Romancero selecto del Cid

Part 2

Chapter 23,614 wordsPublic domain

Cuidando Diego Laínez en la mengua de su casa, fidalga, rica y antigua antes que Íñigo Abarca; y viendo que le fallescen fuerzas para la venganza, porque por sus luengos días por sí no puede tomalla, no puede dormir de noche, nin gustar de las viandas, ni alzar del suelo los ojos, ni osar salir de su casa, nin fablar con sus amigos, antes les niega la fabla, temiendo que les ofenda el aliento de su infamia. Estando, pues, combatiendo con estas honrosas bascas, para usar d’esta experiencia, que no le salió contraria, mandó llamar á sus hijos, y sin decilles palabra, les fué apretando uno á uno las fidalgas tiernas palmas; no para mirar en ellas las quirománticas rayas, que este fechicero abuso no era nacido en España. Mas prestando el honor fuerzas, á pesar del tiempo y canas, á la fría sangre y venas, nervios y arterias heladas, les apretó de manera que dijeron:--Señor, basta ¿Qué intentas ó qué pretendes? Suéltanos ya, que nos matas.-- Mas cuando llegó á Rodrigo, casi muerta la esperanza del fruto que pretendía, que á do no piensan se halla, encarnizados los ojos, cual furiosa tigre hircana, con mucha furia y denuedo le dice aquestas palabras: --Soltedes, padre, en mal hora, soltedes en hora mala, que á no ser padre, no hiciera satisfacción de palabras; antes con la mano mesma vos sacara las entrañas, faciendo lugar el dedo en vez de puñal ó daga.-- Llorando de gozo el viejo dijo:--Fijo de mi alma, tu enojo me desenoja, y tu indignación me agrada. Esos bríos, mi Rodrigo, muéstralos en la demanda de mi honor, que está perdido, si en ti no se cobra y gana.-- Contóle su agravio, y dióle su bendición y la espada con que dió al Conde la muerte y principio á sus fazañas.

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III

Pensativo estaba el Cid viéndose de pocos años, para vengar á su padre matando al conde Lozano. Miraba el bando temido del poderoso contrario, que tenía en las montañas mil amigos asturianos; miraba cómo en las Cortes del rey de León Fernando era su voto el primero, y en guerras mejor su brazo. Todo le parece poco respecto de aquel agravio, el primero que se ha fecho á la sangre de Laín Calvo. Al cielo pide justicia, á la tierra pide campo, al viejo padre licencia, y á la honra esfuerzo y brazo. Non cuida de su niñez; que en naciendo, es costumbrado á morir por casos de honra el valiente fijodalgo. Descolgó una espada vieja de Mudarra el castellano, que estaba vieja y mohosa por la muerte de su amo; y pensando que ella sola bastaba para el descargo, antes que se la ciñese, así le dice turbado: --Faz cuenta, valiente espada, que es de Mudarra mi brazo, y que con su brazo riñes, porque suyo es el agravio. Bien sé que te correrás de verte así en la mi mano; mas no te podrás correr de volver atrás un paso. Tan fuerte como tu acero me verás en campo armado; tan bueno como el primero segundo dueño has cobrado; y cuando alguno te venza, del torpe fecho enojado, fasta la cruz en mi pecho, te esconderé muy airado. Vamos al campo, que es hora de dar al conde Lozano el castigo que merece tan infame lengua y mano.-- Determinado va el Cid, y va tan determinado, que en espacio de una hora quedó del Conde vengado.

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IV

Non es de sesudos homes, ni de infanzones de pro, facer denuesto á un fidalgo que es tenudo más que vos; non los fuertes barraganes del vuestro ardid tan feroz prueban en homes ancianos el su juvenil furor; no son buenas fechorías que los homes de León fieran en el rostro á un viejo, y no el pecho á un infanzón. Cuidarais que era mi padre de Laín Calvo sucesor, y que no sufren los tuertos los que han de buenos blasón. Mas ¿cómo vos atrevisteis á un home, que sólo Dios, siendo yo su fijo, puede facer aquesto, otro non? La su noble faz ñublasteis con nube de deshonor, mas yo desfaré la niebla, que es mi fuerza la del sol; que la sangre dispercude mancha que finca en la honor, y ha de ser, si bien me lembro, con sangre del malhechor. La vuesa, Conde tirano, lo será, pues su fervor os movió á desaguisado privándovos de razón. Mano en mi padre pusisteis delante el Rey con furor; cuidá que lo denostasteis, y que soy su fijo yo. Mal fecho fecisteis, Conde, yo vos reto de traidor; y catad si vos atiendo si me causaréis pavor. Diego Laínez me fizo bien cendrado en su crisol; probaré en vos mi fiereza y en vuesa falsa intención. Nos vos valdrá el ardimiento de mañero lidiador, pues para vos combatir traigo mi espada y trotón.-- Aquesto al conde Lozano dijo el buen Cid Campeador, que después por sus fazañas este nombre mereció. Dióle la muerte y vengóse, la cabeza le cortó, y con ella ante su padre contento se afinojó.

