Part 12
Sab la abrazó estrechamente y regó su frente con dos gruesas y ardientes lágrimas.--Sí, madre mía,--la dijo,--descansad sobre mi pecho; mi voz arrullará vuestro sueño. Yo os hablaré de Dios, y de los ángeles entre los cuales va a habitar nuestro querido Luis. Yo os hablaré del eterno descanso de los desgraciados y de las consoladoras promesas del evangelio. Descansad en mis brazos; ¿estáis bien así?
Martina, agobiada de fatigas y de penas, dejóse colocar por Sab y pareció sucumbir a aquella especie de letargo que sigue a las grandes agitaciones.--Habla,--repetía ella,--habla hijo mío, yo te escucho. Sab sólo murmuraba algunas palabras inconexas; en aquel momento también el infeliz sufría horriblemente. Pero Martina descansando en su pecho se sentía más tranquila, y se durmió por fin cuando Sab comenzaba a hablarle de la resurrección de los justos. Sintiéndola dormida, colocó suavemente su cabeza sobre la almohada; imprimió un largo y silencioso beso en su frente y cayó de rodillas delante de la mesa, en la que el mayoral le había dejado el papel y el tintero.
Entonces aquel humilde recinto presentó un cuadro dramático. Entre el sueño de la vejez, y la tranquila muerte de la inocencia, aquella vida juvenil despedazada por los dolores era un espectáculo terrible. Al lado de Luis, frágil criatura que se doblada sin resistencia, débil caña que cedía sin ruido, echábase de ver aquella fuerza caída, aquel hombre lleno de vigor sucumbiendo como la encina a las tempestades del cielo.
Parecía que su alma a medida que abandonaba su cuerpo se trasladaba toda a su semblante. ¡Ay! aquella terrible agonía no tuvo más testigos que el sueño y la muerte. Nadie pudo ver aquella alma apasionada que se revelaba en su hora suprema.
Pero Sab escribía y aquella carta fué todo lo que quedó de él.
Pasó desconocido el mártir sublime del amor, pero aquella carta le sobrevivió y le conquistó el solo premio que sin esperarlo deseaba: ¡una lágrima de Carlota!
Sab escribía con mano mal segura y que fué poniéndose más y más trémula. Dejó por un instante la pluma y sacó de su pecho un objeto que contempló largo rato con melancólica atención. Era el brazalete de Carlota que Teresa le había regalado por mano de Luis en aquella misma habitación cinco días antes.
--¡Hela aquí!--murmuró fijando sus ojos en el retrato.--¡Tan bella! ¡tan pura! ¡para él! ¡toda para él!...
Sus dedos crispados dejaron caer el brazalete y un momento después volvió a escribir. Pero era claro que sus fuerzas se debilitaban rápidamente. Sin embargo escribió sin descanso más de una hora, interrumpiéndose únicamente para acercase algunas veces a la cama de Luis y humedecer sus labios, como lo había hecho Martina. Esta continuaba sumida en una especie de letargo y de vez en cuando se la veía agitarse y tender los brazos exclamando:
--¡Sab! no tengo otro hijo que tú.
El mulato la escuchaba y su mano temblaba más en aquellos momentos; pero seguía escribiendo. La claridad del día penetraba ya por la ventana cuando concluyó su carta.
Puso dentro de ella el brazalete, cerróla, quiso rotularla, pero su mano no obedecía ya al impulso de su voluntad, y violentas convulsiones le asaltaron en el momento.
Hubo entonces un instante en que el exceso de sus dolores le comunicó un vigor pasajero y probó a ponerse en pie por medio de un largo y penoso esfuerzo, pero volvió a caer como herido de una parálisis, y sus dientes rechinaron unos contra otros al apretarse convulsivamente.
Sin embargo, consiguió arrastrarse trabajosamente hasta la cama de Luis, y su mirada delirante y ardiente se encontró allí con la mirada vidriada e inmóvil del moribundo. Sab quiso dirigirle un último adiós, pero se detuvo espantado del sonido de su propia voz, que le pareció un eco del sepulcro.
