Part 5
El hijo de Arias Gonzalo, el mancebito Pedro Arias, para responder á un reto velando estaba unas armas. Era su padre el padrino, la madrina doña Urraca, y el Obispo de Zamora es el que la misa canta. El altar tiene compuesto, y el sacristán perfumaba á San Jorge y San Román, y á Santiago el de España. Estaban sobre la mesa las nuevas y frescas armas; dando espejos á los ojos, y esfuerzo á quien las miraba. Salió el Obispo vestido, dijo la misa cantada, y el arnés pieza por pieza bendice, y arma á Pedro Arias; enlázale el rico yelmo, que como el sol relumbraba, relevado de mil flores, cubierto de plumas blancas. Al armarle caballero sacó el padrino la espada; dándole con ella un golpe le dice aquestas palabras: --Caballero eres, mi hijo, hidalgo y de noble casta, criado en buenos respetos desde los pechos del ama; hágate Dios tal que seas como yo deseo que salgas, en los trabajos sufrido, esforzado en las batallas, espanto de tus contrarios, venturoso con la espada, de tus amigos y gentes muro, esfuerzo y esperanza; no te agrades de traidores ni les mires á la cara; de quien de ti se fiare no le engañes, que te engañas; perdona al vencido triste que no puede tomar lanza, no dés lugar que tu brazo rompa las medrosas armas; mas en tanto que durare en tu contrario la saña, no dudes el golpe fiero, ni perdones la estocada. Á Zamora te encomiendo contra don Diego de Lara, que nada siente de honra quien no defiende su casa.-- En el libro de la misa le toma jura y palabra.-- Pedrarias dice:--Sí otorgo por aquestas letras santas.-- El padrino le dió paz, y el fuerte escudo le embraza, y doña Urraca le ciñe al lado izquierdo la espada.
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XLII
Aún no es bien amanescido, qu’el cielo estaba estrellado, cuando se armaba en Zamora el buen viejo Arias Gonzalo: ármanle sus cuatro hijos, qu’ellos ya estaban armados. Mientras las armas le ponen les dice el viejo esforzado: --De cinco que sois, mis hijos, escogí sólo los cuatro, por ser yo el quinto y postrero, que me hallaré en el campo. Bien conozco, hijos míos, que este afán me era excusado, pues do vosotros estáis ya yo soy privilegiado; mas el repto de don Diego á ninguno había excusado, ni viejo, chico ni mozo, ni por nacer ni finado. Hierbas, aguas, plantas, peces, todo lo tienen reptado, y pues él nada reserva, no quiero ser reservado. Mirad, hijos, que lleváis delante al que os ha engendrado; mirad que dice el refrán en Castilla muy usado: «Por su ley y por su rey »y su tierra, está obligado »á morir cualquiera bueno. »y mejor si es hijodalgo.» Mirad, hijos, que lo sois de sangre d’este mi lado, y que el honor ó la afrenta eso queda en vuestra mano.
