Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 8

Chapter 84,077 wordsPublic domain

--El conde D. Julian es un mal hombre: por más que la ofensa que ha recibido le da derechos para mucho, él va tras de una venganza insaciable, en la cual no ha dudado envolver á toda la nacion de su ofensor. La aspereza violenta, la ira traidora de la hiena, y la marcha oblícua del lobo, son los caractéres exteriores de esta figura, que se mueve en el cuadro inquieta, torva y siniestra, como amenaza viviente. ¿No es así?

--Exactamente.

--Theudia es... su Sancho Montero y su Blas de usted en _Sancho García_ y _El Zapatero y el Rey_: á Lumbreras le viene como pintado el papel de Theudia, y daremos el del conde á Pizarroso.

Y se envió á estos actores su respectivo papel.

Lumbreras era entónces un mozo de buena estatura, de franca fisonomía, de varoniles maneras, bien proporcionado de piernas y brazos, y de fresca y bien timbrada voz; pero era algo tartamudo, aunque no se apercibia en escena este defecto, que vencia el estudio y el cuidado. Lumbreras tenia el gérmen de un buen actor sério; habia estrenado con justo aplauso el papel del moro Hissem en _Sancho García_; y en la escuela y compañía de Latorre le secundaba dignamente bajo su direccion.

Pizarroso era un actor de angulosas formas, de voz áspera y _garrasposa_, pero de buena estatura y fisonomía, de fácil comprension, de buena voluntad para el estudio, muy cuidadoso en el vestir, y secuaz ciego y adorador idólatra de Cárlos Latorre, entre cuyas manos era materia dúctil como actor útil y aceptable.

Con estos elementos y diez dias de estudio, ensayamos otros diez _El puñal del godo_ y levantamos el telon sobre el interior sombrío de una fantástica cabaña, pintada por Aranda para mi drama en miniatura, en una noche en que la política traia un poco inquietos los ánimos, y la atmósfera tan cerrada en nubes como aquella en incertidumbres; una noche, en suma, muy mala para dar nada nuevo á un público que no sabia lo que queria ni lo que recelaba, dispuesto á descargar su inquietud sobre el primero que se la excitara, anheloso por distraerse, pero inseguro de hallar quien le distrajera.

Ante este público se levantó el telon del teatro de la Cruz sobre la cabaña de mi monje Romano, quien empezó aquella larga plegaria, de la cual no habia querido Cárlos que suprimiera un verso. Nunca he tenido yo más miedo: tenia cariño á mi tan mal forjado _Puñal_, y temia que mi triunfo de veinticuatro horas se convirtiera en veinticuatro minutos en vergonzosa derrota. Presentóse Lumbreras, y se presentó bien: franco, sencillo y respetuoso con el monje, pidióle de cenar con mucha naturalidad, comió como sóbrio que dijo ser, observó al ermitaño como hombre que está sobre sí, pero con la tranquila serenidad de un valiente, y llevó en fin á cabo la escena, dándola la flexibilidad, el movimiento y el lujo de pormenores de que Cárlos habia previsto la necesidad. El público la oyó en el más desanimador silencio.

Salió al fin Cárlos, cabizbajo, distraido, sombrío y brusco, llenando la escena del misterio del carácter del personaje que representaba, y á los primeros versos se captó la atencion de los espectadores, y al sentarse empujando á Theudia y diciéndole: «Haceos, buen hombre, atrás...» yo respiré en mi palco, porque ví que todo el mundo queria ya ver lo que iba á pasar.

Cárlos no tenia par para estas escenas: no dejó enfriar la atencion un solo instante; y cuando, sólo ya con Theudia, entró en los endecasílabos, se le escuchaba con religioso silencio, y sofocábanse por no toser los á quienes traia resfriados aquella húmeda frialdad del Enero de 43.

