Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 5

Chapter 53,997 wordsPublic domain

Años hemos pasado juntos y años sin vernos ni escribirnos; al volvernos á encontrar, Gutierrez desplega la misma sonrisa semi-séria con que nos despedimos hace treinta años, y Fernando de la Vera, de prodigiosa memoria, toma la conversacion donde la dejamos hace veinte. Yo admiro y saboreo aún los versos de G. Gutierrez, aunque ya él no me los lee, y Fernando de la Vera se admira de haber escrito los suyos, sin haber tenido jamás necesidad de escribirlos. Los Villa-Hermosa habian desaparecido de Madrid; y cuando yo leia mis versos en las sesiones del Liceo, en los salones de su palacio, esperaba siempre ver aparecer por detrás de algun tapiz la severa figura del viejo duque, que me perdonaba las muchachadas que le enojaron, ó la pálida hermosura de la duquesa, que tengo aún en las pupilas como la imágen de la duquesa de quien habla Cervantes, ó la faz, en fin, semi-burlona del actual duque, que venia á decirme: «Mira cómo te regocijas en mi casa, como si estuvieras en la tuya.» Los Madrazos se habian dividido en muchas familias, y Espronceda entre sus ruidosos amigos me llamaba el viejo de veinticuatro años.

Pero era preciso vivir, y para vivir era forzoso trabajar. La casualidad, que es la providencia de los españoles, y la debilidad de García Gutierrez para conmigo, me abrieron campo más ancho, franqueándome la escena, cuando más necesitaba variar y acrecentar mis medios de accion y de subsistencia.

No recuerdo por qué ni cómo, porque aún no conocia el teatro por dentro, habia quedado Madrid aquel verano sin compañía dramática alguna, ni por qué ni cómo andaban por las provincias Matilde, los Romeas y los empresarios habituales de sus coliseos: el hecho era que desde fines de Mayo actuaba en el del Príncipe una sociedad improvisada, bajo un programa tan modesto que no anunciaba más pretensiones que la de no dejar al público de Madrid sin ningun espectáculo. Componíanla García Luna, Juan Lombía, Pedro Lopez, Alverá, Bárbara y Teodora Lamadrid, la Llorente, la Puerta como graciosa, Azcona, Monreal y media docena de bailarinas. Luna y la Bárbara eran ya actores de reputacion; Azcona y la Llorente eran resto de las buenas compañías de Grimaldi: Breton no habia aún escrito para Lombía _El pelo de la dehesa_, y no habia tenido aún tiempo Teodora de abordar los grandes papeles. Una mañana de Junio, miércoles ántes de un _Corpus Christi_, pasaba yo por la calle Mayor, de vuelta de casa de Delgado, á quien no habia podido ver; acordéme de que hacia más de un mes que no veia á G. Gutierrez, que habitaba en un piso principal de los soportales, y me ocurrió verle y ver si él me procuraba el dinero que de Delgado no habia obtenido. Colocaban los operarios del municipio el toldo para la procesion del dia siguiente; y como yo anduviese por entónces muy dado á la gimnasia, para fortalecer el brazo izquierdo que me habia roto de muchacho, y como dos cuerdas del toldo colgasen hasta la calle, aseguradas en el balcon de G. Gutierrez, trepé á su aposento por tan inusitado camino, encontrándole todavía acostado, á pesar de ser cerca de medio dia. Nuestra conversacion no fué muy larga.

--¿Qué tienes? ¿Por qué estás aún en la cama?

--Porque me aburro: y tú, ¿qué traes?

--Mohina por no haber encontrado á Delgado en casa.

--¿Necesitas dinero?

--¿Cuándo no?

--Pues dos dias hace que estoy yo aquí discurriendo de dónde sacar dos mil reales.

--¡Pero, hombre, tú, con ofrecer una obra al teatro!..

--No tengo más que medio acto de un drama.

--Pues yo te ayudaré; y haciendo en tres dias tres actos cortos, yo me encargo de sacarle á Delgado el precio del derecho de impresion, y tú puedes tomar los de representacion de la compañía del Príncipe, que verá el cielo abierto de tener en Junio un drama del autor del _Trovador_.

