Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E
Chapter 13
Acostumbrados, pues, estos bárbaros á sacudir el suave yugo del Evangelio por estar ya enfadados del celo del V. P. Lucas y sus compañeros, fingiendo que sólo habían venido á sus tierras para juntarlos y entregarlos á los Mamalucos del Brasil, los echaron del país y destruyeron la iglesia que habían fabricado, por cuya causa se retiró á los Chiquitos, en el pueblo de San Francisco Xavier, donde hallando el terreno más dispuesto al cultivo de la fe, asistía á aquellos nuevos fieles con increíble celo y amor; y á la verdad, era bien necesario su espíritu y fervor para acudir y socorrer las necesidades de aquella iglesia, afligida no menos de la peste que de la carestía de todo lo necesario, no dando treguas ni de día ni de noche á las fatigas y trabajos que le redujeron con una grave enfermedad al último trance de la vida, con extremo dolor de sus compañeros que le veneraban como á santo, y de los neófitos, que le amaban como á Padre.
Mas en esta aflicción quiso Dios consolar á todos, dándole en breve tiempo entera salud para que regase con su sangre aquella nueva viña del Señor (condición al parecer precisa para que la fe arraigue con permanencia en los campos donde se planta) que en adelante había de rendir copiosos frutos.
De esta Reducción salía frecuentemente el P. Lucas á discurrir por las tierras circunvecinas y andaba á caza de almas por los montes y bosques, y confiando sólo en la Providencia Divina no cuidaba de sí mismo ni de su salud, sucediéndole las más de las veces no tener otra cosa de qué alimentarse sino con raíces ó frutas silvestres.
Los trabajos y fatigas, juntas con ardientísimas fiebres, lo postraban en el suelo, sin tener más médico que la Providencia Divina, ni más remedio que la conformidad con Dios, no hallando ni aun una choza en qué recobrarse en tales lances, expuesto á las injurias del tiempo; pero entonces Dios le llenaba de consuelos el alma, dándole tal vigor á su espíritu que redundaba en el cuerpo, de tal manera que ya ni sentía la enfermedad ni le rendían las fatigas; antes, emprendía los viajes más incómodos y los mayores peligros para traer almas al rebaño de Cristo.
No son estas solamente expresiones mías, sino testimonio de un Superior suyo, quien dice que después de tantos malos tratamientos de su vida, no le pagaba con otra cosa que con reprensiones, á fin de que pusiese freno á sus fervores que, mirados con los ojos materiales, excedían y pasaban los términos de la prudencia; pero siendo él gobernado de espíritu superior á toda prudencia humana, sin poder contener su celo corría siempre más á donde la cosecha de las almas y de trabajos era mayor.
Llegó una vez á una Ranchería de infieles con el semblante tan desfigurado, tan falto de fuerzas y pobre de vestido, que por burla preguntaron aquellos infieles á sus compañeros si era el Padre algún esclavo fugitivo de los españoles á quien hubiesen tan malparado á golpes y azotes. No obstante, les predicó el santo varón la fe de Cristo con tanto fervor y espíritu, que si él no pudo luego reducirlos, viniendo poco después otro Misionero sacó de ellos fruto muy copioso.
Y aunque el apostólico Padre se hacía tan cruda guerra á sí mismo, siempre le parecía todo poco por el ansia de padecer siempre más y más. Oíasele muchas veces desahogar su corazón en deseos de más cruces y trabajos y quejarse amorosamente al Señor porque andaba S. M. tan escaso con él en darle aquellos trabajos y martirios que con tanta liberalidad repartía á otros, porque aún no entendía que Dios le difería el cumplimiento de sus deseos para que creciesen los méritos y adelantase la gloria de su Criador, sufriendo otras muchas cruces que le tenía preparadas por llevar su nombre á otros pueblos y naciones.
