchando y batiendo alternativamente el blanco velo que pendía del sombrero en torno de su esbelto talle, presentábala como una de aquellas sílfides misteriosas, hijas del aire y soberanas de la tierra.
Eran hermosos los campos que atravesaban. Enrique se acercó al estribo del carruaje en que iba don Carlos y entabló conversación con éste respecto a la prodigiosa fertilidad de aquella tierra privilegiada, y el grado de utilidad que podía sacarse de ella. Sab seguía de cerca a Carlota y contemplaba alternativamente al campo y a la doncella, como si los comparase; había en efecto cierta armonía entre aquella naturaleza y aquella mujer, ambas tan jóvenes y tan hermosas.
En tanto costaba esfuerzos a Teresa contener a sus dos tiernas compañeras. Una campanilla[17], un pájaro que revolotease sobre ella, cualquier objeto excitaba sus infantiles deseos y querían bajar del carruaje para posesionarse de él.
La noche se acercaba mientras tanto, y sus pardas sombras robaban progresivamente a los viajeros los paisajes campestres que les rodeaban. La rica vegetación no ofrecía ya sus variadas tintas de verdura, y las colinas lejanas presentábanse a la vista como grandes masas de sombras.
A medida que se aproximaban a Cubitas, el aspecto de la naturaleza era más sombrío; bien pronto desapareció casi del todo la vigorosa y variada vegetación de la tierra prieta, y la roja no ofreció más que esparramados yuraguanos[18], y algún ingrato jagüey[19] que parecían en la noche figuras caprichosas de un mundo fantástico. El cielo empero era más hermoso en estos lugares: tachonábase por grados de innumerables estrellas, y cual otro ejército de estrellas errantes, poblábase el aire de fúlgidos cocuyos, admirables luciérnagas de los climas tropicales.[20]
Carlota detuvo de repente su caballo e hizo observar el mulato una luz vacilante y pálida que oscilaba a lo lejos en lo más alto de una empinada loma.
--¿Está allí Cubitas?--preguntó.--¿Será esa luz, que a distancia parece tan pequeña, algún fanal que se coloque en esa altura para que sirva de dirección a los viajeros?
Antes que Sab hubiese podido contestar, el señor de B... cuyo carruaje emparejaba ya con el caballo de Carlota, dejó oir una estrepitosa carcajada, mas Enrique, que no había andado nunca de noche aquel camino, participaba de la admiración y curiosidad de su amada y preguntó como ella el origen de aquella luz singular. Pero la luz desapareció en el mismo instante y la vista no pudo ya distinguir sino la gran masa de aquella eminencia, que como un gigante del aire proyectaba su enorme sombra en el lejano horizonte.
--Parece,--dijo riendo don Carlos,--que os deja mohinos la ausencia de la linda lucecita, pero esperad... voy a evocar el genio de estos campos y volverá a lucir el misterioso fanal.
Apenas había concluído estas palabras, la luz apareció con un resplandor más vivo, y Enrique y las dos señoritas manifestaron una sorpresa igual a la de las niñas. El señor de B..., testigo ya muchas veces de este fenómeno[21], se divertía con la admiración de sus jóvenes compañeros. Los naturalistas,--les dijo,--os darían del fenómeno que estáis mirando una explicación menos divertida que la que os puede dar Sab, que frecuenta este camino y trata a todos los cubiteros. El sin duda les habrá oído relaciones muy curiosas respecto a la luz que tanto os ha llamado la atención.
Las niñas gritaron de alegría regocijadas con la esperanza de oir un cuento maravilloso, y Enrique y Carlota colocaron sus caballos a los dos lados del de Sab para oirle mejor. El mulato volvió la cabeza hacia el carruaje de su amo y le dijo:
--Su merced no habrá olvidado a la vieja Martina, madre de uno de sus mayorales de Cubitas, que murió dejándola el legado de su mujer y tres hijos en extrema pobreza. La generosa compasión de su merced la socorrió entonces por mi mano, hace cuatro años, pues habiéndole informado de la miserable situación en que se encontraba esta pobre familia, me dió una bolsa llena de plata con la que fué socorrida.
