Part 7
quedó Bárbara inmóvil, trémula, inconsciente de lo que habia hecho, ajena y sin corresponder con la más mínima inclinacion de cabeza á los aplausos frenéticos, que tuvo que interrumpir Cárlos Latorre presentándose á continuar la representacion, sacando á Bárbara de su absorcion con el «¡Madre mia!» de su salida.
Así hacian Cárlos y Bárbara _Sancho García_. Aún vive: pregúntenselo mis lectores á Bárbara, y que diga ella cuántos malos ratos la dí con el ensayo y cuántas noches insomnes la hice pasar con el estudio de mis papeles; cuántas lágrimas la hice derramar y cuántas veces la hice detestar su suerte de actriz; pero que diga tambien si tuvo nunca amigo más leal ni aplausos y ovaciones como las de mi _Sancho García_. Hoy siento orgullo con tal recuerdo, y me congratulo de poderla dar este testimonio de mi gratitud treinta y ocho años despues de aquella representacion.
Lombía, por su parte, lo inventó y lo intentó todo en aquellos cuatro años para sostener nuestro teatro de la Cruz enfrente del afortunado del Príncipe. A su iniciativa se debió que Basili, Salas, Ojeda y Azcona echaran los fundamentos de la Zarzuela con la escena de _La pendencia_ y _El sacristan de San Lorenzo_, y otras parodias de _Norma_, _Lucía_ y _Lucrecia_, en las cuales despuntó Caltañazor, y concluyó por presentar _La lámpara maravillosa_, baile maravillosamente decorado por Aranda y Avrial, ejecutado por la familia Bartholomin, cuya primera pareja, Bartholomin-Montplaisir, fué reforzada con un cuerpo de baile de andaluzas y aragonesas; de cuyos cuerpos se han perdido los moldes, y de cuyas modeladuras no quiero acordarme, por no quitar tres meses de sueño á los que no las vieron con aquellos vestidos, que no eran más que un pretesto para salir en cueros.
En el verano del 40 ó del 41, ántes de que estas huríes hicieran un infierno del teatro de la Cruz, reclamó Lombía de mí una comedia de espectáculo, en ausencia de Cárlos Latorre, que veraneaba por las provincias. Los actores sérios y jóvenes se habian ido con Cárlos, y el trabajo cómico de Lombía, no acomodándose con el mio patibulario, no sabia yo cómo salir de aquel compromiso ineludible, segun mi contrato con la empresa. Apurábame Lombía, y devanábame yo los sesos trás del argumento por él pedido, sin que él aflojara un punto en su demanda y sin que yo me atreviera á decirle que no éramos el uno para el otro. Acosábale á él tal vez la secreta comezon de abordar el drama en ausencia de Cárlos, y pesábame á mí tener que escribir para otro que no fuera aquel único modelo del galan clásico del drama romántico; costaba mucho á mi lealtad lo que tal vez podia parecer una traicion á Cárlos Latorre, y ¡Dios me perdone mi mal juicio! pero tengo para mí que Lombía tenia la mala intencion de hacérmela cometer. Impacientábase Lombía y desesperábame yo de no dar con un asunto á propósito, lo que ya le parecia, vista mi anterior fecundidad, no querer escribir para él, cuando una tarde, obligado á trabajar un caballo que yo tenia entablado hacia ya muchos dias, salia yo en él por la calle del Baño para bajar al Prado por la Carrera de San Jerónimo. Era el caballo regalo de un mi pariente, Protasio Zorrilla, y andaluz, de la ganadería de Mazpule, negro, de grande alzada, muy ancho de encuentros, muy engallado y rico de cabos, y llevábale yo con mucho cuidado, miéntras por el empedrado marchaba, por temor de que se me alborotase. Cabeceaba y braceaba el animal contentísimo de respirar el aire libre, cuando, al doblar la esquina, oí exclamar á uno de tres chulos que se pararon á contemplar mi cabalgadura: «Pues miá tú que es idea dejar á un animal tan hermoso andar sin ginete.»
