Sab (novela original)

Part 10

Chapter 104,055 wordsPublic domain

--¡Querido!--repitió él con despedazante sonrisa:--¡Querido!... no, nunca lo he sido, nunca podré serlo.... ¿Veis esta frente, señora? ¿Qué os dice ella? ¿No notáis este color opaco y siniestro?... Es la marca de mi raza maldecida.... Es el sello del oprobio y del infortunio. Y sin embargo,--añadió apretando convulsivamente contra su pecho las manos de Teresa,--sin embargo, había en este corazón un germen fecundo de grandes sentimientos. Si mi destino no lo hubiera sofocado, si la abyección del hombre físico no se hubiera opuesto constantemente al desarrollo del hombre moral, acaso hubiera yo sido grande y virtuoso. Esclavo, he debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos, no puede conservar sentimientos nobles. ¡Teresa! debéis despreciarme.... ¿Por qué estáis aquí todavía?... Huid, señora y....

--¡No!--exclamó ella inclinando su cabeza sobre la del mulato, arrodillado a sus pies:--no me apartaré de ti sin que me jures respetar tu vida.

Un sudor frío corría por la frente de Sab, y la opresión de su corazón embargaba su voz; sin embargo, a los dulces acentos de Teresa levantó a ella sus ojos, llenos de gratitud.

--¡Cuán buena sois,--la dijo;--pero ¿quién soy yo para que os intereséis por mi vida?... ¡Mi vida! ¿Sabéis vos lo que es mi vida?... ¿A quién es necesaria?... Yo no tengo padre ni madre... soy solo en el mundo: nadie llorará mi muerte. No tengo tampoco una patria que defender, porque los esclavos no tienen patria; no tengo deberes que cumplir, porque los deberes del esclavo son los deberes de la bestia de carga, que anda mientras puede y se echa en tierra cuando ya no puede más. Si al menos los hombres blancos, que desechan de sus sociedades al que nació teñida la tez de un color diferente, le dejasen tranquilo en sus bosques, allá tendría patria y amores... porque amaría a una mujer de su color, salvaje como él, y que como él no hubiera visto jamás otros climas ni otros hombres, ni conocido la ambición, ni admirado los talentos. Pero ¡ah! al negro se rehusa lo que es concedido a las bestias feroces, a quienes le igualan; porque a ellas se les deja vivir entre los montes donde nacieron, y al negro se le arranca de los suyos. Esclavo envilecido, legará por herencia a sus hijos esclavitud y envilecimiento, y esos hijos desgraciados pedirán en vano la vida selvática de sus padres. Para mayor tormento serán condenados a ver hombres como ellos, para los cuales la fortuna y la ambición abren mil caminos de gloria y de poder; mientras que ellos no pueden tener ambición, no pueden esperar un porvenir. En vano sentirán en su cabeza una fuerza pensadora, en vano en su pecho un corazón que palpite. ¡El poder y la voluntad! En vano un instinto, una convicción que les grite: levantaos y marchad; porque para ellos todos los caminos están cerrados, todas las esperanzas destruídas. ¡Teresa! esa es mi suerte. Superior a mi clase por mi naturaleza, inferior a las otras por mi destino, estoy solo en el mundo.

--Deja estos países, déjalos,--exclamó con energía Teresa.--¡Pobre joven! busca otro cielo, otro clima, otra existencia..., busca también otro amor...; una esposa digna de tu corazón.

--¡Amor! ¡Esposa!--repitió tristemente Sab:--no, señora, no hay tampoco amor ni esposa para mí; ¿no os lo he dicho ya? Una maldición terrible pesa sobre mi existencia y está impresa en mi frente. Ninguna mujer puede amarme, ninguna querrá unir su suerte a la del pobre mulato, seguir sus pasos y consolar sus dolores.

