Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E
Chapter 14
A otro día, al rayar el alba, vinieron todas las mujeres con niños en los brazos para que los bautizase; y habiendo sabido que habían venido allí los indios Curucarecás para ajustar paces con los Manacicas, los hizo llamar, y congregados al pie de la cruz extinguió todo el odio de ambas naciones con una fervorosísima plática y les hizo efectuar con juramento mutua paz y amistad; y para colmo de sus júbilos concurrieron allí también al mismo tiempo los Zoucas, Sosiacas, Iritucas y Zaacas, que la misma noche antecedente tuvieron aviso de su venida; y si se hubiese detenido aquí dos días más hubiera visto gente de otras muchas Rancherías, porque en aquel contorno, por la parte que tira al gran río Marañón, están las tierras muy pobladas; pero sus compañeros, recelando que las lluvias no cerrasen los caminos, quisieron volverse luego, con que se vió precisado el Santo Padre á retirar la mano de aquella mies que ya estaba sazonada para la siega; y despedido de aquel pueblo, que sintió mucho su partida tan imprevista, se previno para dar la vuelta, y queriendo montar á caballo le cerraron en rueda todos los Manacicas para servirle y le quisieron acompañar por largo trecho del camino, con no poca admiración del P. Lucas, que jamás había visto tal cortesía en las otras bárbaras naciones con quienes había tratado.
Es cosa muy ordinaria en la Divina Providencia que los casos fortuitos sean disposiciones suyas cuando no quiere echar mano de los prodigios para los altos fines que pretende; y tal fué ahora la súbita resolución de los Puraxís.
Si el P. Lucas se hubiera detenido pocas horas más en aquella tierra, fuera inevitable la pelea de aquellos bárbaros entre sí, porque aquella noche misma, en la Ranchería de los Sibacás, el demonio, á quien adoran en la misma forma en que se manifiesta y deja ver, habló á su sacerdote (á quien ellos llaman _Mapono_) mandándole diese orden al cacique que recogiendo la gente que podía tomar armas fuese á dar muerte á aquel Padre que poco antes había llegado á los Igritucas (así se llamaba aquella Ranchería de los Manacicas), porque era su grande enemigo, y añadió que no entrasen allí, porque no le hallarían, sino que armándole una celada en el camino le aguardasen allí.
Obedecieron con toda prontitud por estar acostumbrados á ejecutar muchas veces semejantes órdenes. Pero llegados al lugar desde donde habían de hacer el tiro, dijo el capitán al Mapono que era bien entrar en aquella tierra y tomar noticia de qué Padre era aquel y á qué fin había venido; pues no era puesto en razón quitar la vida á quien ni aun de vista conocían.
El Mapono se hubo de volver loco de dolor al ver esta determinación tan resuelta del capitán, de que no le pudo apartar con toda la fuerza de sus palabras diabólicas; habló con grande energía á los soldados para que ejecutasen el orden como el demonio quería, porque si no saldrían vanas todas sus diligencias y se escaparía de sus manos aquel enemigo jurado de su Dios.
Todo, empero, fué en vano, porque aprobando todos unánimes la determinación del capitán, le fué preciso al Mapono seguirlos, aunque se deshacía de rabia.
Habiendo, pues, llegado á aquella Ranchería, preguntaron que qué Padre había venido allí, porque por mandato de su Dios, de quien era enemigo, venían á matarlo. No haréis tal cosa, replicó Chabi, el cacique, pues para ejecutar esto yo sólo era bastante, ni eran necesarias vuestras manos; mas vista la confianza con que aquí se entró y oídas sus palabras llenas de amor, no tuve causa para hacerle algún ultraje; presentóme este cuchillo con otras cosas, por lo cual le estoy muy obligado y tengo con él estrecha amistad. Con los Puraxís, nuestros enemigos antiguos, he hecho paces; por tanto, volveos de donde vinísteis, porque no consentiré que paséis adelante; y á las palabras añadió las obras, mandando á los suyos que puestos en orden apretasen las armas.
Con respuesta tan animosa se amilanaron los Sibacás, y no queriendo exponerse á la fortuna de una batalla en que podían llevar la peor parte, dieron todos la vuelta.
