Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 6

Chapter 64,027 wordsPublic domain

Cárlos era un hombron de cerca de seis piés de estatura y podia tenerme en sus rodillas como á una criatura de seis años. Habia conocido á mi padre, superintendente general de policía; le habia debido algunas atenciones en los difíciles tiempos en que mandaba en Madrid y presidia los teatros; le habia Cárlos prestado armas y trajes para que yo hiciera comedias en el Seminario de Nobles, y habia yo empezado á declamar tomando á éste por modelo: pero por una de esas revoluciones naturales en el progreso del tiempo, habíame éste colocado en la situacion de tenerle que hacer observaciones y darle consejos; que, en honor de la verdad, escuchó y siguió con la conviccion de que eran dados con la más sincera franqueza y la más fraternal buena fé. Durante dos semanas nos habíamos encerrado en su estudio, él y yo sólos, y allí me habia hecho leerle y releerle su papel y decirle sobre su desempeño todo cuanto pudo ocurrírseme. Él, el primer trágico de España, sin sucesor todavía, la primera reputacion en la escena, escuchó con atencion mis reflexiones y se convenció por ellas de que su aversion á los versos octosílabos y al género de nuestro teatro antiguo era injusta: de que su declamacion de los endecasílabos del Edipo conservaba aún cierto dejo francés, que sólo le haria perder la recitacion de los versos de arte menor, y de que las redondillas de mi rey D. Pedro, escritas por un lector y teniendo los alientos estudiadamente colocados para que el actor aprovechara sin fatiga los efectos de sus palabras, le debian de presentar ante el público, bajo una nueva faz y como un actor nuevo en el teatro Español, sin las reminiscencias del francés, que era el único defecto que el público alguna vez le encontraba. Todo esto habia yo dicho á mis veinticuatro años á aquel coloso de nuestra escena, que iba á presentarse aquella noche en el papel del rey D. Pedro, transformado en otro actor diferente del hasta entónces conocido por gracia y poder de un muchachuelo atrabiliario, que se habia atrevido á decir la verdad á un hombre de verdadero talento y de verdadera conciencia artística.

Cuando aquel gigante se quedó solo en su cuarto con aquel chico, hé aquí lo que éste le dijo á aquel:

«Dice el vulgo, mi querido Cárlos, que este teatro es un panteon donde Lombía ha reunido una coleccion de mómias, que un chico loco está empeñado en galvanizar. Usted es una de estas supuestas mómias, y yo el loco galvanizador; pero yo, que le quiero á V. con toda mi alma, y que espero que su voz de V. llegue con las palabras de mi rey D. Pedro hasta los oidos de mi padre, emigrado en Burdeos, necesito que resucite usted, aunque me deje en la oscuridad de la fosa de que usted se alce. Jugamos esta noche V. y yo el todo por el todo; pero, aunque se hundan el autor y el drama, es forzoso que el actor se levante; nuestro público tiene aún en sí el gérmen del entusiasmo revolucionario de la época, y el personaje que va V. á representar será siempre popular en España. Vamos á tener además un poderoso auxiliar en Mr. de Salvandy, el embajador francés, que ha pedido ya sus pasaportes y un palco para asistir inconsciente á la representacion; «ya verá usted la que se arma cuando salga Beltran Claquin.»--Cárlos Latorre brincó, oyendo esto, de la silla en que estaba sentado, y yo seguí diciéndole: «con que haga usted cuenta que representa V. á Sanson, y asegúrese bien de las columnas; aunque no le darán á V. tiempo de derribar el templo.»--Mucho me temo que me le den, me dijo no muy confortado por mis palabras.--¡Qué diablos! repuse yo, si se le dan á V. sepúltese con todos los filisteos. Yo me voy á mi palco.--Pero, ¿y la sombra, que ni siquiera he visto? me dijo viéndome tomar la puerta.--Fíese V. en Aranda, que tiene ya luz con que producirla, le respondí, escapándome por el escenario.

