Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E

Chapter 16

Chapter 164,008 wordsPublic domain

Estando ya cerca se adelantaron dos cristianos á reconocer la tierra y observar los movimientos de los paisanos, queriendo entrar sin ser sentidos en la Ranchería, para que no se alborotasen ó pusiesen en huida; mas Patozi, el cacique, con sabia advertencia, dijo que era en vano esta diligencia, porque los demonios habían avisado ya á los Maponos, y por medio de ellos á los capitanes. Y decía la verdad, porque pocos días antes, estando junto al pueblo para sus acostumbradas devociones, bajó al Tabernáculo el diablo Cozoriso, y con semblante triste y melancólico, le avisó de la venida de un enemigo suyo jurado que le había desterrado de otros países, trayendo en la mano una cruz, que era la ruina de su religión; y diciendo esto, prorumpió en un copioso llanto, como compadeciéndose de sí mismo, que ¿á dónde iría en partiéndose de allí? ¿Dónde podría con seguridad repararse para no ser desalojado? Que por tanto, si le amaban, tomasen luego las armas, y con el valor, y con el brazo fuerte, sostuviesen en pie su culto, que de otra suerte caería presto por tierra.

Con semejante nueva se conmovió todo el pueblo, y al mismo punto se encendió en rabia y furor contra cualquiera que maquinase algo en daño de la religión; pero no el Mapono, que argumentando é infiriendo cuán grande hombre y mayor que sus dioses debía ser aquél á quien sus dioses temían, les respondió con voz y ademán de enojado:

«Si este forastero es vuestro enemigo ¿porqué vosotros le dejáis el paso franco? ¿Por qué no le echáis del mundo, ó á lo menos tan lejos de aquí, que no se ponga á riesgo vuestra reputación? ¿Es este vuestro poder? Si necesitáis de nuestras armas para defenderos, ó no sois lo que mostráis, ó mostráis ser lo que no sois.»

Esta conclusión, deducida de los principios de la razón natural, fué bastante para que la gracia del Espíritu Santo penetrase de allí á poco su corazón, y de un tizón que era del infierno, le convirtiese en un ángel del Paraiso.

El cacique y los nobles, juntos en Consejo, determinaron echar el resto de sus fuerzas y poder para reparar los daños y ruina de su religión, mas no sin temor de salir con sus intentos, cuando aún sus mismos dioses temían.

Mientras esta gente estaba en arma y en confusión, se adelantó el Santo Misionero con Patozi y dos muchachos muy fervorosos, dejando toda la demás gente algo distante.

Apenas los espías los divisaron de lejos, cuando dando gritos muy descompasados se huyeron la tierra adentro, y tras ellos, con su cruz en la mano, marchó á caballo el P. Lucas, porque las llagas de las piernas no le permitían ir á pie.

Los paisanos, puestos en orden, le salieron al encuentro para hacerle frente; y partidos en dos alas, le rodearon para que por ninguna parte tuviese paso libre por dónde huir.

Estando las cosas en este estado, se le ofreció á un mozo cristiano enarbolar una imagen de la Madre de Dios, que llevaba en la mano; y con la confianza de que la piadosísima Señora usaría entonces de su poder para librarlos de aquel peligro, la levantó en alto, y lo mismo fué mirarla los bárbaros, que perder el uso de los brazos, sin poder tirar las saetas que ya tenían á punto, y flechados los arcos.

Atónitos y despavoridos de este suceso los bárbaros, recelosos de que no les sucediese peor, huyeron precipitadamente retirándose á un bosque no muy distante, de donde ninguno se atrevió á salir, quedándose por providencia de Dios un solo indio de ellos llamado _Sonema_, que después los ayudó mucho para la conversión.

El día siguiente, el Apostólico Padre, aunque no se podía tener en pie, no sufriéndole el corazón ver entronizado al demonio en dos templos, hizo que le llevasen allá sus compañeros; echó por tierra aquellos infames Tabernáculos, hizo pedazos las estátuas y encendiendo en la plaza una grande hoguera, quemó en ella todos los arreos y ornamentos de la impía idolatría, no sin temor de sus neófitos, que recelaban no diesen sobre ellos los bárbaros, ofendidos de aquella afrenta de sus dioses, para vengar su agravio.