Quería el Mapono, ya que no se había logrado el designio de coger al Padre entre sus garras, desfogar á lo menos su rabia con la santa cruz que allí estaba enarbolada, y blandiendo la macana la quiso derribar.
Esto también le estorbó el cacique, afirmando que él tenía de aquel madero grande estimación y aprecio porque había visto que el Padre le adoraba; con lo cual, maldiciendo el Mapono su fortuna, se volvió á su tierra con esperanza de haberlo á las manos el año siguiente y hacer en él el estrago que deseaba, lo cual hubiera por ventura ejecutado si Dios no hubiera desvanecido sus designios queriendo no quedasen sin venganza por más tiempo los intentos dañados de aquel bárbaro apasionado por el demonio, y ganando veneración y aprecio el propagador de su santa ley con el castigo proporcionado á gente que no estima otra cosa sino lo que ve por los ojos ó toca con las manos.
Fué pues, el caso, que se encendió por toda aquella comarca un contagio furioso que hizo tal estrago en los hombres, que de los cómplices en matar al Padre ninguno quedó con vida; y lo que causaba más maravilla, era que apenas les tocaba la peste, cuando desvariando salían fuera de sí y se iban por los bosques, donde ya por la enfermedad, ya por la hambre, se caían muertos, quedando los cadáveres tan abominables como si fueran tizones del infierno.
No pasó así con los niños, lavados con las saludables aguas del santo bautismo, cuyos cuerpecitos quedaron blancos y hermosos como si aun á ellos se les hubiese comunicado el candor de sus inocentes almas.
El primero que cayó en las manos de la divina justicia, fué aquel ministro diabólico, que incitó á los suyos á poner por obra lo que su dios le había inspirado. Había éste jurado se había de beber la sangre del apostólico Padre, luego que el tiempo le ofreciese comodidad sin hacer caso de cualquiera de los suyos que se lo procurase impedir, no conociendo, por estar ciego de su pasión, ó no queriendo creer que otro Señor más poderoso, de cuyas manos no podía él huir, había de embarazar y desvanecer sus intentos. La misma pena llevaron otros que se atrevieron á ultrajar la santa cruz que el P. Lucas había hecho levantar en los Tapacurás para que en ella tuviese la gente á donde acudir por socorro en sus necesidades.
Llegó allí un Mapono con otros de su profesión y á muchos golpes de macana la hicieron pedazos, ultrajándola con cuantos escarnios y afrentas sabe y puede hacer y decir un celo diabólico; pero fué muy á costa de los agresores, porque en breve pagaron con muerte desastrada su delito. Los Arupurés, habiendo oído el descarado atrevimiento de aquellos malvados, aunque no tenían noticia alguna de los misterios que se obraron en aquel Sagrado leño, llevaron mal aquella injuria, y aprobaron el castigo que de ellos había tomado el cielo.
CAPÍTULO XII
Descríbese el país y cualidades de los Manacicas, su religión y ritos de ella.
Para mayor claridad de lo que me resta por referir de las apostólicas Misiones de este fervorosísimo operario, es preciso interrumpir el hilo de la historia para dar una breve noticia del país y cualidades de los Manacicas, y después de su religión, ritos y ceremonias.
Esta nación, que se divide en veintidós Rancherías, está situada hacia el Septentrión, dos jornadas del pueblo de San Francisco Xavier, entre espesos y grandes bosques, de suerte que escribe el P. Lucas que por mucho tiempo, apenas tuvo alguna vez ocasión de mirar cara á cara al sol.
Tiran estos bosques de Oriente á Poniente y rematan en unas soledades inundadas la mayor parte del año.
Es abundante el país de frutas silvestres y de fieras, una de las cuales es el famacosio; tiene éste la cabeza de tigre, en el cuerpo se parece al mastín, bien que no tiene cola; es más feroz y ligero que ninguno de los otros animales, de suerte que ninguno se puede escapar de sus garras, y si alguno para defenderse de él se sube á algún árbol, se juntan muchos en un momento, caban la tierra y arrancan las raíces hasta que caiga el tronco.