Cárlos reveló tánto miedo, tánta esperanza, tánta supersticion, tal lucha interior de pasiones oyendo las noticias de Theudia, que entró en la narracion de su cuento tan vaga y tan fantásticamente, que al concluirle diciendo

«Dijo: y por entre la niebla arrebatado huyó el fantasma y me dejó aterrado,»

estalló un general aplauso: era que el público expresaba así el placer de que Cárlos le hubiera dejado respirar: Lumbreras picó y despertó el amor propio, y el valor del rey vencido con una intencion tan bien marcada; Cárlos olfateó y oyó el aura militar del campamento y el clarin que extremecia á los corceles con una accion tan dramática y levantada, y con una amplitud de aliento tan vigorosa, que la sala estalló en aquel ¡bravo, Latorre! que era sólo para él y que él sólo sabia arrancar. La partida estaba ganada: y preparada de este modo la salida del conde D. Julian, rápido, perfectamente á tiempo y entre el fulgor de un relámpago, se presentó por el fondo Pizarroso, torvo, sombrío, hosco é insolente, envuelto en una parda y corta anguarina, con una larga y estrecha caperuza amarilla, que le cortaba la espalda de arriba á abajo. Fuése directamente á la lumbre, que estaba á la derecha, y picando con intachable precision el diálogo de entrada, Cárlos con supersticiosa desconfianza y Pizarroso con agresivo mal humor, llegó éste al rústico banquillo que junto á la lumbre estaba, y diciendo

D. Julian. ¿Tiene algo que cenar?

D. Rodrigo. Nada.

D. Julian. Pues basta; la cuestion por mi parte ha dado fondo,

engánchase la borla de su capucha en un clavo del banquillo, vuélcase éste y da fondo Pizarroso, sentándose á plomo sobre el tablado.

Aquí hubiera acabado hoy el drama; pero hé aquí el público y los actores de aquel tiempo viejo: el público ahogó en un ¡chist! general la natural hilaridad que iba á romper; Cárlos, en lugar de decir: «desatento venís donde os alojan,» dijo en voz muy clara y con un altanero desenfado: «desatentado entrais donde os alojan,» y aprovechando Pizarroso aquel dudoso instante, incorporóse enderezando el banquillo, asentóle sobre sus piés con un furioso golpe, y sentóse tranquilamente, como si lo sucedido estuviera acotado en su papel. Cárlos, en una posicion de supremo desden y de suprema dignidad, se quedó contemplándole de través y en silencio, hasta que el público rompió en un aplauso universal; y continuó la escena en una suprema lucha de los actores por la honra del autor. La conclusion fué tan rápida y precisamente ejecutada por el hachazo de Lumbreras, y aconterada por Cárlos con la octava final con tal sentimiento y brío, que el aplauso final se prolongó muchos minutos. _El puñal del godo_ obtuvo el éxito que se obligó á darle Cárlos Latorre, si se nos concedia tiempo para ponerle en escena como él habia concebido que debia ponerse.

Así se hacian y así se escuchaban las obras dramáticas desde 1832 á 1843.

XIV.

INTERRUPCION.

Sr. Director de _Los Lunes de El Imparcial_:

Mi querido amigo: Siento mucho no poder enviar á V. original de mis _Recuerdos del tiempo viejo_ para el número de mañana: pero la primavera que Dios prematuramente nos ha enviado esta semana á los que en Madrid vivimos, ha hecho fermentar en mi viejo corazon el espíritu vagabundo y holgazan de todo buen español en la estacion primaveral. Confieso á V., y sin que tal confesion me pese ó me ruborice, que no he hecho más en toda la transcurrida semana que pasear al sol mi pellejo, que con el frio comenzaba ya á apergaminarse, conversar con dos amigos tan viejos como yo, del tiempo que no volverá, y vagar por las calles de Madrid como un gorrion nuevo recien escapado del nido, que no piensa en volver á él miéntras luzca el sol sobre el horizonte.

En esta ociosa vagancia me ha cogido el sábado, mi querido Munilla, sin haber escrito ni acordarme de escribir una palabra del artículo de mañana: así que, mi _Puñal del godo_ pendiente se está como quedó en nuestro número del 1.º de Marzo, y no lo volveré á coger hasta el del lunes 15: y para bien sea; porque un puñal en manos de un viejo loco, puede acarrear á cualquiera un susto, si no un disgusto. Yo quisiera sincerar mi falta dando á V. alguna razon que de ella con V. me disculpara: pero, la verdad es que no la tengo: si le escribiera á V. en verso, ya inventaria yo alguna mentira, por excusa; pero escribiendo en prosa, debo decir la verdad como hombre honrado.