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V

Llorando Diego Laínez yace sentado á la mesa, vertiendo lágrimas tristes y tratando de su afrenta; y trasportándose el viejo, la mente siempre inquiëta de temores muy honrados, va levantando quimeras, cuando Rodrigo venía con la cortada cabeza del Conde, vertiendo sangre, y asida por la melena. Tiró á su padre del brazo, y del sueño lo recuerda, y con el gozo que trae le dice de esta manera: --Veis aquí la yerba mala para que vos comáis buena; abrid, mi padre, los ojos y alzad la faz, que ya es cierta vuesa honra, y ya con vida os resucita de muerta. De su mancha está lavada á pesar de su soberbia; que hay manos que no son manos, y esta lengua ya no es lengua. Yo os he vengado, señor, que está la venganza cierta cuando la razón ayuda á aquel que se arma con ella.-- Piensa que lo sueña el viejo, mas no es así, que no sueña, sino que el llorar prolijo mil caracteres le muestra; mas al fin alzó los ojos, que fidalgas sombras ciegan, y conoció á su enemigo aunque en la mortal librea. --Rodrigo, fijo del alma, encubre aquesa cabeza, no sea otra Medusa que me trueque en dura piedra, y sea tal mi desventura que antes que te lo agradezca se me abra el corazón con alegría tan cierta. ¡Oh conde Lozano infame! El cielo de ti me venga, y mi razón, contra ti, ha dado á Rodrigo fuerzas. Siéntate á yantar, mi fijo, do estoy, á mi cabecera, que quien tal cabeza trae será en mi casa cabeza.

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VI

Cabalga Diego Laínez al buen Rey besar la mano; consigo se los llevaba los trescientos hijosdalgo. Entre ellos iba Rodrigo, el soberbio castellano; todos caminan á mula, sólo Rodrigo á caballo; todos visten oro y seda, Rodrigo va bien armado; todos espadas ceñidas, Rodrigo estoque dorado; todos con sendas varicas, Rodrigo lanza en la mano; todos guantes olorosos, Rodrigo guante mallado; todos sombreros muy ricos, Rodrigo casco afinado, y encima del casco lleva un bonete colorado. Andando por su camino, unos con otros hablando, allegados son á Burgos; con el Rey se han encontrado. Los que vienen con el Rey entre sí van razonando; unos lo dicen de quedo, otros lo van publicando: --Aquí viene entre esa gente quien mató al conde Lozano.-- Como lo oyera Rodrigo, en hito los ha mirado; con alta y soberbia voz d’esta manera ha hablado: --Si hay alguno entre vosotros su pariente ó adeudado á quien pese de su muerte, salga luégo á demandallo; yo se lo defenderé, quiera á pié, quiera á caballo. Todos responden á una: --Demándelo su pecado.-- Todos se apearon juntos para al Rey besar la mano; Rodrigo sólo quedó encima de su caballo. Entonces habló su padre, bien oiréis lo que ha hablado. --Apeaos, hijo mío, besaréis al Rey la mano, porqu’él es vuestro señor, vos, hijo, sois su vasallo.-- Desque Rodrigo esto oyó sintióse muy agraviado; las palabras que responde son de hombre muy enojado. --Si otro me lo dijera, ya me lo hubiera pagado; mas por mandarlo vos, padre, yo lo haré de buen grado.-- Ya se apeaba Rodrigo para al Rey besar la mano; al hincar de la rodilla el estoque se ha arrancado. Espantóse d’esto el Rey y dijo como turbado: --Quítate, Rodrigo, allá, quítateme allá, diablo; que tienes el gesto de hombre y los hechos de león bravo.-- Como Rodrigo esto oyó apriesa pide el caballo; con una voz alterada contra el Rey así ha hablado: --Por besar mano de rey no me tengo por honrado; porque la besó mi padre me tengo por afrentado.-- En diciendo estas palabras salido se ha del palacio; consigo se los tornaba los trescientos hijosdalgo. Si bien vinieron vestidos, volvieron mejor armados; y si vinieron en mulas, todos vuelven en caballos.

