Part 3
Entónces.... ¡ay de mí! busqué y contraje otras amistades; unas de las que no quiero volver á acordarme, otras de las que jamás me olvidaré; como la de Manuel Assas, con quien gané algunos pocos reales enviando mis dibujos de la torre de Fuensaldaña y otros, con artículos arqueológicos escritos por Assas en francés, al _Museo de las familias_ de París, y la de Jacinto Salas y Quiroga: poeta ya casi olvidado, que contó con mi pluma en donde quiera que llegó á meter los puntos de la suya. Entónces prediqué en las mesas del café Nuevo una política de locos, que hizo reir sin hacer afortunadamente prosélitos; y entónces escribí en un periódico que solo duró dos meses, al cabo de los cuales dió la policía tras de sus redactores, con el objeto de encargarles de hacer un viaje á Filipinas por cuenta del ministerio de la Gobernacion. Ví yo la justicia, por el balcon, entrar por la puerta principal que bajo él estaba; y montando en la baranda de otro que se abria sobre un patio de una vecina casa, por la parte posterior de la de la redaccion, caí diestra y silenciosamente á cuatro piés sobre sus enyerbadas losas; emboqué un callejon oscuro que ante mí se abria, y justificando mi apellido, me escurrí por él hasta la calle opuesta de la manzana; enfilé tranquilamente la de Peregrinos, subí la de Postas, mirando atentamente las tiendas como si tuviera letras que cobrar en alguna de ellas; y de recodo en recodo, y de callejon en pasadizo, dí conmigo en la de la Esgrima, y en ella de manos á boca con un gitano á quien habia salvado de ser fusilado dos años hacia en la tierra de Aranda. Víle y conocióme; preguntóme y respondíle; comprendióme á media palabra, y llevándome á un cuarto del núm. 30 y... tantos, trenzóme la melena, coloróme el semblante, y endosándome unas calzoneras y una chaqueta de pana, con un sombrero con más falda que una dolorosa de procesion, y una faja más ancha que la del Zodíaco, me sacó entre los de su cuadrilla por la puerta y puente de Toledo; sirviéndome de infalible seña gitanesca mi trenzada melena, que, riza y suelta, servia de seña personal á los que me buscaban, de parte de mi familia, para volverme á mi casa, y de órden del gobernador de las tres ppp, D. Pio Pita Pizarro, á los que pretendian enviarme á saber lo que en Filipinas ocurria. Pasó una revolucion á los pocos dias con la desastrosa muerte del general Quesada en Hortaleza; pasó... lo que pasa en las revoluciones, un juicio final en cuarenta y ocho horas; y al cabo de diez dias torné yo á pasar destrenzado y desteñido por la Puerta de Toledo, y volví á vivir á salto de mata, y á dormir en casa de un cestero, que de portero habíamos tenido en la redaccion de marras... y así me cogió en Madrid el dia 12 de febrero de 1837, anterior con tres al del entierro de Larra, cuyos pormenores quedarán para una siguiente carta, á la cual sirve de preliminar esta de su afectísimo y agradecido amigo.
IV.
Comienzo á apercibirme, mi buen amigo Sr. Velarde, de que es más difícil de lo que creí la tarea que me he impuesto ahora, y de que hemos andado poco acertados en dar publicidad á estas mis cartas. Agloméranse en mi memoria, segun las voy escribiendo, tántos pormenores, imposibles de suprimir si he de hacerme comprender; pasábanme tántas y táles cosas, y pasaba yo por tales y tan estrechos pasos y pasadizos en los dias de la muerte y del entierro de Larra, que me temo que ni la benevolencia del director y de la redaccion de _El Imparcial_ para conmigo, ni la paciencia de sus lectores quieran pasarme el importuno relato de tan íntimos y personales recuerdos. Mas como quiera que ya es tarde para volverme atrás, voy á pasar á la carrera por sobre todos estos tan resbaladizos pasos; é imponiéndome esta tarea como una penitencia pública, seré claro y sincero en mi narracion, para que mi claridad y sinceridad prueben á lo ménos lealtad y modestia: probando que en la altura á que me ha elevado el favor público, no he perdido nunca de vista ni la nada en que yo nací, ni el polvo de que aquel me levantó.
Sigo, pues, adelante con mis recuerdos.