En el año de 1704 salió en busca de los Puraxís que se habían retirado á una espesa selva para defenderse de los asaltos de algunos europeos que sin temor á las leyes, sobre el seguro de estar lejos de la vista de quien pudiese castigar sus excesos, se tomaban la licencia de hacer esclavos á los paisanos y venderlos á su gusto como tales; y llegando á donde uno de estos estaba alojado junto á aquellos pueblos, le recibió con mal semblante y peores palabras, diciendo al V. P. que aquel no era tiempo de hacer misiones, y así que se volviese y metiese en su Reducción, porque si no lo hacía por bien, le obligaría, mal de su grado, á que lo hiciese.
Eran buenas estas palabras para espantar cobardes ánimos, no para entibiar el celo ardiente de un apóstol; y así, respondiéndole el Padre afable y cortesmente, prosiguió su viaje, mas no halló indio alguno en sus Rancherías, porque todos andaban huídos por los montes y selvas y sólo se dejaba ver tal cual, que desde las copas de los árboles exploraba los pasos de los españoles.
Esto le obligó á que trepase por los árboles para poder llegar á sus albergues y cavernas, donde los recogió y predicó la fe y administró á los niños el santo bautismo; y porque con la falta de lluvias se les perdían irreparablemente los sembrados, se echó á sus piés aquella pobre gente y más con lágrimas que con palabras, le pidieron que si tanto podían con el Dios que predicaba sus súplicas, les alcanzase nuevo remedio en aquella necesidad.
Enternecióse el buen Padre de sus lágrimas, y haciéndoles poner á todos de rodillas delante de una cruz y levantadas las manos al cielo, les mandó pidiesen agua á la fuente de todos los bienes, que es Dios.
No se hizo Dios sordo á las súplicas de aquellos nuevos fieles y así les concedió su petición con lluvia copiosísima. Rabiaba de pesar el demonio al ver que se le escapa de sus garras esta gente de quien hasta entonces había estado en pacífica posesión y movió una tempestad terrible contra él.
Salió uno de aquellos europeos, de quien poco ha hice mención, hombre perdido y cruel y encendido en cólera por ver más que nunca perdidos ahora sus intereses, maquinó con el fomento de otros parciales, hacer de un golpe dos tiros, que fueron recoger gran número de esclavos y malquistar al P. Lucas con aquellos pueblos, de suerte que jamás osase ponerse delante de ellos.
Con este designio pasó los Puraxís, y les dijo que no creyesen á aquel Padre, porque era un Mamaluco disfrazado en traje de jesuita; y para que viesen que decía verdad, á la vuelta (había pasado el V. Padre á reducir la nación de Tapacurás) le haría prender, y cargado de prisiones le remitiría á Santa Cruz de la Sierra.
No dió la gente á sus palabras todo el crédito que deseaba; pero no obstante, combatidos sus ánimos de dos diversos afectos, de temor de que en la realidad fuese Mamaluco y del amor que le tenían, estaban tristes y melancólicos.
Luego que el santo varón supo este enredo, les descubrió los fraudes del enemigo y procuró aquietarlos con buenas razones.
Poco después dió la vuelta con su gente aquel malvado, y afrentando al Padre con palabras llenas de oprobios, faltó poco para poner en él las manos. Por último, le intimó en nombre de S. M. Católica (que en tales empresas fingen estos malvados la autoridad real para abusar de ella cuando les está á cuento ó se atraviesan sus intereses) que se retirase luego de aquel país y fuese á dar razón al gobierno de Santa Cruz.
Este tan pesado lance no descompuso ni alteró en el P. Lucas aquella serenidad de ánimo que siempre mostraba en el semblante, sino atento solamente á reparar el daño que de aquí se podía seguir, le respondió con aquella intrépida y santa libertad que le daba el espíritu de Dios; que sabía bien se enderezaban todos sus designios, no á otro fin, sino á hacerle aborrecido de aquella gente para que en adelante jamás le admitiesen en aquellas tierras ni le diesen oídos. Que qué diría el pueblo de Santa Cruz al ver llevar preso á un pobre religioso porque predicaba la fe. Que no se fiase de su poder, pues Dios Nuestro Señor y la Majestad Católica del Rey, no tenían lejos las armas, aun de aquellos desiertos remotos, para hacerle pagar un atentado tan temerario é injusto; y por fin, que no esperase contrastar con sus embustes la piedad y celo de aquella piadosa ciudad y sus regidores. Replicóle el hombre perdido con furia que obedeciese. Mas el P. Lucas, no haciendo caso alguno de lo que le pudiese suceder por los enredos y calumnias de aquel hombre descarado, determinó quedarse para deshacer la máquina fabricada para daño y ruina de aquella nueva cristiandad.
