Romancero selecto del Cid

Part 6

Chapter 63,591 wordsPublic domain

Ese buen Cid Campeador, que Dios en salud mantenga, faciendo está una vigilia en San Pedro de Cardeña; que el caballero cristiano con las armas de la Iglesia debe de guarnir su pecho si quiere ganar las guerras. Doña Elvira y doña Sol, las dos sus fijas tan bellas, acompañan á su madre ofreciendo rica ofrenda. Cantada que fué la misa, el abad y monjes llegan á bendecir el pendón, aquel de la Cruz bermeja. Soltó el manto de los hombros, y en cuerpo, con armas nuevas, del pendón prendió los cabos y d’esta suerte dijera: --Pendón bendecido y santo, un castellano te lleva, por su rey mal desterrado, bien plañido por su tierra. Á mentiras de traidores inclinando sus orejas, dió su prez y mis fazañas: ¡desdichado dél y d’ellas! ¡Cuando los reyes se pagan de falsías halagüeñas, mal parados van los suyos, luengo mal les viene cerca! Rey Alfonso, rey Alfonso, esos cantos de sirena te adormecen por matarte: ¡ay de ti si no recuerdas! Tú Castilla me vedaste por haber folgado en ella, que soy espanto de ingratos, y conmigo non cupieran. ¡Plegue á Dios que no se caigan, sin mi brazo, tus almenas! Tú que sientes, me baldonas; sin sentir, me lloran ellas. Con todo, por mi lealtad te prometo las tenencias que en las fronteras ganaren mis lanzas y mis ballestas; que venganza de vasallo contra el rey, traición semeja, y el sufrir los tuertos suyos es señal de sangre buena.-- Esta jura dijo el Cid, y luégo á doña Jimena y á sus dos fijas abraza; mudas y en llanto las deja.

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LV

Ya que acabó la vigilia aquel noble Cid honrado, y dejó á doña Jimena y á sus dos fijas llorando; á la vista de San Pedro en un espacioso llano dijo, con grande denuedo, á los que le están mirando: --Quinientos fidalgos sois los que me heis acompañado, á quien no diré lo mucho que os obliga el ser fidalgos; pero, pues que me destierra el Rey por injustos casos, faced cuenta, mis amigos, que todos vais desterrados, y que han de guardar mi honra vueso valor y mi brazo, que aunque él ha sido injusto, no lo han de ser sus vasallos, antes derramar la sangre por vencer á los contrarios.-- Todos responden:--Buen Cid, vueso hablar es excusado, pues basta que nos mandéis para quedar obligados.-- Por tierras de moros entran, muchas batallas ganando, rindiendo muchos castillos, y reyes atributando. Tanto pudo el gran valor de aquel noble Cid honrado, que en poco tiempo conquista hasta Valencia llegando donde alcanzó gran tesoro; y un gran presente ha enviado al ingrato rey Alfonso de cien hermosos caballos, todos con ricos jaeces de diferentes bordados, y cien moros, que los llevan de las riendas, sus esclavos, y cien llaves de las villas y castillos que ha ganado, y también al rey envía cuatro reyes sus vasallos: aqueste presente lleva Ordoño, su gran privado.

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LVI

Ese buen Cid Campeador de Zaragoza partía, sus gentes lleva consigo, y la su seña tendida para correr á Monzón, á Huesca también corría; á Onda con Almenar estragado los había. El rey Pedro de Aragón muy gran pesar recibía cuando supo que el buen Cid tan cerca de sí yacía. Apellidara sus gentes, muchas son en demasía; llegado han á Piedra Alta, sus tiendas fincar facía: á ojos está del Cid, mas para él no venía. El Cid salió de Monzón con doce en su compañía, á holgarse por el campo, armados de buena guisa. Los de ese rey de Aragón le tuvieron puesta espía; caballeros eran ciento y cincuenta, que á él salían. El Cid lidiara con todos, como bueno los vencía: siete son los caballeros y caballos que prendía, los otros huyen del campo, que aguardarle no querían, los presos piden merced, que los suelte le pedían: el Cid, como es muy honrado, lo que piden concedía.