--Me acuerdo de la vieja Martina,--respondió el caballero,--su difunto hijo era un excelente sujeto, ella, si mal no recuerdo, tiene sus puntos de loca: ¿no pretende ser descendiente de la raza india y aparenta un aire ridículamente majestuoso?
--Sí, señor,--repuso Sab,--y ha logrado inspirar cierta consideración a los estancieros de Cubitas, ya porque la crean realmente descendiente de aquella raza desventurada, casi extinguida en esta isla, ya porque su grande experiencia, sus conocimientos en medicina de los que sacan tanta utilidad, y el placer que gozan oyéndola referir sus sempiternos cuentos de vampiros y aparecidos, le den entre estas gentes una importancia real. A esa vieja, pues, a Martina es a quien he oído, repetidas veces, referir misteriosamente e interrumpiéndose por momentos con exclamación de dolor y pronósticos siniestros de venganza divina, la muerte horrible y bárbara que, según ella, dieron los españoles al cacique Camagüey, señor de esta provincia; y del cual pretende descender nuestra pobre Martina. Camagüey, tratado indignamente por los advenedizos, a quienes acogiera con generosa y franca hospitalidad, fué arrojado de la cumbre de esa gran loma y su cuerpo despedazado quedó insepulto sobre la tierra regada con su sangre. Desde entonces, esta tierra tornóse roja en muchas leguas a la redonda, y el alma del desventurado cacique viene todas las noches a la loma fatal, en forma de una luz, a anunciar a los descendientes de sus bárbaros asesinos la venganza del cielo que tarde o temprano caerá sobre ellos. Arrebatada Martina en ciertos momentos por este furor de venganza, delira de un modo espantoso y osa pronunciar terribles vaticinios.
--¿Y cuáles son?--preguntó don Carlos con cierta curiosidad inquieta, que mostraba haber sospechado ya lo que preguntaba. Sab se turbó algún tanto, pero dijo al fin con voz baja y trémula:
--En sus momentos de exaltación, señor, he oído gritar a la vieja india:--La tierra que fué regada con sangre una vez, lo será aún otra; los descendientes de los opresores serán oprimidos, y los hombres negros serán los terribles vengadores de los hombres cobrizos.
--Basta, Sab, basta,--interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero Carlota, que había atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la relación lamentable de la muerte del cacique, volvió hacia Enrique sus bellos ojos llenos de lágrimas.
--Jamás he podido,--dijo,--leer tranquilamente la historia sangrienta de la conquista de América. ¡Dios mío, cuántos horrores! Paréceme empero increíble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie. Sin duda se exagera porque la naturaleza humana no puede, es imposible, ser tan monstruosa.
El mulato la miraba con indescribible expresión. Enrique se burló de sus lágrimas.
--Eres una niña, querida mía,--la dijo,--¿lloras ahora, por la relación de una vieja loca, la muerte de un sér que acaso no existió nunca sino en la imaginación de Martina?
--No; Enrique,--respondió con tristeza la doncella,--no lloro por Camagüey, que ni sé si existió realmente; lloro sí al recordar una raza desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vió por primera vez el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta tierra de la que fué pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes aquellos hijos de la naturaleza; este suelo virgen no necesitaba ser regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros. ¡Oh Enrique! lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de inocencia y de libertad.
Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia; el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.
--¡Ah! ¡sí! pensó él:--no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste conmigo en los abrasados desiertos del Africa o en un confín desconocido de la América?
El señor de B... le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas preguntas respecto a Martina.--¿Vive todavía?--le dijo.
--Sí, señor, vive a pesar de haber experimentado en estos últimos años dolorosos infortunios.
--¿Qué le ha sucedido, pues?--replicó con interés el caballero.
