Romancero selecto del Cid

Part 3

Chapter 33,667 wordsPublic domain

Sobre Calahorra, esa villa, contienda se ha levantado, entre el buen rey de León, llamado el primer Fernando, y Ramiro de Aragón, cuyo reino es el nombrado, que ambos los reyes dicen que es villa de su reinado. Por quitar muertes y guerras, los reyes han acordado que lidien dos caballeros, cada uno de su bando; y el que de aquestos venciese, que su rey la haya á su mando. Fernando nombró á Rodrigo de Vivar, el muy nombrado; Ramiro á Martín González, muy valiente y esforzado. Armados ambos que son, en el campo son entrados; en haciendo la señal, muy recio se han encontrado; quebraron ambos las lanzas, quedaron muy lastimados, mal feridos de los fierros, de los encuentros pasados. Martín le dijo á Rodrigo, de esta suerte le había hablado: --Mucho, Rodrigo, vos pese de haber sido tan osado de entrar conmigo en batalla de do saldréis mal pagado; que aquesa vuesa cabeza aquí quedará en el campo: non volveréis á Castilla, ni á Vivar, el vuestro Estado, ni Jimena vuestra esposa jamás vos verá á su lado, aunque dicen que la amáis, y que d’ella sois amado. De las palabras que ha dicho, mucho á Rodrigo ha pesado, y con saña muy crecida ansí le había hablado: --Sois, Martín, buen caballero, notad lo por vos hablado: aquesas vuestras palabras no son de hombre esforzado, que aquesta lid comenzada, por manos se habrá librado, non por razones livianas, de que sois tan abastado. En la mano de Dios es lo que habéis vos razonado, y él dará la honra á quien viere qu’es bien empleado.-- Dijo, y con crecido enojo para él se fué denodado; muchas heridas le dió, en tierra lo ha derribado. Don Rodrigo se apeó, la cabeza le ha cortado, y la sangre de su espada luégo la había limpiado. Las rodillas por el suelo, las manos puestas en alto, muchas gracias daba á Dios, que tal victoria le ha dado; y díjoles á los jueces, esto les ha preguntado: --¿Queda aquí más por hacer para que sea del reinado de mi señor, Calahorra, sobre que se ha batallado?-- Respondieron todos juntos: --No, caballero esforzado, que en la batalla pasada el derecho le es quitado á Ramiro, aquese rey, que decía ser de su Estado.-- Fernando abrazó á Rodrigo, tiénenlo por estimado: del Rey era muy querido, de todo el mundo loado.

[Ilustración]

XV

Muy grandes huestes de moros á Extremadura corrían: captivan muchos cristianos; acorro ninguno habían. Á Rodrigo de Vivar los acorra le pedían; don Rodrigo, como bueno, sus gentes luégo apellida. Amigos son y parientes todos los que le venían: en busca va de los moros, la su seña va tendida. Él iba por capitán, sobre sí buena loriga; cabalga sobre Babieca; placer es de ver cuál iba. Animando va los suyos: --Nadie muestre cobardía; pues que todos sois hidalgos de los buenos de Castilla, muramos como valientes; aquí es bien perder la vida.-- Entre Atienza y Sant Esteban que de Gormaz se decía, alcanzado habían los moros; lid campal habían ferida. Don Rodrigo los venció; libra la gente captiva: quitábales los ganados, siete leguas les seguía. Tantos mató de los moros, que contarse no podían: gran haber ganara d’ellos, captivos en demasía; doscientos son los caballos que á don Rodrigo cabían; cien mil marcos el despojo; él todo lo repartía entre toda la su gente comunmente, sin cobdicia. Á Vivar se había tornado con gran honra que adquiría; de todos es muy loado, y del Rey á maravilla.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