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XLIII
Tristes van los zamoranos metidos en gran quebranto; reptados son de traidores, de alevosos son llamados; más quieren ser todos muertos que no traidores nombrados. Día era de San Millán, ese día señalado; todos duermen en Zamora, mas no duerme Arias Gonzalo. Acerca de las dos horas del lecho se ha levantado; castigando está sus hijos á todos cuatro está armando; las palabras que les dice son de mancilla y quebranto: --Ayúdeos Dios, hijos míos, guárdeos Dios, hijos amados, pues sabéis cuán falsamente habemos sido reptados. Tomad esfuerzo, mis hijos, si nunca le habéis tomado; acordaos que descendéis de la sangre de Laín Calvo, cuya noble fama y gloria hasta hoy no se ha olvidado, pues que sabéis que don Diego es caballero preciado, pero mantiene mentira y Dios d’ello no es pagado; el que de verdad se ayuda de Dios siempre es ayudado. Uno falta para cinco, porque no sois más de cuatro, yo seré el quinto, y primero que quiero salir al campo. Morir quiero y no ver muerte de hijos que tanto amo. Mis hijos, Dios os bendiga como os bendice mi mano.-- Sus armas pide el buen viejo, sus hijos le están armando, las grevas le están poniendo; doña Urraca había entrado, los brazos le echara encima, muy fuertemente llorando. --¿Dónde vais, mi padre viejo, ó para qué estáis armado? Dejad las armas pesadas, que ya sois viejo cansado, y sabéis que si morís, perdido es todo mi Estado. Acordaos que prometistes á mi padre don Fernando de nunca desampararme ni dejar de vuestra mano. --Pláceme, señora mía, respondió Arias Gonzalo.-- Cabalgara Pedro Arias su hijo, que era el mediano, que aunque era mozo de días, era en obras esforzado. Dijo:--Cabalgad, mi hijo, que os esperan en el campo: vais en tal hora y tal punto que nos saquéis de cuidado.-- Sin poner pié en el estribo Arias Pedro ha cabalgado; por aquel postigo viejo galopando ha llegado adonde estaban los jueces que le estaban esperando. Partido les han el sol, dejado les han el campo.
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XLIV
Ya se salen por la puerta, por la que salía al campo, Arias Gonzalo, y sus hijos todos juntos á su lado. Él quiere ser el primero, porque en la muerte no ha estado de don Sancho; mas la Infanta la batalla le ha quitado, llorando de los sus ojos y el caballo destrenzado. --¡Ay! ruégovos por Dios, dice, el buen Conde Arias Gonzalo, que dejéis esta batalla, porque sois viejo y cansado: dejáisme desamparada y todo mi haber cercado. Ya sabéis cómo mi padre á vos dejó encomendado que no me desamparéis, ende más en tal estado.-- En oyendo aquesto el Conde mostróse muy enojado: --Dejédesme ir, mi señora, que yo estoy desafiado y tengo de hacer batalla porque fuí traidor llamado.-- Con la Infanta, caballeros juntos al Conde han rogado que les deje la batalla, que la tomarán de grado. Desque el Conde vido aquesto recibió pesar doblado; llamara á sus cuatro hijos y al uno d’ellos ha dado las sus armas y su escudo, el su estoque y su caballo. Al primero le bendice porque era dél muy amado; Pedrarias había por nombre, Pedrarias el castellano. Por la puerta de Zamora se sale fuera y armado; topárase con don Diego, su enemigo y su contrario. --Sálveos Dios, don Diego Ordóñez, y él os haga prosperado, en las armas muy dichoso, de traiciones libertado. Ya sabéis que soy venido para lo que está aplazado, á libertar á Zamora de lo que le han levantado.-- Don Diego le respondiera con soberbia que ha tomado: --Todos juntos sois traidores, por tales seréis quedados.-- Vuelven los dos las espaldas por tomar lugar del campo, hiriéronse juntamente en los pechos muy de grado; saltan astas de las lanzas con el golpe que se han dado; no se hacen mal alguno, porque van muy bien armados. Don Diego dió á la cabeza á Pedrarias desdichado; cortárale todo el yelmo con un pedazo del casco; desque se vido herido Pedrarias y lastimado, abrazárase á las clines y al pescuezo del caballo; sacó esfuerzo de flaqueza, aunque estaba mal llagado; quiso ferir á don Diego, mas acertó en el caballo, que la sangre que corría la vista le había quitado. Cayó muerto prestamente Pedrarias el castellano. Don Diego que vido aquesto toma la vara en la mano, dijo á voces:--¡Ah Zamora! ¿Dónde estás, Arias Gonzalo? Envía el hijo segundo, que el primero ya es finado.-- Envió el hijo segundo, que Diego Arias es llamado. Tornara á salir don Diego con armas y otro caballo, y diérale fin á aquéste como al primero le ha dado. El Conde, viendo á sus hijos que los dos le han ya faltado, quiso enviar al tercero, aunque con temor doblado. Llorando de los sus ojos dijo:--Vé, mi hijo amado, haz como buen caballero lo que tú eres obligado: pues sustentas la verdad, de Dios serás ayudado; venga las muertes sin culpa que han pasado tus hermanos.-- Hernán D’Arias, el tercero, al palenque había llegado; mucho mal quiere á don Diego, mucho mal y mucho daño. Alzó la mano con saña, un gran golpe le había dado; mal herido le ha en el hombro, en el hombro y en el brazo. Don Diego con el su estoque le hiriera muy de su grado, hiriéralo en la cabeza, en el casco le ha tocado. Recudó el hijo tercero con un gran golpe al caballo, que hizo ir á don Diego huyendo por todo el campo. Así quedó esta batalla sin quedar averiguado cuáles son los vencedores, los de Zamora ó del campo. Quisiera volver don Diego á la batalla de grado; mas no quisieron los fieles, licencia no le han dado.