A este tiempo le trajeron los Paraxís un indio Manacica, que hecho esclavo de aquel hombre, había tenido maña para huirse de él, y puesto en libertad se acompañó con los neófitos.
Entendía este Manacica alguna cosa del idioma de los Chiquitos, era de buen entendimiento, cuanto cabe en un bárbaro; observaba con atención las ceremonias sagradas, la forma de bautizar, el ponerse de rodillas delante de la santa cruz, el levantar las manos al cielo, las preces sagradas que muchas veces al día entonaba el santo varón en voz alta; y pareciéndole todo conforme á su genio y á la razón, procuraba hacer lo mismo.
Advertido esto muchas veces por el P. Lucas, y coligiendo lo que sería toda la nación, por lo que veía en aquel sólo, determinó emprender su conversión.
CAPÍTULO XI
Pasa el venerable P. Lucas á los Manacicas, quieren matarle los indios Sibacás y el cielo toma por él venganza.
Alegres los indios de que aquel europeo aterrado del ánimo del apostólico Padre hubiese desamparado el país sin hacer presa en ellos, como les había amenazado, penetraron á lo más enmarañado del bosque, y Zuriquios, cacique de aquella Ranchería, le pidió que fuese á los Aruporés, que ellos le acompañarían: los hablaremos, dijo el cacique, y los entretendremos para que no se pierdan y anden descarnados por temor de los enemigos, y todos nosotros los Puraxís y Tubacís nos juntaremos con ellos para hacer un pueblo en que tú nos puedas doctrinar y dar el santo bautismo; porque de otra suerte nos esparciremos por estos bosques de tal manera, que ni tú ni otros nos puedan jamás encontrar.
El santo Padre que no deseaba otra cosa, se puso al punto en camino, y llegando allá en pocos días, halló la gente tan bien dispuesta á recibir la fe de Cristo, que de una vez bautizó ochenta ó más niños. No quiso por entonces bautizar á los adultos, porque la experiencia le había enseñado á usar con ellos de lentitud.
De aquí pasó á otra Ranchería, donde falto de fuerzas, sin poder sostener tantas fatigas y trabajos, desmayó de pura flaqueza, y asaltado de una fiebre ardientísima, se echó debajo de un árbol en un total desamparo de todo humano consuelo, abandonado aun de los neófitos Piñocas, y persuadiéndose no le restaba mucho tiempo de vida, se iba disponiendo para el último trance.
Los indios del país se dolían grandemente de que por haber los enemigos asolado la tierra, no tenían con qué socorrerle y reparar su flaqueza; pero hallando por gran ventura una gallina, se la ofrecieron, mas el santo Padre rehusó aquel alivio y quiso resueltamente se guisase para dar de comer á un neófito que junto á él yacía enfermo.
En este estado se hallaba, cuando sintió en su corazón que era voluntad de Dios se ofreciese á llevar en Santo Nombre á los Manacicas, que con esta oferta se restituiría á sus fuerzas. Al punto prometió, no sólo darle á conocer á nuevas gentes, sino derramar su sangre por el bien de los prójimos, si fuese esta su voluntad santísima.
Agradó al cielo esta oferta y al momento se recobró el cuerpo de sus antiguas fuerzas, y no habiendo podido los días antecedentes atravesar bocado, pudo luego comer lo que la piedad de los bárbaros le ofrecían; lo cual, aunque mal guisado, fué bastante á recobrarle del todo.
Vino á darle el parabién de su perfecta mejoría Pou, cacique del lugar, con algunos de sus vasallos, y el ferventísimo P. Lucas, acordándose de la promesa hecha á Dios, trató luego de la empresa, y con cuantas razones le dictó el amor de Dios y del prójimo, le exhortó á que fuese su compañero en aquella empresa.
