Sab (novela original)

Part 11

Chapter 114,149 wordsPublic domain

Enrique se había sentado tristemente en una peña, y fijos sus ojos en el mar dejaba vagar su pensamiento.--¿Qué hará ahora Carlota?--decía interiormente,--¿esa alma tan apasionada sentirá un presentimiento que la anuncie que en este momento su Enrique piensa en el modo de abandonarla, o bien confiada y alegre se gozará formando dulces proyectos de felicidad en nuestra próxima unión? Y luego, he aquí este puerto pobre y silencioso,--pensaba él,--cuando yo vuelva a ser tan rico como era, en vez de estos miserables barquichuelos, esta bahía se verá adornada con elegantes buques, que traigan a mis almacenes las producciones de la industria de toda Europa. Sí, porque si yo fuese poseedor de una fortuna mediana, sería centuplicada en mis manos antes de veinte años, y luego ya no sería un triste traficante en una ciudad mediterránea; sería un opulento negociante de New York o Filadelfia, y mi nombre sería conocido por los comerciantes de ambos hemisferios. Y entonces ¿qué me importaría que Carlota de B... tuviese un marido y me olvidase por él? Ella llenaría su destino como yo el mío.

Enrique, como todo hombre que siente halagada su pasión dominante por una esperanza, aunque sea remota e incierta, sintióse fuerte en aquel momento contra toda oposición que pudiera presentarse al logro de sus deseos. Amor, celos, todo desapareció entonces, o todo sucumbió a un poder superior; porque la ambición de riquezas, lo mismo que todas las ambiciones, es una pasión fuerte y enérgica. El avaro sediento de oro huella con sus pies sus afectos, su propia ventura, si se le presentan en el camino que sigue para alcanzarlo, así como la ambición más noble, la de gloria, lo sacrifica todo para correr en pos del fantasma engañoso que oculta bajo una corona de luz una frente de ceniza. ¡Oh! ambos son igualmente insensatos, el que acumula oro para comprar un sepulcro, y el que sacrifica su juventud a un porvenir que no alcanza, y expira con la esperanza de que su nombre, pasando de año en año y de siglo en siglo, llegue a perderse más tarde que él en el insondable abismo del eterno olvido. Pero no digáis al sediento de oro que no le dará la felicidad, ni al sediento de gloria que ella le conducirá al infortunio; ellos se levantarán para deciros: no importa, mi alma lo necesita.

--Carlota,--decía Enrique fijando sus ojos en el anillo que brillaba en su mano, prenda de amor que le otorgara su querida--yo no podré amar a otra mujer tanto como a ti, ninguna podrá hacerme tan feliz como tú me hubieras hecho; pero el destino nos separa. Es preciso que yo sea rico, y tú no puedes hacerme rico, Carlota.

Se puso en pie entonces, decidido a volverse a la ciudad al día siguiente, y echó una mirada orgullosa en torno suyo, como hombre que acaba de triunfar de un enemigo poderoso. Detúvose empero esta mirada quedando fija por algún tiempo, y su cabeza en la actitud de quien pone toda su atención en escuchar alguna cosa. Y era que Enrique percibió, primero confusamente y luego con más distinción, la carrera de un caballo, que se aproximaba evidentemente al sitio donde se encontraba. Parece que un instinto del corazón le advirtiera que algo de muy interesante para él se le acercaba en aquel momento, pues anduvo algunos pasos como para encontrar más presto a aquel que se le aproximaba. De repente se paró; había ya descubierto al caballo y al hombre que le montaba; era tan violenta la carrera de aquél, que el jinete, aunque haciendo visibles esfuerzos, no pudo contenerle, como al parecer deseaba; el caballo pasó como una saeta, y sólo se detuvo, poco a poco y como a su pesar, a muchos pasos de distancia del sitio en que se hallaba Enrique. Pudo ver, sin embargo, éste que el jinete echaba pie a tierra y el caballo cubierto de espuma vacilaba, cayendo por fin a sus pies; el hombre se inclinó sobre él, y parecióle a Enrique que hablaba al pobre animal, el cual levantando lentamente la cabeza miró aún una vez a su amo, como si quisiera responderle, y dejándola caer al momento se estremeció en todo su cuerpo por dos o tres veces, y en seguida quedóse inmóvil. El hombre permaneció inclinado y Enrique que se acercaba pudo percibir dos hondos y ahogados gemidos. Detúvose, sin poder defenderse de una cierta conmoción, y como el hombre inclinado levantase al mismo tiempo la cabeza, pudo conocer al mulato.