Cercada tiene á Coímbra aquese buen rey Fernando; siete años duró el cerco, que jamás lo hubo quitado, porque el lugar es muy fuerte, de muros bien torreado. No hay vianda en el real, que todo lo habían gastado. Ya quieren alzar el cerco, al Rey monjes han llegado de aquese gran monasterio que nombrado era Lormano, que con trabajo crecido habían mucho trigo alzado, mucho mijo y aun legumbres, y al Rey todo se lo han dado, rogándole no alce el cerco, que darían vianda abasto. El Rey se lo agradeció, tomó lo que le fué dado, partiólo por sus campañas, viandas les han abondado; quebrantaron muchos muros, los moros se han amistado. Dádose habían al Rey la villa y todo su algo; sólo fincan con las vidas, que el Rey se las ha otorgado. En tanto que dura el cerco un romero había llegado, que viene de allá de Grecia al apóstol Santiago. Astiano había por nombre, obispo es intitulado: faciendo estaba oración ante el Apóstol muy santo. Astianos oyó decir que el apóstol Santiago entraba en las grandes lides armado y en un caballo á pelear con los moros en favor de los cristianos. El Obispo que lo oyó muy mucho le había pesado: --Non le digáis, caballero, pescador era llamado.-- Y con esta gran porfía dormido se había quedado. Santiago se le aparece con llaves en la su mano, y con muy alegre rostro dijo:--Tú faces escarnio por llamarme caballero, y en ello tanto has cuidado. Vengo yo ahora á mostrarte porque no dudes en vano. Caballero soy de Cristo, ayudador de cristianos contra el poder de los moros, y d’ellos soy abogado.-- Estando en estas razones traído le fué un caballo; blanco era y muy hermoso. Santiago le ha cabalgado guarnido de todas armas, limpias, blancas, relumbrando; y á guisa de caballero á ayudar va al rey Fernando, que yace sobre Coímbra había ya siete años. --Y con estas llaves mismas, dijo, que llevo en mis manos, abriría yo el lugar; mañana el día llegado daréselo yo al Rey, que lo ha tenido cercado.-- Y en aquesta propia hora al Rey lo había entregado. Nombróse Santa María la mezquita que han hallado, consagrándola en su nombre; y en ella se había armado caballero don Rodrigo de Vivar, el afamado. El Rey le ciñó la espada; paz en la boca le ha dado, no le diera pescozada como á otros había dado, y por hacerle más honra la Reina le dió el caballo, y doña Urraca la infanta las espuelas le ha calzado. Novecientos caballeros don Rodrigo había armado; mucha honra le hace el Rey, y mucho fuera loado, porque fuera muy valiente en ganar lo que es contado, y en otros muchos lugares que á su Rey ha conquistado.

[Ilustración]

XVII

Por el val de las Estacas el buen Cid pasado había; á la mano izquierda deja la villa de Constantina. En su caballo Babieca muy gruesa lanza traía; va buscando al moro Abdalla, que enojado le tenía. Travesando un antepecho, y por una cuesta arriba, dábale el sol en las armas ¡oh qué bien que parecía! Vido ir al moro Abdalla por un llano que allí había, armado de fuertes armas, muy ricas tropas traía dábale voces el Cid, d’esta manera decía: --Espérame, moro Abdalla, no demuestres cobardía.-- Á las voces que el Cid daba el moro le respondía: --Muchos tiempos há, buen Cid, que esperaba yo este día, porque no hay hombre nacido de quien yo me escondería; porque desde mi niñez siempre huí cobardía.-- --Alabarte, moro Abdalla, poco te aprovecharía; mas si tú eres lo que dices en esfuerzo y valentía, sé que á tiempo eres venido que menester te sería.-- Estas palabras diciendo contra el moro arremetía; encontróle con la lanza, en el suelo le derriba; cortárale la cabeza, sin le hacer descortesía.