El lunes, satisfecho de haber publicado y cobrado mi artículo, me salí al sol á expaciar el ánimo y á descansar del trabajo hecho. Los martes son malos dias para empezar negocio ni labor alguna: el miércoles me volví á salir al sol para prepararme á oir por la noche en el Ateneo al Sr. Moreno Nieto; á quien voy yo siempre á escuchar con tanto asombro como respeto, porque sabe tantas cosas que yo no sé, y las dice de una manera tan de mi gusto, que le escucho arrobado, y me pesa siempre de que concluya de exponer aquellos sus tan bien hilados discursos, tan lógicamente hilvanados en tan primorosas frases. El jueves continué paseándome al sol, para rumiar lo oido al Sr. Moreno Nieto; y á las siete y media (costumbre mia de los jueves) me senté á la mesa de la condesa de Guaquí, quien siendo hija de mi condiscípulo el duque de Villahermosa, es al mismo tiempo hermana del ángel rubio encargado por Dios de abrir las puertas de la aurora y de derramar la luz y la alegría sobre la tierra. Recibe conmigo á su mesa los jueves esta gentilísima señora al prodigio de memoria, de erudicion y de precocidad, el jóven Menendez Pelayo, al infatigable Grilo, que nos recita sus versos, los mios y los de todos los poetas que conoce; á Pepe Esperanza, quien me hace concebir la de escuchar el celeste concierto del Paraiso, cuando él pone las manos en el piano, y otros renombrados ingenios y conocidísimos personajes, de quienes no cito á V. los nombres, porque no le parezca que trato de darme más importancia de la escasa que mis versos me han adquirido, más por el ajeno favor que por su mérito propio. Puede V. comprender que no tendria perdon de Dios, si empleara los viernes en otra cosa que en saborear los recuerdos en prosa y verso del salon de aquella condesa Cármen, con la cual no tienen flor comparable ninguno de los Cármenes escalonados en el valle de los Avellanos de la morisca Granada.

Del viernes ya pensé emplear la noche en escribir mi artículo; pero fatalmente para V., los viernes ha dado en reunir en su casa la señora de Malpica á algunos amigos suyos, entre los cuales me cuenta; y ¡ay, señor Director de _Los Lunes de El Imparcial_! recibe esta señora con tal cariño y con tan buen gusto en una tan elegante morada, y van á casa de esta señora dos niñas morenas, que cantan como dos ángeles, dos rubias que tocan como dos serafines, y otras dos de tez apiñonada y cabello castaño que tocan y cantan como dos Santas Cecilias... en fin, de aquella casa se sale con pesar á las cuatro de la mañana; y el sábado hay que pasarlo en soñar con aquellas tres parejas de muchachas, que le dejan á uno en los oidos para veinticuatro horas el eco de todas las harpas de Sion, y de los gorjeos de todos los ruiseñores de los bosques de la Alhambra.

La tarde del sábado, cuando ya iba disipándose la especie de embriaguez en que envuelven el espíritu de los poetas, aunque seamos viejos, el recuerdo de tánta poesía, tánta música y tántos serafines con forma humana... ella bajando y yo subiendo, tropecé en la calle de la Montera con la marquesa de D. H., que es la más mona de todas las marquesas de los reinos unidos y desunidos de Europa; una malagueña que tiene una mata de rayos de sol por cabellos, un puñado de azucenas por cara, dos pedazos de cielo por ojos y dos ramilletes de jazmines por manos; y que me dió justísimas quejas, y que la dí merecidísimas satisfacciones, y que me ofreció el perdon suyo y el de su esposo, y que la prometí enmienda, y que me fuí á mi casa entre la niebla del crepúsculo, mareado y andando á tientas con el recuerdo de sus palabras y la imágen de su hermosura.

