Part 4
No sé quién me llevó á las diez á casa de Donoso Cortés, que aún no era el marqués de Valdegamas: allí encontré á Nicomedes Pastor Diaz y á D. Joaquin Francisco Pacheco, quienes con el conocido jurisconsulto Perez Hernandez, estaban tratando de publicar su periódico _El Porvenir_.--Preguntáronme mil cosas: examináronme, sin que de ello me apercibiera, de lo que habia aprendido en el colegio; indagaron lo que habia leido, lo que me habia propuesto. Yo era un chico, no cumplí veinte años hasta cuatro dias despues del de la muerte de Larra: estaba animado por el éxito de aquella tarde y por los plácemes y aplausos que acababa de recibir en el café del Príncipe; recitéles mi destartalada composicion «A Venecia», el romancillo de unos Gomeles que corrian por la vega de Granada, y unas redondillas á una dueña de negra toca y mongil morado, que sea dicho de paso y con perdon de mis admiradores, pero en Dios y en mi ánima creo que no sabia yo entónces lo que era mongil, segun el color morado episcopal de que le teñí. Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se fascinaron con las circunstancias fantásticas de mi aparicion, y con la excentricidad de mi nuevo género de poesía y de mi nueva manera de leer, y me ofrecieron el folletin de _El Porvenir_ con 600 reales mensuales; único sueldo que en este periódico se debia de pagar, porque iban á escribirle sin interés de lucro, en pró de su política comunion.--Diéronme á traducir para el periódico uno de los infantiles cuentos de Hoffmann, y á las doce me llevó Pastor Diaz consigo á su casa.--Pastor Diaz, cuya alma de niño simpatizó con la ignara candidez de la mia, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la de su muerte, me tuvo el más fraternal cariño.
No era ya aquella la de volver á recogerme á la bohardilla del cestero, y... á pesar del frio, vagué por las calles hasta el nuevo dia, abrigado interiormente con el champagne y el café de mi generoso y desconocido anfitrion, y exteriormente sostenido con la esperanza y las ilusiones de mis aún no cumplidos veinte años.
No recuerdo ya donde me amaneció; pero á las ocho estaba ya á la cabecera de la cama de Alvarez, contándole mis venturas del dia anterior; de las cuales nada sabia, no habiéndole yo podido buscar desde que hacia veinte horas me habia separado de él, para ir á llevar mi carta á _El Mundo_ y mis versos á Massard.--Asombróle primero lo sucedido; alegróle despues; lloramos, reimos, ayudéle á vestir, y saltamos y cantamos al rededor del chocolate como los indios de Fenimore Cooper al rededor del postre de la guerra; la patrona creyó que nos habia caido la lotería.
Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos á la calle y comenzamos á dar fin á los pocos duros que le quedaban á Alvarez; declarámonos los dos modernos Pílades y Orestes; presentéle yo á cuantos me presentaron; presentóme él á la que despues fué mi mujer, y cuando llegaron á nuestras manos mis primeros treinta duros de «El Porvenir», de Donoso, nos creimos dueños del Universo.
VI.
Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la explicacion de mis preguntas finales en el artículo del lunes último, voy adelante con mis desatinos personales. Escribí muchos en _El Porvenir_: á Cervantes y á Calderon, cuantos pudieron ocurrírseme, y á la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y la luna su pupila; escribí, en fin, los suficientes para impacientar á cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras; pero Nicomedes y Donoso seguian sosteniéndome y animándome, y yo seguí asombrando al público con la multitud de mis poéticos engendros.
Una noche me encontré al volver á mi casa de pupilaje, una carta de D. José García Villalta que decia: «Muy señor mio: he tomado la direccion de _El Español_, periódico cuyas columnas surtía Larra con sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta, entiendo que éste debe de suceder á aquel en la redaccion de _El Español_. Sírvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina, esquina á la de las Torres, para acordar las bases de un contrato. Suyo, afectísimo, _J. G. de Villalta_.»