Teresa se puso en pie. A la trémula luz de las estrellas pudo Sab ver brillar su frente altiva y pálida. El fuego del entusiasmo centelleaba en sus ojos y toda su figura tenía algo de inspirado. Estaba hermosa en aquel momento: hermosa con aquella hermosura que proviene del alma, y que el alma conoce mejor que los ojos. Sab la miraba asombrado. Tendió ella sus dos manos hacia él y levantando los ojos al cielo.--Yo--exclamó--yo soy esa mujer que me confío a ti; ambos somos huérfanos y desgraciados... aislados estamos los dos sobre la tierra y necesitamos igualmente compasión, amor y felicidad. Déjame pues, seguirte a remotos climas, al seno de los desiertos... ¡Yo seré tu amiga, tu compañera, tu hermana!

Ella cesó de hablar y aun parecía escucharla el mulato. Asombrado e inmóvil fijaba en ella los ojos, y parecía preguntarle si no le engañaba y era capaz de cumplir lo que prometía. Pero ¿debía dudarlo? Las miradas de Teresa y la mano que apretaba la suya eran bastante a convencerle. Sab besó sus pies, y en el exceso de su emoción sólo pudo exclamar: ¡Sois un ángel, Teresa!

Un torrente de lágrimas brotó en seguida de sus ojos; y sentado junto a Teresa, estrechando sus manos contra su pecho, sintióse aliviado del peso enorme que le oprimía, y sus miradas se levantaron al cielo, para darle gracias de aquel momento de calma y consuelo que le había concedido. Luego besó con efusión las manos de Teresa.

--¡Sublime e incomparable mujer!--la dijo:--Dios sabrá premiarte el bien que me has hecho. Tu compasión me da un momento de dulzura que casi se asemeja a la felicidad. ¡Yo te bendigo, Teresa!

Y tornando a besar sus manos, añadió:

--El mundo no te ha conocido, pero yo que te conozco debo adorarte y bendecirte. ¡Tú me seguirías...! ¡Tú me prodigarías consuelos cuando ella suspirase de placer en brazos de un amante!... ¡Oh! ¡Eres una mujer sublime, Teresa! No, no legaré a un corazón como el tuyo mi corazón destrozado... toda mi alma no bastaría a pagar un suspiro de compasión que la tuya me consagrase. ¡Yo soy indigno de ti! Mi amor, este amor insensato que me devora, principió con mi vida y sólo con ella puede terminar; los tormentos que me causa forman mi existencia; nada tengo fuera de él, nada sería si dejase de amar. Y tú, mujer generosa, no conoces tú misma a lo que te obligas, no prevés los tormentos que te preparas. El entusiasmo dicta y ejecuta grandes sacrificios, pero pesan después con toda su gravedad sobre el alma destrozada. Yo te absuelvo del complimiento de tu generosa e imprudente promesa. ¡Dios, sólo Dios es digno de tu grande alma! En cuanto a mí ¡ya he amado, ya he vivido...! ¡Cuántos mueren sin poder decir otro tanto! ¡Cuántas almas salen de este mundo sin haber hallado un objeto en el cual pudiesen emplear sus facultades de amar! El cielo puso a Carlota sobre la tierra, para que yo gozase en su plenitud la ventura suprema de amar con entusiasmo; no importa que haya amado solo. ¡Mi llama ha sido pura, inmensa, inextinguible! No importa que haya padecido, pues he amado a Carlota; a Carlota que es un ángel! ¡A Carlota digno objeto de todo mi culto! Ella ha sido más desventurada que yo; mi amor engrandece mi corazón y ella... ¡ah! ella ha profanado el suyo! Pero vos tenéis razón, Teresa, sería una barbarie decirle: ese ídolo de tu amor es un miserable incapaz de comprenderte y amarte. ¡No! ¡nunca! Quédese con sus ilusiones que yo respetaré con religiosa veneración... ¡Cásese con Enrique, y sea feliz!

Calló por un momento, luego volviendo a agarrar convulsivamente las manos de Teresa, que permanecía trémula y conmovida a su lado, exclamó con nueva y más dolorosa agitación:

--Pero ¿lo será?... ¿Podrá serlo cuando después de algunos días de error y entusiasmo vea rasgarse el velo de sus ilusiones, y se halle unida a un hombre que habrá de despreciar?... ¿Concebís todo lo que hay de horrible en la unión del alma de Carlota y el alma de Enrique? Tanto valdría ligar al águila con la serpiente, o a un vivo con un cadáver.