Para matar á este animal, los indios usan de esta traza: júntanse muchos, y levantando una estacada, se meten dentro de ella, desde allí hacen gran ruído y estrépito para llamar á aquellos animales, y mientras ellos de fuera procuran echar por tierra la empalizada, los indios, mirando por las rendijas, los flechan y matan á su salvo.
Hállase allí la vainilla y tutumas, que es una especie de cocos grandes á manera de melones, bien que no es fruto de la palma como los cocos, sino de un árbol muy grueso que los produce, no en las ramas, sino en el tronco porque las ramas no puede sustentar su peso.
Bañan el país algunos ríos muy abundantes de pesca; el terreno es fertil y las mieses generalmente son buenas.
La gente es de buena estatura y bien hecha, aunque de color de aceituna. Hay no pequeña parte del pueblo que tiene como de herencia un género de lepra, que parece que los cuerpos están cubiertos de escamas de pescado, pero no les causa molestia ni fastidio.
Son en la guerra tan esforzados y valientes como los Chiquitos, y antiguamente eran una misma nación, y por las discordias se dividieron, de donde les vino el corromper el idioma Chiquito; y la idolatría, que no tienen los Chiquitos, la aprendieron de las naciones confinanters, como también el ser caribes ó comedores de carne humana.
Sus Rancherías las forman con algún género de arquitectura, con calles y plazas bien proporcionadas; tienen tres ó cuatro casas grandes con repartimiento de salas y cámaras en que viven los capitanes y el cacique principal. Estas mismas sirven para las funciones públicas de convites y banquetes, y son juntamente templo de los dioses.
Las casas de los particulares están también con proporción y en ellas reciben á los forasteros que los van á visitar. Y lo que más admira es que para fabricarlas no usan de otro instrumento que de una hacha de piedra con que cortan maderos muy gruesos, aunque con mucha dificultad.
Las mujeres ponen mucho cuidado en la fábrica de telas y vasos de tierra, para los cuales dejan por mucho tiempo podrir el barro y labran los vasos tan hermosos y delicados que al sonido parecen de metal.
Sus Rancherías están poco distantes unas de otras, y por eso es frecuente entre ellos la comunicación, los convites y la embriaguez.
Cuando los de una Ranchería quieren hacer algún banquete á los de otra, el cacique envía á convidarlos con algunos mensajeros y en su casa se hacen los bailes y danzas generales.
El orden que tienen en todas las funciones públicas es este: El cacique toma el primer lugar, el segundo es de los sacerdotes, el tercero de los médicos, el cuarto de los capitanes, y después de ellos se sienta el resto de la nobleza.
Al cacique, no solamente dan esta preeminencia, sino que le rinden entera obediencia y vasallaje; fabrícanle sus casas, cultívanle los campos y le mantienen abundante mesa de todo lo bueno y mejor del país. El sólo manda y castiga con gran rigor á los reos quebrándoles los huesos con horrendos bastonazos.
Las mujeres rinden también obediencia á la mujer principal del cacique (el cual tiene cuantas quiere). Páganle el diezmo de la pesca y de la caza, á la cual no salen sin haber primero pedido licencia al cacique.
El Gobierno va por sucesión, y el hijo primogénito del cacique gobierna á los jóvenes y se cría con espíritus generosos y señoriles, y cuando llega á edad de manejar los negocios públicos, gobierna en lugar de su padre, que da al hijo la investidura y posesión del Gobierno con muchas ceremonias y ritos; mas no por eso los vasallos pierden el amor y respeto al señor pasado; antes, cuando pasa de esta vida, le hacen solemnísimas exequias con infinitas supersticiones y llantos, y su sepulcro es una bóveda subterránea bien fortificada con palos y con piedras para que la humedad no corrompa los huesos y la tierra no le sea pesada.
En cuanto al número son muchísimos, repartidos en Rancherías numerosas, porque el país de los Manacicas forma una como pirámide que se extiende desde el Mediodía al Septentrión, en cuya extremidad viven ellos, y en el medio habitan otros pueblos tan discordes en el idioma cuanto conformes en su vida bárbara.