--Su nuera murió hace tres años, y diez meses después dos de sus nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.
--La veremos,--dijo don Carlos,--y la dejaremos instalada en una de mis estancias. ¡Pobre mujer! aunque extravagante es muy buena.
--¡Ah! ¡sí.... muy buena!--exclamó con emoción el mulato, y animando con un grito a su caballo, se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al mayoral de la estancia donde iban a desmontar.
Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era grande en lo interior, y el mayoral y su mujer procuraron a los recién llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fué parca y frugal, pero la alegría y el apetito la hicieron parecer deliciosa. Nunca don Carlos había estado tan jovial, ni Carlota tan risueña ni amable. La misma Teresa parecía menos displicente que de costumbre, y Enrique estaba encantado.
Cuando llegó la hora de recogerse a descansar,--Amigo mío,--le dijo Carlota deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su dormitorio, y al cual él la conducía por la mano:--¡cuán fácilmente pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho, y un plantío de yucas por riqueza, yo sería dichosa contigo, y nada vería digno de mi ambición en lo restante del universo. Y tú ¿pudieras tampoco desear más?
Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Dióle las buenas noches y cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle:--Buenas noches,--con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente y Enrique, inmóvil y pensativo, quedó un momento como si aguardase que volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en voz baja:--¡No hay remedio! esta mujer será capaz de volverme loco y hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.
--Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio,--dijo una voz conocida, a la espalda de Enrique. Volvióse éste y vió a Sab.
--¿Cuál es pues mi cuarto?--preguntó con cierta turbación.
--Ese de la izquierda.
Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta, a la cual se detuvo dándole las buenas noches.
Una hora después todos dormían en la casa; sólo se veía un bulto inmóvil junto a la puerta de la habitación de la señorita de B..., pero al menor ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa, aquel bulto se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte; entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.
Una vez, hacia la madrugada, oyóse un ligero rumor acompasado, que parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba. El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto habló en voz baja pero terrible:--¡Miserable! no lograrás tus inicuos deseos.--Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que se habían oído eran los de un perro de la casa.
El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su sitio; solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo silencio.
CAPITULO X
...La mezcla de extravagancia y de entusiasmo que reinaba en sus discursos rara vez dejaba de producir la más viva impresión en aquellos que la escuchaban. Sus palabras, con frecuencia entrecortadas, eran empero demasiado claras e inteligibles para que pudiese sospechársele en un verdadero estado de locura. WALTER SCOTT. Guy Maunering.
Las cuevas de Cubitas son ciertamente una obra admirable de la naturaleza, que muchos viajeros han visitado con curiosidad e interés, y que los naturales del país admiran con una especie de fanatismo. Tres son las principales, conocidas con los nombres de _Cueva grande o de los negros cimarrones, María Teresa, y Cayetano_. La primera está bajo la gran loma de Toabaquei y consta de varias salas, cada una de las cuales se distingue con su denominación particular, y comunicadas todas entre sí por pasadizos estrechos y escabrosos. Son notables entre estas salas la de _La Bóveda_ por su capacidad, y la del _Horno_ cuya entrada es una tronera a flor de tierra por la que no se puede pasar sino muy trabajosamente y casi arrastrándose contra el suelo. Sin embargo, es de las más notables salas de aquel vasto subterráneo y las incomodidades que se experimentan, al penetrar en ella, son ventajosamente compensadas con el placer de admirar las bellezas que contiene. Deslúmbrase el viajero que al levantar los ojos, en aquel reducido y tenebroso recinto, ve brillar sobre su cabeza un rico dosel de plata sembrado de zafiros y brillantes, que tal parece en la oscuridad de la gruta el techo singular que la cubre. Empero, pocos minutos pueden gozarse impunemente de aquel bello capricho de la naturaleza, pues la falta de aire obliga a los visitadores de la gruta a arrojarse fuera, temiendo ser sofocados por el calor excesivo que hay en ella. El alabastro no supera en blancura y belleza a las piedras admírales de que aquellas grutas, por decirlo así, se hallan entapizadas. El agua, filtrando por innumerables e imperceptibles grietas, ha formado bellísimas figuras al petrificarse. Aquí una larga hilera de columnas parecen decorar el peristilo de algún palacio subterráneo; allá una hermosa cabeza atrae y fija las miradas; en otra parte se ven infinitas petrificaciones sin formas determinadas, que presentan masas de deslumbrante blancura y figuras raras y caprichosas.
