Romancero selecto del Cid

Part 9

Chapter 93,849 wordsPublic domain

Acabada la batalla por el de Vivar pedida, contra los aleves condes que le afrentaron sus fijas, el noble rey don Alfonso que el suceso honroso estima que haya sido por el Cid, como el que tenía justicia, con los tres fuertes guerreros, que por él lidiado habían y alcanzado la victoria, así escribe al Cid Rúy Díaz: «Á vos, el Cid castellano, »el de la espada temida, »pestilencia de los moros »y defensa de Castilla; »á vos, á quien guarde el cielo »en próspera y larga vida »para que estemos seguros »de la enemiga morisma; »á vos el rey don Alfonso »salud por esta os envía, »como vueso más amigo »aunque enemigos resistan. »El suceso del combate »que se ha hecho en esa villa »de Carrión, por el orden »que se dió en las Cortes mías, »os lo escribo por mi mano, »y va con mi sello y firma, »porque sea testimonio »verdadero y sin malicia, »y que en la edad venidera »cómo fué, se entienda y diga, »sin que amistad ó respetos »hagan que acorten ó añidan. »Luégo que fueron las Cortes »en Toledo concluídas, »á esta villa nos partimos »por los dos condes pedida. »Su demanda dió sospecha »por ser en su tierra misma, »que tierra que cría aleves »no sin recelo se pisa. »Yo aseguré este recelo »porque á los tres que venían »por vos, á lidiar con ellos, »guardé con la guarda mía. »Siempre los tuve delante, »conociendo bien que había »de la parte de los condes »más traición que valentía. »Llegó el plazo y día asignado »en que habían de ser vistas »la justicia y la razón »lidiar con la alevosía. »Hízose un fuerte palenque »cerrado, y puestos encima »asientos y seis jüeces, »y enfrente mi real silla. »Á todo estuve presente, »porque en mi ausencia no digan »que el rostro escondí al efecto »en que el honor vueso iba, »porque no fablen aquellos »que vueso daño codician, »que os falta el rey don Alfonso »como no os faltó en la vida, »aunque por malditos medios »traidores nos revolvían »vuesa lealtad condenando »con envidiosas mentiras. »Advertido d’este engaño, »á maldades conocidas »les cerré el oído á aquellos »que os condenaban en vida. »He querido que entendáis »que su maldad entendida »hago el honor vueso mío, »cual lo mostré en la conquista; »que yo propio y á mi lado »metí los tres que venían »á defender vuestra causa »que yo llamo propia mía. »Puestos por mí en el palenque »los dos condes á la mira, »y Suer González su tío, »llegaron, cual convenía, »de fuertes armas cubiertos »con muy grande compañía »de parientes y de amigos »y el pueblo que los seguía. »Cuando yo ví tanta gente »que en torno á todos seguía, »temí el seguro no fuese »el robo de las Sabinas. »Mandé sentar á los jueces »y yo tomando mi silla, »sosegado el alboroto, »fué de mí esta razón dicha: »Condes, las fijas del Cid »por vos sin causa ofendidas »con la traza más soez, »que se ha visto ni hay escrita, »demandaron la venganza »de su afrentosa ignominia »al Cid su padre, que al punto »salió á ella por sus fijas. »Pidió campo á todos tres, »para que en él fuese vista »como quedaba su ofensa »con la sangre vuesa, limpia. »Respondisteis que con él »la batalla, que os pedía, »no queríades hacer »porque yo lo ayudaría; »que enviare á quien quisiese »que sobre la causa misma »por vos ficiese batalla »según fueros de Castilla. »Estos tres nobles guerreros »el Cid por su parte envía, »que ya en el campo os aguardan, »os retan y desafían. »Haced