Habíase venido á Madrid, siguiendo mi mal ejemplo, mi grande amigo Miguel de los Santos Alvarez, en cuya casa pasé la noche que en Valladolid me detuve en mi fuga de la mia paterna, y único confidente de los secretos de mi corazon. Llevaba yo en éste dos afanes y dos esperanzas, que en un solo afan y en una esperanza sola se confundian: mi primer amor á una mujer, y la esperanza de conseguirla, y el amor á mi padre y la esperanza de sepultar su enojo bajo una montaña de laureles. Soñaba yo con una fama y una gloria táles, que obligaran á aquella mujer y á mi padre á tenderme sus brazos á un tiempo, asombrados y deslumbrados por el resplandor de mi nombradía. ¿Quién no delira á los diez y nueve años?
Alvarez estaba en Madrid con consentimiento de su familia hacia muy pocos dias, y yo pasaba las noches en la bohardilla de mi pobre cestero, las mañanas en el hospedaje de Alvarez, el centro de los dias en la Biblioteca Nacional, y las tardes y primeras horas de la noche vagando con Alvarez por las calles de la corte, como golondrinas nuevas que buscan por vez primera sitio en que colgar su nido en una tierra desconocida.
Y aconteció que entre las personas con quienes un dia tropezamos en la Biblioteca, acertó á ser una la de un italiano al servicio del infante D. Sebastian, llamado Joaquin Massard, quien con un su hermano Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones, que con su canto y alegre carácter amenizaban: el Joaquin y el Federico poseian dos deliciosas voces, de tenor el uno y de barítono el otro. Abordónos Joaquin Massard, que por Pedro Madrazo nos conocia, y nos dió de repente la noticia de que Larra se habia suicidado al anochecer del dia anterior. Dejónos estupefactos semejante noticia, y asombróle á él que ignorásemos lo que todo Madrid sabia, é invitónos á ir con él á ver el cadáver de Larra depositado en la bóveda de Santiago. Aceptamos y fuimos. Massard conocia á todo el mundo y tenia entrada en todas partes. Bajamos á la bóveda, contemplamos al muerto, á quien yo veia por primera vez, á todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que habia dejado junto á su oreja derecha la bala que le dió muerte; cortóle Alvarez un mechon de cabellos y volvímonos á la Biblioteca, bajo la impresion indefinible que dejaban en nosotros la vista de tal cadáver y el relato de tal suceso.
Aquí tengo que advertir á V., mi querido Velarde, que no volvíamos á la Biblioteca por nuestro afan de estudiar, sinó porque siendo el hospedaje de Alvarez y la bohardilla de mi cestero estancias muy poco agradables para pasar el dia, y estando la Biblioteca muy bien esterada y caldeada, pasábamos en ella todas las horas que estaba abierta, como hidalgos poco acomodados, en el abrigado alcázar de un opulento amigo que generosamente á los suyos lo franqueara.
A nuestra vuelta halléme allí con un condiscípulo del colegio, quien enterado de mi posicion, me dió una carta para su hermano D. Antonio María Segovia, propietario y director de _El Mundo_; uno de los periódicos mejor escritos que en Madrid se han publicado, rebosando de ingenio y de oportunísima vis cómica. En aquella carta pedia para mí á su hermano, mi condiscípulo, la plaza de un empleado que acababa de despedirse, diciéndole quién yo era, la educacion que habia recibido, y lo útil que yo podia ser, atendida la módica retribucion del empleo que para mí solicitaba. Mi ambicion era llegar á ser periodista, llegar á firmar el folletin de un periódico que llegase á manos de mi padre: tomé, pues, la carta de mi condiscípulo, y metiéndola en la cartera del capitan Antonio Madera (otro condiscípulo nuestro), la cual no sé ya por qué llevaba yo en el bolsillo, creí meter en ella mi fortuna.
Joaquin Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo al salir:
--Sé por Pedro Madrazo que V. hace versos.
--Sí, señor, le respondí.
--¿Querria V. hacer unos á Larra? repuso entablando su cuestion sin rodeos; y viéndome vacilar, añadió: «yo los haria insertar en un periódico, y tal vez pudieran valer algo.» Ocurrióme á mí lo poco que me valdrian con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos á un hombre tan de progreso y de tal manera muerto; y dije á Massard que yo haria los versos, pero que él los firmaria. Avínose él, y convíneme yo; prometíselos para la mañana siguiente á las doce en la Biblioteca; y despidiéndonos á sus puertas, echó Massard hácia la plazuela del Cordon donde moraba, y Alvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo á vagar como de costumbre. Pensé yo al anochecer en los prometidos versos y fuíme temprano al zaquizamí, donde mi cestero me albergaba con su mujer y dos chicos, que eran tres harpías de tres distintas edades. No me acuerdo si cenamos: pero despues de acostados, metíme yo en mi mechinal, con una vela que á propósito habia comprado.