¡Y ella habrá de jurar a ese hombre amor y obediencia! ¡Le entregará su corazón, su porvenir, su destino entero!... ¡Ella se hará un deber de respetarle! ¡Y él... él la tomará por mujer, como a un género de mercancía, por cálculo, por conveniencia... haciendo una especulación vergonzosa del lazo más santo, del empeño más solemne! ¡A ella que le dará su alma! ¡Y él será su marido, el poseedor de Carlota, el padre de sus hijos!... ¡Oh! ¡no! ¡no, Teresa! Hay un infierno en este pensamiento... lo véis, no puedo soportarlo... ¡Imposible!

Y era así, pues corría de su frente un helado sudor, y sus ojos desencajados expresaban el extravío de su razón. Teresa le hablaba con ternura ¡pero en vano! Un vértigo se había apoderado de él.

Parecíale que temblaba la tierra bajo sus pies y que en torno suyo giraban en desorden el río, los árboles y las rocas. Sofocábale la atmósfera y sentía un dolor violento, un dolor material como si le despedazasen el corazón con dos garras de hierro, y descargasen sobre su cabeza una enorme mole de plomo.

¡Carlota esposa de Enrique! ¡Ella prodigándole sus caricias! ¡Ella envileciendo su puro corazón, sus castos atractivos con el grosero amor de un miserable! Este era su único pensamiento, y este pensamiento pesaba sobre su alma y sobre cada uno de sus miembros. No sabía dónde estaba, ni oía a Teresa, ni se acordaba de nada de cuanto había pasado, excepto de aquella idea clavada en su mente y en su corazón. Hubo un momento en que, espantado él mismo de lo que sufría, dudó resistiese a tanto la organización humana, y pasó por su imaginación un pensamiento confuso y extravagante. Ocurrióle que había muerto, y que su alma sufría aquellos tormentos inconcebibles que la ira de Dios ha preparador los réprobos. Porque hay dolores cuya espantosa profundidad no puede medir la vista del hombre; el cuerpo se aniquila delante de ellos y sólo el alma, porque es infinita, puede sufrirlos y comprenderlos.

El desventurado Sab en aquel momento quiso levantarse, acaso para huir del pensamiento horrible que le volvía loco; pero sus tentativas fueron vanas. Su cuerpo parecía de plomo y, como sucede en una pesadilla, sus esfuerzos agotando sus fuerzas, no acertaban a moverle de aquella peña infernal en que parecía clavado. Gritos inarticulados, que nada tenían del humano acento, salieron entonces de su pecho, y Teresa le vió girar en torno suyo miradas dementes, y fijarlas por fin en ella con espantosa inmovilidad. El corazón de Teresa se partía también de dolor al aspecto de aquel desventurado, y ella lloraba sobre su cabeza atormentada, dirigiéndole palabras de consuelo. Sab pareció por fin escucharla, porque buscó con su mano trémula la de la doncella y asiéndola la apretó sobre su seno, alzando hacia ella sus ojos encendidos; luego haciendo un último y violento esfuerzo para levantarse, cayó a los pies de Teresa, como si todos los músculos de su cuerpo se hubiesen quebrantado.

Inclinada sobre él y sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas, mirábale la pobre mujer y sentía agitarse su corazón. ¡Desventurado joven!--pensaba ella--¿quién se acordará de tu color al verte amar tanto y sufrir tanto? Luego pasó rápidamente por su mente un pensamiento, y se preguntó a sí misma ¿qué hubiera podido ser el hombre dotado de pasiones tan ardientes y profundas, si bárbaras preocupaciones no le hubiesen cerrado todos los caminos de una noble ambición? Pero aquella alma poderosa obligada a devorar sus inmensos tesoros, se había entregado a la única pasión que hasta entonces había probado, y aquella pasión única la había subyugado.--No, pensaba Teresa, no debías haber nacido esclavo... el corazón que sabe amar así, no es un corazón vulgar.

Al volver en sí el mulato miróla y la reconoció.

--Señora,--la dijo con desfallecida voz,--¿estáis aquí todavía? ¿No me habéis abandonado como a un alma cobarde, que se aniquila delante la desventura a que debiera estar tan preparada?