vuestra obligación »que es lo que os fuerza y obliga, »que es tiempo que las razones »á las armas se remitan. »Quisiéronme dar respuesta; »y de mí no siendo oída, »á dar principio al combate »fueron, aunque lo temían. »Partióles el campo luégo »un rey de armas, con insignias »del terrible ministerio »que administrándoles iba. »De tres en tres en sus puestos »se pusieron, recogidas »las riendas á los caballos, »las lanzas apercibidas. »Contra el conde don Fernando »que á la victoria se aplica, »Martín Antolínez fué »fuego echando por la vista. »Á don Diego el otro hermano, »que encendió la horrible cisma, »le cupo Pero Bermúdez »para la batalla esquiva; »Nuño Bustos de Linzuela, »ardiendo en honrosa ira, »se opuso con Suer González »autor de la alevosía. »Cuando ví tres contra tres »en dos hileras distintas, »la lid de los Curiacios »se me figura que vía. »Á este punto el ronco són »de la trompa les avisa »que dén principio á la lid »para el fin que pretendían. »Arremetieron á una »todos, la señal oída, »cada cual con el contrario »que enfrente de sí tenía. »Don Fernando y Antolínez »que igualmente se herían, »quebraron juntos las lanzas; »firmes quedan en las sillas; »mas desnudando á Colada, »después de muchas feridas, »que Antolínez le dió al Conde »con destreza y valentía, »le dió un golpe en lo más alto »del yelmo, que las hebillas »faltaron y la cabeza »fué en dos partes dividida. »Derribóle del caballo, »y el suyo dejando, encima »del cuello se puso en pié, »y el acero al pecho afirma. »Á este punto un gran ruido »se alzó y una vulgar grita, »pidiendo no le matase »cumpliendo con que se rendía. »Fué poderoso el clamor »de aplacar la ardiente ira »del vencedor animoso, »para dejallo con vida; »mas puesto sobre él de piés, »á Pedro Bermúdez mira »que traía al conde don Diego »sin valor con que resista. »Dióle un golpe con Tizona, »después de tener rompidas »las lanzas, y fué tan fuerte »que hombre y caballo derriba. »Pidióle misericordia, »pidiendo en merced la vida, »confesando su maldad, »diciendo que se rendía. »No dió oído á sus plegarias, »mas la fiera espada hinca »por el alevoso pecho, »con que dió fin á su vida. »El valiente Nuño Bustos »y Suer González querían »cada uno de por sí »la victoria de aquel día. »Duró mucho este combate, »mas la justicia divina »dió victoria á Nuño Bustos »como á quien tenía justicia; »atravesó á su contrario »de parte á parte, y fué grima »verle venir del caballo »cayendo la boca arriba. »Con esto acabó el combate, »y los vencedores gritan »si había que hacer más, »ó más traidores que rindan. »Respondiéronles que no, »que la victoria tenían »ganada como valientes »sin haber quien se lo impida. »Dos cajas y un pregonero »puestos á este punto encima »del palenque, resonaron »y la victoria os aplican. »El rey de armas con mi guarda »á los vencedores guían »adonde los aguardaba »yo y toda mi compañía. »Luégo dieron los jueces »sentencia definitiva, »que por traidores infames »de honor los inhabilitan. »Esta sentencia fué al punto »confirmada, y queda escrita »para que pueda dar fe, »sin la mía, con seis firmas: »buen Cid, esto es lo que pasa, »sin que falte, ni se añida, »sin que odio ni amistad »fagan que otra cosa escriba. »Ved si no quedáis contento, »y queréis que se prosiga »contra todo su linaje »sin dejar persona viva. »Encomendadme á Jimena »y abrazadme á vuesas fijas »y decidles que de nuevo »su causa tomo por mía.»

