Part 8
De concierto están los condes hermanos Diego y Fernando; afrentar quieren al Cid y han muy gran traición armado. Quieren volverse á sus tierras, sus mujeres demandando, y luégo les dice el Cid cuando las hubo entregado: --Mirad, yernos, que tratedes como á dueñas hijasdalgo mis hijas, pues que á vosotros por mujeres las he dado.-- Ellos ambos le prometen de obedecer su mandado. Ya cabalgaban los Condes y el buen Cid ya está á caballo con todos sus caballeros que le van acompañando: por las huertas y jardines van riendo y festejando; por espacio de una legua el Cid los ha acompañado: cuando d’ellas se despide lágrimas le van saltando. Como hombre que ya sospecha la gran traición que han armado, manda que vaya tras ellos Álvar Fáñez, su criado. Vuélvese el Cid y su gente, y los Condes van de largo. Andando con muy gran priesa en un monte habían entrado muy espeso y muy oscuro, de altos árboles poblado. Mandan ir toda su gente adelante muy gran rato; quédanse con sus mujeres tan solos Diego y Fernando. De sus caballos se apean y las riendas han quitado. Sus mujeres que lo ven muy gran llanto han levantado apéanlas de las mulas cada cual para su lado; como las parió su madre ambas las han desnudado, y luégo á sendas encinas las han fuertemente atado. Cada uno azota la suya con riendas de su caballo; la sangre que d’ellas corre el campo tiene bañado; mas no contentos con esto, allí se las han dejado. Su primo que las hallara, como hombre muy enojado á buscar los Condes iba; y como no los ha hallado, volvióse presto para ellas, muy pensativo y turbado: en casa de un labrador allí se las ha dejado. Vase para el Cid su tío, todo se lo ha contado; con muy gran caballería por ellas ha enviado. De aquesta tan grande afrenta el Cid al rey se ha quejado; el rey como aquesto vido tres Cortes había armado.
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LXXVIII
Al cielo piden justicia de los Condes de Carrión ambas las fijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. Á sendos robles atadas dan gritos que es compasión, y no las responde nadie sino el eco de su voz. El menosprecio y la afrenta sienten, que las llagas non; que es dolor á par de muerte en la mujer un baldón. Tal fuerza tiene consigo la verdad y la razón, que hallan en los montes gentes, y en las fieras compasión. Á los lamentos que hacen por allí pasó un pastor, por donde no puso pié cosa humana si ahora non. Danle voces que se acerque, y él no osa de pavor, que son hijos de ignorancia el empacho y el temor. --Por Dios te rogamos, home, que hayas de nos compasión, así tus ganados vayan siempre de bien en mejor; nunca les falten las aguas en el estío y el calor, las hierbas no se les sequen con la helada y con el sol; tus tiernos fijuelos veas criados en bendición, y peines tus blancas canas sin dolencia ni lesión, que desates nuestras manos, pues que las tuyas no son como las que nos ataron, de malicia y de traición.-- Estando en estas palabras el buen Ordoño llegó en hábito de romero de orden del Cid su señor: prestamente las desata disimulando el dolor. Ellas que lo conocieron juntas lo abrazan las dos; llorando las dice:--Primas, secretos del cielo son cuya voz y cuya causa está reservada á Dios. No tuvo la culpa el Cid, que el Rey se lo aconsejó; mas buen padre tenéis, dueñas, que vuelva por vueso honor.
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LXXIX
Elvira, soltá el puñal, doña Sol, tiradvos fuera, non me tengades el brazo, dejadme, doña Jimena: non me tolláis el rencor, que me empacha la vergüenza, que todas mis fechorías manchen mis suertes siniestras. ¡Á mis fijas, falsos Condes, y á mis acatadas dueñas, canes, facéis tales tuertos, tenudas en lueñas tierras! ¡Á mí, que vos dí humildoso mis fijas, cuando os las diera de mil pulidas garnachas guarnidas y ricas prendas! Endonevos mis espadas, lo mejor de mi facienda, y en dos mil maravedís me empeñara yo en Valencia; cadenas de oro de Arabia con buenos ingenios fechas, que en la su mandadería me enviara el Rey de Persia; caballos os dí ruanos, y para en plaza seis yeguas, sendas capas de contray con los aforros de felpa; ¡y en pago de mis fiducias, y en pago de mis recuestas, me las enviades, Condes, azotadas sin vergüenza, sus albos cuerpos desnudos, ligadas sus manos bellas, sus crenchas desmelenadas, sus tristes carnes abiertas! ¡Voto hago al Pescador que gobierna nuestra Iglesia, y mal grado haya con él cuando le fable en Cardeña, si en Fromesta y Carrión, Torquemada y Valenzuela, villas de vuesos condados, queda piedra sobre piedra! Antolínez testimonio, Peláez vino con ellas; yo vos pondré la caluña tal que atemorice en vella; que con ella y mi razón, ellos y sus parentelas han de fincar á mis manos, á mis agravios desfechas. Camperos tiene el buen rey que vos apañen y prendan; fágame justicia en todo y tendré mi espada queda.-- Esto fabló y dijo el Cid, y cabalgando en Babieca partió de Valencia á Burgos á dar al rey su querella.