Pasáronse dos días sin que los Quiriquicas saliesen fuera de las tinieblas de aquel bosque; por lo cual, desesperanzado Patozi de poder hacer las paces y establecer una mutua amistad, á cuyo fin había venido, tuvo por mejor dar la vuelta, y persuadió á esto al P. Lucas con cuantas razones y súplicas le dictó su afecto; y sobre todo, ponderando cuanto fué posible el manifiesto peligro en que quedaba de que los Quiriquicas desahogasen en él sólo la fiereza del odio que contra todos habían concebido.

Respondióle el Padre que se volviesen en buen hora él y sus vasallos, porque él tenía firme resolución de no volver el pie atrás hasta haber anunciado el Santo Nombre de Dios á aquella gente, aunque para esto le fuese necesario perder la vida.

Fuéronse, pues, Patozi y los suyos, sin quedar con el P. Lucas más que cinco santos mancebos, resueltos á correr la misma fortuna, y dar la vida por aprovechar á sus prójimos.

No teniendo, pues, el Padre, más defensa que la confianza en Dios, se puso á rezar el Oficio Divino, cuando vió de repente junto á sí al cacique de los Quiriquicas, hombre de grande estatura y bien dispuesto; el cual, creyendo que en el Breviario estaban los hechizos que á él y los suyos impidieron el uso de los brazos, hizo fuerza por quitársele de las manos; mas el Padre, con buenas razones y modo propio de una caridad Apostólica, procuró disuadirle de su error, y prosiguió hablando de Cristo y de su santa ley, descubriéndole la perversidad y los engaños de sus _Tinimaacas_.

Al oir estas cosas se contuvo el bárbaro, ó fuese por virtud milagrosa de Dios ó por natural genio suyo, y sin responder palabra le volvió las espaldas; é ido á su casa, con un buen manojo de flechas se tornó á los suyos.

Diéronse entonces por perdidos los neófitos, y al santo varón le saltaba de júbilo el corazón en el pecho, esperando llegar finalmente al término de sus deseos, regando aquella tierra con su sangre, para que en los años siguientes correspondiese con abundante fruto á los trabajos y sudores de quien la cultivase y á la verdad por poco se le hubieran cumplido sus deseos, porque juntándose en lo más oscuro de la noche los más principales para tomar la última resolución, estuvieron gran rato dudosos de lo que harían: y sólo aquel milagro de habérseles pasmado los brazos cuando le quisieron flechar, obligó á todos al miedo de que no les sucediese lo mismo si intentasen matarle; mas no por eso aplacaron la ira del cielo, que había tomado á su cuenta la venganza de aquella injuria; y así encendió entre ellos una enfermedad pestilencial, que quitó la vida á los más culpados.

No ayudó poco á la resolución de que se rindiesen aquel indio _Sonema_, que acudiendo á la junta dijo tantas cosas en alabanza del P. Lucas y de la Santa Fe, de que ya había oído alguna cosa, que de común consentimiento determinaron volver á su ranchería al amanecer y ponerse en manos del santo varón.

Saliendo, pues, de aquel bosque, y entrando unos tras otros en la Ranchería, se fueron derechos al rancho donde yacía el P. Lucas, quien con aquel su modo amabilísimo los recibió con muchísimo agasajo y pareció que Nuestro Señor, para dárseles á estimar y respetar, había puesto en su semblante un no sé qué más que humano; por lo cual, la gente, en ademán de quien le pedía perdón, se postró á sus piés y no hubo ninguno de ellos, aun de los más osados, que se atreviese á partir de su presencia sin licencia del Padre.

Vino el último de todos el Mapono que con toda su chusma se puso muy humilde y modesto delante del apostólico varón, quien recibiéndole con los brazos abiertos le sentó á su lado, y empezando á hablar de la Religión, mostró cómo sin el conocimiento del verdadero Dios, y sin la fe de Jesucristo no era posible salvarse, diciendo también de los Tinimaacas y de aquella diabólica Trinidad cuanto le dictó el celo de la gloria divina y la santa indignación de verlos triunfar por tantos siglos hechos señores de aquella tierra.