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XCII

Erguíos, no estéis postrado, que no es justo ni razón que esté ante mí de finojos quien reyes afinojó. Cubrid las canas honradas de grande prez y valor, y del más leal vasallo que tuvo rey ni señor. Quedaos á yantar conmigo, que me faréis gran favor, y me tendrán las viandas d’este yantar mejor pro. Y desque hayamos yantado, vos quiero facer favor de contaros de la enmienda del tuerto de Carrión. Mas quiero facerlo luégo: sabed que le plugo á Dios de guardarles sendos reyes á Elvira y á doña Sol: seré en las bodas padrino, pues casamentero soy porque para fijas vuesas los tales padrinos son. Álvar Fáñez de Minaya vueso presente nos dió, yo y nusco le recibimos con gran talento y amor, y por primeras mercedes bien dignas de quien vos sois mando que no haya cadera en vuesa comparación, si no fuere, cual yo, rey, ó dignidad superior.-- Esto dijo el rey Alfonso á ese buen Cid Campeador.

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PARTE QUINTA

ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE DEL CID

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XCIII

Llegó la fama del Cid á los confines de Persia, cuando andaba por el mundo dando razón de quién era; y como lo oyó el Soldán, y supo bien la certeza de los hechos del buen Cid, un presente le apareja. Cargó copia de camellos de grana, púrpura y sedas, oro, plata, incienso y mirra, con otras muchas riquezas, y con un pariente suyo, de los de su casa y mesa, le envía al Cid el presente diciendo d’esta manera: --Dirás á Rúy Díaz el Cid, que el Soldán se le encomienda, que de sus nuevas oir le tengo grande querencia, y por vida de Mahoma, y de mi real cabeza, que le diera mi corona sólo por verle en mi tierra: y que aquese dón pequeño reciba de mi grandeza, en señal que soy su amigo, y lo seré hasta que muera.-- El moro tomó el camino, y en poco llegó á Valencia, pidiendo licencia al Cid para hablarle en su presencia. El Cid salió á recibirlo antes de saltar en tierra, y cuando lo viera el moro, de verle delante tiembla. Empezó á darle el recaudo, y como á darlo no acierta de turbado, el Cid le toma la mano y así dijera: --Bien venido seas, el moro, bien venido á mi Valencia: si tu Rey fuera cristiano, fuera yo á verle á su tierra.-- Con estas y otras razones á la ciudad ambos llegan, adonde los ciudadanos ficieron muy grande fiesta. El Cid le mostró su casa, á sus fijas, y á Jimena, de que el moro está espantado viendo tan grande riqueza. Estúvose algunos días el moro holgándose en ella, hasta que se quiso ir, y pidió para ir licencia. En retorno del presente que del Soldán recibiera, otras cosas le envía el Cid, las cuales allá no hubiera. Despedido que fué el moro, Rodrigo con su Jimena se quedó y con sus dos fijas dando á Dios gracias inmensas.

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XCIV

Estando en Valencia el Cid de trabajos muy cansado, cansado de tantas guerras como por él han pasado, nuevas al Cid son venidas que le ponen en cuidado, que el rey Búcar, fuerte moro, sobre Valencia ha llegado. Treinta reyes trae consigo; valientes son, esforzados, muchas gentes trae consigo de á pié son, y de á caballo. Echado estaba el buen Cid, en la su cama acostado; pensando estaba cuidoso en hecho tan afamado, suplicando á Dios del cielo que siempre esté de su bando, y de peligro tan grande con honra lo saque salvo. Cuando el Cid no se cató un hombre vido á su lado, el rostro resplandeciente, cano, crespo y muy honrado, tan blanco como la nieve, con color muy sublimado: díjole:--¿Duermes, Rodrigo? Recuerda y está velando.-- Díjole el Cid:--¿Quién sois vos que lo habedes preguntado? --Sant Pedro llaman á mí, príncipe del apostolado; vengo á decirte, Rodrigo, otro que no estás cuidando, y es que dejes este mundo, Dios al otro te ha llamado, y á la vida que no há fin do están los santos holgando. Morirás en treinta días, desde hoy que esto te hablo. Dios te quiere mucho, Cid, y esta merced te ha otorgado; y es que después de tú muerto venzas á Búcar en campo: tus gentes habrán batalla con todos los de su bando. Esto será con la ayuda de mi hermano Santiago, y él verná á la batalla; ya se lo tiene mandado. Tú, Rodrigo Campeador, haz enmienda á tu pecado, porque muerto que tú seas á la gloria seas llevado, que Dios por amor de mí todo aquesto ha ordenado, porque honraste mi casa, do Cardeña era nombrado,-- Cuando lo oyó el buen Cid, gran placer había tomado: saltó luégo de su cama, de rodillas humillado, para le besar los piés al buen Apóstol honrado. Dijo Sant Pedro á Rodrigo: --Aqueso ya es excusado, que á mí no podrás llegar, no te trabajes en vano; mas ten por cosa muy cierta aquesto que te he contado.-- Esto dicho, el buen Apóstol á los cielos se ha tornado; Rodrigo quedó contento, alegre con lo pasado, dando á Dios crecidas gracias por lo que le había otorgado.