Entonces pasaron por su mente multitud de ideas y multitud de dolores. Pensó que iba a morir también, y que en aquel mismo instante que él sufría una dolorosa agonía, Enrique y Carlota pronunciaban sus juramentos de amor. Luego ya no pensó nada: confundiéronse sus ideas, entorpecióse su imaginación, turbóse su memoria; quebrantóse su cuerpo y cayó sobre la cama de Luis bañándola con espesos borbotones de sangre que salían de su boca.
El mayoral de la estancia había consultado al sol, su reloj infalible, y no dudó fuesen ya las cinco. Dejó pues preparado su caballo a la puerta de la casa, y acercándose poco a poco a la habitación de Martina, y tocando ligeramente la puerta, para no despertar a la anciana si por ventura dormía, llamó repetidas veces a Sab. Pero Sab no respondía. En vano fué levantando progresivamente la voz y golpeando con mayor fuerza la puerta, aplicando en seguida el oído con silenciosa atención. Reinaba un silencio profundo dentro de aquella sala, y alarmado el mayoral descargó dos terribles golpes sobre la puerta. Entonces ladró el perro y despertó Martina, y echó en torno suyo una mirada de terror. ¡No vió a Sab! Precipitóse con un grito hacia el lecho de su nieto. Allí estaban los dos... Luis muerto, Sab agonizando.
Martina cayó desmayada a los pies de la cama, y el mayoral, echando abajo la puerta, entró a tiempo de recoger el último suspiro del mulato.
Sab expiró a las seis de la mañana; en esa misma hora Enrique y Carlota recibían la bendición nupcial.
CAPITULO V
Esta es la vida, Garcés, Uno muere, otro se casa, Unos lloran, otros ríen.... ¡Triste condición humana! GARCÍA GUTIÉRREZ. (_El Paje._)
Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en el cual debía embarcarse para la Habana.
Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la ternura oficiosa que su marido la prodigaba.
Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada, cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.
--Esta desgracia,--dijo,--era efecto sin duda de alguna gran caída, pues según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía reventados todos los vasos del pecho.
Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado de estas pérdidas.
Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.
--¡Pobre muchacho!--dijo,--estas muertes repentinas me aterran.--Luego, como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón: una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte. ¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado; reventó su jaco negro.
--Aquí traigo una carta sin sobrescrito,--dijo el mayoral,--pero que creo es para la señora.
--¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?
--Del pobre difunto, señor,--respondió el mayoral presentándola.--Creo que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador. Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.
En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que levantó sorprendido.
--¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...
--Es mío:--dijo Teresa adelantándose con serenidad.--Es un regalo de Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele, pues, Enrique y esa carta que también es para mí.
Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la sorpresa.
--Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,--repitió con firmeza Teresa,--y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad de descanso.
Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa maliciosa:
--Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que, según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y estimaseis más.
--Pues si lo ignorabais, Enrique,--respondió ella con dignidad,--ya lo sabéis.
Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos con la mala noche.
Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas. Sí,--las dijo,--venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,--añadió fijando en su amiga una mirada de indulgencia y compasión,--descansa también, querida mía, porque también padeces.
Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas, como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.
Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.
Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de los que el señor de B... le había encargado.
--Sí,--dijo Carlota,--guardaré silencio para no despertar a estas pobres niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso, tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte impresión.
¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes, despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte un momento no volveré a verte más.
--Tranquilízate, vida mía,--contestó su marido,--aquí estaré velando tu sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de nuestra boda?
--¡El día de nuestra boda!--murmuró ella:--¡qué triste ha sido este día!
Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso, pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.
--¿Ya estás despierta?--dijo Enrique llegándose a sostenerla;--¿no quieres descansar una hora más, vida mía?
--No puedo,--contestó ella,--porque he estado pensando, Enrique, que en la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.
--Fácil es de adivinar,--dijo Enrique sonriendo,--Teresa amaba al mulato.
--¡Amarle! ¡amarle!--repitió Carlota con tono de duda,--se me había ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.
--Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos tan extraordinarios.
--¡Amarle!--repitió Carlota,--¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!
--Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida mía.
--No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados... como el tuyo, como el mío.
--Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.
--Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz, compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.
Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien no era merecida, se apresuró a contestar:
--Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.
--Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré con ella;--contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.