Estaba todo el pueblo deseoso de ver el fin de aquel suceso, esperando los unos que montando en cólera el Mapono se empeñase en defender, más con obras que con palabras, la divinidad de los demonios, y los otros se prometían éxito más feliz, en que no se engañaron; porque el Mapono quedó asombrado y como aturdido; y siendo, como era, hombre de buen natural, de ingenio pronto y de entendimiento agudo, Dios Nuestro Señor, compadecido de él, le sacó de sus engaños, le alumbró el entendimiento y movió su corazón con tanta eficacia de su gracia, que luego pidió ser cristiano; y en prueba de las veras con que lo decía, confesó delante de todos que él había estado engañado y había engañado á los demás; y que se desdecía y retractaba de cuanto había aprendido y les había enseñado; que no había otro Dios que Jesucristo; y que su santa ley, no sólo era mejor que la de ellos, sino la única y necesaria para la salvación eterna del alma; y que para enmienda de lo pasado, no sólo exhortaba á sus paisanos que la abrazasen, sino que iría á los Jurucarés, Cozacas y Quimiticas para reducirlos á que hiciesen lo mismo.

Con una tan ilustre confesión, tanto más digna de agradecimiento cuanto menos esperada, haciendo increíble fiesta los neófitos y gritando de contento, se arrojaron todos á darle muchos abrazos; pero á ninguno cupo mayor júbilo que al V. Padre, que con la conversión de éste sólo dió por reducido á todo el pueblo al gremio de la Santa Iglesia.

Haciendo, pues, labrar una grande cruz, se fué con ella en procesión á la plaza, en donde la colocó en el mejor lugar por trofeo de la victoria, y en señal de la posesión que Cristo y su santa ley tomaban aquel día de los Quiriquicas; y los cristianos entonaron las letanías á dos coros de música, lo que á los bárbaros, que nunca hasta entonces habían oído harmonía de buen concierto, les pareció cosa del cielo, y estaban como absortos oyéndola. Hecho esto, mandó que trajesen los niños para bautizarlos.

«Al punto (son palabras del P. Lucas) me ofrecieron tantos, que gasté un día entero en sus bautismos, y cansándose el cuerpo en este ejercicio, pero alegrándose el espíritu al ver tanta multitud de niños admitidos á la filiación de Dios en las saludables aguas del bautismo y á sus padres reducidos de obstinados idólatras á fervorosos cathecúmenos. No sabían apartarse de mi lado para aprender lo que les era necesario hacer para alcanzar en premio la eterna bienaventuranza.»

Detúvose aquí algunos días para confirmarlos más en la fe, para que pudiesen resistir á las sujestiones del común enemigo, y luego se dispuso á la partida, la cual, en qué forma la ejecutó, será mejor oirlo de la boca del Padre:

«Empezando á moverme (dice) se vino tras mí todo el pueblo llorando y lamentándose y diciendo: Padre mío, Padre mío, tú te vas, dejándonos en un extremo desamparo; no te olvides de nosotros, volved, por compasión de nosotros, el año que viene; y volviéndose á mis compañeros les suplicaban que entonces me condujesen acá. De esta manera vinieron tras mí por algún trecho del camino, no pudiendo yo responderles palabra por las lágrimas que me corrían de los ojos, y por un inexplicable consuelo que me ocupaba el corazón, considerando cuán fácil es á la divina omnipotencia mudar los corazones y voluntades humanas, pues sólo con querer puede en un instante convertir los tizones del infierno en piedras resplandecientes del Paraíso; no cesaba de bendecir y besar las santas llagas del Redentor, á cuyos méritos reconocía deber el feliz éxito de esta Misión. Ofreciéronme muchos niños para que desde luego los llevase para servir en la iglesia, y de ellos escogí sólo tres, no queriendo cargar de mayor peso y molestia á mis compañeros.»