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LVII

Adofir de Mudafar á Rueda en guarda tenía por el buen rey don Alfonso, que conquerido la había. Almofalas, ese moro, con sobrada maestría metióse dentro el castillo, con él alzado se había: Adofir, cuando lo supo, al rey su mensaje envía, pidiéndole su socorro para recobrar la villa. El rey envió á Ramiro y á ese conde don García, con muchas gentes armadas, que van en su compañía. El moro, cuando lo supo, dijo el castillo daría á ese buen rey don Alfonso, y que á otro no quería. Convidóle á comer por hacelle alevosía allá dentro del castillo; el rey temido se había. El infante don Ramiro con el Conde en compañía entraron para comer, que ir el rey no quería; mas luégo que entraron dentro á entrambos quitan la vida, con otros que van con ellos, y al rey mucho le dolía. Túvose por deshonrado, y al Cid sus cartas envía, que estaba cerca de allí desterrado de Castilla. Rodrigo, que vió el mensaje, para el rey luégo venía: caballeros fijosdalgo acompañado lo habían. Cuando lo vido el buen rey, su perdón le concedía. Contóle lo acontecido, que le vengue le pedía, y que con él se viniese á su reino y señoría. El Cid le besó las manos por el perdón que le hacía; mas no lo quiso aceptar si el Rey no le prometía de dar á los fijosdalgo un plazo de treinta días para salir de la tierra, si algún crimen cometían, y que fasta ser oídos jamás los desterraría, nin quebrantaría los fueros que sus vasallos tenían, nin menos que los pechase más de lo que convenía, y que si lo tal ficiese, contra él alzarse podían. Todo lo promete el rey, que en nada contradecía, y á Castilla caminando, Rodrigo el cerco ponía. Al moro que tal mal fizo por gran fambre lo prendía, y á todos los más traidores al rey luégo los envía. El rey los ha recibido, d’ellos fizo gran justicia, y mucho agradece al Cid el presente que le hacía.

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LVIII

Ceñid los membrudos brazos al cuello que bien os quiere, por ser asaz de tal dueño, que el mundo otro par no tiene. Non rehuyáis de abrazarme, que brazos de home tan fuerte desentollescen mis tierras, y las de moros tollescen. Facedlo, que bien podéis, é cuidá non me manchedes, que aún finca en las vuesas armas la sangre mora reciente. No atendáis tuertos que os fice, pues tan buen precio merecen, que non quise en mi servicio homes á quien sirven reyes. Si vos desterré, Rodrigo, fué porque á moros que crecen desterréis sus fechorías, y las vuesas alto vuelen. Non vos eché de mi reino por falsos que vos mal quieren, sí porque en tierras ajenas por vos mi poder se muestre. De Álvar Fáñez, vueso primo, recebí vueso presente, no en feudo vueso, Rodrigo, sinon como de parientes. Las banderas que ganasteis á sarracenos de allende, por vuesa mandadería en San Pedro las veredes. La vuesa Jimena Gómez, que tanto vos quiso siempre, porque la desmaridé mil pleitos contra mí tiene. Non escuchéis sus querellas cuando á mí las enderece, que á las fembras más astutas cualquier enojo las vence. Acudid en su presencia, que cuido que vos atiende más ganosa de vos ver que vos venides de verme; que si malos consejeros facen oficios que suelen, en cambio de saludarme atenderédes mi muerte. Non la atendáis, home bueno, ansí os valga San Llorente, y riñas de por San Juan sean paz que dure siempre. Prended al cuello los brazos, que vuesos brazos bien pueden prender en paz vueso rey, pues en guerra cinco prenden.-- El rey don Alfonso el Sexto le dice esto al Cid valiente, que de lidiar con los moros victorioso á su rey vuelve.

