Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E
Chapter 15
Síguese después la ceremonia del brindis y de las ofrendas, y luego vuela por los aires con grande aplauso y fiesta del pueblo. Pero esta diosa no se lleva consigo al Mapono como lo hacen los otros dioses; antes bien, no siempre que el Mapono baja del cielo, viene en brazos de la diosa. Son muchos sus viajes y sus funciones. Baja tal vez en medio de la iglesia en la mayor bulla del pueblo, que se asombra y desordena por el ruido y estrépito que hace, cortejándole y trayéndole en sus manos una gran tropa de demonios, los cuales no pocas veces se suelen burlar de él á costa suya, porque de lo más alto del templo le dejan caer á plomo en tierra muy maltratado y á pique de morir, como no ha mucho tiempo que sucedió en la tierra de los Mopoosicas.
La postura del cuerpo para volar, es en forma de alas y en pie derecho cuando vuela hacia arriba; y cabeza abajo cuando baja á la tierra.
Fuera de estos dioses, adoran otra casta de deidades, á quien llaman _Isituús_, que quiere decir señores del agua. Su ejercicio es andar por los ríos y lagunas, llenándolos de pescados para el mantenimiento de sus devotos.
A estos Isituús invoca la gente en las pescas, incensándolos con humo de tabaco, de que usan para aturdir los peces, y si logran buena pesca, agradecidos al beneficio van al templo y les ofrecen alguna porción de pescado con los mismos ritos que á los otros dioses.
Tales deidades y tal religión tienen sacerdotes semejantes. Al principal llaman Mapono, y es el maestro, con quien el pueblo consulta las cosas de su conciencia y á quien manifiestan sus necesidades, de las cuales hace relación en el Consejo de los dioses y les solicita el remedio.
No habla solamente en la iglesia con los demonios, sino que ellos se dignan también de visitarle en su casa y tratarlo con toda afabilidad y cortesía.
En estas visitas lo pagan las mujeres del Mapono, que se ven obligadas á huir por el espanto y terror de aquellas horribles y monstruosas visiones.
Por esto, no sólo es respetado, sino también temido de todos, pudiendo á su antojo causar daño y matar á quien quiere, y para hacer mayor ostentación de su poder, tiene la casa llena de víboras y serpientes, y cuando vuelve á casa de sus funciones eclesiásticas, viene acariciando en sus brazos semejantes animales.
La forma de consagrarle y las ceremonias de que usan para esta función son extrañas y conformes al que ha de servir á tales deidades.
Es el Mapono la persona más venerada del pueblo, y de la misma manera que al cacique, se le dan á él los diezmos de la caza y de las cosechas. Vive en una casa bien labrada, cuanto cabe en la industria de aquellos bárbaros, y á veces, por gozar con más frecuencia de las visitas del cielo, se retira solitario al yermo.
Los que quieren entrar en este oficio, antes de tener barba, empiezan á aprender las ceremonias y á acostumbrarse á tratar con los dioses. Para esto suele el Mapono más venerable coger en brazos al aprendiz, ponerle á mirar á la luna cuando está llena, estirarle los dedos mandándole que se deje crecer las uñas, llevarle por los aires y ponerle en el seno de la diosa _Quipoci_; vuelve el miserable de aquellos éxtasis afligido y desmayado, de suerte que apenas, después de muchos días, recobra sus fuerzas.
Fuera de esto, observan rigurosísimos ayunos y abstinencia perpetua de ciertos animales y frutas, singularmente de la granadilla, que vulgarmente llamamos _Flor de la Pasión_, por estar retratados en ella los instrumentos de nuestra Redención. Ni se contentan los demonios de ser reverenciados de sus sacerdotes con ayunos y penitencias; antes bien, mandan hacer rigurosos ayunos á todo el pueblo. Uno, entre los otros, es semejante á los nuestros y es el que se guarda en la dedicación del templo, en que por espacio de cinco días no se puede comer carne; y vestida de luto la Ranchería se prohiben las músicas, banquetes y bailes. Guárdase estrecho silencio y no se gasta el tiempo en otra cosa que en tejer esteras para el adorno del Tabernáculo. El último día se pone en la iglesia mesa franca, abastecida de lo mejor del país.