Parecióle al cacique que este negocio no tendría éxito feliz, por ser los Manacicas en valor terribles y en número muchísimos, y sobremanera opuestos á los españoles, pues por la matanza reciente que éstos habían hecho, tenían jurado de vengarse, no dejando con vida á cualquiera que cayese en sus manos; que ir allá era lo mismo que ir á buscar por sí mismo la muerte, y que encontraría en el viaje tantos peligros cuantos serían las agudísimas puntas que ellos habían sembrado por todo el camino, como él mismo lo había experimentado el año antecedente, viéndose precisado á dar la vuelta por no quedar estropeado.
Finalmente, el cacique que le miraba como á padre amoroso y le reverenciaba como á Santo por la extremada piedad con que sentía todos sus males, le dijo por último para apartarle de su santo propósito:
«Padre, si te acometieran los Manacicas, ¿con qué te defenderás tú sólo?»
A lo cual el apostólico Padre, sacando del seno un Santo Cristo, le respondió:
«Mira (son palabras suyas), mira aquí el escudo con que repararé sus furias; nada temo, porque Cristo me ordena que lleve allá su santa ley; no pueden ellos quitarme ni un cabello si él no quiere, y aun cuando yo padeciese ésta, que vosotros llamáis desgracia, de ser muerto á sus manos, ella sería mi suma felicidad; si vosotros tenéis miedo, podéis quedaros antes de llegar á sus pueblos, que yo me iré sólo; y si me recibieren con buen semblante, volveré á llamaros, y si no volviere, os podéis huir.»
Animados de tan fervorosas palabras aquellos bárbaros, respondieron unánimes y conformes:
«Eso no, no huiremos nosotros, y si te matan, por el amor que te tenemos, vengaremos tu muerte aunque nos hagan pedazos.»
Y sin más tardanza, tocando al arma el cacique escogió una florida escuadra de soldados y se los trajo á la presencia del Padre, en donde cada uno con brío extraordinario prometió morir á su lado si los Manacicas osasen hacerle algún ultraje.
Pero antes de ponerse en camino le pidió la gente les predicase la ley que debían profesar, que bautizase á los niños y pidiese á Dios agua porque sus sembrados se perdían por falta de lluvias.
Viendo el Padre Lucas que era justa su demanda y que sus corazones estaban tan inclinados á lo bueno, hizo el día siguiente al romper del alba enarbolar una grande cruz, aunque mal compuesta de dos leños toscos atravesados y rodeado de muchos niños, mujeres y soldados hizo oración delante de ella, representando á Dios Nuestro Señor los méritos de la muerte de su Hijo Jesucristo que le recordaba aquella cruz, pidiéndole por ellos no se negase á su piedad paternal y á la grande necesidad de aquellos miserables, enviándoles una lluvia que no le costaría más que una insinuación de su voluntad para ganar aquellas almas por las cuales su unigénito Hijo había derramado su sangre sobre la tierra.
Aunque tan fervorosa y eficazmente rogaba, no se movió Dios esta vez á oir tan presto sus súplicas como lo había hecho en otras Rancherías, para que con la dilación del favor se arrepintiese el pueblo y arrojase de su corazón el odio y la venganza; por tanto ordenó el Padre que á la tarde se volviese á juntar el pueblo al pie de la misma cruz, y con aquella energía que comunicaba á la lengua un corazón abrasado del amor y celo, les declaró como Dios es juez de nuestras acciones, buenas ó malas, y que las castiga en esta ó en la otra vida, con penas á ellas proporcionadas; díjoles: Nuestro Señor Jesucristo está justamente airado con vosotros, ni quiere oir vuestras súplicas ni socorrer vuestras miserias, porque habéis sido causa de gravísimos daños que han padecido los Tapacurás y Manacicas; y porque habéis hecho guerras á vuestros parientes los Aruporecas, no perdonando á incendios y prisiones y la inhumana matanza de tanta gente, pide contra vosotros venganza al cielo. Jesucristo manda en su ley que no se cause daño á ninguno, sea amigo ó enemigo, sino que se perdone de corazón á cualquiera que nos ofendiere. Es verdad que eran vuestros enemigos y que habían maltratado vuestras haciendas, pero de un leve daño, no habíais de haber tomado satisfacción con tantas crueldades. Por tanto, mientras no os arrepintiéreis de lo pasado é hiciereis cordial amistad con vuestros enemigos, no proveerá Dios vuestra necesidad.