--No,--respondió ella con emoción,--estoy aquí para compadecerte y consolarte. ¡Sab! has sufrido mucho esta noche.

--¡Esta noche! ¡ah! no...., no ha sido solamente esta noche; lo que he padecido a vuestra vista una vez, eso he padecido otras mil, sin que una palabra de consuelo cayese, como una gota de rocío, sobre mi corazón abrasado; y ahora vos lloráis, Teresa ¡Bendígate Dios! ¡No, no es esta noche la más desgraciada para mí. Teresa!.... acercaos, que sienta yo otra vez caer en mi frente vuestro llanto. A no ser por vos, yo hubiera pasado por la senda de la vida, como por un desierto, solo con mi amor y mi desventura, sin encontrar una mirada de simpatía, ni una palabra de compasión.

Guardaron ambos un momento de silencio, durante el cual Teresa lloraba, y Sab sentado a sus pies parecía sumergido en profundo desaliento. Por fin, Teresa enjugó sus lágrimas, y reuniendo todas sus fuerzas, señaló con la mano al mulato el punto del horizonte en que aparecían ya las nubes ligeramente iluminadas.

--¡Es preciso separarnos!--le dijo--¡Sab toma tu billete, él te da riquezas...., puedas también encontrar algún día reposo y felicidad!

--Cuando tomé ese billete,--respondió él,--y quise probar la suerte, Martina, la pobre vieja que me llama su hijo, estaba en la miseria; al presente goza comodidades y el oro me es inútil.

--¡Y qué! ¿no hay otros infelices?

--No hay en la tierra mayor infeliz que yo, Teresa, no puedo compadecer sino a mí mismo..... Sí, yo me compadezco, porque, lo conozco, no hay ya en mi corazón sino un solo deseo, una sola esperanza.... ¡la muerte!

--Sab, no te abandones así a la desesperación; acaso el cielo se dispone a ahorrarte el tormento de ver a Carlota esposa de Enrique. Si el viejo Otway es tan codicioso como crees, si su hijo no ama sino débilmente a Carlota, ya saben que no es tan rica como suponían, y ese enlace no se verificará.

--Pero vos me habéis dicho,--exclamó con tristeza Sab,--que ella no sobrevivirá a su amor... vos lo habéis dicho, vos lo sabéis.... pero lo que no sabéis es que yo que os ofrezco el oro, para comprar la mano de ese hombre, no os perdonaría nunca si lo hubieseis aceptado; ni a él ni a mí mismo me perdonaría. Vos no sabéis que la sangre sacada de sus venas, gota a gota, y mi propia sangre no me parecería suficiente venganza, ni mil vidas inmoladas por mi mano pagarían una sola lágrima de Carlota. ¡Carlota despreciada! ¡Despreciada por esos viles mercaderes! ¡Carlota que haría el orgullo de un rey!.... No, Teresa, no me lo digáis otra vez... vos no podéis comprender las contradicciones de un corazón tan atormentado.

Teresa se puso en pie y escuchó por un momento.

--Adiós, Sab....,--dijo luego,--paréceme que los esclavos están ya levantados y que se aproximan a los cañaverales; adiós, no dudes nunca que tienes en Teresa una amiga, una hermana.

Ella aguardó en vano algunos minutos una contestación del mulato. Apoyada la frente sobre una peña, inmóvil y silencioso, parecía sumido en profunda y tétrica meditación. Luego de repente brillaron sus ojos con la expresión que revela una determinación violenta y decidida, y alzóse del suelo, grande, resignado, heroico.

Los negros se acercaban; Sab sólo tuvo tiempo de decir en voz baja algunas palabras a Teresa, palabras que debieron sorprenderla, pues exclamó al momento:

--¡Es posible!... ¿Y tú?

--¡Moriré!--contestó él haciéndole con la mano un ademán para que se alejase. En efecto, Teresa se ocultó entre los cañaverales al mismo tiempo que los esclavos llegaban al trabajo. Uno solamente, más perezoso que los otros, o sintiéndose con sed, dejó su azada y se adelantó hacia el río. Un fuerte tropezón que dió por poco le hace caer en tierra.

