Part 7
Llegó Álvar Fáñez á Burgos á llevar al rey la empresa de cautivos y caballos, de despojos y riquezas. Entró á besarle la mano después de darle licencia, y puesto ante él de rodillas este recaudo comienza: --Poderoso rey Alfonso, reciba vuesa grandeza de un fidalgo desterrado la voluntad y la ofrenda. Don Rodrigo de Vivar, fuerte muro en tu defensa, por envidia desterrado de su casa y de su tierra, pide que con libertad hable puesto en su defensa y así quiero, por no errar, decir sus palabras mesmas. Dice: «que este dón pequeño »toméis solamente en cuenta, »que es ganado de los moros »á precio de sangre buena; »que con su espada en dos años »te ha ganado el Cid más tierras »que te dejó el rey Fernando, »tu padre, que en gloria sea; »que en feudo d’esto lo tomes »y no juzgues á soberbia »que con parias de otros reyes »él pague á su rey sus deudas; »y pues tú como señor »le quitaste su facienda, »que bien puede como pobre »pagar con facienda ajena. »Que fíes en Dios y en él, »que te ha de hacer rico, mientras »la mano aprieta á Tizona »y el talón hiere á Babieca. »Y que gustes que en San Pedro »se pongan estas banderas »á los ojos del glorioso »Gran Príncipe de la Iglesia, »en señal que con su ayuda »apenas enhiestas quedan »en toda España otras tantas, »y ya se parte por ellas. »Que te suplica le envíes »sus fijas y su Jimena, »del alma triste afligida »regaladas dulces prendas. »Y si nó su soledad, »la suya al menos te duela, »para que su gloria goce »ganada en tan larga ausencia.» No quisiera haber errado, que en cada palabra d’estas te traigo, rey, de Rodrigo su descargo y su limpieza.-- Apenas dió la embajada cuando la envidia revienta de envidiosos lisonjeros y corredores de orejas. Movióse un conde agraviado y díjole al rey: Tu alteza no dé crédito á estas cosas, que son engaños que ceban. Querrá ahora el Cid Rodrigo con esto que te presenta, venirse á Burgos mañana á confirmar tus ofensas.-- Caló Álvar Fáñez la gorra, y empuñando en la derecha, tartamudo de coraje, le dió al conde esta respuesta: --Nadie se mude ni hable, y el que se moviere atienda que le fabla el Cid presente, pues yo lo soy en su ausencia; y cuando en mi pobre esfuerzo cupiere alguna flaqueza, la gran firmeza del Cid me ayuda desde Valencia. No le venda ningún falso ni sus lisonjas le vendan, que d’él y de mí, en su nombre, no aseguro la cabeza. Y tú, rey, que las lisonjas acomodas y aprovechas, haz de lisonjas murallas y verás cómo pelean. Perdona que con enojo pierdo el respeto á tu Alteza, y dame, si me has de dar, del Cid las queridas prendas: á doña Jimena digo, y á sus dos hijas con ella, pues te ofrezco su rescate como si estuvieran presas.-- Levantóse el rey Alfonso y á Álvar Fáñez pide y ruega que se sosiegue, y los dos vayan á ver á Jimena.
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LXVII
Victorioso vuelve el Cid á San Pedro de Cardeña de las guerras que ha tenido con los moros de Valencia. Las trompetas van sonando por dar aviso que llega, y entre todos se señala el relincho de Babieca. El abad y monjes salen á recibirlo á la puerta, dando alabanzas á Dios y al Cid mil enhorabuenas. Apeóse del caballo, y antes de entrar en la iglesia tomó el pendón en sus manos y dice de esta manera: --Salí de ti, templo santo, desterrado de mi tierra; mas ya vuelvo á visitarte acogido en las ajenas. Desterróme el rey Alfonso porque allá en Santa Gadea le tomé el su juramento con más rigor que él quisiera. Las leyes eran del pueblo, que no excedí un punto d’ellas, pues como leal vasallo saqué á mi rey de sospecha. ¡Oh envidiosos castellanos, cuán mal pagáis la defensa que tuvisteis en mi espada ensanchando vuestra cerca! Veis aquí os traigo ganado otro reino y mil fronteras, que os quiero dar tierras mías aunque me echáis de las vuestras; pudiera dárselo á extraños, mas para cosas tan feas soy Rodrigo de Vivar, castellano á las derechas.