Hice á Gutierrez oferta tal, sin pesar más que mi buen deseo, y aceptóla él sin pensar en mi inexperiencia del arte dramático, ni la distancia que entre él y yo mediaba. Convinimos en que él me escribiria el plan de su obra y vendria á las cuatro á comer con mi familia, para repartirnos el trabajo. Hízolo así Gutierrez; leyóme las dos primeras escenas que tenia escritas: tocóme á mí escribir el acto segundo, y nos despedimos al anochecer para juntarnos el jueves á las cuatro, á examinar el trabajo por ambos hecho en la noche. El jueves me trajo dos escenas más, y leíle yo todo el acto segundo. Asombróle mi trabajo y esclamó:--¡Demonio! ¿Cómo has hecho eso?--Pues poniéndome á trabajar ayer en cuanto te fuiste, y no habiéndolo dejado ni para dormir, ni para almorzar.

Fuése picado, y concluyó su primer acto en aquella noche: el viernes concluimos cada cual la mitad del tercero que le tocó: el sábado lo copié yo, el domingo lo presentó él al teatro y cobró tres mil reales, y el lunes cobré yo otros tres mil de Delgado... y no siguió aburriéndose García Gutierrez, y envié yo á mi padre dos mensualidades, y ganosos los actores de complacer al público, y éste de recompensarles su buena voluntad, se representó y se aplaudió el drama _Juan Dándolo_; en cuyo apellido esdrújulo veneciano cargamos nosotros el acento en su segunda sílaba, por razones que no hay necesidad de aducir: y cátenme ya autor dramático por gracia de García Gutierrez, que me aceptó en él por su colaborador.

Mi innata é inconsciente audacia me arrastró á escribir inmediatamente mi _Cada cual con su razon_, en cuya comedia atropellé la historia, clavándole á Felipe IV un hijo como una banderilla; pero la limpia y armoniosa diccion de Bárbara Lamadrid, la intencionada representacion de García Luna, el empeño de Lombía, el esmero de Alverá en ensayar como profesor de esgrima el duelo á cuatro con espada y daga del primer acto, el discreteo galan de algunas escenas, y mi insolente fortuna sobre todo, hicieron parecer un éxito la benevolencia del público con el atrevido mozalvete, autor de aquel afiligranado desatino.

«A mí que las vendo,» me dije: y á los dos meses presenté mis _Aventuras de una noche_, comedia en la cual levanté un chichon histórico á don Pedro de Peralta y otro al príncipe de Viana. Al infantil enredo de esta mi segunda comedia dieron un alto relieve la Bárbara y la Llorente: y á fin de año dí mi primera parte de _El Zapatero y el Rey_, en cuyo drama hizo Luna maravillas, y yo una conjuracion de muchachos de colegio, que no hay narices con que admirar; pero en cuyo argumento hay realmente el gérmen de un drama.

Desde aquella noche quedé, como un mal médico con título y facultades para matar, por el dramaturgo más flamante de la romántica escuela, capaz de asesinar y de volver locos en la escena á cuantos reyes cayeran al alcance de mi pluma. Dios me lo perdone: pero así comencé yo el primer año de mi carrera dramática, con asombro de la crítica, atropello del buen gusto y comienzo de la descabellada escuela de los espectros y asesinatos históricos, bautizados con el nombre de dramas románticos.

Si entónces hubiera vuelto mi padre de la emigracion, y él con su jubilacion de consejero de Castilla (que más tarde le concedió S. M. la Reina doña Isabel) y yo con el producto de mis leyendas, hubiéramos cuidado de nuestro solar y de nuestras viñas, habríamos ambos vivido en paz; habria él muerto tranquilo y sin deudas, y hubiérame yo ahorrado tántos tumbos por el mar y tántos tropezones por la tierra, acosado por la envidia y por las calumnias de los que codician una gloria que no es más que ruido y unas coronas de papel, bajo cuyas hojas sin sávia vienen siempre millones de espinas, que bajan atravesando el cerebro á clavarse en el corazon de los que en España llegan á la celebridad literaria.