--Es un castigo de Dios, José,--le gritaron sus compañeros,--por lo holgazán que eres.

José no respondía sino que estaba estático en el sitio en que acababa de levantarse, los ojos fijos en el suelo con aire de pasmo.

--¿Qué es eso, José?--gritó uno de los negros--¿te habrás clavado en el suelo?

José los llamó hacia él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos de expresión que se notan en la fisonomía de los negros.

Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:--¡El mayoral!

Sab estaba sin sentido junto al río; los esclavos le levantaron y le condujeron en hombros al ingenio.

Cuando dos horas después se levantó don Carlos de B... oyó galopar un caballo que se alejaba.

--¿Quién se marcha ahora?--preguntó a uno de los esclavos.

--Es el mayoral, mi amo, que se va a la ciudad.

--¡Cómo tan tarde! son las siete y yo le había encargado marcharse al amanecer.

--Es verdad, mi amo,--respondió el esclavo,--pero el mayoral estaba tan malo....

--¡Estaba malo!.... ¿qué tenía, pues?

--¿El mayoral, mi amo?... yo no lo sé, pero tenía la cara caliente como un tizón de fuego, y luego echó sangre, mucha sangre por la boca.

--¡Sangre por la boca! ¡Cómo! ¡Sangre por la boca y se ha marchado así!--exclamó don Carlos.

José, que pasaba cargado con un haz de caña, se detuvo al oirle y echó una mirada de reconvención sobre el otro negro. José era el esclavo más adicto a Sab, y Sab le quería porque era congo, como su madre.

--No haga caso su merced de lo que dice ese mentecato. El mayoral está bueno, sólo que echó un poco de sangre por la nariz, y me dijo que a las tres de la tarde tendría su merced las cartas del correo.

--Vaya, eso es otra cosa,--dijo el señor de B....,--este bruto me había asustado.

El negro se alejó murmurando:--¡Bruto! yo soy bruto porque digo la verdad.

CAPITULO III

Echábase de ver en su traza que había corrido mucho, y que debía ser en gran manera interesante su mensaje. LABRA. (_El doncel de D. Enrique el Doliente._)

El buque consignado a Jorge Otway había anclado en puerto de Guanaja el día antes de la llegada de Enrique, y a las pocas horas hubiera podido éste volverse a Puerto Príncipe con el cargamento, pero no lo hizo así. El cargamento fué enviado a su padre con un hombre de su confianza, y aunque nada le detenía en Guanaja, Enrique permaneció allí, sin poder explicarse a sí mismo el objeto de esta detención. Cuando sienten la necesidad de tomar una resolución decisiva los espíritus débiles, descansan, en cierto modo, retardándola; y un día, una hora les parece un porvenir, durante el cual esperan algún acontecimiento poderoso a decidirlos. Enrique veía ya positivamente detruídas sus últimas esperanzas; sabía sin ningún género de duda el verdadero estado de la fortuna de don Carlos, y conocía sobradamente a su padre para esperar que consintiese en su unión con Carlota. Al volver a la ciudad seríale forzoso confesar a Jorge la certeza que había adquirido del poco valor de las fincas que el señor de B.... poseía en Cubitas, y la declaración que el mismo don Carlos le había hecho de los considerables atrasos de su caudal. Su casamiento estaba fijado para dentro de un mes, y el joven veía que era llegado el momento de tomar una resolución y comenzar a proceder consecuente a ella. ¿Y cuál sería esta resolución? Momentos hubo en que la idea de renunciar a Carlota le pareció tan cruel, que si no hubiera tenido un padre codicioso, si hubiese sido libre en su elección, acaso la habría dado su mano con preferencia a la más rica heredera de todas las islas; pero aun en estos momentos de exaltación amorosa Enrique no pensó ni remotamente en contrariar la enérgica voluntad de su padre, y ni aun siquiera intentar persuadirle. Según las ideas en que había sido educado, nada era más razonable que la oposición de su padre a un enlace que ya no le convenía, y Enrique se reprochaba como una debilidad culpable el amor que le hacía repugnar la voluntad paterna.