Bases de esta pirámide son: la de Levante es de las Quimomecas y de los Tapacurás la del Poniente. Después, por la banda del Norte, dejando fuera á los Puizocas y Paunacas, la ciñen dos grandes ríos llamados Potaquísimo y Zununaca, á los cuales rinden tributo con sus aguas otros muchos arroyos ó riachuelos que atraviesan y fecundan el país. Las primeras Rancherías de hacia Levante son las de los Eirinucas, Mopoficas, Zibacas, Jurucarecas, Quiviquicas, Cozocas, Subarecas, Ibocicas, Ozonimaaca, Tunumaaca, Zouca, Quitesuca, Osaaca, Matezupinica, Totaica, Quimomeca. Por el Poniente están las de Zounaaca, Quitemuca, Ovizibica, Beruca, Obariquica, Obobococa, Monocaraca, Quizemaaca, Simomuca, Piquica, Otuquimaaca, Oiutuuca, Bararoca, Quimamaca, Cuzica, Pichazica.
Estas Rancherías y quizás muchas más de que aún no se tiene noticia, están situadas al pie de esta pirámide; y tirando de aquí hacia la punta al Norte, se encuentran Quimiticas, Zouca, Boviruzaica, Sepeseca, Otaroso, Tobaicica, Munaisica, Zaruraca, Obisisioca, Baquica, Obobizooca, Sosiaca, Otenenema, Otigoca, Barayzipunoca, Zizooca, Tobazica. A éstos están confinantes los Zibacas, que hasta ahora no han sido jamás acometidos ni robados de los Mamalucos, que han destruído y asolado lo restante del país que se extiende hacia el río Paraguay.
Entre Levante y Septentrión, detrás de los Zabicas, habitan, bien que distantes muchas leguas, los Parabacas, Quiziacas, Naquicas y los Mapasinas, gente valerosa, pero destruída en buena parte de cierto género de pájaros llamados peresiucas que viven debajo de tierra, y aunque del tamaño ordinario de un pájaro, son de tan extraña fuerza y fiereza que en viendo algún indio dan sobre él y le matan.
Enfrente de éstos están los Mnochozuus, los Picozas que andan brutalmente desnudos, aun las mujeres, que sólo traen pendiente del cuello una faja para acomodar los niños.
La nación de los Tapacurás se extiende entre Poniente y Septentrión y viven también á lo animal, totalmente desnudos, y á más de eso comen carne humana. Están muy cercados á estos los Boures, Oyures, Sepes, Carababas, Payzinones, Toros, Onunaisis, Penoquís, Jovatubes, Zutimus, Oyurica, Sibu, Otezoo, Baraisi, Canamasi, Comano, Mochosi, Tesu, Pochaquiunape, Mayeo, Omenasisopa, Omemoquisoo, Botaquichoca, Ochizirisa, Jobarusica, Zazuquichoco, Tepopechosisos, Sofoaca, Zumonocococa y otras muchísimas, de que aun no se ha tenido distinta relación.
En cuanto á la religión, ceremonias y ritos de que usan, se puede decir que es una de las más supersticiosas que hay entre tantas naciones de estas Indias Occidentales. Pero antes de referir lo que toca á su falsa religión, diré brevemente lo que tienen de la verdadera, bien que mezclados con muchos errores y fabulosas invenciones.
Tienen algunos vislumbres de la predicación del apóstol Santo Thomé, que publicó en estas provincias el Evangelio y también tienen alguna confusa noticia de la venida del Redentor al mundo.
Creen, por tradición de sus mayores, que en los siglos pasados, una bellísima señora, concibió un hermoso niño sin obra de varón. Crecido en edad este niño, obró cosas maravillosas, que le ganaron el estupor y asombro del mundo, como eran sanar enfermos, resucitar muertos, dar vista á ciegos, piés á tullidos y vencer otros imposibles á las fuerzas naturales. Finalmente un día dijo, á una numerosísima turba que le seguía: Veis que mi naturaleza es diferente de la vuestra; y levantándose en el aire á vista de todos, se transformó en este sol que ahora vemos.