La verdad era que siendo yo tan pequeño, no pasaban mis piés del vientre del caballo; y visto de frente, no se veia mi persona detrás de su engallada cabeza y de sus ondosas y abundantes crines. Por mas que fuera poco halagüeña para mi amor propio la chusca observacion de aquellos manolos, el de montar tan hermosa bestia me hizo dar en la vanidad de lucirla sobre la escena, y ocurrírseme la idea de escribir para ello mi comedia _El caballo del rey D. Sancho_. Rumié el asunto durante mi paseo, registré la historia del Padre Mariana de vuelta á mi casa, y fuíme á las nueve á proponer á Lombía el argumento de mi comedia, advirtiéndole que debia de concluir en un torneo, en cuyo palenque debia él de presentarse armado de punta en blanco, ginete sobre mi andaluz caparazonado y enfrontalado.
Aceptó la idea de la comedia, plúgole la del torneo final y halagóle la de ser en él ginete y vencedor. Puse manos á mi obra aquella misma noche, y díla completa en veinte y dos dias. El señor duque de Osuna, hermano y antecesor del actual, á quien me presentó y cuya benevolencia me ganó el conde de las Navas, puso á mi disposicion su armería, de la cual tomé cuantos arneses y armas necesité para el torneo de mi drama, cuya última decoracion del palenque trás de la tienda real montó Aranda con un lujo y una novedad inusitadas.
Pasóse de papeles mi drama; ensayóse cuidadosamente y conforme á un guion, que los directores de escena hacen hoy muy mal en no hacer, y llegó el momento de enseñar su papel á mi caballo. Metíle yo mismo una mañana por la puerta de la plaza del Angel, desde la cual subian los carros de decoraciones y trastos por una suave y sólida rampa hasta el escenario: subió tranquilo el animal por aquella, pero al pisar aquél, comenzó á encapotarse y á bufar receloso, y al dar luz á la batería del proscenio, no hubo modo de sujetarle y ménos de encubertarle con el caparazon de acero. Lombía anunció que ni el Sursum-Corda le haria montar jamás tan rebelde bestia, y estábamos á punto de desistir de la representacion, cuando el buen doctor Avilés nos ofreció un caballo isabelino, de tan soberbia estampa como extraordinaria docilidad, que aguantó la armadura de guerra, la batería de luces y en sus lomos á Lombía, que no era, sea dicho en paz, un muy gallardo ginete.
La primera representacion de este drama fué tal vez la más perfecta que tuvo lugar en aquel teatro: Lombía se creció hasta lo increible: é hizo, como director de escena, el prodigio de presentar trescientos comparsas tan bien ensayados y unidos, que se hicieron aplaudir en un palenque de inesperado efecto; y Bárbara Lamadrid, para quien fueron los honores de la noche, llevó á cabo su papel con una lógica, una dignidad tales, que al perdonar al pueblo desde la hoguera y á su hijo en el final, oyó en la sala los más justos y nutridos aplausos que habian atronado la del teatro de la Cruz.
Pero aquel drama no pudo quedar de repertorio; hubo que devolver las armaduras al señor duque de Osuna y el caballo al doctor Avilés, y... ni mereció los honores de la crítica, ni ningun empresario se ha vuelto á acordar de él, ni yo, que de él me acuerdo en este artículo, recuerdo ya lo que en él pasa. En cambio, al fin de aquel mismo año se escribió otro que todo el mundo conoce, que no hay aficionado que no haya hecho con gusto y aplauso, de cuyo orígen se han propalado las más absurdas suposiciones, que me ha valido tanta fama como al mismo _D. Juan Tenorio_, y en cuya representacion no han dado jamás pié con bola más que los tres actores que, bajo mi direccion, lo estrenaron: Latorre, Pizarroso y Lumbreras; hablo de _El puñal del godo_, del cual me voy á ocupar en el siguiente número.
XII.
EL PUÑAL DEL GODO.
I.
Acababa de estrenarse Sancho García y espiraba el tercero dia de Diciembre de 1842. Trabajaba yo aprovechando la luz que comenzaba á cambiarse en crepúsculo, cuando un avisador del teatro me trajo un billete de Lombía, en el cual me suplicaba que no dejara de ir á la representacion de aquella noche, porque deseaba tener conmigo una entrevista de diez minutos.