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XCV

En Valencia estaba el Cid doliente del mal postrero, que agravios en pechos nobles pueden mucho más que el tiempo. Á su cabecera tiene religiosos y hombres buenos, y en torno de su persona sus amigos y sus deudos, cuyos semblantes mirando de dolor y cuita llenos, con tan sesudas razones así conhorta su duelo. --Bien sé, mis buenos amigos, que en tan duro apartamiento no hay causa para alegraros, y hay mucha para doleros; pero mostrad mi enseñanza contra los adversos tiempos, que vencer á la fortuna es más que vencer mil reinos. Mortal me parió mi madre, y pues pude morir luégo, lo que el cielo dió de gracia, non lo pidáis de derecho. No muero en tierras ajenas, en mis propias tierras muero, cuanto más que siendo tierra es propia heredad del muerto. No siento el verme morir, que si esta vida es destierro, los que á la muerte guiamos á nuestra patria volvemos. Tan sólo llevo en el alma que en poder de un rey vos dejo en quien vos podrá empecer ser míos, ó ser ya vuesos. Que trate bien mis soldados pues le defienden sus reinos, y crea á piernas quebradas más que á sabios consejeros. Que traiga siempre en balanza el castigo con el premio, que la lealtad de vasallos virtud pone, y pone miedo. Que estime un noble leal más que muchos falagüeños, que de muchos homes malos non puede facer un bueno; y á quien menester hubiere, nunca le faga denuestos, ni pague servicios propios por pareceres ajenos. Y non fablo de agraviado, antes le quedo debiendo, que las sinrazones suyas fueron mis merecimientos.-- En esto entrara Jimena, cuyo desamparo viendo, ellos se enjugan los ojos, y el Cid dejó el parlamento.

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XCVI

Aquese famoso Cid de Vivar triste yacía; San Pedro le apareció, que se apareje decía para ir al otro mundo, cerca la muerte tenía; treinta días, que no más le dijo que viviría. Levantóse gran mañana; junto á su caballería llorando de los sus ojos d’esta manera decía: --Parientes míos leales, y amigos que ende había, bien se vos acordará cómo ese rey de Castilla, don Alfonso mi señor, á mí destierro ponía, y por la vuestra mesura tuvístesme compañía. Dios nos hizo gran merced, y él siendo la nuestra guía, vencimos muchas faciendas; cristianos, moros vencían. Quisieron ellos quitarme la merced que Dios me hacía; pero non pudo ninguno seguir tan mala porfía; loado el nombre de Cristo á Valencia conquería. Á hombre del mundo yo señorío no debía, sino al buen rey don Alfonso, al cual mucho yo quería. Que supiera que mi cuerpo tan poco durar había, en verdad vos digo yo; que ya el fin es de mi vida. Treinta días, que no más, mi cuerpo el alma ternía; siete noches han pasado que visiones me seguían; Diego Laínez mi padre, y mi hijo aparecían; dicen: «Mucho habéis durado en aquesa triste vida; vayámonos á las gentes que perdurable vivían.» Yo no creo estas visiones; mas mi muerte es cedo aína. Ya sabéis cómo el rey Búcar contra nos cierto vernía; treinta y seis reyes de moros trae en su compañía; pues tan gran poder como este defenderse non podría sin que vos gane á Valencia; mas yo vos consejaría como lo venzáis en campo antes de ser mi partida, y como Jimena Gómez, vosotros con valentía á Castilla vos volváis sin que nadie vos lo impida.