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LXXX
Lloraba doña Jimena á sus solas con el Cid la afrenta de sus dos fijas, y así comenzó á decir: --¿Cómo es posible, señor, siendo temido en la lid, que os afrentasen dos homes no siendo bastantes mil? Y si aquesto no vos duele, ved que á mi padre perdí por ser vos tan vengativo en las cosas que sentís. Considerad vuesas fijas, aquesas que yo parí, que non son fijas prestadas, sinon de vos y de mí. Es bien que aquesto miredes y que esa gente ruín non se atreva á facer tal sabiendo que sois el Cid, pues no fallarán salida para poderse eximir. ¡Si es bien que aqueso sintades farto os he dicho, sentid!--
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LXXXI
Después que una fiesta fizo al santo y divino Pedro, aquel que africanos moros pagaron tributo y pecho, hizo una junta en su casa de parientes y homes buenos, y como juntos los vido, el buen Cid les dijo aquesto: --Bien sabéis, amigos míos, la fazaña de mis yernos; ¡bien me pagaron las obras que en Valencia hice por ellos! Con riendas me las pagaron, no teniendo rienda en ellos de ponellas en mis fijas azotadas en desiertos; y agora el rey de León dice por su mandadero, que dentro de treinta días tengo de estar en Toledo. Así vos suplico y pido, aunque no es menester ruegos para amigos tan leales teniendo fidalgos pechos, non se fable allá en las Cortes, nin perdamos el respeto al rey, que non es razón juzgando bien y derecho. Non se descomida nadie non fablando en nuestros fechos; que yo pondré la demanda de lo que les dí primero, la facienda, plata y oro, las espadas, amen d’eso, y pediré el desacato que á mis fijas les ficieron.
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LXXXII
Recibiendo el alborada que viene á alegrar la tierra, tocaban á recoger seis clarines por Valencia. Don Rodrigo de Vivar, el buen Cid, su gente apresta para partir á Toledo, que á Cortes el rey le espera. Ya la plaza del palacio está de gente cubierta, de escuderos y fidalgos esperando que el Cid venga. Él sale ya de la sala, ya está en medio la escalera, y sálenle á acompañar sus dos fijas y Jimena. Abrázalas cortésmente, y ruégales que se vuelvan, que en ver presentes sus fijas tiene presente su afrenta. Descendió fasta el zaguán donde estaba su Babieca, que de ver triste á su amo casi siente su tristeza. Salió en cuerpo hasta la plaza armado con armas negras, sembradas de cruces de oro, desde la gola á las grevas. Vió su gente tan lucida, y en la ventana á Jimena, y por facer lozanía puso al caballo las piernas. Llevó los ojos de todos, y al cabo de la carrera quitó á Jimena la gorra y tocaron las trompetas; todos siguieron tras él, ¡cuán lucida gente lleva! pues alegre el sol de vellos en las armas reverbera. Caminan por sus jornadas, y á la vista de Requena detuvo la rienda el Cid, que no quiso entrar en ella. Acordóse en aquel punto que allí fué la vez primera que le llamó el sexto Alfonso estando él quieto en ella. Con grave y severa voz, levantando la visera y afirmando en los estribos, la dice d’esta manera: --Teatro de mi deshonra, do se hizo la tragedia en que mis aleves yernos fueron los autores de ella; principio de mi desdicha, do sin ser jueves de Cena comieron con faz doblada ambos Judas á mi mesa; al rey vo á pedir justicia, ruego á Dios que no la tuerza, que á postre de mi venganza no estaréis en mi frontera.-- Y llevado de furor puso al caballo las piernas, contra la flaca muralla, que de verle airado tiembla.
