Sab (novela original)

Part 3

Chapter 34,067 wordsPublic domain

Noticioso Jorge del feliz éxito de las pretenciones de su hijo, pidió osadamente la mano de Carlota, pero su vanidad y la de Enrique sufrieron la humillación de una repulsa. La familia de B... era de las más nobles del país y no pudo recibir sin indignación la demanda del rico negociante, porque aun se acordaba del buhonero. Por otra parte, aunque el viejo Otway se hubiese declarado desde su establecimiento en Puerto Príncipe un verdadero católico apostólico, romano, y educado a su hijo en los ritos de la misma iglesia, su apostasía no le había salvado del nombre de hereje con que solían designarle las viejas del país; y si toda la familia de B... no conservaba en este punto las mismas preocupaciones, no faltaban en ella individuos que oponiéndose al enlace de Carlota con Enrique fuesen menos inspirados por el desprecio al buhonero que por el horror al hereje. La mano de la señorita de B... fué, pues, rehusada al joven inglés y se la ordenó severamente no pensar más en su amante. ¡Es tan fácil dar estas órdenes! La experiencia parece que no ha probado bastante todavía su inutilidad. Carlota amó más desde que se le prohibió amar, y aunque no había ciertamente en su carácter una gran energía, ni mucho menos una fría perseverancia, la exaltación de su amor contrariado, y el pesar de una niña que por primera vez encuentra oposición a sus deseos, eran más que suficientes para producir un efecto contrario al que se esperaba. Todos los esfuerzos empleados por la familia de B... para apartarla de Enrique fueron inútiles, y su amante desgraciado fué para ella mucho más interesante. Después de repetidas y dolorosas escenas, en que manifestó constantemente una firmeza que admiró a sus parientes, el amor y la melancolía la originaron una enfermedad peligrosa que fué la que determinó su triunfo. Un padre idólatra no pudo sostener por más tiempo los sufrimientos de tan hermosa criatura, y cedió a pesar de toda su parentela.

Don Carlos era uno de aquellos hombres apacibles y perezosos que no saben hacer mal, ni tomarse grandes fatigas para ejecutar el bien. Había seguido los consejos de su familia al oponerse a la unión de Carlota con Enrique, pues él por su parte era indiferente, en cierto modo, a las preocupaciones del nacimiento, y acostumbrado a los goces de la abundancia, sin conocer su precio, tampoco tenía ambición ni de poder ni de riquezas. Jamás había ambicionado para su hija un marido de alta posición social o de inmensos caudales; limitábase a desearle uno que la hiciese feliz, y no se ocupó mucho, sin embargo, en estudiar a Enrique para conocer si era capaz de lograrlo. Inactivo por temperamento, dócil por carácter y por el convencimiento de su inercia, se opuso al amor de su hijo sólo por contemporizar con sus hermanos, y cedió luego a los deseos de aquélla, menos por la persuación de que tal enlace labraría su dicha, que por falta de fuerzas para sostener por más tiempo el papel de que se había encargado. Carlota, empero, supo aprovechar aquella debilidad en su favor, y antes de que su familia tuviese tiempo de influir nuevamente en el ánimo de don Carlos, su casamiento fué convenido por ambos padres y fijado para el día primero de septiembre de aquel año, por cumplir en él la joven los diez y ocho de su edad.