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XLV
Por aquel postigo viejo, que nunca fuera cerrado, ví venir pendón bermejo con trescientos de á caballo. En medio de los trescientos viene un monumento armado, y dentro del monumento viene un ataúd de palo, y dentro del ataúd, venía un cuerpo finado, qu’era el de Fernando d’Arias, el hijo de Arias Gonzalo. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijosdalgo, todas eran sus parientas en tercero y cuarto grado: las unas le dicen primo, otras le llaman hermano, las otras decían tío, otras le llaman cuñado, sobre todas lo lloraba aquesa Urraca Hernando. ¡Y cuán bien que las consuela ese viejo Arias Gonzalo! --¿Por qué lloráis, mis doncellas? ¿Por qué hacéis tan grande llanto? No lloréis así, señoras, que no es para llorallo; que si un hijo me han muerto aquí me quedaban cuatro; no murió por las tabernas, ni á las tablas jugando; mas murió sobre Zamora vuestra honra bien guardando; murió como caballero, con sus armas peleando.
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PARTE TERCERA
ÉPOCA DE ALFONSO SEXTO
Destierro del Cid
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XLVI
En Santa Águeda de Burgos, do juran los hijosdalgo, le tomaban jura á Alfonso, por la muerte de su hermano. Tomábasela el buen Cid, ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de fierro y una ballesta de palo, y con unos Evangelios y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto: --Villanos mátente, Alfonso, villanos que no fidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos; mátente con aguijadas no con lanzas ni con dardos, con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas, no de contray ni frisado; con camisones de estopa, no de holanda, ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel, que no cueros fogueados; mátente por las aradas, que no en villas ni en poblado; sáquente el corazón vivo, por el siniestro costado, si no dices la verdad, de lo que eres preguntado, sobre si fuíste ó no en la muerte de tu hermano.-- Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero, que del rey es más privado: --Haced la jura, buen rey, no tengáis d’eso cuidado, que nunca fué rey traidor, ni papa descomulgado.-- Jurado había el buen rey que en tal nunca fué hallado; pero también dijo presto, malamente y enojado: --¡Muy mal me conjuras, Cid! ¡Cid, muy mal me has conjurado! Porque hoy le tomas la jura á quien has de besar mano. Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no vengas más á ellas dente este día en un año. --Pláceme, dijo el buen Cid, pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado; por un año me destierras, yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid á su destierro de grado con trescientos caballeros; todos eran hijosdalgo, todos son hombres mancebos, ninguno allí no había cano, todos llevan lanza en puño, con el fierro acicalado y llevan sendas adargas con borlas de colorado, y no le faltó al buen Cid adonde asentar su campo.