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LXVIII
Aquese famoso Cid con gran razón es loado; ganada tiene á Valencia, de moros la ha conquistado; en ella está su mujer, fija del conde Lozano. Doña Sol y doña Elvira poco há que habían llegado de San Pedro de Cardeña, do el Cid las había dejado. Estando el Cid á placer nuevas le habían llegado que el gran Miramamolín, rey de Túnez coronado, venía á se la quitar con gran gente de á caballo; cincuenta mil eran éstos, los de á pié no tienen cabo. El Cid, como era valiente, y en armas tan aprobado, basteció bien los castillos, y en todo puso recaudo; esforzó sus caballeros como lo había acostumbrado. Subiera á doña Jimena, y á sus fijas en su cabo, en una torre más alta que en el alcázar se ha hallado. Miraron contra la mar, los moros están mirando, viendo cómo armaban tiendas á gran priesa y gran cuidado. Al rededor de Valencia grandes alaridos dando, tañendo sus atambores los aires van penetrando. Doña Jimena y sus fijas gran pavor habían cobrado, porque jamás habían visto tantas gentes en un campo. Esforzábalas el Cid, de aquesta suerte fablando: --No temáis, doña Jimena, y fijas que tanto amo; mientras que yo fuere vivo de nada tengáis cuidado, que los moros que aquí vedes vencidos habrán quedado, y con el su gran haber, fijas, os habré casado, que cuantos más son los moros, más ganancia habrán dejado; y las bocinas que traen y ante vos se habían tocado, servirán para la Iglesia d’este pueblo valenciano.-- Viendo entonces que los moros por las huertas se han entrado derramados y esparcidos, sin orden y á mal recaudo, á don Álvar Salvadores le dijo:--Sed luégo armado, tomaréis doscientos homes de á caballo aderezados, y haced una espolonada contra los perros paganos, porque Jimena y sus fijas vean que sois esforzado.-- Salvadores lo cumpliera como el Cid lo había mandado. Dió de tropel en los moros, de las huertas los ha echado: firiendo iban en ellos, firiendo van y matando hasta dentro de las tiendas que los moros han armado. De allí se tornaron todos, doscientos moros matando preso queda Salvadores, que por ser aventajado se metió tanto en los moros, que lo habían cautivado: sacóle el Cid otro día, los moros desbaratando.
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PARTE CUARTA
DESLEALTAD Y CASTIGO DE LOS INFANTES DE CARRIÓN
LXIX
Considerando los Condes lo que el de Vivar vale, y que su fama se aumenta por las fazañas que face, al rey don Alfonso piden que con sus fijas les case, porque ser yernos del Cid es bien que puede estimarse. El Rey, por facelles bien, luégo le envió un mensaje que se viniese á Requena para que con él lo trate. Rodrigo, vista la nueva, dió d’ello á Jimena parte; que en tal caso las mujeres suelen ser muy importantes. Sabido, no gustó d’ello, y dijo al Cid:--Non me place de emparentar con los Condes, magüer sean de linaje; mas fágase ende, Rodrigo, lo que á vos más os agrade, que no hay mengua de consejo do está el Rey y vos estades.-- Rodrigo partió á Requena, y también el Rey se parte juntamente con los Condes porque el Cid los vea y fable. Después de dicha una misa, delante el Rey y los grandes, por don Jerónimo, obispo, con muchas solemnidades, el Rey al Cid apartó de todos los circunstantes, y estas palabras propuso con gravedoso semblante: --Bien sabedes, don Rodrigo, que os tengo amor asaz grande, y por vuestras cosas cuido con solicitud bastante; por ende habéis de saber que fice aqueste viaje por fablaros de un negocio, que importa con vos se fable. Los condes de Carrión me han rogado que vos trate en que les déis vuesas fijas, y que con ellas los case, que estarán agradecidos si esta merced se les face, porque es gran razón se estimen fijas que son de tal padre. Codician vuesa amistad, atienden al trato afable, aman mucho vuesas cosas, y estiman á vuesa sangre.-- Agradeció el Cid entonces al Rey la merced tan grande, y díjole se sirviese de todo lo que á él tocase, que d’él, de fijas, de haberes, ficiese lo que mandase; que él no casaba á sus fijas, mas las da que se las case. Dióle el Rey gracias por ello y mandó les entregasen ocho mil marcos de plata para el día en que se casen; y al tío de las doncellas, que era el buen don Álvar Fáñez, mandó el Rey que las tuviese fasta que se desposasen. Luégo el Rey llamó á los Condes, y mandó que le besasen las manos al Cid Rúy Díaz, y le fagan homenaje. Ficiéronlo así los Condes delante el Rey y los grandes, y convidó el Cid á todos porque en sus bodas se hallen. Partióse el Rey á Castilla, y el de Vivar con él parte, y á dos leguas mandó el Rey que no pasen adelante. Fuése Rodrigo á Valencia, donde quiso se juntasen los Condes y caballeros, porque las bodas se acaben. Cuando el Cid los vido juntos, díjole á don Álvar Fáñez que lo que el Rey le mandó luégo al punto efectuase; que trajese á sus sobrinas, y que á los condes ó infantes que llaman de Carrión al punto las entregase. Diéronselas, y los Condes con amorosas señales dieron muestras del contento que d’este suceso nace, porque es tan fuerte el amor, y son sus efectos tales, que lo publican los ojos, aunque la lengua lo calle. Fizo el Obispo su oficio, dió bendiciones y paces, hubo fiestas ocho días de cañas, toros y bailes; dió grandes dones el Cid á los Condes y magnates, que aquel qu’es grande en sus fechos suele ser en todo grande.