Ya Lombía, á imitacion de Romea, tenia una antecámara en la cual se reunian sus autores favoritos y sus amigos íntimos, como los de Julian en el saloncito del teatro del Príncipe. De aquel venian algunos que escribian para ambos teatros, y que como Hartzenbusch y García Gutierrez no formaban pandillaje; porque su talento, formalidad y reputacion, les habian ya colocado muy encima de todo mezquino espíritu de partido. Yo no iba nunca al saloncito del Príncipe é iba poco á la antecámara de Lombía, pero asistia contínuamente á mi palco de proscenio para estudiar mis actores, y bajaba en los entreactos á saludar á Cárlos Latorre y á la Bárbara, las noches que trabajaban. Aquella era de Lombía; en el primer entreacto me aboqué con él en su cuarto y trabamos inmediatamente conversacion, presentes Hartzenbusch, Tomás Rubí, Isidoro Gil y no recuerdo quiénes más. Hé aquí en resúmen nuestro diálogo:
_Lombía._--La empresa espera de V. un señalado servicio.
_Yo._--Debo servirla segun mi contrato y segun mis fuerzas.
_Lombía._--Sabe V. que es costumbre que las funciones de Noche-Buena sean beneficio de la compañía, repartiéndose sus productos á prorrata entre todos sus actores y empleados segun su clase.
Agucé yo el oido sintiendo abrir una trampa en la que se trataba de hacerme caer, y continuó Lombía diciéndome:
Sabe V. que Cárlos Latorre no toma nunca parte en las funciones de Navidad, so pretesto de que en el género cómico de estas alegres representaciones no cabe el suyo trágico; de modo que cobra y se pasea desde Navidad á Reyes. Queremos que comparta este año con nosotros el trabajo de tales dias, y no hay más que un medio con el cual se avenga, y es, que se le escriba una pieza nueva, y la empresa ha pensado en V.
_Yo._--Estamos á 13, y por breve que sea el trabajo...
_Lombía._--Deberia estar concluido el 17; copiado y repartido, el 18; estudiado, el 19 y el 20; ensayado el 21 y 22, y representado el 24.
_Yo._--Imposible: me faltan tres escenas y copiar el tercer acto de la segunda obra, que debo entregar á ustedes ántes de año nuevo; si la interrumpo no la concluyo; no puedo, pues, ocuparme de nada más hasta el 17, y ya no es tiempo.
_Lombía._--No quiere V. servir á la empresa por no contrariar á su amigo.--(Lombía partia siempre del principio de que yo era mejor amigo de Cárlos que suyo.)
_Yo._--Mi obligacion es primero que mi amistad.
_Lombía._--Su excusa de V. nos prueba lo contrario.
_Yo._--Voy á hacer á V. una propuesta que le asegure de mi buena fé. Concluiré mi trabajo el 16: en su noche volveré aquí; y si para entónces el Sr. Hartzenbusch se ocupa de encontrarme un argumento para un drama en un acto, yo me comprometo á escribirlo el 17 y presentarlo el 18.
_Lombía._--Propuesta evasiva: con decir que el argumento que á V. se le dé no es de su gusto....
_Yo._--El Sr. Hartzenbusch sabe el respeto en que le tengo, y todos Vds. saben que sigo sus consejos y acepto sus correcciones como de mi superior y maestro. He buscado al Sr. Hartzenbusch en dos situaciones difíciles de mi vida; sabe todos los secretos de mi casa, es en ella como mi hermano mayor, y lo que él me diga que haga, eso haré yo, como mejor hacerlo sepa.
_Lombía._--Se conoce que ha estudiado V. con los jesuitas: sus palabras de V. son tan suaves como escurridizas. Si no quiere V. no hablemos más.
_Yo._--Mi última proposicion. Traiga V. aquí el 16 por la noche un ejemplar de la historia del P. Mariana; le abriremos por tres partes, desde la época de los godos hasta la de Felipe IV: leeremos tres hojas de cada corte en sus hojas hecho; y si en las nueve que leamos tropezamos con algo que nos dé luz para un asunto dramático, lo amasaremos entre todos, yo lo escribiré como Dios me dé á entender, y el jesuita Mariana abonará la fé del discípulo de los jesuitas del Seminario de Nobles.
_Lombía._--Propuesta aceptada.
_Yo._--Pues hasta el 16 á las siete.