Los sacerdotes (que como abajo diremos vuelan cuando quieren por el aire), dicen al pueblo que es el sol un hombre luminoso, aunque nosotros desde la tierra no discernimos sus facciones ni el semblante.
Esto es lo que saben del misterio de la Encarnación, mas no por eso dan veneración alguna á aquel personaje, que obró cosas tan extrañas, y sólo adoran á los demonios no en figura de piedra, leño ó metal, sino monstruosísimos como se dejan ver de estos indios; y de esto están tan contentos y jactanciosos, que dan en rostro á los nuevos cristianos con su simpleza en honrar en las pinturas y estátuas dioses mudos y ciegos, que no ven, ni hablan, ni oyen.
Ni se contenta el demonio con sólo hacerse adorar de esta gente usurpando la adoración y culto que se debe al verdadero Dios, sino por escarnio é injuria de la Iglesia de Cristo, ha querido en este rincón último del mundo remedarla, transformándola en un ser monstruoso, convirtiendo los misterios en fábulas, los sacramentos en supersticiones, las ceremonias en sacrilegios. Y primeramente les enseñó una tal Trinidad de dioses principales (á distinción de otros de menos autoridad y crédito) Padre, Hijo y Espíritu, no Santo, colateral de aquellos dos: llámase el Padre _Omequeturique_ ó _Uragozoriso_; el Hijo _Urasana_ y el Espíritu _Urapo_.
Tienen también otro diablo, remedo de la Santísima Virgen, que fingen es madre del Dios _Urasana_ y mujer de su padre Omequeturique. Déjase ver esta diosa con rostro resplandeciente; transfigurándose en ángel de luz; los dioses aparecen horribles y sucios; la cabeza y el rostro de color de sangre, orejas de jumento, la nariz chata, ojos en extremo grandes, de que despiden ardientes llamas, los cuerpos de color resplandeciente; el vientre le ciñen vívoras y dragones.
El primero que habla es _Omequeturiqui_, y esto con voz alta; el segundo es su hijo y habla con las narices, el último habla _Urapo_ y tiene una voz semejante á un trueno; el Padre es el dios de la justicia y castiga á los malos, ya con un palo, ya con otro instrumento semejante; el Hijo y el Espíritu son los abogados, pero mucho más la diosa.
El templo para estas deidades es, como ya dije, el palacio del cacique, á donde ellos vienen cuando hay junta general del pueblo ó se hacen solemnes exequias.
En estas fiestas ordena el cacique á los suyos que tejan gran número de esteras, y hecho de ellas unas grandes cortinas, cubren y cierran una parte de la sala y este es el _Santa Sanctorum_ en que entran los dioses, á quien con nombre común llaman Tinimaacas que saliendo del infierno fingen que bajan del cielo y turbando con ruido descompasado todo el aire, tiembla la casa y toda aquella tapicería ó cortinaje de esteras.
El pueblo, que está bebiendo ó bailando, le saluda y da la bienvenida con gritos descompasados y mucha algazara, diciendo: _¿Tata equice?_ Padre, ¿ya has venido? á que responde él con el título de _Panitoques_, esto es: «¿Hijos qué hacéis? ¿Estáis bebiendo ó comiendo? Bebed y comed, que me dáis grande gusto, y tengo de vosotros gran cuidado y providencia; yo he criado la caza y la pesca y cuanto bueno hay para vosotros.»
Con estos tres dioses vienen, para cortejarlos, una tropa de demonios, y en señal de respeto y reverencia están en pie. Los indios creen que estas son las ánimas de sus enemigos, con quien tienen guerras y también otras gentes extrañas. A este tiempo que hablan los dioses, el pueblo se está quieto y en silencio, así para oir sus oráculos, como también porque al principio afectan seriedad, hasta que la _chicha_ (que es su bebida) les calienta la cabeza; después de lo cual se siguen los bailes, las riñas, las heridas y muertes, de que hacen gran fiesta aquella maldita canalla de dioses, y cuando ven que se paran procuran atizarlos, diciendo: «¿Qué es lo que hacéis fieles míos? Mucho silencio es este, ¿por qué no bebéis y bailáis?» Y al punto el sacerdote ó Mapono se reviste de gravedad, y en nombre de los dioses les manda que beban y bailen y llenen de ruído la iglesia para que ninguno se muera de tristeza.