En tres días se puso en la Ranchería de su aficionadísimo Patozi, de quien fué recibido como si volviese de la otra vida; y siendo ya muy entradas las aguas que no le permitían detenerse, dió la vuelta á San Francisco Xavier, con no poco pesar y dolor de los paisanos á quienes dejaba.

CAPÍTULO XIV

_Vuelve el P. Lucas á los Manacicas, visita todas sus Rancherías y se restituye por otro camino á la Reducción de San Francisco Xavier._

Aunque el apostólico operario procuraba registrar todas las tierras de esta nación, no obstante, así porque era necesario abrir camino á costa de sudores y trabajos y por eso gastar mucho tiempo, como por donde quiera que entraba quería arrancar de raíz la idolatría y plantar la fe, y en esto se le pasaban meses enteros, no pudo los años antecedentes visitar y ver todas las Rancherías, para lo cual le fué preciso esperar á la primavera del año 1707.

Estando, pues, todo este país, según ya dije, en forma de una pirámide, que por ambos lados confina con los Chiquitos, era su ánimo correr todas las tierras hasta los Auropés, y así darse las manos por dos caminos con los Chiquitos; mas para empresa tan grande era necesario vencer grandísimas dificultades y estorbos del camino.

Pero Dios Nuestro Señor, á quien se le recrecía tanta gloria accidental en este designio, quiso, no solamente satisfacer sus deseos con el éxito feliz, sino mostrar también cuánto le agradaban sus sudores con muchos sucesos milagrosos, para darle á él ánimo en tantos trabajos y afanes, y á los infieles más claro conocimiento de su fe.

Prevenido, pues, el santo varón de tanta mayor caridad y celo, cuanto era necesario para tamaña empresa, y animados algunos de los más fervorosos neófitos, no sólo para ser sus compañeros, sino también para dar la vida en testimonio de aquella ley que iban á plantar entre los bárbaros, se puso en camino á los 4 de Agosto de 1707 y llegando el día de la Asunción de la Santísima Virgen á las riberas del río Zununaca, se encontró con los Zibacas, de quien fué recibido con muestras de grande amor, y _Putumaní_, su cacique, le regaló con mucha pesca y se partió á largas jornadas á su tierra, donde dió orden á sus vasallos que le allanasen el camino, y desde allí diariamente le proveyó de comida y bebida, hasta que entrando el Padre en su Ranchería le salió á recibir el pueblo, muchachos, mujeres, y aun las que criaban, con sus niños en los brazos; y el cacique le cumplimentó, no ya como bárbaro, sino con términos muy corteses, y llegando á la plaza le cercaron todos en rueda, y con semblantes y voces de increíble alegría, le daban la bienvenida, besándole la mano, y pidiéndole les echase su bendición.

Alegrísimo el siervo de Dios con tan buen principio de su misión, de donde infería el logro de sus deseos, se puso luego á tratar las paces de aquella gente con los Ziritucas, á quienes por un leve disgusto habían jurado dar la muerte; y asegurándose aquellos entre los bosques, habían saqueado y robado toda la tierra, y pegado fuego á las casas.

Llamando, pues, aparte al cacique, y á los principales, les dió á conocer la gravedad de su delito, y les ordenó enviasen á llamar á los Ziritucas y volviesen á entablar con ellos una buena amistad.

Vinieron los Ziritucas, diéronle grandes quejas de los Zibacas, pidiendo les obligase á resarcirles los daños, y que les restituyesen las haciendas que les habían robado y tenían aún en su poder.

Llamó entonces á los Zibacas, que bajaron la cabeza y no tuvieron que responder otra cosa sino es que la cólera y la venganza les había hecho pasar los términos de la razón; que arrepentidos de lo hecho, querían ya ser sus compañeros y hermanos; mas para no tener obligación de restituirles su hacienda, añadieron con sutil astucia, que los habían mantenido á su costa por espacio de nueve cosechas.

No vino en esto el P. Lucas, y les mandó, mal de su grado, que restituyesen luego las haciendas á sus dueños; y no hubo ninguno, aun de los más atrevidos, que osase contradecirle, porque la reverencia que le habían cobrado, por el severo castigo con que Dios había vengado las injurias que algunos le hicieron en los años pasados, les quitó el atrevimiento para resistirse.