Para dar principio á la fiesta, la vieja más devota y al parecer más santa, saludando al cacique con reverente inclinación, baja la cabeza, que hiere el cacique ligeramente tres veces con una piedra curiosamente labrada; después da vueltas de rodillas á todo el templo con grandes suspiros y devoción; luego el Mapono bendice todas las partes del templo para santificarle, y con otras ceremonias, que sería largo contar, consagra aquel lugar; y por último, se fenece la fiesta con una gran comida y celebrando un solemne festín de músicas y bailes.
Acerca del último fin y eterna bienaventuranza, tienen estos ciegos idólatras muchos errores. Creen la inmortalidad de las almas, á quien llaman _Oquipau_, y que han de vivir y gozarse eternamente en el cielo, á donde las llevan sus sacerdotes.
Cuando alguno muere le celebran sus exequias, más ó menos, según su esfera. Después la madre y mujer del difunto van al templo con su ofrenda, poniéndose cerca del Tabernáculo. Vienen luego los diablos, y fingiéndose ser el uno el alma del difunto, consuela á la mujer con palabras tiernas y afectuosas, dándole esperanzas de que en breve se volverán á ver en el Paraíso; luego el Mapono rocía el alma con agua para limpiarla de las manchas de los pecados, como usamos nosotros con el agua bendita; y con eso se despide el alma de su madre y mujer. Al punto el Mapono se la echa á cuestas y vuela en alto, quedando la mujer llorando su desventura hasta que tiene noticia de su marido. Vuelve el Mapono, después de largo rato, con alegres nuevas, diciéndola que enjugue las lágrimas, deje de llorar y deponga el luto, porque su marido queda gozando de la vida beatífica de los dioses y la espera para que la haga compañía eternamente en el cielo.
Es cosa digna de saberse la jornada que hace el Mapono con el alma y lo que ésta padece hasta llegar al Paraíso.
El país por donde pasa es todo selvas, montañas y valles, por donde corren muchos ríos caudalosos, y por los remansos de lagunas y grandes pantanos, para cuyo pasaje se gastan muchos días, con gran dificultad se llega á una encrucijada de muchos caminos, junto á la cual corre un gran río, sobre que hay un puente de madera, en el cual asiste de día y de noche un dios llamado _Tatusiso_, cuyo oficio es pasar por aquel puente las almas y ponerlas los Maponos en el camino del cielo.
El traje y porte de este Dios es puntualmente aquel en que la fantasía loca de los poetas representa á su Caronte, pálido el semblante, la frente horrorosa, sin cabellos la cabeza, cubierto de llagas é inmundicias el cuerpo, y por vestido un trapo con que cubrirse honestamente.
Este dios jamás baja á la iglesia á oir las súplicas de sus devotos, porque su oficio nunca le da treguas, pues á todas horas tiene viandantes que pasar.
Sucede muchas veces que mientras pasa el Mapono con el alma, especialmente si es de algún muchacho, la pide _Tatusiso_ que se pare para limpiarle de las inmundicias, y si aquél lo rehusa, lo sufre unas veces; pero no pocas, encendido en cólera, coge al alma y la arroja para que se anegue en el río. De aquí dicen que se originan mil desgracias en el mundo, y para que estos desatinos sean creidos de la gente, se vale el demonio de algunos sucesos naturales para que se confirmen aquellos miserables en su creencia.
Poco ha que sucedió en la tierra de los Jurucarés, que deshaciéndose el cielo en copiosísimas lluvias se perdían los sembrados. Afligida y desconsolada la gente, suplicó al Mapono preguntase á sus dioses la causa de este infortunio. A que respondieron que ya lo sabían, y era, que llevando al cielo el alma de un niño, cuyo padre vivía allí, trató con poca reverencia á _Tatusiso_, y no se quiso dejar limpiar, por lo cual, enfurecido aquel dios, la echó en el río. Oyendo esto su padre, hubo de salir fuera de sí de puro dolor, y se afligía tanto, que causaba compasión, porque le amaba como á su misma vida, y ya que no había podido gozarle en este mundo, se consolaba á lo menos juzgándole ya feliz y bienaventurado en el cielo. Alentóle el Mapono dándole buenas esperanzas si le aprestaba una barquilla en que ir á sacarle de lo profundo del río.