En aquella casa no se sabia lo que era papel, pluma ni tinta; pero habia mimbres puestos en tinte azul, y tenia yo en mi bolsillo la cartera del capitan con su libro de memorias. Hice un kalam de un mimbre como lo hacen los árabes de un carrizo y tomando por tinta el tinte azul en que los mimbres se teñian.....
Hé aquí, Sr. Velarde, cómo se hicieron aquellos versos, cuya copia trasladé á un papel en casa de Miguel Alvarez á la mañana siguiente, y partí á entregar mi carta al director de _El Mundo_.
Salió á recibirme á una antecámara: presentéle la carta, y miéntras la leia, penetraron mis ojos indiscretos en el aposento inmediato, cuya puerta habia dejado él abierta. Parecióme á mí la de un paraiso: una mujer pequeña y fina, esbelta y ondulosa como una garza, con una cabellera como los arcángeles de Guido Reni y con dos ojos límpidos y serenos como los de las gacelas, esperaba reclinada en un mueble á que su marido concluyera con el importuno que habia venido á separarle de ella. Cuando aquel me dijo, con los más atentos modales, que sentia no necesitarme porque acababa de dar á otro la plaza que su hermano le pedia, me marché cabizbajo y cariacontecido, pero convencido perfectamente de que un hombre que tenia aquella mujer no debia necesitar de mí ni de nadie, y dí conmigo en la Biblioteca. No estaba ya en ella Joaquin Massard, pero me habia dejado una tarjeta, en la que me decia: «¿Puede V. traerme los versos á casa, á las tres? Comerá V. con nosotros.»
A los tres cuartos para las tres eché hácia la plaza del Cordon; los Massard habian comido á las dos: la hora del entierro, que era la de las cinco, se habia adelantado á la de las cuatro. Los Massard me dieron café; Joaquin recogió mis versos y salimos para Santiago. La iglesia estaba llena de gente; hallábanse en ella todos los escritores de Madrid, ménos Espronceda que estaba enfermo. Massard me presentó á García Gutierrez, que me dió la mano y me recibió como se recibe en tales casos á los desconocidos. Yo me quedé con su mano entre las mias, embelesado ante el autor de _El Trovador_, y creo que iba á arrodillarme para adorarle, miéntras él miraba con asombro mi larga melena y el más largo leviton, en que llevaba yo enfundada mi pálida y exígua personalidad.
El repentino y general movimiento de la gente nos separó, avanzó el féretro hácia la puerta; ordenóse la comitiva; ingirióme Joaquin Massard en la fila derecha, y en dos larguísimas de innumerables enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al cementerio de la Puerta de Fuencarral.
Mohino y desalentado caminaba yo, poniendo entre los dias nefastos aquel aciago en que me habian negado una plaza en _El Mundo_, habia llegado tarde á la mesa, y en que iba, por fin, ayuno, á enterrar á un hombre, cuyo talento reconocia, pero que no entraba en la trinidad que yo adoraba, y que componian Espronceda, García Gutierrez y Hartzembusch. Parecíame que con aquel muerto iba á enterrarse mi esperanza, y que nunca iba yo á tener un papel en que enviar impresos mis delirios á la mujer á quien habia pedido un año de plazo para pasar de crisálida á mariposa, ni mis versos laureados al padre á quien con ellos habia esperado glorificar. Así, el más triste de los que íbamos en aquel entierro, marchaba yo en él, envuelto en un _sur tout_ de Jacinto Salas, llevando bajo él un pantalon de Fernando de la Vera, un chaleco de abrigo de su primo Pepe Mateos, una gran corbata de un fachendoso primo mio, y un sombrero y unas botas de no recuerdo quiénes; llevando únicamente propios conmigo mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera.
Llevaba yo, y venianme, sin embargo, todas aquellas ajenas prendas como si para mí hubieran sido hechas; y traidas, pero no maltratadas, no revelaban que su portador salia con ellas bien cepilladas del alto zaquizamí de mi hospitalario cestero.