--Esto es un hecho, decía él hablando consigo mismo, esa mujer me ha trastornado el juicio, y es una felicidad que mi padre sea inflexible, pues si tuviese yo libertad de seguir mis propias inspiraciones es muy probable que cometiera la locura de casarme con la hija de un criollo arruinado.

Y sin embargo de raciocinar de este modo, hallábase confuso y casi avergonzado al pensar que Carlota iba a conocerle por fin como a un hombre interesado, y quizás a aborrecerle o despreciarle. ¿De qué modo podría él sustraerse de un compromiso tan público y solemne sin dar a conocer el motivo de su mudanza? ¿Y cómo dejar de aparecer a los ojos de su querida, de su querida tan generosa, tan desinteresada sin el aspecto odioso que su codicia debía darle?

Agitado con estos pensamientos, paseábase a orillas del mar la tarde del segundo día de su llegada a Guanaja, y buscaba modo de decidirse a sí mismo a volver al siguiente a Puerto Príncipe.

--Iré,--decía,--iré sin ver a Carlota, sin detenerme en Bellavista, diré a mi padre la verdad de todo y le suplicaré se revista de prudencia y discreción, para que al romper mis compromisos no hiera demasiado el orgullo ni la sensibilidad de Carlota; le diré que busque, que invente un pretexto plausible, que disfrace en lo posible la verdadera causa de este rompimiento, y luego le pediré permiso para marcharme a la Habana, a Filadelfia, a Jamaica... a cualquier parte. Viajaré cuatro o seis meses para distraerme de esta pasión, que me torna débil como un niño.

Pero apenas había tomado esta resolución, parecía que algún mal espíritu ponía delante de sus ojos a Carlota más bella, más tierna que nunca, y la veía desolada reconvenirle por su abandono, echarle en cara su avaricia y acaso despreciarle en su corazón. Luego (y este último cuadro le afectaba más vivamente), luego la veía consolada de su perfidia con el amor ardiente y desinteresado de un apasionado criollo, y le juzgaba dichoso y a ella también dichosa. Entonces sentía que la sangre se agolpaba a su cabeza y a su corazón, y que le ahogaba. Porque los celos son a veces más omnipotentes que el mismo amor, y el hombre menos capaz de sentir en su sublimidad esta noble pasión, es acaso susceptible de conocer los celos en toda su terrible violencia. El hombre, egoísta por naturaleza, se irrita de ver gozar a otro la felicidad que él mismo ha despreciado, y muchas veces cesando de amar se cree todavía con el derecho de ser amado. Las almas grandes, como las débiles, los elevados y los bajos caracteres son susceptibles de celos; pero; ¡cuán diverso aparece el mismo sentimiento! ¡Cómo las pasiones se amoldan, por decirlo así, al corazón que dominan! Sab, sucumbiendo a los celos devorados por largo tiempo en el secreto de su alma, Sab sintiendo quebrantarse su corazón a la espantosa idea de un rival indigno y feliz, sólo llora que sus tormentos no compren la felicidad de Carlota. Enrique no puede sufrir esa felicidad de la mujer que abandona, y el pensamiento de que un amante más digno goce un bien que él ha despreciado, le saca de su habitual serenidad para hacerle probar un cáliz de amargura y de furor.

La tarde era cálida y calmosa. Estábase a mediados de junio y ya empezaba la atmósfera a tomar aquel aspecto amenazante que caracteriza el verano de las Antillas. Después de la gran tempestad que se sintiera algunos días antes, el tiempo había quedado fresco y hermoso, pero desde su llegada a Guanaja Enrique había notado los signos que presagian las tempestades, casi diarias en aquellos países desde junio hasta septiembre. En la tarde a que nos referimos la calma era tan profunda que el mar aparecía terso y bruñido como un espejo, y no se percibía ni un soplo, ni un movimiento. La ribera estaba desierta; no se notaba nada de aquel bullicio y de aquella actividad que parece indispensable en un puerto de mar. Dos goletas y algunas otras embarcaciones más pequeñas ancladas en el puerto, yacían tristes e inmóviles, sin que la canción o los gritos de un marinero viniesen a dar vida a aquella inmensa soledad. Solamente algunas grullas aparecían por intervalos en la playa, para recoger silenciosamente los mariscos que la poblaban.