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[Ilustración: La jura en Santa Gadea]
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XLVII
En las almenas de Toro, allí estaba una doncella, vestida de negros paños, reluciente como estrella; pasara el rey don Alonso, namorado se había d’ella. Dice:--Si es hija de rey que se casaría con ella, y si es hija de duque serviría por manceba.-- Allí hablara el buen Cid, estas palabras dijera: --Vuestra hermana es, señor, vuestra hermana es aquella. --Si mi hermana es, dijo el rey, fuego malo encienda en ella: llámenme mis ballesteros, tírenle sendas saetas, y á aquel que la errare que le corten la cabeza.-- Allí hablara el Cid, d’esta suerte respondiera: --Mas aquel que la tirare pase por la misma pena. --Ios de mis tiendas, Cid, no quiero que estéis en ellas. --Pláceme, respondió el Cid, que son viejas y no nuevas; irme he yo para las mías, que son de brocado y seda, que no las gané holgando ni bebiendo en la taberna; ganélas en las batallas con mi lanza y mi bandera.
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XLVIII
Ese buen Cid Campeador ya se parte de Castilla; por mando del rey Alfonso lleva su mensajería á Almucanis, ese moro rey de Córdoba y Sevilla, para que le dé las parias pasadas que le debía. En Sevilla estaba el Cid faciendo á lo que venía. Mudafar, rey de Granada, á Almucanis mal quería; caballeros castellanos Mudafar consigo había; son de los más estimados que había dentro en Castilla; don García Ordoño el uno, que conde todos decían; Fernán Sánchez era el otro, yerno del rey don García; y Lope Sánchez, su hermano, estaba en su compañía; y otro caballero honrado, Diego Pérez se decía. Ellos con grandes poderes con el Mudafar venían contra Almucanis el rey, que pechero es de Castilla. El Cid, cuando aquesto supo, mucho pesado le había; enviárale sus cartas y en ellas así decía: «Que non vengan con su gente »contra el reino de Sevilla, »que es pechero al rey Alfonso, »con quien amistad tenía: »y si lo quieren facer, »que su Rey ayudaría »á Almucanis su vasallo, »que otra cosa no pedía.» Recibido han las cartas, mas en nada las tenían; entran en tierras del rey, del rey moro de Sevilla, Quemando van y estragando fasta Cabra, aquesa villa. El Cid, cuando aquesto supo, contra ellos se partía; moros llevaba consigo, cristianos los que podía. Las huestes se habían juntado, el Cid mataba y hería: muy reñida es la batalla, durado ha casi un día, fasta que venciera el Cid y en huída los ponía. Á caballeros cristianos el buen Cid muchos prendía; de moros non había cuenta los que cautivado había. Tres días tuviera presos los cristianos que vencía; volvióse con gran despojo á Sevilla, do partía; Almucanis dió las parias y á Castilla se volvía. Mucho plugo al rey Alfonso de lo que el Cid fecho había, y de aquel día adelante al Cid _Campeador_ decían.
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XLIX
Fablando estaba en el claustro de San Pedro de Cardeña el buen rey Alfonso al Cid después de misa, una fiesta. Trataban de las conquistas de las mal perdidas tierras por pecados de Rodrigo, que amor disculpa y condena. Propuso el buen rey al Cid el ir á ganar á Cuenca; y Rodrigo, mesurado, le dice desta manera: --Nuevo sois, el rey Alfonso, nuevo rey sois en la tierra; antes que á guerra vayades sosegad las vuesas tierras. Muchos daños han venido por los reyes que se ausentan, que apenas han calentado la corona en la cabeza, y vos no estáis muy seguro de la calunia propuesta en la muerte de don Sancho sobre Zamora la vieja; que aún hay sangre de Bellido, magüer que en fidalgas venas, y el que fizo aquel venablo si le pagan fará treinta.-- Bermudo en lugar del rey dice al Cid:--Si vos aquejan el cansancio de las lides ó el deseo de Jimena, idvos á Vivar, Rodrigo, y dejadle al rey la empresa; que homes tiene tan fidalgos que non volverán sin ella. --¿Quién vos mete, dijo el Cid, en el consejo de guerra, fraile honrado, á vos agora, la vuesa cogulla puesta? Subid vos á la tribuna y rogad á Dios que venzan, que non venciera Josué si Moisés non lo ficiera. Llevad vos la capa al coro, yo el pendón á las fronteras, y el rey sosiegue su casa antes que busque la ajena; que non me farán cobarde el mi amor ni la mi queja, que más traigo siempre al lado á Tizona que á Jimena. --Home soy, dijo Bermudo, que antes que entrara en la regla, si non vencí reyes moros engendré quien los venciera; y agora, en vez de cogulla, cuando la ocasión se ofrezca me calaré la celada y porné al caballo espuelas. --¡Para fugir, dijo el Cid, podrá ser, padre, que sea; que más de aceite que sangre manchado el hábito muestra! --Calledes, le dijo el rey, en mal hora, que no en buena, acordársevos debía de la jura y la ballesta; cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras, pues por cualquier niñería facéis campaña la iglesia.-- Pasaba el Conde de Oñate que llevaba la su dueña, y el rey, por facer mesura, acompañóla á la puerta.