--¡Sab!--exclamó; y al instante el mulato se puso en pie y se adelantó hacia él.

Enrique le consideró un momento. El sudor empapaba su cabeza y corría por su rostro en gruesas gotas; sus ojos tenían un brillo extraordinario, y su color parecía más oscuro que lo era naturalmente. En toda su fisonomía se notaba aquella especie de vivacidad triste y extraña que presta comunmente la fiebre.

--Sab,--dijo Enrique--¿qué novedad ocurre? Cuando me separé de tu amo no me dijo que vendrías a Guanaja; sin duda te conduce algún motivo extraordinario y exigente, pues parece has hecho un viaje muy apresurado.

--Ya lo ve su merced,--contestó el mulato señalando su caballo.--¡Está reventado! ¡muerto!... Hace poco más de cuatro horas que salí de Bellavista.

--¿Poco más de cuatro horas?--exclamó Enrique.--¡Diez leguas en cuatro horas reventando tu jaco tan querido!... Sin duda es muy exigente el motivo.

--Esta carta informará a su merced,--respondió Sab alargándole un papel y dejándose caer quebrantado junto a su caballo. Enrique rompió el sello con mano mal segura, y mientras leía, el mulato tenía en él fijos los ojos, sonriendo con amargura al ver la notable turbación que se pintaba en el rostro del inglés. La carta era del señor de B..., y decía así:

“Son las dos de la tarde, Enrique, y aun no hace una hora ha venido Sab de la ciudad trayéndome la correspondencia de la Habana del correo pasado, que no recibí a su debido tiempo, por no sé qué fatalidad maldecida. Esperaba carta de mi hijo y en vez de ella he recibido una del Director del colegio, en la que me participa que la tisis, que parecía amenazar a mi hijo hace tantos años, que ya habíamos cesado de temerla, se ha declarado súbitamente con extraordinaria violencia. Eugenio se hallaba tan malo a la salida del correo que los médicos le daban pocos días de vida. El hijo de mis entrañas mostrábase resignado a la muerte cuya proximidad conocía, pero atormentado por el deseo de verme una sola vez antes de dejarme para siempre. Ya conocerás, Enrique, la fuerza que semejante deseo debe tener en el corazón de un padre. Mañana mismo salgo para la Habana y no sé si podré volver; no sé si me será posible resistir a este golpe después de tantos otros, y si podré sobrevivir a mi hijo. Como quiera que sea, quiero al marcharme dejar con su esposo a Carlota. Mis orgullosos parientes me han renunciado y yo no puedo dejar solas a mis hijas. Por tanto, no salgo hoy mismo para la Habana, porque quiero presenciar antes tu enlace con Carlota. Sab marcha inmediatamente con toda la prontitud posible a llevarte esta carta, y tú no debes dilatar ni un minuto tu regreso a Puerto Príncipe, para donde salgo con mi familia dentro de dos horas. A tu llegada todo estará dispuesto para que puedas casarte en mi casa inmediatamente, y un minuto después partiré dejándote entregada mi familia, mis adoradas hijas, que acaso no tendrán otro apoyo, ni otro padre que tú.

Ven sin dilación, hijo mío, a recibir el precioso depósito que quiere confiarte,

CARLOS DE B.”

Enrique temblaba y una palidez lívida había sucedido, mientras leía esta carta, al bello color de rosa que teñía comunmente sus mejillas. El mulato, siempre fija en él su mirada penetrante.

--Y bien,--le dijo,--¿qué determináis?