Aprestó luego el padre una canoa, y el Mapono, cargándosela en sus espaldas, voló por los aires y desapareció, poco después se serenó el cielo, con lo cual volvió el Mapono con alegres nuevas, pero la canoa jamás pareció.
El Paraíso donde descansan las almas es bien pobre de contentos y placeres. Fingen que hay en él ciertos árboles muy gruesos que destilan un género de goma con que se mantienen las almas, y que hay monos que en el aspecto parecen etiopes; que hay también miel y algún poco de pescado; da vueltas por todo aquel lugar una grande águila de quien fingen muchas fábulas ridículas, dignas de compasivo llanto por la ceguedad de esta gente.
Tantos son los dioses cuantas son las mansiones en su Paraíso; pero la de la diosa _Quipoci_ hace muchas ventajas á las demás en comodidades y riquezas. Los _Isituucas_, ó dioses del agua, tienen abastecido el cielo de pescados, plátanos y papagayos, y aquí gozan de su eterna bienaventuraza los que mueren ahogados en los ríos, á los cuales por esto llaman _Asinerás_; á los que mueren en los bosques y selvas _Iriticús_, y á los que mueren en su casa _Posibacas_; poniendo el mérito, no ya en las obras, sino en la diversidad de lugares en donde los coge la muerte.
Basta haber insinuado esto de la bárbara idolatría de los Manacicas para que se pueda hacer algún concepto de los trabajos y fatigas que padeció el venerable P. Lucas en ganarlos para Cristo.
FIN DEL TOMO PRIMERO
_Acabóse de imprimir el tomo XII de la_ COLECCIÓN DE LIBROS QUE TRATAN DE AMÉRICA, _en Madrid, en la imprenta de Tomás Minuesa, calle de Juanelo, núm. 19, á 8 de Abril de 1895_.
INDIOS CHIQUITOS
DEL
PARAGUAY
BIBLIOTECA PARAGUAYA
RELACIÓN HISTORIAL
DE LAS MISIONES
DE INDIOS
CHIQUITOS
QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
ESCRITA POR
EL P. J. PATRICIO FERNÁNDEZ, S. J.
Reimpresa fielmente según la primera edición que sacó á luz el P. J. Herrán, en 1726.
VOLUMEN II
LIBRERÍA Y CASA EDITORA
DE
A. DE URIBE Y COMPAÑIA
_Asunción del Paraguay._
1896
CAPÍTULO XIII
_Continúa el V. P. Lucas Caballero su Misión de los Manacicas._
Viendo el fervorosísimo operario un nuevo campo en que sembrar la palabra Evangélica para recoger no menos almas para el cielo que merecimientos para sí mismo, deseaba poner cuanto antes manos á la obra; no obstante, considerando sabiamente que era necesario asistir también á tantos Catecúmenos como había en el pueblo de San Francisco Xavier, y que era mejor tener pocos y bien doctrinados que muchos é ignorantes, que aunque se ganan fácilmente, con la misma facilidad también se pierden, se resolvió á gastar la mayor parte de aquel año en este ejercicio, usando de todas las industrias de su caridad y de su celo en desarraigar de los Xavieristas la barbarie, la lascivia, la embriaguez y cuantos males trae consigo la vida brutal, é imprimir en ellos las virtudes y buenas costumbres que se requieren para vivir como cristianos.