Envié á mi familia al teatro de Apolo, y dejando el estreno de la comedia _Angel_ por oir á Blasco, me dirigí al Ateneo.

Pero Blasco es más vagabundo que yo, y á las diez nos dijo el secretario que Blasco no daba su lectura aquella noche. Un poco despechado de aquel chasco que con su ausencia me pegaba Blasco, eché hácia el teatro de Apolo, desesperanzado de acabar la semana tan poética y armoniosamente como la habia pasado, puesto que daban una comedia en prosa para mí desconocida: _Lo positivo_.

A más de la mitad iba ya la representacion del acto segundo, cuando ocupé yo mi butaca de primera fila; ignoraba el argumento y dábame apenas cuenta de lo que en la escena sucedia, cuando la Hijosa, que en ella estaba sola, dejó un periódico en que habia leido y tomó una carta que tenia delante por leer. Desplegó poco á poco el papel de aquella carta y comenzó su lectura con una indiferencia que cambió en atencion, y que fué pasando de ésta al interés, y de éste al sentimiento, y luego á la ternura, y ví con mis gemelos que las lágrimas brotaban de los ojos de la actriz, y sentí las mias anublarme los cristales á cuyo través la contemplaba, y oí por fin estallar un aplauso universal, y solté mis anteojos para aplaudir su final de acto, cuya ejecucion hacia mucho tiempo que no habia yo visto par.

En el tercero desplegó Pepita Hijosa un lujo de pormenores, un estudio de detalles tan minucioso, un cuadro tan acabado de cómica coquetería, manifestó tal seguridad y franqueza, tal posesion de la escena, que envidié la fortuna del Sr. Tamayo ó Estévanez, ó como quiera llamarse el académico autor de aquella comedia, en la cual se me revelaban á un mismo tiempo el más práctico de nuestros autores, y una actriz incomparable para el estudio de sus papeles.

Puede un gran poeta desarrollar en ricos versos ó en castiza prosa, un gran pensamiento, y dar cima á una gran creacion; pero el mejor poeta no puede hacer más que escribir sus palabras; y si el actor no da á cada una de las de su papel una intencion, una inflexion, un movimiento y una vitalidad competentes, de la palabra no resulta más que un sonido sin vibracion, que excita seca, pálida y fria la idea en ella expresada. En lo que yo ví de _Lo Positivo_, el poeta ha confeccionado sus palabras y sus escenas como maestro, pero la Hijosa da á su palabra el movimiento, el relieve y la vida del sentimiento del arte.

Yo no conocia, amigo Munilla, á esta actriz que ha hecho su reputacion durante mis treinta años de ausencia de España, y como todavía su acento me resuena dentro del tímpano, su figura y su juego escénico me bailan aún en las pupilas, y el recuerdo de la actriz me turba la memoria, no tengo ni tiempo ni ánimo para escribir el artículo de mañana.

Compóngase Vd., pues, como pueda; que yo voy á probar si durmiendo doce horas seguidas, puedo desembarazarme de la deliciosa pesadilla que me producen en vigilia las encantadoras imágenes de las nueve bienhechoras hadas, con quienes he tenido la fortuna de tropezar en la semana que acabó ayer. Si Dios me da otras cuatro como ésta, el premio grande de la lotería en la quinta, y la gloria despues de la muerte... reclame usted, señor Munilla, reclame usted ante todos tribunales humanos y en el divino, porque no habrá justicia ni en la tierra ni en el cielo.

Suyo afectísimo...

* * * * *

Los redactores de _El Imparcial_ no quisieron dejar pasar el número de aquel lunes sin artículo mio, y sustituyéndole con mi anterior epístola, le completaron con la siguiente nota y los subsiguientes versos: todo lo cual dejo yo en este lugar interrumpiendo mis recuerdos como ellos lo intercalaron en los _Lunes_ de su periódico.

* * * * *

Mal satisfechos con esta carta del Sr. Zorrilla, corrimos á su casa, pero no le hallamos en ella. Registramos osados su pupitre, y encontrando en él el borrador de las siguientes octavas, las publicamos á continuacion de su carta, en lugar del artículo que hoy no contaba darnos.

