Sab (novela original)

Part 5

Chapter 54,112 wordsPublic domain

Aquel que quiera experimentar en toda su plenitud estas emociones indescribibles, viaje por los campos de Cuba con la persona querida. Atraviese con ella sus montes gigantescos, sus inmensas sabanas, sus pintorescas praderías; suba en sus empinados cerros, cubiertos de rica e inmarchitable verdura; escuche en la soledad de sus bosques el ruido de sus arroyos y el canto de sus sinsontes. Entonces sentirá aquella vida poderosa, inmensa, que no conocieron jamás los que habitan bajo el nebuloso cielo del Norte; entonces habrá gozado en algunas horas toda una existencia de emociones... pero que no intente encontrarla después en el cielo y en la tierra de otros países. No serán ya para él ni cielo ni tierra.

CAPITULO VII

...Lo que quiere son talegos y no trastos. lo primero los doblones. CAÑIZARES.

Ocho días después de aquel en que partió Enrique de Bellavista, a las diez de la mañana de un día caluroso se desayunaban amigablemente en un aposento bajo de una gran casa, situada en una de las mejores calles de Puerto Príncipe, Enrique Otway y su padre.

El joven tenía aún en el rostro varias manchas moradas de las contusiones que recibiera en la caída, y en la frente la señal reciente de una herida apenas cerrada. Sin embargo, en la negligencia y desaliño a que le obligaba el calor, su figura parecía más bella e interesante. Una camisa de transparente batista velaba apenas su blanquísima espalda, y dejaba enteramente descubierta una garganta que parecía vaciada en un bello molde griego, en torno de la cual flotaban los bucles de sus cabellos, rubios como el oro.

Frente por frente de tan graciosa figura veíase la grosera y repugnante del viejo buhonero; la cabeza calva sembrada a trechos hacia atrás por algunos mechones de cabellos rojos matizados de blanco, las mejillas de un encarnado subido, los ojos hundidos, la frente surcada de arrugas, los labios sutiles y apretados, la barba puntiaguda y envuelto su cuerpo alto y enjuto en una bata blanca y almidonada.

Mientras Enrique desocupaba con buen apetito un ancho pocillo de chocolate, el viejo tenía fijos en él los cavernosos ojos, y con voz hueca y cascarrona le decía:

--No me queda duda, Carlota de B... aun después de heredar a su padre, no poseerá más que una módica fortuna; y luego en fincas deterioradas, perdidas!... Bah, bah, estos malditos isleños saben mejor aparentar riquezas que adquirirlas o conservarlas. Pero en fin, no faltan en el país buenos caudales; y no, no te casarás con Carlota de B... mientras haya otras varias en que escoger, tan buenas y más ricas que ella. ¿Dudas tú que cualquiera de estas criollas, la más encopetada, se dará por muy contenta contigo? Ja, ja, de eso respondo yo. Gracias al cielo y a mi prudencia, nuestro mal estado no es generalmente conocido, y en este país nuevo la llamada nobleza no conoce todavía las rancias preocupaciones de nuestra vieja aristocracia europea. Si don Carlos de B... hizo algunos melindres, ya ves que tuvo a bien tomar luego otra marcha. Yo te fío que te casarás con quien se te antoje.

El viejo hizo una mueca que parodiaba una sonrisa, y añadió en seguida frotándose las manos y abriendo cuanto le era posible sus ojos brillantes con la avaricia.--¡Oh! ¡y si se realizase mi sueño de anoche!... Tú, Enrique, te burlas de los sueños, pero el mío es notable, verosímil, profético... ¡Soñar que era mía la gran lotería! ¡Cuarenta mil duros en oro y plata! ¿Sabes tú que es una fortuna? ¡Cuarenta mil duros a un comerciante decaído!... Es un bocado sin hueso, como dicen en el país. El correo de la Habana debía llegar anoche, pero ese maldito correo parece que se retarda de intento para prolongar la agonía de esta espectativa.

Y, en efecto, pintábase en el semblante del viejo una extremada ansiedad.

--Si habéis de ver burlada vuestra esperanza,--dijo el joven,--cuanto más tarde será mejor. Pero en fin, si sacabais el lote bastaría a restablecer nuestra casa y yo podría casarme con Carlota.