Era a fines de febrero cuando se hizo este convenio, y desde entonces hasta principios de junio en que comienza nuestra narración, los dos amantes habían tenido para verse y hablarse toda la lícita libertad que podían desear. Pero la fortuna, burlándose de los cálculos del codicioso inglés, había trastornado en este corto tiempo todas sus esperanzas y especulaciones. La familia del señor de B... altamente ofendida con la resolución de éste, y no haciendo misterio del desprecio con que miraba al futuro esposo de Carlota, había roto públicamente toda relación amistosa con don Carlos, y su hermano don Agustín hizo un testamento a favor de los hijos de otro hermano para quitar a Carlota toda esperanza de su sucesión. Mas esto era poco: otro golpe más sensible se siguió a éste y acabó de desesperar a Jorge. Contra todas las probabilidades y esperanzas fallóse el pleito, por fin, en contra de don Carlos. El testamento que constituía heredera a su esposa fué anulado justa o injustamente, y el desgraciado caballero hubo de entregar al nuevo poseedor las grandes fincas que mirara como suyas hacía seis años. No faltaron personas que, juzgando parcial e injusta esta sentencia, invitasen al agraviado a apelar al Tribunal Supremo de la nación; mas el carácter de don Carlos no era a propósito para ello, y sometiéndose a su suerte, casi pareció indiferente a una desgracia que le despojaba de una parte considerable de sus bienes. Un estoicismo de esta clase, tan noble desprendimiento de las riquezas debían merecerle al parecer generales elogios, mas no fué así. Su indiferencia se creyó más bien efecto de egoísmo que de desinterés.

--Es bastante rico aún,--decían en el pueblo,--para poder gozar mientras viva de todas las comodidades imaginables, y no le importa nada una pérdida que sólo perjudicará a sus hijos.

Engañábanse empero los que juzgaban de este modo a don Carlos. Ciertamente, la pereza de su carácter y el desaliento que en él producía cualquier golpe inesperado, influían no poco en la aparente fortaleza con que se sometía desde luego a la desgracia, sin hacer un enérgico esfuerzo para contrarrestarla, pero amaba a sus hijos y había amado a su esposa con todo el calor y la ternura de una alma sensible aunque apática. Hubiera dado su vida por cada uno de aquellos objetos queridos, pero por la utilidad de estos mismos no hubiera podido imponerse el deber de una vida activa y agitada: oponíanse a ella su temperamento, su carácter y sus hábitos invencibles. Desprendiéndose con resignación y filosofía de un caudal, con el cual contaba para asegurar a sus hijos una fortuna brillante, no fué sin embargo insensible a este golpe. No se quejó a nadie, acaso por pereza, acaso por cierto orgullo compatible con la más perfecta bondad; pero el golpe hirió de lleno su corazón paternal. Alegróse entonces interiormente de tener asegurada la suerte de Carlota, y no vió en Enrique al hijo del buhonero, sino al único heredero de una casa fuerte del país.

Todo lo contrario sucedió a Jorge. Carlota, privada de la herencia de su tío y de los bienes de su madre que la pérdida del pleito le había quitado, Carlota con cinco hermanos que debían partir con ella el desmenbrado caudal que pudiera heredar de su padre (joven todavía y prometiendo una larga vida), no era ya la mujer que deseaba Jorge para su hijo. El codicioso inglés hubiera muerto de dolor y rabia si las desgracias de la casa de B... hubieran sido posteriores al casamiento de Enrique, mas por fortuna suya aun no se había verificado, y Jorge estaba resuelto a que no se verificara jamás. Demasiado bajo para tener vergüenza de su conducta, acaso hubiera roto inmediatamente, sin ningún pudor ni cortesía, un compromiso que ya detestaba, si su hijo a fuerza de dulzura y de paciencia no hubiese logrado hacerle adoptar un sistema más racional y menos grosero.

Lo que pasó en el alma de Enrique cuando vió destruídas en un momento las brillantes esperanzas de fortuna que fundaba en su novia, fué un secreto para todos, pues aunque fuese el joven tan codicioso como su padre, era por lo menos mucho más disimulado. Su conducta no varió en lo más mínimo, ni se advirtió la más leve frialdad en sus amores. El público, si bien persuadido de que sólo la conveniencia le había impulsado a solicitar la mano de Carlota, creyó entonces que un sentimiento más noble y generoso le decidía a no renunciarla. Carlota era acaso la única persona que ni agradecía ni notaba el aparente desinterés de su amante. No sospechando que al solicitar su mano tuviese un motivo ajeno del amor, apenas pensaba en la mudanza desventajosa de su propia fortuna, ni podía admirarse de que no influyese en la conducta de Enrique. ¡Ay de mí! solamente la fría y aterrada experiencia enseña a conocer a las almas nobles y generosas el mérito de las virtudes que ellas mismas poseen... ¡Feliz aquel que muere sin haberlo conocido!