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LXX
Acabado de yantar, la faz en somo la mano, durmiendo está el señor Cid en el su precioso escaño: guardándole están el sueño sus yernos Diego y Fernando, y el tartajoso Bermudo, en lides determinado. Fablando están juglerías, cada cual para hablar paso, y por soportar la risa puesta la mano en los labios, cuando unas voces oyeron que atronaban el palacio, diciendo:--¡Guarda el león! ¡Mal muera quien lo ha soltado!-- No se turbó don Bermudo, empero los dos hermanos con la cuita del pavor de la risa se olvidaron, y esforzándose las voces en puridad se hablaron, y aconsejáronse aprisa que no fuyesen despacio. El menor, Fernán González, dió principio al fecho malo, en zaga el Cid se escondió bajo su escaño agachado. Diego, el mayor de los dos, se escondió á trecho más largo en un lugar tan lijoso, que no puede ser contado. Entró gritando el gentío, y el león entró bramando, á quien Bermudo atendió con el estoque en la mano. Aquí dió una voz el Cid, á quien como por milagro se humilló la bestia fiera, humildosa y coleando. Agradecióselo el Cid, y al cuello le echó los brazos, y llevólo á la leonera faciéndole mil falagos. Aturdido está el gentío viendo lo tal, no acatando que ambos eran leones, mas el Cid era más bravo. Vuelto, pues, á la su sala, alegre y no demudado, preguntó por sus dos yernos, su maldad adivinando. Bermudo le respondió: --Del uno os daré recaudo, que aquí se agachó por ver si el león es fembra ó macho.-- Allí entró Martín Peláez, aquel tímido asturiano, diciendo á voces:--Señor, albricias, ya lo han sacado.-- El Cid replicó:--¿Á quién? Él respondió:--Al otro hermano, que se sumió de pavor do no se sumiera el diablo. Miradle, señor, dó viene, empero faceos á un lado, que habéis, para estar par dél, menester un incensario.-- Desenjaularon al uno, metieron otro del brazo, manchados de cosas malas de boda los ricos paños. Movido de saña el Cid á uno y á otro mirando, reventando por fablar, y por callar reventando, al cabo soltó la voz el soberbio castellano, y los denuestos les dijo que vos contaré despacio.
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LXXI
Non quisiera, yernos míos, haber visto tal guisado, cual el d’este mal suceso, magüer cuido algún gran daño. ¿Son éstas ropas de bodas? ¡Haya mal grado el diablo! ¿Qué pavor ha sido el vuestro, que habéis fecho tal recaudo? Teniendo las vuesas armas, ¿por qué fugisteis entrambos? ¿Non estábades conmigo para siquiera mirallo? Pedisteis al Rey mis fijas cuidando de valer algo, non fice mi voluntad, mas fice en el su mandado. ¿Vosotros sodes los novios para mi vejez guardados? ¡Buena vejez me daredes siendo tan afeminados! No quiero pasar de aquí, que si miro lo pasado reviento de pesadumbre considerando este caso.-- Estas palabras el Cid les dijo muy enojado por haber así fuído del león los dos hermanos: agraviáronse los Condes, y con él quedan odiados.