--¡Casarte con Carlota!--exclamó Jorge poniendo sobre la mesa un pocillo de chocolate que acercaba a sus labios, y que dejara sin probarle al oir la conclusión desagradable del discurso de su hijo.--¡Casarte con Carlota cuando tuvieras cuarenta mil duros más! ¡Cuando fueras partido para la más rica del país! ¿Has podido pensarlo, insensato? ¿Qué hechizos te ha dado esa mujer para trastornar así tu juicio?

--¡Es tan bella!--repuso el joven, no sin alguna timidez.--¡Es tan buena! ¡Su corazón tan tierno! ¡Su talento tan seductor!...

--¡Bah! ¡Bah!--interrumpió Jorge con impaciencia,--¿y qué hace de todo eso un marido? Un comerciante, Enrique, ya te lo he dicho cien veces, se casa con una mujer lo mismo que se asocia con un compañero, por especulación, por conveniencia. La hermosura, el talento que un hombre de nuestra clase busca en la mujer con quien ha de casarse, son la riqueza y la economía. ¡Qué linda adquisición ibas a hacer en tu bella melindrosa, arruinada y acostumbrada al lujo de la opulencia! El matrimonio, Enrique, es...

El viejo iba a continuar desenvolviendo sus teorías mercantiles sobre el matrimonio cuando fué interrumpido por un fuerte golpe dado con el aldabón de la puerta; y la voz conocida de uno de sus esclavos gritó por dos veces:--El correo; están aquí las cartas del correo.--Jorge Otway se levantó con tal ímpetu, que vertió el chocolate sobre la mesa y echó a rodar la silla, corriendo a abrir la puerta y arrebatando con mano trémula las cartas que el negro le presentaba haciendo reverencias. Tres abrió sucesivamente y las arrojó con enfado diciendo entre dientes:--Son de negocios.--Por último rompe un sobre y ve lo que busca: el diario de la Habana que contiene la relación de los números premiados. Pero el exceso de su agitación no le permite leer aquellas líneas que deben realizar o destruir sus esperanzas, y alargando el papel a su hijo.--Toma,--le dice,--léelo tú; mis billetes son tres: números 1,750, 3,908 et 8,004. Lee pronto, el premio mayor es el que quiero saber; los cuarenta mil duros; acaba.

--El premio mayor ha caído en Puerto Príncipe,--exclamó el joven con alegría.

--¡En Puerto Príncipe! ¡Veamos!... ¡El número, Enrique, el número!--Y el viejo apenas respiraba.

Pero la puerta, que había dejado abierta, da paso en el mismo momento a la figura de un mulato, harto conocido ya de nuestros lectores, y Sab, que no sospecha lo intempestivo de su llegada, se adelanta con el sombrero en la mano.

--¡Maldición sobre ti!--grita furioso Jorge Otway.--¿Qué diablos quieres aquí, pícaro mulato, y cómo te atreves a entrar sin mi permiso? ¿Y ese imbécil de negro qué hace? ¿Dónde está que no te ha echado a palos?

Sab se detiene atónito a tan brusco recibimiento, fijando en el inglés los ojos mientras se cubría su frente de ligeras arrugas, y temblaban convulsivamente sus labios, como acontece con el frío que precede a una calentura. Diríase que estaba intimidado al aspecto colérico de Jorge si el encarnado que matizó en un momento el blanco amarillento de sus ojos, y el fuego que despedían sus pupilas de azabache, no diesen a su silencio el aire de la amenaza más bien que el del respeto.

Enrique, vivamente sentido del grosero lenguaje empleado por su padre con un mozo al cual miraba con afecto desde la noche de su caída, procuró hacerle menos sensible con su amabilidad la desagradable acogida de Jorge, al cual manifestó que siendo aquella su habitación particular, y habiendo concedido a Sab el permiso de entrar en ella a cualquiera hora, sin preceder aviso, no era culpable del atrevimiento que se le reprendía.

