Sab (novela original)

Part 4

Chapter 43,982 wordsPublic domain

--No lejos de aquí,--responde tranquilamente el esclavo,--está la estancia de un conocido mío.

--Vamos a ella al momento,--dijo Enrique que conocía la imposibilidad de tomar otro partido.

Pero apenas había pronunciado estas palabras una nube se rasgó sobre su cabeza: el árbol bajo el cual se hallaba cayó abrasado por el rayo, y su caballo lanzándose por entre los árboles, que el viento secudía y desgajaba, rompió el freno con que el aturdido jinete se esforzaba en vano en contenerle. Chocando su cabeza contra las ramas y vigorosamente secudido por el espantado animal, Enrique perdió la silla y fué a caer ensangrentado y sin sentido en lo más espeso del bosque.

Un gemido doliente y largo designó al mulato el paraje en que había caído, y bajándose de su caballo se adelantó presuroso y con admirable tino, a pesar de la profunda oscuridad. Encontró al pobre Otway pálido, sin sentido, magullado el rostro y cubierto de sangre, y quedóse de pie delante de él, inmóvil y como petrificado. Sin embargo, sombrío y siniestro, como los fuegos de la tempestad, era el brillo que despedían en aquel momento sus pupilas de azabache, y sin el ruido de los vientos y de los truenos hubiéranse oído los latidos de su corazón.

--¡Aquí está!--exclamó por fin con horrible sonrisa.--¡Aquí está!--repitió con acento sordo y profundo, que armonizaba de un modo horrendo con los bramidos del huracán.--¡Sin sentido! ¡Moribundo!... mañana llorarían a Enrique Otway muerto de una caída, víctima de su imprudencia..., nadie podría decir si esta cabeza había sido despedazada por el golpe o si una mano enemiga había terminado la obra. Nadie adivinaría si el decreto del cielo había sido auxiliado por la mano de un mortal..., la oscuridad es profunda y estamos solos..., solos él y yo en medio de la noche y de la tempestad!... Helo aquí a mis pies, sin voz, sin conocimiento, a este hombre aborrecido. Una voluntad le reduciría a la nada, y esa voluntad es la mía...; la mía ¡pobre esclavo de quien él no sospecha que tenga un alma superior a la suya... capaz de amar, capaz de aborrecer..., un alma que supiera ser grande y virtuosa y que ahora puede ser criminal! ¡He aquí tendido a ese hombre que no debe levantarse más!

Crujieron sus dientes y con brazo vigoroso levantó en el aire, como a una ligera paja, el cuerpo esbelto y delicado del joven inglés.

Pero una súbita e incomprensible mudanza se verifica en aquel momento en su alma, pues se queda inmóvil y sin respiración cual si lo subyugase el poder de algún misterioso conjuro. Sin duda un genio invisible, protector de Enrique, acaba de murmurar en sus oídos las últimas palabras de Carlota:

--Sab, yo te recomiendo mi Enrique.

--¡Su Enrique!--exclamó con triste y sardónica sonrisa:--¡El! ¡Este hombre sin corazón! ¡Y ella llorará su muerte! ¡Y él se llevará al sepulcro sus amores y sus ilusiones!... Porque muriendo él, no conocerá nunca Carlota cuán indigno era de su amor entusiasta, de su amor de mujer y de virgen... muriendo vivirá por más tiempo en su memoria, porque le animará el alma de Carlota, aquella alma que el miserable no podrá comprender jamás. Pero ¿debo yo dejarle la vida? ¿Le permitiré que profane a ese ángel de inocencia y de amor? ¿Le arrancaré de los brazos de la muerte para ponerle en los suyos?

Un débil gemido que exhaló Otway hizo estremecer al esclavo. Dejó caer su cabeza que sostenía, retrocedió algunos pasos, cruzó los brazos sobre su pecho, agitado de una tempestad más horrible que la de la naturaleza; miró al cielo que semejaba un mar de fuego, miró a Otway en silencio y sacudió con violencia su cabeza empapada por la lluvia, rechinando unos contra otros sus dientes de marfil. Luego se acercó precipitadamente al herido, y era evidente que terminaban sus vacilaciones y que había tomado uno resolución decidida.

Al día siguiente hacía una mañana hermosa como lo es por lo regular en las Antillas la que sucede a una noche de tormenta. La atmósfera purificada, el cielo azul y espléndido, el sol vertiendo torrentes de luz sobre la naturaleza regocijada. Solamente algunos árboles desgajados atestiguaban todavía la reciente tempestad.