Enrique tartamudeó algunas palabras, de las cuales Sab sólo pudo comprender:--¡Imposible! no puedo sin orden de mi padre dejar a Guanaja.--Sab calló, pero su mirada siempre fija en el inglés parecía devorarle. Enrique lleno de turbación y desconcierto, apenas pudo leer la posdata que seguía a las últimas líneas de la carta de don Carlos, y que el mulato le indicó con un gesto expresivo. La posdata, decía:

“La suerte, por una cruel irrisión, ha querido compensar el golpe mortal dado en mi corazón con la pérdida de mi hijo, otorgando fortuna a mi hija mayor. Carlota ha sacado el premio de cuarenta mil duros en la última lotería. Enrique, tú que no pierdes un hijo, puedes dar gracias al cielo por este favor”.

Al concluir de leer Enrique estas palabras, Sab volvió a preguntarle:

--Y bien, señor ¿qué determina su merced?

--Marchar inmediatamente a Puerto Príncipe,--contestó el joven con resolución.

--Ya lo sabía yo,--dijo el mulato con sonrisa sardónica, y apartó de Enrique su mirada, que expresaba en aquel momento un profundo desprecio.

--Ven, vamos a marchar ahora mismo.

--Su merced marchará solo,--respondió Sab volviendo a sentarse junto a su caballo,--estoy rendido de cansancio.

--Tienes razón, pobre Sab, yo no puedo perder un minuto, pero tú quédate hasta mañana.

--Sí,--dijo Sab,--apresúrese su merced; yo tengo necesidad de reposar un momento.

Enrique se alejó: Sab le siguió con los ojos hasta que le perdió de vista, y luego dejóse caer sobre el cadáver del pobre animal tendido a su lado.--Ya no existes,--dijo con triste voz:--ya no existes, mi pobre amigo; has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el mío. ¡Pero es terrible este deber! ¡es terrible! mi corazón está reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro todavía. ¡Esto es hecho!--añadió en seguida, levantando su cabeza abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo. ¡Esto es hecho; ya no hay remedio!... ¡no hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida y para mí el infierno; porque el infierno está aquí, en mi corazón, y en mi cabeza.

Levantóse y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sí un objeto importuno, extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al mismo tiempo: ¡La muerte! Era una terrible tentación para el desventurado, y aquel mar se abría delante de él como para ofrecerle una tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecía ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecía decirle: Yo acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacío, rómpele tú, Dios de justicia.

El cielo oyó sin duda sus votos y Dios tendió sobre él una mirada de misericordia, pues en aquel momento sintió el infeliz quebrantarse todo su cuerpo, y helar su corazón el frío de la muerte. Una voz interior pareció gritarle: Pocas horas de sufrimientos te restan, y tu misión sobre la tierra está ya terminada.

Sab aceptó aquel vaticinio, miró al cielo con gratitud, dejó caer la cabeza sobre el cadáver de su caballo y le bañó con un caño de sangre que brotó de su boca.

Un pescador que venía a tender sus redes a orillas del mar, pasando un minuto después por aquel sitio, vió el extraño espectáculo de un hombre y un caballo tendidos, y sangre en derredor. Creyó que acababa de descubrir un asesinato, y su primer movimiento fué huir; pero un gemido que oyó exhalar al que creía cadáver le obligó a acercarse. Registró en vano todo su cuerpo buscando la herida de que saliese aquella sangre; y con no poca admiración le halló ileso. Entonces le tomó en brazos para transportarle a su casa que estaba cerca, y mientras se ocupaba en levantarle con piadoso cuidado, el moribundo hizo un violento esfuerzo para soltarse de sus brazos, y con pasmo indecible le vió el pescador ponerse en pie, como un espectro pálido y cubierto de sangre.--¡Un caballo! ¡Dadme un caballo en nombre del cielo! buen hombre;--exclamó Sab--aun no estoy tan malo que no pueda andar siete leguas con el fresco de la noche; dadme un caballo.

--Si me pidierais una barca, podría serviros,--respondió todavía sobrecogido el pescador,--pero un caballo, no le tengo. Sin embargo, aquí cerca vive el tío Juan mi compadre, que podrá prestaros el suyo.

--Bien, llevadme adonde está ese hombre. El pescador presentó su brazo a Sab, que se apoyó en él porque estaba trémulo; echó una lenta y última mirada sobre el cadáver de su caballo, y se dejó conducir por el pescador a la casa del tío Juan.