Pero mi padre, tenaz en sus opiniones, se obstinó en no acogerse á amnistía alguna; mi infeliz madre siguió oculta por las montañas, no queriendo ver ni aprovechar la tolerancia del progreso; y Lombía, al hacerse empresario del teatro de la Cruz, me ofreció un sueldo mensual por no escribir para el del Príncipe, á donde volvieron Matilde y Julian, y ajustó á Cárlos Latorre con la condicion de que estrenara mi segunda parte de _El Zapatero y el Rey_, de la cual habia yo hablado, como consecuencia del ensayo hecho en la primera.

Lombía, actor de ambicion, empresario activo y espíritu tan malicioso como previsor, habiendo crecido en reputacion con la ayuda de las obras de Breton y de Hartzenbusch, sus amigos casi de infancia, no desaprovechó la doble ocasion, que á la mano se le vino, de interesar pecuniariamente en su empresa á Fagoaga, director entónces del Banco, y de ajustar en su compañía á Cárlos Latorre; á quien Julian Romea, su discípulo, habia desdeñado, dejándole sin ajuste en la suya del Príncipe. Latorre era el único actor trágico heredero de las tradiciones de Maiquez y educado en la buena escuela francesa de Talma. Su padre habia sido alto empleado en Hacienda, intendente de una provincia, en tiempos anteriores; y Cárlos, buen ginete, diestro en las armas y de gallarda y aventajada estatura, habia sido paje del Rey José, y adquirido en Francia una educacion y unos modales que le hacian modelo sobre la escena. Grimaldi, el director más inteligente que han tenido nuestros teatros, habia amoldado sus formas clásicas y su mímica greco-francesa á las exigencias del teatro moderno, haciéndole representar el capitan Buridan de _Margarita de Borgoña_ de una manera tan intachable como asombrosa y desacostumbrada en nuestro viejo teatro. Cárlos Latorre no era ya jóven, pero no era aún de desdeñar, sobre todo si se le procuraba un repertorio nuevo, en cuyos nuevos papeles, obligándole á concluir de perder sus resabios de amaneramiento francés, se le abriese un nuevo campo en que desplegar sus inmensas facultades.

Lombía se apresuró á ajustarle en su compañía del teatro de la Cruz, en la renovacion de cuyo escenario y decoracion de cuya sala gastó cerca de cuarenta mil duros; y agregándose al erudito y estudioso galan Pedro Mate, á la Antera y á la Joaquina Baus, heredera ésta de los papeles del teatro antiguo de la Rita Luna, y hermosísima dama de _Lo cierto por lo dudoso_, y á las dos Lamadrid, Bárbara, ya acreditada, y Teodora, esperanza justa del porvenir, juntó una numerosa aunque algo heterogénea compañía, de la cual no supo sacar partido por dejarse llevar de su vanidad personal y de las miserables rencillas de bastidores, dividiéndola en dos y sacrificando una mitad en provecho de la otra.

Pero es larga materia, y merece número aparte.

IX.

Hacia ya tres meses que habia abierto Lombía el teatro de la Cruz, corregido y aumentado con un espacioso escenario y un nuevo telar que permitian poner en escena las obras que más aparato exigiesen; pero como dueño de su caballo, se habia apeado por las orejas, y no habia puesto más que obras, en las cuales como en _El Cardenal y el judío_, se habian gastado muchos dineros á cambio de algunos silbidos y del desden y la ausencia del público. Julian y Matilde con su compañía marchaban miéntras viento en popa, llevándose con justicia su favor y sus monedas al teatro del Príncipe. Lombía era un gracioso de buena ley y un característico de primer órden en especiales papeles; era uno de los actores más estudiosos y que más han hecho olvidar sus defectos físicos con el estudio y la observacion. Su figura era un poco informe por su ninguna esbeltez y flexibilidad; su fisonomía inmóvil, de poca expresion; y sus piernas un si es no es zambas; cualidades personales que, en lo gracioso y lo característico, le daban el sello especial del talento, pues se veia que luchando consigo mismo de sí mismo triunfaba; pero le hacian desmerecer en los papeles y con los trajes de galan, cuya categoría tenia afan de asaltar, saliéndose de la suya, en la cual algunas veces era una verdadera notabilidad: como en D. Frutos de _El pelo de la dehesa_, en el Garabito de _La redoma encantada_ y en el exclaustrado D. Gabriel de _Lo de arriba abajo_. En tal empeño, y luchando desventajosamente con la competencia del Príncipe, llegó Lombía en el teatro de la Cruz á las fiestas de Navidad, habiendo agotado el bolsillo de Fagoaga y la paciencia del público.