[Ilustración]

XVIII

En Zamora está Rodrigo, en corte del rey Fernando, padre del rey sin ventura á quien llamaron don Sancho, cuando llegan mensajeros de los Reyes tributarios á Rodrigo de Vivar, al cual dicen humillados: --Buen Cid, á ti nos envían cinco reyes tus vasallos á te pagar el tributo que quedaron obligados; y por señal de amistad te envían más cien caballos, veinte blancos como armiños y veinte rucios rodados; treinta te envían morcillos y otros tantos alazanos, con todos sus guarnimientos de diferentes brocados, y á más á doña Jimena muchas joyas y tocados, y á vuestras dos fijas bellas dos jacintos muy preciados; dos cofres de muchas sedas para vestir tus fidalgos.-- El Cid les dijera:--Amigos, el mensaje habéis errado, porque yo no soy señor adonde está el rey Fernando: todo es suyo, nada es mío, yo soy su menor vasallo.-- El Rey agradeció mucho la humildad del Cid honrado, y dijo á los mensajeros: --Decidles á vuestros amos que aunque no es rey su señor, con un rey está sentado, y que cuanto yo poseo el Cid me lo ha conquistado; y que yo estoy muy contento en tener tan buen vasallo. El Cid despidió á los moros con dones que les ha dado, siendo dende allí adelante el Cid, Ruíz Díaz llamado, apellido, entre los moros, de hombre de valor y estado.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIX

Á concilio dentro en Roma el Padre Santo ha llamado. Por obedecer al Papa este noble rey Fernando para Roma fué derecho, con el Cid acompañado. Por sus jornadas contadas en Roma se han apeado: el Rey con gran cortesía al Papa besó la mano, y el Cid y sus caballeros, cada cual de grado en grado. En la iglesia de San Pedro don Rodrigo había entrado, do vido las siete sillas de siete reyes cristianos, y vió la del Rey de Francia junto á la del Padre santo, y á la del Rey su señor un estado más abajo. Fuése á la del Rey de Francia, con el pié la ha derribado; la silla era de marfil, hecho la ha cuatro pedazos, y tomó la de su Rey y subióla en lo más alto. Habló allí un honrado duque, que dicen el Saboyano: --Maldito seas, Rodrigo, del Papa descomulgado, porque deshonraste un Rey, el mejor y más preciado. Oyendo el Cid sus razones d’esta manera ha fablado: --Dejemos los reyes, Duque; y si os sentís agraviado hayámoslo entre los dos; de mí á vos sea demandado.-- Allegóse cabe el Duque, un gran rempujón le ha dado; el Duque sin responder se quedó muy mesurado. El Papa cuando lo supo al Cid ha descomulgado; sabiéndolo el de Vivar ante el Papa se ha postrado. --Absolvedme, dijo, Papa; sino, seráos mal contado.--[1]

[1] Los antiguos editores no tuvieron reparo en imprimir esta irreverente al par que contradictoria demanda, que hubieron de mirar como una niñada sin trascendencia del mozo Rodrigo. Por lo demás, ya se ha visto que no sólo estas palabras sino el hecho en sí mismo son de todo punto fabulosos. (Véase Prólogo, pág. 6.)

[Ilustración]

[Ilustración]