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LIX

Fablando estaba en celada el Cid con la su Jimena poco antes que se fuése á las lides de Valencia: --Bien sabéis, dice, señora, cómo las nuesas querencias en fe de su voluntad muy mal admiten ausencia; pero piérdese el derecho adonde interviene fuerza, que el servir al rey lo es quien noble sangre semeja. Faced en la mi mudanza como tan sesuda fembra, y en vos no se vea ninguna, pues venís de honrada cepa. Ocupad las cortas horas en catar vuesas faciendas; un punto no estéis ociosa, pues es lo mismo que muerta. Guardad vuestros ricos paños para cuando yo dé vuelta, que la fembra sin marido debe andar con gran llaneza. Mirad por las vuesas fijas, celadlas; pero no entiendan que algún vicio presumís, porque faréis que lo entiendan. No las apartéis un punto de junto á vuesa cabeza, que las fijas sin su madre muy cerca están de perderla. Sed grave con los criados, agradable con las dueñas, con los extraños sagaz, y con los propios severa. Non enseñéis las mis cartas á la más cercana dueña, porque no sepa el más sabio cómo paso yo las vuesas: mostradlas á vuesas fijas, si non tuvierdes prudencia para encubrir vuestro gozo, que suele ser propio en fembras. Si vos consejaren bien faced lo que vos consejan, y si mal vos consejaren, faced lo que más convenga. Veinte y dos maravedís para cada día os quedan, tratadvos como quien sois, non enduréis la despensa. Si dineros vos faltaren faced como no se entienda, enviádmelos á pedir, non empeñéis vuestras prendas. Buscad sobre mi palabra, que bien fallaréis sobre ella quien á vuestra cuita corra, pues yo acudo á las ajenas. Con tanto, señora, adios, que el ruido de armas resuena.-- Y tras un estrecho abrazo, ligero subió en Babieca.

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LX

Apretada está Valencia, puédese mal defensar, porque los almoravides no la quieren ayudar. Viendo aquesto un moro viejo que solía adivinar, subiérase á un alta torre para bien la contemplar. Cuánto más la mira hermosa, más le crece su pesar. Sospirando con gran pena, aquesto fué á razonar: --¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia, digna de siempre reinar! Si Dios de ti no se duele, tu honra se va apocar, y con ella las holganzas que nos suelen deleitar: las cuatro piedras caudales do fuíste el muro á sentar, para llorar, si pudiesen, se querrían ayuntar. Tus muros tan preminentes, que fuertes sobre ella están, de mucho ser combatidos todos los veo temblar; las torres que las tus gentes de lejos suelen mirar, que su alteza ilustre y clara los solía consolar, poco á poco se derriban sin podellas reparar; y las tus blancas almenas, que lucen como el cristal, su lealtad han perdido y todo su bel mirar; tu río tan caudaloso, tu río Guadalaviar, con las otras aguas tuyas de madre salido ha; tus arroyos cristalinos turbios ya siempre vendrán, tus fuentes y manantiales todos secados se han; tus verdes huertas viciosas á ninguno gozo dan, que la raíz de sus hierbas bestias roído las han; tus prados de cien mil flores olores de sí no dan, mustios andan y marchitos, sin color ni olor están; aquel honrado provecho de tu playa y de tu mar, en deshonra y daño torna, ¡mal te puede aprovechar! Los montes, campos y tierras que tu solías mandar, el humo de los sus fuegos tus ojos cegado han. Es tan grave tu dolencia y tanta tu enfermedad, que los hombres desesperan de salud poderte dar. ¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia! Dios te quiera remediar, que muchas veces predije lo que agora veo llorar.

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LXI

Cercada tiene á Valencia ese buen Cid castellano, con los moros que están dentro cada día peleando: muchos ha muerto y prendido y á otros ha cautivado. Al real del buen Rodrigo un caballero ha llegado: Martín Peláez ha por nombre, Martín Peláez, asturiano: muy crecido es en el cuerpo, en los miembros arreciado. Aqueste es de buen donaire, pero muy acobardado: halo mostrado en las lides y batallas do se ha hallado. Mucho le pesó al buen Cid cuando lo vido á su lado; no es para vivir con él hombre tan afeminado. Un día entrara el buen Cid, y con él los sus vasallos, en batalla, con los moros pelean como esforzados. Allá va Martín Peláez bien armado y á caballo: antes de dar el torneo al real había tornado; fuése para su posada cubierto y disimulado. En ella anduvo escondido hasta que el Cid ha tornado; dejó muertos muchos moros, á ellos ganara el campo. El Cid se sentó á comer, como tiene acostumbrado, solo en su cabo á una mesa, y en el su escaño asentado, y en otra sus caballeros, los que tiene por preciados: con aquestos nadie come sino los más afamados. Así lo ordenó el buen Cid por facerlos esforzados, y que cada uno procure facer fechos estimados para comer á la mesa de Álvar Fáñez y su hermano. Bien cuidó Martín Peláez, que non vió el Cid lo pasado, y así las manos se lava, á la mesa se ha sentado donde está don Álvar Fáñez con la compaña de honrados. El Cid se fué para él, y del brazo le ha trabado, diciendo:--Non sois vos tal para en tal mesa sentarvos con esos parientes míos, á quien vos podáis llegarvos; más valen que yo ni vos, que son buenos y aprobados; sentadvos á la mi mesa, comed conmigo á mi plato.-- Con mengua de entendimiento no creyó que es baldonado, asentóse con el Cid á su mesa y á su lado, y el Cid con grande cordura esta reprensión le ha dado.