En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volví á presentarme en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rubí y algunos otros de quienes no me acuerdo, me esperaban con Lombía, que tenia sobre la mesa una _Historia de España_. Metimos tres tarjetas por tres páginas distintas, y en el primer corte tropezamos, en el capítulo XXIII del libro sétimo, estas palabras sobre el fin de la batalla de Guadalete y muerte del rey D. Rodrigo: «Verdad es que, como doscientos años adelante, en cierto templo de Portugal, en la ciudad de Viseo, se halló una piedra con un letrero en latin, que vuelto en romance dice:
AQUI REPOSA RODRIGO, ULTIMO REY DE LOS GODOS.
Por donde se entiende que, salido de la batalla, huyó á las partes de Portugal.»
Al llegar aquí, dije yo: «Basta: un embrion de drama se presenta á mi imaginacion. ¿Con qué actores y con qué actrices cuento? Necesito á Cárlos, á Bárbara y á lo ménos dos actores más.» Y miéntras esto decia, me rodaban por el cerebro las imágenes de Pelayo, don Rodrigo, Florinda y el conde D. Julian.--Lombía dijo: «Imposible disponer de Bárbara.»--«Pues Teodora, repuse yo.»--«Tampoco; la cuesta mucho estudiar, replicó Lombía.»--«Pues Juanita Perez, ni la Boldun, no me sirven para mi idea, repuse.»--«Pues compóngase usted como pueda, exclamó por fin Lombía: tiene V. á Cárlos, á Pizarroso y á Lumbreras: _los tres de V._ Van á levantar el telon y no quiero faltar á mi salida. ¿En qué quedamos? ¿Es V. hombre de sostener su palabra?»
Picóme el amor propio el tonillo provocativo de Lombía, y sin reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto: «Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un acto.--Buenas noches.
--¿Apostado? me gritó Lombía dirigiéndose á los bastidores.
--Apostado: me darán Vds. de cenar en casa de Próspero; respondí yo echándome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Angel.
Poco trecho mediaba de allí á mi casa, núm. 5 de la de Matute: poco tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder. Me encerré en mi despacho: pedí una taza de café bien fuerte, dí órden de no interrumpirme hasta que yo llamara, y empecé á escribir en un cuadernillo de papel la acotacion de mi drama. «Cabaña, noche, relámpagos y truenos lejanos.--Escena primera.» Yo no sabia á quién iba á presentar ni lo que iba á pasar en ella: pero puesto que iba á desarrollarse en una cabaña, debia por álguien estar habitada: ocurrióme un eremita, á quien bauticé con el nombre de Romano por no perder tiempo en buscarle otro; y como lo más natural era que un ermitaño se encomendase á Dios en aquella tormenta que habia yo desencadenado en torno suyo, mi monje Romano se puso á encomendarse á Dios, miéntras yo me encomendaba á todas las nueve musas para que me inspiraran el modo de dar un paso adelante. Pensé que si el monje y yo no nos encomendábamos bien á nuestros dioses respectivos, corria el riesgo de meterme, empezando mal, en un pantano de banalidades del que no pudieran sacarme ni todos los godos que huyeron de Guadalete, ni todos los moros que á sus márgenes les derrotaron.
Llevaba ya el monje rezando treinta y seis versos, y era preciso que dijera algo que preparara la aparicion de otro personaje; que era claro que si andaba por el monte á aquellas horas y con aquel temporal, debia de poner en cuidado al que abria la escena en la cabaña. Decidíme por fin á atajar la palabra á mi monje romano y escribí: Escena segunda. _Sale Theudia_: y salió Theudia; mas como no sabia yo aún quién era aquel Theudia, le saqué embozado, y me pregunté á mí mismo: ¿Quién será este Sr. Theudia, á quien tampoco podia tener embozado mucho tiempo en una capa, que no me dí cuenta de si usaban ó no los godos? era preciso empero desembozarle, y él se encargó de decirme quién era: un caballero; por lo cual, y por su nombre, y por su traje, tenia necesariamente que ser un godo; quien trabándose de palabras con aquel monje que en la choza estaba, me fué dando con los pormenores que en ellas daba, la forma del plan que me bullia informe en el cerebro; de modo que andando entre Theudia, el ermitaño y yo á ciegas y á tientas con unos cuantos recuerdos históricos y unas cuantas ficciones legendarias de mi fantasía, cuando al fin de aquella larga escena segunda escribí yo: Escena tercera. _El ermitaño_, _Theudia_, _Don Rodrigo_, ya comenzaba á ver un poco más claro en la trama embrollada de mi improvisado trabajo, y el cielo se me abrió en cuanto me ví con Cárlos Latorre en las tablas; porque miéntras él estuviera en ellas, era lo mismo que si en sus cien brazos me tuviera á mí el gigante Briareo; porque estaba ya acostumbrado á ver á Cárlos sacarme con bien de los atolladeros en que hasta allí me habia metido, y á él conmigo le habia arrastrado mi juvenil é inconsiderada osadía.