Cuando entré en mi proscenio, ya habia empezado la sinfonía y el teatro estaba lleno. Nunca he tenido más miedo, ni más resolucion de provocar á la fortuna. A los tres cuartos para las nueve se alzó el telon; el frio del escenario entró en mi palco, sin que yo le dejara entrar en mi corazon. Se oyó el primer acto en el más sepulcral silencio; cayó el telon sin un aplauso, pero yo conocí que la impresion que dejaba no me era desfavorable.

Cárlos comprendió que necesitaba todo su brío y su talento para atraerse á un público tan mal prevenido, y al levantarse el telon para el acto segundo, encabezó su papel con uno de esos pormenores que sólo saben dar á los suyos los cómicos como Cárlos Latorre. El rey don Pedro se presenta de incógnito en el primer acto de mi obra: al presentarse Cárlos en el segundo, presentó la figura del rey como un modelo de estatuaria; apoyado el brazo izquierdo en el respaldo de su sillon blasonado de castillos y leones, y el derecho en una enorme espada de dos manos. Vestia un jubon grana con dos leones y dos castillos cruzados, bordados en el pecho; un calzon de pié, anteado y ajustado, sin una arruga, borceguíes grana bordados y con acicates de oro, y gola y puños de encaje blancos; tocando su cabeza con un ancho aro de metal, que así podia tomarse por birrete como por corona; de debajo de la cual, asomando sobre la frente el pelo cortado en redondo y cayendo por ambos lados las dos guedejas rubias, encuadraban un rostro copiado del busto del sepulcro del rey D. Pedro en Santo Domingo el Real. Era Cárlos Latorre un hombre de notables proporciones y correccion de formas: sus piernas y sus brazos, clásicamente modelados, daban movimiento á su figura con la regularidad académica de las de los relieves y modelos de la estatuaria griega: siempre sobre sí, en reposo y en movimiento, estaba siempre en escena; y ni el aplauso ni la desaprobacion le hacian jamás salirse del cuadro ni descomponerse en él. Al empezar el acto segundo, su figura semi-colosal, vestida de ante y de grana, se destacaba sobre el fondo pardo de un telon que representaba un muro de vieja fábrica, reposando perfectamente sobre su centro de gravedad, ligeramente escorzada y en actitud tan intachable como natural; y así permaneció inmóvil, hasta que el público aplaudió tan bello recuerdo plástico del rey caballero á quien iba á representar; y no rompió á hablar hasta que el general aplauso espiró en el silencio de la atencion: parecia que allí comenzaba el drama. El gigante habia tenido en cuenta el consejo del muchacho pigmeo, y el actor habia ganado para sí al público que tan hosco se mostraba con el autor.

En la escena endecasílaba con Juan Pascual desplegó Cárlos todas sus poderosas facultades orales y toda la clásica maestría de su dominio de la escena; la cual estaba estudiada con tan minucioso cuidado, que tenian marcado su sitio los piés de los comparsas, los de Juan Pascual y los suyos para la escena penúltima; y al decir al conspirador que si el cielo se desplomara sobre su cabeza le veria caer sin inclinarla, rugió como un leon estremeciendo al auditorio; y al barrer, despues de un gallardísimo molinete de su tremendo mandoble, las once espadas de los conjurados, al tiempo que el antiguo zapatero Blas abria tras él la puerta de salvacion, el público entero se levantó en pró del rey que tan bien se servia de sus armas, y aplaudió entusiasta la promesa de su vuelta para el acto siguiente. El actor habia ganado la primera jugada de una partida de tres. El rey habia derrotado el ala derecha del enemigo: el público no habia visto jamás un combate tan bien ensayado en los teatros de Madrid, y pedia ¡el autor! que no parecia. Alzóse el telon sobre Cárlos Latorre; y cuando éste, dirigiendo la vista á mi palco me dirigia una mirada de indefinible satisfaccion, esperando que yo saltase á la escena para compartir con él un triunfo que era solamente suyo, oyó con asombro á Felipe Reyes, _autor de la compañía_, decir: «Señores, el nombre del autor está en el cartel y el Sr. Zorrilla en su palco; pero suplica al público que no insista en su presentacion, porque tiene mucho miedo al tercer acto.»