No obstante, en medio de este afán hizo algunas correrías por los países descubiertos, fomentando en aquella gente los deseos de recibir el santo bautismo, y juntamente tomando noticia de cuántas eran las Rancherías, las lenguas y el número de los indios del país; y teniendo distinta relación de todo, meditaba emprender el año siguiente con más calor el negocio de su conversión, y en serenándose el tiempo penetrar la tierra más adentro; pero le frustraron en parte estos designios los achaques que le afligieron largo tiempo, y las súplicas de sus neófitos de San Xavier, que le rogaron mudase la Reducción á otro lugar, á causa de ser el clima que al presente tenían, notablemente nocivo á la salud.
Por este motivo no pudo antes de mediado Octubre, cuando ya el tiempo amenazaba con lluvias, salir con algunos de los más fervorosos; los cuales, confortados antes en el alma con el pan divino de la Eucaristía, habían ofrecido la vida por anunciar el santo nombre de Dios á los que vivían en las oscuras tinieblas de la infidelidad.
Iban éstos, empero, tristes y desconsolados por estar persuadidos no había de tener buen fin su viaje, ya por las muchas lluvias con que se anegaban las campañas, ya por haber hallado el camino sembrado de agudísimas puntas clavadas en el suelo con sutil astucia por los enemigos de la fe, para retraerlos de pasar adelante.
Presto se desvanecieron estos temores, porque á pocas leguas no hallaron ya estas puntas y las tempestades del cielo no pasaban muy adelante, antes apenas hallaban agua para beber; y habiendo con gran trabajo subido una montaña muy agria, no tuvieron en dos días con qué apagar la sed, sino con la humedad del barro, que exprimido, más parecía comida que bebida. Mas Dios, Nuestro Señor, que nunca en las necesidades desampara á los suyos, acudió á la del P. Lucas con copia de agua clara y cristalina, que fuera de toda esperanza, halló en el cóncavo de un árbol.
Finalmente, habiendo llegado á las primeras Rancherías, halló aquella gente constante en sus primeros intentos, y sólo hubo que hacer en allanarles una grande dificultad, y era quitarles las discordias y ponerlos en paz; porque entre las otras perversidades á que los incitaba el enemigo infernal, era una irritar á unos contra otros y sembrar discordias entre ellos para tener ganancia de almas.
Hablóles con grande energía de las utilidades de la paz, descubriendo los fraudes y engaños del enemigo que nada deseaba más que tenerlos por compañeros de sus maldades en esta vida, y de las eternas penas del infierno en la otra.
Convencidos aquellos bárbaros de las razones, y movidos de las súplicas del Apostólico Padre, prometieron hacer las amistades con las tierras confinantes y luego con las más remotas.
Habiéndose detenido para esto allí dos días, pasó adelante acompañado de algunos paisanos. Un día entero gastó en pasar una fragosa montaña, con grande trabajo y riesgo, no de los indios acostumbrados á trepar fácilmente por las peñas, sino del Padre; y siéndole preciso hacer alto á la falda, no halló con qué desayunarse; por lo cual un cristiano, de nación Manacica, movido de compasión, quiso componerle unas yerbas que eran las delicias de sus dioses, mas por mucho que estuvieron al fuego, jamás se pudieron cocer. No obstante, la carestía y la hambre se las hizo sabrosas, y sonriéndose, dijo: «Grande hambre y mucho calor tienen en el estómago estos dioses, que con tales viandas se alimentan.»
Llevando mal el demonio tanta constancia en el santo Misionero, procuró con todo el esfuerzo posible, desvanecer sus designios, ya haciendo que los indios perdiesen el camino, ya embarazándole los pasos, ya haciéndole rodar del caballo, ya hiriéndole con las ramas de los árboles; y en suma, hasta las espinas y abrojos le maltrataron el cuerpo, y los tábanos, con sus agudísimos aguijones, le mortificaron de suerte que apenas podía tenerse en pie y era necesario que los neófitos le desmontasen y subiesen á caballo.
Finalmente, á pesar del infierno, llegó á vista de los Zibicas; pero antes de entrar en la Ranchería, envió delante á Numani, cristiano fervorosísimo, para que reconociese si estaban dispuestos á recibir la fe; no tuvo éste mucho que hacer, porque la muerte desgraciada de los que el año antecedente habían osado poner en él las manos, les había persuadido que el siervo de Dios era amigo estrecho del demonio, y que por tanto se le debía hospedar, no por algún provecho de sus almas, sino para que no les causase algún daño corporal.