En cuanto me hallé, pues, con Cárlos, fiado en él, me desembaracé del monje como mejor me ocurrió, y me engolfé en los endecasílabos: cuando yo los escribia para Cárlos Latorre en mis dramas, ya no veia yo en mi escena al personaje que para él creaba, sinó á él que lo habia de representar, con aquella figura tan gallarda y correctamente delineada, con aquella accion y aquellos movimientos, y aquella gesticulacion tan teatrales, tan artísticos, tan plásticos, nunca distraido, jamás descuidado; dominando la escena, dando movimiento, vida y accion á los demás actores que le secundaban: así que al entrar yo en los endecasílabos de la escena cuarta, me despaché á mi gusto haciendo decir á D. Rodrigo cuanto se me ocurrió, sin curarme del cansancio que iba á procurar á un actor, que por fuerte que fuese era ya un hombre de más de sesenta años con un papel que sostenia solo todo mi drama; mas la inspiracion habia ya desplegado todas sus alas, y no vacilé en añadirle el fatigosísimo monólogo de la escena V para preparar la salida del conde D. Julian. Aquí me amaneció: tomé chocolate y leí lo escrito; parecióme largo y asombréme de tal longitud, pero no habia tiempo de corregir; presentia que me iba á cansar, y temiendo no concluir para las siete, acometí la escena del conde con D. Rodrigo, que me costó más que todo lo llevado á cabo, y me faltó la luz del dia cuando escribia:
Escucha, pues, ¡oh rey Rodrigo á cuánto llega mi rencor contigo!
No me habia acostado, no habia comido, no podia más y se acercaba la hora de la lectura. Me lavé, tomé otra taza de café con leche, enrollé mi manuscrito y me personé con él en el teatro de la Cruz. Leyóse; asombréme yo y asombráronse los que me escucharon; abrazóme Hartzenbusch, y frotábase ya Lombía las manos pensando en que la funcion de Navidad trabajaria Cárlos, cuando éste dijo con la mayor tranquilidad: «Señores, yo no tengo conciencia para poner esto en escena en cuatro dias; esta obra es de la más difícil representacion, y yo me comprometo á hacer de ella un éxito para la empresa, si se me da tiempo para ponerla con el esmero que requiere; miéntras que si la hacemos el 24 vamos de seguro á tirar por la ventana el dinero de la empresa y la obra es la reputacion del Sr. Zorrilla.
Convinieron todos en la exactitud de lo alegado por Latorre; mascó Lombía de través el puro que en la boca tenia y... se dejó _El puñal del godo_ para despues de las fiestas; y tampoco aquel año trabajó en ellas Cárlos Latorre.
Así se escribió _El puñal del godo_. ¿Cómo lo puso en escena aquel irreemplazable trágico?
La representacion para el próximo lunes.
XIII.
EL PUÑAL DEL GODO.
II.
Durante las fiestas de Navidad ocupóse Cárlos Latorre del estudio de aquel repentino aborto de mi irreflexivo ingenio, que habia yo escrito y leido en veinticuatro horas y bautizado con el título de _El puñal del godo_: y durante aquellos quince dias, habia yo tenido tiempo para reflexionar sobre lo que habia hecho.
Debo yo á Dios una cualidad por la cual le estoy profundamente agradecido; pero por la cual es probable que no sea nunca respetado en mi patria: la de no dejarme alucinar por los aplausos, y no creer por ellos que mis obras son el non plus ultra de la perfeccion: como yo sé mejor que nadie cómo y por qué las he escrito, no tengo vanidad en ellas; y no solamente veo sus grandes defectos, sinó que tampoco me ofende su crítica, por más que muchas veces me las haya acerba, personal y agresivamente flagelado.