El día siguiente juntó el pueblo en la plaza al pie de una cruz, donde el santo misionero explicó la ley de Cristo que habían de guardar para alcanzar la salvación, descubriendo juntamente todas las maldades de los Maponos y de aquellas diabólicas deidades con singular gusto y contento de los oyentes que le interrumpían muchas veces, gritando en alta voz y diciendo querían á Jesucristo por su Dios y su Padre, y á la reina de los Ángeles por su madre y Señora, y detestaban y maldecían de los Tinimaacas.

Luego, para que las cosas que habían oído se les quedasen más vivas en la memoria, hizo á sus neófitos cantar las excelencias de nuestra fe y los vituperios de aquellos dioses, en ciertas canciones que él mismo había compuesto en aquel idioma, de lo cual recibió tanto gusto y contento aquella buena gente, que las quisieron oir muchas veces para aprenderlas, con tanto empeño, que en gran rato no dejaron descansar á los cantores.

Tan buena disposición de este pueblo para alistarse en el número de los cristianos, no fué tanto obra del P. Caballero, que el año antecedente les había predicado la ley de Dios, cuanto de la Virgen Santísima Nuestra Señora, que poco antes, con un insigne milagro, había dispuesto los corazones de aquellos bárbaros para que prendiese en ellos la semilla de la predicación Evangélica y rindiese fruto correspondiente á los sudores del sembrador. Esta fué la sanidad que milagrosamente dió la madre de Dios á _Zumacaze_, sobrino del cacique, que abrasado por muchas semanas continuas de una maligna fiebre, se le habían secado las carnes y consumido las fuerzas, de suerte que, como incurable, le habían, á su usanza, dejado en un total desamparo.

Viendo _Zumacaze_ el caso desesperado y más pesaroso de perder la bienaventuranza sin el bautismo que la vida corporal, volvió su confianza toda á la Santísima Virgen, cuyas alabanzas y poder había oído muchas veces, y por eso la invocaba con frecuencia, diciendo:

«Señora mía, creo que sois la verdadera Madre de las gentes, y que la diosa Quipoci es un diablo engañador; creo en tí y en Jesucristo, y te suplico no permitas que yo muera infiel, para que no me condene eternamente; quitadme esta fiebre, hasta que recibido el santo bautismo, te pueda ir á ver allá en el cielo.»

No podía hacerse sorda la Madre de Misericordia á las plegarias de quien era tan devoto suyo, aun antes de ser cristiano; por lo cual, mientras él con encendido afecto y esperanza grande repetía esta oración, se le apareció de improviso al medio día la Reina del cielo, despidiendo de sí tantos resplandores en las manos y rostro, que todo el rancho estaba bañado con luces, y con semblante amabilísimo, le dijo:

«Yo soy aquella á quien tú invocas; confía, hijo, que sanarás; cree lo que enseña el Padre, y dí en mi nombre á tus paisanos que hagan lo mismo.»

Desapareció entonces la Santísima Virgen, y en aquel punto se halló el enfermo perfectamente sano. Acudió á verle todo el pueblo, y oída la causa de su milagrosa sanidad, se encendieron sus corazones en vivos deseos de ser cristianos.

No se acabaron aquí las bendiciones del cielo; antes teniendo aquellos bárbaros al P. Lucas un amor de padre, y reverenciándole como á santo, trajeron á su presencia todos los enfermos, pidiéndole, que pues era ministro de un Dios tan poderoso, intercediese ahora por ellos.

No podía él ya justamente hacerse desentendido á aquellas súplicas, y más cuando la gracia no sería menos poderosa que la eficacia de sus palabras para su conversión, y para que con la salud del cuerpo recibiesen también la del alma; por esto preguntaba á los enfermos si de corazón creían en Jesucristo, y querían bautizarse; y respondiendo ellos que sí verdaderamente.