Era este el autor de _El golpe en vago_, la novela mejor escrita de las de la coleccion primera del editor Delgado. Teníale yo en mucho desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre acrecentaron mi respeto y mi estimacion hácia el escritor. Villalta era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente colocada sobre sus hombros; de una fisonomía atractiva y simpática, con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura más igual y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he podido nunca esplicarme el por qué su busto abultado de contornos me recordaba el olímpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador en su viaje á Grecia: el Neron que ponia fuego á dos viejos barrios de Roma para obligar al municipio republicano á construir otro nuevo, tan suntuoso como la mansion palatina que él junto á lo incendiado habitaba. Yo tengo á Neron por un emperador muy calumniado; y desde que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo que quemó, para que se construyera lo que se construyó; y á este Neron que yo me figuro, es el Neron á quien me figuraba yo que se parecia Villalta.
El hecho es que Villalta era todo un hombre: sóbrio y diligente, pero gracioso y amabilísimo; como andaluz de la buena raza, su trato era fascinador; y en cinco minutos hizo de mí lo que le convino en nuestra primera entrevista; el cuarto en que esta pasó influyó sin duda en mi aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no tenia Villalta más adornos que dos espadas de combate, dos sables de academia de armas y un magnífico par de pistolas. Una grandísima mesa de despacho cargada de papeles estaba entre él y yo, y por una puerta entreabierta se veia en el inmediato aposento el baño del que acababa de salir.
Vió Villalta que no era yo hombre de abandonar á Donoso y á Pastor Diaz, sin una grave razon, y me dió una carta para ellos, en la que les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le daba. _El Porvenir_ tenia apenas suscricion, y _El Español_ la tenia numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar á mis versos la más lata publicidad, etc.
Ofrecíame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entónces creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesías del número de los domingos, que era una revista de mayor tamaño; la colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por él en persona. Espronceda era el ídolo de mis creencias literarias. Donoso y Pastor Diaz me autorizaron abrazándome para abandonarles, y me pasé al campo de Villalta sin traicion ni villanía.
Continué en él publicando centenares de versos, entre los cuales habia algunos chispazos de ingenio que hacian, por efecto de la moda, no parar mientes en mis infinitos y excéntricos disparates. Es verdad que contribuian á darlos boga las lecturas que de ellos hacia en los salones del Liceo, en el palacio de los duques de Villahermosa, quienes, ausentes de Madrid á la sazon, se los habian cedido á aquella sociedad literaria y artística. Era el Liceo... Pero ya ha dicho lo que era en _La Ilustracion_ el ameno _Curioso parlante_ D. Ramon de Mesonero Romanos; y ante él arría bandera quien en su juventud supo aprovecharse de su picante y donosa crítica, y hoy se complace en hallar una ocasion de darle una prueba pública de consideracion y respeto. Allí, en el Liceo, reñí yo y gané grandes batallas, y cobré fama de gran lector; allí ayudé á subir á la tribuna y entrar en la palestra literaria á Rodriguez Rubí, con su precioso romance de la venta del jaco; allí coroné una noche á Carolina Conrado y presenté una mañana á Gertrudis Avellaneda; allí... pero lo que sucedió allí lo sabe todo el mundo, y lo que no sepa se lo dirá mejor que yo el _Curioso Parlante_.
Ya se lo ha dicho en _La Ilustracion_ del 22 de Octubre: «de allí salieron los que allí figuraron despues como ministros, embajadores, consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos bandos y épocas, segun la marcha de los sucesos: y sólo Zorrilla y el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su nombre exclusivamente literario, sin aspirar á su engrandecimiento por otros caminos; con la circunstancia en pró de Zorrilla de que á mí sólo me faltaba la ambicion, y á Zorrilla le faltaban la ambicion y la fortuna.» Esto dice D. Ramon de Mesonero Romanos, y Dios le bendiga como yo le agradezco que lo haya dicho.
Lo que no dice y le voy á decir yo á V., mi querido Velarde, es cómo éste á quien llama ilustre, corriendo quijotescamente trás de ideales fantásticos, no era en la vida social ni en la literaria más que un tonto y un ingrato.