CAPITULO IV

...Por sus miembros todos que abandona la vida, un sudor frio vaga, y triste temblor. QUINTANA.

Era la una de la noche, y todo yacía en silencio y reposo en la aldea de Cubitas; los labriegos de la tierra roja descansaban durmiendo de los trabajos del día, y solamente algunos perros, únicos transeuntes de las desiertas calles, interrumpían por intervalos con sus ladridos el silencio de aquella hora de calma. Sin embargo, el viajero que por acaso atravesase entonces la aldea, notaría en aquella oscuridad y reposo general, la señal evidente de que un individuo, por lo menos, no gozaba las dulzuras del sueño. La ventana principal de una de las casuchas de menos mísera apariencia, estaba abierta, y la claridad que salía por ella probaba haber luz en la habitación a que pertenecía. De rato en rato esta luz parecía mudar de asiento, y el observador hubiera fácilmente adivinado que una persona despierta, en aquella pieza, variaba la posición. Sin embargo, el silencio era tan profundo dentro de la casa alumbrada como fuera de ella, sin que pudiera percibirse ni el ligero rumor de las pisadas.

Nosotros nos permitiremos penetrar dentro y descubrir quiénes eran las personas que velaban solas, en aquella hora de reposo general.

En un pequeño catre de lienzo, entre sábanas gruesas pero muy limpias, aparecía la cara enjuta y cadavérica de una criatura, al parecer de pocos años, pues el bulto de su cuerpo apenas se distinguía en el catre. La inmovilidad de aquel cuerpo era tan completa, que se le hubiera creído muerto, a no ser por el aliento que se le oía exhalar con trabajo por sus labios blancos y entreabiertos. Junto al lecho, sentada en una silla de madera, estaba una mujer anciana de color cobrizo, fijos sus ojos en la lívida cara del enfermo, y cruzados los brazos sobre el pecho con muestras de triste resignación. Un perro estaba echado a sus pies.

De rato en rato levantábase esta mujer y con pasos ligeros se acercaba a una mesilla de cedro colocada cerca de la ventana, abierta sin duda para refrescar la habitación, en la cual por su pequeñez hacía un calor excesivo, y tomaba de ella un vaso y una palmatoria de metal en la que ardía una vela de sebo; volvíase en seguida poco a poco junto al lecho del enfermo, colocando la luz en la silla que había ocupado, examinaba atentamente su rostro, y humedecía sus labios con el licor contenido en el vaso. El perro la seguía cada vez que se levantaba para esta operación, y cuando colocaba otra vez en la mesa la palmatoria y el vaso, y volvía a sentarse en su silla junto a la cama, el animal tornaba también a echarse tranquilamente a sus pies, sin que en todo esto se interrumpiese el silencio. Sin embargo, sobre las dos de la madrugada serían cuando se abrió con cautela una puerta, por medio de la cual se comunicaba aquella habitación con la sala principal de la casa, y un hombre de edad avanzada entró por ella en puntillas hasta colocarse junto a la vieja, a cuyo oído aproximó su boca diciéndole en voz muy baja:--¿Cómo va el enfermo, Martina?

--Ya lo veis,--respondió ésta señalando con su mano afilada el rostro del niño:--no verá el día, aunque son ya las dos de la madrugada.

--¡Cómo! tan pronto creéis que....

--Sí,--dijo Martina moviendo tristemente la cabeza.--Sí, mayoral, muy pronto.

--Pues bien,--repuso el recién llegado:--id a descansar un rato, Martina, y yo quedaré velándole. Hace cuatro noches que no cerráis los ojos; id a descansar y yo quedaré en vuestro lugar.

--Gracias, mayoral, vos no podéis pasar malas noches, porque tenéis harto trabajo durante el día, y don Carlos de B... os ha puesto aquí para atender a sus intereses, y no para cuidar mis enfermos. Volveos a vuestra casa y dejadme ¿qué importa una noche más sin descanso? Mañana,--añadió con triste sonrisa,--mañana ya no tendrá necesidad de mí el pobre Luis, y podré descansar.