Cárlos Latorre y la parte de la compañía que en su género sério le secundaba, apenas habia trabajado en unos cuantos dramas viejos, de los cuales estaba ya el público hastiado; y si la obra que en Navidad se estrenara no sacaba á flote la nave de la Cruz del bajío en que Lombía la habia hecho encallar, tenia las noventa y nueve contra las ciento de naufragar ántes de Reyes. Todos los autores de alguna reputacion estaban con Romea: excepto yo, que tenia señalados, pero no los cobraba, mil quinientos reales mensuales por no escribir para el Príncipe, y la obligacion de presentar un drama en Setiembre y otro en Enero. El 21 de Setiembre habia presentado la _Segunda parte del Zapatero y el Rey_: llegó, empero, el 23 de Diciembre, y se puso en escena, con grandes esperanzas, una _Degollacion de los inocentes_, arreglada del francés, y en la cual hacía Lombía el papel del _rey Herodes_. Fagoaga habia consentido en suplir gastos y abonar sueldos hasta la primera representacion de Noche-buena; pero los inocentes fueron degollados en silencio en el acto segundo, en medio de cuya degollina se presentó Lombía con el flotante manto y el tradicional timbal de macarrones en la cabeza, con el que solian representar á Herodes los pintores y escultores de imaginería de la Edad Media; y el drama continuó arrastrándose penosamente hasta su final entre los aplausos de los amigos de la empresa, á quienes nos interesaba su porvenir, y la hilaridad del público de Noche-buena, que tomó en chunga á Herodes y á sus niños descabezados.

Entónces recordó la empresa que yo habia cumplido mi contrato, y que mi rey D. Pedro descansaba en el archivo, y preguntó si habria medio de ponerle en escena con la rapidez que exigian las circunstancias, y como tabla de salvacion del _Naufragio de la Medusa_, que habia tambien naufragado ántes del degollador Tetrarca Hierosolimita.

El pintor-maquinista Aranda, que era amigo mio, habia armado y pintado en ratos perdidos, y con _palitos y tronchitos_, como se dice en lenguaje de bastidores, las decoraciones de mi drama: Latorre, Noren, Mate y la Teodora habian estudiado sus papeles, por no tener cosa mejor en que pasar su tiempo; de modo que con un poco de la buena voluntad á que obliga la necesidad con su cara de hereje, el rey D. Pedro podia presentarse al público con tres ensayos y el paso de papeles. Pero habia la dificultad de que el papel del zapatero requeria un primer actor, y Latorre y Mate se habian ya encargado de los del rey D. Pedro y del infante Don Enrique. Yo me fuí derecho á Lombía, por consejo de Cárlos Latorre, y le dije: que el papel de zapatero era el principal del drama, puesto que se titulaba _El Zapatero y el Rey_, y no _El Rey y el Zapatero_; que los maldicientes malquerientes de la empresa, y nuestros enemigos naturales (que eran los del teatro del Príncipe), decian que no se atreveria nunca á presentarse en escena con Cárlos Latorre, y que por eso habia dividido en dos la compañía; que yo habia escrito el papel de Blas expresamente para él, y que finalmente, el único modo de salvar el teatro y mi pobre drama, que trás de tantos tumbos y naufragios se iba á hacer á la mar, necesitaba al capitan del buque para cuidar del timon.