Pero el viejo no atendía a estas disculpas, porque habiendo arrancado de manos de Enrique el pliego deseado, lo devoraba con sus ojos; y Sab, satisfecho al parecer con la benevolencia del joven y repuesto de la primera impresión que la brutalidad de Jorge le causara, abría ya los labios para manifestar el objeto de su visita, cuando un nuevo arrebato de éste fijó en él la atención de los dos jóvenes. Jorge acababa de despedazar entre sus manos el pliego impreso que leía, en un ímpetu de rabia y desesperación.

--¡Maldición!--repitió por dos veces.--¡El 8014! ¡El 8014 y yo tengo el 8004!... ¡Por la diferencia de un guarismo! ¡Por sólo un guarismo!... ¡Maldición!...--Y se dejó caer con furor sobre una silla.

Enrique no pudo menos que participar del disgusto de su padre, pronunciando entre dientes las palabras fatalidad y mala suerte, y volviéndose a Sab le ordenó seguirle a un gabinete inmediato, deseando dejar a Jorge desahogar con libertad el mal humor que siempre produce una esperanza burlada.

Pero quedó admirado y resentido cuando al mirar al mulato vió brillar sus ojos con la expresión de una viva alegría, creyendo desde luego que Sab se gozaba en el disgusto de su padre. Echóle en consecuencia una mirada de reproche, que el mulato no notó, o fingió no notar, pues sin pretender justificarse dijo en el momento:

--Vengo a avisar a su merced, que me marcho dentro de una hora a Bellavista.

--¡Dentro de un hora! El calor es grande y la hora incómoda,--dijo Enrique,--de otro modo iría contigo, pues tengo ofrecido a Carlota acompañarla en el paseo que piensa hacer tu amo por Cubitas.

--A buen paso,--repuso Sab,--dentro de dos horas estaríamos en el ingenio y esta tarde podríamos partir para Cubitas.

Enrique reflexionó un momento.

--Pues bien,--dijo luego,--da orden a un esclavo de que disponga mi caballo y espérame en el patio: partiremos.

Sab se inclinó en señal de obediencia y salióse a ejecutar las órdenes de Enrique, mientras éste volvía al lado de su padre, al que encontró echado en un sofá con semblante de profundo desaliento.

--Padre mío,--dijo el joven dando a su voz una inflexión afectuosa, que armonizaba perfectamente con su dulce fisonomía,--si lo permitís partiré ahora mismo para Guanaja. Anoche me dijisteis que debía llegar de un momento a otro a aquel puerto otro buque que os está consignado, y mi presencia allá puede ser necesaria. De paso veré a Cubitas y procuraré informarme de las tierras que don Carlos posee allí, de su valor y productos; en fin, a mi regreso podré daros una noticia exacta de todo.

--Así,--añadió bajando la voz,--podréis pesar con pleno conocimiento las ventajas, o desventajas, que resultarían a nuestra casa de mi unión con Carlota, si llegara a verificarse.

Jorge guardó silencio como si consultase la respuesta consigo mismo y volviéndose luego a su hijo.--Está bien,--le dijo,--ve con Dios, pero no olvides que necesitamos oro, oro o plata más que tierras, ya sean rojas o negras: y que si Carlota de B... no te trae una dote de cuarenta o cincuenta mil duros, por lo menos, en dinero contante, tu unión con ella no puede realizarse.

Enrique saludó a su padre sin contestar y salió a reunirse con Sab, que le aguardaba.

El viejo al verle salir exhaló un triste suspiro y murmuró en voz baja:--¡Insensata juventud! Tan sereno está ese loco como si no hubiera visto deshacérsele entre las manos una esperanza de cuarenta mil duros!

CAPITULO VIII

Cantó, y amorosa venció su voz blanda la voz de las aves que anuncian el alba. LISTA.

Los dos viajeros atravesaron juntos por segunda vez aquellos campos; pero en lugar de una noche tempestuosa molestábales entonces el calor de un hermoso día. Enrique, para distraerse del fastidio del camino en hora tan molesta, dirigía a su compañero preguntas insidiosas sobre el estado actual de las posesiones de don Carlos, a las que respondía Sab con muestra de sencillez e ingenuidad. Sin embargo, a veces le fijaba miradas tan penetrantes, que el joven extranjero bajaba las suyas como temeroso de que leyese en ellas el motivo de sus preguntas.