VII.
Lenta y perezosa carrera lleva mi correspondencia epistolar con V., mi querido poeta, interrumpida dos veces por versos que no pudieron ménos de ser en su lugar publicados: atañendo ambas á asuntos tan perentorios y tan de actualidad como es el de las inundaciones y el de mi escaso beneficio[1]. Concluyo, pues, con las noticias que de mí me propuse dar á V. y Dios haga que la gente de hoy vea bajo su verdadero punto de vista, y tome en su sentido verdadero, lo que de mí me resta que decirle.
[1] Estas dos composiciones van en el apéndice de esta obra.
Una tarde me dijo Villalta: «esta noche iremos á casa de Espronceda, que ya desea ver á V.» Figúrese usted que un creyente hubiera enviado por escrito su confesion al Papa, y que S. S. le hubiera contestado: «venga V. esta noche por la absolucion ó la penitencia» esta fué mi situacion desde las cuatro de la tarde, hora en que Villalta me anunció tal visita, hasta las nueve de la noche, hora en que se verificó. Yo creia, yo idolatraba en Espronceda. Si aquel oráculo divino á quien yo iba á consultar desaprobaba mis versos, si aquel ídolo á cuyos piés iba yo á postrarme desdeñaba mi homenaje, no tenia más remedio que irme á buscar á mi padre á la corte de Oñate, y suplicarle contrito que me matriculase en la Universidad de Vergara.
Villalta leyó sonriendo en mi fisonomía lo que pasaba en mi interior, y me condujo en silencio á la calle de San Miguel, núm. 4. Espronceda estaba ya convaleciente, pero aún tenia que acostarse al anochecer. Introdújome Villalta en su alcoba, y diciendo sencillamente «aquí tiene V. á Zorrilla», me empujó paternalmente hácia el lecho en que estaba incorporado Espronceda. Yo, no encontrando una palabra que decir, sentí brotar las lágrimas de mis ojos, los brazos de Espronceda en mi cuello, sus labios en mi frente, y su voz que decia á Villalta, «es un niño».
Hubo un minuto de silencio, del cual no he sabido nunca hacer un poema: Villalta se despidió y nos dejó solos; de la conversacion que siguió... no me acuerdo ya: al cabo de media hora nos tuteábamos Espronceda y yo, como si hiciera veinte años que nos conociéramos; pero la luz que estaba en el gabinete no iluminaba la alcoba, en cuya penumbra no habia yo todavía visto á Espronceda; «no te veo», le dije; «pues trae la luz», me respondió; y trayendo yo la bujía, le contemplé por primera vez, como á la primera querida que me hubiera dado un beso á oscuras.
La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara, pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra, riza y sedosa, dividida por una raya casi en el medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre dos orejas pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos é inquietos, resguardados como los del leon por riquísimas pestañas: el perfil de su nariz no era muy correcto, y su boca desdeñosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado, estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida á la barba, que se rizaba por ambos lados de la mandíbula inferior. Su frente era espaciosa y sin más rayas que la que de arriba abajo marcaba el fruncimiento de las cejas; su mirada era franca, y su risa pronta y frecuente, no rompia jamás en descompuesta carcajada. Su cuello era vigoroso y sus manos finas, nerviosas y bien cuidadas. A mí me pareció una encarnacion de Píndaro en Atinoo: de tal modo me fascinó su belleza varonil, su conversacion animada y la alta inspiracion de su poesía. Espronceda sabia más que la mayor parte de los que despues de él hemos alcanzado reputacion: discípulo de Lista como Ventura de la Vega y Escosura, era buen latino y erudito humanista; pero empapado en la poesía inglesa de Shakespeare, Milton y Pope, era la personificacion del clasicismo apóstata del Olimpo, y lanzado, Luzbel-poeta, en el infierno insondable y nuevamente abierto del romanticismo.