Lombía, ó vencido por mis razones, ó viendo que el papel era de aplauso seguro, aunque el drama no gustara, cayó en el lazo, aceptó el papel, se activaron los ensayos y llegó el momento de redactar el cartel. Aquí era ella. ¿Qué nombre iria en él delante? ¿El de Cárlos ó el suyo? Las vanidades del teatro son más incapaces de transaccion que las de D. Alvaro de Luna y del conde-duque de Olivares: Cárlos cedió, en obsequio á mí; pero me costaba la transaccion más tal vez de lo que valia el drama: se me impuso la condicion de que habia de consentir que se anunciase con mi nombre; cosa inusitada hasta entónces, y áun muy rara vez usada hoy en dia. Neguéme yo á semejante innovacion, alegando que era un alarde de vanidad que iba á atraer indudablemente una silba sobre mi obra, y que mi nombre puesto en los anuncios desde la primera representacion, era un cartel de desafío, cuyo guante arrojaba la empresa y cuyo campeon inmolado iba á ser el pobre autor en cuyo nombre lo arrojaba. Sostuvo la empresa su opinion, alegando que, en el estado en que se hallaba el teatro, sólo mi nombre atraeria gente á la primera representacion, y que era una falsa modestia el encubrir mi nombre, porque ¿á quién se podria ocultar que habria escrito la segunda parte el mismo que habia escrito la primera? Yo, entre la espada y la pared, pospuse mi derecho al bien de la empresa; y una mañana apareció el cartel anunciando la primera representacion de la _segunda parte_ de _El Zapatero y el Rey_, por D. José Zorrilla: y el nombre del poeta más pequeño que habia en España, apareció en las letras más grandes que en cartel de teatros hasta entónces se habian impreso.

Resultó lo que yo habia previsto: todos los poetas, periodistas y escritores de Madrid,--excepto Hartzenbusch y Leopoldo Augusto de Cueto, hoy marqués de Valmar, que me sostuvieron y ampararon siempre, y el Curioso Parlante, que no sé si habia ido más que á la inauguracion del teatro de la Cruz,--se dieron de ojo para preparar la más estrepitosa caida á mi forzada vanidad: las cañas se me volvieron lanzas, y mis mejores amigos tornaron la espalda al orgulloso chicuelo que decia al firmar el cartel--«¡aquí estoy yo!--ficó Blas y punto redondo.»--Apeché yo con la desventaja de la lucha y me resolví á morir en brava lid, como el gladiador á quien decia «digitum porgo» el pueblo de los circos de Roma. La empresa y los actores tomaron despechados á pechos llevar el drama adelante, y la noche del ensayo general estaba el teatro más lleno que lo iba á estar la de la primera representacion. Una multitud _de amigos_ fué á estudiar las situaciones débiles, y las escenas difíciles y atacables de mi obra, para herirla á golpe seguro y en sitio mortal.

Era esta una escena del acto tercero. Pedro Mate, actor cuidadoso, idólatra de su arte y enamorado de mi drama por la amistad que me tenia, se habia encargado del ingrato papel de D. Enrique; y encariñado con él se habia hecho, no solamente un costoso traje, sinó una sombra de fino alambre y bien engomada gasa, moldeada sobre su mismo cuerpo, para que apareciese en el lugar en que mi acotacion la reclamaba. Aquella sombra era una maravilla de trabajo y de parecido: era un Pedro Mate, un infante D. Enrique flotante y transparente como una aparicion de vapor ceniciento: era una sombra del rey bastardo de un efecto maravilloso; pero cuanto más ligera, fantástica y asombrosa era aquella sombra, era tanto más difícil de manejar. Puesto sobre el fondo cárdeno de la piedra de la torre de Montiel al lado de Mate, daba frio y parecia fantasma desprendida del mismo D. Enrique; pero como Mate la habia ideado y confeccionado sobre mi acotacion que dice: «La sombra de D. Enrique... _aparece en lo alto del torreon, bajando poco á poco hasta colocarse en frente del rey_.» Mate la habia registrado en dos alambres paralelos en plano inclinado; pero por más exactamente paralelos y perfectamente aceitados que estuviesen, la figura de gasa cabeceaba al moverse, y bajaba tambaleándose como borracha, convirtiendo la aparicion temerosa en ridículo maniquí. Añadióle Mate peso en la cabeza y pataleaba como un ahorcado; púsosele á los piés y cabezeaba como los gigantones de Búrgos: cuanto más ensayábamos la presentacion de la sombra, más mala sombra tenia para el drama y para la empresa: y á las tres de la madrugada desocuparon los amigos y los curiosos el teatro diciéndonos: «hasta mañana.»