Desde que el 17 por la noche leí en el teatro de la Cruz lo que en aquel dia y la noche anterior habia escrito, habia yo comprendido que aquel _Puñal del godo_, forjado en el breve tiempo y del modo que llevo dicho, escribiéndolo ántes de pensarlo, creándolo y dándole forma segun escribiéndolo iba, y fiándome al escribirlo en que era Cárlos quien lo debia de representar en cuatro dias, adolecia de gravísimos defectos, que hacian dificilísima su representacion. Yo habia escrito sin juicio, sin correccion y sin poder pararme á leer lo que escribia, por miedo de perder los minutos que para concluir á tiempo mi trabajo podian faltarme; por consiguiente, mis personajes no decian en las cuatro primeras escenas lo que debian para hacer comprender la accion á los espectadores, sinó lo que yo me iba diciendo á mí mismo para comprender mi pensamiento, que no se trababa y desarrollaba en mi imaginacion, sino ya en el papel por los puntos de mi pluma; la cual no podia volverse á borrar una redondilla, sin perder sus cuatro versos y los cuatro minutos empleados en escribirlos, no en pensarlos, porque para pensar no tenia ni se me habia concedido tiempo. Así en la escena IV endecasílaba, parece que Theudia y D. Rodrigo se quieren desquitar de lo que no han hablado desde la desastrosa jornada del Guadalete. Fiado yo en Cárlos Latorre, que contaba de una manera cuyos pormenores concienzudamente estudiados en voz, posiciones, accion y fisonomía avasallaban la atencion del auditorio constante y crecientemente, puse en boca de D. Rodrigo aquella fantástica historia del monje; figurándome conforme la iba escribiendo cómo me la iba á poner en accion aquel amigo gigante, que en sus brazos me levantó y á quien debo la poca reputacion que como autor dramático he obtenido.
Y en verdad que, con sinceridad revelándoselo hoy al público despues de treinta y ocho años, hasta que hice decir á la vision del bosque en la narracion de D. Rodrigo, que
él, á quien deshonró tu incontinencia, vendrá de crímen y vergüenza lleno con tu mismo puñal á hender tu seno,
maldito si sabia yo aún en lo que habia de parar todo aquello, que no era todavía más que la exposicion. Hasta que brotó del diálogo aquel bienaventurado puñal, mi mal perjeñado trabajo no tenia ni accion, ni final, ni título: desde allí el drama lo es, y caminé desde allí resueltamente á la escena VI, que es lo único que en él tiene un valor real y un interés verdadero.
Cuando nos reunimos por primera vez en el gabinete octógono de su casa de la plaza de Santa Ana Cárlos y yo, para tratar del reparto y ensayo de mi drameja, me dijo Cárlos: «La espontaneidad con que ha escrito usted _esto_, la exuberancia de versificacion en sus escenas acumulada, hacen difícil su representacion. Yo no quiero que corrija V. ni suprima una sola palabra; quitaria V. á su obra su originalidad; quiero hacerla tal como está; pero quiero que mis actores, conmigo, aseguren el éxito de su estreno con el mismo lujo de pormenores de que V. la ha colmado, y con tanto exceso de estudio para representarla cuanto á V. le ha faltado para escribirla. Escúcheme V., y vamos á ver si yo he comprendido bien su pensamiento.»
Latorre y yo teníamos siempre esta conferencia preliminar, en la cual exponíamos mútuamente nuestra manera de ver la accion de la obra que íbamos á poner en escena: yo le decia cómo la habia yo concebido, y él me decia cómo pensaba desarrollarla. Siguió, pues, Cárlos diciéndome: «D. Rodrigo es en _El puñal del godo_ un rey acosado por dos grandes pasiones: la supersticion del godo de su edad tosca, y la profunda melancolía que en su corazon ha engendrado el vencimiento. La concentracion en sí mismo y la distraccion perpétua en que sus pensamientos le tienen absorbido son las señales externas del carácter de esta figura. ¿No es eso?
--Exactamente.