El público de entónces entraba en el teatro á ver la representacion y se embebecia con lo que en ella pasaba; entendió que mi miedo era natural y no insistió en llamar al autor; pero continuó aplaudiendo, ayudado de _mis amigos_ que me tenian aplazado y me esperaban en el acto tercero.

Levantóse el telon para éste. Era la primera vez que se veia la escena sin bastidores: Aranda, malogrado é incomparable escenógrafo, presentó la terraza de la torre de Montiel dos piés mas alta que el nivel del escenario; de modo que parecia que los cuatro torreones que la flanqueaban surgian verdaderamente del foso, y que los personajes se asomaban á las almenas; desde las cuales se veian en magistralmente calculada perspectiva las blancas y diminutas tiendas del lejano campamento del Bastardo, destacándose todo sobre un telon circular de cielo y veladuras cenicientas, representacion admirable de la atmósfera nebulosa de una noche de luna de invierno. El pendon morado de Castilla, clavado en medio de la terraza en un pedestal de piedra, se mecia por dos hilos imperceptibles, como si el aire lo agitára, y el aire entraba verdaderamente en la sala por el escenario, desmontado y abierto hasta la plaza del Angel. La silueta fina de la Teodora, cuya pequeña y graciosa cabeza, tocada con sus ricas trenzas negras, se dibujaba sobre el blanquecino celaje, animaba aquel cuadro sombrío, cuya ilusion era completa. Cárlos y Lumbreras yacian absortos en profunda meditacion en los dos ángulos del fondo, de espaldas al público, que aplaudió largo rato, y el pintor continuaba el triunfo del actor. Teodora dió á sus breves escenas una melancolía tan poética, Lombía al suyo una resignacion tan adustamente resuelta, y prepararon tan maestramente la escena fantástica del fatalismo bajo el cual se iba á presentar el rey D. Pedro, que cuando éste se levantó, el público estaba profundamente identificado con aquella absurda y fantástica situacion. Oyóse en silencio todo el acto; colocóse Lumbreras (Men-Rodriguez de Sanábria) sobre el torreon del fondo de la izquierda, y salió el rey con la lámpara del judío. Cárlos, al colocarla sobre el pedestal, me echó una mirada que queria decir: ¡Y la sombra! Yo permanecí impasible para no turbarle, y empezó su monólogo con el temblor del miedo que tenia á la sombra, y que hizo, por lo mismo que era un miedo real, un efecto maravillosamente pavoroso en los espectadores. _¡Brotó la llama!_ dijo el rey D. Pedro, y apareció detrás de él, cenicienta, callada é inmoble, la sombra transparente de D. Enrique sobre el oscuro torreon: asombróse Cárlos de verla tan al contrario de como la esperaba; identificóse con su papel, creciéndose hasta la fiebre que se llama inspiracion: y cómo dijo aquel actor aquellas palabras, cómo soltó aquella carcajada histérica y cómo cayó riéndose y extremeciendo al público de miedo y de placer, ni yo puedo decirlo, ni concebirlo nadie que no lo haya visto.

El público y el huracan entraron en el teatro: mis amigos ahullaban de placer de haber sido vencidos; Aranda y Cárlos Latorre habian convertido en éxito colosal el atrevido desatino de un muchacho, y la empresa habia parado con él á la fortuna en el despacho de billetes de su arrinconado teatro. Cuando Lumbreras anunció _¡el farol!_ y se apercibió éste del tamaño de una nuez sobre la mirmidónica tienda de Duglesquin, ya nadie escuchó la salida del rey. Cárlos, rendido y anheloso, volvió á la escena con Teodora, Noren y Lumbreras á recibir los aplausos del público, á cuyos gritos de «¡el autor!» volvió á presentarse Felipe Reyes y á decir medio espantado: que yo tenia más miedo al cuarto acto que al tercero.

El por entónces teniente coronel Juan Prim, que no me conocia más que por haberme encontrado várias veces en el tiro de pistola, y que se habia apercibido del elemento hostil que yo tenia en la sala, aplaudia de pié en su luneta, dispuesto á sostenerme á todo trance, comprendiendo todo el riesgo de mi negativa.