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LXXII
Si de mortales feridas fincare muerto en la guerra, llevadme, Jimena mía, á San Pedro de Cardeña: y así buena andanza hayades que me fagades la huesa junto al altar de Santiago, amparo de lides nuesas. Non me curedes plañir, porque la mi gente buena viendo que falta mi brazo non fuya y deje mi tierra. Non vos conozcan los moros en vuestro pecho flaqueza, sino que aquí griten armas, y allí me fagan obsequias: y la tizona que adorna esta mi mano derecha, non pierda de su derecho, ni venga á manos de fembra. Y si permitiere Dios que el mi caballo Babieca fincare sin su señor, y llamare á vuesa puerta, abridle y acariñadle y dadle ración entera, que quien sirve á buen señor, buen galardón dél espera. Ponedme de vuesa mano el peto, espaldar y grevas, brazal, celada y manoplas, escudo, lanza y espuelas; y puesto que rompe el día y me dan los moros priesa, dadme vuesa bendición y fincad enhorabuena.-- Con esto salió Rodrigo de los muros de Valencia á dar la batalla á Búcar. ¡Plegue á Dios que con bien vuelva!
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LXXIII
La venida del rey Búcar á la ciudad de Valencia está consultando el Cid con muchos homes de cuenta. Estando en aquesta fabla han entrado por la puerta sus yernos, disimulando la traición que asaz le ordenan. Asiento les diera el Cid á la su mano derecha, él temblando de atrevido, y ellos tiemblan de flaqueza, que los ánimos cobardes carecen de fortaleza. En estas fablas estando, toda la gente trae nuevas con cajas, pífanos, trompas, de cómo los moros llegan. Subióse el Cid con los suyos á una torre tan soberbia como son sus pensamientos, que igualan á las estrellas. Puesto de pechos el Cid en las soberbias almenas, miraba el rey que ha llegado con el ejército y tiendas, de que sus cobardes yernos ya se temen y recelan. El Cid ha sido avisado que un recaudo del rey llega; bajóse por recebillo, sin bajar su fortaleza. Á las razones del moro atiende el Cid con prudencia, y turbado de su aspecto le dice d’esta manera: --El rey Búcar, mi señor, ha venido de su tierra á deshacer el gran tuerto con que tú le tienes ésta. Envíatela á pedir, y en viendo que no la dejas, te apercibe á la batalla, y procura defendella.-- Oídas estas razones, no faciendo d’ellas cuenta, alegre responde el Cid, mostrando mucha clemencia: --Díle al rey que se aperciba, que yo pondré mi defensa; Valencia me cuesta mucho y no pienso salir d’ella, porque he pasado en ganalla muy grandes cuitas y penas. Gracias infinitas doy á la infinita grandeza que me otorgó la vitoria en tan peligrosa guerra; á solo Dios lo agradezco, y á la sangre y gente buena de mis parientes y amigos, que también mucho les cuesta.-- El moro se despidió, cobarde en ver su presencia, y temeroso de oirle, al rey le lleva la nueva. El Cid se queda ordenando cosas sobre esta facienda, y conoció de sus yernos la cobardía que encierran. Mandóles que se quedasen porque no prueben sus fuerzas. Ellos temerosos d’esto, corridos de tal afrenta, le dicen que han de ir con él á tan peligrosa empresa. Juntas las gentes del Cid sus haces trazan y ordenan; todos salen al real, y el Cid con tanta braveza, que los moros temerosos sus haces juntan apriesa. Al són de pífano y cajas la batalla se comienza, animándolos Rodrigo que lleva la delantera; con su gente puesta en orden la batalla les presenta. Embístense ambas las partes, y en la batalla sangrienta diez y ocho reyes prende, y á todos ellos prendiera; mas poniendo á los piés alas, desembarazan la tierra, y aunque costó mucha sangre durando tan grande pieza, la victoria llevó el Cid, y con ella entró en Valencia. Recibiólo la ciudad con aplauso y buena estrena, deséanle mil saludes para su amparo y defensa, y él contento y muy alegre se va á ver á su Jimena.
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LXXIV
En batalla temerosa andaba el Cid castellano con Búcar, ese rey moro, que contra el Cid ha llegado á le ganar á Valencia que el buen Cid ha conquistado. Los condes de Carrión en ella se habían hallado, y contra un infante de ellos Fernán González llamado, un moro viene corriendo con fuerte lanza en su mano; fuerte muestra el moro ser según viene denodado. El conde, que vido al moro huyendo va por el campo. No lo había visto ninguno para que sea publicado, sino fuera don Ordoño: escudero es muy honrado que del buen Cid es sobrino de Pedro Bermudo hermano. Ordoño fué contra el moro, con su lanza lo ha encontrado, y firiéndolo en los pechos pasólo de lado á lado. El pendón que va en la lanza todo sale ensangrentado; el moro cayera muerto, don Ordoño se ha apeado y el caballo que traía con las armas le ha tomado. Llamó á su cuñado el conde, esto le estaba hablando: --Cuñado Fernán González, tomad vos este caballo, decid que al moro matasteis que en él venía cabalgando; que en días que yo viviere non diré yo lo contrario, non faciendo vos por qué siempre se estará encelado.-- Estando en estas razones el buen Cid había llegado, á un moro venía siguiendo y muerto le ha derribado. Don Ordoño dijo al Cid: --Señor, este yerno honrado que por bien os ayudar un moro mató en el campo de un golpe que le dió, suyo fizo este caballo.-- Mucho le plugo al buen Cid de lo que le había contado, cuidando decir verdad mucho á su yerno ha loado. Juntos van por la batalla, firiendo van y matando, y en moros que los aguardan haciendo van grande estrago.