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[Ilustración: Jimena á los piés de Fernando I]

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VII

Día era de los Reyes, día era señalado cuando dueñas y doncellas al Rey piden aguinaldo, si no es Jimena Gómez, hija del conde Lozano, que puesta delante el Rey d’ esta manera ha hablado --Con mancilla vivo, Rey, con ella vive mi madre; cada día que amanece veo quien mató á mi padre caballero en un caballo y en su mano un gavilane; otras veces un halcón que trae para cazare, y por me hacer más enojo cébalo en mi palomare; con sangre de mis palomas ensangrentó mi briale. Enviéselo á decir; envióme á amenazare. Rey que no hace justicia no debía de reinare, ni cabalgar en caballo, ni espuela de oro calzare, ni comer pan en manteles, ni con la Reina holgare, ni oir misa en sagrado porque no merece mase.-- El Rey de que aquesto oyera comenzara de hablare: --¡Oh válame Dios del cielo! quiérame Dios consejare: si yo prendo ó mato al Cid, mis Cortes se volverane; y si no hago justicia mi alma lo pagarae. --Tén tú las tus Cortes, Rey, no te las revuelva nadie, y al que á mi padre mató dámelo tú por iguale, que quien tanto mal me hizo sé que algún bien me haráe.-- Entonces dijera el Rey, bien oiréis lo que dirae: --Siempre lo oí decir y agora veo que es verdade, que el seso de las mujeres que non era naturale: hasta aquí pidió justicia ya quiere con él casare; yo lo haré de muy buen grado, de muy buena voluntade. Mandarle quiero una carta, mandarle quiero llamare.-- Las palabras no son dichas, la carta camino vae, mensajero que la lleva dado la había á su padre. --Malas mañas habéis, Conde, no os las puedo yo quitare, que cartas que el Rey os manda no me las queráis mostrare.-- --No era nada, mi hijo, sino que vades alláe, quedaos vos aquí, mío hijo, yo iré en vuestro lugare.-- --Nunca Dios tal cosa quiera ni Santa María lo mande, sino que adonde vos fuéredes que allá vaya yo delante.

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VIII

Reyes moros en Castilla entran con gran alarido; de moros son cinco reyes, lo demás mucho gentío. Pagaron por junto á Burgos, á Montes-d’Oca han corrido, y corriendo á Belforado, también á Santo Domingo, á Nájera y á Logroño, todo lo habían destruído. Llevan presa de ganados, muchos cristianos cautivos, hombres muchos y mujeres y también niñas y niños. Ya se vuelven á sus tierras bien andantes y muy ricos, porque el Rey ni otro ninguno á quitárselo han salido. Rodrigo, cuando lo supo en Vivar, el su castillo, mozo es de pocos días, los veinte años no ha cumplido. Cabalga sobre Babieca y con él los sus amigos; apellidara á la tierra: mucha gente le ha venido. Gran salto diera en los moros; en Montes-d’Oca, el castillo, venciera todos los moros y prendió los reyes cinco. Quitárales la gran presa y gentes que iban cautivos; repartiera las ganancias con los que le habían seguido; los reyes trajera presos á Vivar, el su castillo; entrególos á su madre, ella los ha recibido, soltólos de la prisión, vasallaje han conocido, y á Rodrigo de Vivar todos lo han bendecido. Loaban su valentía; sus parias le han prometido; fuéronse para sus tierras cumpliendo lo que habían dicho.