Cárlos Latorre, despues de arrancar de cólera con las uñas una media caña dorada de la embocadura, se fué á su casa renegando de la empresa, del drama, del autor y de la hora en que se ajustó en aquel desventurado teatro; y en él nos quedamos solos, Lombía paseándose por detrás de los torreones de carton de Montiel, el maquinista Aranda por delante con intenciones de quemarlos, el pintor Esquivel en una butaca de proscenio hilvanando una retahila de interjecciones de Andalucía, y yo respaldado en la embocadura sin poder digerir aquel «hasta mañana» con que los amigos me habian emplazado tan sin merecerlo.

Aranda, que como una zorra cogida en trampa, daba vueltas por el proscenio, sin hallar salida para una idea en la confusion en que sentia entrampado su pensamiento, trabó un pié en un aparato de quinqués, portátil, volcólo rompiendo los tubos y vertiendo el aceite sobre un forillo que por tierra estaba, y al mismo tiempo que soltó alto y redondo uno de los votos que Esquivel ensartaba por lo bajo, se levantó éste exclamando--¡ya está!--y trepando á la escena, empezó á extender el aceite por la tela del forrillo, miéntras acudíamos Lombía y yo á ver el estropicio de Aranda y la untura que Esquivel seguia dando al lienzo sin cesar de repetir: «Ya está, hombres, ya está!» De repente comprendimos el «ya está» de Esquivel por lo que éste hizo; tomóme de la mano Lombía, y sacándome del teatro y dejando en él á los dos pintores, nos despedimos todos «hasta mañana,» y al cruzar la plazuela de Santa Ana para irme con el alba que ya lucia, á mi casa, núm. 5 de la plaza de Matute, lancé al aire con todo el de mis pulmones, aquel «¡hasta mañana!» que no habia podido digerir.

X.

Llegó, en fin, aquel mañana, que en los teatros es siempre noche. El despacho del de la Cruz estaba cerrado, porque todas sus localidades estaban ya vendidas. El alumbrante habia ya encendido los quinqués de los pasillos; los actores pedian ya luz para sus cuartos, y los comparsas se probaban los arrequives que mejor convenian á sus tan desconocidas como necesarias personalidades. Los comparsas son en el teatro y en la política de España lo más arriesgado y difícil de presentar.

Tenia yo por contrata el derecho de ocupar el palco bajo del proscenio de la izquierda en todas las funciones, excepto en las de beneficio: generosidad que hasta entónces no habia costado nada á la empresa, porque apenas habia tenido diez entradas llenas, fuera de los estrenos: mi familia entraba en el teatro por la plaza del Angel, y al palco por el escenario; con cuya costumbre sólo los actores me veian en el teatro, á donde no iba yo nunca á hacerme ver, sino á estudiar desde el fondo escondido del palco lo que en escena pasaba, y el trabajo de los actores para quienes me habia comprometido á escribir. Aquella noche ocupó mi familia el palco cuando aún estaba á oscuras la sala, dentro de cuyo escenario por todas partes hacia miedo; yo subí al cuarto de Cárlos Latorre.

Estaba solo con Agustin, el ayuda de cámara que le vestia, á quien hallo aún en la portería de un teatro, y á quien doy la mano como si fuera un antiguo camarada de glorias y fatigas: no há muchas semanas me hizo venir las lágrimas á los ojos recordando á su amo á quien adoraba; y eso que dice el refran que «no hay hombre grande para su ayuda de cámara,» pero este refran es francés, y en España falso por consiguiente. Cárlos se vestia cabizbajo, y la primera palabra que me dijo: fué «tengo miedo.»--«Yo le tengo siempre, le contesté; aunque nunca lo manifiesto.»--«¡Y yo que le esperaba á V. para que me diera valor!» repuso: á lo cual, cerrando la puerta y mandando al ayuda de cámara que no dejara entrar á nadie, le dije: «Hablemos cuatro minutos: y si despues de lo que le diga no se siente V. con más valor que Paredes en Cerignola, no será por culpa mia.»