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LXXXIII
Por Guadalquivir arriba cabalgan caminadores, que, según dicen las gentes, ellos eran buenos hombres: ricas aljubas vestidas, y encima sus albornoces; capas traen aguaderas, á guisa de labradores. Daban cebada de día y caminaban de noche, no por miedo de los moros, mas por los grandes calores. Por sus jornadas contadas llegados son á las Cortes; sálelos á recibir el rey con sus altos hombres. --Viejo que venís, el Cid, viejo venís y florido.-- --No de holgar con las mujeres, mas de andar en tu servicio; de pelear con el rey Búcar, rey qu’es de gran señorío, de ganalle las sus tierras, sus villas y sus castillos; también le gané yo al rey el su escaño tornido.--
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LXXXIV
Tres Cortes armara el rey, todas tres á una sazón, las unas armara en Burgos, las otras armó en León, las otras armó en Toledo, donde los hidalgos son, para cumplir de justicia al chico con el mayor. Treinta días da de plazo, treinta días, que más non, y el que á la postre viniese que lo diesen por traidor. Veinte y nueve son pasados, los condes llegados son; treinta días son pasados, y el buen Cid no viene, non. Allí hablaran los condes: --Señor, dadlo por traidor.-- Respondiérales el rey: --Eso non faría, non, que el buen Cid es caballero de batallas vencedor, pues en todas las mis Cortes no lo había otro mejor.-- Ellos en aquesto estando el buen Cid allí asomó con trescientos caballeros: todos fijosdalgo son, todos vestidos de un paño, de un paño y de una color, si no fuera el buen Cid, que traía un albornoz; el albornoz era blanco, parecía emperador, capacete en la cabeza, que relumbra como el sol. --Dios vos mantenga, buen rey, y á vosotros sálveos Dios, que non fablo yo á los condes, que mis enemigos son.-- Allí dijeron los condes, fablaron esta razón: --Nos somos fijos de reyes, sobrinos de emperador; ¿merescimos ser casados con fijas de un labrador?-- Allí hablara el Cid, bien oiréis lo que fabló: --Convidáraos yo á comer, buen rey, tomástelo vos, y al alzar de los manteles dijistes esta razón: Que casase yo mis fijas con los condes de Carrión. Diéraos en respuesta con respeto y con amor: Preguntarélo á su madre, su madre que las parió, preguntarlo he yo á su ayo, al ayo que las crió. Dijérame á mí el ayo: Buen Cid, non lo fagáis, non, que los condes son muy pobres, y tienen gran presunción; mas por non contradeciros, buen rey, ficéralo yo. Treinta días duraron las bodas, que non quisieron más, non. Cien cabezas yo matara de mi ganado mayor; de gallinas y capones, buen rey, non lo cuento, non.
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LXXXV
Yo me estando en Valencia, en Valencia la mayor, buen rey, ví yo vuestra seña y vuestro honrado pendón. Saliera yo á recibirle como vasallo á señor. Enviásteme una carta con un vuestro embajador que diese yo las mis hijas á los condes de Carrión. No quería Jimena Gómez la madre que las parió; por cumplir vuestro mandato otorgáraselas yo. Treinta días duran las bodas treinta días que más non; y un día estando comiendo soltárase un león. Los condes eran cobardes, luégo piensan la traición: pidiéranme las mis hijas para volver á Carrión, como eran sus mujeres entregáraselas yo. ¡Ay en medio del camino cuán mal paradas que son! Hallólas un caballero (¡déle Dios el galardón!) á la una dió su manto y á la otra su ropón. Hallólas tan mal paradas que de ellas hubo compasión. Allí respondieron los condes una muy mala razón: --Mentides, el Cid, mentides, que non éramos traidores. Levantóse Pero Bermúdez el que las damas crió, y al conde que esto hablara dióle un grande bofetón. Allí hablara el rey y dijera esta razón: --Afuera, Pero Bermúdez, no me revolváis quistión. --Otórganos campo, rey, otórganoslo, señor, que con muy gran dolor vive la madre que las parió.-- Ya les otorgaba el campo ya les partía el sol. Por el Cid va Nuño Gustos, hombre de muy gran valor, con él va Pero Bermúdez para ser su guardador. Los condes como lo vieron no consienten campo, non. Allí hablara el buen rey bien oiréis lo que habló: --Si no otorgáis el campo yo haré justicia hoy. Allí hablara un criado de los condes de Carrión: --Ellos otorgan el campo mañana en saliendo el sol. Allí hablara el buen Cid bien oiréis lo que habló: --Si quieren uno á uno ó si quieren dos á dos. Allá va Nuño Gustos y el ayo que las crió. Dijo el rey:--Pláceme ¡oh Cid! y así lo otorgo yo. Otro día de mañana muy bien les parten el sol, los condes vienen de negro y los del Cid de color. Ya los meten en el campo, de vellos es gran dolor; luégo abajaban las lanzas ¡cuán bien combatidos son! Á los primeros encuentros los condes vencidos son y Gustos y Pero Bermuez quedaron por vencedores.