XX

En los solares de Burgos, á su Rodrigo aguardando, tan en cinta está Jimena que muy cedo aguarda el parto, cuando además dolorida una mañana en di-santo bañada en lágrimas tiernas tomó la pluma en la mano, y después de haberle escrito mil quejas á su velado, bastantes á domeñar unas entrañas de mármol, de nuevo tomó la pluma y de nuevo tornó al llanto, y d’esta guisa le escribe al noble rey don Fernando: «Á vos, mi señor el Rey, »el bueno, el aventurado, »el magno, el conqueridor, »el agradecido, el sabio, »la vuesa sierva Jimena, »fija del conde Lozano, »á quien vos marido disteis, »bien así como burlando, »desde Burgos os saluda, »donde vive lacerando. »Las vuesas andanzas buenas »llévevoslas Dios al cabo. »Perdonadme, mi señor, »si no os fablo muy en salvo; »que si mal talante os tengo »non puedo disimulallo. »¿Qué ley de Dios vos enseña »que podáis por tiempo tanto, »cuando afincáis en las lides, »descasar á los casados? »¿Qué buena razón consiente »que á un garzón bien domeñado, »falagüeño y homildoso »le mostréis á ser león bravo? »¿Y que de noche y de día »le traigáis atraillado »sin soltalle para mí »sino una vez en el año? »Y esa que me le soltáis, »fasta los piés del caballo »tan teñido en sangre viene »que pone pavor mirallo; »y cuando mis brazos toca »luégo se duerme en mis brazos. »En sueños gime y forceja, »que cuida que está lidiando. »Apenas el alba rompe »cuando lo están acuciando »los esculcas y adalides »para que se vuelva al campo. »Llorando vos lo pedí, »y en mi soledad cuidando »de cobrar padre y marido, »ni uno tengo ni otro alcanzo; »que como otro bien no tengo »y me lo habedes quitado, »en guisa le lloro vivo, »cual si estuviera finado. »Si lo facéis por honralle, »mi Rodrigo es tan honrado »que no tiene barba, y tiene »cinco reyes por vasallos. »Yo finco, señor, en cinta, »que en nueve meses he entrado, »y me podrán empecer »las lágrimas que derramo. »Non permitáis se malogren »prendas del mejor vasallo »que tiene cruces bermejas, »ni á rey ha besado mano. »Respondedme en puridad »con letras de vuesa mano, »aunque al vueso mandadero »le pague yo su aguinaldo. »Dad este escrito á las llamas, »non se faga de palacio, »que á malos barruntadores »non me será bien contado.»

[Ilustración]

XXI

Pidiendo á las diez del día papel á su secretario, á la carta de Jimena responde el Rey por su mano. Después de facer la cruz, con cuatro puntos y un rasgo, aquestas palabras finca á guisa de cortesano: «Á vos, Jimena la noble, »la del marido envidiado, »la homildosa, la discreta, »la que cedo espera el parto, »el Rey, que nunca vos tuvo »talante desmesurado, »vos envía sus saludes »en fe de quereros tanto. »Decisme que soy mal rey »y que descaso casados, »y que por los mis provechos »non curo de vuesos daños; »que estáis de mí querellosa »decís en vuesos despachos, »que non vos suelto el marido »sino una vez en el año, »y que cuando vos lo suelto, »en lugar de falagaros »en vuesos brazos se duerme, »como viene tan cansado. »Si supiérades, señora, »que vos quitaba el velado »por mis enamoramientos, »fuera con razón quejaros; »mas si sólo vos lo quito »para lidiar en el campo »con los moros convecinos, »non vos fago mucho agravio. »Á non vos tener en cinta, »señora, el vueso velado, »creyera de su dormir »lo que me habedes contado; »pero si os tiene, señora, »con el brial levantado... »no se ha dormido en el lecho »si espera en vos mayorazgo. »Y si en el parto primero »un marido os ha faltado, »no importa, que sobra un rey »que os hará cien mil regalos. »Non le escribedes que venga, »porque aunque esté á vueso lado »en oyendo el atambor »será forzoso dejaros. »Si non hubiera yo puesto »las mis huestes á su cargo, »ni vos fuérais más que dueña, »ni él fuera más que un fidalgo. »Decís que vueso Rodrigo »tiene reyes por vasallos; »¡Ojalá como son cinco »fueran cinco veces cuatro! »Porque teniéndolos él »sujetos á su mandado, »mis castillos y los vuesos »no hubieran tantos contrarios. »Decís que entregue á las llamas »la carta que me habéis dado; »á contener herejías »fuera digna de tal pago; »mas si contiene razones »dignas de los siete sabios, »mejor es para mi archivo »que non para el fuego ingrato; »y porque guardéis la mía »y non la fagáis pedazos, »por ella á lo que pariérdes »prometo buen aguinaldo. »Si fijo, prometo dalle »una espada y un caballo, »y dos mil maravedís »para ayuda de su gasto. »Si fija, para su dote »prometo poner en cambio »desde el día que naciere »de plata cuarenta marcos. »Con esto ceso, señora, »y no de estar suplicando »á la Virgen, vos alumbre »en los peligros del parto.»