CAPITULO IV

No hay mal para el amor correspondido, no hay bien que no sea mal para el ausente. LISTA.

A la conclusión de una larga calle de naranjos y tamarindos, sentados muellemente en un tronco de palma estaban Carlota y su amante la tarde siguiente a aquella en que llegó éste a Bellavista, y se entretenían en una conversación al parecer muy viva.

--Te repito,--decía el joven,--que negocios indispensables de mi comercio me precisan a dejarte tan pronto, bien a pesar mío.

--¿Conque veinticuatro horas solamente has querido permanecer en Bellavista?--contestó la doncella con cierto aire de impaciencia.--Yo esperaba que fuesen más largas tus visitas: de otro modo no hubiera consentido en venir. Pero no te marcharás hoy, eso no puede ser. Cuatro días más, dos por lo menos.

--Ya sabes que te dejé hace ocho para ir al puerto de Guanaja, al cual acababa de llegar un buque consignado a mi casa. El cargamento debe ser transportado a Puerto Príncipe y es indispensable hallarme yo allí; mi padre con su edad y sus dolencias es ya poco a propósito para atender a tantos negocios con la actividad necesaria. Pero escucha, Carlota, te ofrezco volver dentro de quince días.

--¡Quince días!--exclamó Carlota con infantil impaciencia.--¡Ah! no; papá tiene proyectado un paseo a Cubitas, con el doble objeto de visitar las estancias[9] que tiene allí, y que veamos Teresa y yo las famosas cuevas[10] que tú tampoco has visto. Este viaje está señalado para dentro de ocho días y es preciso que vengas para acompañarnos.

Iba Enrique a contestar cuando vieron venir hacia ellos al mulato que hemos presentado al lector en el primer capítulo de esta historia.

--Es hora de la merienda,--dijo Carlota,--y sin duda papá envía a Sab para advertírnoslo.

--¿Sabes que me agrada ese esclavo?--repuso Enrique, aprovechando con gusto la ocasión que se le presentaba de dar otro giro a la conversación.--No tiene nada de la abyección y grosería que es común en gentes de su especie; por el contrario, tiene aire y modales muy finos y aun me atrevería a decir nobles.

--Sab no ha estado nunca confundido con los otros esclavos,--contestó Carlota,--se ha criado conmigo como un hermano, tiene suma afición a la lectura y su talento natural es admirable.

--Todo eso no es un bien para él,--repuso el inglés,--porque ¿para qué necesita del talento y la educación un hombre destinado a ser esclavo?

--Sab no lo será largo tiempo, Enrique: creo que mi padre espera solamente a que cumpla veinticinco años para darle libertad.

--Según cierta relación que me hizo de su nacimiento,--añadió el joven sonriéndose,--sospecho que tiene ese mozo, con algún fundamento, la lisonjera presunción de ser de la misma sangre que sus amos.

--Así lo pienso yo también porque mi padre le ha tratado siempre con particular distinción, y aun ha dejado traslucir a la familia que tiene motivos poderosos para creerle hijo de su difunto hermano don Luis. Pero ¡silencio!... ya llega.

El mulato se inclinó profundamente delante de su joven señora y avisó que la aguardaban para la merienda.--Además,--añadió,--el cielo se va oscureciendo demasiado y parece amenazar una tempestad.

Carlota levantó los ojos y viendo la exactitud de esta observación, mandó retirarse al esclavo diciéndole que no tardarían en volver a la casa. Mientras Sab regresaba a ella, internándose entre los árboles que formaban el paseo, volvióse hacia su amante y fijando en él una mirada suplicatoria:--Y bien,--le dijo,--¿vendrás pues a acompañarme a Cubitas?

--Vendré dentro de quince días: ¿no son lo mismo quince que ocho?