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XCVII

La que á nadie no perdona, á reyes ni á ricos homes, á mí, fincado en Valencia, llegó á mi puerta y llamóme; y fallándome dispuesto á su voluntad conforme, fago así mi testamento, y mi voluntad al postre: «Yo, Rodrigo de Vivar, »llamado por otro nombre »el bravo Cid Campeador »de las morismas naciones, »el alma encomiendo á Dios »que en su reino la coloque; »y el cuerpo, fecho de tierra, »mando que á su centro torne; »y después que sea finado, »con los untos de los botes »que me endonó el rey de Persia »le unten, compongan y adoben; »y puesto sobre Babieca »tras mi seña y mis pendones, »lo enseñedes al rey Búcar »y á todos sus valedores. »Y mando que á mi Babieca »lo sotierren y lo adofen, »non coman canes caballo »que carnes de canes rompe; »y para facerme obsequias »se junten mis infanzones, »los de mi pan y mi mesa, »los buenos conqueridores; »y á la santa cofradía »del rico Lázaro pobre, »mando el prado de Vivar, »ende, aquende, y sus quiñones. »Item, mando que no alquilen »plañideras que me lloren, »bastan las de mi Jimena »sin que otras lágrimas compre. »Y en San Pedro de Cardeña »junto al santo Pescadore »me fabriquen un fosal »con su túmulo de bronce. »Item, mando que al judío, »que engañé estando tan pobre, »lo que pesare él de arena »le dén de plata otro cofre. »Y á Gil Díaz tornadizo, »que de moro á Dios volvióse, »le mando mis femolarias, »mis corazas y quijotes. »El noble rey don Alfonso »y el buen obispo don Lope, »y mi sobrino Álvar Fáñez »sean mis cabezadores: »y lo demás de mi haber »se reparta entre los pobres, »que son entre el hombre y Dios »padrinos y valedores.»

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[Ilustración: Muerte del Cid]

XCVIII

Banderas antiguas tristes de victoria un tiempo amadas, tremolando están al viento, y lloran aunque no hablan. Sonaban las roncas voces de las destempladas cajas, y los pífanos soberbios calles y plazas arrancan. Estábase el Cid Campeador humilde y manso en la cama, y sujeto á la inclemencia de la vengativa Parca. Hizo traer las reliquias de las victorias pasadas y mandó que le trujesen sus compañeras espadas. Y desque fueron traídas levantábase en la cama; tomándolas en sus manos les dijo aquestas palabras: --Colada y Tizona mía no colada, mas calada por mil contrarios arneses, y por mil contrarias armas ¿cómo os hallaréis sin mí? ¿á quién os dejaré en guarda que no manche vuestro honor pues que tan fácil se mancha? Y luégo en diciendo aquesto mandó que á Babieca traigan que quiere verle primero que comience su jornada. Entró el caballo más manso que una corderilla mansa; abriendo los anchos ojos como si sintiera, calla. --Ya me parto, caro amigo, quien os gobierna, ya falta; quisiera pagaros bien; pero recibid por paga que con los fechos que he fecho será, inmortal vuestra fama. Y no diciendo más que eso la muerte tira una jara.

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XCIX

Las obsequias funerales celebra doña Jimena de Rodrigo de Vivar en San Pedro de Cardeña, juntamente con sus fijas, á quien el cielo hizo reinas, satisfaciendo el agravio no debido á su inocencia. Pone el cuerpo en una tumba, más que su esperanza negra, y así llorando le dice, como si vivo estuviera: --¡Oh amparo de los cristianos! ¡rayo del cielo en la tierra! ¡azote de la morisma! ¡de la fe de Dios defensa! ¿No sois aquel que jamás os vieron la espalda vuelta los disfrazados amigos que causaron vuestra ausencia? ¿No sois el que, desterrado por palabras lisonjeras, allanó para su rey mil castillos y fronteras? ¿No sois vos quien sujetó á la ciudad de Valencia, y el que venció en seis batallas sin alma mil almas fieras? ¡Ay, amarga soledad, cómo al sufrimiento enseñas á sufrir contra justicia tan penosa y triste ausencia!-- No pudo pasar de aquí la madre de la nobleza, que sobre el cuerpo cayó desmayada, ó casi muerta.