Llegamos al cementerio: pusieron en tierra el féretro y á la vista el cadáver; y como se trataba del primer suicida, á quien la revolucion abria las puertas del campo santo, tratábase de dar á la ceremonia fúnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento láico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venia á desenrocar la revolucion. D. Mariano Roca de Togores, que aún no era el marqués de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada, levantó el primero la voz en pró del narrador ameno del Doncel de D. Enrique, del dramático creador del enamorado Macías, del hablista correcto, del inexorable crítico y del desventurado amador. El concurso inmenso que llenaba el cementerio quedó profundamente conmovido con las palabras del Sr. Roca de Togores, y dejó aquel funeral escenario ante un público preparado para la escena imprevista que iba en él á representarse. Tengo una idea confusa de que hablaron, leyeron y dijeron versos algunos otros: confundo en este recuerdo al conde de las Navas, á Pepe Diaz..... no sé..... pero era cuestion de prolongar y dar importancia al acto, que no fué breve. Ibase ya, por fin, á cerrar la caja, para dar tierra al cadáver, cuando Joaquin Massard, que siempre estaba en todo y no era hombre de perder jamás una ocasion, no atreviéndose, sin embargo, á leer mis escritos con su acento italiano, metióse entre los que presidian la ceremonia, advirtióles de que aún habia otros versos que leer, y como me habia llevado por delante, hízome audazmente llegar hasta la primera fila, púsome entre las manos la desde entónces famosa cartera del capitan, y halléme yo repentina á inconscientemente á la vera del muerto, y cara á cara con los vivos.
El silencio era absoluto: el público, el más á propósito y el mejor preparado; la escena solemne y la ocasion sin par. Tenia yo entónces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oida de recitar, y rompí á leer..... pero segun iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparicion y mi voz les causaba. Imaginéme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasion tan propicia y excepcional, para que ántes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veia yo levantarse desde aquel cementerio, y ví el porvenir luminoso y el cielo abierto..... y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos en lágrimas..... y Roca de Togores, junto á quien me hallaba, concluyó de leer mis versos; y miéntras él leia..... ¡ay de mí! perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veia; miéntras mi pañuelo cubria mis ojos, mi espíritu habia ido á llamar á las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban mis perseguidos padres, y á los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la que ya me habia vendido.
¡Feliz aquel cuyo primer amor se malogra! ¡Desventurado aquel cuyo primer delito es una rebelion contra la autoridad paterna! Al primero le abre Dios el paraiso terrenal: del segundo no deja que repose la conciencia.
Cuando volviendo de aquel éxtasis, aparté el pañuelo de mis ojos, el polvo de Larra habia ya entrado en el seno de la madre tierra: y la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran dificultad en explicar quién era el hijo de un magistrado tan conocido en Madrid como mi padre.
Pero, ¿sabe V., mi buen Velarde, quién era entónces, lo que valia y cómo y por quién llegó á ser famoso su agradecido amigo?
V.
La importuna pregunta con que concluí mi artículo-carta del lunes 20 de Octubre, me obliga á dirigirle á usted esta, mi estimado Sr. Velarde.
Tal vez enoja á V. ya, mi querido poeta, el verse tomado en pluma, que no puede aquí, á mi ver, decirse en boca, por un viejo impertinente que se empeña en contarle sus necedades de muchacho; pero disimule usted tal impertinencia, porque tiene sólo por móvil mi gratitud á V. por su artículo del lunes 29 de Setiembre, con el cual motivó V. la publicacion de estas mis cartas. Usted pertenece al porvenir, y mira naturalmente hácia adelante; al mirar yo hácia atrás, porque pertenezco al tiempo viejo, al relatar á V. lo que en él fuí, tenga V. presente que no pretendo servirle á V. de ejemplo, sino de escarmiento; puesto que viviendo yo hoy persuadido de que el porvenir le guarda á V. un muy elevado lugar en la república de las letras, quisiera yo por la mucha estima en que le tengo, que las suyas le dieran tanta fama como á mí las mias, pero que le fueran de más utilidad y provecho. Por eso no más voy á decir á V. lo más sucintamente posible quién era, lo que valia y cómo y por quién llegué yo á ser tan famoso en aquel viejo tiempo, cuyos recuerdos me complazco ahora en evocar, no quiera Dios que con hastío ó impaciencia de V. y de los suscritores de _El Imparcial_.
No teman estos, y sea esto advertido de paso, que llene yo sus columnas con los insignificantes y poco trascendentales sucesos de mi vida. A mí, que no he ocupado jamás ningun cargo público, que no he sido ni embajador, ni ministro, ni siquiera individuo de corporacion ni academia alguna, jamás me ha sucedido nada que sea digno de ser sabido, ni ménos contado: ni me acosa tampoco vanidad tal ni tal comezon de bombo, que intente no dejar pasar un lunes sin hablar de mí mismo, para que no me olviden mis contemporáneos, ni se den los venideros de calabazadas por mis estupendas fechorías. Para que mis contemporáneos no me olviden, basta ese bravucon inocente y desvergonzado perdonavidas llamado _D. Juan Tenorio_, que está encargado contra mi voluntad y por la del pueblo español, de no dejarme olvidar en España; y con decir de este drama mio y del _Zapatero y el Rey_ cómo y por qué fueron escritos y cómo y por quién fueron y son hoy representados, pienso dar fin á estos mis recuerdos del tiempo viejo; y siquiera sea con pesadumbre de algunos, y desengaño de muchos, será tambien con honrado cumplimiento del deber mio y descargo de mi conciencia.