Carlota de B... veía comenzar aquel deseado día apoyada en la ventana de su dormitorio, la misma en que la hemos presentado por primera vez a nuestros lectores. El encarnado de sus ojos, y la palidez de sus mejillas, revelaban las agitaciones y el llanto de la noche, y sus miradas se tendían por el camino de la ciudad con una expresión de melancolía y fatiga.

Repentinamente en su fisonomía se pintó un espanto indescribible y sus ojos, sin variar de dirección, tomaron una expresión más notable de zozobra y agonía. Lanzó un grito y hubiera caído en tierra si acudiendo Teresa no la recibiera en sus brazos. Pero como si fuese tocada de una conmoción eléctrica, Teresa, en el momento de llegar a la fatal ventana, quedó tan pálida y demudada como la misma Carlota. Sus rodillas se doblaron bajo el peso de su cuerpo, y un grito igual al que la había atraído a aquel sitio se exhaló de su oprimido pecho.

Pero nadie acude a socorrerlas: la alarma es general en la casa, y el señor de B... está demasiado aturdido para poder atender a su hija.

El objeto que causa tal consternación no es más que un caballo con silla inglesa, y las bridas despedazadas, que acaba de llegar conducido por su instinto al sitio de que partiera la noche anterior. ¡Es el caballo de Enrique! Carlota, vuelta en su acuerdo, prorrumpe en gritos desesperados. En vano Teresa la aprieta entre sus brazos con no usada ternura, conjurándola a que se tranquilice y esforzándose a darle esperanzas; en vano su excelente padre pone en movimiento a todos sus esclavos para que salgan en busca de Enrique. Carlota a nada atiende, nada oye, nada ve sino a aquel fatal caballo mensajero de la muerte de su amante. A él interroga con agudos gritos y en un rapto de desesperación precipítase fuera de la casa y corre desatinada hacia los campos, diciendo con enajenamiento de dolor:

--Yo misma, yo le buscaré..., yo quiero descubrir su cadáver y expirar sobre él.

Parte veloz como una flecha y al atravesar la taranquela se encuentra frente a frente con el mulato. Sus vestidos y sus cabellos aun están empapados por el agua de la noche, mientras que corren de su frente ardientes gotas de sudor que prueban la fatiga de una marcha precipitada.

Carlota al verle arroja un grito y tiene que apoyarse en la taranquela para no caer. Sin fuerzas para interrogarle, fija en él los ojos con indecible ansiedad, y el mulato la entiende, pues saca de su cinturón un papel que le presenta. Igualmente tiemblan la mano que le da y la que le recibe... Carlota devora ya aquel escrito con sus ansiosas miradas, pero el exceso de su conmoción no le permite terminarlo, y alargándoselo a su padre, que con Teresa llegaba a aquel sitio, cae en tierra desmayada.

Mientras don Carlos la toma en sus brazos cubriéndola de besos y lágrimas, Teresa lee en alta voz la carta. Decía así:

«Amada Carlota: salgo para la ciudad en un carruaje que me envía mi padre, y estoy libre al presente de todo riesgo. Una caída del caballo me ha obligado a detenerme en la estancia de un labrador conocido de Sab, de la cual te escribo para tranquilizarte y prevenir el susto que podrá causarte el ver llegar mi caballo, si como Sab presume, lo hace así. He debido a este joven los más activos cuidados. El es quien andando cuatro leguas de ida y vuelta, en menos de dos horas acaba de traerme el carruaje en el que pienso llegar con comodidad a Puerto Príncipe. Adiós, etc.»

Carlota vuelta apenas en su conocimiento, hizo acercar al esclavo y, en un exabrupto de alegría y agradecimiento, ciñó su cuello con sus hermosos brazos.--¡Amigo mío! ¡Mi ángel de consolación!--exclamaba:--¡bendígate el cielo!.... ya eres libre, yo lo quiero.

Sab se inclinó profundamente a los pies de la doncella y besó la delicada mano que se había colocado voluntariamente junto a sus labios. Pero la mano huyó al momento y Carlota sintió un ligero estremecimiento, porque los labios del esclavo habían caído en su mano como una ascua de fuego.--Eres libre,--repitió ella, fijando en él su mirada sorprendida como si quisiera leer en su rostro la causa de una emoción que no podía atribuir al gozo de una libertad largo tiempo ofrecida y repetidas veces rehusada; pero Sab se había dominado y su mirada era triste y tranquila, y serio y melancólico su aspecto.