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C

Mientras se apresta Jimena con algunos de los suyos para partir de Valencia con el silencio nocturno, y los nobles castellanos, más valerosos que muchos, con fingidas alegrías velan los soberbios muros; Álvar Fáñez de Minaya, don Ordoño y don Bermudo, para la batalla aprestan del Cid el cuerpo difunto. No le visten la loriga que él en las lides trujo, por cumplir lo que mandó en su postrimero punto. De pergamino pintado le ponen yelmo y escudo, y en medio de dos tablones el embalsamado bulto, y de un cendal claro y verde vestido un tabardo justo, al pecho su roja insignia, honor y asombro del mundo. Unas calzas de colores, guarnecidas de dibujo, en lienzo crudo pintadas y ellas son de lienzo crudo. El derecho brazo alzado, al menos cuánto se pudo, en la mano su Tizona el limpio fierro desnudo. D’esta guisa le aprestaron, y cuando aprestado estuvo pavor les dió de miralle, ¡tal se muestra de sañudo! Trujeron pues á Babieca y en mirándole se puso tan triste, como si fuera más razonable que bruto. Atáronle á los arzones fuertemente por los muslos y los piés á los estribos porque fuesen más seguros. Y á la lumbre del lucero, que por verle se detuvo, con su capitán sin alma, salieron al campo juntos, donde vencieron á Búcar sólo porque á Dios le plugo, y acabando la batalla, el sol acabó su curso.

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CI

Vencido queda el rey Búcar con todos sus allegados de la campaña del Cid en el campo valenciano. Para Castilla caminan, el buen Cid era finado, caballero va en Babieca con los suyos á su lado. No llevaba armas ningunas, sino sobre sí unos paños: los que no saben su muerte, por vivo lo habían juzgado. Cada vez que hacen jornada quitábanlo del caballo, quedaba yerto y derecho en la silla cabalgado. La buena Jimena Gómez su mensaje había enviado á los parientes del Cid para que vengan á honrallo, y también á sus dos yernos, que eran reyes coronados. En tanto que ellos venían Álvar Fáñez ha fablado que pongan el cuerpo muerto en ataúd y tapado, y con púrpura le cubran con clavos de oro clavado. No quiso doña Jimena, y así los ha razonado: --El Cid tiene el rostro hermoso, los ojos muy aseados, mientras está d’esta suerte no hay para que sea mudado; que mis yernos folgarán y mis fijas en su cabo, de verlo cómo ahora está, que non su cuerpo enterrado.-- Todos hubieron por bien lo que Jimena ha ordenado; don Sancho, y también García, están al Cid aguardando, y media legua de Olmedo todos se habían juntado. Ese buen rey de Aragón caballeros tiene armados, al revés traen los escudos de los arzones colgados; las capas traían negras, ¡muy grande duelo mostrando! Las capillas traen tendidas, según uso castellano. Doña Sol y las sus dueñas estameña han cobijado: gran duelo querían hacer, mas su madre lo ha vedado, porque así lo mandó el Cid y así ha de ser obrado. El rey y la su mujer para el Cid habían llegado; ambos las manos le besan, de lo ver se han espantado, que no semejaba muerto, sino vivo y muy honrado. Muchos vienen á lo ver de Castilla, ese reinado; también vino don García, rey d’ese reino navarro: consigo trae su mujer, fija del buen Cid loado; las manos besan al Cid, muchas lágrimas llorando; todos van para San Pedro, porque allí le han enterrado. Aquese buen rey Alfonso, que ha sabido lo pasado, de Toledo se partiera y á San Pedro había llegado. Saliéronle á recibir los al Cid emparentados; mucha honra fizo el rey al cuerpo del Cid honrado; mandó que no se enterrase, sino que el cuerpo arreado se ponga junto al altar, y á Tizona en la su mano; así estuvo mucho tiempo, que fueron más de diez años.

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