--La fortuna de mi amo,--díjole una vez,--está bastante decaída y sin duda es una felicidad para él casar a su hija mayor con un sujeto rico, que no repare en la dote que puede llevar la señorita.

Sab no miraba a Otway al decir estas palabras y no pudo notar el encarnado que tiñó sus mejillas al oirlas; tardó un momento en responder y dijo al fin con voz mal segura:

--Carlota tiene una dote más rica y apreciable en sus gracias y virtudes.

Sab le miró entonces fijamente; parecía preguntarle con su mirada si él sabría apreciar aquella dote. Enrique no pudo sostener su muda interpelación y desvió el rostro con algún enfado. El mulato murmuró entre dientes:

--¡No, no eres capaz de ello!

--¿Qué hablas, Sab?--preguntó Enrique, que si bien no había podido entender distintamente sus palabras, oyó el murmullo de su voz.--¿Estás por ventura rezando?

--Pensaba, señor, que este sitio en que ahora nos hallamos es el mismo en que vi a su merced sin sentido, en medio de los horrores de la tempestad. Hacia la derecha está la cabaña a la que os conduje sobre mis espaldas.

--Sí, Sab, y no necesito ver estos sitios para acordarme que te debo la vida. Carlota te ha concedido ya la libertad, pero eso no basta y Enrique premiará con mayor generosidad el servicio que le has hecho.

--Ninguna recompensa merezco,--respondió con voz alterada el mulato,--la señorita me había recomendado vuestra persona y era un deber mío obedecerla.

--Parece que amas mucho a Carlota,--repuso Enrique parando su caballo para coger una naranja de un árbol que doblegaban sus frutos.

El mulato lanzó sobre él su mirada de águila, pero la expresión del rostro de su interlocutor le aseguró que ningún designio secreto de sondearle encerraban aquellas palabras. Entonces contestó con serenidad, mientras Enrique mondaba con una navaja la naranja que había cogido:

--Y ¿quién que la conozca podrá no amarla? La señorita de B... es a los ojos de su humilde esclavo lo que debe ser a los de todo hombre que no sea un malvado: un objeto de veneración y de ternura.

Enrique arrojó la naranja con impaciencia y continuó andando sin mirar a Sab. Acaso la voz secreta de su conciencia le decía en aquel momento que trocando su corazón por el corazón de aquel sér degradado sería más digno del amor entusiasta de Carlota.

Al ruido que formaba el galope de los caballos, la familia de B..., conociendo que eran los de Enrique y Sab corrieron a recibirlos, y Carlota se precipitó palpitante de amor y de alegría en los brazos de su amante. El señor de B... y las niñas le prodigaban al mismo tiempo las más tiernas caricias, y le introdujeron en la casa con demostraciones del más vivo placer.

Solamente dos personas quedaron en el patio: Teresa de pie, inmóvil en el umbral de la puerta que acababan de atravesar sin reparar en ella los dos amantes, y Sab de pie también, y también inmóvil enfrente de ella, junto a su jaco negro del cual acababa de bajarse. Ambos se miraron y ambos se estremecieron, porque como en un espejo había visto cada uno de ellos en la mirada del otro la dolorosa pasión que en aquel momento les dominaba. Sorprendidos mutuamente exclamaron al mismo tiempo:

--¡Sab!

--¡Teresa!

Se han entendido y huye cada uno de las miradas del otro. Sab se interna por los cañaverales, corriendo como el venado herido que huye del cazador llevando ya clavado el hierro en lo más sensible de sus entrañas. Teresa se encierra en su habitación.

Mientras tanto el júbilo reinaba en la casa, y Carlota no había gozado jamás felicidad mayor que la que experimentaba al ver junto a sí a su amante, después de haber temido perderle. Miraba la cicatriz de su frente y vertía lágrimas de enternecimiento. Referíale todos sus temores, todas sus pasadas angustias para gozarse después en su dicha presente; y era tan viva y elocuente su ternura, que Enrique subyugado por ella, a pesar suyo, sentía palpitar su corazón con una emoción desconocida.