Interrogado por su amo, refirió en pocas palabras los pormenores de la noche, y acabó asegurando a Carlota que no corría ningún peligro su amante y que la herida que recibiera en la cabeza era tan leve que no debía causar la menor inquietud. Quiso en seguida volver a marchar a la ciudad a desempeñar los encargos de su amo, pero éste considerándole fatigado le ordenó descansar aquel día y partir al siguiente con el fresco de la madrugada. El esclavo obedeció retirándose inmediatamente.

Las diversas y vivas emociones que Carlota había experimentado en pocas horas, agitáronla de tal modo que se sintió indispuesta y tuvo necesidad de recogerse en su estancia. Teresa la hizo acostar y colocóse ella a la cabecera del lecho mientras el señor de B... fumando cigarros y columpiándose en su hamaca, pensaba en la extremada sensibilidad de su hija, tratando de tranquilizar su corazón paternal de la inquietud que esta sensibilidad tan viva le causaba, repitiéndose a sí mismo:--Pronto será la esposa del hombre que ama; Enrique es bueno y cariñoso, y la hará feliz. Feliz como yo hice a su madre cuya hermosura y ternura ha heredado.

Mientras él discurría así, sus cuatro hijas pequeñas jugaban alrededor de la hamaca. De rato en rato llegábanse a columpiarle, y don Carlos las besaba reteniéndolas en sus brazos.

--Hechizos de mi vida,--las decía,--un sentimiento más vivo que el afecto filial domina ya el corazón de Carlota, pero vosotras nada conocéis todavía más dulce que las caricias paternales. Cuando un esposo reclame toda su ternura y sus cuidados, vosotras consagraréis los vuestros a hermosear los últimos días de vuestro anciano padre.

Carlota, reclinada su linda cabeza en el seno de Teresa, hablábale también de los objetos de su cariño: de su excelente padre, de Enrique a quien amaba más en aquel momento, porque ¿quién ignora cuanto más caro se hace el objeto amado, cuando le recobramos después de haber temido perderle?

Teresa la escuchaba en silencio; disipados los temores, había recobrado su glacial continente, y en los cuidados que prodigaba a su amiga había más bondad que ternura.

Rendida por último a tantas agitaciones como sufriera desde el día anterior, durmióse Carlota sobre el pecho de Teresa, cerca del mediodía y cuando el calor era más sensible. Teresa contempló largo rato aquella cabeza tan hermosa, y aquellos soberbios ojos dulcemente cerrados, cuyas largas pestañas sombreaban las más puras mejillas. Luego colocó suavemente sobre la almohada la cabeza de la bella dormida y brotó de sus párpados una lágrima largo tiempo comprimida.

--¡Cuán hermosa es!--murmuró entre dientes.--¿Cómo pudiera dejar de ser amada? Luego miróse en un espejo que estaba al frente y una sonrisa amarga osciló sobre sus labios.

CAPITULO VI

Y mirando enternecido al generoso animal, le repite:--mientras viva mi fiel amigo serás. _Romance anónimo._

Habiendo descansado una gran parte del día y toda la noche, despertóse Carlota al amanecer del siguiente, y observando que aun todos dormían, echóse fuera del lecho queriendo salir a respirar en el campo el aire puro de la madrugada. Su indisposición, producida únicamente por la fatiga de una noche de insomnio, y las agitaciones que experimentara en las primeras horas del otro día, había desaparecido enteramente después de un sueño largo y tranquilo, y encontrábase contenta y dichosa cuando al despertar, a la primera lumbre del sol, se dijo a si misma: Enrique vive y está libre de todo riesgo; dentro de ocho días le veré junto a mí, apasionado y feliz; dentro de algunos meses estaré unida a él con lazos indisolubles.

Vistióse ligeramente y salió sin hacer ruido para no despertar a Teresa. La madrugada era fresca y hermosa, y el campo no había parecido nunca a Carlota tan pintoresco y florido.

Al salir de casa llevando en su pañuelo muchos granos de maíz, rodeáronla innumerables aves domésticas. Las palomas berberiscas sus favoritas, y las gallinas americanas, pequeñas y pintadas, llegaban a coger el maíz a su falda y posaban aleteando sobre sus hombros.

Más lejos el pavo real rizaba las cinéreas y azuladas plumas de su cuello, presentando con orgullo a los primeros rayos del sol su tornasolada y magnífica cola; mientras el pacífico ganso se acercaba pausadamente a recibir su ración. La joven sentíase en aquel momento feliz como un niño que encuentra sus juguetes al levantarse del seno de su madre, saliendo de su sueño de inocencia.