--Haré lo que queráis, Martina,--respondió el mayoral de la estancia encogiéndose de hombros,--pero ya sabéis que estoy en la habitación inmediata para si algo se os ofreciere.

--Os doy las gracias, mayoral.

El anciano se volvía de puntillas, cuando al pasar la puerta detúvose, y puso atención al galope de un caballo que se oía distintamente en el silencio de la noche. El perro se alarmó también, pues se levantó derechas las orejas y el oído atento.

--¿Oís Martina?--dijo en voz baja el mayoral.

--¡Y bien! ¿Qué os asusta? es alguno que pasa a caballo,--respondió la vieja.

--Es que no pasa: que o yo me engaño mucho o el caballo se ha detenido delante de vuestra puerta.

En acabando estas palabras, dos golpes sonaron sucesivamente en la puerta principal de la sala contigua al cuarto de Martina. El perro empezó a ladrar, y el mayoral exclamó:

--Es aquí, es aquí, ¿no lo decía yo? ¿Pero a estas horas quién puede venir a molestaros? A menos que sea algún enviado del amo, y para que venga a estas horas, preciso es que haya acontecido alguna cosa bien extraordinaria...

--Id a abrir la puerta,--le interrumpió Martina,--he conocido a Sab en los dos golpes... ¡oid, oid!... ya los repite: es Sab, mayoral, corred y abridle la puerta. ¡Leal! silencio que es Sab.

El mayoral obedeció, y sea que el ruido de los cerrojos que descorría para dejar libre la entrada, y los ladridos del perro asustasen al enfermo, sea que en aquel momento su agonía comenzase a hacerse más dolorosa, se estremeció todo y extendió sus bracitos descarnados. Sab se presentó en la habitación y detúvose inmóvil delante del lecho del moribundo.

--Hijo mío,--le dijo Martina,--ya lo ves... acércate, el cielo te ha traído sin duda para recordarme que aun tengo un hijo. Tú solo quedarás en el mundo para consolar los últimos días de esta pobre mujer.

Sab se puso de rodillas junto a la cama y besó la mano de Martina, mientras el perro saltaba en torno suyo acariciándole, y Luis hacía penosos esfuerzos para levantar la cabeza.

--Mírale hijo mío,--dijo Martina--tu presencia le ha reanimado; háblale, sin duda te oye todavía. Sab se inclinó hacia el moribundo y le llamó por su nombre; Luis entreabrió los ojos aunque sin dirigirlos a Sab, y alargó sus manecitas transparentes como para asir alguna cosa. Las tomó Sab entre las suyas, e inclinando el rostro sobre el del niño, dejó caer sobre él una gruesa y ardiente lágrima.

--¿Me conoces?--le dijo,--soy yo, tu hermano.

Luis dirigió su mirada vidriada hacia el paraje de que partía la voz, y apretó débilmente las manos de Sab; en seguida volvió el rostro al lado opuesto y quedóse en su primera inmovilidad, solamente que su respiración se hizo más trabajosa formando aquel sonido gutural y seco que es el estertor de la agonía.

--Es preciso que descanséis, madre mía,--dijo Sab a Martina,--vuestro semblante me dice que habéis pasado muchas noches de vigilia.

--¡Cuatro!--exclamó el mayoral de la estancia,--cuatro noches hace que no cierra los ojos, y no porque yo haya dejado de decirla....

El mulato interrumpió al anciano, y tomando la mano de Martina,--Esta noche descansaréis,--la dijo,--porque yo estoy aquí, yo velaré a mi hermano.

--Sí y tú recibirás su último aliento,--respondió la india con amarga resignación,--porque Luis no vivirá dos horas. ¡Bien! ¡Bien!--añadió poniéndose en pie e inclinándose sobre la cama del niño.--Yo le dejo, porque ya... ya no puedo servirle de nada al infeliz.

--Os engañáis madre mía,--díjola el mulato, mientras ayudado del mayoral disponía una cama para Martina;--Luis no está tan malo como creéis, aun me conoce.