Cárlos me envió á decir que «no estirase tanto la cuerda que la rompiese.» Yo habia ensayado mi obra á conciencia: sabia cómo iban á hacer la escena de la tienda Cárlos y Mate, y fiaba además en la presencia del embajador francés en la de D. Pedro con Beltran de Claquin. Esperé, pues, el acto cuarto sin moverme del fondo de mi proscenio, y mi cálculo no salió fallido.

La tienda del acto cuarto estaba tan bien preparada por Aranda como la torre de Montiel: Cárlos dijo sus redondillas á los franceses con un brío tan despechado, hizo una transicion tan maestra como inesperada en la que empieza _sí_, _si vosotros, señores_, é hicieron por fin la suya él y Mate con tal verdad, que sólo pudo serlo más la realidad de la de Montiel.

Al cerrarse la tienda sobre la lucha de los dos hermanos, el público quedó en el mas profundo silencio; pero la salida de Mate pálido, sin casco, desgreñado y saltadas las hebillas de la armadura, arrancó un aplauso igual al de la presentacion del rey D. Pedro en el acto segundo. Mate, casi tan alto como Cárlos, pero flaco y herido de la tísis de que murió, se presentó trémulo del cansancio y del miedo de la lucha, recordando la siniestra fantasma aparecida en el torreon, y dió á su papel una poesía y unos tamaños que no habia sabido darle el autor. Cuando él concluia su parlamento, cubria yo con mi capa y su manto á Cárlos Latorre; que, tendido en la tienda, esperaba jadeante de cansancio y de emocion á que el infante mostrase á Blas Perez su cadáver. Cuando nos presentamos todos al público, me tenia de la mano como con unas tenazas: y cuando caido el telon por última vez, me cogió en brazos para besarme, creí que me deshacía al decirme las únicas y curiosas palabras con que acertó á expresarme su pensamiento, que fueron: «¡diablo de chiquitin!» y me dejó en tierra.

Así se ensayó y se puso en escena la segunda parte de _El Zapatero y el Rey_, el año 41 ó 42, no lo recuerdo con exactitud: tal era la fraternidad que entónces reinaba entre autores y actores; tal era el cariño y entusiasmo del público por los de entónces, y tan poco consistentes sus ojerizas y enemistades, que el menor éxito las vencia, y el soplo vital de la lealtad las disipaba.

Un pormenor digno de no ser olvidado. Llevaba ya _El Zapatero y el Rey_ treinta y tantas representaciones que habian producido sobre veinte mil duros, estaban ya pagados hasta los espabiladores, y aun no le habia ocurrido á la empresa que me debia seis meses de sueldo y el precio del drama con que se habia salvado. Siempre en España ha sido considerado el trabajo del ingenio como la hacienda del perdido y la túnica de Cristo, de las cuales todo el mundo tiene derecho á hacer tiras y capirotes.

Hasta que el viejo juez Valdeosera se presentó una noche á intervenir la entrada, no cayeron en la cuenta Salas y Lombía de que no podíamos los poetas vivir del aire, y se apresuraron á darme paga cumplida con intereses y sincera satisfaccion, y era que realmente, con la más cándida impremeditacion, se habian olvidado recogiendo los huevos de oro del que les habia traido la gallina que los ponia.

XI.

_De cómo se escribieron y representaron algunas de mis obras dramáticas._

SANCHO GARCÍA.--EL CABALLO DEL REY DON SANCHO.