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IX

De Rodrigo de Vivar muy grande fama corría cinco reyes ha vencido, moros de la morería. Soltólos de la prisión do metidos los tenía; quedaron por sus vasallos, sus parias le prometían. En Burgos estaba el rey que Fernando se decía. Aquesa Jimena Gómez ante el buen Rey parecía; humilládose había ant’él y su razón proponía: --Fija soy yo de don Gómez, que en Gormaz condado había; don Rodrigo de Vivar le mató con valentía. La menor soy yo de tres hijas que el Conde tenía, y vengo á os pedir merced que me hagáis en este día, y es que aquese don Rodrigo por marido yo os pedía. Ternéme por bien casada, honrada me contaría, que soy cierta que su hacienda ha de ir en mejoría, y él mayor en el estado que en la vuestra tierra había. Haréisme así gran merced, hacer á vos bien vernía, porqu’es servicio de Dios y yo le perdonaría la muerte que dió á mi padre, si él aquesto concedía.-- El Rey hobo por muy bien lo que Jimena pedía: escrebiérale sus cartas, que viniese, le decía, á Plasencia, donde estaba, qu’es cosa que le cumplía. Rodrigo, que vió las cartas que el rey Fernando le envía, cabalgó sobre Babieca, muchos en su compañía: todos eran hijosdalgo los que Rodrigo traía; armas nuevas traían todos, de una color se vestían; amigos son y parientes, todos á él le seguían. Trescientos eran aquellos que con Rodrigo venían. El Rey salió á recibirlo, que muy mucho lo quería. Díjole el Rey:--Don Rodrigo, agradézcoos la venida, que aquesa Jimena Gómez por marido á vos pedía, y la muerte del su padre perdonada os la tenía. Yo vos ruego que lo hagáis, d’ello gran placer habría; hacervos he gran merced, muchas tierras os daría. --Pláceme, Rey mi señor, don Rodrigo respondía, en esto y en todo aquello que tu voluntad sería.-- El rey se lo agradeció; desposados los había el Obispo de Palencia, y el Rey dádole había á Rodrigo de Vivar mucho más que antes tenía, y amóle en su corazón, que todo lo merecía. Despidiérase del Rey, para Vivar se volvía; consigo lleva su esposa, su madre la recebía. Rodrigo se la encomienda como á su persona misma; prometió como quien era que á ella no llegaría hasta que las cinco huestes de los moros no vencía.

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[Ilustración: Bodas del Cid y Jimena]

X

Á Jimena y á Rodrigo prendió el Rey palabra y mano de juntarlos para en uno en presencia de Laín Calvo. Las enemistades viejas con amor las olvidaron, que donde preside amor se olvidan muchos agravios. El Rey dió al Cid á Valduerna, á Saldaña y Belforado y á San Pedro de Cardeña, que en su hacienda vincularon. Entróse á vestir de boda Rodrigo con sus hermanos; quitóse gala y arnés resplandeciente y grabado. Púsose un medio botarga con unos vivos morados, calzas, valona tudesca de aquellos siglos dorados: eran de grana de polvo y de vaca los zapatos, con dos hebillas por cintas que le apretaban los lados; camisón redondo y justo sin filetes ni recamos, que entonces el almidón era pan para muchachos; con jubón de raso negro, ancho de manga, estofado, que en tres ó cuatro batallas su padre lo había sudado. Una acuchillada cuera se puso encima del raso, en remembranza y memoria de las muchas que había dado; una gorra de Contray con una pluma de gallo; llevaba puesto un tudesco en felpa todo forrado; la tizona rabitiesa, del mundo terror y espanto, en tiros nuevos traía, que costaron cuatro cuartos. Más galán que Gerineldos baja el Cid famoso al patio, donde Rey, Obispo y Grandes en pié estaban aguardando. Tras esto bajó Jimena, tocada en toca de papos, y no con estas quimeras que agora llaman hurracos. De paño de Londres fino era el vestido bordado; unas garnachas muy justas con un chapín colorado; un collar de ocho patenas con un San Miguel colgado, que apreciaron una villa, solamente de las manos. Llegaron juntos los novios, y al dar la mano y abrazo, el Cid, mirando la novia, le dijo todo turbado: --Maté á tu padre, Jimena, pero no á desaguisado; matéle de hombre á hombre para vengar cierto agravio. Maté hombre, y hombre doy; aquí estoy á tu mandado, y en lugar del muerto padre cobraste marido honrado.-- Á todos pareció bien, su discreción alabaron, y así se hicieron las bodas de Rodrigo el castellano.

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XI

Á su palacio de Burgos, como buen padrino honrado, llevaba el Rey á yantar á sus nobles afijados. Salen juntos de la iglesia el Cid, el Obispo y Laín Calvo, con el gentío del pueblo que les iba acompañando. Por la calle adonde van á costa del Rey gastaron en un arco muy polido más de treinta y cuatro cuartos. En las ventanas alfombras, en el suelo juncia y ramos, y de trecho á trecho había mil trovas al desposado. Salió Pelayo hecho toro con un paño colorado, y otros que le van siguiendo, y una danza de lacayos. También Antolín salió á la jineta en un asno, y Peláez con vejigas fuyendo de los mochachos. Diez y seis maravedís mandó el Rey dar á un lacayo, porque espantaba á las fembras con un vestido de diablo. Más atrás viene Jimena, trabándola el Rey la mano, con la Reina, su madrina, y con la gente de manto. Por las rejas y ventanas arrojaban trigo tanto, que el Rey llevaba en la gorra, como era ancha un gran puñado; y á la humildosa Jimena se le metían mil granos por la marquesota al cuello, y el rey se los va sacando. Envidioso dijo Suero, que lo oyera el Rey, en alto: --Aunque es de estimar ser Rey, estimara más ser mano.-- Mandóle por el requiebro el Rey un rico penacho, y á Jimena le rogó que en casa le dé un abrazo. Fablándola iba el Rey, mas siempre la fabla en vano, que non dirá discreción como la que faz callando. Llegó á la puerta el gentío, y partiéndose á dos lados, quedóse el Rey á comer y los que eran convidados.