--Sab, hijo mío, yo te dejo a su lado y me retiro tranquila; pero no quieras alucinarme; harto sé que está agonizando. Pero por eso mismo le dejo... he visto ya en igual trance, a mi nuera, y a dos de mis nietos, y he recibido sus últimos suspiros, pero con todo me siento débil junto a esta pobre criatura. Es el último, Sab, es mi último lazo que me une a la vida, y me siento débil en este momento.

Sab tomó la mano de la vieja y la apretó entre las suyas. Martina dejó caer la cabeza sobre su hombro y añadió con voz enternecida:

--Soy injusta, lo conozco, aun tengo un hijo. ¡Tú! tú me restas aún.

--¡Eh! no es ahora tiempo de llorar y hacernos llorar a todos,--dijo el mayoral de la estancia acabando de arreglar la cama para Martina.--Venid a acostaros y dejaos ahora de esas reflexiones; mañana hablaréis largamente con Sab y le diréis todas esas cosas; lo que importa al presente es que durmáis un rato.

Martina se inclinó y estampó un beso en la frente ya helada de su nieto, dejándose conducir en seguida por Sab a la cama que se le había preparado. El joven la colocó cuidadosamente y la cubrió él mismo con una manta. Luego se volvió al mayoral de la estancia y le dijo con voz que revelaba su agitación:

--Mañana temprano necesito un hombre de confianza para llevar una carta a Puerto Príncipe a casa de mis amos, y os encargo procurármelo.

--Yo mismo iré, si lo permitís,--respondió el anciano.--Pero decidme, Sab, ¿ocurre alguna novedad en la ciudad? Vuestra venida a estas horas y esa carta...

Sab no le dejó concluir.--Ninguna novedad ocurre que pueda importaros mayoral; mañana a las seis saldréis a llevar una carta a la señorita Teresa, sobrina de mi amo, y a poneros a las órdenes de éste, al que diréis el motivo de mi detención en Cubitas. Va a emprender un viaje y acaso necesite un hombre de confianza que le acompañe. Yo debía ser ese hombre, pero vos iréis en mi lugar.

--¡Oh! yo os aseguro, Sab, que aunque viejo soy tan capaz como vos...

--Lo creo,--interrumpió el mulato con alguna impaciencia.--Ahora, mayoral, idos a dormir; buenas noches. Dadme solamente un pedazo de papel y un tintero. Hasta mañana.

El viejo obedeció; había en el acento de aquel mulato un no sé qué de autoridad y grandeza, que siempre le había subyugado.

Cuando Sab quedó solo, se puso de rodillas junto al lecho de Martina, que incorporándose sobre su almohada y fijándole una mirada penetrante y profundamente triste, le dijo:

--Conmigo, Sab, no tendrás reserva; yo exijo que me digas el motivo de tu venida y el de ese viaje que dices debe emprender don Carlos.

El joven abrazó las rodillas de Martina inclinando la cabeza sobre ellas en silencio.

--¡Sab!--exclamó la anciana bajando la suya sobre aquella cabeza querida y oprimiéndola entre sus manos,--tu cabeza arde... el sudor cubre tu frente... tú tienes calentura, hijo mío.

--Tranquilizaos,--la dijo esforzándose en sonreir--es la agitación del viaje; estoy bueno, procurad descansar... mañana, lo sabréis todo, madre mía.

--No, no,--gritó Martina con ansiedad--déjame coger esa luz y alumbrar tu rostro... ¡Dios mío! ¡qué mudanza!... Tus ojos están hundidos y brillan con el fuego de la fiebre. ¡Hijo mío! ¡hijo mío! ¿qué tienes?

Y se puso de rodillas delante de él.

--¡Por compasión!--exclamó el mulato, levantándola con una especie de furor,--callad, callad Martina... tranquilizaos si no queréis verme morir de dolor a vuestros pies.

Martina se dejó llevar otra vez al lecho y se esforzó la pobre mujer en parecer tranquila.

--Siéntate aquí, a mi cabecera, hijo mío; yo no te importunaré más: callaré como el sepulcro...; pero ven, hijo mío, que yo te oiga, que oiga tu voz, que vea tus facciones, que sienta latir tu corazón junto al mío. ¡Oh Sab! piensa que ya nada me queda en el mundo sino tú... que eres mi único hijo, el único apoyo de esta larga y destrozada existencia.