No fué necesario más para que todos aquellos indios se pusiesen á punto de caminar; y Dios, atendiendo á las súplicas de su siervo, apenas habían caminado una milla cuando empezó á cubrirse el aire de nubes y cayó una copiosísima lluvia que con increíble júbilo de la gente llenó los pozos y aseguró las esperanzas de coger abundante cosecha.
Tardaron muchos días en llegar al río Arubaitú, ó como otros le llaman, Zuquibuiquí. Aquí dieron algunas señales de temor los Puraxís, porque el enemigo infernal, para desbaratar los disignios del Misionero, había persuadido á los Manacicas pusiesen escondidas en la tierra gran número de puntas de madera durísima; y descubriéndolas los Puraxís, le suplicaron al Padre diese la vuelta, porque si no era evidente el riesgo de quedar muchos heridos é inhábiles para caminar; y cayeron tanto de ánimo, que sólo Dios pudo infundirles valor para pasar adelante.
«Confieso (escribe el mismo Padre Lucas á su Provincial) que aunque es grande el valor de los Puraxís, y es también grande el amor y reverencia que me tienen, aunque infieles y recién conocidos, con todo eso, sólo el brazo de Dios Omnipotente pudo infundirles aliento y vigor para proseguir, á fin de mostrar que por medio de instrumentos débiles y flacos, quería abrir el camino de la salud eterna á aquellos nuevos pueblos y naciones. Y á dos palabras que dije se levantó Pou, el cacique y tras él sus vasallos; llegados á una empalizada pusieron á punto los arcos y las flechas; de aquí paso á paso, en profundo silencio, por no ser descubiertos antes de tiempo, avanzaron por fin.»
Y aquí es donde confiesa el santo varón que representándosele tan cercana la muerte, temió de suerte que se le erizaron los cabellos, por ventura para que entendiese que toda su virtud era de Dios.
«Confieso (prosigue hablando de sí) que experimenté un natural pavor considerando que yo había de ir delante de todos y romper el primero las furias de los bárbaros y teñir de mi sangre las saetas envenenadas; pero el deseo de ver á Cristo me alentaba en este trance á todo riesgo, aunque con razón temía de mí lo que por humildad decía el Apóstol San Francisco Xavier de sí mismo que mis pecados serían mi más fuerte escudo que me defendiese de la muerte. Pero no me daba menos ánimos y esfuerzo mi paje Diego, neófito, que de sólo mirarle me sacaba las lágrimas de los ojos y del corazón mil afectos de agradecimiento á las llegas del Redentor, que había infundido en su pecho, poco antes bárbaro, tanto amor para con su Majestad y su Santa ley, porque levantadas al cielo las manos, con un rostro de ángel, estaba ofreciendo á Dios su vida para perderla en su servicio y sus sudores para plantar la santa fe entre los infieles.»
Pasaron adelante de la empalizada, y entrados en la Ranchería se hallaron sin gente, no viendo por todas partes más que incendios, ruinas, cadáveres y un desapiadado estrago de hombres.
Quisieron volver atrás los Puraxís, pero asegurados de un paisano, su intérprete, llamado Izú, de que no lejos de allí había otras tierras, y mucho más animados del Padre que á pie los guiaba, pasaron adelante, y descubierta de lejos otra Ranchería se pararon pálidos los Puraxís, temerosos de algún infeliz suceso, y el cacique de ellos, Pou, hizo señas al Padre para que se adelantase.
Iba delante de todos el santo Misionero disponiéndose á morir con los actos más encendidos de caridad; y para que el ímpetu de las flechas no le quitase de las manos el Santo Cristo, se le ató á ellas, y quedándose atrás los compañeros sólo le seguía el intérprete, el cual, á pocos pasos, con semblante compasivo, clavó los ojos en el Padre avisándole del riesgo en que se metía y del cual quizás no le podría librar.