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LXXXVI
Digádesme, aleves Condes, ¿qué fallasteis en mis fijas, y cuándo tener cuidasteis dueñas de tan alta guisa? ¿Por aventura con ellas, los fidalgos de Castilla, qué baldones vos han dado? ¿En qué vueso honor vos quitan? Por madre han á mi Jimena, la mi doña Sol y Elvira; de tal madre, ¿qué enseñanza? ¿nin qué fembras de tal vida? En dote vos dí con ellas los haberes que tenía, y las mis ricas espadas, que menos falla mi cinta; mas fambrientas las tenedes, non yantan como solían, que siempre fechos cobardes dan escasas las feridas. Yo vos las demando, Condes, ante el rey que ende nos mira, porque á Colada y Tizona no es bien que aleves las ciñan. Non son heredadas, non, sino en batallas tenidas de entre lanzas, y con sangre mis armas todas teñidas. En los robledos de Tormes me la dejades vertida; mas la de dueñas atales ved que varones no estiman. Non por ende me afrentades por ser mis fijas queridas, que aunque son mi sangre, estaba en vuesas mujeres mismas. Con todo, vos reto, Condes, por facer la sangre limpia; porque el golpe del agravio no hay miembro que no lastima. Tenudo soy á facello por vuesa honra y la mía; que la mancha del honor sólo con sangre se quita.-- Estas palabras el Cid á sus dos yernos decía, levantado del escaño, la mano á la barba asida.
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LXXXVII
Después que el Cid Campeador pidió derecho del tuerto porque fueron emplazados los Condes para Toledo, el rey don Alfonso el Bravo, aquel que con gran denuedo al foradar de la mano tuvo siempre el brazo quedo, mandó que dentro en tres meses pareciesen en Toledo, é fincasen por traidores ellos y el conde don Suero. Mandó que se fagan Cortes, y se junten á ellas cedo sus grandes y ricos homes, que quiere tomar su acuerdo, que si los Condes son nobles, Alfonso es rey de derecho; magüer que el Cid en honor es honrado caballero. Antes de cumplir el plazo todos á Cortes vinieron, y el Cid trujo en su compaña novecientos caballeros. Salió el rey á recibirlo á dos leguas de Toledo; unos de envidiosos callan, otros dicen que es exceso. Los palacios de Galiana mandó el rey estén compuestos, las paredes de brocado y el suelo de terciopelo. Junto á la silla del rey su escaño del Cid pusieron, de que mofaban los Condes profanando y zahiriendo. Sentados en corte todos, fabló el rey á sus porteros: --Mándovos que callen todos, infanzones y homes buenos; vos, el Cid, decid su culpa, y ellos defiendan su pleito; librarse vos ha justicia con que quedéis satisfecho. Seis alcaldes vos señalo de mi casa y mi consejo, y que todos ellos juntos juren por los Evangelios que cuidarán de ambas partes asaz de entender el pleito, y entendido, juzgarán sin pasión, amor ni miedo.-- Levantóse luégo el Cid y sin más alongamientos pide le dén sus espadas Tizona y Colada luégo. El rey miraba los Condes qué responden atendiendo, pero ninguna razón en su defensa dijeron. Los jueces mandan las dén sin ningún detenimiento; magüer hubieron pavor entregarlas no quisieron. El rey dijo:--Descorteses, volvédselas á su dueño, que supo mejor ganallas de los moros de Marruecos.-- Ya cobradas las espadas, dos mil marcos de dinero les pide, y todas las joyas, que les dió en los casamientos. Unánimes los jüeces, de común consentimiento les condenan á que paguen de contado todo el precio. Comenzó de nuevo el Cid, los ojos como de fuego, y el rostro como una gualda, á demandalles el tuerto.