--¡Carlota!--la dijo una vez,--un amor como el tuyo es un bien tan alto que temo no merecerlo. Mi alma acaso no es bastante grande para encerrar el amor que te debo. Y apretaba la mano de la joven sobre su corazón, que latía con un sentimiento tan vivo y tan puro, que acaso aquel momento en que se decía indigno de su dicha fué uno de los pocos de su vida en que supo merecerla.

Hay en los afectos de las almas ardientes y apasionadas como una fuerza magnética, que conmueve y domina todo cuanto se les acerca. Así un alma vulgar se siente a veces elevada sobre sí misma, a la altura de aquella con quien está en contacto, por decirlo así, y sólo cuando vuelve a caer, cuando se halla sola y en su propio lugar, puede conocer que era extraño el impulso que la movía y prestada la fuerza que la animaba.

El señor de B... llegó a interrumpir a los dos amantes.

--Creo,--dijo sentándose junto a ellos--que no habréis olvidado nuestro proyectado paseo a Cubitas. ¿Cuándo queréis que partamos?

--Lo más pronto posible,--dijo Otway.

--Esta misma tarde será,--repuso don Carlos,--y voy a prevenir a Teresa y a Sab para que se disponga todo lo necesario a la partida, pues veo,--añadió besando en la frente a su hija,--que mi Carlota está demasiado preocupada para atender a ello.

Marchóse en seguida y las niñas, regocijadas con la proximidad de la viajata, le siguieron saltando.

--Estaré contigo dos o tres días en Cubitas,--dijo Enrique a su amada,--me es forzoso marchar luego a Guanaja.

--Apenas gozo el placer de verte,--respondió ella con dulcísima voz,--cuando ya me anuncias otra nueva ausencia. Sin embargo, Enrique, soy tan feliz en este instante que no puedo quejarme.

--Pronto llegará el día,--repuso él,--en que nos uniremos para no separarnos más.

Y al decirlo preguntábase interiormente si llegaría en efecto aquel día, y si le sería imposible renunciar a la dicha de poseer a Carlota. Miróla y nunca le había parecido tan hermosa. Agitado, y descontento de sí mismo, levantóse y comenzó a pasearse por la sala, procurando disimular su turbación. No dejó, sin embargo, de notarla Carlota y preguntábale la causa con tímidas miradas. ¡Oh si la hubiera penetrado en aquel momento!... Era preciso que muriese o que cesase de amarle.

Enrique evitaba encontrar los ojos de la doncella, y se había reclinado lejos de ella en el antepecho de una ventana. Carlota se sintió herida de aquella repentina mudanza, y su orgullo de mujer sugirióle en el instante aparentar indiferencia a una conducta tan extraña. Estaba junto a ella su guitarra, tomóla y ensayó cantar. La agitación hacía flaquear su voz, pero hízose por un momento superior a ella y sin elección, a la casualidad, cantó estas estrofas, que estaba muy lejos de sospechar pudiesen ser aplicables a la situación de ambos:

Es Nice joven y amable y su tierno corazón un afecto inalterable consagra al bello Damón. Otro tiempo su ternura pagaba ufano el pastor; mas ¡ay! que nueva hermosura le ofrece otro nuevo amor. Y es Nice pobre zagala y es Laura rica beldad, que si en amor no la iguala la supera en calidad. Satisface Laura de oro de su amante la ambición; Nice le dá por tesoro su sensible corazón. Cede el zagal fascinado de la riqueza al poder, y ante Laura prosternado le mira Nice caer. Al verse sacrificada, por el ingrato pastor, la doncella desgraciada maldice al infausto amor. No ve que dura venganza toma del amante infiel, y en su cáliz de esperanza mezcla del dolor la hiel. Tardío arrepentimiento ya envenena su existir, y cual señor opulento comienza el tedio a sentir. Entre pesares y enojos vive rico y sin solaz: huye el sueño de sus ojos y pierde su alma la paz. Recuerda su Nice amada y suspira de dolor; y en voz profunda y airada así le dice el amor: «Los agravios que me hacen los hombres lloran un día, y así sólo satisfacen, Damón, la venganza mía. Que yo doy mayor contento, en pobre y humilde hogar, que con tesoros sin cuento, puedes ¡insano! gozar»

Terminó la joven su canción, y aun pensaba escucharla Enrique. Carlota acababa de responder en alta voz a sus secretas dudas, a sus ocultos pensamientos. ¿Habíalos por ventura adivinado? ¿Era tal vez el cielo mismo quien le hablaba por la boca de aquella tierna hermosura?