Espronceda era leal, generoso y bueno: la política y los amigos le dieron un carácter y una reputacion ficticia, que jamás le pertenecieron; y las medianías vulgares le han calumniado despues de su muerte, hasta atribuirle versos y libros infames, que jamás pensó en producir.
A la tercera visita que le hice de dia, me cansé de la sociedad de sus amigos: no porque su conversacion me espantara, sinó por que no la comprendia; vivia yo dado á mi trabajo, y no conocia á nadie de los ni de las de quiénes allí se hablaba. Una noche entré en su alcoba despues de las doce: dolores articulares y escasez necesaria de nutricion teníanle á él desvelado, y á mí con pocas ganas de recogerme temprano la estrechez de mi pupilaje.
--Vengo á esta hora--le dije--porque es en la que no tienes amigos en tu casa.
--¿No te gustan mis amigos?
--No.
--Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas horas, que son para mí las más insoportables; ¡tardo tánto en conciliar el sueño!..
Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun tenia por entónces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la vida de Espronceda más que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia más que en el lecho donde le retenia su enfermedad.
Seguí pues yendo á visitarle despues de media noche.
Y de aquellas conversaciones á solas con Espronceda sí que podria yo hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta años despues de escritos.
Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras diversas costumbres, áunque no las entibiaron, hicieron ménos frecuentes nuestras relaciones. Yo deserté el primero del cafetin del teatro del Príncipe, en donde nos juntábamos, y me pasé al de Sólito, con los Gil y Zárate, G. Gutierrez y otros, á quienes comenzó á importunar el elemento militar y político que se incrustó allí en el literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda no se atrevió á hablarme más que una vez, comprendió que el niño era ya hombre; y habiendo ya escrito _El Cristo de la Vega_ y _Margarita la Tornera_, estimó al hombre como un hermano y al poeta como ingenio privilegiado que él era, y que no tenia nada que envidiar al mozo atrevido que osaba trepar á tientas al Parnaso.
Encerréme yo en mi casa y seguí produciendo libros: García Gutierrez me dió la mano para presentarme en la escena, ó más bien me sacó á ella en brazos, en un drama que escribimos juntos, y comencé la vida aislada y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan revueltos no era inútil estudio, y los paseos á caballo por fuera de puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales escribí once tomos de versos, de los cuales no he sabido jamás cuatro de memoria.
El Liceo concluyó entre tanto, saliendo sus sócios más notables para las embajadas, los ministerios y los destinos más importantes de la nacion: Mesonero Romanos se fué á su casa, cargado de memorias, y yo á la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se me dió, y con un álbum en cuya primera hoja escribió S. M. la Reina D.ª Isabel. Tal fué el fin y el fruto que yo saqué del Liceo.
Salustiano Olózaga, á quien habia hecho emigrar mi padre cuando era superintendente general de policía, y que fué uno de mis mejores amigos, me ofreció la entrega de mis bienes paternos, que habian sido secuestrados; pero yo rehusé incautarme de ellos, creyendo que «pues habia abandonado mi casa, habia renunciado á mis derechos de hijo...» Olózaga vió que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvió de su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fué apreciado por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable á su intransigencia realista; mi extrañamiento de la sociedad y mi vida oscura de diario trabajo, no me procuró más amigos que el público; y como todos no son nadie, no tuve más amigo que mi trabajo; y como corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones sociales, yo gané mucha fama con dos ó tres afortunadas obras, y llegué á la vejez como la cigarra de la fábula. Pero en mis famosas obras se revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento de todo sentido práctico, y jamás apoyado en principio alguno fijo.
Yo debia mi fama á mis inspiraciones románticas de Toledo.
Aquella gótica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus sepulcros para venir á cruzar por mis romances y mis quintillas; aquel órgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos rosetones, capiteles y doseletes; aquellos cláustros católicos, aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judías, aquel rio y aquellos puentes y aquellos alcázares que habian dado á mis _repiqueteados_ y desiguales versos la vistosa apariencia de sus festonadas labores de imaginería y de crestería, no me habian merecido más que el desprecio de su antigüedad y la mofa de su perdida grandeza; y aquel pueblo, á cuyas costumbres, á cuyas tradiciones y á cuyas consejas debia yo todo el valor de mi poesía lírica y legendaria, no me mereció más que el epíteto de _imbécil_, en aquella estrofa, padron de mi infamia:
Hoy sólo tiene el gigantesco nombre, parodia con que cubre su vergüenza: parodia vil en que adivina el hombre lo que Toledo la opulenta fué.