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L
Si atendéis que de los brazos vos alce, atended primero si no es bien que con los míos cuide subirvos al cielo. ¡Bien estáis afinojado, que es pavor veros enhiesto, que asiento es, asaz debido, el suelo, de los soberbios! ¡Descubierto estáis mejor, después que se han descubierto de vuesas altanerías los mal guisados excesos! ¿En qué os habéis empachado, que dende el pasado invierno non vos han visto en las Cortes, puesto que Cortes se han fecho? ¿Por qué, siendo cortesano, traéis la barba y cabello descompuesto, y desviada, como los padres del yermo? ¡Pues aunque vos lo pregunto, asaz que bien os entiendo! ¡Bien conozco vuesas mañas y el semblante falagüeño! Querréis decir que cuidando en mis tierras y pertrechos, non cuidades de aliñarvos la barba y cabello luengo. Al de Alcalá contrallasteis mis treguas, paz y concierto, bien como si el querer mío tuviérades por muy vueso. Á los fronterizos moros diz que tenéis por tan vuesos que os adoran como á Dios; ¡grandes algos habréis d’ellos! Cuando en mi jura os hallasteis después del triste suceso del rey don Sancho, mi hermano, por Bellido traidor muerto, todos besaron mi mano y por rey me obedecieron; sólo vos me contrallasteis tomándome juramento. En santa Gadea lo fice sobre los cuatro evangelios, y en el ballestón dorado, teniendo el cuadrillo al pecho. Matárades á Bellido si ficiérais como bueno, que no ha faltado quien dijo que tuvisteis asaz tiempo: fasta el muro lo seguisteis, y al entrar la puerta dentro ¡bien cerca estaba quien dijo que non osasteis de miedo! Y nunca fueron los míos tan astutos y mañeros que cuidasen que don Sancho muriese por mis consejos. Murió, porque á Dios le plugo en su juicio secreto, quizá porque de mi padre quebrantó sus mandamientos. Por estos desaguisados, desavenencias y tuertos, con título de enemigo de mis reinos vos destierro. Yo tendré vuesos condados fasta saber por entero, con acuerdo de los míos, si confiscárvolos puedo. ¡Non repliquedes palabra, que vos juro por San Pedro y por San Millán bendito que vos enforcaré luégo!-- Estas palabras le dijo el rey don Alfonso el Sexto, inducido de traidores, al Cid, honor de sus reinos.