El temor de una desgracia superior hace menos sensible a los pesares ligeros. Carlota después de haber creído perder a su amante sentía mucho menos su ausencia. Su alma fatigada de sentimientos vehementes reposaba con delicia sobre los objetos que la rodeaban, y aquel día naciente, tan puro, asemejábase a los ojos de la doncella a los días apacibles de su primera edad.

No había en Puerto Príncipe, en la época de nuestra historia, grande afición a los jardines; apenas se conocían; acaso por ser todo el país un vasto y magnífico vergel formado por la naturaleza y al que no osaba el arte competir. Sin embargo, Sab, que sabía cuánto amaba las flores su joven señora, había cultivado vecino a la casa de Bellavista un pequeño y gracioso jardín hacia el cual se dirigió la doncella, luego que dió de comer a sus aves favoritas.

No dominaba el gusto inglés ni el francés en aquel lindo jardinillo: Sab no había consultado sino sus caprichos al formarle.

Era un recinto de poca extensión defendido del ardiente viento del sur por triples hileras de altas cañas de hermoso verde oscuro, conocidas en el país con el nombre de pitos, que batidas ligeramente por la brisa formaban un murmullo dulce y melancólico, como el de la ligera corriente de un arroyo. Era el jardín un cuadro perfecto, y los otros tres frentes los formaban arcos de juncos cubiertos por vistosos festones de cambustera y balsamina, cuyas flores carmíneas y doradas libaban zumbando los colibríes[13] brillantes como esmeraldas y topacios. Sab había reunido en aquel pequeño recinto todas las flores que más amaba Carlota. Allí lucían la astronomía, de pomposos ramilletes morados, la azucena y la rosa, la clavellina[14] y el jazmín, la modesta violeta y el orgulloso girasol enamorado del rey de los astros, la variable malvarrosa[15], la aleluya con sus flores nacaradas, y la pasionaria[16] ofreciendo en su cáliz maravilloso las sagradas insignias de la pasión del Redentor. En medio del jardín había un pequeño estanque en el que Sab había reunido varios pecesitos de vistosos colores, rodeándole de un banco de verdura sombreado por las anchas hojas de los plátanos.

Carlota recorría el jardín llenando de flores su blanco pañuelo de batista; de rato en rato interrumpía esta ocupación para perseguir las mariposas pintadas que revoloteaban sobre las flores. Luego sentábase fatigada a orillas del estanque; sus bellos ojos tomaban gradualmente una expresión pensativa, y distraídamente deshojaba las flores que con tanto placer había escogido, y las iba arrojando en el estanque.

Una vez sacóla de su distracción un leve rumor que le pareció producido por las pisadas de alguno que se acercaba. Creyó que despertando Teresa y advirtiendo su ausencia vendría buscándola, y la llamó repetidas veces. Nadie respondió y Carlota volvió a caer insensiblemente en su distracción. No fué larga sin embargo; la más linda y blanca de las mariposas que había visto hasta entonces llegó atrevidamente a posarse en su falda, alejándose después con provocativo vuelo. Carlota sacudió la cabeza como para lanzar de ella un pensamiento importuno, siguió con la vista la mariposa y vióla posar sobre un jazmín cuya blancura superaba. Entonces se levantó la joven y se precipitó sobre ella, pero el ligero insecto burló su diestro ataque, saliéndose por entre sus hermosos dedos, y alejándose veloz y parándose a trechos provocó largo tiempo a su perseguidora cuyos deseos burlaba en el momento de creerlos realizados. Sintiéndose fatigada, redobla Carlota sus esfuerzos, acosa a su ligera enemiga, persíguela con tenacidad, y arrojando sobre ella su pañuelo logra por fin cogerla. Su rostro se embellece con la expresión del triunfo, y mira a la prisionera por una abertura del pañuelo con la alegría de un niño; pero inconstante como él, cesa de repente de complacerse en la desgracia de su cautiva: abre el pañuelo y se regocija con verla volar libre, tanto como un minuto antes se gozara en aprisionarla.

Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres inflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la prisión y la libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan vehementes como profundas. ¡Ah! ignoran ellos que conviene a las almas superiores descender de tiempo en tiempo de su elevada región: que necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a quienes no satisface todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarles. Si se hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad de respetar sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas.

Así el torrente tiende mansamente sus aguas sobre las yerbas del prado, y acaricia las flores que en su impetuosa creciente puede destruir y arrasar en un momento.