Tiene un templo sumido en una hondura, dos puentes y entre ruinas y blasones un alcázar sentado en una altura y _un pueblo imbécil_ que vegeta al pié.
¿Concibe V. poeta más necio y más ingrato, mi querido Velarde? ¿Por qué llamé yo _imbécil_ al pueblo de Toledo? ¿Por que era religioso y legendario, y pretendia yo echármelas de incrédulo y de volteriano? Pues entónces, ¿por qué seguia buscando fama y favor con mi poema de _María_ y con el carácter religioso y creyente de todas mis obras? Porque el imbécil era yo: y gracias á Dios que me ha dado tiempo, juicio y valor civil para reconocer y confesar públicamente en mi vejez mi juvenil imbecilidad.
En cuanto á mi ingratitud... por más que me avergüence y me humille tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fué el orígen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadáver llevó allí aquel público, dispuesto á ver en mí un génio salido del otro mundo á éste por el hoyo de su sepultura; sin las extrañas circunstancias de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la oscuridad, y tal vez muerto en la más abyecta miseria; y apenas me ví famoso, me descolgué diciendo un dia:
Nací como una planta corrompida al borde de la tumba de un malvado, etc.
Hé aquí un insensato que insulta á un muerto, á quien debe la vida; que intenta deshonrar la memoria del muerto á quien debe el vivir honrado y aplaudido. ¿Concibe V., Sr. Velarde, un ente más ingrato ni más imbécil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrógrado, que ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.
Han transcurrido treinta y nueve años: nadie ha venido jamás á pedirme cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tardía, ocasion que á la pluma se me viene, para dar á quien corresponde una satisfaccion espontánea y jamás por nadie exigida; quiero decir: á los toledanos de hoy y á los hijos de Larra.
Y en estas últimas líneas, con las que con V. corto mi correspondencia, fundo yo más vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. más motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva escritos el autor de _D. Juan Tenorio_.
VIII.
Abreviemos este relato, sobre el cual deseo pasar como sobre áscuas. Mis memorias son demasiado personales para inspirar interés, y demasiado íntimas para ser reveladas en vida: temo además que parezcan comezon de hablar de mí mismo, cuando siento un profundísimo anhelo y tengo perentoria necesidad de desaparecer de la escena literaria
á vivir en el olvido y á morir en paz con Dios.
Corramos, pues, cuatro años en cuatro líneas. Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, despues de haber sido publicados en _El Español_ y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara, emigró mi padre á Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí á mi editor D. Manuel Delgado, quien á vueltas de larguísimas é inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedia; es decir, jamás me lo dió en su casa, sinó que me lo envió siempre á la mia á la mañana siguiente del dia en que se lo pedí: parecia que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, ó que no queria dejarme ver que lo tenia en su casa, ó que no era dueño de emplearle sin consulta ó permiso prévio de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó á pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte á mi padre; pero era preciso trabajar mucho; y tan falto de ciencia como de tiempo, continué produciendo tántas líneas diarias cuantos reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las vanalidades que en ellas decia. Comprendiendo al fin que no era posible repicar y andar en la procesion, suprimí las amistades del café y las visitas de cumplimiento; y encerrándome en mi casa cerré su puerta á los ociosos y á los gorristas; quedándome reducido á la cariñosa amistad de Pastor Diaz, á la proteccion incondicional de Donoso Cortés, y á la sociedad de G. Gutierrez, á quien quise y quiero como á un hermano mayor, y á la de Fernando de la Vera, el corazon más leal y más constante de cuantos me han acordado su afecto y pasado cariñosamente por las desigualdades de mi carácter.