Continuaba la competencia de los teatros del Príncipe y de la Cruz, dirigidos por Romea y Lombía, y continuaba yo comprometido á escribir sólo para el de la Cruz, miéntras en su compañía conservara su empresario á Cárlos Latorre y á Bárbara Lamadrid; yo era, pues, el único poeta que no ponia los piés en el saloncito de Julian Romea, porque yo no he vuelto jamás la cara á lo que una vez he dado la espalda. No era yo, empero, un enemigo de quien se pudieran temer traiciones ni bastardías; es decir, guerra baja ni encubierta de críticas acerbas y de intrigas de bastidores: yo tenia mi entrada en el Príncipe, á cuyas lunetas iba á aplaudir á Julian y á Matilde, pero no escribia para ellos; era su amigo personal y su enemigo artístico; era el aliado leal de Lombía, y le ayudaba á dar sus batallas llevando á mi lado á Bárbara Lamadrid y á Cárlos Latorre, con cuyos dos atletas le dí algunas victorias no muy fácilmente conseguidas, algunos puñados de duros y algunas noches de sueño tranquilo. Pero la lucha era tan ruda como continuada: duró cinco años. En ellos nos dió Hartzenbusch su _D. Alfonso el Casto_ y su _Doña Mencía_, una porcion de primorosos juguetes en prosa y verso, y las dos mágias _La redoma_ y_ Los polvos_: diónos García Gutierrez el _Simon Bocanegra_, que vale mucho más de lo en que se le aprecia, y defendió su teatro el mismo Lombía, metiéndose á autor con el arreglo de _Lo de arriba abajo_, que alcanzó un éxito fabuloso. Teníamos además unos auxiliares asíduos en Doncel y Valladares, que escribian á destajo para la actriz más preciosa y simpática que en muchos años se ha presentado en las tablas: la Juanita Perez, quien con Guzman en _No más muchachos_ y en _El pilluelo de París_, habia hecho las delicias del público desde muy niña. La Juana Perez era de tan pequeña como proporcionada personalidad; con una cabeza jugosa, rica en cabellos, de contornos purísimos, de facciones menudas y móviles y ojos vivísimos; su voz y su sonrisa eran encantadoras, y se sostenia por un prodigio de equilibrio en dos piés de inconcebible pequeñez, sirviéndose de dos tan flexibles como diminutas manos. Cantaba muy decorosa y señorilmente unas canciones picarescas que rebosaban malicia; y vestida de muchacho hacia reir hasta á los mascarones dorados de la embocadura, y hubiera sido capaz de hacer condenarse á la más austera comunidad de cartujos.

La Juana Perez, cuya gracia infantil prolongó en ella el juvenil atractivo hasta la edad madura, no pasó jamás en las tablas de los diez y siete años; y fué, miéntras las pisó, el encanto y la desesperacion del sexo feo de aquel tiempo, que la vió pasar ante sus ojos como la _fée aux miettes_ del cuento de Charles Nodier. Auxiliáronnos poderosamente el primer año las dos espléndidas figuras de las hermanas Baus, Teresa y Joaquina; madre esta última de nuestro primer dramático moderno Tamayo y Baus, y heredera y continuadora de la buena tradicion del teatro antiguo de Mayquez y Carretero. Pero ni la tenacidad atrevida de Lombía, ni el talisman de la gracia de la Juana Perez, ni nuestra avanzada de buenas mozas como las Baus, y la retaguardia de buenas actrices como la Bárbara, la Teodora y la Sampelayo, nos bastaban para contrarestar la insolente fortuna de Julian Romea, la justa y creciente boga de Matilde, que hechizaba á los espectadores, y la infatigable fecundidad de Ventura de la Vega, que les daba cada quince dias, convertido en juguete valioso ó en ingeniosísima comedia, un miserable engendro francés; en cuyo arreglo desperdiciaba cien veces más talento del que hubiera necesitado para crear diez piezas originales. Julian y Matilde contaban sus quincenas por triunfos, y á los de _La rueda de la fortuna_, de Rubí, al _Muérete y verás_ y á las trescientas obras de Breton, y á _Otra casa con dos puertas_, de Ventura, no teníamos nosotros que oponer más que las repeticiones del _D. Alfonso el Casto_, _Simon Bocanegra_ y _D.ª Mencía_, y las mágias de Hartzenbusch, con los arreglos de dramas de espectáculo que se elaboraba Lombía, asociado á Tirado y Coll, é impelidos los tres por el fecundísimo Olona.