Viendo el buen P. Lucas que había allí poca esperanza de sembrar la semilla evangélica, á causa de la mala opinión que de él tenían, se encomendó á sí y al cacique á la suave y poderosa gracia del Espíritu Santo; y llamándole aparte, procuró lo primero, con el mejor modo que pudo, quitarle de la cabeza aquel error, y después le manifestó el fin de su venida, y el bien que recibiría si abrazase la santa ley de Jesucristo.
Mientras le hablaba el Padre, penetró Dios el alma de aquel bárbaro con un rayo de divina luz; de suerte, que aún no bien enteramente discípulo, salió á predicar como maestro en su pueblo, que no necesitaba mucho del magisterio de sus palabras cuando le sobraba el ejemplo de su Mapono para inducirle á hacer lo mismo. Era este joven hijo de aquél que había jurado beberse la sangre del siervo de Dios, si el cielo con la muerte no le hubiese atajado los deseos.
Para ganar á éste á la santa fe, se empeñó un cristiano, joven también y su paisano, llamado Diego, y á pocos lances le redujo, porque no le había aún corrompido el corazón con la malicia; y más por ignorancia del entendimiento que por mala disposición de la voluntad, no seguía lo bueno, porque no conocía la verdad.
Habiendo ganado aquella noche á dos de los principales, no tardó mucho el pueblo en juntarse todo el día siguiente, y después de un largo razonamiento de los misterios de nuestra Santa Fe, y de las obligaciones para vivir cristianamente, hizo el santo varón levantar una cruz y junto á ella armar el altar portátil, con las imágenes de Cristo Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de San Miguel Arcángel; y arrodillados todos las adoraron profundamente, gritando en alta voz: «Jesucristo, Señor nuestro, vos sois nuestro Padre; María Santísima, Vos, señora, sois nuestra Madre» y no contentos con esto, repitieron lo mismo con gran fiesta y alegría y con danzas, guiadas más de la devoción que del arte. Con este espectáculo lloraban de alegría los neófitos, dando mil gracias al Redentor, de cuya sangre se veían tan claros y manifiestos los efectos en la conversión de esta gente; pero incomparablemente mayor era el júbilo del P. Lucas, que inundado el corazón de celestiales consuelos, volviéndose á mirar al cielo, exclamaba:
«Conténtome, Dios mío, en paga de mis trabajos y sudores, con ver que las criaturas os reconocen por su Criador y Señor. Sólo con que éstas os amen y os adoren, no quiero otro galardón.»
Cuánto agradasen á Dios estas sus ofertas, no me es lícito escudriñarlo; y por ventura, en premio de acto tan generoso, concedió Su Majestad á algunos de estos bárbaros un don tan excelente de fe, que antes de recibir el bautismo, la conservaron incorrupta, y quisieron más perder con el martirio la vida, que negarla.
Singularmente es digna de eterna memoria la persecución que sufrió del común enemigo el Mapono; la cual, haciendo una breve interrupción, quiero referir aquí, aunque sucedió años después.
Pesábales mucho á los demonios verse despojados del dominio de aquella Ranchería, que por muchos siglos había estado á su devoción; usaron de toda su astucia y poder diabólico para reducirla á su antiguo culto y adoración; y apareciéndose á aquel fervoroso cristiano, que antes había sido su ministro muy querido, le reprehendió ásperamente, porque él, á quien tocaba por oficio, no hacía sus partes para que volviese á su estado el antiguo culto, sus iglesias y sacrificios. ¿No ves (le dijeron) que el cacique Payaizá ha profanado los altares, quebrado los vasos sagrados, y execrado los Tabernáculos, y el cacique Potumaní ha abandonado la suntuosa fábrica, que tenía destinada para nosotros: se han dejado engañar de las necedades y locuras de este traidor maldito, que tiene arte de encantamento para trabucar los entendimientos, predica fábulas por misterios, y cuantas mentiras le vienen á la imaginación? Vuelve, por tanto, en tu acuerdo, y con todo el poder de autoridad y razones, restaura las ruinas de la religión, restituye el culto y haz recuerdo al pueblo de sus promesas, y al cacique de sus obligaciones, porque si no, te juramos de hacer grande estrago en la gente del pueblo, que servirá de ejemplo, y memoria de terror por todo el país.