«Leído el Evangelio _super ægros_--(son palabras del P. Lucas)--me daba Dios ánimo de decir: _fiat vobis ficut credidistis_, y al punto quedaron sanos. Corrió la voz de lo sucedido desde esta Ranchería á las otras de la tierra; y plugo á Dios darme la milagrosa virtud de las curaciones, para traerlos casi contra su voluntad á su conocimiento, porque sanando milagrosamente, conocían con claridad cuánta diferencia había entre el Dios de los cristianos y los Tinimaacas.» Hasta aquí el venerable Padre.

Bautizados después los niños, le suplicaron el cacique y los principales fuese á los Jurucarés, que tenían alborotado todo el contorno, saqueando todas los Rancherías y matando á sus moradores.

Condescendió gustoso con sus súplicas, porque teniendo noticia cierta que los Jurucarés tenían gran devoción al demonio y á sus ministros, él, que tenía encendidos deseos del martirio, esperaba que se le satisfarían plenamente.

Apenas se puso en camino, cuando toda la alegría festiva del pueblo se convirtió en otra tanta melancolía y tristeza. Fuéronse todos tras él con las lágrimas en los ojos, y cogiéndole las manos no acababan de besárselas, y fué esto de suerte que movieron á compasión al cacique, á cuyos ruegos se partía tan presto; procuró el Padre consolarlos dándoles esperanzas de que cuanto antes pudiese volvería á visitarlos, y que si no fuese él, sería á lo menos otro de sus compañeros.

Tres días gastó en el camino, afligido sobremanera de la sed, ocasionada del sol ardientísimo. Al tercero, á eso del medio día, creyendo estar aún muy lejos de los Jurucarés, se halló casi á sus puertas; y no pudiendo dejar de ser descubiertos, llamó á sus cristianos y les manifestó el riesgo evidente que corrían de perder la vida á mano de aquellos bárbaros, enemigos capitales del nombre de Cristo, si Dios no los libraba milagrosamente; por lo cual, hecho un fervoroso acto de contrición, les dió la absolución general.

Al ver esto, se echó á sus piés un gentil y le pidió con eficacísimas instancias le hiciese cristiano, dando palabra al Padre de que viviría entre cristianos, lo cual agradó tanto al santo varón, cuanto más claramente conoció que sola la gracia del Espíritu Santo le había movido á pedir el bautismo.

Mas no les cogió de improviso su venida á los de la Ranchería, porque dos días antes, estando todo el pueblo en sus devociones y súplicas, les dieron noticia aquellas diabólicas deidades de que venían el Padre y sus compañeros, diciendo _Uracozoriso_, con lágrimas en los ojos:

--Ya me veo obligado á buscar en otras partes otros que me adoren, porque de ésta mi iglesia me echa un grande enemigo mío, que ya se acerca: huíos también vosotros. Trae este hombre en la mano un instrumento (decíalo por la cruz) en que no puedo fijar la vista.

Oyó sus llantos y lamentos el pueblo, y procuró consolarle con mil dones y ofrendas; mas él, con sus compañeros, les volvieron el rostro, haciendo, como de concierto, un doloroso llanto, levantando el grito y los aullidos á manera de desesperados.

Causó esto en el pueblo gran confusión y espanto, el cual creció hasta que el demonio, en forma de un grande pájaro, despertando al cacique, le estimuló y exhortó á la fuga, por lo cual, así el cacique como el Mapono más venerable y de más años, y en pos de ellos gran parte de la plebe, se huyeron á los bosques, metiéndose en las grutas de las fieras.

Habíanse quedado algunos en el pueblo que estaban ya de partida, cuando el V. Padre, á pie, y con la cruz en la mano, acompañado de algunos cristianos más fervorosos, entró en la Ranchería, llevando en alto la imagen de la Santísima Virgen.

Apenas le divisaron los paisanos, cuando se pusieron en fuga, y de ellos detuvieron á algunos los compañeros del Padre, no sin riesgo, porque enfurecido un bárbaro, descargó en la cabeza de un muchacho cristiano tan fiero golpe, con una hacheta de piedra, que si Dios por su misericordia no hubiera permitido que errase el golpe, se la hubiera partido por medio.

Procuraron aquietarlos con buenas palabras y quitarles de la cabeza aquellas sombras y sospechas con que el enemigo infernal había maquinado impedir su conversión.