--¡Pues qué!--respondió admirada la esclava,--¿no advirtió a su merced que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.
--¿Dónde? ¿Con quién?
--Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el mayoral que vino de Cubitas.
--¿Oyes, Enrique?--dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que estaba delante de la mesa de Teresa.
--¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?
--¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!
Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:
“Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace muchos años que miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible del corazón.
No te dejara en el día de la aflicción, si me creyese necesaria o siquiera útil; pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y que ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte y hacerte feliz. Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino se ha fijado y yo quiero fijar el mío.
Por evitarme las reflexiones que me harías, para apartarme de esta resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin despedirme de ti sino por estas líneas, y me marcho al convento de las Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me será permitido pronunciar mis votos.
Adiós Carlota, adiós Enrique... Amaos y sed felices.
TERESA.”
--¡Oh Enrique!--exclamó Carlota:--ya lo ves! todo se reune para afligirme, para hacer triste y sombrío este día de nuestra unión; ¡este día que tan dichoso debía ser!
--Ya no debe quedarte duda,--dijo Enrique, del amor de tu prima por Sab.--Su muerte es la que le inspira esta resolución repentina de hacerse religiosa. A la verdad que tu amiga tiene altas inclinaciones.
--No la condenes, Enrique, ten indulgencia con todas las debilidades del corazón. ¡Pobre Teresa! ¡Harto desgraciada es! Pero ¿no podía esperar y remitir el cumplimiento de su resolución para otro día? ¿Por qué ha tenido la crueldad de añadir un disgusto a tantos como hoy he experimentado? Me deja la ingrata el mismo día que ha partido mi padre, sola..., abandonada.
--¡Sola! ¡Abandonada, Carlota!--repitió Enrique ciñéndola con sus brazos,--cuando estás con tu esposo que te adora, cuando yo estoy aquí, a tu lado, apretándote contra mi corazón. ¡Querida mía! Sensible es la pérdida de un hermano, aunque sea de un hermano que no ves hace tres años, y cuya débil y enfermiza constitución estaba ya de largo tiempo preparando para este golpe; sensible la separación de un padre, aunque esta separación será tan corta; sensible la muerte de un mulato que fué para tu familia un esclavo fiel; y sensible también que una loca amiga enamorada de él se quiera hacer monja, aunque se conozca que es lo mejor que puede hacer. Pero ¿es todo esto motivo suficiente para desconsolarte en estos términos, y amargarme el día más feliz de mi vida? ¿No es esto una injusticia, Carlota, una ingratitud para con tu Enrique?
En vez de dicha ¿has de darme dolor, lágrimas en vez de caricias? ¡Ah! tú me amabas hace cuatro días... hoy... hoy no me amas.
--¡No te amo!--exclamó ella con enajenamiento de pesar y ternura,--¡que no te amo, dices; Ah, no te amo; te idolatro. Tú eres mi consuelo, mi esperanza, mi apoyo... porque eres ya mi esposo, Enrique, y este día será un día de ventura por más contrariedades que el destino arroje sobre él. Acaso era necesario este contrapeso para que mi razón no sucumbiese al exceso de tal felicidad. ¡Porque yo te amo, Enrique!
--Pues bien, pruébamelo, vida mía, no llores más; pruébamelo con una sonrisa, con una mirada de placer... hazme dichoso con tu dicha, Carlota...
--Sí, sí, yo soy dichosa,--le interrumpió ella con una especie de delirio.--Mi padre, mi hermano, Teresa, Sab... ¿qué son todos al lado de tu amor? Yo no tengo ahora a nadie más que a ti... pero tú lo eres todo para el corazón de tu Carlota. Mira, no sientas que llore; son lágrimas de placer, lágrimas muy dulces las que vierto en tu pecho. ¡Porque soy tuya! ¡Porque te amo! ¡Porque soy feliz!
--Carlota, vida mía... dímelo otra vez; ¿qué nos importa todo lo demás amándonos así?--exclamó Enrique transportado.
--Tienes razón,--añadió ella,--amándonos así, el cielo mismo no tiene poder bastante para hacernos desgraciados.
--¡Carlota! ¡ya eres mía!
--¡Tuya para siempre!