También muestran tener sed estos dioses y para refrigerarla piden á los indios de beber. Para esta honra se levantan en pie el indio é india más ancianos y venerables de todo el pueblo con una taza llena de flores y esmaltes hecha sólo para que beba aquella deidad fingida, le dan con la mano derecha tres veces á beber, y con la siniestra levantan la estera. Saca el demonio una mano muy sucia y con uñas muy largas con que toman la taza y beben todos tres por su orden, bien que su modo de beber es más propio de brutos que de hombres, y mucho menos de lo que se fingen.
Después Urasana toca dentro del Tabernáculo una sinfonía que se oye bien lejos á la cual corresponden con bailes sus devotos. A ninguno es lícito mirar al _Santa Sanctorum_, sino sólo al Mapono ó sacerdote que es un grande hechicero ú hombre diabólico, y si alguno de los otros hechiceros de menos ciencia y menores proezas en el oficio quiere echar la vista dentro para verlos, le detiene el Mapono amenazándole que pagará al momento su delito con la vida. Sólo el Mapono es el valido y el confidente, y es quien obra cosas extrañísimas. En cada Ranchería hay uno ó dos, y á veces más. Entra éste á recibir audiencia de los dioses y se sienta á la par con ellos. Propóneles sus dudas, oye los oráculos y las profecías y tal vez las oye también el pueblo, porque suelen hablar en voz muy alta.
Cuando el pueblo está en el mayor fervor de sus bailes y grescas, sale de la audiencia el Mapono y declara las respuestas, que las más de las veces son de buenas fortunas, de lluvias, de buenas cosechas, de caza, de pesca y de todo lo que á ellos más les agrada, aunque las más de estas fortunas y dichas les salen vanas y mentirosas, de suerte, que algunos más arrestados, al oir tales promesas, responden con risas: los dioses han bebido bien; mas si estas palabras llegan á oídos del Mapono, sale con furia diabólica del tabernáculo, amenazándoles muertes, tempestades y rayos, con que les hace callar.
Muchas veces usa también el demonio provocarlos contra los confinantes, ordenándoles que asalten sus Rancherías, hagan estragos en la gente y roben y saqueen sus haciendas; con lo cual están siempre en continuas revueltas.
Algunos pocos, aun con ser rudos y bárbaros, advierten los fraudes y engaños diabólicos; pero los más creen nacer esto de la gran providencia y amor que sus dioses les tienen, no obstante que toquen con la experiencia que al mejor tiempo son de ellos abandonados y vencidos y despojados de sus enemigos.
Acabados los oráculos, se hacen las ofrendas de la pesca y de la caza y aquellas diabólicas majestades, en señal de agradecimiento, llevan alguna cosa á la boca.
Después vuelan con el Mapono por el aire, temblando á este tiempo tanto la iglesia, que parece se viene al suelo. Desaparece por mucho tiempo el Mapono, fingiendo que se va con sus dioses al cielo. Vuelve después conducido en brazos de la diosa _Quipoci_, en cuyo seno descansa y duerme, mientras ella canta; y aunque la oyen no se deja ver de ellos, porque se está retirada dentro del tabernáculo.
Hacen todos mucha fiesta en señal de grande alegría por su venida y la tratan como Madre de Dios, de la manera que nosotros á la Virgen Santísima.
Dánle la bienvenida con mil títulos de afecto y reverencia á que ella corresponde llamándolos hijos y diciéndoles que es su verdadera madre, que los defiende de la indignación de los dioses, que son crueles y sangrientos, molestándoles con enfermedades y desventuras.
Por esto la invocan frecuentemente en sus aflicciones, aprietos y calamidades, y ella viene y les consuela y confabula con los otros dioses cuando viene en su compañía.
Parece este diablo más humano que los otros, mas al fin es de la misma raza y tan cruel como ellos. Cuando está en el tabernáculo canta con mucha melodía mientras bailan las mujeres, siguiendo y repitiendo éstas el canto de la diosa, cuyo contenido es sus guerras y victorias.