--¡Lo mismo!--repitió ella dando a sus bellos ojos una notable expresión de sorpresa.--¡Pues qué! ¿no hay siete días de diferencia? ¡Siete días, Enrique! Otros tantos he estado sin verte en esta primera separación y me han parecido una eternidad. ¿No has experimentado tú cuán triste cosa es ver salir el sol, un día y otro... sin que pueda disipar las tinieblas del corazón, sin traernos un rayo de esperanza... porque sabemos que no veremos con su luz el semblante adorado? Y luego, cuando llega la noche, cuando la naturaleza se adormece en medio de las sombras y las brisas, ¿no has sentido tu corazón inundarse de una ternura dulce, indefinible como el aroma de las flores?... ¿No has experimentado una necesidad de oir la voz querida en el silencio de la noche? ¿No te ha agobiado la ausencia, ese malestar continuo, ese vacío inmenso, esa agonía de un dolor que se reproduce bajo mil formas diversas, pero siempre punzante, inagotable, insufrible?

Una lágrima empañó los ojos de la apasionada criolla, y levantándose del tronco en que se hallaba sentada, entróse por entre los naranjos que formaban un bosquecillo hacia la derecha, como si sintiese la necesidad de dominar un exceso de sensibilidad que tanto le hacía sufrir.

Siguióla Enrique paso a paso, como si temiese dejar de verla, sin desear alcanzarla, y pintábase en su blanca frente y en sus ojos azules una expresión particular de duda e indecisión. Hubiérase dicho que dos opuestos sentimientos, dos poderes enemigos dividían su corazón. De repente detúvose, quedóse inmóvil mirando de lejos a Carlota, y escapóse de sus labios una palabra... pero una palabra que revelaba un pensamiento cuidadosamente disimulado hasta entonces. Espantado de su imprudencia, tendió la vista en derredor para cerciorarse de que estaba solo, y agitó al mismo tiempo su cuerpo un ligero estremecimiento. Era que dos ojos, como ascuas de fuego, habían brillado entre el verde oscuro de las hojas, flechando en él una mirada espantosa. Precipitóse hacia aquel paraje porque le importaba conocer al espía misterioso que acababa de sorprender su secreto, y era preciso castigarle u obligarle al silencio. Pero nada encontró. El espía sin duda se deslizó por entre los árboles, aprovechando el primer momento de sorpresa y turbación que su vista produjera.

Enrique se apresuró entonces, y logró reunirse a su querida, a tiempo que ésta atravesaba el umbral de la casa, en donde les esperaba don Carlos servida ya la merienda.

La noche se acercaba mientras tanto, pero no serena y hermosa como la anterior, sino que todo anunciaba ser una de aquellas noches de tempestad, que en el clima de Cuba ofrecen un carácter tan terrible.

Hacía un calor sofocante que ninguna brisa temperaba; la atmósfera cargada de electricidad pesaba sobre los cuerpos, como una capa de plomo; las nubes, tan bajas que se confundían con las sombras de los bosques, eran de un pardo oscuro con anchas bandas de color de fuego. Ninguna hoja se estremecía, ningún sonido interrumpía el silencio pavoroso de la naturaleza. Bandadas de auras[11] poblaban el aire, oscureciendo la luz rojiza del sol poniente; y los perros, baja y espeluznada la cola, abierta la boca y la lengua seca y encendida, se pegaban contra la tierra; adivinando por instinto el sacudimiento espantoso que iba a sufrir la naturaleza.

Estos síntomas de tempestad, conocidos de todos los cubanos, fueron un motivo más para instar a Otway dilatase su partida hasta el día siguiente por lo menos. Pero todo fué inútil y se manifestó resuelto a partir en el momento, antes que se declarase la tempestad. Dos esclavos recibieron la orden de traer su caballo, y don Carlos le ofreció a Sab para que le acompañase.

Estaba determinado con anterioridad que el mulato partiese al día siguiente a la ciudad a ciertos asuntos de su amo, y haciéndole anticipar algunas horas su salida, proporcionaba éste a su futuro yerno un compañero práctico en aquellos caminos. Agradeció Enrique esta atención y levantándose de la mesa, en la que acababan de servirles la merienda, según costumbre del país en aquella época, se acercó a Carlota que con los ojos fijos en el cielo parecía examinar con inquietud desde una ventana los anuncios de la tempestad, cada vez más próxima.