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LI
Téngovos de replicar y de contrallarvos tengo, que no han pavor los valientes ni los non culpados miedo. Si finca muerta la honra á manos de los denuestos; menos mal será enforcarme que el mal que me habedes fecho. Yo seré en tierra homildoso á guisa de vueso siervo, que teniendo los mis brazos cuido alzarme sin los vuesos. Cúbranse y non vos acaten los ociosos falagüeños, que magüer yo non lo soy me puedo cubrir primero. Dos vegadas hubo Cortes desde antaño por invierno, diz que por la pró común ó por los vuesos provechos. Vos en León las ficisteis, pero yo en los campos yermos, faciendo las mías, desfice del contrario los pertrechos. Lo fecho en Alcalá vedes, non lo que fice primero; y es mal juzgador quien juzga sin notar todo el proceso. Folgá que el moro de allende respete mis fechos buenos, que si non me los respeta non vos guardará respeto. ¡Asaz me semejáis blando porque de tiempo tan luengo de apretarvos en la jura vos duele el escocimiento! Mentirá el que me achacare del traidor Dolfos el tuerto, pues sabedes lo que fué y lo que fice en el reto; además que sin espuelas cabalgué entonces por yerro. ¡Vencen pesadas falsías al noble y sencillo pecho! Y pues gasté mis haberes en prez del servicio vueso, y de lo que hube ganado vos fice señor y dueño, non me lo confiscaredes vos ni vuesos consejeros, que mal podredes tollerme la facienda que non tengo. De hoy más seré facendoso, pues hoy de vos me destierro, y de hoy para mí me gano, pues hoy para vos me pierdo.-- Estas palabras decía el noble Cid respondiendo á las querellas injustas del rey don Alfonso el Sexto.
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LII
Escuchó el rey don Alfonso las palabras halagüeñas del Cid en su despedida cuando se partió á la guerra, y dijo á sus infanzones: --Hoy deja nuestras banderas el home más animoso que sangre de moros riega: y aunque parezca osadía el fablar con tantas veras, non fueron atrevimientos, supuesto que lo asemejan. Los amoríos del alma en el pecho do se encierran lealtad y amor, con su rey tienen para hablar licencia. Alongado va al destierro, y veo que en su presencia es sólo un home el que parte y mil voluntades lleva; y cuido que un buen guerrero, cuando de su rey se ausenta, reprochado de su corte, se ha de tener á la ajena; que de un edificio grande, si se le rompe una piedra, por sólo su desencaje se suele venir á tierra. No hay folgarse entre los reyes, que nunca los reyes fuelgan, cuidando el pro de sus reinos y haciendo en los lueñes guerra. Si fidalgos con la espada por su rey en lides entran, el rey con espada y alma anda, padece y pelea. ¡Gran lidiador es el Cid! ¡fuerte y noble en gran manera! Pero si no es homildoso de Dios y del rey, ¿qué espera? Conviene que el Cid se alongue, y dirán en lueñes tierras que Alfonso face justicia y en castigo á nadie excepta.
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LIII
Don Rodrigo de Vivar está con doña Jimena de su destierro tratando, que sin culpa le destierran. El rey Alfonso lo manda, sus envidiosos se huelgan, llórale toda Castilla, porque huérfana la deja. Gran parte de sus haberes ha gastado el Cid en guerra; no halla para el camino dinero sobre su hacienda. Á dos judíos convida, y sentados á la mesa con amigables caricias mil florines les pidiera. Díceles que por seguro dos cofres de plata tengan, y que si dentro de un año no les paga, que la vendan, y cobren la logrería como concertado queda. Dióles dos cofres cerrados, entrambos llenos de arena, y confiados del Cid dos mil florines le prestan. --¡Oh necesidad infame, á cuántos honrados fuerzas á que por salir de ti hagan mil cosas mal hechas! ¡Rey Alfonso, señor mío, á traidores das orejas, y á los fidalgos leales palacios y orejas cierras! Mañana saldré de Burgos á ganar en las fronteras algún pequeño castillo adonde mis gentes quepan; mas según son de orgullosos los que llevo en mi defensa, las cuatro partes del mundo tendrán por morada estrecha. Estarán mis estandartes tremolando en las almenas; caballeros agraviados hallarán guarida en ellas; y por conservar el nombre de tus reinos, que es mi tierra, los lugares que ganare serán Castilla la Nueva.
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LIV