Los naturales hacen notar en la cueva llamada de _María Teresa_ pinturas bizarras designadas en las paredes con tintas de vivísimos e imborrables colores, que aseguran ser obra de los indios, y mil tradiciones maravillosas prestan cierto encanto aquellos subterráneos desconocidos; que realizando las fabulosas descripciones de los poetas, recuerdan los misteriosos placeres de las hadas.
Nadie ha osado todavía penetrar más allá de la undécima sala; se dice empero vulgarmente que un río de sangre demarca su término visible, y que los abismos que le siguen son las enormes bocas del infierno. La ardiente imaginación de aquel pueblo ha adoptado con tal convicción esta extravagante opinión que, por cuanto hay en el mundo, no se atreverían a penetrar más allá de los límites a que se han concretado hasta el presente los visitadores de las cuevas, y lo estrecha y peligrosa que se va haciendo la senda subterránea, a medida que se interna, parece justificar sus temores.
Don Carlos de B... y su familia, llevando a Sab por Cicerone, emprendieron, al día siguiente de su llegada a Cubitas, la visita de estas grutas. En la bajada, que es peligrosa, Carlota tuvo miedo, y el mulato, más diestro y vigoroso que Otway, fué esta vez también más dichoso, pues bajó casi en sus brazos a la doncella.
Teresa apenas necesitó ayuda; ágil y valiente descendió sin palidecer un momento, y con aquella fría serenidad que formaba su carácter. Sab bajó luego una a una con el mayor esmero a las niñas, y ayudó al señor de B.... siendo Enrique el último que verificó aquel descenso, con más animosidad que destreza. A pesar del auxilio de una gruesa cuerda, y de la robusta mano de un negro, fallóle un pie en la mitad del declive y hubiera indudablemente y caído, arrastrando consigo al esclavo, si Sab, que bajaba detrás de él, conduciendo una gran tea de madera resinosa, que en el país llaman cuaba, no le hubiese socorrido con tanta oportunidad como osadía.
--Sab,--díjole el inglés cuando todos juntos empezaban a recorrer las salas subterráneas,--te soy segunda vez deudor de la vida y casi me persuado que eres en la tierra mi ángel protector.
Sab no respondió nada, pero sus ojos se fijaron en Carlota, cuyas miradas le expresaban con mayor elocuencia cuánto sabía agradecer aquel nuevo servicio prestado a su amante.
Sab, que buscaba aquella gratitud, no pudo sin embargo soportarla; apartó la vista de ella, suspiró profundamente y se dirigió hacia su amo al cual entretuvo con la relación de algunas tradiciones populares relativas a los sitios que recorrían.
Las paredes estaban llenas con los nombres de los visitadores de las grutas, pero la compañía no pudo dejar de manifestar la mayor sorpresa al ver el nombre de Carlota entre ellos, no habiendo ésta visitado hasta entonces aquellos sitios. En fin, después de emplear una gran parte del día en recorrer diferentes salas, las señoritas fatigadas mostraron deseos de descansar, y ya declinaba la tarde cuando a instancias suyas salieron de las grutas.
Sab les tenía dispuesta la comida, de antemano, en la choza de Martina, de la que ya nuestros lectores han oído hablar en el capítulo precedente, y toda la compañía se preparó con placer a ver a la vieja india.
Distaba poco de las cuevas la habitación de ésta, y los viajeros se vieron al umbral de su humilde morada a los seis minutos de marcha.