Dios te ha dado, Valenciana, la beldad de las huríes; en tu faz, cuando sonries se abre el cielo y se ve á Dios; quien al darte en carne humana modelada tu hermosura, dijo: «ahí va esa criatura, y como esa no hago dos.»

Y eres única por eso: Yo creí que era mi Rosa la primera y más hermosa en el ámbito español; pero á tí, prez y embeleso, luz y gloria de Valencia, te creó la Omnipotencia sola y sin par, como el sol.

En tus ojos nace el dia, que ajimeces son del cielo por los cuales manda al suelo de Valencia Dios la luz. Ha supuesto Andalucía que era Vénus sevillana... no lo creas, Valenciana; erró vano el andaluz.

Al matar el cristianismo á la Vénus de Cithéres, se asió á tí Cupido, y eres quien le lleva de sí en pós; si hizo á aquella el paganismo de la espuma de los mares, de capullos de azahares y de luz te hizo á tí Dios.

Tú eres Vénus, Valenciana; tu hermosura es más perfecta que la helénica, romana, bizantina y oriental: tú eres la obra más correcta de las manos de aquel númen que es la cifra y el resúmen de lo bello y lo ideal.

Y contigo, almo trasunto de aquel gérmen de hermosura, de sin par modeladura en su inmensa creacion, no tiene el más leve punto de adhesion comparativa criatura alguna viva en belleza y perfeccion.

No creó naturaleza ningun tipo de hermosura que no fuera á tu belleza algun rasgo á demandar; te pidió el cisne blancura, el armiño tu limpieza, el halcon tu gentileza y el antílope tu andar.

Tienes ojos de paloma y hebras de sol por pestañas; Dios te ha puesto en las entrañas los efluvios del rosal: y respiras los aromas que desprende en las montañas de sus troncos y sus gomas el calor primaveral.

Tu cabeza toca airosa tu abundante cabellera, como al cedro y la palmera su ramaje secular: de las hondas de tus rizos la espiral es más graciosa que los arcos movedizos de las ondas de la mar.

Tu cintura, más esbelta que los vástagos del mimbre, hace el paso que se cimbre de tu andar de garza real; y tu leve falda suelta flota en torno de tu talle, cual la niebla que en el valle alza el sol matutinal.

Más sutilmente no liba colibrí de cien colores en el cáliz de las flores el rocío que en él ve; más ingrávida no estriba la ligera mariposa en las hojas de una rosa, que al andar pisa tu pié.

De tus labios la sonrisa como un alba se desprende que por la atmósfera extiende viva luz y áura vital, y tu aliento es una brisa que del cielo baja al suelo por tus labios, que del cielo son las puertas de coral.

Son más dulces tus palabras que la miel de las abejas; el olor que trás tí dejas aventaja al del clavel: y tu amor, con el que labras mi ventura, reasume la dulzura y el perfume de la flor y de la miel.

Tú eres Vénus, Valenciana: tus dos labios carmesíes al abrir cuando sonries se abre el cielo y se ve á Dios; quien al darte en carne humana modelada tu hermosura, dijo: «ahí va esa criatura: mas como esa no haré dos.»

XV.

EL PUÑAL DEL GODO.

III.

Ganóme esta obrita más favor con el vulgo é hízose pronto más popular y famosa que cuantas escritas llevaba, por la circunstancia de que, no necesitándose dama para su representacion, la pusieron en escena todos los aficionados en liceos, casinos y demás sociedades más ó ménos literarias que por entónces comenzaron á surgir; y permítame el lector que con vanidad le recuerde que sé de cierto que miles de personas, que han sido y son hoy conocidos personajes, han hecho el papel de alguno de los cuatro de mi _Puñal del godo_: y no há muchas noches dieron una dedada de miel á mi amor propio mi paisano Nuñez de Arce, Sellés y otros que valen y son hoy más de lo que yo antaño valia y era, revelándome alegremente que habian de estudiantes representado á Theudia y á D. Rodrigo, y el primero añadió que aún sabia de memoria toda mi rápidamente abortada composicion; lo cual, sea dicho en paz y en gracia de Dios, me congratula con aquel pequeño aborto de mi ingenio y casi me enorgullece de haberlo escrito.