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XII

Domingo por la mañana cuando el claro sol salió más alegre que otras veces por gozar de la ocasión, don Rodrigo de Vivar el que la palabra dió de casarse con Jimena, ese día la cumplió. Y para ir á la iglesia á tomar la bendición, por mostrar lo que valía ¡oh qué galán que salió! Que de raso columbino llevaba un rico jubón, calza colorada y justa, porque su gusto ajustó, bohemio de paño negro, de raso la guarnición, la manga larga y angosta con capilla de buitrón; jaqueta lleva de raja y en ella mucho brahón, y las faldetas tan cortas que se parece el jubón; lleva un cinto tachonado, de plata los cabos son, pendiente lleva del cinto un doblado mocador. Zapatos lleva de seda de un amarillo color, abiertos y acuchillados porque era acuchillador. Un collar de piedras y oro que al muerto suegro sirvió; la gorra lleva con plumas, y un labrado camisón, y la tizonada espada á quien él mucho estimó; de terciopelo morado los tiros y vaina son. Todos los grandes le aguardan, cuántos en la corte son; sale el Cid y hácenle campo porque era Cid Campeador. El Rey le lleva á su lado, que en hacerlo adivinó que de otros muy mucho reyes Rodrigo le hará señor. Todos le llevan en medio en orden y procesión, y para ir á la iglesia todos se mueven á un són.

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XIII

Celebradas ya las bodas á do la corte yacía de Rodrigo con Jimena, á quien tanto el Rey quería, el Cid pide al Rey licencia para ir en romería al Apóstol Santiago, porque así lo prometía. El Rey túvolo por bien, muchos dones le daría; rogóle volviese presto, que es cosa que le cumplía. Despidióse de Jimena, á su madre la daría, diciendo que la regale, que en ello merced le haría. Llevaba veinte fidalgos que van en su compañía; dando va muchas limosnas por Dios y Santa María; y allá en medio del camino un gafo le aparecía metido en un tremedal, que salir dél no podía. Grandes voces está dando; por amor de Dios pedía que le sacasen de allí, pues d’ello se serviría. Cuando lo oyera Rodrigo del caballo descendía; ayudólo á levantar y consigo lo subía, lleváralo á su posada, consigo cenado había; ficiéranles una cama, en la cual ambos dormían. Hacia allá la media noche, ya que Rodrigo dormía, un soplo por las espaldas el Gafo dado le había tan recio, que por los pechos á don Rodrigo salía. Despertó muy espantado; al Gafo buscado había; no le hallaba en la cama; á voces lumbre pedía. Traídole habían lumbre y el Gafo no parecía. Tornádose había á la cama, gran cuidado en sí tenía de lo que le aconteciera; mas un hombre á él venía vestido de blancos paños; desta manera decía: --¿Duermes ó velas, Rodrigo? --No duermo, le respondía; pero, dime tú, ¿quién eres, que tanto resplandecías? --San Lázaro soy, Rodrigo, que yo á fablarte venía. Yo soy el Gafo á que tú por Dios tanto bien facías. Rodrigo, Dios bien te quiere, y otorgado te tenía que lo que tú comenzares en lides ó en otra vía, lo cumplirás á tu honra y crecerás cada día. De todos serás temido, de cristianos y morisma, y que los tus enemigos empecer no te podrían. Morirás tú muerte honrada, tu persona no vencida; tú serás el vencedor, Dios su bendición te envía.-- En diciendo estas palabras, luégo desaparecía. Levantóse don Rodrigo, y de hinojos se ponía: dió gracias á Dios del cielo, también á Santa María, y ansí estuvo en oración hasta que fuera de día. Partióse para Santiago, su romería cumplía; de allí se fué á Calahorra, adonde el buen Rey yacía. Recibiéralo muy bien, holgóse de su venida; lidió con Martín González, en el campo le vencía.

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XIV