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

Salió á misa de parida á San Isidro en León la noble Jimena Gómez, mujer del Cid Campeador. Para salir, de contray sus escuderos vistió; que el vestido del criado dice quién es el señor. Un jubón de grana fina la bella dama sacó, con fajas de terciopelo picadas de dos en dos; de lo mismo una basquiña con la mesma guarnición, donas que le diera el Rey el día que se casó, y con los cabos de plata un muy rico ceñidor, que á la Condesa su madre el Conde en donas le dió. Lleva una cofia de papos de riquísimo valor, que le dió la infanta Urraca el día que se veló; dos patenas lleva al cuello, puestas con mucho primor, con San Lázaro y San Pedro, santos de su devoción, y los cabellos que al oro disminuyen su color, á las espaldas echados, de todos hecho un cordón. Lleva un manto de Contray, porque las dueñas de honor, mientras más cubren su rostro, más descubren su opinión. Tan hermosa iba Jimena, que suspenso quedó el sol en medio de su carrera por podella ver mejor, y á la entrada de la iglesia al rey Fernando encontró, que para metella dentro de la mano la tomó. Dijo el Rey:--Noble Jimena, pues el buen Cid Campeador, vueso dichoso marido y mi vasallo mejor, que por estar en las lides hoy de la iglesia faltó, á falta del brazo suyo yo vuestro bracero soy, y á aquesa fermosa infanta, que el cielo divino os dió, mando mil maravedís y mi plumaje el mejor.-- Non le agradece Jimena al Rey tanto su favor; que le ocupa la vergüenza, y á sus palabras la voz. Las manos quiso Jimena besarle y él las huyó: acompañóla en la iglesia, y á su casa la volvió.

[Ilustración]

XXIII

Acababa el rey Fernando de distribuir sus tierras cercano para la muerte que le amenaza de cerca, cuando por la triste sala, de negro luto cubierta, la olvidada infanta Urraca vertiendo lágrimas entra; y viendo á su padre el Rey con debida reverencia, de hinojos ante la cama la mano le pide y besa; y después de haber mostrado con tierno llanto sus quejas, mostrando la voz humilde así la Infanta se queja: --Entre divinas y humanas ¿qué ley, padre, vos enseña para mejorar los homes desheredar á las fembras? Á Alfonso, Sancho y García, que están en vuestra presencia, dejáis todos los haberes y de mí non se vos lembra; non debo ser vuestra fija, que os forzara si lo fuera á tener de mí lembranza la vuesa naturaleza. Si legítima non soy magüer que bastarda fuera, de alimentar los mestizos habedes naturaleza. Y si ansí non es, decid: ¿qué culpa me deshereda? ¿qué desacato vos fice que tal castigo merezca? Si tal tuerto me facéis, las naciones extranjeras y los vuesos homes buenos ¿qué dirán cuando lo sepan? Que non es derecho, non, ni tal es razón que sea pudiendo ganalla en lides dar á los homes facienda. Si tierras no me dejáis iréme por las agenas, y por cubrir vueso tuerto negaré ser fija vuesa. En traje de peregrina pobre iré, mas faced cuenta que las romeras á veces suelen fincar en rameras. Sangre noble me acompaña, mas cuido que mi nobleza como extraña olvidaré pues que por tal me desechas.-- Tales palabras habló y esperando la respuesta dió principio al tierno llanto poniendo fin á sus quejas.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIV

Atento escucha las quejas de su fija doña Urraca el noble rey Don Fernando desafuciado en la cama. De su libertad se pena, va á responder y no habla que enmudece hasta á los reyes una mujer libertada; mas por poder juntamente responder y remediada, arrancó palabras, antes que se le arrancara el alma. --Si cual lloras por facienda, por la mi muerte lloraras non dudo, querida fija, que mi vivir se alargara. ¿Qué lloras, sandia mujer, por las tenencias humanas pues ves que de todas ellas sólo llevo hoy la mortaja? Á este restante de vida, que me queda, rindo gracias, pues que sólo en él consiste el dejar tú de ser mala. Cuando parta, iré derecho á la celestial morada, pues me ha sido purgatorio el fuego de tus palabras. Á tus hermanos envidias, mas non atiendes, cuitada, que con la renta les dejo obligación de guardalla. Ellos con mucho están pobres, y tú estás rica sin nada, porque las nobles mujeres entre paredes se pasan. Que eres mi fija confieso, pero saliste liviana: en liviandades pensé al tiempo que te engendrara. Parióte madre honorosa mas entregáronte á un ama que con tus palabras muestras era la leche villana. Dices que á tierras ajenas te irás; pero no me espanta que la que se va de lengua á ser infame se vaya. Mas por si puedo atajar tu denuedo y tus palabras, tras de las mandas que he fecho quiero facer otra manda. No quiero dejarte pobre porque lo dicho non fagas, que aunque eres noble mujer eres muy determinada. Por tuya dejo Zamora muy guarnecida y torreada, que para tus desvaríos convienen fuertes murallas. Homes buenos hay en ella para servirte y guardalla; de sus consejos te fía y de mis tesoros gasta. Si guardé tal posesión bien hube de ti membranza; ténla tú de que semejes á tu sangre y á tu casta: á quien te quite Zamora la mi maldición le caiga.-- Todos responden amen, sino Don Sancho, que calla.

[Ilustración]

XXV

Doliente se siente el Rey, este buen rey don Fernando; los piés tiene hacia el oriente y la candela en la mano. Á su cabecera tiene arzobispos y perlados, á su man derecha tiene á sus hijos todos cuatro. Los tres eran de la Reina y el uno era bastardo: ese que bastardo era quedaba mejor librado. Arzobispo es de Toledo, maestre de Santiago, abad era en Zaragoza, de las Españas primado. --Hijo, si yo no muriera vos fuérades Padre Santo, mas con la renta que os queda vos bien podéis alcanzarlo.-- Ellos estando en aquesto entrara Urraca Fernando, y vuelta hacia su padre d’esta manera ha fablado.

[Ilustración]

XXVI

Morir vos queredes, padre, sant Miguel vos haya el alma; mandástedes vuestras tierras á quien bien se os antojara. Diste á don Sancho á Castilla, Castilla la bien nombrada; á don Alonso á León y á don García á Vizcaya. Á mí, porque soy mujer, dejáisme desheredada. Irme he yo por estas tierras como una mujer errada, de lo que ganar pudiere haré bien por vuestra alma.-- Allí preguntara el Rey: --¿Quién es esa que así habla? Respondiera el Arzobispo: --Vuestra hija doña Urraca. --Calledes, hija, calledes, no digades tal palabra, que mujer que tal decía meresce de ser quemada. Allá en Castilla la Vieja un rincón se me olvidaba, Zamora había por nombre, Zamora la bien cercada; de una parte la cerca el Duero, de otra, Peña tajada, del otro la Morería; ¡Una cosa es muy preciada! ¡Quien os lo tomare, hija, la mi maldición le caiga! Todos dicen amen, amen, sino don Sancho, que calla.

[Ilustración]

PARTE SEGUNDA

ÉPOCA DE SANCHO SEGUNDO

Cerco de Zamora

[Ilustración]

XXVII