--¡Cuán dichoso soy!
--¡Y yo! Enrique, ¡y yo!...
¡Y lo eran en efecto! Aquel era el primer día de su unión, y el primer día de una unión pura y santa, aquel día en que se hace del más vivo y ardiente de los afectos el más solemne de los deberes, es indudablemente un día supremo. Debe haber en este día una plenitud de ventura que no pertenece a esta tierra, ni a esta vida, y que el cielo no concede sino por un día, para hacer comprender con ella la felicidad que reserva en la eternidad de su gloria a las almas predestinadas. Porque la bienaventuranza del cielo no es otra cosa que el eterno amor.
Una horrible tempestad bramaba sobre la tierra. Eran las tres de la tarde y el firmamento, cubierto de un opaco velo, anunciaba una tarde espantosa.
En aquella hora don Carlos, desafiando la tormenta, corría al embarcadero de Nuevitas, pensando que un momento de dilación podía impedirle hallar vivo a su hijo. En aquella hora, Teresa de rodillas delante de un crucifijo, en una estrecha celda, imploraba la misericordia de Dios en favor de los que ya no existían. En aquella hora enterraban en Cubitas dos cadáveres, de un hombre y de un niño; y una vieja lloraba sobre un lecho manchado de sangre, y un perro ahullaba a sus pies. Y en aquella hora Carlota y Enrique eran felices, porque se amaban, porque se habían casado aquel día, y se repetían sin cesar con la voz y con las miradas: ¡Ya soy tuya! ¡Ya eres mía!
Tales contrastes los vemos cada día en el mundo: ¡Placer y dolor! Pero el placer es un desterrado del cielo, que no se detiene en ninguna parte. El dolor es un hijo del infierno que no abandona su presa sino cuando la ha despedazado.
CONCLUSION
Se e ciascun l’interno affanno, Si leggesse in fronte seritto, Quanti mai, che invidia fanno, Ci farebbero pietá! METASTASIO.
Si la frente del hombre anunciase El interno pesar con que lidia, ¡Cuántos hay que nos causan envidia, Y excitarnos debieran piedad!
Era la tarde del día 16 de junio de 18... Cumplían en este día cinco años de los acontecimientos con que termina el capítulo precedente, y notábase alguna agitación en lo interior del convento de las Ursulinas de Puerto Príncipe. Sin duda algo extraordinario producía esta agitación, extraña en la vida monótona y triste de las religiosas. Pero ¿qué cosa nueva o extraña puede acontecer dentro de los muros de un convento? ¡La muerte! Este es el acontecimiento notable que forma época para las solitarias reclusas de un claustro: la muerte de alguna de ellas; la muerte que únicamente vuelve a abrir para la infeliz monja las puertas de hierro de aquel vasto sepulcro, que la arroja a otro sepulcro más estrecho.
En el día de que hablamos era también la muerte la que motivaba el movimiento que se advertía en el convento. Sor Teresa estaba en las últimas horas de su vida, sucumbiendo a una consunción que padecía hacía tres años, y todas las religiosas se consternaban a la proximidad de una muerte que ya tenían prevista.
Sor Teresa era amada generalmente. Aunque fría y adusta, su severa virtud, su elevado carácter, la sublime resignación con que había soportado su larga enfermedad, y mil pequeños servicios que en diversas circunstancias había prestado a cada una de sus compañeras, con la inalterable aunque fría bondad que la caracterizaba, la habían granjeado el afecto de todas, que sentían sinceramente perderla; aunque acaso algunas de ellas gozaban una especie de satisfacción en que un acontecimiento, cualquiera que fuese, diese alguna variedad y movimiento a su triste congregación.
Eran las seis de la tarde y las monjas comenzaban a impacientarse de que no hubiese llegado todavía la señora de Otway, a la que se había despachado un correo a su ingenio de Bellavista, donde se hallaba, informándola de la gravedad del mal de su prima y del deseo que manifestaba de verla antes de morir. Esta dilación enfadaba a las buenas religiosas porque, decían ellas, era una ingratitud de la señora de Otway estar tan perezosa en correr al lado de la moribunda que tanto la amaba, y a la que mostraba tan tierna correspondencia.