--Adiós, Carlota,--le dijo tomando con cariño una de sus manos,--no serán quince los días de nuestra separación, vendré para acompañarte a Cubitas.

--Sí,--contestó ella,--te espero, Enrique... pero, ¡Dios mío!--añadió estremeciéndose y volviendo a dirigir al cielo los hermosos ojos, que por un momento fijara en su amante.--Enrique, la noche será horrorosa... la tempestad no tardará en estallar... ¿por qué te obstinas en partir? Si tú no temes, hazlo por mí, por compasión de tu Carlota... Enrique, no te vayas.

El inglés observó un instante el firmamento y repitió la orden de traerle su caballo. No dejaba de conocer la proximidad de la tormenta, pero convenía a sus intereses comerciales hallarse aquella noche en Puerto Príncipe, y cuando mediaban consideraciones de esta clase, ni los rayos del cielo ni los ruegos de su amada podían hacerle vacilar; porque educado según las reglas de codicia y especulación, rodeado desde su infancia por una atmósfera mercantil, por decirlo así, era exacto y rígido en el cumplimiento de aquellos deberes que el interés de su comercio le imponía.

Dos relámpagos brillaron con cortísimo intervalo seguidos por la detonación de dos truenos espantosos, y una palidez mortal se extendió sobre el rostro de Carlota, que miró a su amante con indecible ansiedad. Don Carlos se acercó a ellos haciendo al joven mayores instancias para que difiriese su partida, y aun las niñas hermanas de Carlota se agruparon en torno suyo y abrazaban cariñosamente sus rodillas rogándole que no partiese. Un solo individuo de los que en aquel momento encerraba la sala permanecía indiferente a la tempestad, y a cuanto la rodeaba. Este individuo era Teresa que apoyada en el antepecho de una ventana, inmóvil e impasible, parecía sumergida en profunda distracción.

Cuando Enrique sustrayéndose a las instancias del dueño de la casa, a las importunidades de las niñas y a las mudas súplicas de su querida, se acercó a Teresa para decirla adiós, volvióse con un movimiento convulsivo hacia él, asustada con el sonido de su voz.

Enrique al tomarla la mano notó que estaba fría y temblorosa, y aun creyó percibir un leve suspiro ahogado con esfuerzo entre sus labios. Fijó en ella los ojos con alguna sorpresa, pero había vuelto a colocarse en su primera postura, y su rostro frío, y su mirada fija y seca, como la de un cadáver, no revelaban nada de cuanto entonces ocupaba su pensamiento y agitaba su alma.

Enrique montó a caballo; sólo aguardaba a Sab para partir, pero Sab estaba detenido por Carlota que llena de inquietud le recomendaba su amante.

--Sab,--le decía con penetrante acento,--si la tempestad es tan terrible como presagian estas negras nubes y esta calma espantosa, tú, que conoces a palmo este país, sabrás en donde refugiarte con Enrique. Porque, por solitarios que sean estos campos, no faltará un bohío[12] en que poneros al abrigo de la tormenta. ¡Sab!, yo te recomiendo mi Enrique.

Un relámpago más vivo que los anteriores, y casi al mismo tiempo el estampido de un trueno, arrancaron un débil grito a la tímida doncella, que por un movimiento involuntario cubrió sus ojos con ambas manos. Cuando los descubrió y tendió una mirada en derredor vió cerca de sí a sus hermanitas, agrupadas en silencio unas contra otras y temblando de miedo, mientras que Teresa permanecía de pie, tranquila y silenciosa, en la misma ventana en que había recibido la despedida de Enrique. Sab no estaba ya en la sala. Carlota se levantó de la butaca en que se había arrojado casi desmayada al estampido del trueno, e intentó correr al patio en que había visto a Enrique montar a caballo un momento antes, y en el cual le suponía aún, pero en el mismo instante oyó la voz de su padre que deseaba a los que partían un buen viaje, y el galope acompasado de dos caballos que se alejaban. Entonces volvió a sentarse lentamente y exclamó con dolorido acento.--¡Dios mío! ¿se padece tanto siempre que se ama? ¿Aman y padecen del mismo modo todos los corazones, o has depositado en el mío un germen más fecundo de afectos y dolores?... ¡Ah! ¡si no es general esta terrible facultad de amar y padecer, cuán cruel privilegio me has concedido!... porque es una desgracia, es una gran desgracia sentir de esta manera.