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LXII

Por la mano prende el Cid, no con rigor ni con saña, al joven Martín Peláez que fuyó de la batalla, y por mejor reprendelle de su cobardía mala, se sienta á su mesa y dice con amorosas palabras: --Yantemos en uno juntos, que non he sabor ni gana que yantedes con los grandes que han ganado con su espada; yantad en esa escodilla, que el uno al otro se llama, yo por no ser bueno os quiero á mi lado y á mi estancia: los que allí con Álvar Fáñez con él se asientan y yantan, ganaron con sus proezas la mesa y perpetua fama. Con la sangre de enemigos es bien lavar nuestras manchas que en el honor han caído rindiendo la vida y almas. Vergoñosa vida atiende aquel que valor le falta, magüer que haya su facienda de los mejores de España. Miémbresevos de los fechos pasados que ha fecho en armas mi amigo Pedro Bermúdez, y cuán bien su espada talla. Aguisémonos de guisa que ninguno tuerto faga, ni los moros valencianos puedan afrentar sus lanzas. Facer lo que home es tenudo de toda culpa descarga, porque allí no hay fallimiento de lo que la honra encarga. Esto dicho, el Cid callóse, y la comida acabada, mandó tocar las trompetas, y que se pongan en armas, y los moros valencianos con las gentes asturianas traban una escaramuza encendiendo nueva saña. Corrido Martín Peláez de las pasadas palabras, hizo cosas aquel día que al Cid admiran y espantan; tanto, que aquel vencimiento á Martín Peláez se daba. Los moros su nombre temen, con que ganó lauro y palma.

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LXIII

Corrido Martín Peláez de lo que el Cid ha fablado, d’ello cobró gran vergüenza, d’ello está muy ocupado. Fuése para su posada, triste estaba y muy cuitado viendo cómo el Cid ha visto su cobardía tan claro, por lo cual no consintió que coma con los honrados propónese ser valiente ó de morir en el campo. Otro día salió el Cid, junto á Valencia ha llegado; salieron luégo los moros á ferir en los cristianos: llegan denodadamente con los esfuerzos sobrados. Martín Peláez fué el primero que la lid había entrado, y firió tan recio en ellos que á muchos ha derribado. Allí perdió todo el miedo, muy gran esfuerzo ha cobrado, peleó valientemente mientras la lid ha durado: unos mata y otros hiere, hizo en ellos grande estrago. Los moros dicen á gritos: --¿De dó ha venido este diablo? ¡Hasta aquí no le hemos visto tan valiente y esforzado! Á todos nos hiere y mata, del campo nos ha lanzado.-- Por las puertas de Valencia á los moros ha encerrado, los brazos hasta los codos en sangre lleva bañados; ninguno hay tal como él si no es el Cid afamado. Los moros fueron vencidos, Peláez se había tornado, esperándole está el Cid fasta que fuera llegado: con muy crecido placer Rodrigo lo había abrazado; díjole:--Martín Peláez, vos sois bueno y esforzado, non sois tal que merezcáis de hoy más conmigo sentaros, asentaos con Álvar Fáñez, que era mi primo hermano, y con estos caballeros, que son buenos y estimados, que los vuesos buenos fechos siempre serán bien mentados; seréis d’ellos compañero, sentaros heis á su lado.-- De aquel día en adelante fizo fechos muy granados de esforzado caballero, bueno como el más preciado. Aquí se cumplió el proverbio entre todos divulgado, «que el que á buen árbol se arrima »de buena sombra es tapado.»