Carlota fué interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio de los esclavos que iban a sus trabajos. Llamóles a todos, preguntándoles sus nombres uno por uno, e informándose con hechicera bondad de su situación particular, oficio y estado. Encantados los negros respondían colmándola de bendiciones y celebrando la humanidad de don Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que llevaba en sus bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los esclavos se alejaron bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con los ojos llenos de lágrimas.

--¡Pobres infelices!--exclamó.--Se juzgan afortunados porque no se les prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres, y los ven vender luego como a bestias irracionales... ¡A sus hijos, carne y sangre suya! Cuando yo sea la esposa de Enrique,--añadió después de un momento de silencio,--ningún infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud. Daremos libertad a todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos? ¿Seremos por eso menos dichosos? Una choza con Enrique es bastante para mí, y para él no habrá riqueza preferible a mi gratitud y mi amor.

Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano robusta los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se encaminó precipitadamente hacia la casa.

Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida que la daba los buenos días; volvióse y vió a Sab.--Te suponía ya andando para la ciudad,--le dijo ella.

--Me ha parecido,--respondió el joven con alguna turbación,--que debía aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que ordenarme.

--Yo te lo agradezco Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique; vendré a darte mi carta dentro de un instante.

Entróse Carlota en la casa, en la que dormían profundamente su padre, sus hermanitas y Teresa, y Sab la vió ocultarse a su vista exclamando con hondo y melancólico acento:

--¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo ángel del cielo!... ¿Por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria y crimen no dió a ese hermoso extranjero el alma del mulato?

Inclinóse su frente con profundo dolor y permaneció un rato abismado en triste meditación. Luego se dirigió a la cuadra en que estaban su jaco negro y el hermoso alazán de Enrique. Puso su mano sobre el lomo del primero mirándole con ojos enternecidos.

--Leal y pacífico animal,--le dijo,--tú soportas con mansedumbre el peso de este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te impulsan a sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga mientras ese hermoso animal sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre feliz, cuya vida es querida, cuya muerte sería llorada, ¡Pobre jaco mío! si fueses capaz de comprensión como lo eres de afecto, conocerías cuánto bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido de la tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas..., ningún vacío dejaría en la tierra el pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una carga más noble.

El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera comprenderle. Luego le lamía las manos y parecía decirle con aquellas caricias:--Te amo mucho para poder complacerte: de ninguna otra mano que la tuya recibo con gusto el sustento.

Sab recibía sus caricias con visible conmoción y comenzó a enjaezarlo diciéndole con voz por instantes más triste:

--Tú eres el único sér en la tierra que quiera acariciar estas manos tostadas y ásperas; tú el único que no se avergüenza de amarme; lo mismo que yo naciste condenado a la servidumbre..., pero, ¡ay! ¡tu suerte es más dichosa que la mía!, pobre animal; menos cruel contigo el destino, no te ha dado el funesto privilegio del pensamiento. Nada te grita en tu interior que merecías más noble suerte, y sufres la tuya con resignación.

La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrías ideas. Recibió la carta que le presentó la doncella, despidióse de ella respetuosamente y partió en su jaco llevando del cabestro el alazán de Enrique.

Ya se había levantado toda la familia y Carlota se presentó para el desayuno. Nunca había estado tan hermosa y amable; su alegría puso de buen humor a todos, y la misma Teresa parecía menos fría y displicente que de costumbre. Así se pasó aquel día en agradables conversaciones y cortos paseos, y así transcurrieron otros que duró la ausencia de Enrique.

Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su amante. ¡Tal es el amor! anhela un ilimitado porvenir, pero no desprecia ni el momento más corto. Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se embelesaba a la proximidad de algunos días, como si fuesen los únicos en que debiera gozar la presencia de su amante.

Presentía el placer de viajar por un país pintoresco y magnífico con el objeto de su elección, y a la verdad nada es más grato a un corazón que sabe amar que el viajar de este modo. La naturaleza se embellece con la presencia del objeto que se ama y éste se embellece con la naturaleza. Hay no sé qué mágica armonía entre la voz querida, el susurro de los árboles, la corriente de los arroyos y el murmullo de la brisa. En la agitación del viaje todo pasa por delante de nuestra vista como los paisajes de un panorama, pero el objeto amado está siempre allí, y en sus miradas y en su sonrisa volvemos a hallar las emociones deliciosas que produjeran en nuestro corazón los cuadros variados que van desapareciendo.