Mi _Rey D. Pedro_, mi _Sancho García_, mi _Excomulgado_, mi _Mejor razon la espada_, mi _Rey loco_ y mi _Alcalde Ronquillo_, contribuyeron á nuestro sostén, gracias al concienzudo estudio, á la inusitada perfeccion de detalles y á la perpétua atencion con que me los representaban Cárlos Latorre y Bárbara Lamadrid; quienes encariñados con el muchacho desatalentado que para ellos los escribia, considerándole como á un hijo mal criado á quien se le mima por sus mismas calaveradas y á quien se adora por las pesadumbres que nos da, me sufrian mis exigencias, se amoldaban á mis caprichos y se doblegaban á mi voluntad, de modo, que en la representacion de mis obras no parecian los mismos que en las de los demás, y los demás se quejaban de ellos, y con razon; pero no habia culpa en nadie. Cárlos Latorre habia conocido á mi padre, á quien debió atenciones extrañas á aquella _ominosa década_; Cárlos Latorre, de estatura y fuerzas colosales, me sentaba á veces en sus rodillas como á sus propios hijos, y me preguntaba cómo yo habia imaginado tal ó cual escena que para él acababa yo de escribir: él me contradecia con su experiencia y me revelaba los secretos de su personalidad en la escena, y daba forma práctica y plástica á la informe poesía de mis fantásticas concepciones: estudiábamos ambos, él en mí y yo en él los papeles, en los cuales identificábamos los dos distintos talentos, con los cuales nos habia dotado á ambos la naturaleza, y... no necesito decir más para que se comprenda cómo hacia Cárlos mis obras, como un padre las de su hijo; yo era todo para el actor, y el actor era todo para mí.

Con Bárbara Lamadrid, mujer y mujer honestísima é intachable, mi papel era más difícil, mi amistad y mi intimidad necesitaban otras formas; pero, actriz adherida á Cárlos, compañera obligada en la escena de aquella figura colosal, _dama_ imprescindible de aquel _galan_ en mis dramas, necesitaba el mismo estudio, la misma inoculacion de mis ideas innovadoras y revolucionarias en el teatro, y yo la trataba como á una hermana menor, á quien unas veces se la acaricia y otras se la riñe; yo la decia sin reparo cuanto se me ocurria; la hacia repetir diez veces una misma cosa, no la dejaba pasar la más mínima negligencia, la ensayaba sus papeles como á una chiquilla de primer año de Conservatorio; y á veces se enojaba conmigo como si verdaderamente lo fuese, hasta llorar como una chiquilla, y á veces me obedecia resignada como á un loco á quien se obedece por compasion; pero convencida al fin de mi sinceridad, del respeto que su talento me inspiraba, y de la seguridad con que contaba yo siempre con ella para el éxito de mis obras, hacia en ellas lo que en _Sancho García_, lo que es lamentable que no pueda quedar estereotipado para ser comprendido por los que no lo ven. ¡Desventura inmensa del actor cuyo trabajo se pierde con el ruido de su voz y desaparece trás del telon!

En la escena con Hissem y el judío reveló la fascinacion que la supersticion ejercia en el alma enamorada de la mujer; tradujo tan vigorosamente el poder de una pasion tardía en una mujer adulta, que traspasó al público la fascinacion del personaje, suprema prueba del talento de una actriz. En las escenas sexta y sétima del acto tercero se hizo escuchar con una atencion que sofocaba al espectador, que no queria ni respirar. Bárbara tenia mucho miedo al monólogo: en el segundo entreacto me habia suplicado que se le aligerara, y Cárlos y yo no habíamos querido: Bárbara acometió su monólogo desesperada, conducida por delante por el inteligente apuntador, y acosada por su izquierda por mí que estaba dentro de la embocadura, en el palco bajo del proscenio. Cárlos y yo la habíamos dicho que si no arrancaba tres aplausos nutridos en el monólogo, la declararíamos inútil para nuestras obras; y comenzó con un temblor casi convulsivo, y llegó en el más profundo silencio hasta el verso vigésimo cuarto; pero en los cuatro siguientes, al expresar la lucha del amor de madre con el amor de la mujer, y al decir

«Hijo mio... ¡ay de mí! me acuerdo tarde,»

hizo una transicion tan magistral, bajando una octava entera despues de un grito desgarrador, que el público estalló en un aplauso que extremeció el coliseo. Crecióse con él la actriz; entró en la fiebre de la inspiracion; hizo lo imposible de relatar; y cuando exclamó concluyendo, con el acento profundo y las cóncavas inflexiones del de la más criminal desesperacion,

«para uno de los dos guarda esa copa, de la callada eternidad la llave!»