Un impulso involuntario y poderoso le hizo caer a sus pies y ya abría los labios, acaso para jurarla que sería preferida a todos los tesoros de la tierra, cuando apareció nuevamente don Carlos; seguíale Sab, mas se detuvo por respeto en el umbral de la puerta, mientras Enrique se levantaba confuso de las plantas de su querida, avergonzado ya del impulso desconocido de generosa ternura que por un momento le había subyugado. También las mejillas de Carlota se tiñeron de púrpura, pero traslucíase al través de su embarazo la secreta satisfacción de su alma; pues si bien Enrique no había hablado una sola palabra al arrojarse a sus pies, ella había leído en sus ojos, con la admirable perspicacia de su sexo, que nunca había sido tan amada como en aquel momento.

Don Carlos dirigió algunas chanzas a los dos amantes, mas notando que aumentaba su turbación, apresuróse a variar de objeto.

--Aquí tenéis a Sab,--les dijo,--señalad la hora de la partida, pues él es el encargado de todas las disposiciones del viaje, y como práctico en estos caminos sera nuestro guía.

El mulato se acercó entonces, y don Carlos, sentándose entre Carlota y Enrique, prosiguió dirigiéndose a éste:

--Hace diez años que no he estado en Cubitas, y aun antes de esta época visité muy pocas veces las estancias que tengo allí. Estaban casi abandonadas, pero desde que Sab vino a Bellavista, sus frecuentes visitas a Cubitas les han sido de mucha utilidad, según estoy informado; y creo que las hallaré en mejor estado que cuando las vi la última vez.

Sab manifestó que dichas estancias estaban todavía muy distantes del grado de mejora y utilidad a que podían llegar con más esmerado cultivo, y preguntó la hora de la partida.

Carlota señaló las cinco de la tarde, hora en que la brisa comienza a refrescar la atmósfera y hace menos sensible el calor de la estación, y Sab se retiró.

--Es un excelente mozo,--dijo don Carlos,--y su celo y actividad han sido muy útiles a esta finca. Su talento natural es despejadísimo y tiene para todo aquello a que se dedica admirables disposiciones; le quiero mucho y ya hace tiempo que fuera libre si lo hubiese deseado. Pero ahora es fuerza que lo sea y que anticipe yo mis resoluciones, pues así lo quiere mi Carlota. Ya he escrito con este objeto a mi apoderado en Puerto Príncipe y tú mismo, Enrique, a tu regreso te verás con él y entregarás con tus manos a nuestro buen Sab su carta de libertad.

Enrique hizo con la cabeza un movimiento de aprobación, y Carlota besando la mano de su padre, exclamó con vehemencia:

--¡Sí, que sea libre!... Ha sido el compañero de mi infancia y mi primer amigo... es,--añadió con mayor ternura,--el que te prodigó sus cuidados la noche de tu caída, Enrique, y quien, como un ángel de consuelo, vino a volver la paz a mi corazón sobresaltado.

Teresa entró en la sala en aquel momento; la comida se sirvió inmediatamente y ya no se trató más que de la partida.

CAPITULO IX

¿Do fué la raza candorosa y pura que las Antillas habitó?--La hiere del vencedor el hierro furibundo, tiembla, gime, perece, y como niebla al sol desaparece. HEREDIA.

Un viaje es a la infancia origen del más inquieto placer y de la más exaltada alegría. El movimiento y la variedad son necesidades imperiosas en aquella edad en la que libre todavía el alma de pasiones agitadoras, pero sintiendo el desarrollo de su actividad naciente sin un objeto en que emplearla, lánzale, por decirlo así, a lo exterior; buscando en la novedad y en el bullicio un desahogo a la febril vivacidad que le agita.

Las cuatro hermosas niñas, hermanas de Carlota, apenas apareció Sab con los carruajes y caballerías dispuestos para la partida, lo rodearon haciéndole mil caricias con las que manifestaban su regocijo. El mulato correspondía a sus infantiles halagos con melancólica sonrisa.