Continúo, pues, mi relato, tomándolo en el mismo cementerio de Fuencarral, donde lo dejé.
Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado en mi gran _surtout_ de Jacinto Salas y circundado por mi flotante melena, un mancebo pálido y aguileño, de resueltos modales y de atrevida y casi insolente mirada, me asió cariñosamente de las manos, diciéndome: «Tenga V. la bondad de venirse conmigo, para presentarle á dos personas que desean conocerle.» Seguíle, y sacándome de aquella confusion, me hizo subir á una cómoda y elegante carretela, cuyos dos asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos individuos del sexo feo, cuya fisonomía no podia yo ver ya bien, porque ya era casi de noche. Saludáronme y correspondiles; colocáronme en el asiento de honor; colocóse mi presentador en frente de mí; cerró el lacayo la portezuela, y á la voz del de mi izquierda, que dijo: «Calle de la Reina,» salieron á un resueltísimo trote las dos poderosas yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, «de las vidas arrastradas, la mejor es la del coche,» y aquella carretela inglesa estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablábanme dos, de los tres con quienes en ella iba, y contestábales yo, sin recordar ya de lo que hablamos, y sin saber entónces con quiénes, en la semi-oscuridad crepuscular.
La direccion dada á la calle de la Reina era á la fonda de Genyes, que era entónces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis nuevos amigos moraban ó comian en ella habitualmente, puesto que el nombre de la calle habia bastado al cochero para sentar en firme sus yeguas á la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una mesa con tres cubiertos; añadieron el cuarto para mí; desembarazáronse ellos de sus abrigos exteriores, quedándome yo con el mio por razones que no son del caso; sentámonos á la mesa y presentóme mi presentador á mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado á Madrid hacia pocos meses; nuestro anfitrion era un rubio como de cuarenta años, de amenísima conversacion, con la cual demostraba que habia viajado mucho, de cuyo nombre no me he podido volver á acordar, á quien no he vuelto á ver más, y por quien no tuve despues ocasion de preguntar á mi resuelto y aguileño presentador: que era ni más ni ménos que Luis Gonzalez Brabo, ántes de ser diputado, embajador y ministro. Desde aquella tarde fué para mí Luis, como yo para él fuí Pepe; la suya fué la primera mano en que me apoyé para poner mi pié derecho en el primer escalon del efímero alcázar de mi fama: y desde entónces no he tenido un más bravo amigo que Gonzalez Brabo. No era por entónces más que _tijera_ en no recuerdo qué periódico; pero segun fué ascendiendo por la escala de la fortuna, se volvió á mí desde cada peldaño que subia, á tenderme aquella misma mano con que me sacó del cementerio; pero mi objetivo, como hoy se dice, no era la política, y con tanta pena suya como desden mio, le dejé subir solo. Ignoro lo que fué Luis Brabo social ó políticamente considerado, porque he vivido veinte años fuera de España y once en América, sin correspondencia con Europa; cuando volví á Madrid en 1866 era presidente del Consejo de ministros y decian que tenia la nacion en sus manos; pero para mí fué el mismo Luis Brabo, que me la tendió como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.
Aquí dirá V., mi querido poeta Velarde: ¿cómo el primero? ¿Pues y los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Alvarez y Fernando de la Vera, sus condiscípulos de Universidad y del Seminario? ¿Y Joaquin Massard y Roca de Togores cuyas manos tomaron de las de V. los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la nombradía?--Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Alvarez y de la Vera, eran los amigos de mi niñez: los del estudiante y del condiscípulo; los amigos cariñosos, casi los hermanos, del mancebo que iba á ser hombre; la casualidad llevó á Massard á la biblioteca y me puso al lado de Roca de Togores en el cementerio: pero Luis Brabo buscó el primero al poeta y no abandonó jamás al amigo. La primera obligacion del narrador es ser verídico: la del hombre bien nacido la de ser justo: la del hombre noble ser agradecido. Desde la fonda me llevó Luis Brabo, orgulloso de llevarme, al café del Príncipe, donde hallé á Breton, á Ventura, á Gil y Zárate, á García Gutierrez, que me reconoció y con quien trabé pronto amistad; al buen Hartzenbusch, á quien quise desde aquella noche como á un hermano mayor, y que fué parte y testigo de sucesos íntimos y posteriores de mi vida, y en fin, á la mayor parte de los que por entónces figuraban en las letras y en las artes.