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LXXXVIII
El temido de los moros, aquella gloria de España, el que nunca fué vencido, el rayo de las batallas, ese buen Cid Campeador, defensor de nuestra patria, espejo de capitanes, y de traidores venganza, en las Cortes de Toledo, do le fueron entregadas ante el Sexto rey Alfonso por los Condes las espadas, así fablaba con ellas sin hartarse de mirallas: --¿Dó estáis, mis queridas prendas? ¿Á dó estáis, mis prendas caras? No caras porque os compré por dinero, oro ni plata; mas caras porque os gané con el sudor de mi cara, al rey moro de Marruecos, siendo Valencia cercada; á vos gané, mi Tizona, que vos traía en su guarda; y al conde de Barcelona á vos os gané, Colada, cuando les tomé á los moros los castillos de Brianda. Yo nunca os fice cobardes, antes por la fe cristiana en la sarracena gente os traje siempre cebadas. Á los Condes mis dos yernos, por ser joyas tan preciadas, vos dí, y ellos ¡mal pecado! os tienen de orín manchadas. Non érades para ellos, que vos traían afrentadas, por de dentro muy fambrientas, por de fuera pavonadas. Libres estáis de las manos que os traían cautivadas, el Cid os mira en las suyas, donde seréis más honradas.-- Dijo y á Pedro Bermúdez, y á don Álvar Fáñez llama, y manda que se las guarden mientras las Cortes duraban.
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LXXXIX
Á vosotros, fementidos Condes de villano pecho, como traidores al Rey á entrambos juntos vos reto. Mis fijas os dí, traidores, pero non, que en ello miento, al Rey las dí que las diese á quien él fuese contento. Á él se fizo esta injuria, á él se fizo este avieso, y él las recibió por fijas, yo á vosotros por mis yernos. Por ser fecha á mi señor esta injuria, por él vuelvo, que el que há vasallos honrados ellos le enmiendan sus tuertos. Con mujeres tenéis manos; ¡por Dios, bravos caballeros, si al veros con el rey Búcar no fuérais de piés tan prestos! ¡Pero bien dice el refrán que hay tan valientes guerreros por los piés, como por manos, y vosotros sois de aquestos! ¡Oh cuánto diérais agora por fallar otros dispuestos, tales como los fallasteis cuando los leones sueltos! Faced cuenta son leones los que en este pecho siento, que es un león cada agravio fecho en un honrado pecho. Agradecédselo al Rey, que le veo y le respeto; ¡pero pagarlo heis, villanos, si no es que os subáis al cielo! Mas non subiréis, cobardes, que es Dios grande justiciero, y no consiente traidores sin castigo de sus yerros; cuanto más que la Colada y la Tizona yo entiendo vos serán tal purgatorio, que vais d’esta culpa absueltos.
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XC
En las Cortes de Toledo que el buen rey Alfonso hacía para dar derecho al Cid, que querellado se había de los condes de Carrión, sus yernos que ser solían, porque á sus buenas mujeres deshonrado las habían, vuelto le han sus dos espadas, el su haber también volvían. El Cid por grandes traidores á ambos retado había; los infantes no responden á lo que el buen Cid decía. El rey dijo á los infantes qué era lo que respondían. Diego González, el uno, al rey así le decía: --Ya, señor, sabéis que somos de los buenos de Castilla; dejamos nuesas mujeres porque no nos merecían; casar con fijas del Cid gran deshonra nos traía.-- Los del Cid no respondieron, que el Cid mandado tenía que si él no lo mandase ninguno fablar debía. Ordoño, sobrino suyo, era el que respondía: --Calla tú, Diego González, que eres de gran cobardía; muy valiente eres de lengua, mas esfuerzo no tenías, y en esa tu falsa boca ninguna verdad había. Lémbrate cuando en Valencia en la lid que el Cid facía echaste á fuir de un moro, y el moro bien te seguía, y yo le salí al encuentro muerto en tierra lo ponía, díte su caballo y armas y al Cid entender facía que tú mataste aquel moro que aquel caballo traía. Yo lo hice por te honrar, por casar con la mi prima; alabástete tú d’esto, yo lo otorgaba á tu guisa, nunca salió de mi boca fasta hoy que lo decía, y si agora lo publico es por tu gran villanía; y sepan cuando en Valencia, cuando el león que ende había se soltó de donde estaba, tú, porque á esconderte ibas, rompiste el manto y el sayo que cobijado tenías, por entrar bajo un escaño que en el aposento había. No digo cómo tu hermano, que es aquel que me veía, cayó con notable miedo en parte do no debía. Así, señor rey Alfonso, á tu Alteza yo decía que este día fuera bien demostrar su valentía, no en los robledos de Tormes, do ferido habían mis primas, mujeres de tal linaje, que muy más que ellos valían, que si yo ende estuviera cometerlo no osarían. Ficieron como cobardes, yo se lo combatiría; no ficieron como buenos, como manda la hidalguía. Muy feble es facer tal cosa ningún home de valía, y poner mano en mujeres non es de caballería.
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[Ilustración: Cortes de Alfonso VI en Toledo]
XCI