Cubrió sus ojos llenos de lágrimas y gimió; porque levantándose de improviso allá en lo más íntimo de su corazón no sé qué instinto revelador y terrible, acababa de declararle una verdad, que hasta entonces no había claramente comprendido: que hay almas superiores sobre la tierra, privilegiadas para el sentimiento y desconocidas de las almas vulgares; almas ricas de afectos, ricas de emociones... para las cuales están reservadas las pasiones terribles, las grandes virtudes, los inmensos pesares... y que el alma de Enrique no era una de ellas.

CAPITULO V

...La tormenta umbría en los aires revuelve un océano que todo lo sepulta... HEREDIA.

La noche más profunda enlutaba ya el suelo. Aun no caía una gota de lluvia, ni la más ligera corriente de aire refrigeraba a la tierra abrasada. Reinaba un silencio temeroso en la naturaleza, que parecía contemplar con profundo desaliento la cólera del cielo y esperar con triste resignación el cumplimiento de sus amenazas.

Sin embargo, en tan horrible noche dos hombres atrevidos atravesaban a galope aquellas sabanas abrasadas, sin el menor indicio de temor. Estos dos hombres ya los conoce el lector: eran Enrique y Sab, montado el uno en su fogoso alazán, y el otro en un jaco negro como el ébano, más ligero que vigoroso. El inglés llevaba ceñido un sable corto de puño de plata cincelada, y dos pistolas en el arzón delantero de su silla; el mulato no llevaba más arma que su machete.

Ni uno ni otro proferían una palabra, ni parecía que echasen de ver los relámpagos, más frecuentes por momentos, porque cada uno de ellos estaba dominado por un pensamiento que absorbía cualquier otro. Es indudable que Enrique Otway amaba a Carlota de B... y ¿cómo no amar a una criatura tan bella y apasionada? Cualesquiera que fuesen las facultades del alma del inglés, la altura o bajeza de sus sentimientos, y el mayor o menor grado de su sensibilidad, no cabe duda en que su amor a la hija de don Carlos era una de las pasiones más fuertes que había experimentado en su vida. Pero esta pasión, no siendo única, era contrastada evidentemente por otra pasión rival y a veces victoriosa: la codicia.

Pensaba, pues, alejándose de su querida, en la felicidad de poseerla, y pesaba esta dicha con la de ser más rico, casándose con una mujer menos bella acaso, menos tierna, pero cuya dote pudiera restablecer el crédito de su casa decaída y satisfacer la codicia de su padre. Agitado e indeciso en esta elección, se reconvenía a sí mismo de no ser bastante codicioso para sacrificar su amor a su interés, o bastante generoso para posponer su conveniencia a su amor.

Diversos pensamientos más sombríos, más terribles, eran sin duda los que ocupaban el alma del esclavo. ¿Pero quién se atrevería a querer penetrarlos? A la luz repercutida de los relámpagos veíanse sus ojos fijos, siempre fijos en su compañero, como si quisiera registrar con ellos los senos más recónditos de su corazón; y por un inconcebible prodigio pareció por fin haberlo conseguido, pues desvió de repente su mirada, y una sonrisa amarga, desdeñosa, inexplicable, contrajo momentáneamente sus labios.--¡Miserable!--murmuró con voz inteligible; pero esta exclamación fué sofocada por la detonación del rayo.

La tempestad estalla por fin súbitamente. Al soplo impetuoso de los vientos desencadenados el polvo de los campos se levanta en sofocantes torbellinos; el cielo se abre vomitando fuego por innumerables bocas; el relámpago describe mil ángulos encendidos; el rayo troncha los más corpulentos árboles y la atmósfera encendida semeja una vasta hoguera.

El joven inglés se vuelve con un movimiento de terror hacia su compañero.

--Es imposible continuar,--le dice,--absolutamente imposible.