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LXIV

Partíos ende los moros, non pongáis mientes en al, cuidá de los doloridos y los muertos soterrad; decidles á los cuitados y á las cuitadas contad, que el saber nueso en la guerra es humildoso en la paz; poned la fucia en facer que me vengan á fablar, porque les diga mi boca toda la mi voluntad, que non quiero sus faciendas nin se las he de tirar, nin para mis barraganas sus fijas he de tomar, que yo non uso mujeres sinon la mía natural, que en San Pedro de Cardeña yace agora al mi mandar; y mándovos yo, Álvar Fáñez, si he poder de vos mandar, vais por ella y por mis fijas, mis fijas otro que tal. Llevad treinta marcos de oro con que se puedan guiar para venir á Valencia á la ver y á la gozar; llevá otros tantos de plata para San Pedro y su altar, y entregadlos á don Sancho, que ende yace por abad; y al nobre rey don Alfonso, mi buen señor natural, llevá doscientos caballos, bien guarnidos al mi usar; y á los honrados judíos Raquel y Vidas llevá doscientos marcos de oro, tantos de plata y non más, que me endonaron prestados cuando me partí á lidiar sobre dos cofres de arena debajo de mi verdad: rogarles heis de mi parte que me quieran perdonar, que con acuita lo fice de mi gran necesidad; que aunque cuidan que es arena lo que en los cofres está, quedó soterrado en ella el oro de mi verdad. Pagáles la logrería que soy tenudo á les dar del tiempo que su dinero he tenido á mi mandar; y vos, Martín Antolínez, le iredes á acompañar, y las mis buenas venturas á mi Jimena contad. Diréis al rey don Alfonso que me empreste su juglar, porque á mi Jimena agrada mucho el tañer y cantar.-- Aquesto dijera el Cid después que ya entrado ha en Valencia victorioso, pues conquerido la ha.

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LXV

Desterrado estaba el Cid de la corte y de su aldea de Castilla por su rey, cansado de vencer guerras, y en las venturosas armas apenas las manchas secas de la sangre de los moros que ha vencido en sus fronteras; y aun estaban los pendones tremolando en las almenas de las soberbias murallas humilladas de Valencia, cuando para el rey Alfonso un rico presente ordena de cautivos y caballos, de despojos y riquezas. Todo lo despacha á Burgos, y á Álvar Fáñez que lo lleva, para que lo diga al rey, le dice d’esta manera: «Díle, amigo, al rey Alfonso, »que reciba su grandeza »de un fidalgo desterrado »la voluntad y la ofrenda, »y que en este dón pequeño »solamente tome en cuenta »que es comprado de los moros »á precio de sangre buena; »que con mi espada en dos años »le he ganado yo más tierras »que le dejó el rey Fernando, »su padre, que en gloria sea; »que en feudo d’ello lo tome »y que no juzgue á soberbia »que con parias de otros reyes »pague yo á mi rey mis deudas; »que pues él como señor »me pudo quitar mi hacienda, »bien puedo yo como pobre »pagar con hacienda ajena; »y que juzgue que en su dicha »son delante mis enseñas »millaradas de enemigos »como ante el sol las tinieblas; »y espero en Dios que mi brazo »ha de hacello rico, mientras »la mano aprieta á Tizona »y el talón fiere á Babieca; »y en tanto mis envidiosos »descansen, mientras les sea »firme muralla mi pecho »de su vida y de sus tierras, »y entreténganse en palacio, »y guárdense no me vendan, »que del tropel de los moros »soltaré una vez la presa »y llegarán su avenida »á ver entre sus almenas; »y defiendan bien sus honras »como manchan las ajenas; »y si les diere en los ojos »lo que les dió en las orejas, »verán que el Cid no es tan malo »como son sus obras buenas, »y si sirven á su rey »en la paz como en la guerra »mentirosos lisonjeros »con la espada ó con la lengua; »y verá el buen rey Alfonso »si son de Burgos las fuerzas, »los caminos de ladrillo »ó los ánimos de piedra: »que le suplico permita »se pongan esas banderas »á los ojos del glorioso »mi Príncipe de la Iglesia, »en señal que con su ayuda »apenas enhiestas quedan »en toda España otras tantas, »y ya me parto por ellas; »y le suplico me envíe »mis fijas y mi Jimena, »d’esta alma sola afligida »regaladas dulces prendas; »que si nó mi soledad, »la suya al menos le duela, »porque de mi gloria goce »ganada en tan larga ausencia.» Mirad, Álvaro, no erréis: que en cada razón de aquestas lleváis delante del rey mi descargo y mi limpieza. Decidlo con libertad, que bien sé que habrá en la rueda quien mis pensamientos mida y vuesas palabras mesmas. Procurad que aunque les pese á los que mi bien les pesa, no lleven más que la envidia de mí, de vos ni de ellas; y si en mi Valencia amada no me hallareis á la vuelta, peleando me hallarédes con los moros de Consuegra.

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