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LXXV
Tirad, fidalgos, tirad á vuestro trotón el freno, que en fuir de aquese modo mostráis el pavor del pecho. De un home solo fuís, mirad que no es de homes buenos fuir en tal lid de un moro donde hay tantos que lo vieron. Si non queredes morir, como buen fidalgo, á fierro, non viváis entre fidalgos que fincan contino muertos. Tornadvos luégo á Valencia, que si non facéis más qu’eso, también saldrán á lidiar las damas que quedan dentro. ¡Mal andanza vos dé Dios! Pues con aspecto tan feo así en público fuís, ¿qué vos dirán en secreto? ¡Mal la doctrina tomastes de mi tío, vuestro suegro, pues non mancháis la Tizona, deshonrando el honor viejo! Decides que sois fidalgos, ¡pues yo vos juro á San Pedro que tales desaguisados non facen fidalgos buenos! Las armas traéis doradas, non las regaléis, mancebos, porque son fierros dorados que publican vuestros yerros. Tomad aquese caballo del moro que yace muerto, y decid que le vencistes, que de callar os prometo. Galanes sois entre damas, sed valientes entre perros, porque non digan de vos á los que os han parentesco. Y adios, que quiero partirme, porque el Cid mi tío es viejo, y le quiero ir á ayudar, pues no le ayudan sus yernos.-- Esto dijo el buen Bermúdez porque el infante don Diego en la Vega de Valencia fuyó de un moro gran trecho.
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LXXVI
Helo, helo por dó viene el moro por la calzada, caballero á la jineta encima una yegua baya; borceguíes marroquíes y espuela de oro calzada, una adarga ante los pechos, y en su mano una azagaya. Mira y dice á esa Valencia: --¡De mal fuego seas quemada! Primero fuíste de moros que de cristianos ganada. Si la lanza no me miente, á moros serás tornada, y á aquel perro de aquel Cid prenderélo por la barba: su mujer doña Jimena será de mí captivada, y su hija Urraca Hernández será la mi enamorada: después de yo harto d’ella la entregaré á mis compañas.-- El buen Cid no está tan lejos que todo no lo escuchara. --Venid vos acá, mi fija, mi fija doña Urraca; dejad las ropas continas, y vestid ropas de Pascua, á aquel moro hi-de-perro detiénemelo en palabras, mientras yo ensillo á Babieca y me ciño la mi espada.-- La doncella muy fermosa se paró á una ventana; el moro desque la vido d’esta suerte le fablara: --¡Alá te guarde, señora, mi señora doña Urraca! --¡Así faga á vos, señor, buena sea vuestra llegada! Siete años há, rey, siete, que soy vuestra enamorada. --Otros tantos há, señora, que os tengo dentro en mi alma.-- Ellos estando en aquesto, el buen Cid ya se asomaba. --Adios, adios, mi señora, la mi linda enamorada, que del caballo Babieca yo bien oigo la patada.-- Do la yegua pone el pié Babieca pone la pata; el Cid fablara al caballo, bien oiréis lo que fablaba: --¡Reventar debía la madre que á su hijo no esperaba!-- Siete vueltas la rodea al derredor de una jara; la yegua, que era ligera, muy adelante pasaba fasta llegar cabe un río adonde una barca estaba. El moro desque la vido con ella bien se folgaba; grandes gritos da al barquero que le allegase la barca: el barquero es diligente, túvosela aparejada; embarcóse presto en ella, que no se detuvo nada. Estando el moro embarcado, el buen Cid se llegó al agua, y por ver al moro en salvo de tristeza reventaba; mas con la furia que tiene una lanza le arrojaba, y dijo:--¡Coged, mi yerno, arrecogedme esa lanza, que quizá tiempo verná que os será bien demandada!
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LXXVII