Prevenida la vieja por Sab, salió a recibir a sus huéspedes con cierto aire ridículamente majestuoso, y que podía llamarse una parodia de hospitalidad. Rayaba Martina en los sesenta años, que se echaban de ver en las arrugas que surcaban en todas direcciones su rostro enjuto y su cuello largo y nervioso, pero que no habían impreso su sello en los cabellos, que si bien no cubrían sino la parte posterior del cráneo, dejando descubierta la frente que se prolongaba hasta la mitad de la cabeza, eran no obstante de un negro perfecto. Colgaba este mechón de pelo sobre la espalda descarnada de Martina, y la parte calva de su cabeza contrastaba de una manera singular, por su lustre y blancura, con el color casi cetrino de su rostro. Este color empero era todo lo que podía alegar a favor de sus pretensiones de india, pues ninguno de los rasgos de su fisonomía parecía corresponder a su pretendido origen.
Sus ojos eran extremadamente grandes y algo saltones, de un blanco vidriado sobre el cual resaltaban sus pequeñas pupilas de azabache; la nariz larga y delgada parecía haber sido aprensada, y la boca era tan pequeña y hundida que apenas se le veía, enterrada, por decirlo así, entre la prominencia de la nariz y la de la barba, que se avanzaba hacia afuera hasta casi nivelarse a ella.
La estatura de esta mujer era colosal en su sexo, y a pesar de sus años y enflaquecimiento manteníase derecha y erguida, como una palma, presentando con una especie de orgullo el semblante superlativamente feo que hemos procurado describir.
Al encontrarse con dos Carlos inclinó ligeramente la cabeza, diciendo con parsimonia:
--Bien venido sea, tres veces bien venido el señor de B.... a esta su casa.
--Buena Martina--respondió el caballero entrando sin cumplimiento en una pequeña sala cuadrada, y sentándose en una silla, (si tal nombre merecía un pedazo de madera mal labrado),--tengo el mayor gusto en volver a ver a una tan antigua conocida como sois vos, pero me pesa hallaros en tan extremada pobreza. Sin embargo, Martina, los años no pasan por vos, lo mismo estáis que cuando os vi hace diez años. No diréis otro tanto de mí: leo en vuestros ojos que me halláis muy viejo.
--Es verdad, señor,--repuso ella,--que estáis muy diferente de como os vi la última vez. Es natural,--añadió con cierto aire melancólico,--porque aun no habéis llegado a ser lo que yo soy y los años hallan todavía algo que quitaros. El árbol viejo del monte, cuando ya seco y sin jugo sólo alimenta curujeyes,[22] ve pasar años tras años sin que ellos le traigan mudanza. El resiste a los huracanes y a las lluvias, a los rigores del sol y a la aridez de la seca; mientras que el árbol todavía verde sufre los ataques del tiempo y pierde poco a poco sus flores, sus hojas y sus ramas. Pero he aquí,--añadió echando una ojeada sobre Enrique y las dos señoritas y luego en las cuatro niñas que la rodeaban,--he aquí tres hermosos árboles en todo el vigor de su juventud, con todos los verdores de la primavera, y cuatro tiernos arbolitos que van creciendo llenos de lozanía. ¿Son todos hijos vuestros? Pensaba que no teníais tantos.
Don Carlos tomó de la mano a Enrique.--No es mi hijo este mancebo,--la dijo,--pero lo será en breve. Os presento en él, querida Martina, al esposo de mi Carlota.
--¡Al esposo de vuestra Carlota!--repitió la vieja con tono de sorpresa e inquietud y echando en torno suyo una mirada cuidadosa, que pareció detenerse en el mulato que se mantenía respetuosamente detrás de sus amos. Luego volviéndose hacia las dos señoritas, examinólas alternativamente.--Una de ellas es mi hija y otra mi pupila,--dijo don Carlos notando aquel examen,--vamos a ver si adivináis cuál es Carlota. No he olvidado, Martina, que os preciáis de fisonomista.