Quedaba ya poco de día cuando entró con el intérprete en la Ranchería. Apenas le vieron los paisanos cuando con gritos y voces descompasadas mandaron á las mujeres y demás chusma que se huyesen, y ellos echaron mano á las armas aguardándole con semblante feroz y con ojos que despedían llamas.
El intérprete Izú levantó la voz, diciendo no matasen á aquel hombre que no era enemigo suyo.
«Soy Misionero (añadió el P. Lucas) que vengo á predicar la santa ley de Cristo.»
No hicieron los Manacicas caso de cuanto se les decía, y sin otra diligencia se pusieron todos á punto de pelea. A este tiempo se llegó al santo Padre el cacique Pou, diciéndole á voces:
«Nos quieren matar á todos y nos van cercando para que ninguno escape con vida.»
El P. Lucas, sin turbarse nada, procuraba animarlos, y la naturaleza, que poco antes, lejos de los peligros, había sentido algún miedo, ahora de nada temió.
«Digo ingenuamente (escribe de sí) que en el mayor riesgo depuse en un punto todo temor y oí interiormente una voz que me decía: No morirás ahora; y aunque cubierto de un torbellino de flechas y rodeado de gente que se me acercaba para hacerme pedazos, estaba en la plaza con el Crucifijo en la mano, con tanta serenidad de ánimo y de rostro como si me hallase en una iglesia de cristianos.»
Viendo Izú el trance tan peligroso en que estaban las cosas, se puso en medio de sus paisanos, y pudo tanto con la eficacia de sus palabras, y mucho más con la gracia de Dios, que interiormente labraba en aquellos corazones bárbaros é inhumanos, que detuvo sus furias y apagó todo el odio; después, aunque muy nuevo en la fe, habló tanto de Dios y predicó de su santa ley, que aquellos bárbaros, así como estaban con las manos llenas de saetas envenenadas, se fueron llegando uno á uno al P. Lucas, y puestos de rodillas, con humilde reverencia, besaron las llagas del Santo Cristo. A lo cual ayudó no poco el cacique de los Puraxís, que en voz alta decía:
«Venid, amigos, á rendir homenaje á nuestro Criador Jesucristo; adoradle y haceos vasallos suyos.»
¡Espectáculo verdaderamente digno de alabar por él á la Divina Misericordia! Ver á unos infieles instruídos pocos días antes en las cosas de nuestra santa fe, y aún no reengendrados en las santas aguas del bautismo ser ya predicadores del Evangelio; y una nación que no mucho antes había respiraba sólo fiereza, verla con una mudanza propia de la diestra del Altísimo, humillada á los piés de Cristo; de lo cual no pudo contenerse el venerable Padre sin prorrumpir en un llanto tiernísimo, todo de alegría, y no cesaba de dar mil gracias á Dios con tanto mayor fervor cuanto aquel beneficio había sido más fuera de toda esperanza.
Después que todos los paisanos se arrodillaron á los piés de Cristo, estando la plaza llena de gente, se hicieron paces entre las dos naciones; y aunque se entendían muy poco por la diferencia de los idiomas, con todo, había algunos que sabiendo algo de la lengua de los Chiquitos, sirvieron de intérpretes.
Luego el intérprete Izú, dando calor á sus parientes, hizo componer una cruz lo más pulidamente que se pudo y la enarboló el santo Padre con indecible alegría en un lugar eminente para que fuese trofeo de la victoria que el cielo había conseguido del infierno y señal de la posesión que Cristo y su fe tomaban en aquel día de la nación de los Manacicas.
Y parece que agradó al cielo esta devota acción, porque los principales del pueblo se mostraron luego tan aficionados á lo bueno, que le suplicaron al Padre con eficacísimos ruegos se quedase entre ellos para enseñarles el camino de la salvación eterna; mas por mucho que el P. Lucas deseaba lo mismo, no les pudo dar gusto por entonces, porque ya entraba el invierno; pero les dió palabra que á la primavera siguiente volvería á vivir de asiento entre ellos.