Rióse el fervoroso joven de sus amenazas, y por más que se empeñaron, nunca pudieron conseguir que dijese en público una sola palabra en su abono.
Ofendida excesivamente la soberbia diabólica de tal desprecio, se echaron sobre él, y con una fiera tempestad de muchos y crueles golpes, le pisaron, hirieron y maltrataron tanto, que le hicieron arrojar por la boca gran copia de sangre; y por más que repitieron los golpes, aunque lo redujeron á los últimos peligros de la vida, nunca pudieron contrastar su constancia. Tan profundas raíces habían echado en su ánimo la fe y la piedad, que el P. Lucas, y por su medio el Espíritu Santo, habían plantado en su corazón.
Un amigo, compadecido de sus trabajos, le exhortó, que á lo menos en lo exterior, mostrase algún respeto á los demonios y les diese gusto, hablando al cacique para que les fabricase su iglesia. Mas él, enojado, le echó de sí diciendo quería acabar la vida que le quedaba, antes que faltar un ápice á la ley que profesaba á Jesucristo, á quien sólo reconocía por Dios y Señor. Tan heroica virtud en un cristiano tan nuevo, no pudo dejar de ser premiada de Dios, que le restituyó á su antigua salud y fuerzas.
Volviendo ahora al hilo de la historia, bautizados los niños, no sólo de aquélla, sino de otras Rancherías, trató el P. Lucas de pasar á los Quiriquicas; mas los neófitos, á causa del invierno que amenazaba, emprendían de mala gana; aquel dificultoso viaje: empero representándoles el P. Lucas el galardón con que Dios premiaría sus fatigas en el cielo, los alentó tanto, que se sintieron increíblemente confortados á proseguir y durar en él.
Sólo faltaba persuadir al cacique Patozi que viniese con sus vasallos á abrir camino por medio de espesos bosques, y juntamente á hacer las paces con los Quiriquicas, porque el dicho cacique temía, con grande fundamento, le habían de quitar la vida los Quiriquicas, por el implacable odio que le tenían; no obstante esta dificultad, venció al cacique para emprender el viaje la reverencia y amor que al Padre tenía; y tomando una escogida escuadra de soldados bien armados, por si acaso fuese necesario, se fué tras el Padre; pero éste le dijo que no usase de las armas sino cuando fuese necesario para defender sus vidas de las saetas enemigas; que por lo que á sí tocaba, nada se le daba de vivir ó morir; y como fuese del agrado de Dios y honra suya, derramaría gustoso la sangre por adelantar la gloria divina.
A su imitación los neófitos, dejadas las armas, se ofrecieron á acompañarle en el peligro y en poner á riesgo su vida; y para que no hubiese alguno que faltase á sus órdenes, puso á la punta de todos á un santo indio, llamado Juan Quiara, amado de todos, aun de los gentiles, por la bondad de su vida é inocencia de sus costumbres.
Ajustadas las cosas en esta forma, se pusieron en camino, y tuvieron no poco qué hacer, primero con un bosque espesísimo en que gastaron algunos días para abrirle, después con la hambre, no hallando con qué sustentarse, sino una fruta silvestre que sola la carestía de otro manjar hacía dulce y sabrosa; conocióse entonces la ternura de afecto y la reverencia que tenían los gentiles al P. Lucas, porque viéndole descaecido, y que por la suma flaqueza apenas se podía tener en pie, le buscaban á costa de gran trabajo, algún poco de miel, y se quitaban la comida de la boca para tener con qué mantenerle sus fuerzas.