Y la ocasion me viene como de molde, para exponer aquí mi opinion sobre las representaciones de los aficionados, en los más ó ménos caseros teatros de sociedades más ó ménos públicas ó privadas. Cuando invitado un conocido autor á la representacion de una de sus obras en uno de estos teatros, le dicen durante ó despues de ella: _¡Cuánto habrá V. sufrido viéndose así ejecutado!_ ni los que tal le dicen son justos, ni él lo fuera pensando tal. Yo por mi parte no sólo asisto sin pena á estas ejecuciones, sinó que es la sola ocasion en que escucho mis versos sin hastío. Los aficionados suelen ser muchachos de quienes aún no se sabe el porvenir, que estudian sus papeles con afan, los representan con entusiasmo, y se encariñan con el autor; de quien se acuerdan contínuamente y con quien contraen esa amistad leal, noble y desinteresada, que se basa en la fruicion espiritual de la lectura y del estudio de una obra que nos procura aplausos y favor, siquiera sea de amigos. Tal vez un muchacho á quien el porvenir guarda una faja de general ó un sillon presidencial de un Parlamento ó en una Academia, representa delante de la niña que ha de ser su mujer, ó de la mujer que ha de ser su gloria ó su condenacion. Tal vez alguno, con la representacion del papel de Theudia ó del conde D. Julian, ha conseguido el amor de su Florinda, y uno y otro han bendecido y conservado por ello toda su vida una amistad por él ignorada al viejo autor del _Puñal del godo_. En estos teatros y en estos actores de aficion todo es disculpable, en atencion á la buena fé con que todo se hace: en ellos suelen presentarse individuos que fácilmente llegarian á buenos actores, si en serlo pusiesen empeño ó de serlo se vieran en la necesidad. Yo soy tal vez el viejo que tiene más amigos jóvenes: soy el poeta que goza de más popularidad entre la juventud escolar de España: y no por mi ciencia, de la cual dan mis escritos bien pobre y escasa muestra, sinó por las octavas de D. Rodrigo y el diálogo de éste con D. Julian, de los cuales hay apenas estudiante que no tenga en su memoria algunos de sus versos ó algunas hojas parásitas de los mios entre las de sus libros de asignatura.

Los actores de provincia son tambien dignos de la indulgencia de los autores; porque la variedad diaria que en sus representaciones exige un público escaso que nunca varía, no les da tiempo de estudiar ni de ensayar convenientemente las obras; pero basta de esto, que es tratado aparte de mis recuerdos viejos: ya volveré sobre ello cuando llegue el turno á mis impresiones del tiempo actual; y tornemos y demos fin á las de _El puñal del godo_ con una anécdota poco conocida.

Habia en Méjico cuando vivia yo en aquel paraiso, que debió ser para mí y no quiso Dios que fuera limbo del olvido un Casino español, pródigamente sostenido, en cuyos salones se daban algunas espléndidas fiestas; una de ellas, la imprescindible, se verificaba el dia onomástico de la Reina Isabel, á quien, como á la persona que entónces representaba la patria, enviábamos un saludo los expatriados de España. Era yo el encargado de hacer una lectura en aquellas noches, que concluia siempre con el viva á España, al cual contestaban los mejicanos y españoles en aquellos salones reunidos.

Un año, queriendo el Casino hacerme un obsequio por lo que parecia trabajo y era en un español obligacion de buen ciudadano, dispuso que en una de estas fiestas se representase mi _Puñal del godo_ y se me ofreciese una corona.

Colocáronme, para honrarme, en un grande y magnífico sillon, en el cual resaltaba más mi exígua personalidad, á la derecha de la orquesta y de cara al público: ejecutóse mi pobre drama lo mejor que se pudo y mejor de lo que se esperaba; diéronme mi corona, aplaudiéronme mucho, y despues de una exquisita cena aconterada con muchos bríndis, metiéronme, tras de muchos abrazos y plácemes, en mi coche y... buenas noches.